Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 10 de febrero de 2016

Caída en desgracia

Khayman tenía razón y en estas memorias podemos verlo. 

Lestat de Lioncourt

—Deberías escucharte—dije saliendo de entre las sombras—. Escuchar todas esas estúpidas palabras que pronuncia asustado por su fuerte carácter. Te domina, te oprime como está oprimiendo a tu pueblo, y tú la mantienes en su trono mostrando sus encantos a cualquier hombre. ¿No tienes coraje? ¿Dónde está en guerrero que tan bien conozco en los campos de batalla? ¿Dónde? ¿Ha muerto en las arenas y no lo sabía?—pregunté sin poder contener mi rabia. Quizá fui demasiado directo, pero no podía callar más. Callarme sería darle la oportunidad de cambiar las tornas y mostrarme como un ingrato.

—Ten cuidado con esa lengua, no vaya a ser cortada—respondió rápidamente.

Su aspecto imponente era sólo en apariencia y gracias a las numerosas joyas que mostraba en sus brazos. El oro siempre te da grandeza, como el lino y los tocados. Sus ojos rasgados, bien maquillados, mostraban el temor de un rey que sabía que iba a ser destruido y convertido sólo en una pieza de un juego macabro. Era joven, algo más joven que muchos de sus generales. Tenía alrededor de veinticuatro años. Llevaba cinco años reinando y en esos años habíamos ganado grandes zonas para nuestro pueblo y nuestros dioses.

—Eres un traidor—murmuré entre dientes.

—¡El traidor eres tú al hablar así!—se exasperó.

—¡Yo sólo me preocupo por las tradiciones que ella injustamente está aniquilando!

Había tenido que momificar a mi padre y su ceremonia tardó casi un mes. Su cuerpo fue envuelto como mandaba la nueva tradición. Conseguí que fuera una ceremonia pomposa, llena de símbolos, y lloré sobre su sarcófago durante horas porque sabía que no era el modo en cual debía enterrarlo. Mi último adiós fue una súplica a su espíritu y a la propia tierra.

—¡Los muertos necesitan encontrar su camino y para ello precisan de sus cuerpos, de su corazón y de su espíritu! ¡No puedes obligar que regrese una tradición que impedía ese proceso!—repitió la sarta de incoherencias que ella había propagado como un veneno, un terrible veneno, por nuestro pueblo.

—Temes a esa mujer—sentencié.

—No—se atrevió a negar mientras tomaba asiento.

Estábamos a solas y frente a frente, en una pequeña habitación donde nos reuníamos cada atardecer. Él y yo, a solas, sin más testigos que las esculturas y los diversos muebles que decoraban cada rincón con pomposidad y belleza.

—¡Enkil!—grité.

—Si me amas, Khayman, debes hacer lo que te mando. Por favor, te lo imploro. Haré lo que desees si guardas bien tu lengua y cierras tus ojos ante lo que ocurre. No quiero que mi pueblo caiga en su tiranía, pues he impedido que algunas leyes salgan adelante—sus palabras no tuvieron ya efecto en mí. Mi amor estaba destruyéndose día a día.

Nunca imaginé que dejase de amarlo, que no lo quisiera rodear entre mis brazos y que, frente a él, sólo sintiera lástima y asco. Un asco terrible que retorcía mi alma y la encerraba muy lejos de los viejos sentimientos que una vez le ofrecí.

—Ya ha caído en su tiranía—susurré.

—Créeme que no... Por favor, amigo mío—dijo con voz apagada. Parecía cansado, como si no hubiese dormido en días.

—¿Sólo soy tu amigo?—pregunté ligeramente molesto, aunque no todo lo molesto que debía haberlo estado.

—Mi amigo, mi amante, mi compañero en el campo de batalla y en la vida. Eres mi amante, mi sol, mi luna, mis estrellas y la arena misma del desierto. Khayman, por favor—de nuevo rogó. Un rey no ruega, un rey es un Dios e impone su ley. Él ya no sabía imponerse, pues sólo sabía rogar.

Se levantó de su asiento, arrodillándose frente a mí, mientras colaba sus manos entre mis prendas subiendo estas por mis muslos. Quería que cayera en el pecado de sus dedos, con aquellas eróticas caricias tan acertadas. Mi miembro fue rodeado por sus manos, para luego sentir como levantaba por completo mi corta falda y comenzaba a lamer el inicio de mi sexo. Yo sólo apoyé mi mano en su cabeza afeitada. Pese al placer mi mente no se nublaba, ni permitía que los aciagos pensamientos se olvidaran. 


—Te destruirá. Antes o después se deshará de ti y tú caerás en el olvido. Nadie te recordará—dije tomando su rostro entre mis manos, abarcándolo con cuidado aunque deseaba golpearlo. Estaba ciego. No veía el problema real que caía como guillotina sobre nosotros.  

martes, 29 de diciembre de 2015

Gracias a ti

Fareed y Seth son una pareja singular. Me agrada que existan personas que quieren saber sobre el pasado para mejorar el futuro. Y bueno... se ve que "coordinan" bien.

Lestat de Lioncourt


Había dejado en su recámara, donde solía pasar largas horas en la noche leyendo e indagando por la red de redes, un sobre con los resultados genéticos se había logrado realizar gracias a la generosa ayuda de Gregory. Aquel vampiro milenario, fuerte, educado y lleno de historias que aún no había narrado, ni siquiera a mí en la intimidad, me había permitido tomar muestras de su piel, saliva y sangre para comprarla con otros vampiros y, sobre todo, con Seth.

Siempre rondó en mi cabeza la posibilidad de parentesco entre ambos. Seth tenía su porte, pero poseía la delicadeza de rasgos que tuvo su madre. Desde que él se presentó ante Lestat, como hijo legítimo y biológico de Akasha, provocó que muchos giraran su rostro hacia la envidiable figura del sosegado guerrero Nebamun. Ella jamás amó a Enkil como pareja, sino como un hermano, y sus vínculos sentimentales con aquel guardián fueron revelados sin tapujos.

El sobre contenía una larga lista de resultados, no sólo vinculados al ADN, y una carta donde le explicaba que él era su padre. Su padre estaba vivo, se había convertido en un mutante gracias a los caprichos de su madre. Había permanecido en silencio, sin conocer con certeza si la criatura que Akasha llevó en su vientre, durante miles de años. Incluso permaneció sin decir nada el día que ella decidió hacerlo inmortal.

Por eso mismo vino a mí, a mi pequeña habitación, donde mantenía el contacto con el resto del mundo, con mis científicos y doctores, con una sonrisa de satisfacción. Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía de ese modo. Sus ojos oscuros parecían tener luz propia. Sus labios, carnosos y seductores, comenzaron a moverse para repetir una y otra vez la palabra “Gracias” en su idioma natal.

Él me había enseñado a leer, hablar y escribir en egipcio. Disfrutaba explicándome cada uno de sus conceptos. Por eso mismo, Seth, me hablaba de ese modo con la euforia de un niño. Era mi regalo de Navidad atrasado por algunos días, pero también lo era el de Gregory. Ambos podían respirar aliviados con la firme convicción que eran familia. Una familia que iba más allá del vínculo de la sangre y la sospecha.

Me incorporé y salí de detrás de la mesa. Él seguía hablando y moviendo sus manos. Siempre me han hipnotizado sus manos de dedos largos. Acomodé mi bata metiendo mis manos en los bolsillos, intentando evaluar el momento, para finalmente sacarlas y tomarlo del rostro besándolo. Mi lengua cálida se introdujo en su boca, aún más ardiente. Él no me rechazó, sino que colocó sus brazos alrededor de mis hombros apoyando sus brazos desnudos sobre éstos.

Sólo iba con un pantalón amplio, de lino blanco, que resaltaba su piel bronceada. Había decidido tomar el sol, hacer como otros tantos, y darle un color atractivo a sus rasgos por siempre jóvenes, de un muchacho de no más de veinte años. Sus pezones estaban algo más cafés, quedando resaltados frente a su piel ligeramente achocolatada. Su vientre, firme y ligeramente marcado, me atraía tanto como su torso y sus hombros. Sin pudor coloqué mis manos sobre el cinto del pantalón, para recorrerlo lentamente hasta el cierre. Sólo era un nudo, un pequeño lazo, que desaté. Hice que la prenda cayera y mostrase su miembro ligeramente duro.

—Hazme tuyo...—dijo al separar mi boca de la suya.

Fui hacia el mueble cercano, para abrir la pequeña puerta que daba a un frigorífico minúsculo. Allí había una nueva inyección, la cual lograba mayor prolongación de la excitación sexual y un tiempo menor de reacción. Tomé una dosis para mí, así como para él. No dudamos en probarla. Seríamos los conejillos de indias.

Amé a Seth nada más verlo la primera vez. Caí seducido por sus rasgos y su forma de desenvolverse. Sin embargo, acabé profundamente seducido la primera vez que ambos logramos estar unidos, entre las sábanas revueltas de una habitación y con la única compañía de una lamparilla de noche a media luz.

Su habitación no estaba lejos. Usualmente dormía con él, salvo las mañanas que terminaban siendo inquietas porque unos resultados no eran favorables. El trabajo a veces me absorbía, pero él comprendía la necesidad que tenía de querer sanar el mundo. Era nuestra misión y legado.

Cuando entramos en ella comprobé que había encendido velas aromáticas, regado pétalos de flores en la cama y logrado un ambiente erótico casi desconocido para mí. Era un hombre de ciencias, pero él tenía el corazón de un poeta. Con calma me senté en la cama recostándome sobre el colchón y él cayó sobre mí.

Sus labios no tardaron demasiado en hacerse notar sobre mi cuello, mientras él me desnudaba. En menos de un minuto estaba desnudo, con él sobre mi torso deslizando su lengua y sus manos acariciando mi miembro. El calor se convirtió en llamas, comenzando a arder en el interior de mi cuerpo como en el suyo, y sus caderas empezaron a moverse como si fuera una serpiente de cascabel.

Quedé allí, sobre el mullido colchón, mientras él bailaba rozando sus duros, y redondeados, glúteos sobre mi vientre y miembro. Sus cabellos, con aquel corte de príncipe egipcio, se movían suavemente por el ritmo que poseía su pelvis. Mis manos viajaron sus muslos, desnudos de vello así como gran parte de su figura, mientras él dejaba las suyas sobre mis pectorales apretando mis pezones contra las palmas.

Sentía mi cabeza hundirse en los cómodos cojines envueltos en satén azul pavo real e hilo de oro. Mis sensaciones se perdían gracias al confort, placer y los aromas, pero también a sus canciones. Él empezó a cantar para mí en un tono bajo y sensual. Su vientre se movía erótico, del mismo modo que sus caderas. Para su pueblo los músicos estaban bien considerados, pues la música estaba relacionada con grandes celebraciones religiosas y festivas. La música intercedía ante los dioses y los sentimientos.

Su miembro, como el mío, estaba completamente erecto cuando guardó silencio y se sentó en los pies de la cama. Sin demasiado preámbulo lamió el glande, lo rodeó con sus labios y engulló todo el miembro introduciéndolo hasta mis testículos. Movía su cabeza de forma que me hizo perder el hilo de mis pensamientos. Coloqué mis manos sobre sus cabellos, tirando de ellos, mientras dejaba que mis gemidos fuesen libres. Y, cuando me tenía a su merced, se subió sobre mí nuevamente, tomó mi pene y lo llevó a su entrada. Con un sólo movimiento rápido, y desesperado, se penetró.

De nuevo comenzó a bailar sobre mí, pero con mi sexo en su interior. Sus jadeos, gemidos y súplicas cada vez tenían mayor fuerza y violencia. Aquello me hizo salir de mi pasividad, tomando el control. Lo arrojé contra la cama y empecé a penetrarlo con un ritmo aún más fuerte. Él gemía mi nombre y me miraba con necesidad. Duramos de ese modo algunos minutos, los cuales estuvieron llenos de arañazos, mordiscos y palabras llenas de pasión. Nunca nos decíamos palabras sucias, pero sí nos alentábamos a conquistar el paraíso.

Al acabar caí agotado sobre su torso, algo más estrecho que el mío, y sus manos quedaron sobre mis omóplatos, los cuales estaban cubiertos de marcas que iban cerrándose. Empapados en sudor sanguinolento, lágrimas de placer y satisfacción empezamos a sentir que el sueño venía. Sin embargo, antes de caer en el otro mundo, en el mundo de los sueños, habló.

—Tengo un padre...—susurró riendo bajo—. Y un gran amante... —añadió tras un hondo suspiro—. Sólo queda que me des un hijo... como a Lestat.


Al despertar no le pregunté por ese deseo, pues él tampoco comentó nada al respecto. Aunque sí llamó a Gregory y estuvo al teléfono por más de dos horas. No paraba de hablar sobre una reunión importante para todos, al menos para los más cercanos, pues quería celebrarlo. Deseaba que todos supieran que el ciclo se había cerrado y las dudas volado.  

domingo, 27 de diciembre de 2015

Rhoshmandes

Concuerdo con varias cosas de Rhoshmandes en su relato. Es decir, acepto que ella era hermosa y provocaba pánico, también que no comprendo del todo como pudo dejar a tantos viejos vampiros vivir. Quizás no era tan cruel, tan sólo deseaba hacerse entender y eso, sin duda alguna, pesa en mi conciencia. No sé si en la suya también.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí, en plena oscuridad, rodeado de un hedor insoportable. Mi túnica celeste se había manchado con la suciedad de aquella bodega. Mis ojos se estaban acostumbrado a la oscuridad, y, por supuesto, mataba por un poco de agua o vino. Tenía calor en aquella húmeda pocilga y mis manos temblaban por el nerviosismo. Los grilletes eran pesados, pero eso no era lo peor. No me importaba llevar grilletes, aunque sí desconocer el rumbo de mi propio navío y lo que había sucedido con mis hombres, animales y diversa carga que había transportado a lo largo del Mar Egeo. Ya no era la pérdida económica, sino la de mi orgullo y libertad.

Tuve un mal presentimiento al salir de Creta, pero intenté dejarlo atrás. No me gustaba ser agorero ni menospreciar mis ofrendas a los dioses. Sin embargo, había caído en manos de unos seres que habían aparecido en plena noche, arrebatado el timón a mi mejor marinero y acorralado a los restantes hombres, diez en total, con una facilidad pasmosa. Aquellos elegantes caballos que iban a trotar por las calles de Roma, los que yo mismo había elegido sabiamente, los había escuchado caer por la borda. El barco se movía rápido en la noche, pero durante el día parecía estancado.

Llevaba dos días de viaje sin saber dónde y porqué, tampoco cuánto íbamos a tardar en llegar a donde quisiera que fuese. Mis pensamientos más amargos, los más terribles de todos, se encendía como una antorcha en la oscuridad. La misma antorcha que me quemaba y me hacía gemir de dolor. Me lamentaba, lo reconozco, y despreciaba mi destino. Hubiese querido perecer esa misma noche cuando entraron en mi alcoba, me sacaron de mi cama y me lanzaron mis vestiduras en la celda de los esclavos. Los mismos esclavos que habían muerto minutos antes, con los cuales compartía calvario siendo ya apestosos cadáveres.

Allí, alejado del mundo consciente, tuve una revelación. Dos jóvenes bajaron hacia donde me encontraba. Por las prendas supe que no era un pueblo que yo conociese como la palma de mi mano. Sin embargo, sus rasgos me eran llamativos e incluso ligeramente atractivos. Poseían una belleza mágica y sus cuerpos estaban dotados de una musculatura excepcional. Tenían la piel tostada por el sol, pero también por su raza, y poseían unos ojos profundos llenos de angustia, soberbia, verdad y miedo. Era una mezcla exquisita que agradecí. Si eran ellos los que debían ejecutarme que lo hicieran rápido, pues parecían diestros por como sostenían las espadas. No sufriría más agonía.

Sin embargo, sólo abrieron la celda y me hicieron caminar a su lado. Subí por la estrecha escalera hacia la superficie del barco y bajé hasta tierra firme. Allí una hilera de antorchas marcaban el camino hacia mi nueva prisión. Pero lo que hallé fue la bienvenida de un príncipe o un Dios. Dentro de una construcción excelsa, alta y con detalles extraños en los muros, los cuales después apreciaría que era escritura egipcia, habían mujeres deseosas de complacerme en todos los sentidos.

Comí, bebí y sentí la calidez de sus manos limpiando el hedor del sudor, el orín y la muerte. Me limpiaron como si fuese un tesoro y me dieron el placer que sólo un hombre puede conocer a la perfección. Cuando salí del baño me ataviaron con prendas de lino y oro, también me colocaron sobre la cabeza agua de flores que perfumaron mis cabellos, y por último calzaron mis pies con unas sandalias de cuero nuevas.

Esa noche pasé de ser un mártir a convertirme en un guerrero, a ser de nuevo lo que había dejado de ser por unos meses. Lo fui gracias a Akasha, que me convirtió en un proscrito a la luz del sol y mi nombre, el nombre que jamás rechacé, sonó con fuerza entre vítores y alabanzas: Rhoshmandes.


Siempre sería su hijo, pero no soy lacayo. Algo de mí la amaría hasta el final, aunque jamás de forma ciega. La admiraría por su poder, sin embargo la temí por su nula capacidad de comprender el mundo y sus verdaderas necesidades. Aprecié su belleza, del mismo modo que ella apreció la mía. Me convertí en hombre libre cuando huí de ella, aunque bien pudo matarme... Nunca comprenderé porque jamás se alzó en mi contra.  

martes, 24 de noviembre de 2015

Mi reina

Nebamun y Akasha tuvieron demasiados idilios... Las intrigas palaciegas siempre me dejarán con cierto sabor agridulce, pues no se pueden revivir y muestran algo que, por supuesto, impacta aún en cada uno de nosotros.

Lestat de Lioncourt


Después de tres arduas semanas de duros enfrentamientos, en los cuales expuse mi vida y honor, llegué a palacio acompañado del resto de generales y guerreros. Habíamos perdido algunos hombres, sus mujeres sollozaban aferradas a sus descendientes y otras, las menos, parecían orgullosas de saber que sus hijos habían muerto derramando su sangre por la fuerza y primacía de un imperio que se levantaba peldaño a peldaño, poco a poco, dirigiéndose hacia el sur y el norte de la tierra.

Habíamos impuesto nuestra superioridad, pero eso no implicaba que mi corazón estuviese tranquilo. Gracias a ella había subido algún peldaño en el ejército, aunque también me estaba convirtiendo en la cabeza de turco que pronto podría rodar, posiblemente en mitad del palacio, gracias a la afilada cimitarra de Khayman.

—Debemos reunirnos para el próximo cerco a esos bastardos incultos, los cuales hacen llorar a nuestros dioses con sus atrocidades—expuso Enkil caminando a paso ligero por el pasillo central del palacio.

Algunas mujeres corrieron a recibirnos lanzando pétalos de lirios para que él los pisara, pero era algo que no le interesaba. Aquellas mujeres, las flores y cualquier palabra amable era insoportable para el Rey. En esos momentos sólo pensaba en otro derramamiento de sangre para mantener dichosa a su Reina, la cual yacía en su habitación desesperada por ser complacida.

—Mi señor, puedo pedir que se haga té y traigan dátiles para conversar sobre la situación de las tierras limítrofes—expuso Khayman—. Si bien, le recomiendo un baño reconfortante. ¿Desea que llame a las lavanderas? Ellas traerán perfumes nuevos que aún no ha probado—su voz era dulce, casi pegajosa, y su tono de voz muy cómplice. Había una amistad demasiado fuerte entre ambos, pero a mí no me interesaba en lo más mínimo.

—De acuerdo—contestó parándose y, por supuesto, deteniendo a la comitiva—. Pueden descansar unas horas, pues antes de la caída del sol deseo conversar con ustedes en los jardines del palacio. Comeremos asado, hablaremos de la situación en la frontera y tomaremos diversas decisiones sobre los salvajes que rondan las montañas—dijo sin girarse hacia sus leales generales, entre los que me encontraba—. Disuélvanse y disfruten de sus mujeres, pues ellas estarán gustosas de darles un recibimiento más que merecido.

Khayman se inclinó suavemente y marchó, a paso rápido, hacia los baños donde solía pasar algunas horas Enkil. Allí, entre los vapores de las perfumadas aguas calientes, discutían durante horas sobre política, religión, poesía y jugaban a sus distintos e íntimos juegos. Todo el mundo lo sabía, inclusive el menos avispado de la corte. Enkil caminaba tras él, con parsimonia, mientras las mujeres regaban pétalos para que murieran aplastados bajo sus polvorientas sandalias.

Los restantes generales, esos guerreros fieles y bravos, se marcharon deseando beber cerveza y concebir hijos con sus mujeres y, por supuesto, amantes. Yo, por el contrario, era demasiado joven y no estaba dispuesto a perjudicarme demasiado con la bebida. Caminé durante algunos minutos por el jardín, escuchando el murmullo de la fuente y meditando sobre el nuevo nacimiento en la corte. Akasha había sido madre nuevamente, pero ésta vez no era una mujer.

Las pequeñas, como no, se encontraban en el jardín corriendo una tras otra bajo la supervisión de sus tías y nodrizas. Niñas que no solían ser atendidas por su madre, pues ella se sentía decepcionada porque los dioses no le habían obsequiado un varón, tal y como ella deseaba, porque sabía que llevaría su imperio mucho más lejos del serpenteante Nilo.

Eché a caminar hacia su dormitorio. Ella estaba allí echada observando a la criatura como si fuese uno de nuestros dioses. Lo contemplaba acariciando su piel ligeramente oscura, sus rasgos profundos, sus labios carnosos y blandos, así como esas manos torpes que aún no eran siquiera capaces de atrapar los dedos de su madre. Sólo tenía unas semanas de vida. Ya lo había sostenido en una ocasión, mucho antes de mi partida de aquel lugar.

Ella no me miró siquiera, siguió jugando con el pequeño obviando mi presencia. Me acerqué tomándolo sin siquiera pedir permiso y lo contemplé como un padre puede contemplar a su hijo. Sabía que era mío. Jamás respondía a mis dudas. Sólo yo entraba en su recámara, los juegos con otros soldados acabaron cuando ella probó mi fuerte deseo hacia sus torneadas caderas, turgentes pechos y cálidos muslos.

—Responde a mis dudas—dije—. Aunque no son dudas—comenté notando como el pequeño me observaba. Parecía reconocerme. Nos habíamos encontrado en seis ocasiones, aunque hacía más de tres semanas que no nos tropezábamos. Era inteligente, o al menos eso parecía, y reconocía mi olor, como cualquier animal reconoce los aromas familiares, mientras estiraba sus rechonchos brazos buscando mi atención.

—Beb—comentó incorporándose—. Llévate a mi querido descendiente, mi adorado Seth—dijo levantándose de la cama, completamente desnuda salvo por las numerosas joyas que cubrían sus brazos y cuello—Cuéntale lo grande que llegará a ser para que se duerma. Pues será igual de fuerte y temerario como su padre, llevando éste reino hasta más allá de lo que puede bañar el sol.

La mujer, una anciana, se apresuró hacia donde yo me encontraba arrebatándome al niño y saliendo de allí. El pequeño se echó a llorar, pero fue rápidamente calmado con un sólo gesto de aquella mujer. Era como si tuviese un poder mágico, casi hipnótico, sobre la criatura.

—Mi reina... —dije extendiendo mis manos, con las palmas hacia arriba, en su dirección—. Dime.

Ella no respondió. Caminó hacia mí y me arrebató la cimitarra, para arrojarla lejos de mi cinto, haciendo lo mismo con el resto de mis ropas. Me desnudó para besar mis pectorales, acariciando mis caderas marcadas y llevando sus dedos, pequeños y ágiles, sobre mi miembro. Sus labios, carnosos y sensuales, se pegaron a los míos y su beso avivó el fuego que creía escondido en algún lugar de mi alma.

Rápidamente me condujo hacia una pequeña alberca de leche tibia de burra. Allí, rodeados de lavanderas, nos introdujimos mientras ellas verían sobre nuestras cabezas la leche perfumada con flores recién recolectadas. Sus besos eran cada vez más sensuales y, como no, mi apetito despertaba. Sus piernas me rodearon por la cintura y sus manos bajaron hasta más allá de mi vientre. Los sensuales masajes de sus dedos provocaron que mi miembro se endureciera, logrando que echara hacia atrás mi cabeza y olvidara mis innecesarias preguntas.

Con cuidado, aunque apasionada, introdujo mi miembro en su pequeña obertura, la cual estaba ligeramente estrecha tras la cicatrización del parto. Cuando me sentí envuelto en su sexo, pequeño y húmedo, cerré los ojos satisfecho y abrí mis labios emitiendo un largo gemido. Ella se movía suave, como las pequeñas olas de un mar contra la costa, mientras mis manos la tocaban con deseo apretando sus pechos. Sus pezones comenzaron a manar leche, la cual no había sido ingerida por Seth. Abrí los ojos contemplando los hilos blanquecinos, más espesos que la leche que nos vertían aún sobre nosotros. Ella me miró con lujuria y sonrió tomando ambos senos, llevando uno a mi boca y dándome a probar su leche. Era cálida y espesa, también nutritiva y ligeramente pastosa. Después hizo lo mismo con el otro pecho, dejando que me deleitara con sus pezones gruesos de color café que contrastaba, como no, con su piel suavemente más clara.

—Aliméntate mi guerrero—dijo apretando mi sexo dentro de su vagina, pues contrajo sus músculos—. Repón fuerzas, pues quiero que empieces una nueva guerra en ésta bañera.

Aquello me alentó, provocando que la apartara de mí para pegarla contra el borde de aquel delicioso paraíso, para luego, sin miramientos, penetrarla con violencia. Mis testículos golpeaban con fuerza, aunque su sonido quedaba opacado por el movimiento salvaje del agua contra el borde del suelo. Los elegantes azulejos de mosaico que cubrían el lugar, generando hermosas visiones de paisajes mundanos. Ella echó su cabeza hacia atrás, colocándola sobre mi hombro derecho, mientras mis manos se aferraban a sus pechos. Apretaba con fuerza mis dedos provocando que algunos chorros de leche se escaparan, y logrando que ella gimiera desesperada. Sus manos quedaron pegadas al borde y sus cabellos negros, tan largos como ondulados, se pegaron a su rostro ocultando sus mejillas sonrojadas.

Las lavanderas nos observaban con detenimiento, pero sin alarma. Sobre todo cuando en un gesto rápido las invité a hundirse en la bañera para acariciar a ambos, provocando que el placer fuese aún más intenso. Sus manos lavaban con unos suaves trapos nuestros tensos músculos, la leche cálida nos envolvía y ambos nos dejábamos la garganta entre sucias palabras de deseo, amor y necesidad.

Decidí salir de ella mucho antes de eyacular mi simiente en su vagina. Las lavanderas se apartaron ayudándome a incorporarla, sacándola de la bañera mientras su vientre se encogía y sus piernas temblaban. La recostaron sobre una sábana de lino teñido de rojo y comenzaron a secar su sexo, preparándolo para mi llegada. Salí decidido, pero no la penetré. Aparté a las mujeres y la incorporé, metiendo mi miembro en su boca y ofreciéndole mi simiente.

—Disfruta mi reina del sabor de tu guerrero, el cual no ha podido dejar de pensar en ti—murmuré tras eyacular.


Mi sexo salió de su boca, y ella tragó mi semilla. Sus ojos, cansados, me miraron insatisfechos. Sabía que deseaba tener más hijos varones, pues las fiebres y cualquier pandemia podía llevarse a su único hijo varón. Un hijo que era mío y no de Enkil, al igual que la hija menor que aún no caminaba.  

domingo, 15 de noviembre de 2015

Haz bondad

Daniel Molloy me ha dado éste texto para subirlo a la web. Me ha pedido que lo hiciera urgentemente en éste día. Como periodista quizás sabe más que todos nosotros lo que es informar, transmitir y hablar a otros. Incluso yo me siento a veces saturado y no sé como explicar lo que siento, pero él sabe poner cada coma en su lugar.

Lestat de Lioncourt


Convirtieron el caos en religión y la religión fue absorbida de nuevo por sus inicios. La nebulosa rojiza que penetró, como pequeñas agujas, en el cuerpo de Akasha dio paso a una diosa peligrosa sedienta de sangre y poder. La misma diosa que cubierta de pecado, ambición y equívocos pensamientos creó numerosos guerreros para que extendieran su reino a lo largo de los senderos de arena, el refrescante Nilo y los diversos mares y océanos. Se convirtió en un monumento a la verdad absoluta, el poder y la belleza eterna. Venerada, amada y temida se encumbró como la única luz en la oscuridad.

Durante cientos de años fue tomada como emblema de una estirpe de condenados. Se ocultaba del sol para evitar la muerte, como si fuese una gigantesca plaga, de sus primeros soldados y descendientes. Los guerreros de la Reina Akasha se guarecían en gigantescos árboles, venerados como dioses de distintas tribus, impartiendo justicia entre los pecadores. Otros, como no, seguían caminando por el mundo, completamente sedientos y descontrolados, buscando un refugio para alzar su voz y ser temidos. Algunos iniciaron religiones sangrientas llenas de sacrificios humanos, como Azim, otros decidieron ser bondadosos y complacientes como Avicus. Cyril, por ejemplo, decidió rondar el mundo en busca de un destino, de algo que entretuviese su mente intranquila y su alma torturada, usando largos periodos de descanso bajo las ciudades que visitaba.

La primera Quema mató a muchos jóvenes, provocando que sólo los más antiguos sobrevivieran convertidos en huesos oscuros o piel terriblemente quemada. Ella fue expuesta al sol, mostrada como si fuese un objeto maldito que debe ser destruido, junto a su consorte, Enkil, durante todo un día. A lo largo y ancho del mundo cientos de hombres y mujeres, seres de la oscuridad, sintieron el sol como si estuviese bajo sus cabezas. Muchos gritaron en mitad de la noche, otros golpearon con rabia y dolor los gruesos troncos de los árboles, hay quienes intentaron calmar aquel drama hundiéndose en el mar... ¡La Sangre ardía! ¡Ellos ardían!

La segunda Quema fue cuando ella despertó. Un joven vampiro decidió mostrarle al mundo entero la verdad, un secreto que se había ocultado por supervivencia y miedo, a todos los demás que jamás habían escuchado tales testimonios. Se convirtió en un héroe, pero también en un proscrito. Muchos deseaban eliminarlo, pero la mayoría fueron sentenciados a muerte. La Reina Akasha, La Madre, lo protegía y se alzó como una fiera, igual que una leona protege a su cría, contra todo aquel que deseaba matar a su nuevo consorte, pues Enkil había perecido en sus brazos.

La vieja guerra volvió, la fe convertida en venganza surgió con fuerza y agitó los cimientos de ésta era tecnológica y ligeramente artificial. Los focos del escenario temblaron, estallaron y se convirtieron en el símbolo del desastre. Muchos jóvenes estallaban en llamas, otros corrían sintiéndose pequeñas hormigas que eran señaladas con una gigantesca lupa y miles, en todo el mundo, lloraban heridas, morían sin poder siquiera salir de su ataúd o despertarse de su largo y próspero sueño. El regreso de La Reina nos narró una historia de venganzas palaciegas, mentiras y corrupción así como un pequeño gesto de amor, bondad y respeto que se convirtió en el inicio, en el Germen, tras un ataque de una neblina rojiza llamada Amel.

Aquel espíritu vengativo estaba uniéndonos a todos, poseía vida dentro de ella aunque muy débil. Él comenzó a cobrar conciencia cuando ella despertó, pero eso no lo sabíamos. Y, cuando él tuvo fuerzas suficiente, más allá de balbucear algunas simples palabras, la siguiente Quema se inició. La Tercera Quema arrasó la noche durante semanas, iniciando focos en Brasil, India y diversos lugares de Europa. Los jóvenes ardían de nuevo. Muchos antiguos eran usados como viejos soldados que entraban en guerra mientras una voz, suave y testaruda, pedía que murieran en su nombre, por su dolor y poder.

Los seres humanos también están matando ahora. Matan en nombre de un Dios que dice hablarles, pero sólo es su ambición, estupidez y peligrosos deseos políticos que se envuelven en religión. Las verdaderas religiones fueron creadas para mostrarle al hombre la piedad, bondad, respeto, superioridad y comprensión. El hombre no era perfecto, por eso creó a Dios. Deseaba que alguien superior le mostrase el camino a seguir y, de ese modo, mejorar su vida, así como la de los suyos, pero la sed belicosa de los distintos pueblos, el deseo insaciable de llevar la razón, los convirtió en monstruos. Mataron en nombre del Dios cristiano en las viejas guerras, del mismo modo que mataron a su profeta los judíos creando esa religión cristiana, y así matan ahora, indiscriminadamente, en nombre del Dios musulmán. Mentira. Todo es mentira. Son actos crueles de personas manipuladas por el poder político y económico, pues las guerras generan dinero y éste es necesario en una sociedad capitalista. El soporte económico de éstos malditos grupos de asesinos, torturadores y tercos está en Estados Unidos. La represión, el odio, la violencia, las bombas cayendo sobre territorio musulmán generó el odio y las armas provienen de intereses armamentísticos de ese país, cuna de las libertades y las balas fáciles, así como de Europa. Nos venden miedo y compramos protección, regalamos odio y el mundo yace en ruinas, sangre y dolor.

Nosotros los vampiros nos hemos unido, sin importar nuestros orígenes, ¿por qué no lo hacen ustedes? Unan sus manos sin importar sus religiones, recen con fe aunque no sea a un Dios, y respondan con palabras sabias a las mentiras, odio y venganza que están plantando en sus corazones. Y, por favor, no olviden las víctimas de todas las guerras. A veces siento que sólo hiere cuando son atacados países occidentales, como si los orientales no sufrieran. Todos sufren.

Quien guarda rencor, responde con odio, muestra rabia e indignación en vez de palabras justas, bondad y lazos de hermandad. Quien rechaza y sólo ve sus miserias, aquellos que no son capaces de pensar que también son víctimas los musulmanes, pues atacan usando su cultura y su fe, está ciego y equivocado. Ustedes son parte de La Tribu, La Familia Humana de Maharet y Khayman, y deben aprender a convivir, respetarse y no atacar desde la venganza. Y ésto, compañeros mortales, se aplica a todos sus actos. Quien posee odio en sus corazones, quien sabe que actúa mal, se pudre y se convierte en desperdicio. Haz el amor, posee integridad y sigue tu honor. Sé un ejemplo de buena voluntad y no de estupidez, mediocridad y odio.


martes, 10 de noviembre de 2015

Distintas formas de luchar

Gregory es casi tan viejo como el mundo. Desde los inicios de Egipto está con nosotros, convirtiéndose en una biblioteca viviente.

Lestat de Lioncourt


En un segundo la vida puede cambiar. En lo que malgastamos con un pestañeo alguien puede morir, nacer, lograr un increíble triunfo que no aparezca en los medios, un político puede caer en desgracia, una empresa quebrar o un científico encontrar la cura para una terrible enfermedad que se haya convertido en pandemia. Un segundo es la espada que corta el tiempo, la verdad, la mentira, los sentimientos más profundos del ser humano, la sociedad y cada trozo de lo que somos. Es la medida de tiempo con la cual los enamorados cuentan la distancia de sus corazones, cuerpos y almas.

Todo cambió para mí hace miles de años. Han transcurrido billones de segundos. He visto imperios caer, levantarse y olvidarse. Conozco el secreto de la vida, pero a la vez desconozco en plenitud su significado. Reconozco bien el llanto de un niño recién nacido, de un enfermo y de la maldad. Comprendo la importancia que poseen todos y cada uno en éste mundo, incluso aquellos que no merecen nada.

Hace siglos me planteé qué hacer con mi vida. Tenía siglos por delante, un mapa increíble en blanco. Decidí viajar, conocer y experimentar; pero de todo uno se cansa. Opté por encontrar un lugar cómodo donde descansar, echar raíces y crear una máscara única que me diese la posibilidad de ser feliz. Quería hacer algo más que vivir. Muchos sólo viven, pero respirar no es lo único que pueden hacer. Tomé absurdas decisiones, con terribles consecuencias, hasta que comprendí que había un negocio que podía reportarme beneficios y paz espiritual.

Conozco bien el mundo de los negocios porque ha sido parte de mí, como un pedazo de mi cuerpo, ya que he sido siempre un hombre inquieto. Sí, me considero un hombre y no un monstruo. Aún poseo sentimientos y virtudes que tienen como capacidad muchos mortales. La salud siempre ha estado en riesgo. El ser humano ha jugado con ella en guerras homenajeando a Dios, sea cual sea el nombre que le dieran en esos momentos y con sus diversas lenguas. Recuerdo a los nazis utilizando a gente joven, sana y fuerte para sus violentos virus y terribles consecuencias. Todavía oigo la radio hablando de los crímenes de guerra de numerosos lugares del mundo, pues aún hoy se cometen actos así de bárbaros. El ser humano ha aprendido a luchar con virus, creando nuevas armas, para matar a otros. Por eso creé una empresa farmacológica para generar curas eficientes, a bajo costo y de rápida distribución. Aún así los grandes gobiernos son reacios y todavía, aún hoy, tengo patentes que no me permiten sacar a la luz.


Decidí ser el salvador del mundo, creando una nueva guerra, sin necesidad de derramamiento de sangre y mentiras terribles. Yo soy Gregory, el vampiro que fue amante de la Reina Akasha, fiel y leal servidor de su ejército de inmortales, general de un batallón de almas sedientas de muerte y empresario arrepentido por una lucha llena de mentiras, falsos ídolos y lágrimas.  

lunes, 7 de septiembre de 2015

Ella, la reina

Akasha era una mujer muy poderosa, pero no dejaba de ser una mujer. Comprendo que tuviese sus debilidades, como todos. Ella tenía sus deseos y sus necesidades. Y él, Gregory, una pasión que no podía ocultar.

Lestat de Lioncourt


Aún puedo escuchar con claridad el zumbido de los insectos cerca del agua. La arena negra y fértil cubría gran parte de la orilla. El calor sofocante del día había acabado y, al fin, había llegado la noche cargada de eternas estrellas que parpadeaban con la belleza que ya parece devaluada. Era hermosa aquella estampa tan salvaje, la cual no he vuelto a tener. No recuerdo noches como aquella.

A mis espaldas estaba el esplendoroso palacio. Allí, en su cuna, lloraba un niño. Había nacido mientras yo estaba fuera, en una misión de exploración hacia el sur. Teníamos nuevo territorio conquistado, pero no estaba celebrándolo. Un nudo en mi garganta evitaba que pudiese pasar la cerveza, el pato asado, los dátiles y las uvas. No era capaz siquiera de poder pensar en algo más que en aquel llanto tan fuerte, tan enérgico y tan inocente.

Ella salió fuera, como hacía siempre en las noches más cálidas, y quedó a pocos metros con sus ojos clavados en mí. Ojos profundos, oscuros, llamativos y femeninos. Unos ojos que me hablaban de poder y tragedia. La contemplé durante varios minutos sin decir nada. Dejé que el tiempo pasara muriendo lentamente entre nosotros, pues quería que ella hablase primero.

—Tengo un heredero—dijo con orgullo.

Las mujeres no le servían. Ellas sólo serían consorte de un inútil mayor a Enkil, su supuesto padre. Era un guerrero táctico, un hombre dispuesto a morir, pero no sabía hacer feliz a su reina. Era incapaz de ofrecerle algo más que joyas y poder. Pero él, aquel niño que lloraba como si fuera un mesías, era distinto.

—¿Cuánto hace que nació?—pregunté apretando mis puños.

Había estado fuera por más de cinco meses, tiempo más que suficiente para su nacimiento. Si bien, sabía perfectamente que ese niño se había gestado en nuestras tórridas noches de pasión. Las mismas noches en las que me juré no regresar de nuevo a su lado.

—Un mes—susurró caminando hacia mí con la misma elegancia, feminidad y poder que lo había hecho siempre.

Sus pechos estaban llenos, pues se encontraban inflamados por la leche. En ésta ocasión no permitiría que otra amamantara a su criatura. Veía en ella orgullo y amor. Un amor distinto al codicioso amor por el trono. Tenía la figura menuda otra vez, con sus amplias caderas y su estrecha cintura. Volvía a ser la reina erótica y grandiosa que todo el mundo temía y amaba a la vez.

—¿Es mío?


Soltó una carcajada ante mi pregunta. Esa fue la única respuesta que tuve al respecto. Después, como si nada, me abrazó rodeándome por el cuello y besando mis labios. Estaba perdido.  

sábado, 5 de septiembre de 2015

La reina

Gregory se convirtió en su amante, aunque tenía otro nombre digno de su pasado y su poder. Akasha se entregó a él convencida que él sería leal y le arrancaría parte de la soledad en la cual reinaba. 

Lestat de Lioncourt


Los tiempos no eran los que ahora corren. El mundo se paralizó en una larga y fértil etapa en la cual el territorio no había sido explorado, el mundo aún permanecía salvaje y las fronteras eran meras leyendas. Los grandes conquistadores avanzaban buscando privilegios y honores, los reyes estaban sedientos de poder y el pueblo ovacionaba a sus guerreros como horas orgullosas de sus logros. Era el inicio de los grandes imperios, el temor de los dioses aún aguijoneaba el corazón de cientos de culturas y la guerra era algo más que un negocio fértil.

En las oscuras tierras cercanas al Nilo, en el norte del continente africano, se hallaba el inicio de Kemet, del imperio del Antiguo Egipto, en sus primeros comienzos cuando el sol calentaba y no quemaba, cuando las inundaciones no se controlaban y se tragaban miles de vidas mientras llenaban los sacos de los graneros meses más tarde. El Nilo, profundo y salvaje, bañaba las orillas de un floreciente reino que empezaba a consolidarse.

Los primeros reyes de Egipto no fueron ellos, pero sí consolidaron ciertas leyendas. Si bien, eso ocurriría años más tarde. En aquellos días tan sólo eran mortales con un despliegue de sirvientes sin precedentes, cambiando las costumbres más arraigadas por otras que pasarían a ser parte de la eternidad y se incorporaría a las leyendas de sus grandes construcciones.

En esos tiempos yo era un hombre joven, aunque no demasiado. Hacía tiempo que no era considerado un niño. Llevaba algo más de dos años en la guardia real. Era leal a mis reyes, había luchado en algunas batallas y, pese a mi juventud, lograba deshacerme de mi torpeza. Pronto comencé a escalar posiciones, logrando ser conocido por mi fiereza y buen hacer. Si bien, el más temible de todos era Khayman, el noble y leal mayordomo del rey. Era su mano derecha, aunque más bien era su brazo derecho y su propia arma. Jamás vi a un ser más valeroso y temible. Si bien, mi gran pasión era la reina.

Había logrado ver a Akasha en alguna que otra ocasión. Ella había pasado junto a mí, sin siquiera demostrar interés en mi presencia. Era hermosa. Su cabello era negro y caía como seda sobre sus hombros ligeramente desnudos. El lino se pegaba a su piel como si fuese un pliegue más, adaptándose a sus curvas y turgentes pechos. Conocía ciertos secretos de palacio, los cuales me fueron desvelados en las largas noches de guardia, que no creía veraces.

Ella, nuestra reina, era profundamente desdichada en su matrimonio. Enkil ni siquiera compartía habitación con su mujer, la cual había venido de lejanas tierras para unirse a él y convertirse en reina de Kemet. Por lo tanto, ni siquiera era capaz de yacer con ella entre las sábanas de seda, bordados de oro y lino. Por ello, por su desesperado deseo de encontrar satisfacer sus caprichos más íntimos, decidía entregarse a cualquier hombre atlético, joven, leal y poderoso en la batalla. No los elegía al azar, aunque había numerosos candidatos que entraban en su habitación bebiendo del manjar que únicamente debía probar el rey.

Enkil estaba enterado de todo. Sabía bien quienes de sus hombres habían entrado en la cama de su esposa. Nunca decía nada. No lo impedía. Él parecía no estar interesado en disputas con los hombres que se involucraban con su mujer, pero sí vigilaba a los favoritos y más aclamados por los gemidos de su reina. Cuando alguno destacaba por encima del resto, convirtiéndose en algo más que un amante pasajero, acababa muerto. Por supuesto él no se ensuciaba las manos. Era el amante del rey, su mayordomo, quien degollaba al pobre infeliz que acababa cabeza abajo flotando en el río.

No había cumplido los diecisiete años cuando fui llamado por ella. El corazón bombeaba con fuerza y sentí que era el momento idóneo para huir, pero deseaba contemplarla sin el revuelo de aquellas mujeres. Quería saber qué tenía que decirme. La fama la precedía, pero su belleza deslumbraba aún más. No importaba lo que pudiesen opinar los más ancianos sobre el cambio de costumbres, pues yo admiraba su tenacidad y sus ambiciosos planes. En ella vi a una mujer fuerte, algo no muy común en nuestra sociedad. Las mujeres eran habitualmente meros objetos de los líderes más fuertes, pero ella no actuaba como una consorte. Ella era quien realmente gobernaba sobre el valle del Nilo.

Al entrar en su recámara hallé a una mujer rodeada de hombres que la agasajaban con ramos de uva negra, dátiles y algunos dulces pequeños que se ofrecían en bandejas de plata. No estaba en su cama, sino recostada sobre algunas pieles de animales que habían cazado sus amantes. La carne de esos pobres infelices, los animales que ahora no eran más que decoración, se había servido en distintos banquetes para conmemorar el triunfo del ejército sobre los pueblos cercanos. Conocía la historia de cada una de las pieles, sobre todo la de aquel enorme león cuya cabeza usaba como improvisado almohadón.

Los hombres que la rodeaban eran hermosos, de ojos profundos y piel tostada. Había alguno de piel negra, los cuales parecían estar bruñidos y ser hermosas estatuas de alabastro negro, pero eran los menos. Allí predominaban los rasgos más exquisitos. Incluso había algún esclavo cuyos rasgos eran muy extraños, y casi extraordinarios, entre los nuestros. Ella disfrutaba de los agasajos de aquellos hombres, pero también de sus miradas codiciando su curvilínea figura.

Ella llevaba un vestido ceñido de lino, ligeramente plegado, así como unas joyas de oro puro como brazaletes, collar en forma de serpiente y una tobillera con pequeñas piedras preciosas colgando de éste. Su cabello negro parecía aún más hermoso bajo aquella tenue luz, pues las cortinas estaban ligeramente echadas.

No me fijé en nada más. Los demás detalles de la sala eran poco importantes en ese momento. Sobre todo cuando noté que los hombres se marchaban y nos dejaban a solas. Lo hicieron porque ella lo pidió. Se marcharon los hombres que abanicaban su cuerpo, así como los que servían frutas y dulces. Nos quedamos a solas, sobre todo cuando las dos enormes hojas de la puerta se cerraron y el silencio nos envolvió.

—Has captado mi atención, Nebamun—dijo con una voz suave, pero firme.

Fue la primera vez que escuché su voz. Mi corazón se agitó aún más. Sentí que debía huir, pero no de ella. Quería correr a sus brazos y besar sus senos, los cuales parecían escaparse de aquella sutil tela.

—¿En qué sentido?—pregunté intentando no parecer impertinente—. Es un honor, pero desearía saber los motivos.

Ella se incorporó mientras se reía. Parecía una niña jugando con mis nervios. Sin embargo, no permitía que notara que por un momento me sentí intimidado. El movimiento de sus caderas era hipnótico, pero aún más la profundidad de aquellas gemas oscuras que tenía por ojos. Sus pasos, cortos y femeninos, la llevaron hasta donde me hallaba. Sus manos se colocaron en mi torso desnudo y se deslizaron por mi vientre marcado.

—Como hombre leal al reino, ¿harías cualquier forma por complacerme?—preguntó con sus labios cerca de mi boca.

Estaba de puntillas y sus pechos rozaban la parte baja de mi torso. Intentaba ponerse a mi considerable altura, pero era imposible. Ella era de una estatura más baja, así como de una constitución menuda. Podía cubrirla con mi cuerpo con una facilidad terrible. Me imaginé mis manos agarrándola y sentí que se quebraría como una rama seca.

—¿Desea que la acompañe o tiene determinada alguna misión para mí?

Mis palabras sólo provocaron en ella una ligera risotada, después contemplé como se retiraba en silencio. Sólo dio dos pasos hacia atrás, colocó sus manos sobre el pequeño broche de esmeralda en forma de escarabajo, lo abrió y dejó caer sus prendas. Bajo estas había una mujer exuberante. Ella ya había dado a luz ya a dos hembras, las cuales no se hallaban muy lejos acompañadas de sus cuidadoras, aunque eso no era impedimento para tener un cuerpo delicioso. Me sentí tentado y actué sin pensar.

Me lancé a sus senos lamí sus pezones. Pude oler su perfume, el cual se elaboraba a base de lirios, que me cautivó y aún tengo presente. Acabé por succionar su pezón derecho y noté que salía leche de éste, ofreciéndome un caliente chorro, provocando que perdiera el control. Mis manos acariciaban sus caderas, viajando hasta su espalda y deslizándose hasta sus nalgas que apreté con violencia.

—Domíname—dijo—. Hazme tuya—indicó colocando sus manos sobre mis hombros—. Quiero sentir tus fuertes brazos rodeándome.

La acaparé contra mi cuerpo y la recosté nuevamente sobre las pieles. Mi figura era intimidante, pero ella parecía disfrutar de mis mordidas, besos lascivos y caricias toscas. La codiciaba. Olvidé por completo que ella era mi reina, que podía pedir que me decapitaran en cualquier momento, y me hundí en los placeres de mis más oscuras fantasías. Mi miembro cobró forma bajo mi falda de lino y mis escasas prendas que usaba como ropa interior.

Ella gemía abriendo sus piernas, pidiendo que llenara el hueco que su esposo no era capaz, convirtiéndola en un objeto de placer. Pero no era sólo un objeto. Para mí ella era un sueño que lograba acariciar. Alguna noche pensé en ella, en su cuerpo bajo el mío y en esos gemidos que ahora llevaban mi nombre. Por unos segundos me planteé que sólo deliraba en mi tienda, pero no era así. Ella era real y yo también.

Besé su rostro, el cual empezaba a perlarse por el calor que su cuerpo empezaba a tomar, para luego devorar sus labios. Sabía a dátiles. Unos dátiles deliciosos que habían alimentado su menuda figura. Mis manos, ásperas y grandes, apretaban con fuerza sus senos. Podía sentir la leche manchando mis manos, dejando que algunos hilos de leche salpicaran las pieles y corrieran por su vientre hasta su ombligo, así como hasta sus costados y canal entre sus pechos. Mi lengua rápidamente se apuró a lamer esa leche, tan cálida como espesa, mientras bajaba hasta sus piernas.

Abrí sus muslos, notando que sus piernas temblaban y, con desesperación pero sin nerviosismo, abrí los labios de su sexo y comencé a lamerlo. Primero lentamente, acariciando su clítoris con la punta de mi lengua, para luego hundirla saboreando este. No tardé demasiado en hundir dos de mis dedos con las yemas hacia arriba. Los movimientos eran rápidos, golpeando la zona exacta de su punto de placer, provocando que gimiera aún más, se retorciera y jalara de mis largos cabellos. Mis ojos se clavaron en sus labios carnosos y sentí que debía callarla, pero en ese momento llegó a su primer orgasmo humedeciendo las pieles de aquellos fieros animales.

Me aparté mirándola completamente sofocada. Lo hice deshaciéndome de mi ropa y ofreciéndole mi sexo. Ella, con ciertas dificultades, se incorporó y se lanzó a mis caderas. Colocó sus manos sobre éstas y yo coloqué las mías sobre su cabeza. Su lengua humedecía cada pedazo de mi sexo, apretando éste con sus carnosos labios y dejando que invadiera toda su boca. Sin cuidado la aparté, justo cuando creí que era suficiente. Hice que cayera sobre las pieles.

Ella me miró deseosa de seguir aquel juego, pero yo disfrutaba contemplándola tan sumisa. Me incliné besando su boca, mordiendo sus labios y tirando de éstos. Lo hacía con el miembro rodeado por mi mano derecha, jalándolo suavemente. Me masturbaba para ella, demostrándole cuan duro y grande podía ser.

Después de besarla, sin mucho cuidado, la empujé recostándola de espaldas, levantando sus caderas y penetrándola con fuerza. Ella gemía como las mujeres de las calles. Sus senos rozaban las pieles y sus caderas se movían con destreza. Jamás había estado con una mujer con tanta experiencia, pero ella parecía no haber gozado de ese modo con otro hombre. Tras varios minutos llegué al cielo. Pude sentir como llenaba su vagina con mi esperma y provocaba que ella cayera agotada sobre el enorme león.

—Te espero mañana, por la noche. Mi cuerpo te esperará impaciente—dijo mientras me apartaba de ella.

A penas era capaz de hilar algunas palabras, pero ella ya empezaba a exigir un nuevo encuentro. Aquello me preocupó, aunque recordé que al rey no le importaba la visita de otros hombres. Y, por supuesto, fui. No fue nuestro último encuentro. Estos se sucedían uno tras otro. Sólo cesaron cuando ella quedó gestando al primer y único primogénito varón, el cual no era más que un niño de escasos meses cuando aquel demonio atacó.



jueves, 3 de septiembre de 2015

Reyes

Gregory me ha narrado lo siguiente y yo lo transmito.

Lestat de Lioncourt

—Recuérdame porqué te soporto.

Su voz reverberó con la belleza de sus ojos, de mirada profunda, y de sus labios, carnosos y sensuales. Llevaba un vestido de lino blanco, con algunas joyas de oro con piedras preciosas engarzadas.

Ellos creían estar a solas, pero yo estaba oculto a un lado de la entrada de acceso al trono. Vigilaba. Para mí el trono, sus conversaciones y miradas, no tenían secreto. Ellos se desnudaban cada día mientras aguardaban a los escribas, así como el resto de la corte. Faltaban pocos minutos para la primera reunión de la mañana.

Dentro, ellos dos, sentados en el trono. Observándose como quien observa un cuadro fastuoso, increíble, pero inmerecido para sus ojos. Tenían una belleza mágica y cruel. En ella veía erotismo, crueldad, necesidad, sabiduría, deseo y odio a nuestras viejas tradiciones. Había cambiado el mundo y seguía haciéndolo, sin importarle nada.

—Necesidad—respondió él.

—No, no es necesidad—susurró.

Él era un hombre delgado, pero con cierta musculatura. Su rostro era mucho más fino que el mío. Recuerdo su piel ligeramente tostada, sus labios suavemente finos y su mentón ligeramente filoso. Tenía un rostro hermoso. Reconozco que era hermoso. Enkil tenía una belleza masculina muy distinta a la mía, pero cualquiera que lo hubiese visto aceptaría que no era un rostro vulgar.

—Entonces, si no es necesidad, ¿por qué me soportas?—preguntó.

—Podría pedir que te asesinaran, tener a otro consorte y ser feliz. Alguien que realmente me abrace en las noches y me hable de amor. No alguien como tú. Nunca me has mirado como una mujer. Tan sólo soy...

Uno de esos amantes era yo. Temía por mi seguridad. Aún era un hombre muy joven y apenas me podía considerar un buen guerrero.

—Alguien que quiero, admiro, respeto y acepto a mi lado porque ambos queremos éste trono.

Sonaba sincero, aunque no sabía si era cierto. Pero si él lo decía, de esa forma tan firme, debía ser cierto.

—¿De qué vale un trono si no somos felices?—susurró con cierta amargura.

—Poder, grandeza...

—Cierto—chistó.

—Tienes amantes, ellos te hacen feliz—le recordó sin apatía, sin burla u odio.

—Tú los matas—dijo Akasha.

—Por miedo—respondió.

—Yo no mato a Khayman—contestó herida.

Khayman, el mayordomo real, era un hombre de confianza que a todos nos provocaba temor. Enkil lo adulaba y reía ante cualquier comentario suyo. Podía verlos siempre por los pasillos. Aquella conversación me confirmó ciertas sospechas.

—Porque es complaciente contigo, amable con nuestros hijos y eso es suficiente para ti.

—Tú amas a Khayman—reprochó sintiéndose herida. Ella sí lo estaba. Deseaba ser amada por su esposo, pero no lo era.


—Pero te quiero a ti—dijo Enkil—. No te amo de forma romántica, pero acepto que nuestras conversaciones forman parte de mi día a día, de mi felicidad, de mis necesidades...  

lunes, 27 de julio de 2015

A espaldas de todos

Enkil y Khayman tenían algo más que una fuerte amistad... eso ya se veía venir. 

Lestat de Lioncourt


—¿Me has llamado?—su voz sonó masculina y desafiante. Sin embargo, poseía el mismo tono amable y servicial que solía ofrecerle. No obstante se encontraba terriblemente molesto.

—Khayman...—Enkil se giró hacia su mayordomo, y escolta personal, con la mirada apagada. Estaba sumido en preocupaciones que le afectaban el sueño y el apetito.

Akasha era una mujer desafiante y fuerte, digna del trono. Si bien, él quedaba opacado a un lado. Ella podía elegir a otro consorte, asesinarlo y hacerse con el poder sin levantar sospechas. Enkil sabía que no era amado ni respetado por su mujer, pero él tampoco la amaba. Jamás amó a Akasha. Sólo amaba a su pueblo, ambicionaba el poder tanto como ella y deseaba extender su territorio con su ejército de hombres llenos de sueños y sed de conquistas.

—Me has despreciado frente a todos, ¿cómo crees que debo tratarte? ¿Tan miserable te parece mi compañía?—preguntó sin apartar sus ojos oscuros de la tez bronceada de su amante, el rey Enkil, que parecía no querer enfrentar su mirada desafiante. Se acobardaba ante el hombre que le hacía suspirar bajo las sábanas de lino en mitad de la noche, cuando su mujer se marchaba buscando quien dejara satisfecha sus necesidades.

—No estoy de acuerdo con pasar por alto ese lugar estratégico. Akasha ha cambiado las leyes para que pudiésemos tener una excusa—se aproximó a él y lo tomó de los brazos, acariciando suavemente con sus dedos cara músculo de éstos—. Khayman, mi noble Khayman, ¿podrías seguirme hasta los confines del mundo si te lo ruego como se debe?—esbozó una sonrisa seductora, la cual rompió en mil pedazos la molestia de su leal sirviente, y rozó sus labios la comisura derecha de su boca.

El mayordomo se deshizo de las escasas prendas de su rey, para acabar palpando libremente su vientre formado y sus tentadores muslos. Un ligero suspiro de su rey provocó que se convirtiera en el apasionado amante que tanta satisfacción causaba al monarca, el cual no se reveló sino que se dejó tocar y aplastar contra la pared contigua. Khayman deslizaba su boca por su cuello, sus mejillas, su torso y pezones cuando el sonido de unos pequeños pasos rompieron el momento.

Seth entró precipitadamente en la habitación. El pequeño príncipe buscaba a su padre. Tan sólo tenía cuatro años. Era delgado, pero alto para su edad. El niño quedó frente a ambos, sin sentirse intimidado o confuso con aquella habitual escena, y esperó con paciencia que su padre se liberara de los brazos de su amante, se colocara sus prendas y lo tomara en brazos con el cariño que siempre le había demostrado. Khayman tan sólo decidió salir de la habitación.


Fuera el sol calentaba las arenas, se mostraba imparable como el imperio que estaba construyendo Enkil. Las oscuras arenas de Kemet se extendían más allá del horizonte, mucho más allá de lo que alcanzaba a ver. Se sintió sobrecogido. Irían a las tierras de las hechiceras pelirrojas y provocarían a éstas para arrebatarles todo. Se encontraba en una posición difícil, pero amaba demasiado a Enkil para no apoyar sus planes. Aquel noble y leal mayordomo sabía que haría lo que su desdichado rey le exigiera.  

domingo, 7 de junio de 2015

La última batalla

Khayman era y será una figura clave en nuestra historia aunque haya desaparecido.

Lestat de Lioncourt

Cuando la venganza se convierte en tu medio de vida acabas perdido, igual que un idiota en el desierto. Jamás busqué venganza. Sólo quería que ella desterrara la idea de destruir a las gemelas. Para mí era importante saber que ellas, las mujeres a las cuales le di la vida eterna, jamás se convirtieran en trofeos de guerra. Sin embargo, el dolor cubrió el mundo entero y ella terminó vistiéndose de luto en su propio funeral.

Siempre mantuve la esperanza. Jamás permití que la ira y el odio me consumieran como una vela encendida. La esperanza habitaba en mi pecho y esperaba que la mujer que una vez me salvó, que quiso rescatar lo poco que quedaba de mí, recordase la escasa bondad que sostuvo una vez. Sin embargo, esa bondad había quedado consumida, alterada, hundida en los recuerdos y convertida en polvo. En ella sólo quedaba ambición y terquedad.

Mi amor por Maharet era tan grande que siempre luche por salvarla, por mantenerla viva lejos de todos los guardianes y guerreros que podía tener la reina malvada, pero finalmente me convertí en un lastre. Yo, el Benjamín del Diablo, era un ser terrible cuando alzaba la espada y gritaba a la guerra... una imagen que pocos conocían y ella había visto en demasiadas ocasiones. Si bien, en los últimos siglos, la paz llegó. Fue un bálsamo agradable que se untó por todo mi cuerpo y me hizo sentirme a salvo.

Pero la tragedia volvió. Regresé al sendero de la sangre, el fuego y la destrucción de las almas. Me alcé como un monstruo y permití que otro se adueñara de mis pensamientos. Lloré su perdón. Supliqué su ayuda. Imploré que me salvara del desastre. Odiaba saber que mis manos tenían sangre inocente. Detesto que otros piensen que jamás me dolió arrasar vidas, pues incluso los villanos y crueles asesinos eran para mí víctimas de mi espada. Nunca me agradó la guerra aunque formé parte de sus filas.


Mi espíritu está en paz. Mi tiempo ha finalizado, pero no ha acabado para nuestros descendientes. La calma se ha derramado sobre las cabezas de los supervivientes y eso, sin duda alguna, me hace sentir feliz.  

martes, 7 de abril de 2015

Mi humanidad perdida

Siempre lo recordaré como un hombre sosegado, pero también como un vampiro digno de ser observado, comprendido y temido.

Lestat de Lioncourt


Muchas veces he deseado probar de nuevo un melocotón. He imaginado como mi cuchillo lo cortaba, sacaba su hueso y lo lamía, para luego masticar con cuidado la pulpa. Podía hacerlo sentado frente a una tosca mesa de madera, en las escaleras de mi vieja vivienda o mientras cabalgaba por el desierto soportando su luz y su calor. Ya casi no recuerdo esa extensión terrible, amarilla como el oro puro recién bruñido, convertida en una manta voraz con sus múltiples dunas.

También he imaginado que levantaba una jarra de cerveza, brindaba por mis viejos amigos y reía como en otras épocas. He reído hasta el llanto, pero apenas puedo recordar el sabor del manjar que se derramaba por mi garganta. Por supuesto, está el sabor de la carne y de la tierra cuando caía en medio de las luchas, inclusive mi propia sangre y el frescor del agua tras un combate.

Puedo sentir en mi piel el sol dorándola, dándole aún más color, mientras mi larga melena se movía como una prenda puesta a secar. Recuerdo bien mis pies, casi desnudos, hundiéndose por la vereda del río, observando los campos y los brotes nuevos. Creo que todavía llevo conmigo el murmullo del agua.

¿Alguna vez fui humano? Sin duda. Tuve una familia, un buen padre y una madre preocupada. Aprendí a ser un buen mayordomo, pues ese era mi deber. Los mayordomos debíamos ser eficientes, rápidos mentalmente y fuertes para luchar junto a su rey. Él era mi amigo. En ocasiones me realizaba una serie de confidencias, se apoyaba en mí y rogaba que nos abrazáramos con fuerza. Había momentos tan cruciales para el reino que se sentía solo, perdido y abatido. Sin embargo, mi misión era servirle y darle el aliento que parecía perder.


Sí, fui humano. Sin embargo, los recuerdos parecen de otro.  

martes, 23 de septiembre de 2014

Riders on the storn

¡Milagro! ¡Khayman, el hombre de los abrazos peligrosos, ha regresado para narrarnos algo! Bueno, tengamos en cuenta que tuvo un pasado difícil, pero siempre fue realmente leal a su corazón y a lo correcto. Khayman, el hombre que quiso que Akasha entrara en razón y que por supuesto ama a Maharet y todo lo que simboliza las Gemelas Pelirrojas. 

Lestat de Lioncourt 

¿Puede el amor superar cualquier obstáculo? ¿Y el dolor? ¿Puede superarse el dolor? ¿El dolor es una maldición? Quizás cada célula de nuestro cuerpo tiene una maldición propia, de un tiempo ilimitado, y provoca que el dolor se concentre en los recuerdos que esta posee. Los recuerdos, dulces o amargos, pueden convertirse en fuente de terribles desgracias. La mayor desgracia que he vivido fue sin duda hace muchos miles de años, tantos millones de años como granos de arena puede acumularse en las dunas del desierto.

Suelo salir a últimas horas de la noche. Los atardeceres son encantadores en algunas zonas del mundo donde me he refugiado. Un monstruo como yo, el cual ya ni siquiera precisa tomar sangre con frecuencia, se siente humano cuando viste con trajes elegantes y enfunda sus guantes de conducir. El murmullo de los motores de mis deportivos es como el ronroneo de un gato, el cual activa emociones que creo poder controlar. El mundo entero se desliza bajo los neumáticos y se guían por las señales luminosas de los semáforos. Me concentro en cada calle, en los diversos edificios y la vida que contiene. Las lejanas luces de la ciudad se convierten en luciérnagas cuanto más alejado estoy. En mi retrovisor puedo observar el mundo de forma distinta. Mis ojos castaños, casi oscuros, se concentran en cada recorrido intentando olvidar. Pero para un ser como yo, tan viejo, es imposible concentrarse en algo más que las palabras que no fueron dichas, caricias prohibidas y momentos que fueron su condena.

Aún recuerdo el calor del sol sobre mi piel, tostándola, mientras la sangre salpicaba mi torso desnudo y mi brazo derecho alzaba mi espada para enterrarla en el enemigo. Los clanes caníbales, aquellos que cazaban a otros como ellos, caían derramando su sangre en las orillas del río Nilo. Los dioses estaban de nuestra parte, o eso pensábamos, pero pronto me percataría que era sin duda una ilusión. ¿Existen los dioses? En aquella vida parecían tan reales como el último aliento de mi oponente.

En mis manos tenía poder, era el guerrero más diestro del reino y había jurado lealtad absoluta a mi rey. Viajábamos por todo el valle del Nilo buscando la paz realizando actos terribles. Sin embargo, era por el bien de nuestro pueblo y su prosperidad. El amor era algo lejano, aunque tenía sentimientos encontrados hacia mi amigo, el cual era como mi hermano y mi soberano. Pero, entonces apareció ella.

Juro que jamás he visto una mujer con tanto coraje y sabiduría. La belleza de Maharet iba más allá de su físico, su cabello anaranjado era puro fuego sobre leche recién ordeñada y sus labios, rosas pálidos, eran delicados. Hablaba con firmeza mientras observaba con sus ojos verdes, como las hermosas esmeraldas que a veces decoraban las salas más lujosas del palacio y el cuello de la reina, a los espíritus que bailaban junto a ellas bajo la lluvia y a través de los rayos del sol. Su hermana era más callada, casi tímida, porque parecía que sólo quería comunicarse con su igual. El silencio místico de los gemelos, las miradas y los gestos, eran hechos en nuestra presencia. Akasha se equivocó. Ellas no precisaban de vista y lengua para entenderse.

Juré lealtad y ese fue mi mayor pecado. Tuve que violar a ambas mujeres, a pesar de mi firme creencia en sus poderes y sabiduría, frente a tantos que me turbó. Miriam nació fruto de esa terrible unión. Una niña que sólo vi en una ocasión y que me robó por siempre el corazón. Amo a mi familia. Nos hemos convertido en el germen de la Gran Familia Humana. La familia que tiene cientos de razas, dialectos, creencias y lugares donde dejan que sus raíces se echen con la pasión del calor del desierto que aún recorre su sangre.

Cada célula de mi duro cuerpo ha cambiado. Estoy maldito. Jamás podré morir. Tendré que aceptar la muerte de mis descendientes mientras el sol se pone y la luna se alza. La noche, con todas sus estrellas, es la maldición más hermosa que jamás he conocido. La otra, el amor que siento por Maharet y mi absoluta lealtad, es fruto de una maldición más allá de células o sangre... está en mi alma.

«The world on you depends. Our life will never end. Gotta love your man, yeah! Wow! Riders on the storm... »

El mundo siempre estará a sus pies y yo arrodillado frente a ella, pues por siempre estaré en deuda. Las maldiciones se rompen, pero algunas están hechas para durar eternamente. Nosotros jamás moriremos.

«Into this house we’re born. Into this world we’re thrown.»


Seremos estrellas que jamás perderán su brillo en una noche eterna. En éste mundo nacimos y en éste mundo permaneceremos.  

sábado, 26 de julio de 2014

El secreto del faraón

El secreto del faraón es una de las memorias más antiguas que existen actualmente, procede de Khayman y si ha querido contarla es porque cree que ya es tiempo. Espero que les interese, pues comprenderán mejor quizás el motivo de su lealtad. 

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo los soleados días en los cuales la felicidad no parecía pasajera, sino instalada en cada uno de nuestros corazones. A pesar de todo mi dolor estaba ahí, como una profunda brecha que rompía mi corazón. El calor sofocante del medio día era ya parte de nuestro pasado y el futuro era la noche. El palacio se hallaba en penumbras, iluminado sutilmente en algunos puntos debido a las lámparas de aceite y las diversas antorchas. Las diversas columnas palmiformes que se elevaban en la sala del trono parecían ser mis únicas compañeras esa noche, como casi todas las noches, mientras dejaba que mis pensamientos se evadieran más allá de lo terrenal.

Pensaba en mi padre. Su muerte me había consternado. El no haber podido celebrar el ritual que bien conocían mis ancestros, ese tan abominable para Akasha, me preocupaba. Había contemplado como embalsamaban su cuerpo, colocaban los aceites sobre su dorada piel y cepillaban sus largos cabellos. Había muerto joven aún para ser un escriba, pues poseían mayor y mejor vida que cualquier sirviente o guerrero. Cuando introducimos su cadáver en el sepulcro me eché a llorar, igual que un niño, buscando desconsoladamente los brazos de mi madre. Ella los abrió igual que un ave abre sus alas, me rodeó con ellos y me aseguró que encontraría la luz perdida.

Habían pasado dos semanas desde el fallecimiento de éste, las mismas que Enkil y yo habíamos permanecido en silencio. Ocasionalmente nos observábamos, igual que cuando éramos unos muchachos, y después morían nuestras palabras fruto del desconsuelo. Necesitaba su apoyo, pero él no podía mostrarse benévolo con un sirviente. Yo sólo era su leal compañero de armas, un buen guerrero, que cuidaba la seguridad interna en palacio con un pequeño grupo de hombres fuertemente armados.

—Sabía que te encontraría aquí—su voz reverberó en aquella gigantesca sala.

Los dos tronos, hechos de oro y piedras preciosas, se alzaban magníficos sobre la pequeña elevación de la sala. La alfombra de lino teñido de rojo, con distintos entramados dorados y blancos, creaba un magnífico camino hacia ambos asientos. Las plantas interiores parecían crear un pequeño oasis verde, lleno de vida, que evocaba el poder sobre la naturaleza. Todo estaba medido. La luz de la luna penetraba débil, como si estuviera muriendo, y las antorchas vibraban en la oscuridad como si fueran espíritus atormentados.

—Mi señor—dije con una leve reverencia—. Le hacía dormido.

—Sabes bien que mi lecho es incómodo—susurró aproximándose a mí—, y muy frío a pesar de ser una noche tan cálida.

—Es extraño, pues el cuerpo de Akasha parece tibio—respondí dando un paso hacia atrás—. Debo revisar la habitación de su primogénito, pues toda seguridad es escasa cuando el futuro rey de Kemet se halla indefenso.

—Bien sabes que no es mi primogénito, sino el tuyo—sus ojos oscuros y almendrados, tan parecidos a los míos, se fijaron en mí con dolor y resignación—. Soy incapaz de hacer gozar a mi esposa, envié a mi sirviente para que copulara con ella hasta concederme un hijo y permití que el hombre que amaba me rompiera el corazón alejándose de mí. Hice todo eso con sólo aparecer ante ti aquella noche y formularte mi petición. ¿En qué clase de hombre me he convertido? ¿Qué clase de dirigente seré?—preguntó con la voz quebrada—. Khayman, ¿por qué no me has dirigido la palabra?

—Por el mismo motivo que tú no lo has hecho conmigo—respondí tajante y frío—. Hace ya más de cinco años que el niño nació, ¿a caso necesitas recordarme a quién se parecerá cuando llegue a la edad adulta?—mis ojos se volvieron gélidos, aunque mi corazón latía apasionadamente—. A ti no te reprocho nada, pero sí a tu esposa.

—¿Se puede considerar esposa a una mujer con la cual no se ha consumado?—se precipitó hacia mí y con un par de zancadas me atrapó. Sus manos ásperas se colocaron en mi rostro, sus dedos tocaron mis pómulos y bordearon la comisura de mis labios—. Si debo considerar compañero alguno es a ti, que siempre has estado en mi vida de un modo u otro.

—Pero a ella le das el poder de cambiar nuestras creencias, ceremonias y pensamientos. ¿Qué será lo próximo?—dije tomando sus brazos por las muñecas, las cuales tenía llenas de brazaletes de oro como todo hombre de su posición. Eran las joyas heredadas por su padre, las cuales debía portar un gobernante. Su padre, el hombre más bondadoso que había conocido, murió mucho antes de observar como su hijo destrozaba su legado para satisfacer a una mujer extranjera.

—Khayman, ¿estás celoso?—preguntó perplejo, pero pronto se echó a reír acercando sus labios a los míos.

Aquel beso, en plena penumbra y en mitad del trono, me hizo bajar la guardia. Mis manos se colocaron en su cintura, atraiéndolo hacia mí, mientras nuestras lenguas se convertían en serpientes y nuestros cuerpos se encendían. Las suyas, mucho más hábiles y urgidas, buscaron levantar mi falda y finalmente acariciaron entre mis muslos. No era la primera vez que intimábamos de ese modo, más bien habíamos dado por terminada nuestra relación hacía años y aún así había noches furtivas, las mismas en las cuales nos buscábamos sin siquiera pensarlo, para ser dueños de nuestros deseos.

—Quítame mi falda real, tira al suelo la fina tela cargada de bordados sobre mi valentía, y domina mis sentidos... Khayman—murmuró con los labios temblorosos, y algo rojos, mientras se apartaba a penas unos centímetros de mi rostro—. Hazlo.

Él podía sentir como le acariciaba los músculos de su espalda y recorriendo caminos diversos, buscando erizar el vello de su nuca, pero deseaba algo más intenso. Los dedos de su mano derecha ya tiraban de mi miembro, sin un ápice de pudor, pero pronto se arrodilló frente a mí, como si fuese mi siervo y me quitó la única prenda que cubría mi figura. Mi falda de lino cayó sobre la alfombra y mi sexo se mostró despierto, buscando quizás las caricias apropiadas de su lengua y el calor de su aliento.

Sus ojos eran dos esferas negras que brillaban con luz propia, como si en las sombras se pudiese encontrar nuevas estrellas más magníficas que las ya conocidas, y en los míos se reflejaba su hermoso rostro ovalado. En aquellos días amaba a Enkil y me sometía a sus caprichos, pues a pesar de todo mi amistad y mi pasión llevaban su nombre.

—Es todo tuyo—dije tomándolo desde la base con mi mano derecha, para acariciar su boca con mi glande e introducir éste entre sus labios. Su lengua salió al encuentro lamiendo el meatro arrancándome el primer gemido.

Mi sexo entró en aquel cálido espacio, tan húmedo como confortable, provocando que se hinchara por el placer. Tuve que echar mi cabeza hacia atrás mientras le tomaba de la suya, hundiendo mis dedos entre los largos mechones de su cabello. Mis caderas no tuvieron piedad y comenzaron a moverse suave en un principio, pero pasados algunos segundos el ritmo fue tortuoso. El sonido de mis testículos golpeando su mentón, junto con el chupeteo de su boca y mis jadeos, se precipitaba contra las columnas y los altos muros, extendiéndose por los pasillos próximos y saliendo al jardín esfumándose hacia las estrellas.

Mis dedos presionaban su sien cuando decidió entrecerrar eróticamente sus ojos. Aquellos párpados terminados en espesas y largas pestañas, tan perfectos, se echaban casi al completo y su mirada se volvía turbia, como si el placer lo matara por dentro. Sus manos habían levantado su falda, mostrando así sus rodillas clavadas en el piso y su sexo endurecido.

Olvidé quienes éramos y que hacíamos allí, como si todo aquello pudiese ser un perverso sueño de los dioses. Su nariz rozaba mi vientre y su aliento acariciaba mis húmedos vellos púbicos. En ningún momento sequé mi frente, sino que permití que mi cabello se pegara a mi cuello y a mis hombros, así como a mi rostro.

Cuando prácticamente alcanzaba la cima del placer, él se apartó. Como si fuese una mujer se recostó en el fresco suelo, rozando con sus brazos la alfombra, y abrió sus piernas. La primera vez que lo hice mío fue en medio de una contienda, éramos a penas unos niños y la necesidad nos hizo buscarnos en medio de la noche. Habían pasado más de quince años desde aquel momento. En ese privilegiado instante ya éramos hombres adultos, comprendíamos el poder de la palabra y el motivo de cada una de nuestras acciones. Su figura temblaba, al igual que su boca carnosa.

—Te amo—llegó a confesar una vez más, después de tantas semanas odiándonos en silencio.

—Yo también a ti, Enkil. Sin embargo, jamás perdonaré tus malas decisiones—respondí inclinándome hacia él.

Mi colgante de escarabajo rozó su pecho, igual que la punta de mis mechones, mientras mis manos tomaban sus caderas y las atraía hacia mí. Cuando mi glande empujó hacia el interior de su cuerpo, abriendo y dilatando de forma tosca su entrada, gemí y sollocé. Él, rápidamente, echó sus brazos sobre mis hombros desnudos, apretó con la yema de sus dedos y clavó sus uñas en mi carne. Nuestras bocas se buscaron una vez más, las lenguas comenzaron a dialogar entre jadeos y ambas caderas comenzaron a llevar una danza erótica y rítmica.

Los dos tronos eran testigos de aquel momento, tan mudos como fastuosos, mientras que los distintos símbolos impresos en los muros narraban la historia de Kemet, la misma que se estaba escribiendo aún esa noche. Él gemía igual que una mujer, con el mismo tono, en forma de lamento. Sus largos cabellos negros, tan largos como los míos, tenían pequeños hilos de oro trenzado en pequeños mechones. Algunos de esos mechones caían sobre su torso, algo marcado y de pezones color caramelo, moviéndose como si fuera Apofis, el mismo que impedía que la barca solar de Ra defendida por Seth nos diera una nueva mañana.

—Khayman... —jadeó apartando su boca de la mía, para echar su cabeza hacia atrás y moverla de un lado a otro como si estuviera en trance. Sus cejas se fruncían como si estuviesen torturándolo, sin embargo sus labios se abrían para liberar gemidos cada vez más intensos.

—Enkil, amor mío—dije hundiéndome en su pecho para besarlo—, deseo que tu corazón siempre sea mío—murmuré entre jadeos mientras mis manos se deslizaban hacia la alfombra, para aferrarme a ella y poder tener mayor impulso.

—Te juro por Hathor que siempre lo será—su voz era cada vez más quebradiza, casi inaudible, pero su mirada se intensificaba como si fueran los rayos más ardientes del sol.

Nuestras caderas chocaban con furia y nuestras bocas se volvieron hambrientas. Llegué a morder su cuello mientras él se ocupaba de uno de mis hombros, atacándolo con lametones similares a los de un gato. El momento crucial llegó, mis manos se despegaron de la alfombra y se cruzaron con las suyas, enredando nuestros dedos. Él eyaculó primero, apretando sus nalgas y logrando que yo no pudiera soportar más aquella tortura. Me miró suplicante, perlado de sudor y con los labios color carmín.

—Tú eres los ojos de la luna y el sol, tú eres Horus que ilumina mis senderos. Me has hecho vibrar como hacía años. Khayman, nunca te alejes de mí—dijo aquello con esfuerzo mientras sus piernas caían agotadas y su pecho se movía agitado, pues a penas podía respirar—. He sentido como el Nilo se desbordaba entre mis piernas...—murmuró riendo bajo mientras me rodeaba con sus brazos, llevando sus manos a mi cabeza y obligándome a recostarme sobre su torso. Podía escuchar su corazón acelerado y eso me hizo ver lo importante que era aquel instante—. Tengo miedo.

—No tengas miedo, pues siempre estaré a tu lado.


Si hubiese sabido que Akasha me enviaría a buscar a esas pobres hechiceras y que todo cambiaría, absolutamente todo, hubiese aprovechado esa noche con mayor intensidad. Siempre creí que ella no nos dividiría, pero nos mató a los dos y nos alzó hacia la eternidad. Jamás quise estar en su contra, pero no tuve elección. Jamás dejé de sentir amor y respeto por Enkil, pues jamás dejaría de ser mi primer amor.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt