Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 30 de marzo de 2017

Bondad o malicia.

Rhosh y Benedict... son extraños, pero creo que se complementan bien.

Lestat de Lioncourt 




—El mundo siempre seguirá su curso de destrucción. De eso estoy seguro. No importa cuántos años pasen. Deja de llorar por ese motivo. Nadie merece tus lágrimas—decía observando como crepitaba la leña en la hoguera.

La familia de guardeses que se hallaban en las inmediaciones habían logrado al fin cierta paz. Su hija, discapacitada desde su concepción, había muerto hacía meses y ahora el luto parecía ser menos turbio y doloroso. Habían aceptado el hecho que esa criatura no estaba predestinada a vivir mucho tiempo. Yo había costeado costosos tratamientos para mejorar su vida y prolongarla, pero fue inevitable. Él los había visto y se compungió al saber cómo habían sido los hechos.

La joven murió por una negligencia médica, la cual ya ha sido “subsanada” por la justicia. Aún así, los dos se veían imposibilitados para mantenerse en pie. Por mi parte les ofrecí quedarse aunque no cumplieran su función. De todos modos jamás exigí que trabajaran. Siempre les dejé vivir a sus anchas y les hacía creer que eran imprescindibles.

—¿Ni siquiera tú?—preguntó con los ojos embarrados en lágrimas sanguinolentas.

—Benedict, no seas sentimental—dije algo frustrado.

Movía la pieza de ajedrez deseando que él hiciese un nuevo movimiento. Él sólo jugaba para entretenerme y contentarme, pues sabía que lo que más deseaba en esos momentos no lo tendría. Reconozco que a veces soy algo atroz y miserable, incluso frío. Tal vez lo hago porque no quiero que nadie vea lo débil que soy cuando él me contempla y sonríe.

—Maestro, eres algo más que un amor al cual no puedo negar nada—murmuró incorporándose para aproximarse a mí en un brinco, sentarse sobre mis rodillas e intentar limpiar sus lágrimas con el suéter fino que había elegido para cubrir su torso—. Ni siquiera puedo negarte mi llanto.

—Tu llanto me enfurece—comenté chasqueando la lengua.

—¿Por qué?—preguntó tomándome del rostro con esas manos suaves, algo pequeñas para su estatura, y blancas como si fuera una estatua de mármol. Siempre había sido hermoso, pero el paso de los años, o mejor dicho de los siglos, le había hecho aún más atractivo. Sus ojos eran de un color miel intenso y sus labios sonreían con el color típico de pétalos tiernos y pálidos de rosas rosas.

—Porque me duele ver tu dolor—expliqué—. Detesto que sufras. Abandona la piedad hacia otros.

—¿Cuál piedad?—sus ojos brillaron como los de un gato y luego se recargó contra mi pecho. Supongo que quería escuchar mejor los latidos de mi corazón para sosegarse—. Olvidé qué era eso cuando asesinamos a Maharet y Khayman—su voz se quebró, pero se mantuvo sereno. Al menos, no lloró.

—Olvídalo. No fuimos nosotros—dije acariciando sus cabellos castaños.

—No—contestó casi sin aliento—. Amel estaba en ti y yo sólo lo hice... Lo hice por mí mismo.

—Lo hiciste por mí, porque creías que yo te lo exigía—respondí.

—Soy un asesino—pronunció enterrando su rostro en mi pecho. Pude notar su perfecta nariz entre mis pectorales. En ese momento lo abracé con fuerza, como si alguien me pudiese arrebatar a aquel muchacho y suspiré.


—¿Quién de nosotros no lo es?—dije, pero no tuve respuesta. Él sólo se mantuvo en silencio durante horas permitiendo que lo acariciara y amara de una forma para nada pueril.  

lunes, 20 de febrero de 2017

Benedict...

Hermoso, ¿no creen? Bueno yo lo veo hermoso...

Lestat de Lioncourt


El mundo está lleno de momentos magníficos, llenos de una vida y una calidez mágica, aunque vivamos en la profunda oscuridad y en ocasiones nos perdamos sintiéndonos profundamente solos. Recuerdo cuando lo hallé inclinado sobre un escritorio, con la mente dispersa y la pluma rápida. Sus ojos no se apartaban del pergamino, pero su mente volaba por los cielos nocturnos intentando imaginar cómo sería el rostro de Dios, si este podría escuchar sus pensamientos y ruegos. Deseaba comprender si se había equivocado al aceptar ser monje, pues no creía que una vida perdida en una abadía pudiese compensar una vida en libertad, aunque sin tierras ni honores como sus hermanos mayores.

Decidí secuestrarlo, encerrarlo en una de las habitaciones que poseía mi fortaleza y acompañarlo en las noches ofeciéndole comida suculenta, bien sazonada, con jarras de vino y cerveza. Cuando lo hacía mi corazón se sentía invadido por una pena terrible, un coraje atroz hacia mí mismo y un deseo indomable.

Recordaba los viajes por Creta, el viento acariciando mis rubios cabellos, el olor a mar, el sonido de las olas rompiendo contra el casco del navío que cruzaba esas aguas turbulentas y llenas de misterios. Era un marinero, un comerciante, el hijo de un hombre importante y de la nada me convertí en esclavo, sometido a la voluntad de una supuesta diosa y convertido en lo que soy ahora. Revivía el calvario y me preguntaba si él, Benedict, estaba sufriendo como yo lo había hecho.

Sin embargo, pasando las semanas, mientras crecía con normalidad sus cabellos, él sonreía y agradecía mis conversaciones. Las historias que contaba a él le hacía sentirse vivo. Por mi parte, yo me sentía extremadamente dichoso porque dejase el llanto. Pues cuando llora, cuando las lágrimas bordean sus dulces mejillas, caigo en la cuenta que soy un monstruo y siempre lo seré.

Hemos estado separados en alguna ocasión, pero acepto que no puedo vivir sin él. Siento una opresión malsana en mi pecho, como si largos dedos de unas garras siniestras me atraparan el corazón. Acepto que le amo. Es la única creación que amo de este modo. Daría todo por él y sé, para mi desgracia, que él daría todo por mí. Cuando me convertí en el asesino de Maharet, de una pobre ilusa que siempre hizo grandes acciones llenas de virtud, él estuvo ahí apoyándome y ayudándome sólo porque me amaba. Me convertí en un traidor y a él lo hundí conmigo, pero nunca me lo ha reprochado.


En ocasiones, me miente. Sé que me miente. No necesito ver sus lágrimas para comprender que la tristeza lo cubre por completo. Quiero decirle que no lo haga, que respete la verdad, pero luego comprendo que lo hace para que yo sea libre... libre... ¿Libre? Ah, para él es libertad, si bien para mí son cadenas. No puedo ser libre y estar en paz cuando sé que él sufre horriblemente porque aún, pese a todo, sigue creyendo que es un monstruo, que Dios le ha dado la espalda y que algún día pagará por sus pecados.  

jueves, 25 de agosto de 2016

Lecciones de honestidad

Estas palabras me han llegado a través del propio Gregory... está escribiendo para desahogarse.


Lestat de Lioncourt


Parece que fue ayer mismo, pero ya han transcurrido algunos años. Hoy, tras una noche agitada de reuniones demasiado comprometedoras para el futuro de mis empresas, puedo al fin sentarme a retomar mis memorias. Quizá sean demasiado injustas llegado a este punto, pues me encuentro algo sosegado y alejado de los sentimientos terribles que vinieron a mí por aquellos días. Aún así, necesito hacerlo.

Fue terrible saber que ella estaba muerta, pero lo fue más aún al saber la forma en la cual había sido asesinada por aquel que me salvó la vida. Un fuerte sentimiento de culpa cayó sobre mis hombros, pues fui el primero en hundirla en el dolor más atroz. Ella me perdonó. Hizo acopio de toda su bondad y logró perdonarme, aunque jamás salieron palabras algunas de sus labios para hacerme entender que se sentía en paz conmigo y mis remordimientos. Aún así la sentí rondar el edificio donde convivo con un reducido grupo de fuertes y antiguos inmortales.

La muerte de Maharet, como la de Khayman, se convirtió para mí en un golpe terrible. Deseé en muchas ocasiones ponerme en contacto, pero me faltaron agallas. Ya no éramos los enemigos que Akasha se empeñó que fuésemos, sino monstruos que vivían en paz en una sociedad llena de tumultuosas discusiones sin sentido. Provocó que la nostalgia y la culpabilidad volvieron a mi corazón nada más saber que jamás podría rogar perdón públicamente ante el resto de vampiros.

Sólo tenía dieciocho años cuando me convertí en uno de los generales más importantes del ejército de Kemet. Algunos lograban tan alto rango pasada la veintena, cuando su etapa en la milicia llegaba a su plenitud. La mayoría quedaba en el camino moribundos por las guerras o enfermedades que a veces asolaban a la población. Recuerdo como mis hermanos no sobrevivieron a los quince años y algunos murieron en una refriega algo salvaje con un pueblo nómada en una de las fronteras. La reina Akasha decidió exigir a Enkil que me convirtiera en su escolta personal y el idilio comenzó.

El pecado de la carne, como los llaman hoy día creyentes de diversas religiones, apareció como si fuera una virtud y no un defecto. Ella deseaba florecer como un árbol y dejar que su semilla echara raíces en una tierra que no era suya. Provenía de una cultura distinta, pero adaptó la nuestra a sus intereses. Los muertos dejaron de consumirse ofreciéndoles un envase inmortal, gracias a la momificación, para que pudieran atravesar el mundo de los muertos. Muchas tribus se sublevaron pero yo no fui a defender los intereses de nuestro pueblo. Sí lo hizo Khayman junto a Enkil aplacando las protestas a base de cuchillo y esclavitud. Yo me quedé custodiando a la mujer que codiciaba introduciendo en ella una semilla que germinó rápidamente.

En una de esas refriegas, cuando Enkil logró capturar a unas hermanas hechiceras que ella codiciaba por su supuesto lazo con los espíritus, tuvimos un hijo. Yacía en su cuna cuando Maharet y Mekare, las Gemelas Pelirrojas, comparecieron. Ellas eran las mujeres que debían ser arrestadas, esclavizadas y torturadas por intentar consumir la carne de su madre Miriam, la hechicera más poderosa de todo el valle del Nilo. Ante ella los espíritus decidieron hablar por medio de las hermanas, pero sus respuestas fueron insuficientes para la reina de un territorio en expansión, que poco a poco se envenenó con la soberbia y el poder, provocando que cualquier palabra fuese vacía, insignificante o nula. Ellas fueron violadas por el mayordomo real, la mano derecha del rey, tal y como él lo dictaminó.

Cuando Amel atacó a Khayman tanto Enkil como Akasha aparecieron. Él amaba a Enkil, era su verdadero amor y el símbolo de las grandes victorias. Khayman era sensato, honesto y leal a su rey. Sin embargo, en el campo de batalla era cruel y desdeñoso. Recuerdo que lo llamaban “Benjamín del Diablo” y todos lo veían como un chacal o un perro salvaje que nunca soltaba su presa. La noche en la cual los tres cayeron bajo una horda de puntos rojizos, como si fueran avispas, yo estaba allí. Vi como se alzaban sus cuerpos y se convertían en monstruos. Ella me convirtió a mí y Khayman huyó para salvar la vida a las hechiceras, pues una de ellas había engendrado a una hija. La sangre de un hijo siempre es más densa que cualquier palabra dada a un rey o supuesto dios.

Yo debí huir tras él para apoyarle, pero me quedé y me convertí en un Sangre de la Reina. Empezamos a luchar contra los enemigos del reino de Kemet y sus dioses. Se consideró entonces a Enkil como Osiris, Akasha como Isis, Anubis fue Khayman y yo me convertí en Horus mientras que mi hijo con Akasha llevó desde su nacimiento el nombre de Seth. Así fue como la religión caló hondo en las creencias, intrigas palaciegas y sospechas de todos los presentes en la corte, en las calles, en el territorio de Kemet que pasó a llamarse Egipto.


Cometí el pecado de ir contra Akasha pasadas algunas décadas y fui encerrado vivo tras unos gruesos muros, Rhosh se enteró de mi pecado antes de huir para acabar regresando para liberarme. Y he ahí el pecado mayor. Rhosh me salvó, pero decapitó a la mujer más dulce y bondadosa que he podido conocer. La misma mujer a la cual yo le tuve que sacar los ojos y enviarla lejos de su hermana, Mekare, a la cual le saqué la lengua. Nunca pude pedir disculpas porque jamás me vi con fuerzas de hacerlo, aunque ella venía a verme sin juzgarme sólo para comprobar que ahora era un hombre decente. El hombre que debí ser aquella noche.  

jueves, 4 de agosto de 2016

Culpable.

Y pensar que Benedict es mi abuelo y Rhosh mi bisabuelo en lo que respecta a "origen de mi sangre". 

Lestat de Lioncourt. 


Me situé de nuevo ante aquel viejo conocido. Estaba intentando redimir todos mis pecados, pero estos eran tan pesados que apenas podía respirar. Mis ojos se llenaron nuevamente de pecaminosas lágrimas sanguinolentas mientras caía de rodillas. Estaba angustiado y no sabía a quién acudir. Comprendía que lo había hecho por amor, como muchas guerras se habían cometido en nombre del amor a Dios, pero esa no era el mejor método de solucionar las cosas.

Al fondo podía ver las velas encendidas como plegarias a la virgen, una hermosa escultura datada con más de tres siglos, y al otro extremo de la iglesia estaba San Judas con sus manos abiertas hacia el público y un rostro algo aniñado pese a la poblada barba perfectamente tallada. En una esquina, casi oculto, había un pequeño santo que decían que concedía milagros. Pero frente a mí, en esa inhóspita cruz, estaba el salvador de la humanidad observándome con bondad pese al dolor de sus heridas.

—Perdóname, perdóname... —murmuré antes de escuchar como alguien más accedía al templo mientras el párroco estaba en la vicaría junto a su adjunto.

—¿Otra vez?—su voz siempre me hacía temblar como la primera vez. Causaba un torbellino de emociones que no podía controlar—. Sabía que te encontraría aquí rindiendo cuentas a un pedazo de madera.

—No hables así—dije con la voz temblorosa—. Son mis creencias...

—Absurdas, sin duda—comentó caminando con elegancia hasta donde me encontraba.

Accedió por el pasillo central pasando por alto a la mujer que se había dormido en uno de los bancos. La pobre desfalleció tras horas rezando angustiada por la suerte de un enfermo. Aún había personas con fe y conciencia en el mundo, con la necesidad imperiosa de ser escuchados, y yo no era tan distinto a ella. Había acudido allí para que Dios me escuchara, pero era él quien acudía al rescate con aquel gabán gris y ese aspecto tan cuidado.

—No son absurdas—repliqué algo temeroso porque él se enfadara conmigo, pero no podía permitirle que se siguiera burlando.

—Benedict, ¿cuándo dejarás de ser el monje que tomé entre mis brazos e hice hijo mío? Mi hijo, mi amante, mi condenado...—se detuvo colocando sus manos sobre mis hombros y me sentí como Jesús en el monte de los olivos junto a su ángel, el redentor de todo pecado y mal, que le condujo a aceptar su destino—. He visto dioses emerger y caer, he visto religiones proliferar y caer en el olvido. Esto no tiene sentido. Es ridículo—musitó apretando suavemente sus dedos sobre mis hombros—. Has matado por mí, has decapitado a una inocente, y has destruido al amor de su vida. Pero, ¿no nos han perdonado ya?

—Sí, ¿pero cuándo me perdonaré yo?—pregunté.


Rhosh se quedó callado intentando dar una respuesta que me convenciera, pero no pudo. Él sabía que siempre me culparía. Yo, el bondadoso y torpe Benédict, había matado a Maharet y colaborado en la muerte de Khayman.  

viernes, 22 de julio de 2016

Alquimista

Rhosh es un hombre extraño y su amistad con Magnus venía de antiguo. Pero, ¿me ha llamado hidra? 


Lestat de Lioncourt 


—Dame la vida eterna—dijo entrando en mi amplio salón donde aún me encontraba meditando sobre la última partida de ajedrez que habíamos disputado. Estaba de pie frente a uno de los enormes ventanales de la fortificación donde nos recluíamos.

Mi prole era amplia. Tenía numerosos hijos y todos ellos seguían mis reglas. La mayoría eran viejos músicos, escribas e incluso había algún guerrero. El más hermoso de todos era un joven monje que arranqué de la abadía, mantuve oculto y convertí cuando creí conveniente. Benedict era mi última creación y la más amada. Todos sabían que mi corazón era suyo, que mi alma estaba unida a la del joven, y Magnus sentía ciertos celos.

—No puedo—expliqué—. Conoces las reglas, alquimista.

—No crear monstruos horribles—susurró—. Ya que Lucifer es hermoso, el resto también. La prole oscura, la peste inmortal, debe hacer gala de la maldad que posee las sombras. Una maldad hermosa e idílica. Ah... cuánto egocentrismo y petulancia innecesaria—dijo aproximándose hasta donde me encontraba.

—No existe Lucifer—sentencié—. Pero es cierto que se necesita belleza y fortaleza física como regla fundamental.

—¿Y quién ideó las reglas? Malditas reglas—masculló.

Miré de soslayo su cuerpo deforme, aquella pequeña joroba era escandalosa bajo su túnica raída, y sus ojos pequeños y brillantes como los de una urraca. Apenas podía mirarse sin asco cada pliegue de su rostro y su sonrisa torcida de escasos dientes amarillos y podridos. Era horrible. Físicamente era detestable, pero como alquimista era de los mejores que podían existir no sólo en la región, sino en todo el continente. Jamás vi un hombre tan inteligente.

—No puedo hablar de ello, amigo mío—dije colocando mi diestra sobre su hombro.

—Conseguiré ser como tú y derrocaré las reglas impuestas.


Me hizo reír. Realmente me carcajeé durante horas sobre su fantasía, pero finalmente lo hizo realidad secuestrando a Benedict, robando su sangre y convirtiéndose, tras una transfusión, en un vampiro similar a todos y cada uno de mis hijos. Aquello fue terrible. No fui tras él pues lo advirtió y de algún modo me hizo feliz. Él logró su objetivo y yo no tuve que negar más a un buen hombre vivir para siempre, aunque finalmente decidió crear a un monstruo que se convertiría en la hidra que arrasó París y luego el mundo entero. No importa cuánto lo ataquen porque vuelve nuevamente con mayores podres y deseos de destrucción.

jueves, 30 de junio de 2016

La historia se repite...

Marius está defendiendo lo que es "suyo" o más bien "cree suyo". 


Lestat de Lioncourt


—¿Podríamos hablar?—pregunté interrumpiendo su animada charla consigo mismo. Se lamentaba por el crimen que había cometido contra Maharet, pero aún no tenía agallas de aceptar o asimilar que había hecho algo similar con Khayman. Él aún distinguía entre “civiles” y “guerreros” como si aquel pobre milenario, el cual lideró durante años una resistencia que acabó protegiéndonos a todos, no hubiese sido usado como un mero juguete de un espíritu aterrado y adolorido—. Desearía hablar contigo sosegadamente—afirmé.

—Por supuesto—dijo incorporándose.

Estaba de rodillas reclinado contra un pequeño altar vacío de dioses, flores o libros sagrados. Había tomado aquel pequeño rincón olvidado en la capilla familiar del castillo Lioncourt, en mitad de una importante reunión de la cúpula de vampiros más poderosos o influyentes, para meditar y orar por sus estúpidos planes. Su rostro era bondadoso pero sus ojos aún tenían la frustración de una guerra mal trazada. Había escuchado grandes cosas de él y de su reino oculto a los ojos y oídos del hombre, y que ahora no existía ni siquiera sus pedazos, pero también tenía conocimiento de su hipocresía.

—Me pregunto qué problema tienes con mi Amadeo—dije acomodando la toga que había elegido para esa noche.

Siempre que llegaba a mis reuniones me desvinculaba de las ropas bárbaras que solían usar los hombres modernos. Dejaba atrás mis camisa de seda en tonalidades borgoña o cereza, me arrancaba los pantalones clásicos de color oscuro y los zapatos cerrados para huir a mis viejas prendas. Incluso me deshacía de la ropa interior que me impedía sentirme libre.

—Dirás Armand—indicó en tono sosegado mientras remangaba las mangas de su pulcra y sencilla camisa blanca—. Él ya no se considera Amadeo y tampoco cree ser tuyo.

—Lo que él crea poco me importa—aseguré—. A mí sólo me interesa saber los motivos que te llevan a desear su muerte.

—Es fácil...—susurró con una sonrisa diabólica.

—Adelante, ilumíname—contesté abriendo los brazos encogiendo mis hombros.

—Él incapacitó el buen juicio de mis creaciones y acabaron siguiendo su desdichada religión. Algunos de ellos acabaron muriendo—hablaba desde la rabia y el desconocimiento.

Armand jamás torturó a sus seguidores. Él sólo adoctrinaba en su fe, la cual creía cierta, a todo aquel que se acercaba y lo escuchaba como si fuera un Mesías surgido de los infiernos. Aquel rostro dulce, de querubín o niño de coral de iglesia, provocaba que todos quedaran convencidos y asombrados por la sensatez de sus palabras. En algo debían creer cuando la muerte se volvía pesada y la vida parecía olvidada en un pozo de recuerdos llenos de amargas lágrimas.

—Ellos pudieron resistirse—respondí.

—¡No si los secuestran!—exclamó.

—Eran libres de ir y venir—dije.

Era cierto salvo con Magnus. Él sabía que era peligroso aquel hombre enajenado por su horrendo rostro y cuerpo lleno de desgracias. Era un portentoso alquimista con un cerebro privilegiado, pero también era un tullido de rostro de gárgola y mirada aviesa. Sabía que estaba decidido a romper la organización desde la base y por eso lo siguió. Y no le faltaba razón. Magnus creó a un guerrero importante cuya espada eran sus filosas palabras.

—¡Eso no lo sabes!—espetó.

—Lo sé porque siempre estuve vigilándolo—admití para su asombro.

—Ah... así que es cierta tu cobardía—susurró.

¿Mi cobardía? ¿Y qué había de la suya? En ningún momento fue a por sus hijos, sus amigos y seguidores. Ellos, que confiaron ciegamente en él, fueron abandonados a su suerte.

—Simplemente me di cuenta que éramos incompatibles en creencias—dije con cierta amargura en la punta de mi lengua—. Él estaba demasiado influido por una vieja doctrina renacida en su pecho como si fuese la semilla del mal.

—Claro, pero mientras tanto otros sufrían las consecuencias de su abandono y dolor—se había incorporado y girado hacia mí para enfrentarme. Realmente deseaba desafiarme.

—Sigue pensando lo que quieras. Yo sólo he venido a advertirte—mi tono de voz cambió dejando atrás la amabilidad. Estaba profundamente molesto por su actitud. Sabía que Amel ya no regía en su mente y era él quien hablaba con todas las consecuencias de este aciago mundo.

—¿Tú a mí? Eres mucho más joven que yo—dijo carcajeándose.

No me importaban sus casi 6.000 años. No me interesaba lo que pudiese haber hecho en aquel lugar perdido de la jungla, entre manglares y ruinas reconstruidas con la pasión metódica que únicamente sabía tener Maharet, porque sólo podía pensar en proteger a quien amaba.

—Tengo a Lestat de mi parte, Rhosh—le aseguré.

—Prosigue...

Sabía bien que eso le detendría para escucharme.

—Si pones tus sucias manos sobre Armand o sobre cualquiera de mis creaciones, pero especialmente sobre mi muchacho, te juro que no descansaré hasta que sus sesos y entrañas decoren el suelo de mi palacio veneciano—dije con mis ojos de frías tonalidades azules clavados en los suyos como si fuera un infierno glacial.

—Ah... italiano tenías que ser... Se nota que el espíritu de la mafia viene de antiguo.

—Sólo te advierto—aseguré antes de marcharme para regresar al consejo de sabios que se estaba celebrando.


jueves, 26 de mayo de 2016

Guerra abierta

Landen y Rhosh no se llevan bien y no sé cuál es el problema en concreto, aunque aquí hay ciertas pistas.

Lestat de Lioncourt 



—¿Debería tenerte lástima?—dijo Landen conteniendo sus ganas de golpearlo—. Tú, el imponente y sabio Rhosh, te has convertido en el gusano que siempre fuiste. Jamás te importó alguien más que tú y tu estúpido Benedict. ¿Y ahora debo tenerte lástima?—comentó dando un par de pasos hacia el frente para dejarse iluminar por la pequeña lámpara de mesa la biblioteca.

Aquella figura tan conocida y a la vez repulsiva para él le miraba sin rastro alguno de pecado. Rhosh carecía de sentimientos, ni buenos ni malos, para Landen. Para él era una creación que se torció, algo que se perdió en las arenas del tiempo, y que no debía tener importancia en un futuro. Pero no era así para Landen que guardaba un rencor terrible.

Recordó como la Secta de la Serpiente se convirtió en un nido de víboras agradable. Era atractivo sentirse comprendido y arropado por una especie de jauría sangrienta que devoraba todo a su paso, igual que las termitas y la plaga de langostas de la Biblia.

—¿Qué sucede?—preguntó dejando las palmas de las manos sobre el borde de la mesa—. No tengo culpa de todas tus desgracias.

—Pudiste salvarnos con tan sólo unas palabras. Habríamos creído cualquier cosa viniendo de ti. Pero te rendiste y te ocultaste como una rata cobarde. Decidiste dejarnos a nuestro libre albedrío—tomó aire y lo dejó escapar intentando calmar su ira.

—Landen, no estoy de humor—dijo—. Tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?—dijo—. ¿Las cosas de un cobarde?

—¡Preferí a Benedict, es cierto! ¡Pero tú seguiste los pasos de Eleni porque la amabas! ¡Igual que a otros compañeros! Pudiste salvarte, Landen, pero decidiste caminar por la Senda del Diablo. ¿Y qué iba a hacer yo? ¿Qué? ¿Acaso creías que podía hacer algo persiguiendo a mis creaciones? Vosotros me habíais abandonado—replicó conteniendo su rabia.

—¿Sabes por qué lo hicimos? Porque tú nos dejaste primero—contestó clavando sus ojos oscuros y profundos en los de Rhosh—. Fuimos abandonados. Éramos obras que tú decidiste dejar tiradas en mitad de la oscuridad como si no valiéramos nada. Tanto los que creaste directamente como aquellos que surgimos de tus hijos, todos nosotros, fuimos apartados de tu presencia porque jamás te adoramos como un Dios entre los vampiros. Te creíamos nuestro líder, nuestro amigo, padre o hermano, pero jamás como tú codiciaste. ¿Sabes por qué la voz te convenció? Porque tu ego es tan grande que opaca siempre tus virtudes.


Esa noche abandonó la asamblea. Dejó Nueva York y regresó a Roma. Necesitaba volver a la coqueta cafetería donde le recibían como si fuera el propietario. El periódico de media tarde, el café recién molido y las tazas minúsculas de porcelana le esperaban con ansias. Del mismo modo que querían verlo ocupar su lugar los camareros que siempre se sentían afortunados por las cuantiosas propinas que ofrecía de vez en vez. Quería volver a ser el hombre extraño y elegante, ese sutil desconocido, que a todos escuchaba y que jamás se quejaba porque parecía que todo estaba a su gusto. Por otro lado, Rhosh se quedó pensativo durante días pues Landen había hundido sus largos dedos en la yaga.  

viernes, 4 de marzo de 2016

Pelea de viejos aliados

¡Pelea de milenarios! Digo... ¡Ahí va otra pelea! Landen y Rhoshmandes necesitan poner las cosas claras.

Lestat de Lioncourt


—¿Aún me detestas?—preguntó.

Estaba allí de pie contemplando el magnífico jardín interior de ese rascacielos, un edificio perdido en mitad de una de las grandes avenidas de Nueva York, que por dentro era un palacio que muy pocos podían contemplar o alcanzar siquiera sus puertas. Podía observar las maravillosas flores de invierno, las enredaderas subiendo por las columnas jónicas de mármol blanco y los elegantes arbustos que parecían esculturas mudas de un mundo antinatural.

Había decidido alejarme de todos. No quería escuchar el murmullo de su voz. Odiaba el eco de su timbre en mi cabeza y su aroma. ¡Esa maldita fragancia que siempre le acompañaba desde que le conocía! Quería alejarme y hundirme en mis propios pensamientos. No podía acceder a las bibliotecas porque había sendas reuniones y tampoco escaparme por las heladas calles de la esa gran ciudad. Fui donde creí que no le importaría a nadie, pero él decidió seguirme con esa estúpida pregunta en sus frívolos labios. 

—¿Es una pregunta retórica?—dije.

—¿Debería serlo?—contestó.

—Quizá—susurré acariciando los tiernos pétalos de aquella Camelia. ¿Cuántos meses había tenido que ser regado su arbusto para que ofreciera esa maravilla? No lo sabía. Sólo me concentraba en su belleza y aroma para no caer sobre él con miles de palabras hirientes.

—Landen, lo que ocurrió en el pasado debería hundirse en las profundidades de las arenas del tiempo—dijo dando dos pasos hacia mí.

Me sentí acorralado como un gato en un callejón. Quería huir de él, de sus grandes manos y sus profundos ojos claros. No sabía dónde ocultarme porque algo me decía que él iría a buscarme. En ese momento sí me buscaría como no lo hizo en el pasado.

—Para ti es fácil decirlo—dije.

—¡No lo es!—exclamó.

—Oh… vamos… —susurré girándome hacia él.

Mis ojos oscuros se enterraron en los suyos como dos poderosas dagas. Él pudo sentir mi dolor y eso hizo que retrocediera.

—Landen, el mundo ha dado muchas vueltas como para que tú sigas en el mismo lugar—dijo tendiéndome sus manos, abriendo sus brazos e invitándome a un contacto que no quería. No deseaba abrazarlo. Por mí se podía arrojar a las llamas del infierno si así lo creía oportuno.

—No sigo en el mismo lugar—aseguré.

—¿Y por qué sigues mirándome con odio?—me preguntó.

—¿Odio? No puedo odiar a alguien tan insignificante en mi presente.

—Pues veo rechazo en tu mirada—asumió que le rechazaba, pero no era realmente rechazo. Simplemente era dolor. Un dolor profundo de una herida que nunca lograría cerrar.

—Te admiraba—confesé—. Te admiraba profundamente y no supiste luchar por nosotros. Dejaste que te derrocara y te echara a un lado como si sólo fueras un papel mojado, un desecho más, o simple escoria. Lo hiciste.

—No es cierto—dijo con la voz quebrada.

¡Ah! ¡Claro que lo era! ¿Cuántos de nosotros caímos en manos de esa Secta? Él no hizo nada por miedo a ser atrapado por aquel monstruo llamado Santino. Temía a Santino y un enfrentamiento directo. ¿Por qué motivo? ¿Por qué? ¿Por lo ocurrido con aquel milenario en Italia? ¡Ja! Simplemente era un cobarde. Siempre huyó. Huyó cuando Akasha se reveló del mismo modo que lo hizo dejado atrás a Gregory. Siempre huía. Pero esta vez no pudo huir como pretendía porque Lestat, el poderoso Lestat de Lioncourt, le acabó atrapando y doblegando.

—Sólo luchaste por él, ¿sabes por qué? Porque sólo comprometiste una vez tu corazón olvidándote que los amigos también son familia, son parte de uno, y que nosotros te apreciábamos sin juzgar tu pasado o posible caída en desgracia. Rhoshmandes, eres el mayor cretino que jamás he conocido—aseguré.


Entonces apareció Benedict con los ojos llenos de lágrimas. Rhoshmandes siempre ha odiado que Benedict llore pero no es porque manche su rostro, sino porque no soporta saber que amado idiota sufre. El resto si sufrimos no importa. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Rhoshmandes

Concuerdo con varias cosas de Rhoshmandes en su relato. Es decir, acepto que ella era hermosa y provocaba pánico, también que no comprendo del todo como pudo dejar a tantos viejos vampiros vivir. Quizás no era tan cruel, tan sólo deseaba hacerse entender y eso, sin duda alguna, pesa en mi conciencia. No sé si en la suya también.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí, en plena oscuridad, rodeado de un hedor insoportable. Mi túnica celeste se había manchado con la suciedad de aquella bodega. Mis ojos se estaban acostumbrado a la oscuridad, y, por supuesto, mataba por un poco de agua o vino. Tenía calor en aquella húmeda pocilga y mis manos temblaban por el nerviosismo. Los grilletes eran pesados, pero eso no era lo peor. No me importaba llevar grilletes, aunque sí desconocer el rumbo de mi propio navío y lo que había sucedido con mis hombres, animales y diversa carga que había transportado a lo largo del Mar Egeo. Ya no era la pérdida económica, sino la de mi orgullo y libertad.

Tuve un mal presentimiento al salir de Creta, pero intenté dejarlo atrás. No me gustaba ser agorero ni menospreciar mis ofrendas a los dioses. Sin embargo, había caído en manos de unos seres que habían aparecido en plena noche, arrebatado el timón a mi mejor marinero y acorralado a los restantes hombres, diez en total, con una facilidad pasmosa. Aquellos elegantes caballos que iban a trotar por las calles de Roma, los que yo mismo había elegido sabiamente, los había escuchado caer por la borda. El barco se movía rápido en la noche, pero durante el día parecía estancado.

Llevaba dos días de viaje sin saber dónde y porqué, tampoco cuánto íbamos a tardar en llegar a donde quisiera que fuese. Mis pensamientos más amargos, los más terribles de todos, se encendía como una antorcha en la oscuridad. La misma antorcha que me quemaba y me hacía gemir de dolor. Me lamentaba, lo reconozco, y despreciaba mi destino. Hubiese querido perecer esa misma noche cuando entraron en mi alcoba, me sacaron de mi cama y me lanzaron mis vestiduras en la celda de los esclavos. Los mismos esclavos que habían muerto minutos antes, con los cuales compartía calvario siendo ya apestosos cadáveres.

Allí, alejado del mundo consciente, tuve una revelación. Dos jóvenes bajaron hacia donde me encontraba. Por las prendas supe que no era un pueblo que yo conociese como la palma de mi mano. Sin embargo, sus rasgos me eran llamativos e incluso ligeramente atractivos. Poseían una belleza mágica y sus cuerpos estaban dotados de una musculatura excepcional. Tenían la piel tostada por el sol, pero también por su raza, y poseían unos ojos profundos llenos de angustia, soberbia, verdad y miedo. Era una mezcla exquisita que agradecí. Si eran ellos los que debían ejecutarme que lo hicieran rápido, pues parecían diestros por como sostenían las espadas. No sufriría más agonía.

Sin embargo, sólo abrieron la celda y me hicieron caminar a su lado. Subí por la estrecha escalera hacia la superficie del barco y bajé hasta tierra firme. Allí una hilera de antorchas marcaban el camino hacia mi nueva prisión. Pero lo que hallé fue la bienvenida de un príncipe o un Dios. Dentro de una construcción excelsa, alta y con detalles extraños en los muros, los cuales después apreciaría que era escritura egipcia, habían mujeres deseosas de complacerme en todos los sentidos.

Comí, bebí y sentí la calidez de sus manos limpiando el hedor del sudor, el orín y la muerte. Me limpiaron como si fuese un tesoro y me dieron el placer que sólo un hombre puede conocer a la perfección. Cuando salí del baño me ataviaron con prendas de lino y oro, también me colocaron sobre la cabeza agua de flores que perfumaron mis cabellos, y por último calzaron mis pies con unas sandalias de cuero nuevas.

Esa noche pasé de ser un mártir a convertirme en un guerrero, a ser de nuevo lo que había dejado de ser por unos meses. Lo fui gracias a Akasha, que me convirtió en un proscrito a la luz del sol y mi nombre, el nombre que jamás rechacé, sonó con fuerza entre vítores y alabanzas: Rhoshmandes.


Siempre sería su hijo, pero no soy lacayo. Algo de mí la amaría hasta el final, aunque jamás de forma ciega. La admiraría por su poder, sin embargo la temí por su nula capacidad de comprender el mundo y sus verdaderas necesidades. Aprecié su belleza, del mismo modo que ella apreció la mía. Me convertí en hombre libre cuando huí de ella, aunque bien pudo matarme... Nunca comprenderé porque jamás se alzó en mi contra.  

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Mis errores

Rhosh no me cae mal, pero tampoco me agrada excesivamente. Acepto sus disculpas, como el resto, porque comprendemos la situación. Estaré encantado de ir conociéndolo y apreciándolo poco a poco, aunque recuerdo que según él... yo soy un imbécil.

Lestat de Lioncourt


Aceptar tus errores te hace valiente y fuerte frente a los demás, pero sobre todo cuando tus errores han provocado una terrible catástrofe entre aquellos que aprecias, admiras o simplemente tienes un ligero respeto. Durante estos dos últimos años he aprendido a meditar en silencio cada frase dicha, cada gesto ofrecido y también las lágrimas que he podido contemplar en ojos ajenos. Sé que es inútil pedir disculpas ante un hecho que ya ha ocurrido, pues aunque me las acepten las heridas aún permanecen y jamás serán subsanadas.

Hace miles de años era un joven, como otro cualquiera, deseando de vivir nuevas aventuras en mitad de los océanos. Había aprendido a luchar y valerme por mi mismo mucho antes de los diecisiete años. A esa edad, algo temprana para los mortales en ésta época, ya me consideraba un guerrero experimentado en algunas batallas y navegaba por las aguas de los distintos mares. Me sentía orgulloso de mis hazañas, pero aún más de las monedas que había logrado para sobrevivir. Tenía pensado encontrar un lugar agradable donde curar mis heridas, proporcionarme algunos caprichos y comodidades, y tal vez vivir como mercader. Sin embargo, nada es como uno se imagina y los sueños se pueden truncar demasiado rápido.

Muchas veces he recorrido mis últimos pasos en el muelle, preguntándome qué fue lo que ella vio en mí para llevarme ante su corte, acariciar mis mejillas como si fuese una madre amorosa y convertirme en un monstruo adorador de su sangre, su persona y sus caprichos. Me gustaría saberlo, pero lo desconozco. Puede que fuese sólo mi físico y las historias que yo había acaparado, como pequeñas medallas, en los distintos enfrentamientos. Quizás era lo fácil que me parecía mercadear y ofrecer nuevos productos, dialogar con personas de cualquier origen, y hallar confort incluso en tierras cuyo idioma desconocía. No lo sé.

De algo que sí puedo estar seguro es que ella estaba equivocada, al igual que lo estuvo cuando despertó milenios después imponiendo su criterio. Nadie debe imponer su opinión, por muy fuerte que se sienta o interesante que sea su propuesta. Yo lo olvidé. Me dejé convencer por una voz que me susurraba que era la solución a un gran mal. Según aquella voz, que me embaucaba como si fuese una sirena, podía dejar sufrir viendo a los jóvenes derramar su sangre, arder en el infierno y perecer antes de concluir alguno de sus sueños. Como viejo soñador, hombre de paz, y amante de la libertad pensé que podría traer al mundo algo bueno después de todo. Creí que alzándome, ejerciendo mi derecho frente a todos, haría que el dolor cesara y me convertiría en bálsamo para las heridas. El orgullo es un mal que se enraíza en los más antiguos, en algunos guerreros y en todo aquel que se cree ligeramente poderoso. Y mi orgullo me cegó, desplomando a la razón y matando cualquier duda.


Me convertí en un asesino. Maté a una mujer inocente, sabia y pacífica decapitándola en su propia casa, entre sus libros y recuerdos, para hacer lo mismo con su amado creador. Una mujer cuyo nombre es Maharet y que llevo presente conmigo, noche tras noche, rogando por la paz de su espíritu. Y un guerrero, un igual, que había caído en las mismas redes en las que yo me encontraba. Fui un estúpido. Maté a dos seres ensuciando mis manos, las cuales habían estado pulcras desde hacía cientos de años. Volví a ser escuchado, pero para ser temido.  

martes, 29 de septiembre de 2015

Ave María... llena eres de gracia...

Bueno, no soy el único que ronda a "eclesiásticos". ¿Eso debo tomarlo como un apoyo a mi moralidad? No lo sé. Rhosh secuestró a un monje y lo hizo su amante eterno, él luego fue secuestrado por Magnus para robarle la sangre y éste me la dio a mí. Rhosh tiene cierto parecido a mí físicamente hablando, así que supongo que su buen amigo, aunque traicionero, Magnus buscaba un adonis en el cual reflejar los rasgos que más le gustaban de Rhosh y deseaba codiciar. ¡En fin! Aquí va algo de Rhosh y Benedict.

Lestat de Lioncourt

—Benedict—dije entrando en la estancia.

Él estaba allí. Leía con fanatismo absoluto sobre Dios. Escribía una larga parrafada sobre sus creencias. Rezaba porque yo no le tentara todavía más. Se sentía sucio, lleno de pecado, e intentaba controlar sus impulsos naturales. Su belleza era incuestionable, pero detestaba ese aspecto de monje iluminado y pobre.

No se giró. Prefirió ignorarme. Mis pasos por la pequeña habitación era similares a los de una bestia encerrada entre gruesos barrotes. El crucifijo sobre la pared parecía querer caerse sobre mí, en un impulso innecesario y patético de ahuyentar al maligno. Para él, joven y frágil, yo era un demonio que le tentaba demasiado. Posiblemente mis palabras no eran más que las frases idóneas que Lucifer ponía en mi lengua.

Me aproximé a él, colocando mis manos sobre sus estrechos hombros. Su ropa áspera y gruesa, para soportar el terrible infierno helado que se precipitaba por las montañas, la sentí como si tocara el mismísimo paraíso. Pude notar bajo aquella tela su esbelta e insinuante figura. Besé su mejilla derecha, deslizando mi boca por su cuello y dejando mis manos sobre sus muñecas. No quería que me apartara. Pronto escuché un jadeo y una plegaria a Dios, pues deseaba que apartara el cáliz de la tentación.

—Ven conmigo—murmuré apoyándome en el banco en el cual estaba sentado, tan frágil pero robusto, mientras lo estrechaba por debajo de sus brazos. Había soltado sus muñecas y sus manos se vieron libres para tocar el rosario que colgaba de su cintura. Lloró en silencio mientras sus labios seguían un rosario en latín. La virgen no lo escucharía, pero yo podía leer su mente—. Nadie te salvará, pues no hay nadie que te salve. Soy más viejo que tu religión, Benedict—dije antes que rompiese a llorar.

Entonces, como un canalla, lo despojé de sus prendas a jirones. Arrojé su cuerpo al suelo y besé sus pezones cafés. Él ya no se retorcía para librarse de mí, como hizo la noche anterior, sino que rezaba implorando la intervención del altísimo. Sus piernas, casi sin vello y de tacto suave, quedaron abiertas y entre ellas me colé. Mi miembro, con el cual no sentía nada, estaba erecto y decidí darle uso.

Él no tardó en gemir, aunque primero se mordió el labio inferior hasta provocarse una terrible herida. Gimió suave, como si no quisiera escucharse, para luego jadear como cualquier fulana de taberna y acabar murmurando mi nombre. Ya no había rezos. No había salmos. No existían ángeles benditos. Sólo estaba el infierno donde yo lo guarecía entre indecentes caricias, mordiscos bruscos y terribles embestidas.

—Tu Dios pide que ames, Benedict, y no hay forma de amar más pura que ésta—declaré.

Él lloraba, pero a la vez gozaba aferrándose a mi túnica gruesa y oscura. Hasta ese momento tuve mi rostro oculto por la capucha, la cual él echó hacia atrás. No dudó en acariciar mi cabello, enredando sus finos y suaves manos entre las hebras de éste, y en dejarse amar por mi mirada azul, tan apasionada como la de muchos santos, que derrochaba amor y delirios hacia él.

Eyaculó manchando mis prendas, igual que su vientre cerca de su ombligo. No dudé en lamer la base de su sexo, morder ligeramente uno de sus testículos y deslizar mi lengua por el glande. Él tembló como una hoja en una rama que estaba por ceder al viento.

Su alma fue mía esa noche. Logré que saliera del monasterio junto a mí y quedó bajo mi protección hasta que su cabello creció. Siempre ha tenido el aspecto de un santo, de un ángel, y yo lo he conservado, a veces a duras penas, a mi lado. Benedict es mi delirio, mi amor, mi gran compañero y el único creado que he amado de ésta forma.  

viernes, 7 de agosto de 2015

Mi amor por ti

Comprendo un poco a Benedict, pero Rhosh no es que me caiga muy bien...

Lestat de Lioncourt 


Otra vez estoy llorando. De nuevo lo hago frente a ti. Me inclino sobre tu torso y espero que me abrigues con tus brazos. Estoy llorando otra vez por mis miserias, que no son las tuyas y terminan siendo nuestras. Tu manera de amar a veces es incomprensible para mí. Creo que me odias, pero después descubro que sólo estás preocupado por mi bienestar. Esas preocupaciones, ese tiempo de espera entre mis palabras y las tuyas, se convierten en un duelo de miradas que no puedo soportar. A veces me pregunto si te merezco y si debería marcharme, pero luego recuerdo que estamos condenados a estar unidos para siempre.

Recuerdo la primera vez que nos vimos. Había estado ayunando durante varios días. Quería limpiar mi cuerpo y expiar mis pecados. Me arrancaba del alma cada trozo sucio y miserable. Mi cuerpo joven, casi adolescente, sentía tantas tentaciones incontrolables como para nada permisibles en el ámbito sagrado. Mi familia era de buena posición, respetable y católica, y decidieron darme la educación adecuada. Mi hermano mayor heredaría las tierras de nuestro padre y yo el cielo. Al menos, así lo creía. Realmente lo creía hasta que tú apareciste en mi ventana. Fueron tan sólo unos segundos.

Eras un hombre delgado, encapuchado y con los ojos más profundos que jamás había visto. En esos ojos vi a Dios mismo observándome, mirándome con lupa, y provocando que mi cuerpo temblara ante la tentación de hablarte. Mi oración quedó a medias y mi rosario cayó al suelo. Esa fue la primera vez. No hablamos, sólo nos miramos. Nos miramos como lo hacemos ahora y por eso lloro.

Debí impedir que fueras. Debí impedir que caminaras entre el odio y el desastre. Debí impedir que mancharas tus manos de sangre, al igual que yo he manchado las mías. Una sangre inocente y antigua, de una mujer bondadosa que guardaba demasiados misterios. Dejé que cayeras en la influencia de aquel ser caprichoso, aunque desconozco si es maligno o sólo un pobre desgraciado como todos nosotros.


Por eso lloro, Rhosh. Lloro por ti, por mí, por ese terrible momento y por las palabras que no nos sabemos decir.  

martes, 4 de agosto de 2015

Yo soy el inicio

Magnus tiene razón en varias cosas, aunque no sabía toda esta historia...

Lestat de Lioncourt


La vida puede ser un desafío terrible. Recuerdo cuando era muy joven y sentía la necesidad experimentar todo lo que me rodeaba. Nunca fui agraciado. Jamás tuve la posibilidad de atraer a otros más allá de una amistad. Me convertí en un hombre solitario, aunque mi espíritu no se doblegó. Era feliz comprendiendo el mundo, estudiando todo lo que podía.

Pronto me percaté que era capaz de llegar a ser algo más que un simple mortal. Era lo que muchos conocen como brujos, alquimistas o seres entre la vida y la muerte. Me comunicaba con espíritus, creía en la naturaleza como una aliada y me comportaba como un salvaje cuando lograba entrar en lo profundo de los bosques. Allí, bajo los gigantescos árboles, me comunicaba con la parte más natural y sincera que conozco de mi espíritu.

Aún así, envejecí. Mi apariencia se convirtió en algo aún más desagradable. Si bien, los animales no huían de mí, tampoco lo hacían los entes que siempre me acompañaron. Por fortuna conocí a un ser mucho más fuerte, hermoso y longevo de lo que jamás nadie podría haber conocido. Me convertí en su compañero, en un amigo con el cual conversar cada noche y sentí la inmensa fortuna de su experiencia. Era un vampiro.

Deseé ser inmortal. Quería vivir para siempre. Cualquier mortal tiene miedo a la muerte, aunque más bien a cómo va a morir y las cosas que no logrará hacer. Tuve miedo. Un miedo terrible. Me hundí en un remolino de desesperación y cometí un acto terrible. Mi gran amigo, mi buen amigo inmortal, aquel bebedor de sangre que había conocido los albores de Egipto, Roma y Grecia. Ese ser que vino de un tiempo remoto y decidió permanecer anclado en la tierra, aunque no fue su decisión de entrar en el círculo cerrado de bebedores de vida, de sangre... de almas. Robé el corazón de mi buen amigo. Secuestré a su discípulo predilecto, su Benedict. Aquella bondadosa criatura me sirvió para tener la Sangre que tanto deseaba.


Aquel gesto, tan deshonesto, cambiaría el mundo de los vampiros. Yo soy el padre inmortal del príncipe de todos, de Lestat de Lioncourt, que siempre será para mí “Mata lobos”.

martes, 28 de julio de 2015

Asesinos

Todos hemos perdonado a Rhosh y Benedict. Incluso yo los he perdonado por lo que hicieron con Viktor. Maharet murió, igual Khayman y Mekare. Nadie podrá restaurar las vidas que destruyeron. 


Lestat de Lioncourt


Era crucial. Tenía que hacerlo. Creí que era mi deber. Dejé que me cegara el deseo de finiquitar aquello. Quería ser el héroe que jamás fui. Siempre en segundo plano, siempre alejándome, dejando que otros tomaran las últimas decisiones y permitiendo que el tiempo me convirtiera en una leyenda muerta. Hubo un tiempo en el cual fui reconocido y temido, pero permití que me arrebataran la razón y la verdad. Decidí alejarme, olvidarme de todos y aislarme entre mis sueños de paz, longevidad y tranquilidad. Era un sueño ambicioso teniendo en cuenta que siempre hay caos y guerra. La guerra jamás finalizó. Está claro que el germen de la violencia anida en todos nosotros y nos manipula hasta extremos insospechados.

Maté a una inocente y a un imponente guerrero. Me horroriza lo ocurrido. Miro hacia atrás y veo mis manos manchadas de sangre. Es la sangre más inocente que he podido contemplar y percibir. Todavía tiemblo imaginando los brazos de aquel cuerpo decapitado. Sus largos dedos de mujer, tan hermosos como horripilantes, buscaban su cabeza. Y aquella cabeza, con ese rostro tan hermoso de ojos verdes llenos de lágrimas, intentaba encontrarse con su correspondiente cuello.

Entonces, Benedict, acabó con todo. Él destrozó su cráneo. Hizo que el fuego lo consumiera, lo aplastó con fuerza y lo convirtió en añicos. Maharet pasó a ser recuerdos. Miles de recuerdos. Ella, nacida entre el odio y la demencia de una soberana convertida en diosa y villana, había muerto. Su hermana estaba en el jardín, completamente perdida y sin conocimiento de lo ocurrido. Parecía un fantasma que observaba las aves nocturnas, acariciaba las plantas y parecía caminar como un animal. Era un ser sin intelecto, aunque era posible que sufriera.

Debía acabar con ella y Khayman. Tenía que terminar el trabajo. Pero me sentía tan hundido que era incapaz de hacer algo tan terrible. Me senté esperando al guerrero, al que debería acabar conmigo, pero cuando llegó actué con la misma frialdad que mi compañero, amante e hijo. Matamos al noble Khayman, el guerrero de fuerza sobrehumana, que estaba arrasando con el mundo entero. Quizás su alma atormentada quedó liberada del dolor. Murió sin saber que su gran amor, su compañera y la mujer que nunca dejó de proteger, había sido asesinada.


Entonces todo pasó demasiado rápido. Secuestré a Mekare. Nos llevamos su cuerpo como si fuese una momia que se traslada de museo. Me pregunto si sufrió, si fue consciente o si en algún momento podré perdonarme todo lo que hice. Benedict sé que no será capaz y que, claro está, llorará como siempre lo ha hecho. Sólo espero que el dolor se reduzca. No somos villanos, sólo fuimos demasiado estúpidos y creímos que podíamos tapar el sol con un dedo.  

jueves, 16 de julio de 2015

Maldad o bondad

Hay amores peligrosos y luego peligrosos que se aman. Yo no odio a Rhosh, aunque era un auténtico peligro y se notaba que nunca hizo maldad alguna. Fue fácil reducirlo.

Lestat de Lioncourt 

—Me odian. Estoy seguro que me odian—decía mirando hacia el horizonte.

En aquel lugar, tan lejos de casa, el mundo parecía inmenso. Las luces de la ciudad tintineaban en cada uno de los edificios. Podía escuchar el rugir de los motores de los vehículos que transitaban allí abajo, donde el mundo parecía hecho para hormigas y parásitos pequeños. En aquel rascacielos podía contemplar la vida misma, lo que era realmente la vida, con sus virtudes y grandes defectos. Todo era hormigón, cemento, cristales y vidrio reutilizado. Las luces de neón de los restaurantes de comida rápida parpadeaban mientras que los clubs alentaban a una noche de desenfreno, drogas y mentiras.

En su mente sólo había una cosa. Era un murmullo peor que Amel y sus descerebradas ideas. Había estado a punto de destrozar la vida de más de un inocente, como si no importara. Él, que siempre había estado alejado de las disputas y la violencia. Se sentía estúpido al no haber visto que sólo era un títere. Amel siempre quiso ser escuchado por Lestat. Aquel espíritu se sentía vivo y pletórico en el cuerpo del joven vampiro que tanto despreció, pero que a la vez le suscitaba cierta curiosidad. No era tan inteligente ni interesante. Él había sido un idiota. Pero lo peor de todo era haber quedado como un imbécil, un monstruo y un maldito déspota frente a Benedict.

—No digas eso—respondió su amante.

Aquel rostro tan humano, con la apariencia de un jovencito, apareció de entre las sombras de la habitación. Benedict estaba con él, con aquel suéter azul marino de cuello de cisne que realzaba su tez suave, clara y perfecta. Tenía una boca exquisita y una nariz perfecta para su rostro juvenil. Sus ojos, al igual que el de escasos inmortales, reflejaba cierta humanidad y humildad. Muchos lo tacharían de estúpido, pero él siempre seguiría creyendo en el bien y el mal, en Dios y el Diablo, en la dualidad terrible de éste mundo cínico e hipócrita.

—¿Y qué debo decir?—preguntó girándose hacia él.

Seguía llevando aquel gabán caqui y esos pantalones tejanos tan cómodos. Le habían proporcionado unas prendas adecuadas, abrigadas para ese invierno terrible, que había sido terrible para miles. Las Quemas se habían detenido. Amel era feliz. Lestat era el príncipe de todos. Los espíritus parecían tranquilos. Talamasca había resuelto parte de sus misterios. Los vampiros ya no eran demonios. Pero él era un maldito, un proscrito. Se arrepentía.

—Fue culpa de Amel. No fuiste tú—susurró tomándolo del rostro—. Rhosh...

—Cállate, Benedict. Te involucré en un acto atroz. Provoqué que mataras de esa forma terrible. Te he convertido en un asesino cuando tú... tú...

—Me alimento de asesinos, pero ¿no es eso matar igualmente?—murmuró bajando sus manos hasta el torso de su compañero, del hombre y el inmortal que siempre había amado. Durante algún tiempo habían estado perdidos, pero siempre se encontraban y siempre se reprochaban las décadas sin sentido.

—Yo te amo y te he puesto en peligro—respondió abarcándolo entre sus largos y fuertes brazos. Lo estrechó con firmeza, besó su frente y sus mejillas, y luego lo miró a los ojos. Esos ojos tan amables, tan vivos... tan de Benedict.

—No me importaría correr miles de peligros si es a tu lado. Yo no sabría vivir sin ti—respondió aferrándose a la solapa de aquel gabán—. No hay nada que ame más que el sonido de tu voz, que el aroma que desprende tu cuerpo y que esos besos indecentes que me ofreces cargados de tu deliciosa sangre. No hay nada que me importe más que tus consejos y tus palabras suaves, las cuales son las mejores caricias para mi atormentada alma. Dejé atrás a Dios para seguirte a ti. Olvidé mi promesa y mi amor, pues no había nada que pudiese compararse con tus ojos claros clavados en los míos—decía aquello abriendo el abrigo, para luego palpar el jersey de rombos y cuello de pico que había bajo éste. Un jersey grueso, aunque para nada áspero. Sus largos dedos bajaron hasta el borde de éste y se deshicieron del cinturón de cuero que llevaba entorno al pantalón. La prenda, como por arte de magia, cayó al suelo rozando las impecables botas que llevaba Rhoshmandes.

Rhosh atrapó la boca de su criatura e introdujo un pequeño hilo de sangre, el cual fue tomado de buena gana mientras sus mejillas ardían. Con cuidado se deshizo de las prendas que aún quedaban en su cuerpo, para luego hacerlo con las de su pupilo. Ambos quedaron desnudos frente a la gigantesca ventana que mostraba la enorme ciudad de Nueva York.

Aquellas dos figuras en mitad de la oscuridad, ligeramente iluminadas por el brillo furtivo de los demás edificios, se mezclaban y se fundían en caricias y besos tan intensos como necesarios. Eran dos asesinos despiadados, los causantes de una gran tragedia, pero también víctimas inocentes de un momento terrible en la historia de la «Tribu».

—Quédate por siempre a mi lado—murmuró entre lágrimas. Volvía a llorar como el hermoso muchacho de corazón humano que siempre fue. Tembló como una hoja mientras rodeaba a su creador por el cuello, apoyando sus brazos sobre sus hombros fuertes y de músculos marcados.

Aquel comerciante que fue secuestrado por Akasha, el hombre que fue elegido para ser parte de la corte, y que decidió huir porque odiaba el plan de la que se creía una diosa entre los hombres, ese que fue elegido por muchos como un sabio y que amaba a su modo a Magnus por su inteligencia... Rhoshmandes... volvía a estar prendado de esas trágicas lágrimas, de esos riachuelos sanguinolentos, que siempre había detestado y que a su vez necesitaba ver en Benedict.


—No te librarás de mí—susurró.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt