Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 20 de junio de 2014

Un amor nada egoísta.

Rowan nos ha demostrado que puede amarnos a ambos, pero a veces sentimos que es imposible que dos hombres puedan compartir el amor de una mujer. Sin embargo, es tan intenso que finalmente accedemos a dejarnos llevar por la pasión y el cariño. 

Os lo presentamos en las siguientes memorias. 

Lestat de Lioncourt


Son tantos los recuerdos que acumulo que a veces creo haberlos perdido. Allí, sentado frente a él, observando el humo de su cigarrillo y como la colilla se convertía en cenizas, poco a poco, cayendo sobre el cenicero de porcelana blanco, dispuesto frente a él casi en medio de la mesa, estoy viendo cada segundo que hemos vivido todos. Viéndolo como una cruel sucesión de imágenes que me sacude y tortura. Podía ver en su rostro cierto cansancio, pero ni un ápice de las arrugas de antaño y sus sienes ya no tenían canas. Michael había recuperado el vigor de un hombre que rozaba los cuarenta años, pero no los rebasaba como cuando nos conocimos. Julien y sus trucos con el demonio eran el culpable, sin duda alguna, y eso aún me carcomía. Si bien, no era la cuestión que me torturaba. Los recuerdos, esos que se lanzaban contra mí, los que me aplastaban.

La noche siguiente a la que creía, sin duda alguna, mi última conversación con Rowan, justo frente a Blackwood Manor, decidí ir a buscarla a First Street. Caminé a paso lento, con las manos en los bolsillos de mi levita de camafeos y el pelo suelto, algo revuelto, mientras intentaba poner en orden todas mis ideas. Cada paso era una nueva plegaria. Las visiones del infierno me perseguían aún, podía sentir el susurro de los ángeles rozando mi nuca y también el dolor, el inmenso dolor, de la tragedia de Merrick. Acarreaba tantos problemas, había resuelto misterios, y, sin embargo, era ella lo único que necesitaba para callar todos esos murmullos quedando en silencio, con sus ojos grises clavados en mí alma.

Al llegar a la verja ésta cedió, como si me invitara, y rápidamente corrí por el jardín hacia la puerta principal. Allí, frente a la puerta de madera noble, quise llorar antes de llamar. Mis manos temblaban cuando pulsé el timbre, pero más aún cuando escuché los pasos inconfundibles de Michael por la escalera de caracol, bajando pesadamente, para abrir la puerta. Sus ojos azules se clavaron en los míos. Aquella profundidad que encontré en él me hablaba de serenidad, pero a la vez de un amor incondicional a la mujer que descansaba en su dormitorio, con un camisón color pastel.

—Lestat—arrastró cada palabra con esa elegancia ruda que él poseía. Su frente despejada, sus cejas que le conferían un rostro bondadoso, y esa barba que sin duda remarcaba su masculinidad. Tenía una pose relajada, pero estaba alerta. Podía ver en sus pupilas cierto brillo que no supe comprender del todo—. Pensamos que no volverías.

—Necesito a Rowan—expresé.

—Ella necesita descanso—me dijo tomando la puerta por el pomo con la diestra, casi acariciándolo, mientras su mano izquierda tocaba el marco de ésta—. Márchate y regresa en unos días.

—Tal vez no tenga valor de regresar—susurré colocando mis manos en sus anchos hombros—. Michael, no puedo estar sin ella.

—Comprendo tu amor por ella, pues yo siento algo tan intenso por esa mujer como tú puedes sentirlo. Es un amor que va más allá de la vida y la muerte—hablaba pausado, con un tono de voz suave, y de una forma agradable. Sin embargo, en su voz denotaba cierta molestia y dolor—. Es mi mujer, Lestat, y por favor respeta su descanso. Si tanto la amas entenderás que no puedas verla ahora, en éste momento. Un capricho como el tuyo en el estado en el que se encuentra, terriblemente cansada y asustada, podría desencadenar cualquier tragedia—guardó unos segundos de silencio observándome, para continuar con su devastador discurso con una frase final, la cual fue terrible—. Quiero que te marches, por favor.

—No, por favor—dije intentando acceder a la casa sin armar alboroto, pero me cerró las puertas en las narices.

Tras separarnos en las tierras de los Blackwood, Rowan se había sumergido en una crisis nerviosa. Todo lo que había vivido le afectaba. Su salud se deterioró en cuestión de horas y sólo deseaba estar tumbada, sobre su colcha blanca, encogida hacia un lado y observando la nada. Meditaba sobre su vida, la muerte, los misterios que ahora comprendía con mayor conocimiento y sobre mí. Sin embargo, yo no lo supe. Conocí todo aquello semanas después cuando me encaramé a su ventana y ella me confesó todo lo que había estado sopesando. Pocos días después se incorporó a su trabajo y decidió no ilusionarse con mis visitas.

Pero los pensamientos que me acorralaban en ese momento no era viejos, sino recientes. Me sentía confundido por la actitud que tenía Michael ante todo aquello. La lata de cerveza que sujetaba con su mano izquierda, el cigarrillo encendido en la derecha y su cuerpo recargado sobre la mesa. Parecía estar completamente relajado ante mi presencia, como si lo ocurrido entre los tres no fuese nada y esa noche desordenada se hubiese convertido sólo en un espejismo.

—Sé que estás pensando aunque no pueda leer tu mente—dijo, justo antes de tirar la colilla en el cenicero y dar una calada al cigarro—. Simplemente haría cualquier cosa por Rowan. Cualquier cosa que pueda hacerla feliz—susurró con el humo surgiendo de sus labios carnosos, algo sensuales y muy varoniles, que me recordaban a los de Tarquin.

—Yo soy egoísta—respondí.

Tanto él como yo estábamos en ropa interior, con el cuerpo inclinado hacia delante y los ojos fijos uno en el otro. Era un duelo calmado a simple vista, pero nuestras almas se agitaban como si hubiese un estrepitoso seísmo bajo nosotros.

—Aún así aceptaste el trato—llevó el cigarro al cenicero y lo aplastó para apagarlo.

—Porque la amo y no puedo estar sin ella. Me falta el aliento cuando no está cerca—dije colocando mis manos sobre la frágil mesa de la cocina.

Era de esas mesas redondas, medianas, algo endebles y de madera barata. Sin duda, de esas mesas perfectas para tener en la cocina y usarlas de vez en cuando para leer el periódico, hacer crucigramas y tomar algún café. Si algo he aprendido en estos años es sin duda el amor por los pequeños caprichos que todos tenemos, los mortales tienen uno y es sin duda el café y los periódicos. Aunque la información, habitualmente manipulada, nos interesa a todos.

—Amo todo de ella—susurré acariciando las vetas finas de la madera, casi siguiendo su nacimiento hasta su muerte, mientras él se llevaba la lata a los labios y daba un largo trago—. Todo.

—Te comprendo—susurró con una leve sonrisa gentil.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo así de alguien. David Talbot era un buen amigo, siempre a mi lado con ese porte educado tan británico. Sus ojos pardos habían sido mi guía, la luz en mis noches más terribles, cuando Memnoch me dejó conmocionado. Él ha llorado y reído a mi lado, me ha detestado y amado de una forma tan intensa como el fuego, y aún así jamás me ha dicho con rotunda sinceridad que me comprende. Sin embargo, él lo hacía.

—¿Por qué?—pregunté con inocencia, igual que si un niño pregunta a su padre si el sol quema.

—Cuando conocí a Rowan ella bromeó sobre mi forma de observarla, pues quedé fascinado. Era la mujer que me había salvado la vida otorgándome una nueva oportunidad, creando un lazo conmigo entre la vida y la muerte, y además era preciosa. No has conocido a Rowan Mayfair realmente, sino lo que quedó de Rowan después de todo lo ocurrido—dijo dejando la lata a un lado para agarrarme de las muñecas—. Antes con sólo tocar algo podía ver. Posiblemente esos poderes eran gracias a a intercesión de Julien, Stella o Deirdre. No lo sé, no quiero saberlo—me soltó y negó meneando la cabeza—. Ella me electrocutaba cuando la palpaba y tuve que hacerle el amor con guantes. Incluso con los guantes puestos, los cuales me evitaban ver algo que ella no quisiera mostrarme, sentía una chispa que me encendía la pasión hasta llegar al delirio. Me encontraba en un éxtasis religioso cuando la besaba y aún lo siento, incluso puedo percibirlo cuando me mira con esa tristeza y frialdad tan característica—buscó la cajetilla de cigarros diseminada por la mesa, sacó uno y lo llevó a sus labios para encenderlo con una elegancia propia de un caballero. Era tosco en movimientos, pero tenía gracia desenvolviéndose—. Cuando me casé con ella era una muchacha preciosa, casi una niña a mi lado.

—Sí, sé todo eso—respondí con una leve sonrisa.

