Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 23 de agosto de 2017

Libros, libros

Avcicus es muestra evidente que un libro siempre es un buen regalo.

Lestat de Lioncourt 

—Avicus, te he conseguido algo.

Estaba paseando por los largos pasillos del castillo de Lestat. La propiedad era inmensa. A lo lejos podía ver las viñas que ya poseían las uvas casi a punto de ser recogidas. Sonreí observando el cielo nocturno cargado de estrellas. Era tan diferente al que se podía ver en las ciudades con enormes edificios que las opacaban, haciéndolas siluetas borrosas por la contaminación lumínica y la polución.

—¿Algo?—dije alzando la vista.

Ahí estaba su figura menuda enfundada en un elegante traje cachemir azul marino con solapas en un tono más oscuro. Su hermoso cabello estaba recogido discretamente bajo un sombrero, muy similar a los que usa Benjamín, y le daba aspecto de pequeño hombrecito.

—Un nuevo libro—respondió levantando la mano derecha para ofrecerme un ejemplar de bella, aunque simple, encuadernación en tapas duras de color verde cacería.

—¡Oh! ¡Cuál! ¡Qué autor!—pregunté tomándolo con evidente emoción.

—Es novel. Apenas está comenzando. El libro es de aventuras—decía intentando contener su risa fresca y liviana.

—¿En algún lugar exótico?—decía abriéndolo mientras cruzábamos un enorme arco para llegar a uno de los salones donde se podía uno sentar, descansar de los numerosos bailes y conversaciones, para poder entregarse a la lectura.

—Aventuras en mitad de la ciudad descubriendo misterios encerrados en viejos edificios—dijo clavando sus ojos en los míos—. En realidad, en mitad de ciudades cosmopolitas muy antiguas y destacadas de Europa.

Mi tamaño era mucho mayor que el suyo y siempre hacíamos una extraña pareja. Mis casi dos metros eran nada con sus apenas metro sesenta centímetros. Aún así me fascinaba su rostro y no dudaba en inclinarme para besar sus mejillas, como en ese momento, para poder agradecerle tan magnífico detalle. Después di un par de pasos rápidos hasta un sillón y me repatingué para poder leer.

—Interesante—murmuré comenzando a leer.

—Ya vas a desvanecerte y olvidarte del mundo consciente.

—¿Decías?—pregunté alzando la vista.

—Ah...—elevó las cejas y suspiró.

—Ven, compartamos esto. ¡Es emocionante! Tenemos que leerlo a medias, por favor—dije golpeando mis muslos para que se sentase sobre ellos, cosa que hizo rápidamente.


—Eres como un niño enorme.— No reprimió en decirlo, pues era evidente. Los libros eran mi regalo favorito después de sus besos y abrazos.  

domingo, 30 de abril de 2017

Perdón

Bueno, alguien que sabe pedir disculpas y no como Marius... ejem... Avicus es un gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Ya ni siquiera recuerdo cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos. Creo que han sido más de mil años. Sin embargo, sigo recordándote como si hubiese ocurrido ayer. Tal vez debí detener tus pasos hacia la puerta, los cuales se escucharon pesados y cansados, pero no lo hice. Estaba seguro que el tiempo nos pondría a los dos en el mismo camino otra vez. Creía en ese destino. Pensaba que cambiaríamos para bien con las experiencias y las consecuencias que estas tendrían sobre nosotros, pero me equivoqué. Sólo permití que una enorme montaña nos dividiera por siempre.

También me siento un estúpido por no haber acudido a la anterior reunión. Si hubiese estado allí presente cuando Akasha despertó y se paseó frente a vosotros, ignorando vuestras necesidades e imponiendo sus principios éticos, habría sido de gran ayuda para apoyarte en tan duros instantes. Supe que te sentías culpable por no haber protegido correctamente a Jesse Reeves, la descendiente de Maharet y Khayman, pero también que te enorgulleciste al comprobar que se convirtió en una inmortal impresionante.

He sabido de ti gracias a otros, pero dudo que tú supieras de mí. Vivía y vivo encerrado en libros. Me he dado cuenta que tenías razón. Los libros son importantes, pero no es lo único. Debía salir fuera y conversar, convivir con otras mentes y aceptar lo diversas que son. No tomé punto medio, sólo acepté la imposición de Marius sobre ser un sabio voraz. Creí que la sabiduría estaba únicamente en los libros y tú la rechazabas únicamente porque provenía de un romano.


Supongo que más vale tarde que nunca para pedir disculpas, pues al menos me quitaré un peso de encima. Sí, Mael. Sé que quizá no estés vivo, o que tal vez si vives no quieras saber de mí, pero tenía que hacerlo. Me vi comprometido a esto. No espero una respuesta. No es la primera vez que escribo mis dudas sobre este hecho. Aún así aquí están de nuevo en un pedazo de papel escrito en una cafetería cualquiera de Suiza.  

domingo, 29 de enero de 2017

Desesperación

Avicus es un hombre con suerte, ¿no creéis?

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo que Gregory estaba demasiado ocupado cuidando al joven que encontró en el concierto, al cual accedió a ir sólo para enfrentarse a Akasha como hizo milenios atrás, que acabó negando en rotundo el aproximarse a Las Gemelas Pelirrojas en aquella primera gran reunión. Siempre había soñado con acercarse a ellas, arrodillarse ante ambas e inclinarse a besar sus pies. Él era el culpable de la ceguera de Maharet y el problema de habla de Mekare. Era un soldado y cumplía órdenes, aunque para él siempre fue algo monstruoso.

Sin embargo, me hallaba en una de nuestras hermosas bibliotecas, sentado en un cómodo sillón frente a la chimenea, leyendo uno de tantos libros. Si mi memoria no me falla estaba ojeando una vez más Moby-Dick de Herman Melville. Hacía décadas que no lo tomaba entre mis manos y disfrutaba como un niño, pero había leído sobre nuevos avistamientos de cachalotes blancos en las costas chilenas y algo en mí hizo que leyera. Me hallaba casi en el desenlace de una aventura motivada por la desesperación, sueños imposibles y metas inalcanzables cuando Flavius entró.

—Debes escuchar la radio—dijo de improvisto.

—Estoy leyendo—murmuré bajando el libro para verlo bien.

Levaba un suéter azul marino con el cuello de tortuga, unos jenas gruesos desgastados y las simples zapatillas para estar por casa. Su rostro estaba algo más pálido que de costumbre y tenía como una pequeña telilla de miedo en la mirada. Se acercó a mí con su móvil de alta gama y colocó en mi oreja derecha uno de sus auriculares de botón.

“No sé qué está pasando. Acaba de llamar un chico desde el corazón de Brasil. Se encuentra encerrado en un motel barato, por lo que dice, algo herido y angustiado. Hace unas horas un individuo, alto y muy pálido, apareció en la puerta de la discoteca donde se hallaba y todo se volvió un infierno de llamas. Hemos perdido la conexión con él. Si bien dice que tenía rasgos árabes y era de complexión delgada. Pero, sobre todo, hay que recordar que es un inmortal bastante viejo con dominio del fuego. No quiero ser alarmista, pero es posible que se trate de otra quema indiscriminada acometida por el mismo sujeto de hace unas noches.
Sybelle tocará para vosotros en este pequeño inciso, mientras intento contactar con el número que aparecía en mi pantalla. Por favor, quedaos atentos. Algo malo está pasando.”

—¿Qué es eso?—dije apartándome de inmediato el auricular—. ¿Qué es?

Sabía lo que era ser quemado en plena noche, justo cuando intentaba acallar la sed. Quedé reducido a una figura negruzca y débil. De no haber sido por Mael habría muerto. El dolor de las heridas aún los recordaba bien tras pasar más de dos milenios. Un sentimiento de impotencia, dolor, desesperación y añoranza, por la vida que tuve con Mael, se mezcló con fuerza en mis latidos y me incorporé llorando.

—Hay que decirle a Gregory—comentó—. Él quizá deba hacerse oír.

—Él no quiere ser el líder de nada, nosotros no debemos interrumpir...

—¿En las vidas de los jóvenes? Necesitamos que él hable con Fareed y Seth. Tal vez ellos sepan como detener a ese desgraciado. Oh, vamos. ¿Me estás diciendo que no sientes dolor ni impotencia ante esto?—los ojos de Flavius se llenaron de lágrimas, muy similares a las mías, y acabé abrazándolo.


El libro cayó al suelo, pero nosotros nos mantuvimos firmes. Hablamos de inmediato con Gregory, el cual ya sospechaba que algo no iba bien. Mientras caminaba por la ciudad, aquella misma noche, había escuchado la información en la aplicación que tenía para su móvil.  

martes, 6 de diciembre de 2016

Marius

Avicus y Mael eran una pareja extra...

Lestat de Lioncourt 


Conocí a Marius a través de los relatos de mi criatura, el ser al que le insuflé esta vida eterna y logré salvar de su propio dolor. Mael me arrastró hacia el bosque. Decía que no merecíamos ser dioses ni vivir encerrados para satisfacer la curiosidad del hombre. Comprendió que lo divino iba más allá de la corteza de un árbol, más profundo que la brizna de hierba de los valles y por debajo de la superficie húmeda de las cascadas. Hablaba de una fuerza cósmica entre las estrellas, la naturaleza y el centro de este mundo. Decía que había algo más, pero que no éramos nosotros. Se volvió un hombre silencioso y pensativo. No obstante jamás se atrevió a llamar ignorantes a otros druidas y celtas que nos topábamos por los caminos.

Cruzamos océanos y mares, nos trasladamos a Italia y desde allí caminamos entre los bosques. El camino estaba siendo arduo. Él quería ver el mundo. Deseaba tener contacto con otros pueblos que no fuesen los romanos. Quería saborear en el ambiente los distintos léxicos, los sueños de los más pobres y de los opulentos. Era un hombre que ansiaba conocer ciudades sólo para maldecirlas. Tenía razón cuando decía que estos mares de gente, que la sociedad de las metrópolis, no valía nada comparado con un árbol centenario que da aire, sombra y vida.

Me había hablado de un romano, un hombre atlético y poco entrenado en la cultura celta, que despreció sus cuidados y aquellos conocimientos que él le entregó. Había desnudado su alma, su cultura, su religión y todo lo que era su pueblo ante un hombre que tenía la mitad de la sangre de una mujer de su pueblo. Pero la sangre que tenía Marius, como así se llamaba, no era lo suficientemente vinculante con las supersticiones y creencias que este le ofreció como un maravilloso regalo.

—Háblame más de ese tal Marius—dije una vez sentado frente a una hoguera que habíamos hecho con ramas secas. Estábamos en una gruta, la cual había sido deshabitada hacía demasiado tiempo.

—¿Para qué? Ya sabes todo. Era un idiota, una persona que no escucha a otros y un maldito bastardo que quiso comprar su libertad con vino y putas—dijo molesto.

Sus ojos azules brillaban como las llamas que danzaban sobre los pedazos de madera, su cabello parecía blanco en vez de rubio debido a los reflejos del fuego, y sus manos se acercaban afanosamente para retirarlas horrorizado. Quizá recordaba como echaron a la hoguera al vampiro que creó a Marius, pero también pensaba que podía pensar que algún día él podría arder del mismo modo.

—Tengo curiosidad...

—Maldita curiosidad la tuya—chistó—. Mejor háblame de ti, de tu cultura.

Sonreí cuando me dijo que hablase de mí, pero me quedé callado. Sólo podía decirle sobre mis guerras, el duro entrenamiento militar y el terrible dolor que sentía ahora cuando pensaba que había asesinado inocentes, hermanos, seres que simplemente resguardaban su grano y sus tierras ante el ejército de lejanas tierras. No. No me sentía orgulloso.


Por eso sólo me aferré a él, besé sus mejillas y me quedé observando el fuego toda la noche hasta el amanecer. Antes que el sol despuntara estábamos bajo varios metros de tierra, a los pies de la montaña donde habíamos pasado las últimas horas calentándonos.  

sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica de una venganza: Sangre y Oro

David fue quien escribió las memorias de Marius... pero no el culpable que estas sean así.

Lestat de Lioncourt


Había sido invitado a una reunión en el nuevo hogar de Marius, el cual estaba establecido en una región gélida, casi sin vida, donde la mayoría del mundo consciente jamás pasaría más de unas horas alrededor de un manto de hielo y nieve. Había ordenado construir un fortín donde sus bellas obras se guardaban en perfectas condiciones evitando ese clima tan frío, húmedo e insoportable. La vivienda ya existía cuando Akasha atacó, pero tuvo que ser reformada tras el ataque al lugar donde él había diseñado un bunker para resguardar a ambos Padres Inmortales.

Me desplacé hasta allí junto con Maharet. Ella debía reunirse a petición de Marius porque creía conveniente un juicio rápido e íntimo a Santino, el cual se había personado voluntariamente junto con Armand y Pandora. Ambos tenían un conflicto de siglos a sus espaldas, pero habían colaborado en los últimos años para ocultar pruebas de nuestra existencia. La colaboración más evidente vino cuando Armand intentó suicidarse. Santino siempre amó al querubín que en su día el demonio que pintaba ángeles, ese que fue su enemigo en aquella época de esplendor veneciano, y esto no lo toleraba el genio. Como tampoco aceptaba que Pandora fuese amiga de un engendro que decidió quemar sus obras, sus pupilos, su rostro y todo lo que tenía por una rencilla con su secta.

No obstante una noche, antes del juicio, él decidió contar su vida a Thorne. Thorne era un vikingo al que le fue concedida la inmortalidad por parte de Maharet, la cual se llevó una sorpresa mayúscula al verlo entrar en la sala y ejecutar a Santino. Sí, esa famosa escena. Yo estaba en el salón con Daniel Molloy. El periodista se encontraba sumido en la locura y Marius decidió cuidarlo ofreciéndole a su mente un trabajo minucioso y creativo.

Recuerdo los gritos provenientes de Santino, llenos de horror, así como el sollozo amargo de Maharet o Armand. Marius había cometido una fechoría al inducir a Thorne en un odio visrceal hacia un vampiro que sólo se defendió de un ataque a su religión, a sí mismo y a todo lo que creía. Marius no fue un santo, tampoco lo era ahora. Durante siglos cazó a otros vampiros para destruirlos porque su fe le parecía infecta e indigna. Everard Landen, que hasta esa fecha se daba por desaparecido, y Santino atacaron el palacio de Venecia... ¿pero cuántos vampiros mató Marius? Además, ellos quisieron conversar primero con este. Las rencillas entre opuestos, entre seres egoístas y viscerales, siempre acaban mal.



miércoles, 5 de octubre de 2016

La verdad tras la reina.

Mael explicó cómo conoció la verdad sobre Akasha. Yo también hubiese creído a Maharet.

Lestat de Lioncourt


El imbécil orgulloso de Marius la adoraba, pero a mí no me traía buenas sensaciones pese a toda la dramática historia, de lucha y honor, que decían que poseía a sus espaldas. Mis ojos merodeaban cada uno de sus rasgos, escudriñaban en sus ojos hieráticos, y me alejaba para contemplarla sentada en su trono de oro, junto a su consorte, mientras percibía como mi viejo compañero de penurias, Marius, admiraba su belleza codiciando su amor. Yo no lograba amarla como a una madre abnegada por todas sus criaturas. Avicus me habló de ella, de la transformación que le dio a su vida. Él era un guerrero que habían convertido contra su voluntad, el cual llevaron hasta el reino vecino, el antiguo Kemet, para que ella diese el visto bueno. Se incorporó de su trono, caminó hacia él y le otorgó nuevos poderes a través de su poderosa sangre.

No fue hasta que conocí a Maharet, tras alejarme de ambos, cuando ella me confió la verdadera historia. Todo encajaba a la perfección. Acababa de salir de Venecia. Marius me había dado acogida en su casa y yo, como no, le había advertido que aquel muchacho, de hermosos cabellos cobrizos y maravillosos rasgos faciales, le traería grandes problemas y haría que vertiera miles de lágrimas. Caminaba cerca de lo que hoy es San Petesburgo. Había casi medio metro de nieve. Mis pies se congelaban, sentía en mi rostro como se cortaba con miles de navajas en cada bofetada que me ofrecía el viento, y, como no, me empeñaba en proseguir bajo aquella nevada.

Ella salió a mi encuentro. Sus cabellos rojizos ondearon en el aire como si fuera un fuego para calentar mis manos. Sin decirme nada, sólo con gestos, me hizo seguirla hasta una pequeña cueva que tenía por casa. Estaba aislada del frío, el fuego crepitaba en una hoguera y me regaló ropas secas, cálidas y casi de mi medida. Noté que toda ella estaba tejida por su inmenso telar, pero no supe cuál era el producto hasta que la vi arrancarse mechones de pelo y unirlos a sus obras. Quedé fascinado.

—Me llamo Maharet—dijo moviendo rápidamente sus dedos por su telar. Parecía una araña construyendo una inmensa tela de araña, pero en realidad sólo hacía una manta gruesa para pasar los peores días del invierno—. ¿Qué haces por aquí?

—Viajo. Quiero conocer el mundo y comprender lo que somos—expliqué notando que era vieja, pues tenía una presencia que no había captado en ningún otro vampiro, ni Eudoxia o Avicus.

—He visto que conoces a Akasha, pero no la verdad. Siéntate, acomódate junto al fuego, y te contaré lo que esa tirana logró hacerle a mi familia—susurró.


Durante horas me contó su infancia, como su madre la había educado, para finalmente hacerme ver lo que había ocurrido. Ella me habló del dolor que había atravesado su piel, así como la piel de su hermana, hasta su alma. Explicó las leyes que impuso la soberana Akasha, como Enkil sólo era un pelele y que ella se creía una diosa. No la interrumpí. Cuando finalizó su relato hasta aquella misma mañana me incorporé, caminé hacia ella y besé sus mejillas. La amaba por su entereza, su sabiduría y el poder que transmitía aunque ella sólo quería sobrevivir.  

jueves, 11 de agosto de 2016

Es que hay que estar muy ciego para no ver que Marius aún lo ama, aunque claro luego está el ego de este maldito idiota. Hasta yo soy más coherente cuando me declaro a Louis.
Lestat de Lioncourt


Sovra un sereno cielo...
Si disegna il profil,
dolcissimo,
dell'angiol che mi amò...
Dell'angiol che mi amò!

—Recuerdo que pintabas a diario para calmar a tus demonios.

Su voz destacó por encima del segundo acto de Edgar. “Orgia, chimera dall'occhio vitreo” en la voz de Plácido Domingo envolvía aquella habitación donde me había encerrado, como un felino de circo, a recorrerla con mi paleta de colores y mi pincel, el cabello revuelto y manchado por la pintura, el torso desnudo y el trozo de una cortina envolviendo mis piernas tapando a duras penas mi virilidad. Me había despojado de la incómoda ropa bárbara con la que había llegado a la reunión.

Fuera, en las calles de este hermoso París, podía ser verano y las estrellas se alzarían hermosas como en “La noche estrellada” de Van Gogh, pero dentro podía recordar mis apasionadas noches en Venecia, el ritmo estruendoso de su carnaval y la ópera seduciendo a mi alma. Pero él tuvo que romper la magia, aunque sin pretenderlo, sólo porque la curiosidad le hacía buscarme. Hacía tanto que no hablábamos con o sin calma, pues habíamos estado desconectados el uno del otro por más de mil años.

—Mis demonios aún siguen libres caminando por la tierra, arrastrándome hasta la locura y permitiendo que se reabran las heridas que creí cicatrizadas—respondí.

—Es quizás eso lo que te mantiene en pie—afirmó mientras se acercaba al enorme lienzo que había adquirido Lestat para mí.

Aquel estúpido pupilo mío, ese intrépido haragán, podía ser de lo más detallista y amable. Él sabía que las reuniones podían ser terribles para mí a nivel emocional, por eso tenía preparados ciertos enseres para que yo me desquitara. Sobre todo después de ver las carantoñas de Pandora hacia Arjun o los ojos fríos, casi sin vida, de mi hermoso ángel del infierno, el mismo que me seducía y me torturaba a la vez con su sola presencia. Aún sentía un rechazo inaudito hacia su alma, un alma espesa y maltratada.

—Tal vez...—respondí.

La pieza terminaba y empezaba otra. Benjamín siempre tenía para mí pequeñas sorpresas. Me había obsequiado un reproductor de música con unos altavoces minúsculos bastante potentes. Había introducido en el artefacto las voces y canciones más seductoras que conocía, amaba o admiraba de algún modo. Él sabía mis gustos mejor que yo mismo.

—Hoy he conocido mejor a tu querubín—me dijo.

—No lo llames así.

—No puedo evitarlo—se encogió de hombros y comenzó a observar con detalle el cuadro—. Cuando leí tus memorias sonreí al recordar el cariño que ambos nos profesábamos.

—Un cariño limpio, Avicus—dije con una sonrisa llena de amor. Seguía amando a ese hombre de hombros anchos, manos enormes, ojos de niño y voz profunda.

—Sí, sentí aún tu amor en ese fragmento de tu vida; como también sentí cierta ceguera y rabia hacia Mael motivado quizá por su...

No lo dejé acabar. No iba a permitirlo. Me dolía siquiera pensar que no estuviese vivo. Yo tenía mis teorías y sospechas. Ese cretino seguía vivo y danzando por ahí esperando toparse conmigo para seguir discutiendo.

—Me niego a creer que esté muerto.

—Por ende es una revancha—soltó una carcajada—. Una revancha hacia ti. Te hace creer que tu oponente esté muerto y se convierte ese bulo en un caballo de Troya—negó suave con la cabeza—. Por eso te vengaste de él en tus memorias. Quieres que se agite y salga para rebatir todo lo que dices sobre su físico, creencias, modales...

—Algo así—dije con una leve sonrisa.

—Igual que con Armand—dijo.

—¿Por qué dices eso?—pregunté.

—Es curioso que sólo decidieras vengarte de Santino cuando supiste que lo amaba con esa intensidad, ese arrebatador deseo, pues hasta entonces habíais convivido. Él te salvó la vida y quedasteis en paz.

Era asombroso que me conociese tan bien después de tanto tiempo sin hablar. Sentí que había hurgado en mi alma tirando de cada hebra del tejido con el cual estaba confeccionada.

—No—chisté.

—No voy a forzarte a confesar algo así—me guiñó un ojo y se puso tras mi espalda dándome pequeñas palmaditas.

—Bien que haces—respondí antes de intentar seguir con mi pintura.

Había creado un hermoso prado donde cinco ángeles parecían jugar coquetos con un pobre mortal. Parecían querubines debido a su físico, con esos cabellos cobrizos tan ondulados enmarcando rostros dulces muy aniñados, y estaban completamente desnudos. Tenían las manos tomadas jugando al corro con el muchacho dentro de él riendo a carcajadas. El joven era rubio, algo robusto, y parecía mayor que ellos por su físico.

—Y mira esta obra, mírala—dijo en un susurro cerca de mi oreja derecha.

—¿Qué quieres que mire?—pregunté.

—Hermosos querubines de cabello cobrizo, ojos castaños y almendrados, piel lechosa de aspecto sedoso...

—Avicus...—balbuceé algo preocupado por mí mismo, por mis emociones, por todo lo que no era capaz de aceptar y a la vez demostraba.

—¿Sí?—preguntó.


—Déjame a solas—dije.  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Atlantida

OOC:

Es cierto que todos nos hemos sorprendido con eso de la aventura acuática de Lestat con la "Atlántida" de por medio. Pero ya avisó Anne Rice que fue por un sueño, por algo que Lestat ya no puede controlar, donde cientos de almas clamaban un poco de paz debido al sufrimiento que vivían. Creo que darle una oportunidad a los espíritus, de indagar qué ocurrió en un lugar comprometido, podría ser interesante y divertido. 

Para lanzar una piedra a su favor, para animar a los Fans que se sienten molestos con esto, hemos decidido hacer un pequeño fic. 

Gracias por todo.

Lestat de Lioncourt, El Jardín Salvaje.


—¿Por qué deseas ir allí?—preguntó David tomando asiento en aquella gigantesca sala de Nueva York.

Todos estábamos de nuevo reunidos, aunque ahora no teníamos una preocupación tan terrible como la última vez. Solía reunirme en pequeños comités, enviar comunicados por carta, telegrama o correo electrónico. Sin embargo, verlos a todos me emocionó. Los había logrado tentar con una carta donde explicaba minuciosamente lo que yo pretendía hacer.

—He tenido un sueño—dije intentando explicarme.

—¿Un sueño? ¡Qué demonios! ¡Yo a veces sueño con monstruos y no voy a ir a mirar bajo las camas y dentro de los armarios de todas las casas de este mundo!—gritó Benji sorprendiéndome. Él amaba las aventuras, pero al parecer le parecía poco sensato todo aquello.

—Benjamín, calma—susurró Sybelle.

—¿Qué? ¡No puedo! Lo admiro demasiado para aceptar esta locura—explicó moviéndose en su asiento bastante inquieto.

—El joven tiene razón—habló al fin Marius—. Lestat, no es algo que debas hacer.

Marius había tomado asiento muy cerca de Armand y Daniel, como si ambos pudieran ser los leones de un Hércules embravecido. Aquellas dos hermosas bestias se rendían a sus pies deseando ser amados. Armand estaba a la derecha y Daniel a la izquierda, pero a la derecha de este se hallaba Pandora y Arjun que intentaba contener una risa nerviosa.

—Vuestra sensatez me agobia...—chisté.

—Hace tiempo leí un libro sobre ese lugar. Es un mito—comentó Avicus sentado a tres asiento a la derecha de Arjun, muy próximo a Flavius y Zenobia.

—Es posible que existiera igual que existió Pompeya—una tímida voz surgió entre todos los presentes. Me sorprendió que él fuese de los pocos que estaban de acuerdo que ese lugar tenía que estar perdido entre las aguas—. De hecho hay quien afirma que ambas ciudades desaparecieron con pocos siglos de diferencia. Eran ciudades de renombre. Durante siglos se olvidó Pompeya, como si jamás hubiese existido y sólo fuese un sueño borroso, pero ahí tenéis los restos. Además... ¿no había una pareja de vampiros milenarios que provenían de esa zona? Vivieron esa tragedia. Lestat conoció a uno de sus creados... ¿Por qué no los buscamos? Es posible que...—argumentó el antiguo esclavo de Pandora jugueteando con su mano derecha entre sus rizos.

—Yo creo que existió—murmuró David.

—¡David, no ayudas de ese modo!—gritó Louis completamente histérico. Sus ojos verdes reverberaban. Su preocupación la conocía bien. Temía que me pasara algo y no era por las consecuencias sobre todos nosotros. Él siempre temía que algo malo me ocurriera porque no sabía vivir sin mí, quisiera reconocerlo o no.

—Louis, por favor... ¡Puede ser una buena aventura!—David insistió.

—¡Véis! ¡Al final sólo David se apunta!—exclamé dando un golpe sobre la mesa.

—Hijo, ¿por qué te gusta hacer siempre el estúpido?—dijo mi madre situada a mi izquierda— ¡Y tú, no le animes!—gritó sermoneando a David que estaba junto a Servaine, la cual se sentaba a la izquierda de esta.

—Padre, ¿podemos ir Rose y yo? ¡Sería como una Luna de Miel!—mi hijo estaba allí emocionado, como cualquier joven vampiro, demostrando que mi sangre era más poderosa que la sensatez que le habían inducido Faared y Seth a lo largo de los años. Estaba frente a mí, con Rose colgada de su brazo derecho y su madre a su izquierda. Ella no había estado en la anterior reunión, pero en esta había decidido invitarla.

—¡Viktor, de eso nada!—gritó Faared sentado al lado de su mejor creación, Flannery Gilman, la mujer con la que tuve a mi hijo.

—¡Viktor!—exclamó de inmediato Seth mirando al muchacho con cierto disgusto. En esa expresión vi a su madre, Akasha, y eso me llenó de nostalgia.

—¡Seth! ¡Faared!—dijo Viktor bastante molesto porque estaban tomando su decisión como si fuese un niño.
—Seth, deja que mi hijo vaya donde quiera. ¡No te comportes como una madre amargada!—al decir aquello su madre se echó a reír, aunque no fue la única. David también se reía junto con Jesse Reeves.

—Yo digo que es mejor que le dejemos hacer el estúpido. Bueno, más bien los estúpidos. Amel está de acuerdo—intervino Landen acomodando los puños de encaje de su elegante camisa de chorreras. ¡Cuánta elegancia! De verdad Marius le había juzgado mal.

Landen no era el desgarbado que él había descrito ni mucho menos. No era feo y el caro perfume francés que usaba llegaba hasta mi nariz. Parecía un hombre de modales comedidos. Junto a él estaba el fantasma de mi creador, Magnus, siendo testigo de todo y como representante de Talamasca, la oculta tras los ancianos y sus misiones más misteriosas, aunque también se encontraba Tesjamen con esos cabellos blancos y esos ojos de mirada tan profunda.

—Gracias, Landen—dije aliviado.

—No es un piropo—me indicó—. Simplemente creo que es mejor que te demos permiso, que alguien te acompañe y vigile.

—Rhosh, ¿podemos ir?—decía Benedict emocionado.

—¡No!—chistó su rubio y amargado creador. Por un momento vi reflejado a Marius en él, el cual tenía la misma expresión entre preocupación y molestia.

—¡Yo sí voy!—dijo Daniel imitando mi anterior gesto, un golpe en la mesa.

—¡Daniel, por favor!—espetaron al unísono Marius y Armand.

—Iré, descubriré lo que hay allí y haré un libro. Puede que parezca una locura pero estoy conectado a los espíritus. Una oportunidad, por favor. Dejad de burlaros, de sentir miedo y de creer que nada se me ha perdido allí. ¿Acaso no pensáis dar un descanso eterno a todos los que allí estarán aún esperando un momento de tranquilidad? ¿Dónde está vuestra humanidad?—todos guardaron silencio hasta que Bianca sonrió y se levantó tomando la palabra.

—Yo te apoyo, vaya o no contigo. Creo que hay que darle paz a los muertos—expresó antes de sentarse junto a Alessandra que comenzó a aplaudirla. Ah, esas dos mujeres me enamoraban.

—Si necesitas ayuda cuenta conmigo y con tu madre—dijo Sevraine provocando que mi progenitora frunciese levemente el ceño.


—Está decidido. Iré.  

sábado, 2 de julio de 2016

Idiota

Avicus fue un idiota y ahora lo reconoce, ¿aparecerá Mael? Lo dudo.

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué te vas?—pregunté como un estúpido.

Parecía un niño estirando mis brazos hacia una estrella lejana. Él ya no me pertenecía. Realmente no me perteneció por completo porque los seres salvajes no tienen dueño, ni tierra donde echar raíces y tampoco sentimientos que los aten.

—¿Por qué debo quedarme? ¿Acaso no lo ves? Aquí sobro—respondió encogiéndose de hombros mientras envainaba su espada y terminaba de empaquetar algunas de sus pertenencias. Sólo eran unos pocos libros, unas dagas, algo de ropa y unos animales de madera que él mismo había tallado.

—Mael...—dije su nombre con preocupación mientras lo asechaba desde el marco de la puerta.

—Ah... aún recuerdas mi nombre—dijo girándose un momento para luego regresar a su labor—. Pensé que ya habías olvidado como me llamo, e incluso creo que he llegado a pensar que se te ha olvidado tu propio nombre y tu honor, porque sólo sabes pensar en ella y llamarla entre delirios de amor.

Entré en la habitación, caminé hacia él y le tomé de los hombros perdiéndome un segundo en sus ojos mientras temblaba. Agaché la cabeza comprendiendo lo que me había dicho. Acepté yo era quien estaba equivocado pero no podía pronunciarlo. Me sentía agotado y hundido.

—Eso no es cierto...

—Ni siquiera te atreves a decirme eso mirándome a la cara—respondió apartándome—. No puedes negarlo.

—Mael...—sentí que sería la última vez que pronunciaría su nombre con él frente a mí. Su mirada estaba llena de ira.

—Avicus, todo ha terminado—aseguró.

—Me niego, ¿entiendes?—murmuré casi sin voz. Estaba a punto de desmoronarme y él no lo veía.

—Oh, sí—dijo tras una risotada—. Intentas retenerme quizá porque tu conciencia no estará tranquila jamás ya que sabes que yo valgo mucho más que ella.

—¿Por ser hombre?—interrumpí ligeramente molesto.

—No, no tiene nada que ver que sea un hombre—respondió tomando sus bártulos para echárselos al hombro y salir de la habitación.

Decidí seguirlo por toda la estancia, hasta el salón y del salón al pasillo de la entrada. Allí lo tomé del brazo derecho para detenerlo, pero él se sacudió como si fuese un gato acorralado. Tuve que apartarme un par de pasos cuando me enfrentó con una mayor rabia y algo de rencor.

—¿Y por qué eres mejor?—pregunté. Deseaba saberlo, pero algo en el fondo de mi alma me decía que ya lo sabía. Él era mejor porque me amaba por encima de si mismo. Yo era más importante que su propia vida.

—¡Demonios!—gritó mirando al techo de la habitación como si clamara a los dioses que una vez veneró. Los mismos dioses que yo representaba— ¿No lo ves?—preguntó antes de tomar el pomo de la puerta entre los dedos de su mano derecha.

—No, explícate—dije para ganar tiempo.


—Me voy—contestó—. Supongo que algún día, sea el que sea, te darás cuenta porque te decía que yo era mejor. Cuídate e intenta ser feliz—esa frase la llevo conmigo como si fuese una maldición. No he sido del todo feliz porque su recuerdo me ha impedido serlo—. Yo intentaré mantenerme ahí fuera rodeado de miseria y soledad. Tranquilo, soy un guerrero. Los guerreros no caemos con tanta facilidad.  

jueves, 21 de abril de 2016

Palabras y emociones.

Avicus es un hombre sensible y serio que estoy empezando a admirar y esta es una de sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Sentado en aquel enorme sofá me sentía inquieto. Todo había terminado demasiado rápido quizá. Nos habíamos reunido entorno a una mesa gigante donde podíamos contemplarnos unos a los otros. Zenobia no dijo nada y permaneció serena junto a mí. Ni siquiera mostró emoción alguna cuando Lestat se alzó victorioso en mitad de aquel enjambre de gritos y acciones violentas. Desde hacía tiempo parecía alejada de todo e inclusivo de mis deseos más profundos de permanecer a su lado.

—¿Por qué tienes esa cara?—preguntó Gregory entrando en el salón donde me había refugiado.

Lestat ya había sido coronado y hablaba en la radio de todo lo ocurrido. La gratitud de aquel muchacho, tan joven entre los nuestros y tan fuerte, me pareció profunda y sincera. Su voz se colaba por la aplicación del teléfono móvil que recientemente había aprendido a usar, pero no eran sus palabras las que me mantenían serio y concentrado en mis pensamientos.

—Avicus, amigo mío, ¿ocurre algo?—dijo tomando asiento junto a mí. Levantó su brazo derecho y colocó este sobre mis hombros ofreciéndome cierto consuelo sin saber bien qué ocurría.

—Noto distante a Zenobia o tal vez está volviéndose incapaz de asombrarse. Ella cada vez más disfruta de su lado masculino centrándose en aparentar ser un muchacho joven y fuerte mentalmente. Se mueve por las ciudades sola sin que yo la acompañe. Antes solíamos divagar mientras buscábamos una presa que fuese digna de nuestros más bajos instintos—guardé silencio unos minutos y me encogí de hombros mientras giraba mi rostro hacia el suyo.

Gregory seguía siendo aquel muchacho de piel bronceada y ojos profundos. Tenía dieciocho años cuando fue convertido y se ha transformado en el vampiro más antiguo que hay sobre la faz de la tierra. Fue la tercera creación de Akasha y el dirigente de un ejército de malditos. El mismo ejército que capturó a muchos como yo para someterse a los caprichos de la reina. Sabía que sobre su conciencia pesaba la tragedia de las Gemelas. Él, durante muchos años, había admirado a Khayman por sublevarse rápidamente y enfrentarse a una “diosa” que jamás debió existir. Comprendía que su sonrisa fuese ligeramente amarga como si despertara de una pesadilla para entrar en otra.

—Zenobia tiene un carácter muy distinto al tuyo. Siempre ha sido una mujer completa por sí misma sin necesidad que tú la persigas para animar su corazón o agitar su alma—dijo recostándose en el respaldo dejando su brazo caer—. Hay quienes necesitamos compañía para poder satisfacer ciertas necesidades sociales. Nos divertimos acompañados porque nos encanta conversar, pero ella es silenciosa y huraña—giró su rostro hacia mí mirándome a los ojos con esa profundidad que únicamente poseen los suyos y los de Seth, sonrió y me confesó algo que hasta ese momento no supe ver—. Además, ella ha dejado de competir con Flavius. Llevamos siglos juntos y aún no te has percatado que con el paso de los años ella ha dejado de lado el desear ser más importante que nuestro amigo griego—dijo palmeando mi muslo izquierdo para luego levantarse de inmediato acomodando su chaqueta Armani—. Pero yo sé que hay otro motivo por el cual estás así. Has mantenido la esperanza de ver a Mael incluso cuando te habían confirmado que estaba muerto.

—Aún sigo con esa esperanza, Gregory—dije.

—Yo la mantendría siempre—comentó encogiéndose de hombros—. ¿Por qué? Mael es un ser solitario que agradece el silencio y la paz que le da el no tener que ofrecer explicaciones a otros. Posiblemente si está vivo aún tiene cicatrices por la exposición del sol, deambula por las calles de pequeñas ciudades y merodea siempre pueblos cercanos al bosque. Es un guerrero y un guerrero sabe sobrevivir pese a las heridas. Seguramente habrá luchado estos meses contra Amel y es posible que haya perdido la cordura algunos días, ¿quién dice que no es el culpable de algunas quemas desconocidas en ciudades europeas y americanas?—echó a caminar entonces hacia la puerta y se giró para decirme algo más antes de irse—. Y Marius ha afirmado que está vivo y herido, aunque no ha querido revelar como sabe eso. Ah... ¿y no dijo lo mismo Khayman? Él no estaba del todo seguro sobre su muerte.

—Lo dijo...—murmuré esbozando una sonrisa de esperanza.

—Iré a jugar al ajedrez porque tengo una pequeña competición con nuestro hospitalario Armand—dijo dejando sonar sus mocasines por el mármol perfectamente pulido.

Recordé la primera gran reunión que tuvo lugar cuando el concierto de Lestat. Decidimos no asistir porque Gregory no sabía como enfrentar a Khayman y de qué forma disculparse con las Gemelas, sobre todo con Maharet, por todo lo ocurrido. Él también desertó cuando pudo alejarse lo suficiente de Akasha, la cual le imponía cierto miedo y no respeto.

Me pregunté qué hubiese ocurrido de haber aparecido en aquella reunión. Imaginé a Mael abrazándome preguntándome por todos estos años de silencio y yo haciendo lo mismo reconociendo en sus ojos claros la bondad que pocos habíamos visto. Algo en mí se agitaba y era la pesada carga de saber que lo dejé marchar sin importarme nada, pues siempre creí que volvería a buscarme pidiendo un poco de mi corazón. Aunque él no tenía por qué pedir un trozo de mi alma, de mis sentimientos, de mi amor o como quiera el mundo llamarlo. Él tenía gran parte de mi corazón aún en sus manos y sería por siempre de ese modo porque era mi única creación, mi viejo compañero de armas y un amante excepcional pese a su mal carácter.

—¡Avicus! ¡Al fin te encuentro en este laberinto!—escuché la voz de Flavius sacándome de mis ensoñaciones.

Tras percatarme de su presencia en la habitación me di cuenta que él había regresado a sus viejos atuendos. Casi todos decidíamos vestir prendas similares a las que una vez usamos cuando éramos humanos. Él llevaba una toga corta que a penas cubría la mitad de sus musculosos muslos y que dejaba sutilmente su espalda descubierta. Parecía la imagen idílica de Apolo aunque faltaban las flechas. Sus cabellos rubios oscuros caían con gracia sobre su frente y rozaban su nuca. Tenía la belleza clásica de las esculturas renacentistas y poseía unos ojos tan hermosos que me recordaba a los veraniegos cielos que hacía milenios que no era capaz de contemplar salvo en películas, fotografías y magníficas pinturas. Si pudiese describir sus rasgos debería usar un cincel y mármol de gran calidad para crear un David de Miguel Ángel con mayor realismo. Sus labios poseen una bondadosa sonrisa que parece asomarse incluso cuando medita únicamente consigo mismo. Para mí siempre es placentero observarlo y pasar algunos minutos en su compañía porque me siento bondadoso y olvido que fui un sanguinario guerrero.

—¿Deseabas algo?—pregunté echándome hacia atrás en el sofá.

Él caminó pausadamente hacia mí intentando desvelar todo lo que mis ojos decían y mis labios callaban. Sin embargo esa noche era demasiado terrible y a la vez fascinante para que él pudiese comprender todo lo que me ocurría.

—Ven, ven conmigo—dije abriendo mis brazos para que él se subiera sobre mis piernas y me dejara rodear su cuerpo hasta encontrar la paz.

—Avicus...—susurró sentándose sobre mí y permitiendo que le estrechara para poder llorar en paz.

Llorar no es una muestra de debilidad. No me importa que lloren a mi lado y manchen mis prendas como tampoco me importa oler las lágrimas sanguinolentas de mis compañeros. Sé que es la máxima expresión de nuestras desatadas emociones. Flavius había sufrido durante algún tiempo una presión indecible sobre su alma y al quedar liberada, exculpada de todas y cada una de las pesadas palabras que caían como lanzas, las lágrimas acudieron como símbolo de felicidad.

En mutuo silencio y complicidad noté como él llevaba mis manos hacia uno de sus costados donde llevaba un pequeño zurrón. Allí, cerca de sus riñones, tenía unas jeringuillas preparadas con un líquido transparente cargado de hormonas masculinas para ser aplicadas. Su lengua rozó mis labios y se coló entre ellos para comenzar a besarnos sin sobre saltos. Mis dedos eran hábiles y abrí la pequeña bolsa, saqué los medicamentos y clavé una de las agujas en su muslo derecho, muy cerca de su ingle, para hacer lo mismo conmigo tras levantarme la camisa que había decidido usar esa noche. Flavius volvió a dirigir una de mis manos agarrándome de la muñeca derecha, colándola dentro del borde de su toga y permitiendo que notase que no llevaba ropa interior.

—Deseo estar en contacto con Pandora pero no irme con ella—me aseguró en un breve jadeo mientras yo comenzaba a mover mi mano contra su miembro—. Yo te amo a ti y nada podrá destrozar este sentimiento que me ahoga desde hace demasiados siglos. No me importa no ser el único al que ames—mientras decía eso abrió el primer botón de mi pantalón y bajó la cremallera para sacar mi sexo.

Ambos frente a frente nos dedicábamos caricias indecentes sin importar que la puerta permanecía abierta. Nos mirábamos a los ojos como dos adolescentes borrachos de hormonas que descontrolaban nuestros pensamientos enturbiando nuestra mente. Nuestras bocas eran una jauría de besos y mordiscos encendiendo aún con mayor ímpetu la mecha de nuestros cuerpos. El sudor sanguinolento de ambos era muestra inequívoca de nuestra profunda excitación. No tardaron demasiado nuestros cuerpos en sentir el impulso final llegando al orgasmo.

Él cayó sobre mi torso y yo decidí arroparlo nuevamente con mis brazos. Pegué su cuerpo al mío besé su frente y sus mejillas, dejé que su respiración agitada se sosegara junto a la mía y guardé silencio durante varios minutos. Me había hecho una confesión que ya sabía pues no era la primera vez que me demostraba tal devoción de amor.


—Te has convertido en el epicentro de mi alma... sin ti es posible que me derrumbara—confesé.  

martes, 29 de marzo de 2016

TALAMASCA (Su fundación) y el amor.

Tesjamen es parte de los bebedores iniciados por La Sangre para que luego Akasha los formara como parte de su culto. Ella no los creó, pero bebieron de la fuente original. Es uno de los tres dioses que continúan vivos. Los otros dos dioses son el paciente Avicus y el indómito Cyril. 

Aquí nos vuelve a contar la historia de amor hacia su bruja y la amistad con el espíritu Gremt.

Lestat de Lioncourt 

Las heridas eran terribles y casi no podía caminar. A duras penas lograba mantenerme de pie aferrado a los troncos rugosos de los árboles. Era tan lento y torpe como un recién nacido y caía de bruces sobre la crujiente hojarasca. La luz penetraba entre las ramas incidiendo sobre mi piel ya lastimada. Estaba horrorizado por el aspecto de mis manos pues sólo podía imaginar mi rostro deforme, calcinado y ensangrentado. No podía dejar de llorar pero tampoco debía detenerme. Me llevé días caminando sin saber donde estaba realmente. Aunque puede que fuesen meses o años. No lo recuerdo bien. Cuando al fin encontré un lugar seguro me refugié, pero el miedo me hizo salir esa misma noche. El miedo y una sed terrible. Cacé algunos animales pequeños y escuché una conversación que me destruyó el alma.

A pocos metros de donde me encontraba, oculto tras unos espesos matorrales, escuché las burlas de unos hombres de corazón oscuro hacia una mujer que parecía rogar por ser tratada con respeto. Se burlaban de su aspecto y la acusaban de no ser útil siquiera como curandera. Cuando se marcharon entré en su vida rogándole piedad y asilo. Creí que ella sabría entender mi padecer y podríamos ayudarnos. Yo la ayudaría leyendo las mentes de los que iban a buscarla y ella ayudaría a curarme las heridas proporcionándome un lugar acogedor.

Durante algún tiempo todo funcionó, pero decidí convertirla completamente enamorado. El aspecto no importa cuando los corazones son hermosos y las almas se convierten en ángeles bondadosos. Ella era pura bondad y tenía una belleza en la que nadie más reparaba. La hice mi hija, mi compañera y por supuesto el amor de mi vida. Jamás había amado así. Pero no nos dejaron mucho tiempo tranquilos porque pocas décadas después fue quemada acusada de brujería.

Creí volverme loco. El dolor que soporté ese tiempo, pensando que ella estaba muerta, fue peor que el dolor del sol cayendo sobre mi piel. Ni siquiera esas terribles llamas podían emular mi sufrimiento en esos días tan oscuros. Hesketh era una flor en mitad de un desierto. Se había convertido para mí en un oasis en el cual olvidar el encierro, el sol y las preguntas que aún consumían mi alma.


Lloraba entre unas ruinas como un miserable cuando él dio conmigo. Gremt me localizó y comenzó a conversar ofreciéndome su compañía. Sentí que al fin encontraba un poco de consuelo para la muerte de mi compañera. No tardó en desvelarme que ella estaba “viva” de algún modo y que en esos momentos era un poderoso espíritu. No recuerdo cuántos días fueron los que tuve que esperar para que me desvelara la verdad. Ella ahora es hermosa y parece humana ante los ojos de cualquier mortal. Juntos hicimos una alianza forjada en el mutuo respeto y cariño. Investigaríamos a Amel, el espíritu que habitaba en la sangre de los inmortales, y colaboraríamos con el mundo sin que este supiera de nuestra existencia. En aquellas ruinas iniciamos lo que hoy se conoce como TALAMASCA.  

martes, 26 de enero de 2016

Permite

Fareed ha revolucionado el mundo de los vampiros en muchos aspectos... Sobre todo a Avicus.

Lestat de Lioncourt


Había ido a la biblioteca. No buscaba nada importante. Sólo quería deleitarme observando los gruesos, diferentes y llamativos cantos de los libros encuadernados a mano que poseía Gregory. Aquella hilera de conocimiento la reconocía con echar un vistazo. Sabía bien cual era el lugar de cada uno de ellos, los autores, las líneas más amables de cada obra y los ensayos más extraños sobre criaturas extrañas, tanto o más que nosotros, que pueblan el mundo. Era como un amazona cargado de hermosas plantas cargadas de un saber ancestral, cuyas raíces iban más allá del alma del autor y la propia historia.

Necesitaba encontrarme con mi mayor placer. Quería vincularme a cada hoja de papel, dejarme llevar por cada sofisticada línea y beber de la tinta de los recuerdos. Sí, quería leer, pero también quería soñar despierto que los personajes de los libros tomaban forma y se paseaban, como no, por la amplia biblioteca con hermosos frescos celestiales. La lámpara central, de tela de araña y lágrimas de cristal de bohemia, tenía una luz poderosa, pero también poseía una inconfundible belleza.

Nada más entrar comprobé que no estaría solo. Él estaba allí contemplando una de las repisas. Sus largos y finos dedos se movían rápidos por los tratados de filosofía, pero también por los poemas de autores clásicos griegos y por las numerosas obras de teatro de la antigüedad. Parecía nostálgico, como si algo le faltara. Su estrecha espalda, pese a su marcada musculatura, parecía soportar el peso del mundo entero, al igual que Atlas.

Flavius siempre vestía togas, túnicas sencillas y ropa moderna muy cómoda. Creo que, al igual que todos, necesitaba encontrarse consigo mismo aunque fuese en el interior de nuestro hogar. Gregory nos había permitido ser sus invitados eternos, convivir codo con codo sin altercados y sentirnos dichosos de estar unos con otros. Él parecía siempre pensar en ella, su creadora, y en divagar si se encontraba sola o acompañada. Amaba a la mujer que lo había creado igual que a una madre, una hermana o una gran amiga.

Me aproximé a él sin decir nada. Estaba ensimismado, pero sabía que yo estaba allí. No iba a tomarle por sorpresa que lo rodeara con mis brazos, echándolos por la cintura, mientras dejaba un pequeño beso en el recodo derecho de su cuello. Él no dijo nada, ni siquiera se movió, pero su rostro pareció iluminarse y sus ojos se cerraron permitiendo que lo estrechara con mayor firmeza. Me aferraba a él como un águila a su presa. Mis dedos, mucho más gruesos y toscos, levantaron su corta toga y acariciaron su vientre firme. Cerca de su ombligo dejé unas suaves caricias, para luego erizar su vello al tocar más allá del inicio de su miembro.

Nosotros habíamos logrado tener un nivel hormonal similar al de los hombres jóvenes, robustos, sanos y mortales. Fareed seguía investigando para que todos nosotros gozáramos de nuestros impulsos primarios. Por mi parte, claro está, él despertaba cientos de impulsos que no podía controlar y que, por supuesto, no quería.

Mi mano comenzó a masturbarlo suavemente. Mis dedos apretaban su ligeramente rosado glande, jugando con éste y el pequeño orificio, mientras mi lengua se deslizaba por la piel de su cuello y mi respiración agitaba la suya. Acabé llevando la mano a su boca, hundiendo los dedos entre sus labios y acariciando su lengua húmeda. Él gemía bajo y pegaba sus glúteos a mi bragueta. Sin pensarlo, sin dejarle reaccionar siquiera, lo agarré del cabello y lo empujé contra la repisa. Algunos libros cayeron al suelo, pero en ese momento no me interesó cuales de los ejemplares pudiesen ser. Sus caderas se movían levantando su trasero, incitando aún más que levantara por completo la toga, y sus labios carnosos jadeaban mi nombre en un coro delirante.

Tiré de él, arrastrándolo del pelo hasta el diván, y lo arrojé de espaldas a mí. Allí, abierto de piernas y al borde del mueble, me subí mi túnica y entré. Él gritó aferrándose a los cojines y al borde del asiento. No me importó. Mis manos abrieron con fuerza sus glúteos y penetré con un ritmo lento, pero violento. Cada arremetida era un suplicio. Entraba buscando su punto de placer, ese que le hiciese vibrar como una hoja al viento o una flor en medio de una tempestad. No dudé en empezar a azotar sus nalgas, arañar su espalda y tirar con fuerza de su pelo recordándole que yo estaba dominando su cuerpo, pero también su alma. Un alma que estaba atormentada por el placer que generaba mis ásperas y sucias caricias.

Su miembro rozaba el terciopelo verde botella del hermoso mueble, el cual parecía ceder en cada estocada. Un miembro que encontraba de ese modo alivio, pues cuando fue a tocarse le tomé el brazo y lo retorcí en su espalda. Y así estábamos, con su brazo retorcido a la altura de sus caderas y mis manos apoyadas en él mientras aumentaba el ritmo, ofreciéndole la mejor de las torturas.

—Más... más... —empezó a pedir.

En ese momento, cuando sus súplicas se elevaron al cielo, salí para girarlo y dejarlo de espaldas al diván. Coloqué ambas piernas, de muslos calientes y blanquecinos, rodeando mis caderas mientras alzaba las suyas. Mi glande rozó su entrada y él gimió mi nombre, cerró los ojos y aceptó la siguiente arremetida. Sin embargo, no esperaba que tomara el cinto de mi túnica y le rodeara el cuello, apretando suavemente su garganta. El ritmo se elevó, sus gemidos ligeramente asfixiados se precipitaban como una súplica surgida de los infiernos hacia los cielos, y finalmente, con sumo placer, me vertí en su interior. Sus músculos habían atrapado con fuerza mi sexo, apretándolo deliciosamente, pues él había llegado también al final de esa tortura llena de placer y lujuria.

Después, sin que él lo esperara, me aparté liberándolo y dejándolo exhausto. Sus ojos estaban entrecerrados, su boca abierta como la de un pez fuera del agua y sus manos temblorosas quisieron acariciarme. Pero yo le tenía preparada otra caricia más erótica y sensual. Acerqué mi miembro, manchado por mi semen, a su boca y lo introduje lentamente. Él no dudó en lamerlo mirándome a los ojos. La punta de su lengua recogían las últimas gotas, disfrutando de ese sabor amargo y ligeramente salado.

—Eres mejor que cualquier lectura—dije apartándome, para colocarme bien la ropa—. Un buen esclavo en la cama.


Flavius sólo sonrió incorporándose, para pegarse a mi torso, alzar sus brazos hasta mis hombros y besar mi mentón. Para mí, para un hombre que había vivido en guerra y soledad miles de años, tenerlo cerca significó un oasis y ahora, que podemos tener todo ésto, se ha convertido en pura lujuria que calma mi sed.  

domingo, 15 de noviembre de 2015

Haz bondad

Daniel Molloy me ha dado éste texto para subirlo a la web. Me ha pedido que lo hiciera urgentemente en éste día. Como periodista quizás sabe más que todos nosotros lo que es informar, transmitir y hablar a otros. Incluso yo me siento a veces saturado y no sé como explicar lo que siento, pero él sabe poner cada coma en su lugar.

Lestat de Lioncourt


Convirtieron el caos en religión y la religión fue absorbida de nuevo por sus inicios. La nebulosa rojiza que penetró, como pequeñas agujas, en el cuerpo de Akasha dio paso a una diosa peligrosa sedienta de sangre y poder. La misma diosa que cubierta de pecado, ambición y equívocos pensamientos creó numerosos guerreros para que extendieran su reino a lo largo de los senderos de arena, el refrescante Nilo y los diversos mares y océanos. Se convirtió en un monumento a la verdad absoluta, el poder y la belleza eterna. Venerada, amada y temida se encumbró como la única luz en la oscuridad.

Durante cientos de años fue tomada como emblema de una estirpe de condenados. Se ocultaba del sol para evitar la muerte, como si fuese una gigantesca plaga, de sus primeros soldados y descendientes. Los guerreros de la Reina Akasha se guarecían en gigantescos árboles, venerados como dioses de distintas tribus, impartiendo justicia entre los pecadores. Otros, como no, seguían caminando por el mundo, completamente sedientos y descontrolados, buscando un refugio para alzar su voz y ser temidos. Algunos iniciaron religiones sangrientas llenas de sacrificios humanos, como Azim, otros decidieron ser bondadosos y complacientes como Avicus. Cyril, por ejemplo, decidió rondar el mundo en busca de un destino, de algo que entretuviese su mente intranquila y su alma torturada, usando largos periodos de descanso bajo las ciudades que visitaba.

La primera Quema mató a muchos jóvenes, provocando que sólo los más antiguos sobrevivieran convertidos en huesos oscuros o piel terriblemente quemada. Ella fue expuesta al sol, mostrada como si fuese un objeto maldito que debe ser destruido, junto a su consorte, Enkil, durante todo un día. A lo largo y ancho del mundo cientos de hombres y mujeres, seres de la oscuridad, sintieron el sol como si estuviese bajo sus cabezas. Muchos gritaron en mitad de la noche, otros golpearon con rabia y dolor los gruesos troncos de los árboles, hay quienes intentaron calmar aquel drama hundiéndose en el mar... ¡La Sangre ardía! ¡Ellos ardían!

La segunda Quema fue cuando ella despertó. Un joven vampiro decidió mostrarle al mundo entero la verdad, un secreto que se había ocultado por supervivencia y miedo, a todos los demás que jamás habían escuchado tales testimonios. Se convirtió en un héroe, pero también en un proscrito. Muchos deseaban eliminarlo, pero la mayoría fueron sentenciados a muerte. La Reina Akasha, La Madre, lo protegía y se alzó como una fiera, igual que una leona protege a su cría, contra todo aquel que deseaba matar a su nuevo consorte, pues Enkil había perecido en sus brazos.

La vieja guerra volvió, la fe convertida en venganza surgió con fuerza y agitó los cimientos de ésta era tecnológica y ligeramente artificial. Los focos del escenario temblaron, estallaron y se convirtieron en el símbolo del desastre. Muchos jóvenes estallaban en llamas, otros corrían sintiéndose pequeñas hormigas que eran señaladas con una gigantesca lupa y miles, en todo el mundo, lloraban heridas, morían sin poder siquiera salir de su ataúd o despertarse de su largo y próspero sueño. El regreso de La Reina nos narró una historia de venganzas palaciegas, mentiras y corrupción así como un pequeño gesto de amor, bondad y respeto que se convirtió en el inicio, en el Germen, tras un ataque de una neblina rojiza llamada Amel.

Aquel espíritu vengativo estaba uniéndonos a todos, poseía vida dentro de ella aunque muy débil. Él comenzó a cobrar conciencia cuando ella despertó, pero eso no lo sabíamos. Y, cuando él tuvo fuerzas suficiente, más allá de balbucear algunas simples palabras, la siguiente Quema se inició. La Tercera Quema arrasó la noche durante semanas, iniciando focos en Brasil, India y diversos lugares de Europa. Los jóvenes ardían de nuevo. Muchos antiguos eran usados como viejos soldados que entraban en guerra mientras una voz, suave y testaruda, pedía que murieran en su nombre, por su dolor y poder.

Los seres humanos también están matando ahora. Matan en nombre de un Dios que dice hablarles, pero sólo es su ambición, estupidez y peligrosos deseos políticos que se envuelven en religión. Las verdaderas religiones fueron creadas para mostrarle al hombre la piedad, bondad, respeto, superioridad y comprensión. El hombre no era perfecto, por eso creó a Dios. Deseaba que alguien superior le mostrase el camino a seguir y, de ese modo, mejorar su vida, así como la de los suyos, pero la sed belicosa de los distintos pueblos, el deseo insaciable de llevar la razón, los convirtió en monstruos. Mataron en nombre del Dios cristiano en las viejas guerras, del mismo modo que mataron a su profeta los judíos creando esa religión cristiana, y así matan ahora, indiscriminadamente, en nombre del Dios musulmán. Mentira. Todo es mentira. Son actos crueles de personas manipuladas por el poder político y económico, pues las guerras generan dinero y éste es necesario en una sociedad capitalista. El soporte económico de éstos malditos grupos de asesinos, torturadores y tercos está en Estados Unidos. La represión, el odio, la violencia, las bombas cayendo sobre territorio musulmán generó el odio y las armas provienen de intereses armamentísticos de ese país, cuna de las libertades y las balas fáciles, así como de Europa. Nos venden miedo y compramos protección, regalamos odio y el mundo yace en ruinas, sangre y dolor.

Nosotros los vampiros nos hemos unido, sin importar nuestros orígenes, ¿por qué no lo hacen ustedes? Unan sus manos sin importar sus religiones, recen con fe aunque no sea a un Dios, y respondan con palabras sabias a las mentiras, odio y venganza que están plantando en sus corazones. Y, por favor, no olviden las víctimas de todas las guerras. A veces siento que sólo hiere cuando son atacados países occidentales, como si los orientales no sufrieran. Todos sufren.

Quien guarda rencor, responde con odio, muestra rabia e indignación en vez de palabras justas, bondad y lazos de hermandad. Quien rechaza y sólo ve sus miserias, aquellos que no son capaces de pensar que también son víctimas los musulmanes, pues atacan usando su cultura y su fe, está ciego y equivocado. Ustedes son parte de La Tribu, La Familia Humana de Maharet y Khayman, y deben aprender a convivir, respetarse y no atacar desde la venganza. Y ésto, compañeros mortales, se aplica a todos sus actos. Quien posee odio en sus corazones, quien sabe que actúa mal, se pudre y se convierte en desperdicio. Haz el amor, posee integridad y sigue tu honor. Sé un ejemplo de buena voluntad y no de estupidez, mediocridad y odio.


jueves, 15 de octubre de 2015

Perversos versos de pasión

Ésto lo veía venir, pero porque Amel me lo comentó. Avicus y Flavius...
Lestat de Lioncourt

Sabía donde se encontraba. Buscaba el consuelo de sus brazos cálidos y firmes. Necesitaba hundirme en sus ojos azules, penetrantes y apasionados, que se desvivían por las sinuosas líneas de algún libro profano, malsano para muchos, indecente inclusive o simplemente estrafalario. Él leía cualquier libro, pero sobre todo libros extraños que nadie parecía apreciar. No era el típico lector, yo tampoco lo era. Me había desvivido durante algunos años en encontrar ejemplares únicos, a veces solo y a veces en su compañía, por los diversos puestos ambulantes en mercadillos, librerías consumidas por el polvo y la humedad, bibliotecas de todo el mundo y fastuosos edificios modernos que parecían haber perdido el alma de cada uno de sus empleados. Él era mi consuelo. Me veía reflejado en su pasión, esa droga dulce llamada literatura, y me conmovía la forma en la cual recitaba. Había sido creado para el deleite y la compañía, para el consuelo y el ánimo.

Recorrí los largos pasillos enmoquetados, observé de reojo las diversas pinturas de óleo que colgaban en las paredes y las numerosas estatuillas. Gregory tendía la mano al arte, al coleccionismo, y la belleza sin igual de algunas piezas únicas. Él nos había juntado bajo un glorioso edificio en Suiza, un lugar espléndido pero algo húmedo y frío. Mis pasos se precipitaron cuando alcancé la puerta de la biblioteca y lo vi recostado sobre aquel diván, de color rojizo y de robustas patas de león recubiertas de pan de oro.

Era hermoso. Sus cabellos castaños, con reflejos dorados, caían ligeramente sobre la pieza. Tenía el torso desnudo y las piernas sólo estaban cubiertas por unos calzones al más puro de la Roma clásica. Las sandalias estaban tiradas a un lado de la habitación y sus pies desnudos, perfectos y similares, parecían haber sido siempre así. Aquella pierna era una maravilla de la genética, de la ciencia, de la medicina y de las manos de Fareed.

Sabía que me había escuchado entrar, incluso sentido el corazón mientras recorría todo el edificio buscándolo, pero no desvió la atención de su libro. Sólo empezó a recitar el poema en voz alta y eso me extasió. Sus labios carnosos se movían suavemente, con una cadencia distinta, mientras sus ojos parecían alborotarse como las llamas de la chimenea que ya estaba encendida. Cálida la estancia y cálido él, pues parecía haber ingerido algo de sangre hacía sólo unas horas.

Me acerqué sentándome a su lado, justo al otro costado del diván, para colocar mi tosca mano derecha debajo de su prenda. Él echó la cabeza hacia atrás y permitió que contemplara su cuello largo, delicado y atractivo. Besé su nuez de adán, igual que su hombro izquierdo, para luego deslizar mi lengua cerca la de la comisura de sus labios. Mi dedo índice se hundió en su entrada y él abrió sus piernas para que gozara del calor que emitía su cuerpo. Me miró con los ojos entreabiertos y siguió recitando su poema, pero libro había caído de sus manos precipitándose contra la moqueta.

Había ingerido sangre mezclada con una fuerte dosis de la droga excitante de Fareed, esas deliciosas hormonas que provocaban que entráramos en un estado de deseo similar al que habíamos tenido siendo humanos, y decidí compartirla. Mordí mi lengua y le ofrecí mi sangre, pastosa y concentrada llena de testosterona, que provocó un rápido efecto en él. Su lengua se pegó a la mía luchando como si fuese una mordaz espada. Por mi parte, y con cierta violencia, le arrebataba el calzón convirtiéndolo en jirones. Yo, loco de deseo, había ido a buscarlo desnudo y entregado. Mi dedo, por lo tanto, dejó paso a mi miembro y mis brazos rodearon su estrecho cuerpo pegando su espalda, mucho más pequeña que mi torso, contra mí.

Gemía con los ojos cerrados, pero con los labios carnosos y húmedos bien abiertos. No se contenía en gritar aullando mi nombre, rogándome que rompiera el silencio de aquella biblioteca con mis gruñidos y delirios. Mi boca besaba con ansias su cuello, mordía la cruz de su espalda y rozaba sus hombros. Mis cabellos se pegaban en mi frente, del mismo modo que los suyos en la propia. Los movimientos de mis caderas eran firmes, toscos y violentos, pero él parecía delirar con cada uno de ellos. Era la primera vez que teníamos un encuentro como ese, pero sabía que no sería el último.

—Déjame a mí... darte placer como nunca te lo han dado...—susurró jadeante.

Salí de él y le observé incorporarse, para luego ayudarme a colocarme sobre el diván. Una vez mi cabeza reposaba en el mueble, y mi espalda estaba completamente firme sobre éste, él se colocó sobre mí comenzando a montarme como si fuese un caballo salvaje. Su cabeza cayó hacia atrás, pero mis manos se pegaron a su torso reptando hasta sus pezones, los cuales pellizqué con furia, para bajar hasta sus caderas y ayudarle con el balanceo atroz que él me ofrecía.

—Flavius...—murmuré su nombre.

—Dulce guerrero... hazme el amor como a las esclavas... dirige tu espada contra el centro de mi universo y hazme callar en lamentos de placer—jadeó moviendo suavemente sus caderas, como si ni siquiera moviera su figura, para luego trotar con furia perversa. Se detuvo al notar, con cierto orgullo, que me derramaba en su interior—. Dame la leche de tu ánfora y sacia mi sed. Haz que éste locuaz termine convertido en tonto por el amor de las musas, Venus y tus ojos oscuros—susurró, moviéndose suavemente, y dejaba que mis manos lo masturbaran. Apreté sus testículos con la zurda, mientras con la diestra jalaba de su sexo. Apreté su glande con cierta fuerza y él se dejó llevar.


Allí, sobre mí, trifuante y perverso, lo vi sonreír como lo haría una mujer satisfecha y un guerrero victorioso. Me incorporé mientras tiraba de él, agarrándolo de la nuca con la mano izquierda, y lo besé. Sabía que era mío. Era el primer amante que lograba doblegarlo y doblegarme.  

miércoles, 19 de agosto de 2015

Amistad inmortal

Los milenarios se entienden mejor con el paso de los siglos. Admito que no he tenido una conversación calmada con otros que no sean ellos, aunque las conversaciones con Marius siempre son demasiado extremas.

Lestat de Lioncourt


—¿Te lamentas?—murmuró con su voz gruesa, pero amable.

Su presencia siempre es bienvenida en aquella biblioteca. Disfruta de los libros del mismo modo que yo lo hago. Me siento comprendido cuando se une a una conversación y discutíamos sobre los autores más influyentes de éstos últimos siglos. Ha sido un buen amigo desde que nos conocimos en aquellas extrañas circunstancias. Él conoce al creador de Pandora, la mujer que me dio la oportunidad de vivir para siempre, y a su vez pudo contemplar a Akasha animada, casi humana, con las mejillas sonrojadas y un espíritu fuerte, tan temible como la última vez que despertó para terminar convertida en recuerdos y dolor, que algunos admiraban y otros despreciaban.

—No me lamento...—dije sin moverme del diván, el cual estaba cercano a una hermosa ventana que daba a una bulliciosa, y céntrica, calle. Allí podía ver a los jóvenes discutir sobre los temas más extraños y ridículos, mujeres caminar apresuradas buscando un taxi, hombres calentando sus manos en los bolsillos de sus chaquetas y vehículos de toda clase intentando salir de un pequeño embotellamiento. Era la vida. La misma vida que yo llevaba contemplando desde hacía siglos, que cambiaba aunque seguía siendo la misma.

—¿Una túnica?—preguntó riendo bajo al tomar asiento a mi lado.

Me sonrojé por sus palabras y la atención a mis ropas. Había decidido buscar unas prendas similares a las que usé una vez. Desde que me había encontrado con Pandora, mi creadora y amiga, me sentía nostálgico. Avicus, aquel gigante venido de Kemet, me comprendía. Podía ver en él la misma nostalgia, pero también una chispa que iluminaba sus oscuros y almendrados ojos. Se sentía dichoso, afortunado y esperanzado. No hacía falta que él me confesara nada al respecto.

—Sólo... sólo quería recordar los viejos tiempos.

Tomó asiento a mi lado, levantó ligeramente mi túnica y contempló mi pierna. Aquella pierna ligeramente diferente a la otra, pero ya no de mármol. La palpó con cariño, recorriendo suavemente desde el tobillo hacia la rodilla, mientras yo le miraba con las mejillas encendidas. Me sentía dichoso por aquel momento de complicidad. No habíamos hablado del virtuosismo de Fareed, ni de la sensación de volver a correr sin miedo.

Desconozco el motivo, pero mi corazón se aceleró rápidamente. Él se inclinó hacia delante, cubriéndome el cuerpo con el suyo, y me ofreció su sangre. Una sangre, caliente y espesa, que nos unía en un beso lento y amable.

—¿Ovidio?—preguntó sin mirar el libro.

—Ovidio...—susurré con los ojos ligeramente cerrados.

—Recita para mí, Flavius—dijo.


Recité para él, notando su mano sobre mi muslo y su corazón unido al mío. Un latir sutil y fuerte que se mezclaba con cada estrofa de cada poema.  

lunes, 27 de julio de 2015

La voz de la Tribu- emisión 5

Nueva intervención de nuestros compañeros en las ondas. Aquí tienen la conversación completa con Flavius.

Lestat de Lioncourt


La noche era joven, pues tan sólo hacía unas escasas horas que el sol se había ocultado entre los edificios. Todos estaban en sus respectivas posiciones, inclusive el inesperado invitado de la semana. Había decidido intervenir mucho antes, pues se encontraba impaciente y deseaba tener un momento célebre en el programa. Junto a David, vestido con un elegante oscuro traje de Armani, se encontraba Benjamín, el cual se había decidido por un look más casual y tan sólo llevaba una camiseta blanca y un chaleco negro junto a sus impecables tejanos oscuros, y Flavius, el antiguo esclavo de Pandora que llevaba un cómodo pantalón tejano claro y una camisa violeta sin mangas.

Al fondo, junto al piano, se encontraban Antoine y Sybelle. Ella llevaba aquella noche un elegante traje de cocktel muy primaveral, de escote en palabra de honor, color champán mientras que él había optado por una camisa con cuello de tirilla, el cual está formado por una tirilla completamente recta que no se dobla como los habituales, y unos impecables pantalones de vestir en tono burdeos. Las manos de ambos músicos ya se encontraban sobre sus respectivos instrumentos. Ella contenía su pasión siguiendo la melodía dulce y bucólica del violín, el cual animaba a una conversación amena y distendida.

En la cabina Daniel se encontraba de pie. Observaba los comentarios de la web desde su Iphone, mientras se movía hacia delante y hacia detrás. Su flequillo rubio caía sobre sus perfectas cejas doradas. La ropa era muy informal, como la que solía usar siempre, con un peto algo amplio en color negro y una camiseta blanca, algo ajustada, con las mangas ligeramente enrolladas.

—Buenas noches a todos los presentes aquí y en cualquier parte del mundo. Bienvenidos una noche más a nuestra pequeña tertulia nocturna—explicó con una ligera sonrisa mientras acomodaba su sombrero. Benjamín era un hombre serio, un gran comunicador, pero su aspecto seguía siendo extraño. Parecía un hombre, pero no dejaba de sonreír con la ilusión de un joven adolescente.

—Buenas noches—añadió David—. Hoy daremos una calurosa bienvenida a Flavius—dijo apoyando sus brazos sobre la mesa, la cual tenía el tamaño idóneo para los tres ocupantes.

—Buenas noches a toda la tribu—dijo sin mostrar nerviosismo alguno—. Es un placer para mí estar con todos ustedes. Suelo escuchar el programa a diario, no sólo la sección de entrevistas que poseen—sus ojos claros eran bondadosos, igual que sus labios carnosos y su arremolinado cabello castaño con reflejos rubios, algo más claros que hace algunos milenios.

La sangre había parado su envejecimiento en los treinta y algo años, aunque no sabía a ciencia cierta su edad exacta. Era un antiguo esclavo que tuvo la fortuna de estar a servicio de un hombre noble, comprometido y amable, que decidió liberarlo. Sin embargo, eran tiempos difíciles y era mejor ser esclavo que ser libre y no tener pan para llevarse a la boca. Rechazó ser liberado y esperó encontrar un nuevo amo. La persona que llegó a su vida fue Pandora, la cual parecía desorientada y vestía de una forma impropia para una mujer de su clase social. Ella desconocía como sacar partido de su belleza y él deseaba servirla por su inteligencia, pasión y coraje.

La relación de ambos se vio rota por los celos de Marius y sus estúpidas leyes. Existía una ley en contra de crear a tullidos o ancianos. Flavius había perdido una pierna en mitad de una cacería hacía algunos años, sin embargo podía valerse por sí mismo. Tenía una pierna de mármol perfectamente tallada, para nada pesada, que le permitía caminar sin esfuerzo alguno. Sin embargo, no pudo permanecer a las órdenes de Pandora, a la cual admiraba y respetaba por igual.

—¿Cómo te encuentras tras tu largo viaje hasta nuestro estudio de grabación?—preguntó Benjamín sin más preámbulos.

—Me siento feliz. No estoy cansado, pues he decidido hacer ciertas escalas. No he querido usar mi don para volar—comentó con aquella amable sonrisa en sus labios.

—Es para mí un honor poder hablar contigo, pues Pandora es una mujer excepcional. Tan sólo ha dado en tres ocasiones su sangre, aunque Rose terminó rechazándola. Usted, Flavius, fue su primera criatura—comentó a modo introductorio—. ¿Cómo es su relación con su creadora?

—Fue nula durante mucho tiempo—explicó con un hilo suave de voz, como si fuese algo que aún le entristeciera—. No porque no la quisiera, ni porque ella no me quisiera a mí. Sé bien que ella me respeta y admira, del mismo modo que yo lo hago. Jamás he dejado de quererla a mi modo—llevó su mano derecha a su corazón y suspiró bajando la mirada. Aquellos ojos verdes eran hermosos y parecían narrar miles de momentos que, por desgracia, no pudo compartir con quien era parte de su vida—. Si bien, ahora todo ha cambiado—dijo con una pequeña sonrisa—. Lamento no haberme encontrado con ella mucho antes, pero admito que leí sus memorias. Me sentí honrado al ser retratado de forma tan noble.

—Noble y testarudo—apuntilló David, provocando que Flavius riera—. ¿Cómo es tu relación con la comunidad de vampiros con la cual llevas viviendo todo este tiempo?—preguntó.

—Oh... Gregory fue muy amable al permitir que viviese con ellos—respondió solícito—. Si bien, con quien suelo conversar con frecuencia es con Avicus, pero de temas literarios. Él también ama la poesía, la novela y el ensayo. Es agradable poder tener ciertos debates sobre autores y géneros que a ambos nos apasiona—dijo manteniendo sus ojos verdes centrados en los cafés de David.

El antiguo hombre de Talamasca, aquel director concienzudo y bondadoso, recordó el momento en el cual tomó el cuaderno que le había entregado a Pandora. Ella había redactado de su propio puño y letra la historia de su vida. Relataba en aquellas hojas la admiración a su padre, el amor hacia Marius, la decepción que sintió por parte de su hacedor y el indiscutible cariño que poseía hacia Flavius. Ella lo había dado por perdido y él, por supuesto, había rehecho su vida con otros vampiros milenarios que se adaptaban a los tiempos conviviendo como si fueran una familia, un pequeño núcleo familiar, en el cual todos parecían llevar una vida tranquila y ajena a las discusiones habituales entre inmortales.

—Zenobia me parece un enigma—indicó Benjamín—. ¿Cómo es su relación con ella?

—Es una mujer que sólo habla cuando cree que merece la pena. Piensa muy bien sus palabras y puedo decir que es comedida—rió unos momentos y prosiguió—. Algunos mortales, a los cuales quita la vida con sumo cuidado, jamás creerían que es una hermosa mujer bajo esas prendas masculinas que a veces usa—acabó diciendo mirando fijamente esta vez a Benjamín—. Como nadie diría que tú tan sólo tenías trece años, ¿o eran doce?

—Doce, casi trece años—dijo ruborizándose unos segundos—. ¿Y Marius? Mi amo es alguien muy testarudo, pero contigo parecía tener buena convivencia.

—Oh... él... —susurró y suspiró largamente—. No he tenido la oportunidad de conversar como desearía, pero sé que no me odia ni me quiere destruir. Esos tiempos han cambiado. Yo he cambiado. Él, me consta, que ha cambiado aunque mucho menos que el resto. Sigue siendo un hombre que ama las normas y desea que todos las cumplan, pese a no seguirlas en algunas ocasiones—se encogió de hombros y luego se acomodó en la silla.

—Fareed logró contigo algo excepcional, ¿aún te cuesta asimilarlo o ya has logrado aceptar que no necesitas esa prótesis?—interrogó David.

Aquello había sido una proeza. David conocía a Fareed, aunque no íntimamente. Para él aquel hindú era un genio. Había logrado que Flavius volviese a caminar sin necesidad de tener prótesis y Maharet había vuelto a ver, aunque por desgracia ya no estaba entre ellos.

—Le admiro—dijo con una sonrisa bondadosa y tranquila, sin nerviosismo o duda—. Para mí es un gran hombre y un buen amigo, al igual que Seth. Todos sois muy amables—añadió riendo bajo—. Incluso ese alocado de Lestat. Ese príncipe nuestro es un travieso sin remedio, pero me agrada su forma decidida de actuar.

—¿Qué le parece la otra criatura de Pandora?—Benjamín preguntaba por Arjun, otro hindú.

Arjun era un hombre que amaba la poesía y detestaba la violencia. Pandora había dicho que le aterraba aquel imponente príncipe que había introducido a la Sangre, pero le aterraba por sus firmes y honestos sentimientos hacia ella. El amor puede provocar un miedo atroz, sobre todo cuando no se sabe como asumir los propios sentimientos por buenos y nobles que sean.

—Es un buen hombre. Hablamos sobre nuestras vidas y poesía la última vez. Me alegra que acompañe a Pandora a recorrer y ver un mundo que ella ama, aunque a veces sea tan terrible—sabíamos que se refería a los horribles acontecimientos que habíamos vivido, así como las miserias del mundo en sí. Pese a los adelantos y la vida moderna, mucho menos centrada en guerras cruentas, todavía existían miles de conflictos armados y de guerras en la oscuridad de un despacho.

Flavius se comportaba como un hombre atento. Había sido profesor para los hijos de aquel hombre tan noble y justo que lo trataba como un hijo. Para Pandora había sido el hombre que dirigía su pequeña fortuna y se hacía cargo de sus esclavas Lia y Mia. Entre sus brazos había descansado aquella mujer fuerte que todos admiraban, pero también había llorado. Pandora confesó su debilidad frente a él, que incluso le había deseado entre las sábanas de su cama, pero él se abstuvo a ser servicial y amable.

—¿Quieres decir algo a los oyentes?—preguntó David—. Te doy esa oportunidad, ya que deseabas intervenir y no lo hiciste. No llamaste como deseabas. Hace unas horas me lo confesabas cuando llegabas a este enorme edificio y te paseabas por el jardín, dejando tu tributo a la tumba de Khayman y las Gemelas—el tono educado hizo que Flavius reaccionara.

El milenario siempre había admirado a los hombres como David Talbot, pues siempre estaban dispuestos a escuchar y conocer. Se sentía cómodo entre ambos jóvenes inmortales, así como se dedicaba a ver las piruetas que Antoine hacía con el violín y que, por supuesto, acompañaba Sybelle con una elegancia inusitada en el piano.

—Quiero dar las gracias a todos por escucharme—murmuró—. Cuando todo ocurrió, con las Quemas y la reunión, sentí que la vida tranquila que había llevado se destrozaría. Si bien, no ha sido así. Me siento afortunado porque ahora podemos reunirnos con frecuencia. Amo las reuniones donde podemos bailar y tener confidencias—rió brevemente y suspiró de nuevo con cierta melancolía—. Me duele saber que hay cientos de miles que no pueden hacerlo, pero sé que sus almas están con nosotros y eso es lo que más debería importarnos.

—Muchas gracias por tu presencia—dijo Benjamín cuando comprendió que, con aquellas últimas palabras, podían dar por terminada la conversación.

Flavius se movió del asiento y se unió a los músicos. Bailaba y brincaba con una energía propia de un hombre joven. Sus cabellos ondulados se movían sobre su frente y rozaban sus cejas. Tenía unos brazos fuertes, una complexión atlética, y un rostro bondadoso. Era hermoso. Podía haber sido el inspirador del David de Miguel Ángel, pues su rostro estaba esculpido con una belleza griega muy atractiva.


David y Benjamín rieron mientras daban por finalizada la intervención de ambos con una despedida conjunta. El próximo día sería Gremt quien estaría con ellos. No había podido ser antes. Habían ocurrido cosas en Talamasca y él, pese a haber cedido sus intervenciones en la orden a los humanos, necesitaba ponerse al corriente y manejar ciertos asuntos.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt