Rowan nos ha demostrado que puede amarnos a ambos, pero a veces sentimos que es imposible que dos hombres puedan compartir el amor de una mujer. Sin embargo, es tan intenso que finalmente accedemos a dejarnos llevar por la pasión y el cariño.
Os lo presentamos en las siguientes memorias.
Lestat de Lioncourt
Son tantos los recuerdos que acumulo
que a veces creo haberlos perdido. Allí, sentado frente a él,
observando el humo de su cigarrillo y como la colilla se convertía
en cenizas, poco a poco, cayendo sobre el cenicero de porcelana
blanco, dispuesto frente a él casi en medio de la mesa, estoy viendo
cada segundo que hemos vivido todos. Viéndolo como una cruel
sucesión de imágenes que me sacude y tortura. Podía ver en su
rostro cierto cansancio, pero ni un ápice de las arrugas de antaño
y sus sienes ya no tenían canas. Michael había recuperado el vigor
de un hombre que rozaba los cuarenta años, pero no los rebasaba como
cuando nos conocimos. Julien y sus trucos con el demonio eran el
culpable, sin duda alguna, y eso aún me carcomía. Si bien, no era
la cuestión que me torturaba. Los recuerdos, esos que se lanzaban
contra mí, los que me aplastaban.
La noche siguiente a la que creía, sin
duda alguna, mi última conversación con Rowan, justo frente a
Blackwood Manor, decidí ir a buscarla a First Street. Caminé a paso
lento, con las manos en los bolsillos de mi levita de camafeos y el
pelo suelto, algo revuelto, mientras intentaba poner en orden todas
mis ideas. Cada paso era una nueva plegaria. Las visiones del
infierno me perseguían aún, podía sentir el susurro de los ángeles
rozando mi nuca y también el dolor, el inmenso dolor, de la tragedia
de Merrick. Acarreaba tantos problemas, había resuelto misterios, y,
sin embargo, era ella lo único que necesitaba para callar todos esos
murmullos quedando en silencio, con sus ojos grises clavados en mí
alma.
Al llegar a la verja ésta cedió, como
si me invitara, y rápidamente corrí por el jardín hacia la puerta
principal. Allí, frente a la puerta de madera noble, quise llorar
antes de llamar. Mis manos temblaban cuando pulsé el timbre, pero
más aún cuando escuché los pasos inconfundibles de Michael por la
escalera de caracol, bajando pesadamente, para abrir la puerta. Sus
ojos azules se clavaron en los míos. Aquella profundidad que
encontré en él me hablaba de serenidad, pero a la vez de un amor
incondicional a la mujer que descansaba en su dormitorio, con un
camisón color pastel.
—Lestat—arrastró cada palabra con
esa elegancia ruda que él poseía. Su frente despejada, sus cejas
que le conferían un rostro bondadoso, y esa barba que sin duda
remarcaba su masculinidad. Tenía una pose relajada, pero estaba
alerta. Podía ver en sus pupilas cierto brillo que no supe
comprender del todo—. Pensamos que no volverías.
—Necesito a Rowan—expresé.
—Ella necesita descanso—me dijo
tomando la puerta por el pomo con la diestra, casi acariciándolo,
mientras su mano izquierda tocaba el marco de ésta—. Márchate y
regresa en unos días.
—Tal vez no tenga valor de
regresar—susurré colocando mis manos en sus anchos hombros—.
Michael, no puedo estar sin ella.
—Comprendo tu amor por ella, pues yo
siento algo tan intenso por esa mujer como tú puedes sentirlo. Es un
amor que va más allá de la vida y la muerte—hablaba pausado, con
un tono de voz suave, y de una forma agradable. Sin embargo, en su
voz denotaba cierta molestia y dolor—. Es mi mujer, Lestat, y por
favor respeta su descanso. Si tanto la amas entenderás que no puedas
verla ahora, en éste momento. Un capricho como el tuyo en el estado
en el que se encuentra, terriblemente cansada y asustada, podría
desencadenar cualquier tragedia—guardó unos segundos de silencio
observándome, para continuar con su devastador discurso con una
frase final, la cual fue terrible—. Quiero que te marches, por
favor.
—No, por favor—dije intentando
acceder a la casa sin armar alboroto, pero me cerró las puertas en
las narices.
Tras separarnos en las tierras de los
Blackwood, Rowan se había sumergido en una crisis nerviosa. Todo lo
que había vivido le afectaba. Su salud se deterioró en cuestión de
horas y sólo deseaba estar tumbada, sobre su colcha blanca, encogida
hacia un lado y observando la nada. Meditaba sobre su vida, la
muerte, los misterios que ahora comprendía con mayor conocimiento y
sobre mí. Sin embargo, yo no lo supe. Conocí todo aquello semanas
después cuando me encaramé a su ventana y ella me confesó todo lo
que había estado sopesando. Pocos días después se incorporó a su
trabajo y decidió no ilusionarse con mis visitas.
Pero los pensamientos que me
acorralaban en ese momento no era viejos, sino recientes. Me sentía
confundido por la actitud que tenía Michael ante todo aquello. La
lata de cerveza que sujetaba con su mano izquierda, el cigarrillo
encendido en la derecha y su cuerpo recargado sobre la mesa. Parecía
estar completamente relajado ante mi presencia, como si lo ocurrido
entre los tres no fuese nada y esa noche desordenada se hubiese
convertido sólo en un espejismo.
—Sé que estás pensando aunque no
pueda leer tu mente—dijo, justo antes de tirar la colilla en el
cenicero y dar una calada al cigarro—. Simplemente haría cualquier
cosa por Rowan. Cualquier cosa que pueda hacerla feliz—susurró con
el humo surgiendo de sus labios carnosos, algo sensuales y muy
varoniles, que me recordaban a los de Tarquin.
—Yo soy egoísta—respondí.
Tanto él como yo estábamos en ropa
interior, con el cuerpo inclinado hacia delante y los ojos fijos uno
en el otro. Era un duelo calmado a simple vista, pero nuestras almas
se agitaban como si hubiese un estrepitoso seísmo bajo nosotros.
—Aún así aceptaste el trato—llevó
el cigarro al cenicero y lo aplastó para apagarlo.
—Porque la amo y no puedo estar sin
ella. Me falta el aliento cuando no está cerca—dije colocando mis
manos sobre la frágil mesa de la cocina.
Era de esas mesas redondas, medianas,
algo endebles y de madera barata. Sin duda, de esas mesas perfectas
para tener en la cocina y usarlas de vez en cuando para leer el
periódico, hacer crucigramas y tomar algún café. Si algo he
aprendido en estos años es sin duda el amor por los pequeños
caprichos que todos tenemos, los mortales tienen uno y es sin duda el
café y los periódicos. Aunque la información, habitualmente
manipulada, nos interesa a todos.
—Amo todo de ella—susurré
acariciando las vetas finas de la madera, casi siguiendo su
nacimiento hasta su muerte, mientras él se llevaba la lata a los
labios y daba un largo trago—. Todo.
—Te comprendo—susurró con una leve
sonrisa gentil.
Hacía mucho tiempo que no escuchaba
algo así de alguien. David Talbot era un buen amigo, siempre a mi
lado con ese porte educado tan británico. Sus ojos pardos habían
sido mi guía, la luz en mis noches más terribles, cuando Memnoch me
dejó conmocionado. Él ha llorado y reído a mi lado, me ha
detestado y amado de una forma tan intensa como el fuego, y aún así
jamás me ha dicho con rotunda sinceridad que me comprende. Sin
embargo, él lo hacía.
—¿Por qué?—pregunté con
inocencia, igual que si un niño pregunta a su padre si el sol quema.
—Cuando conocí a Rowan ella bromeó
sobre mi forma de observarla, pues quedé fascinado. Era la mujer que
me había salvado la vida otorgándome una nueva oportunidad, creando
un lazo conmigo entre la vida y la muerte, y además era preciosa. No
has conocido a Rowan Mayfair realmente, sino lo que quedó de Rowan
después de todo lo ocurrido—dijo dejando la lata a un lado para
agarrarme de las muñecas—. Antes con sólo tocar algo podía ver.
Posiblemente esos poderes eran gracias a a intercesión de Julien,
Stella o Deirdre. No lo sé, no quiero saberlo—me soltó y negó
meneando la cabeza—. Ella me electrocutaba cuando la palpaba y tuve
que hacerle el amor con guantes. Incluso con los guantes puestos, los
cuales me evitaban ver algo que ella no quisiera mostrarme, sentía
una chispa que me encendía la pasión hasta llegar al delirio. Me
encontraba en un éxtasis religioso cuando la besaba y aún lo
siento, incluso puedo percibirlo cuando me mira con esa tristeza y
frialdad tan característica—buscó la cajetilla de cigarros
diseminada por la mesa, sacó uno y lo llevó a sus labios para
encenderlo con una elegancia propia de un caballero. Era tosco en
movimientos, pero tenía gracia desenvolviéndose—. Cuando me casé
con ella era una muchacha preciosa, casi una niña a mi lado.
—Sí, sé todo eso—respondí con
una leve sonrisa.
—Lo sabes porque otros te lo han
contado y has visto fotografías, pero no sabes lo que yo sentía—mi
sonrisa se borró porque me sentí descortés. Él me estaba abriendo
su corazón y yo había dado carpetazo al asunto—. Escúchame
bien—dijo inclinándose un poco más, con el cigarrillo en su mano
derecha humeando—. Cuando la veo aún siento una emoción extraña
que me conmueve y aterra. Deseo agarrarla contra mí, besarla
hondamente y hacerle el amor en cada mueble de ésta casa—comentó
antes de reír bajo recostándose contra la silla—. Me excita su
forma de mirarme, me alegra su perfume pegado a mi ropa y me seduce
con sus silencios. Rowan es una mujer única que enamora, aunque yo
diría más bien que es un hechizo tras otro.
—Ahora quien te comprende soy yo—dije
de improviso.
—Gracias—sus labios tenían una
hermosa sonrisa de dientes blancos, perfectos todos ellos, que
guardaban cientos de frases que ocultaba a todos. Era un hombre
inteligente y medido, con un aspecto muy rudo y con una piel tostada
típica de aquellos que deciden trabajar bajo el sol o la lluvia, sin
importarle las inclemencias del tiempo—. Quiero a Rowan más que a
mí mismo.
—Yo también la amo del mismo
modo—quise llorar, pero contuve mis lágrimas.
Entonces ambos la sentimos. Sus pies
descalzos hicieron cierto ruido por el pasillo y nos giramos. Llevaba
mi camisa blanca, algo manchada de carmín, mal colocada y abierta.
Tenía el pelo revuelto, el rostro mostraba cierto cansancio y una
luminosidad extraña. Sus ojos parecían más profundos y fieros,
pero estaban calmados. La única prenda de ropa interior que llevaba
eran unos calzoncillos ajustados, en color negro, que eran de
Michael.
—Hablabais de mí—dijo quedándose
en el marco de la puerta, pues no se atrevía a entrar hasta la
cocina.
—Sí—respondió él echándose a
reír—. Nos has pillado, cariño—susurró.
—No debes fumar ni beber—se acercó
a él quitándole la lata de cerveza y el cigarrillo; después tiró
el contenido de la lata por el sumidero del fregadero, mientras la
colilla quedó aplastada contra el cenicero.
Me sentía como un intruso tras esa
conversación tan excepcional. Estaba de más. Él había dado todo,
cediendo incluso su lugar en el corazón de la mujer con la que había
compartido gran parte de su vida y recuerdos, y yo no era capaz
siquiera de admitir que me dolía que ella lo tocara. Era un egoísta
por mucho que Michael dijera lo contrario. Mi forma de amar era
terriblemente abusiva. No era lo que le convenía a Rowan, ella lo
sabía y aún así me aceptaba.
—Debo irme—susurré.
Rowan se acercó a mí, me tomó del
rostro y me besó. Sus labios rozaron los míos suavemente, su lengua
se introdujo como si fuera la de una serpiente y finalmente me besó
con hambre. Ese apetito de fiera resuelta que sólo me mostraba en la
cama, aunque no siempre, y que me enloquecía.
—No, quédate—dijo mirándome a los
ojos—. Quédate un rato más.
—No, no puede ser—balbuceé.
Ella volvió a tomar mis labios,
mientras me garraba de la muñeca derecha y llevaba mi mano dentro de
aquella ropa interior masculina. Pude separarme de su boca para rodar
la mía por sus mejillas, su cuello y clavículas. Aún no comprendía
como podía conducirme a la locura de forma tan rápida. Michael nos
observaba en silencio, posiblemente odiándome y reprochándose a sí
mismo por tolerar aquello, mientras yo susurraba palabras de amor
dichas desde lo más profundo de mi alma.
Mis dedos palpaban sus labios
inferiores, abriendo esa pequeña abertura cálida y húmeda, para
terminar estimulando su clítoris. Ella temblequeó sobre mis piernas
mientras oscilaba sobre mí, rozándose un poco más. Tenía el
rostro perlado de satisfacción, los ojos cerrados y el mentón
apretado.
—Michael, ven—murmuró—. Ven
aquí—giró su rostro mirándolo con lascivia y él asintió
dulcemente.
Escuché como retiraba la mesa y se
colocaba tras ella. Michael deslizó sus anchas y ásperas manos por
el cuello de Rowan, abrió la camisa y colocó sus manos en sus
senos. Aquellos pequeños pezones cafés ya estaban duros. Mi boca
buscó la suya y ella se enredó en un beso aún más fogoso que el
anterior.
Aquello era una terrible locura. Estaba
con ella sintiendo su piel fría, suave y perfumada, mientras que su
esposo la excitaba pellizcando sus pezones. No podía rechazar sus
besos ni sus intenciones, pues era demasiado placentero para mí. Él
parecía dejarse llevar, tal y como si yo no existiera, y ella se
derretía con nuestras atenciones. Los labios de Michael acabaron
sobre el lóbulo derecho de Rowan, mordisqueando así su oreja y
dejando que su aliento rozara su piel. Ella se estremeció dejando
escapar un gemido mientras levantaba sus manos hacia el cuello de su
esposo. Mi rostro se hundió su vientre, quedando con la espalda
encorvada, mientras mi mano izquierda rozaba su cadera y los dedos de
la derecha se sentían húmedos por la estimulación que le estaba
ofreciendo.
En un arranque de pasión Michael la
apartó de mí. Con furia incontrolable la tomó del rostro, justo
por debajo de su mentón, presionando con sus pulgares sobre sus
mejillas y besándola de forma desatada. Ella temblaba como una hoja
y yo no supe que hacer, aunque en unos segundos acabé reaccionando.
Bajé la escasa tela que cubría su sexo y me arrodillé, de
inmediato comencé a lamer su sexo y ella se aferró, enterrando sus
uñas, en Michael.
Finalmente, ella se deshizo del fuerte
agarre de los brazos de su esposo. De inmediato quedó de rodillas,
inclinando su torso hacia delante y permitiendo que sus pezones
rozaran el frío suelo de madera. Sus piernas se abrieron al mismo
tiempo que los calzoncillos de él bajaban. Su erección era evidente
y considerable, del mismo modo que la mía, y por unos segundos ambos
nos miramos decidiendo qué podíamos hacer.
Ella decidió por los dos.
La boca de Rowan quedó pegada al
miembro de Michael, recorriéndolo con su lengua y apretándolo entre
sus labios, mientras sus manos rasguñaban sus muslos, glúteos y
vientre. Él la tomaba del rostro, también del cabello para
apartarlo, mirándola completamente encendido. Por mi parte me bajé
la ropa interior, deshaciéndome de ella en un abrir y cerrar de
ojos, para penetrarla acariciando su cintura. Ambos movíamos la
cadera a un ritmo similar y dejábamos escapar satisfactorios
gemidos, gruñidos y jadeos. Rowan intentaba contener el aliento,
sobrevivir a los espasmos que sentía debido al calor que le hacía
arder, mientras su vientre burbujeaba cierto cosquilleo. Era un sexo
rápido, quizás una despedida momentánea, que disfrutábamos como
si fuera un ritual de apareamiento buscando hacer gozar a la única
mujer que nos había robado el alma, pues el corazón era poco para
lo que ella tenía entre sus manos.
Michael y yo nos convertimos en una
dualidad, dos hombres dispuestos a ofrecer todo de nosotros.
Arriesgábamos nuestra felicidad por la suya, sin buscar egoísmos.
Sin embargo, yo me sentía un egoísta al estar unido a ella sin
pensar en sus nobles sentimientos. Ella, por su parte, estaba
dividida entre un amor apasionado, que era el mío, y otro que la
hacía sentir protegida. Nos necesitaba a ambos.
El ritmo se volvió demencial. Sólo se
escuchaban nuestros gemidos y el golpear de nuestros cuerpos. Ella
estaba perlada en sudor, del mismo modo que nosotros, como si
estuviera con unas terribles fiebres. Finalmente sus músculos
vaginales se tensaron y provocó en mi una agradable sensación, sin
embargo no llegué al climax. Michael se movía entre sus labios, con
mayor soltura, tomándola del rostro mientras provocando que sintiera
todo su sexo.
—Déjame acabar en ella—me dijo
jadeoso y yo lo permití.
Salí de Rowan, dejándola recostada en
el suelo, mientras él entraba penetrándola con rabia, casi
rompiéndola, al cubrirla con todo su cuerpo. Mordía sus pezones
tirando de ellos, por su parte ella chillaba de placer. En cierto
momento, tras unos minutos, él la rellenó con su esperma cálido y
espeso. Yo me masturbaba observando aquellos ojos idos por la
lujuria, completamente perversos, mientras sus labios rojos se abrían
como si fueran dos cerezas. Cuando Michael concluyó entró yo, con
la misma fuerza, y tras varias estocadas acabé. Ella llegó a un
segundo orgasmo murmurando nuestros nombres.
Tras aquello, después de un rato de
silencio, decidí darme una ducha y marcharme. Sin embargo, Michael
entró conmigo a la ducha besando mis mejillas. Era una forma
cómplice de agradecerme el hacer feliz a Rowan. Ambos sabíamos que
no podía quedarme allí, que Julien vería con malos ojos todo
aquello y tendríamos que buscar una solución.
—Márchate—me dijo—. Te
avisaremos cuando puedas venir, ya que Julien puede encontrarse tan
ocupado que pierde el sentido del tiempo—comentó abriendo la
regadera para comenzar a ducharse a mi lado.
Aquello fue extraño. Quizás fue lo
más extraño que he vivido a pesar de todo. Un hombre me compartía
el amor de su mujer y yo, al fin de cuentas, aceptaba el hecho que no
podía ser el único hombre de Rowan Mayfair.
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