—Lo sabes porque otros te lo han contado y has visto fotografías, pero no sabes lo que yo sentía—mi sonrisa se borró porque me sentí descortés. Él me estaba abriendo su corazón y yo había dado carpetazo al asunto—. Escúchame bien—dijo inclinándose un poco más, con el cigarrillo en su mano derecha humeando—. Cuando la veo aún siento una emoción extraña que me conmueve y aterra. Deseo agarrarla contra mí, besarla hondamente y hacerle el amor en cada mueble de ésta casa—comentó antes de reír bajo recostándose contra la silla—. Me excita su forma de mirarme, me alegra su perfume pegado a mi ropa y me seduce con sus silencios. Rowan es una mujer única que enamora, aunque yo diría más bien que es un hechizo tras otro.

—Ahora quien te comprende soy yo—dije de improviso.

—Gracias—sus labios tenían una hermosa sonrisa de dientes blancos, perfectos todos ellos, que guardaban cientos de frases que ocultaba a todos. Era un hombre inteligente y medido, con un aspecto muy rudo y con una piel tostada típica de aquellos que deciden trabajar bajo el sol o la lluvia, sin importarle las inclemencias del tiempo—. Quiero a Rowan más que a mí mismo.

—Yo también la amo del mismo modo—quise llorar, pero contuve mis lágrimas.

Entonces ambos la sentimos. Sus pies descalzos hicieron cierto ruido por el pasillo y nos giramos. Llevaba mi camisa blanca, algo manchada de carmín, mal colocada y abierta. Tenía el pelo revuelto, el rostro mostraba cierto cansancio y una luminosidad extraña. Sus ojos parecían más profundos y fieros, pero estaban calmados. La única prenda de ropa interior que llevaba eran unos calzoncillos ajustados, en color negro, que eran de Michael.

—Hablabais de mí—dijo quedándose en el marco de la puerta, pues no se atrevía a entrar hasta la cocina.

—Sí—respondió él echándose a reír—. Nos has pillado, cariño—susurró.

—No debes fumar ni beber—se acercó a él quitándole la lata de cerveza y el cigarrillo; después tiró el contenido de la lata por el sumidero del fregadero, mientras la colilla quedó aplastada contra el cenicero.

Me sentía como un intruso tras esa conversación tan excepcional. Estaba de más. Él había dado todo, cediendo incluso su lugar en el corazón de la mujer con la que había compartido gran parte de su vida y recuerdos, y yo no era capaz siquiera de admitir que me dolía que ella lo tocara. Era un egoísta por mucho que Michael dijera lo contrario. Mi forma de amar era terriblemente abusiva. No era lo que le convenía a Rowan, ella lo sabía y aún así me aceptaba.

—Debo irme—susurré.

Rowan se acercó a mí, me tomó del rostro y me besó. Sus labios rozaron los míos suavemente, su lengua se introdujo como si fuera la de una serpiente y finalmente me besó con hambre. Ese apetito de fiera resuelta que sólo me mostraba en la cama, aunque no siempre, y que me enloquecía.

—No, quédate—dijo mirándome a los ojos—. Quédate un rato más.

—No, no puede ser—balbuceé.

Ella volvió a tomar mis labios, mientras me garraba de la muñeca derecha y llevaba mi mano dentro de aquella ropa interior masculina. Pude separarme de su boca para rodar la mía por sus mejillas, su cuello y clavículas. Aún no comprendía como podía conducirme a la locura de forma tan rápida. Michael nos observaba en silencio, posiblemente odiándome y reprochándose a sí mismo por tolerar aquello, mientras yo susurraba palabras de amor dichas desde lo más profundo de mi alma.

Mis dedos palpaban sus labios inferiores, abriendo esa pequeña abertura cálida y húmeda, para terminar estimulando su clítoris. Ella temblequeó sobre mis piernas mientras oscilaba sobre mí, rozándose un poco más. Tenía el rostro perlado de satisfacción, los ojos cerrados y el mentón apretado.

—Michael, ven—murmuró—. Ven aquí—giró su rostro mirándolo con lascivia y él asintió dulcemente.

Escuché como retiraba la mesa y se colocaba tras ella. Michael deslizó sus anchas y ásperas manos por el cuello de Rowan, abrió la camisa y colocó sus manos en sus senos. Aquellos pequeños pezones cafés ya estaban duros. Mi boca buscó la suya y ella se enredó en un beso aún más fogoso que el anterior.

Aquello era una terrible locura. Estaba con ella sintiendo su piel fría, suave y perfumada, mientras que su esposo la excitaba pellizcando sus pezones. No podía rechazar sus besos ni sus intenciones, pues era demasiado placentero para mí. Él parecía dejarse llevar, tal y como si yo no existiera, y ella se derretía con nuestras atenciones. Los labios de Michael acabaron sobre el lóbulo derecho de Rowan, mordisqueando así su oreja y dejando que su aliento rozara su piel. Ella se estremeció dejando escapar un gemido mientras levantaba sus manos hacia el cuello de su esposo. Mi rostro se hundió su vientre, quedando con la espalda encorvada, mientras mi mano izquierda rozaba su cadera y los dedos de la derecha se sentían húmedos por la estimulación que le estaba ofreciendo.

En un arranque de pasión Michael la apartó de mí. Con furia incontrolable la tomó del rostro, justo por debajo de su mentón, presionando con sus pulgares sobre sus mejillas y besándola de forma desatada. Ella temblaba como una hoja y yo no supe que hacer, aunque en unos segundos acabé reaccionando. Bajé la escasa tela que cubría su sexo y me arrodillé, de inmediato comencé a lamer su sexo y ella se aferró, enterrando sus uñas, en Michael.

Finalmente, ella se deshizo del fuerte agarre de los brazos de su esposo. De inmediato quedó de rodillas, inclinando su torso hacia delante y permitiendo que sus pezones rozaran el frío suelo de madera. Sus piernas se abrieron al mismo tiempo que los calzoncillos de él bajaban. Su erección era evidente y considerable, del mismo modo que la mía, y por unos segundos ambos nos miramos decidiendo qué podíamos hacer.

Ella decidió por los dos.

La boca de Rowan quedó pegada al miembro de Michael, recorriéndolo con su lengua y apretándolo entre sus labios, mientras sus manos rasguñaban sus muslos, glúteos y vientre. Él la tomaba del rostro, también del cabello para apartarlo, mirándola completamente encendido. Por mi parte me bajé la ropa interior, deshaciéndome de ella en un abrir y cerrar de ojos, para penetrarla acariciando su cintura. Ambos movíamos la cadera a un ritmo similar y dejábamos escapar satisfactorios gemidos, gruñidos y jadeos. Rowan intentaba contener el aliento, sobrevivir a los espasmos que sentía debido al calor que le hacía arder, mientras su vientre burbujeaba cierto cosquilleo. Era un sexo rápido, quizás una despedida momentánea, que disfrutábamos como si fuera un ritual de apareamiento buscando hacer gozar a la única mujer que nos había robado el alma, pues el corazón era poco para lo que ella tenía entre sus manos.

Michael y yo nos convertimos en una dualidad, dos hombres dispuestos a ofrecer todo de nosotros. Arriesgábamos nuestra felicidad por la suya, sin buscar egoísmos. Sin embargo, yo me sentía un egoísta al estar unido a ella sin pensar en sus nobles sentimientos. Ella, por su parte, estaba dividida entre un amor apasionado, que era el mío, y otro que la hacía sentir protegida. Nos necesitaba a ambos.

El ritmo se volvió demencial. Sólo se escuchaban nuestros gemidos y el golpear de nuestros cuerpos. Ella estaba perlada en sudor, del mismo modo que nosotros, como si estuviera con unas terribles fiebres. Finalmente sus músculos vaginales se tensaron y provocó en mi una agradable sensación, sin embargo no llegué al climax. Michael se movía entre sus labios, con mayor soltura, tomándola del rostro mientras provocando que sintiera todo su sexo.

—Déjame acabar en ella—me dijo jadeoso y yo lo permití.

Salí de Rowan, dejándola recostada en el suelo, mientras él entraba penetrándola con rabia, casi rompiéndola, al cubrirla con todo su cuerpo. Mordía sus pezones tirando de ellos, por su parte ella chillaba de placer. En cierto momento, tras unos minutos, él la rellenó con su esperma cálido y espeso. Yo me masturbaba observando aquellos ojos idos por la lujuria, completamente perversos, mientras sus labios rojos se abrían como si fueran dos cerezas. Cuando Michael concluyó entró yo, con la misma fuerza, y tras varias estocadas acabé. Ella llegó a un segundo orgasmo murmurando nuestros nombres.

Tras aquello, después de un rato de silencio, decidí darme una ducha y marcharme. Sin embargo, Michael entró conmigo a la ducha besando mis mejillas. Era una forma cómplice de agradecerme el hacer feliz a Rowan. Ambos sabíamos que no podía quedarme allí, que Julien vería con malos ojos todo aquello y tendríamos que buscar una solución.

—Márchate—me dijo—. Te avisaremos cuando puedas venir, ya que Julien puede encontrarse tan ocupado que pierde el sentido del tiempo—comentó abriendo la regadera para comenzar a ducharse a mi lado.


Aquello fue extraño. Quizás fue lo más extraño que he vivido a pesar de todo. Un hombre me compartía el amor de su mujer y yo, al fin de cuentas, aceptaba el hecho que no podía ser el único hombre de Rowan Mayfair.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt