Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Everard Landen. Mostrar todas las entradas
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martes, 9 de agosto de 2016

Estúpido...

Aquí leeréis como Marius cae en la estupidez.

Lestat de Lioncourt 


Siempre me pregunté si era cierto que él se sentaba en aquella terraza todos los días, con su periódico y su taza de café de máquina, jamás soluble. Me imaginé un ser menos sociable y abstraído de la realidad imperante que le rodeaba. Pero la realidad, una vez más, me abofeteó en mi ego. Todo lo que creí era falso. Él no mentía. Asumí que era imposible que un ser como él tuviese cierto amor a lo cotidiano, a los humanos y los pequeños detalles que logran que la vida merezca la pena.

Everard tenía la nariz un poco picuda, era enjuto, de cabellos sedosos negros que daban a su rostro mayor severidad y una curiosa forma de vestir bastante formal para estos tiempos. Es cierto que dije que estaba sucio y era horrible en mi libro. Lo siento. Mentí para vengarme de algún modo del dolor que sentía en mi ego. No es feo, ni es un sucio. Él realmente posee una belleza idílica aunque algo extraña, pues no es la común.

Creí pasar desapercibido para él hasta que bajó el periódico, se giró hacia mi dirección y frunció el ceño posiblemente molesto por acercarme demasiado a lo que un vampiro puede considerar su territorio. Además, ni siquiera había pedido permiso, por así decirlo, para visitarlo. Como si fuera un perro bien entrenado había logrado seguir mi rastro. No tuve más remedio que acercarme aceptando que había ido a su encuentro.

—Sólo quería visitarte—aseguré.

—¡Ah! Qué extraña visita, ¿verdad?—dijo guardando las formas—. Nunca me suele visitar cretinos a esta hora—comentó con una sonrisa educada y un tono de voz sosegado, pero podía ver su odio envuelto en cada sílaba.

—Sé que me porté como un estúpido y que enterraste el hacha de guerra cuando...

—En las reuniones intento ser educado, cosa que tú desconoces, porque no quiero que nadie me llame la atención—aseguró indicándome que tomara asiento.

—¿Podríamos hablar en privado?—pregunté apoyándome en el respaldo de la silla sin sentarme. Mis manos parecían las patas de un ave sobre una rama muy frágil.

—Mi vivienda no está lejos, pero jamás te llevaría allí. Creo que podemos conversar en el reservado de un coqueto restaurante que conozco bien. Sus reservados están insonorizados para que el comensal no tenga que soportar el ruido de otros, las comandas o un hilo musical que no sea agradable para ellos—dijo incorporándose dejando un par de billetes para pagar el café y dejar una suculenta propina.

De inmediato estábamos caminando el uno junto al otro. No sabíamos bien qué pretendíamos al conversar. Limar asperezas era algo casi imposible, pero aquel vampiro tenía cierto interés en lograr un acuerdo. Quizá porque no quería que otros pensaran que no lo había intentado, tal vez porque necesitara que yo comprendiera que era un imbécil o podía ser mera curiosidad.

No tardamos más de unos cinco minutos en llegar a ese modesto restaurante. Era pequeño, tenía sólo algunas mesas en la terraza, otras tantas dentro y un espectacular horno para pizzas caseras. Había una zona perfecta, casi idílica, para que el comensal viera como se terminaban sus platos o se elaboraran los más sencillos.

En el fondo había un impresionante cuadro que provocó que sonriera ante su provocadora belleza. Era una mujer desnuda imitando a Tellus rodeada de niños que sostenían trigo entre sus manos, racimos de uva o simplemente alzaban cestas llenas de frutos de legumbres, frutas, verduras o cereales. Ella estaba allí sonriendo amorosa mirando a los comensales y trabajadores. Era un fresco hermoso. Bajo esta hermosa pintura había una puerta de acceso a reservados, tal y como informaba una placa, y él simplemente entró sin pedir permiso.

—Tengo aquí un reservado perpetuo—dijo antes de abrir la puerta para sentarse en una pequeña mesa para dos.

—¿Vienes muy seguido?—pregunté.

—No, pero me gusta tener un sitio donde reunirme con mis abogados, con empresas en las que invierto o simplemente venir y sentarme con alguna víctima—me indicó que tomara asiento. Otra vez ese gesto gentil hacia un hombre que le había humillado.

Por mi parte cerré la puerta y me quedé observándolo. Algo en mí rugió e inició una serie de emociones que jamás creí posibles. Me abalancé sobre él tomándolo del rostro para besarlo descaradamente. Él simplemente me empujó para mirarme sorprendido ante mi descaro.

—Lamento informarte que no todos caemos en tu juego—comentó incorporándose.

Iba a pedirle perdón por aquel acto impúdico, pero acabé acorralándolo contra una pequeña esquina. Él me miró furioso durante unos segundos antes de abofetearme. El golpe fue tan fuerte para mi orgullo y hombría como para mi rostro. Aquella pequeña fiera estaba a punto de morderme cuando lo calmé echándolo contra la pared.

—Lo siento—dije.

—Tú nunca sientes nada—respondió—. Vete.


Estuve de pie frente a él asumiendo que había fracasado el conocerlo así como mi estúpido deseo de ir más allá en aquel encuentro. Me encogí de hombros y salí. Roma estaba hermosa esa noche. Una noche llena de fracasos, pero hermosa.

lunes, 8 de agosto de 2016

Territorio

Aquí tenemos pelea de "Macho de lomo plateado, pelo en el pecho y milenios a la espalda" con Landen siempre metiendo un poco el dedo en el ojo.

Lestat de Lioncourt



—Me pregunto qué demonios hacías bailando con mi mujer—dijo entrando en la biblioteca donde me encontraba recluido.

Landen seguía jugando con el globo terráqueo algo desfasado, pero terriblemente hermoso. Sus largos dedos eran muy atractivos, aunque sobre la pieza parecían patas de araña. El cabello azabache lo tenía algo revuelto y rozaba algo más que sus mejillas.

—¿Disculpa?—pregunté alzando la vista para ver a ese impresionante guerrero con aquellas prendas tan bárbaras. Creo que el diseñador de tal esperpento era el cotizado Ermenegildo Zegna, pues había adquirido algunos trajes suyos hacía algún tiempo para pasar desapercibido entre el populacho.

—Deberías pensar más en lo que haces—me escupió directo mientras acomodaba los hermosos gemelos de oro y diamantes que lucía de forma coqueta.

—Gregory, no quiero discutir por algo tan estúpido—dije intentando restarle importancia.

Con cuidado dejé la pluma en un lado de la mesa y recogí mis largos cabellos color paja hacia un lado. La túnica árabe que lucía, prestada por Seth, me quedaba como un guante y me hacía lucir muy distinto a ese hombre surgido de los milenios con una belleza sobrehumana.

—Verás, Marius, para mí mi Chrystanthe es muy importante y no permitiré que te propases—comentó apoyando sus grandes manos de guerrero sobre la mesa. Me pregunté a cuantos había matado con ellas desnudas o empuñando una cimitarra.

—Sólo fue un baile—contesté cansado mientras Landen se giraba para husmear mejor la situación.

—Conozco a los hombres como tú—dijo frunciendo el ceño uniendo esas cejas espesas, pero delineadas.

—De acuerdo, digamos que estuve coqueteando pero ¿acaso tú no tienes un joven de piel atezada y ojos profundos por el cual te desvives?—dije con una sonrisa pícara que él se encargó de borrar.

—Sí, como un padre. No soy tan despreciable como tú—respondió.

—Comprendo...

—Aleja tus sucias manos de artista del engaño, las mentiras y desilusiones de mi esposa—me reprendió golpeando la mesa para apartarse con furia. Aquel hombre tenía sólo dieciocho años cuando fue creado, pero su aspecto era el de un hombre maduro y sensato salvo cuando tocaban a la mujer de su vida—. No te quiero cerca—siseó caminando hacia la puerta—. Ella es lo más importante que tengo en mi vida.

—¿Y si ella se acerca a mí?—dije con algo de malicia simplemente para comprometerlo. Admito que a veces puedo poner el dedo en la herida únicamente para ver la expresividad de ciertos rostros, y más cuando estos rostros son tan bellos.

—Ella jamás se acercaría a un cretino por su propia voluntad—esa frase me enfureció.

—Marius, una cortina está ardiendo—susurró Landen.

—¡Me ha llamado cretino!

—Eso es lo mínimo que te ha dicho—dijo aquel dichoso vampiro mientras se subía en la mesa y Gregory se marchaba airoso de aquella pelea—. ¿Ahora comprendes por qué la mayoría deseamos golpearte? Tienes la absurda manía de molestar a todos para divertirte. A Lestat le sale bien, pero tú no tienes la misma suerte—guiñó su ojo derecho y luego me tomó del mentón con ambas manos—. Yo aún sigo queriendo golpearte—dicho aquello se bajó del mueble y se fue hacia el extintor para apagar las llamas que consumían aquella costosísima tela—. Armand no va a estar feliz cuando veas qué hiciste, Marius.


—Al diablo todos...  

viernes, 4 de marzo de 2016

Pelea de viejos aliados

¡Pelea de milenarios! Digo... ¡Ahí va otra pelea! Landen y Rhoshmandes necesitan poner las cosas claras.

Lestat de Lioncourt


—¿Aún me detestas?—preguntó.

Estaba allí de pie contemplando el magnífico jardín interior de ese rascacielos, un edificio perdido en mitad de una de las grandes avenidas de Nueva York, que por dentro era un palacio que muy pocos podían contemplar o alcanzar siquiera sus puertas. Podía observar las maravillosas flores de invierno, las enredaderas subiendo por las columnas jónicas de mármol blanco y los elegantes arbustos que parecían esculturas mudas de un mundo antinatural.

Había decidido alejarme de todos. No quería escuchar el murmullo de su voz. Odiaba el eco de su timbre en mi cabeza y su aroma. ¡Esa maldita fragancia que siempre le acompañaba desde que le conocía! Quería alejarme y hundirme en mis propios pensamientos. No podía acceder a las bibliotecas porque había sendas reuniones y tampoco escaparme por las heladas calles de la esa gran ciudad. Fui donde creí que no le importaría a nadie, pero él decidió seguirme con esa estúpida pregunta en sus frívolos labios. 

—¿Es una pregunta retórica?—dije.

—¿Debería serlo?—contestó.

—Quizá—susurré acariciando los tiernos pétalos de aquella Camelia. ¿Cuántos meses había tenido que ser regado su arbusto para que ofreciera esa maravilla? No lo sabía. Sólo me concentraba en su belleza y aroma para no caer sobre él con miles de palabras hirientes.

—Landen, lo que ocurrió en el pasado debería hundirse en las profundidades de las arenas del tiempo—dijo dando dos pasos hacia mí.

Me sentí acorralado como un gato en un callejón. Quería huir de él, de sus grandes manos y sus profundos ojos claros. No sabía dónde ocultarme porque algo me decía que él iría a buscarme. En ese momento sí me buscaría como no lo hizo en el pasado.

—Para ti es fácil decirlo—dije.

—¡No lo es!—exclamó.

—Oh… vamos… —susurré girándome hacia él.

Mis ojos oscuros se enterraron en los suyos como dos poderosas dagas. Él pudo sentir mi dolor y eso hizo que retrocediera.

—Landen, el mundo ha dado muchas vueltas como para que tú sigas en el mismo lugar—dijo tendiéndome sus manos, abriendo sus brazos e invitándome a un contacto que no quería. No deseaba abrazarlo. Por mí se podía arrojar a las llamas del infierno si así lo creía oportuno.

—No sigo en el mismo lugar—aseguré.

—¿Y por qué sigues mirándome con odio?—me preguntó.

—¿Odio? No puedo odiar a alguien tan insignificante en mi presente.

—Pues veo rechazo en tu mirada—asumió que le rechazaba, pero no era realmente rechazo. Simplemente era dolor. Un dolor profundo de una herida que nunca lograría cerrar.

—Te admiraba—confesé—. Te admiraba profundamente y no supiste luchar por nosotros. Dejaste que te derrocara y te echara a un lado como si sólo fueras un papel mojado, un desecho más, o simple escoria. Lo hiciste.

—No es cierto—dijo con la voz quebrada.

¡Ah! ¡Claro que lo era! ¿Cuántos de nosotros caímos en manos de esa Secta? Él no hizo nada por miedo a ser atrapado por aquel monstruo llamado Santino. Temía a Santino y un enfrentamiento directo. ¿Por qué motivo? ¿Por qué? ¿Por lo ocurrido con aquel milenario en Italia? ¡Ja! Simplemente era un cobarde. Siempre huyó. Huyó cuando Akasha se reveló del mismo modo que lo hizo dejado atrás a Gregory. Siempre huía. Pero esta vez no pudo huir como pretendía porque Lestat, el poderoso Lestat de Lioncourt, le acabó atrapando y doblegando.

—Sólo luchaste por él, ¿sabes por qué? Porque sólo comprometiste una vez tu corazón olvidándote que los amigos también son familia, son parte de uno, y que nosotros te apreciábamos sin juzgar tu pasado o posible caída en desgracia. Rhoshmandes, eres el mayor cretino que jamás he conocido—aseguré.


Entonces apareció Benedict con los ojos llenos de lágrimas. Rhoshmandes siempre ha odiado que Benedict llore pero no es porque manche su rostro, sino porque no soporta saber que amado idiota sufre. El resto si sufrimos no importa. 

domingo, 19 de julio de 2015

Querubín

Ustedes se quejan de como trato a Louis, pero lo trato muy bien en comparación como trata Marius a Armand.

Lestat de Lioncourt


Había escuchado tantos rumores sobre sus nuevos y profundos sentimientos, los cuales no podía lograr comprender, que me sentía irritado. Jamás me había sentido tan desplazado y olvidado. Ni siquiera me había sentido así por la mujer que compartió conmigo algo más que la inmortalidad, pues compartió conmigo vivencias humanas y el destino mismo hizo que nos tropezáramos una y otra vez. Pandora para mí era importante y sabía que sus sentimientos jamás cambiarían. Sin embargo, los de Armand parecían una jugada de cartas donde yo tenía la peor mano posible.

Gregory decidió hablar conmigo para tratar diversos asuntos. Puso sobre la mesa sus celos, pero también sus quejas. Arremetió contra mí muy duramente hasta dejarme sin habla. Era un ser excepcional y coincido que es uno de los vampiros más directos con los que he tenido la fortuna de hablar. Serio, tranquilo y conciliador me explicó sus dudas, sus miedos y también se opuso a mis coqueteos con quien consideraba su amante, compañera e hija más que una simple escultura en carne, hueso y sangre de una mujer excepcional. Sin embargo, eso no me ofendió. Comprendí sus preocupaciones, pero terminamos conversando de algo muy distinto. Él me aseguraba que Armand le había confesado que ahora estaba comenzando a comprender el amor y a sentirlo realmente. Yo no era el indicado. Ni siquiera se había atrevido a mencionarme en la conversación que tuvo con Gregory. Al parecer el violinista, ese mequetrefe esquelético de encantadores ojos azules, había logrado embaucarlo con la melodía de su siniestro violín.

Me sentí humillado, pero sobre todo olvidado. Él había olvidado mis caricias, mis promesas, mis verdades a medias y las mentiras sutiles que había tenido que ofrecerle para calmar sus miedos. Quise gritar de rabia, aunque tan sólo me mordí la lengua y me marché de la sala dejando atrás mis documentos sobre las leyes vampíricas, tan importantes para la Tribu, así como a Gregory y Landen, el cual estaba allí observándolo todo como si fuese parte del mobiliario.

—¡Amadeo!—vociferé caminando por el largo pasillo de suelos de mármol blanco, cuyas paredes eran hermosos frescos que resultaban sobrecogedores y mostraban pasajes de la biblia, para hallarlo en una de las habitaciones como si fuese un muñeco perfecto.

Me percaté que parecía esperarme regodeándose de mi dolor. Su ligera sonrisa era una burla cruel en aquella boca carnosa. Aquellos ojos castaños, por los cuales sufrí tantos años, me miraban sin inmutarse ni pestañear. Tenía las cejas rojizas perfectamente dibujadas en un rostro relajado, lleno de paz y muy armónico. Sus mejillas tenían un ligero color rosáceo, símbolo de haberse alimentado recientemente. Llevaba unas prendas comunes, muy vulgares, para pasar desapercibido por los barrios más bohemios donde cualquier muchacho, por mal vestido que estuviese, era bienvenido. Tan sólo una camiseta celeste, como el cielo en pleno verano, y unos jeans oscuros eran las prendas que envolvían su esbelto y pequeño cuerpo. Tenía los pies descalzos, pero a su lado estaban las deportivas que había llevado durante gran parte de la noche. Quise agarrarlo de los hombros y agitarlo con rabia, arrojarlo al suelo y golpearlo por esas confesiones tan crueles a Gregory.

—Amadeo...—murmuré apretando los puños e intentando contener mi rabia.

—Armand—respondió sin inmutarse.

—Para mí siempre serás mi Amadeo—respondí cerrando la puerta, para aproximarme a él. Quería mantener una conversación seria y fluida, aunque me encontraba muy exaltado. Él me negaba. Negaba sus sentimientos hacia mí. Eso era un auténtico disparate.

—Soy Armand, Marius—dijo incorporándose para ir a mi encuentro, rebásandome y llegando hasta la puerta. Antes de tomar el pomo, para girarlo y salir de allí, me miró con calma. En sus ojos vi decepción, pero también dolor. El mismo dolor que yo sentía—. Hace tiempo que dejé de ser tu Amadeo, el mismo tiempo que tú dejaste de ser mi amado maestro—bajó los párpados cerrando por un instante sus ojos y luego clavó su mirada en la mía. Era una mirada desafiante. Y yo, como no, acepté ese desafío moviéndome rápidamente hacia él, deteniendo su huida y arrojándolo contra el suelo.

—¡Suéltame! ¡Te recuerdo que estás bajo mi techo!—decía retorciéndose.

Mis manos se convirtieron en terribles garras. Mis fuertes y largas uñas inmortales rasguñaban el tejido barato de aquellas prendas bárbaras. Sus manos intentaban detenerme, al igual que las lágrimas de rabia que empezaron a manchar su rostro de porcelana fina. Él era mío. Podía hacer lo que quisiera con él. Me pertenecía. Era mi pupilo, mi creación, mi compañero, mi amante y por lo tanto podía destrozarlo arrancándole las escasas plumas que quedaran de sus alas. No era libre. Él sería siempre mi Querubín y haría que cantase como un ave herida y enjaulada.

—¡Suéltame! ¡Maldito seas! ¡Déjame!—gritó furioso. Sus colmillos rasguñaban sus hermosos labios y mi lengua lamía sus lágrimas como si fuese un animal salvaje.

En breves segundos no quedaba nada de su ropa, salvo jirones alrededor en un círculo mal dibujado. Sus cabellos estaban revueltos y caían como pequeños ríos de seda, o más bien de lava rojiza, sobre el encantador e impoluto suelo de mármol.

—¿Dónde lo tienes?—pregunté agarrándolo del cuello con mi mano diestra, para apretar así sus cuerdas vocales y evitar que siguiese respirando. Él abrió los labios, al igual que sus ojos. Tenía los ojos como platos, completamente redondos, pues se encontraba descolocado—. Maldita puta barata, ¿dónde tienes los inyectables que te ha ofrecido Fareed? Sé que los aceptaste—rápidamente vi un cambio radical en su rostro, pues sus labios se cerraron y frunció ligeramente su ceño. Colocó sus manos sobre mi brazo y clavó sus uñas traspasado la gruesa tela de mi túnica. Noté como sus piernas se movían inquietas, intentando patearme—. Dime dónde está. ¡Dímelo!—coloqué mi otra mano junto a la anterior y presioné provocando que dejase de resistirse.

Su brazo derecho se estiró sobre el suelo, pero el otro quedó alzado y con su mano aferrada a una de mis extremidades. El dedo índice indicó el escritorio estilo barroco. Era un estilo muy acertado para aquel estudio, en el cual solía reunirse con diversas personalidades de la ciudad. Era un inversor, un sivarita, un hombre de negocios que había conseguido grandes beneficios y que era tan influyente que nadie reparaba demasiado en su edad. Un rico heredero con un gusto fino y caro en su mobiliario. Así que aquella sala, que era donde se sentía poderoso, estaba siendo el lugar donde se encontraría de nuevo a merced del monstruo que yo podía ser.

Coloqué mi mano derecha sobre su rostro, acariciando suavemente sus mejillas y deslizando los mechones que caían sobre su frente. Estaba indignado. Me gustaba esa rabia. Sabía como aplacarla, aunque no tuviese mi viejo látigo a mano. Con la izquierda lo seguía sosteniendo del cuello, aunque con una menor presión.

En un par de movimientos sencillos y rápidos me incorporé, junto con él, para ir hasta el escritorio y sacar esas inyecciones ya preparadas. Faltaban algunas. Sabía que las había utilizado con aquel mequetrefe. Me sentí aún más dolido y humillado. Su cuerpo, su alma y su destino era mío. No concebía que otro pudiese tocarlo. Sin cuidado le inyecté dos de ellas, logrando que gimiera nada más soltarlo.

—Amadeo—susurré al ver como prácticamente se retorcía bajo mi atenta mirada.

Sus manos se deslizaban sobre su pecho estrecho y su marcada cintura. Los huesos de su cadera se notaban gracias al movimiento sutil que estas poseían. Tenía las piernas ligeramente flexionadas y con una abertura lo suficientemente amplia como para ver su entrada. Se llevó un par de dedos a su boca, palpando sus heridos labios y llevó sus dedos a su entrada. Jugaba sólo sin quitarme ojo. Podía ver su odio, pero era incapaz de alzar alguna palabra cruel hacia mí. A penas podía reflexionar sobre lo que ocurría.

Tenía sus pezones rosados muy duros y resaltaban ese océano blanquecino que era su pecho. Las costillas también se marcaban con el ritmo acelerado de su respiración. Gemía y jadeaba de una forma tan erótica que, incluso sin inyectarme aún una sola de aquellas dosis, me hizo desearlo profundamente.

—Dime, ¿serás una perra obediente?—pregunté apoyándome de lado en la mesa. Con el pie derecho le di una pequeña patada, para que me atendiera—. ¿Serás sumiso con tu maestro?

—Sí, maestro—respondió abriendo aún más sus piernas. Aquellos muslos tersos y llenos, tan similares a los de una mujer, parecían desprender un calor excepcional. Su sexo estaba duro y se inclinaba ligeramente hacia la derecha, igual que una flecha que indicaba el camino a seguir—. ¡Maestro!—gimió cuando, por si solo, palpó con sus dedos, índice y corazón, su próstata.

Decidí inyectarme una de las dosis, pero antes me desnudé y me quité las sandalias. Allí, frente a él, sintiendo de nuevo mi virilidad vibrar por la lujuria, quise hacerlo mío sin preámbulos. Sin embargo, deseaba que él aprendiese la lección. Lo incorporé echando mano a su cabello, para levantarlo tirando de su larga melena cobriza, dejándolo de rodillas. Con la zurda lo sujetaba, mientras que con la diestra inpeccionaba su boca introduciendo un par de dedos. Poco a poco hice que parte de mi puño se abriese paso en aquella pequeña boca, la cual no daba más de sí.

Sin escrúpulos ni miramientos penetré su boca. Mis caderas parecían haberse liberado de un terrible sueño, el cual había durado demasiado tiempo. Cada movimiento de mis caderas era fuerte y constante. Si bien, no tardé demasiado en tirarlo al suelo de espaldas, levantar sus nalgas y penetrarlo. Él gemía como una puta cualquiera. Gritaba que era mío, que era mi sumiso y yo su maestro. Después de varios minutos, penetrándolo con rabia y deseo, eyaculé vertiendo mi caliente, así como espeso, chorro de esperma en su interior.

No salí de inmediato, sino que seguí moviéndome en un par de embestidas. Al terminar pude observar como mi esperma caía de sus nalgas hasta sus testículos y se deslizaba por sus muslos. Él se giró y quedó de rodillas observándome completamente frustrado, aunque por si mismo decidió limpiar el estropicio de mi sexo. Cada gota de esperma desperdiciada, que manchaba mi miembro, fue lamida y tragada por Armand.

No obstante, cuando sintió que el efecto se había acabado tomó las riendas de su comportamiento, más racional y menos complaciente. Se levantó, golpeó mi torso con rabia y me dirigió las peores palabras que podía ofrecerme en ese instante.

—Amo a Antoine—dijo con rabia—. Lo amo como tú nunca me has amado. He logrado encontrar la estabilidad que tú nunca me has ofrecido. Permitiste que sufriera y luego alegaste que jamás lo hice. Me calumniaste—sus ojos se llenaron de lágrimas mientras intentaba alcanzar la puerta, aunque yo intentaba detenerlo—. Eres un monstruo... mira lo que has hecho... ¡Y luego te preguntas porqué dejamos de amarte!

—¡Tú no me has dejado de amar!—grité furioso mientras lo retenía entre mis brazos.


—Tienes razón, pero soy mucho más feliz con ese músico que contigo—al decir eso lo solté. La rabia se convirtió en dolor, el dolor en amargura y las amarguras en lágrimas. Él se marchó corriendo de allí, quizás buscando los brazos de su nuevo amante, y yo quedé allí sentado en el suelo llorando por mi estupidez.  

martes, 23 de junio de 2015

Sus ojos

Comprendo, y hasta veo normal, que Armand se sienta así. Marius debería aprender a ser más comprensivo.

Lestat de Lioncourt


—Sigues aquí—dije apoyado en el marco de la puerta.

Marius continuaba redactando aquellas interminables letanías. Se estaba esforzando por explicar cada ley, pues no deseaba que hubiese recoveco alguno para que cualquier duda o conflicto pudiese aparecer rompiendo así la calma y, por ende, la paz. Landen se encontraba muy próximo a él. Aquel vampiro, de aspecto demacrado por su escasa musculatura, jugaba con el globo terráqueo. Sus dedos se semejan a las patas de una araña, pero reconozco que es terriblemente atractivo. Ambos habían permanecido en aquella biblioteca durante horas sin siquiera dirigirse la palabra. Era una calma tensa, pues sabía que ambos se examinaban con cierta suspicacia.

—Tengo que acabar pronto. Las leyes son importantes—murmuró sin apartar la nariz del papel.

—Podrías usar un medio más moderno. Los jóvenes ya no usan papel—mis palabras llamaron su atención, pero fue para que me lanzara una mirada despectiva—. Marius, tus leyes llegarán mejor si usas las redes sociales y la red de redes. Internet es el futuro y tienes que adaptarte al nuevo mundo, junto con todas sus posibilidades, que se abre a ti sin fronteras—me aparté del marco de la puerta, para acceder a la biblioteca mientras sentía que estaba cometiendo un gran error.

—Creo que Benedict me está llamando. No lo puedo escuchar, es evidente, pero creo que lo está haciendo. Sí, ¿no lo oyen? Dice Landen sal de la habitación... Landen déjalos a solas. ¡Oh, creador mío! ¡Necesito que me eches una mano! Le diría que tiene a Rhosh para que le eche una, e incluso el brazo entero, pero... ya saben...—sonrió de tal modo que me recordó al personaje del sombrerero en Alicia en el País de las Maravillas.

Ese vampiro, cuyos orígenes eran franceses, se había recluido en la hermosa Italia. Allí, donde la Secta de la Serpiente, había tenido sus más férreos seguidores, había permanecido como si fuese un ser humano común y corriente. Disfrutaba de las plazas, las terrazas de las cafeterías, el arte en la calle, un café entre sus manos y la lectura habitual de sus periódicos favoritos. Sí, ese vampiro que tanto odió a Marius, pero a su vez acabó sintiendo cierta atracción. Cualquiera miraría a Marius y quedaría anonadado.

Landen salió de allí escurriéndose como una lagartija entre las grietas de una roca, para bajar precipitadamente por las escaleras hasta el jardín. Allí había varios inmortales reunidos conversando, contándose sus historias y sus debilidades. Nosotros nos quedamos frente a frente.

Marius me miraba. Había dejado de escribir. Sentí como la sangre se agolpaba en mis mejillas. Mi nerviosismo fue evidente cuando noté como me temblaban las manos. Quise romper a llorar, pero no lo hice. Él estaba allí con su impecable túnica borgoña, sus cabellos perfectamente peinados y sus ojos fríos, algo desafiantes, en un tono azul que ni él sería capaz de emular con su paleta de colores. Quise correr lejos de él, pero a la vez necesitaba que me estrechara entre sus brazos.

—Haré las cosas a mi manera—respondió tras un largo silencio.

—Como siempre—murmuré.

—¿Tienes algún problema con ello?—preguntó incisivo.

—No. En absoluto—dije con una suave sonrisa—. No te molestaré más. Tan sólo quería asegurarme que tenías todo a tu disposición—susurré metiendo las manos en mis pantalones.

—Armand, ¿quieres salir a caminar?—la voz de Daniel rompió aquel tenso encuentro como un rayo de esperanza. Sus palabras vibraron en mi pecho y me hicieron suspirar tranquilo, como si me hubiese salvado la vida.

No lo había escuchado subir por las escaleras, pero estaba allí. Sus hermosos ojos violetas se habían posado en mí, vigilándome como hacía décadas, sin odio ni reproche. Me giré hacia él asintiendo mientras me sentía cómplice de una huida oportuna.

—No lo he dicho antes, discúlpame, pero te ves mucho mejor que la última vez—dije agarrándome a su brazo derecho, mientras apoyaba mi cabeza contra él—. Te han sentado bien estos años en Brasil.

—Sí, es un lugar fascinante—respondió mientras tiraba de mí.

Los dedos de su mano derecha mágicamente buscaron mi diestra, entrelazándose, para luego tirar de mí y echar a correr escaleras abajo. No dudé en sonreír al notar esa fuerza, esa pasión, ese deseo y esa necesidad de compartir conmigo una noche. Había mentido siempre sobre él. Temía que descubrieran que me sentía torturado por como había acabado él, el único ser que había creado por amor y necesidad.


Quise decir muchas cosas, pero permanecí en silencio. Otorgué a mis caricias y mis gestos las palabras que no lograba hacer brotar de mis labios. Lloré en sus brazos y me protegí del terrible pasado que todavía es y será un lastre. Sentí como me perdonaba y eso me reconfortaba. El perdón es necesario y casi una obligación.  

martes, 5 de mayo de 2015

Un sorbo

Él decía en su libro que Daniel le traía sin cuidado, pero es falso. Armand está tomando notas de Marius.
Lestat de Lioncourt


Una ligera lluvia caía sobre New York. Las nubes no permitían ver las diminutas estrellas que aún podían contemplarse, pues los rascacielos y sus eléctricas luces eclipsaban la luz que provenía de ellas. Llevaba un chaquetón gris bastante grueso que me refugiaba del frío, un jersey de lana de cuello cisne color celeste, unos jeans y unas botas con el forro de lana. Llevaba mis cabellos rojizos sin cubrir, así que tenía la cabeza empapada. El flequillo caía sobre mi frente y rozaba mis perfiladas cejas. Cualquiera que me viese en ese momento diría que era un chiquillo perdido, pero iba acompañado. 

Por primera vez Daniel me seguía sin esa mirada perdida, sino con un aire poderoso. No sabía cómo lo había logrado Marius, pero ahí estaba él con un suéter blanco, una chaqueta de cuero forrada con lana y un peto cuyo dobladillo se empapaba en cada charco. Llevaba zapatos más cómodos, pero menos agradables para caminar bajo la lluvia. A él no le importaba. Sólo quería caminar a mi lado y verme cazar. No sabía cuál era el gusto de hacer algo así.

—Marius ha hecho una gran labor contigo—dije.

Nuestro hacedor se encontraba con Everard en la biblioteca francesa que poseía en mi vivienda de tres plantas. Allí redactaba nuestras leyes que quedarían fijadas para todos los miembros, desde el recién nacido en la oscuridad hasta el más antiguo en la Senda del Diablo. Everard, tan delgado e interesado en comprender todo lo que caía en sus manos, había terminado perdonando las afirmaciones de Marius sobre él. Ahora ese vampiro, delgado y de nariz puntiaguda con boca carnosa, se concentraba en otros quehaceres más que vengarse de Marius u odiar profundamente a Rhoshmade.

—Sí, lo hizo—respondió tomándome del brazo, para tirar suavemente de éste y poder pegarme a él—. No te odio.

—Es un alivio—susurré con una breve sonrisa—. Al menos tú no me odias.

—Benji tampoco te odia, pero es demasiado joven para comprender lo que tú has sufrido. Él también lo ha hecho, pero en menor medida. Además, pertenecéis a dos épocas muy distintas. Intenta comprenderte, cosa que no es fácil, y permanece a tu lado porque no sabría vivir sin ti, sin vuestras discusiones y momentos de paz—tenía la lengua suelta. Era la primera vez tras tantos años que era capaz de hablar de ese modo.

—¿Ya no te parezco un desgraciado?—reí bajo mientras me soltaba—. ¿No soy un demonio con cara de ángel? ¿No crees que soy un jodido bastardo con el rostro de un niño de coro de iglesia?—alcé mis cejas y esperé su reacción.

Él me tomó del rostro y me besó. Creo que lo hizo sólo para que me callara. Al despegar sus labios de mí me miró con cierta compasión y negó con la cabeza. La lluvia seguía cayendo. Nos calaba ya hasta los huesos. Pero allí estábamos en medio de una de las avenidas más concurridas dando el espectáculo del año.

—Te debo una disculpa. Tenías miedo de hacerme daño y sólo lo hiciste para protegerme de una muerte segura de haber sido mortal—explicó acariciando mis redondas mejillas—. No puedo decirte que no te he odiado, pero el sentimiento que tengo ahora es de aprecio. Aprecio lo que hiciste. Sobre todo aprecio que me hubieses llevado con Marius.

—Ese imbécil me dejó tirado siendo un recién nacido. Ya era hora que se encargara de alguien joven y que no le odiara por ser un mentiroso—una larga carcajada salió de su boca y acabó apartándose, revolviendo mi pelo, para seguir caminando.

—Vamos, tengo sed—dijo.

—Sí.

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Lestat de Lioncourt