Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 30 de junio de 2016

La historia se repite...

Marius está defendiendo lo que es "suyo" o más bien "cree suyo". 


Lestat de Lioncourt


—¿Podríamos hablar?—pregunté interrumpiendo su animada charla consigo mismo. Se lamentaba por el crimen que había cometido contra Maharet, pero aún no tenía agallas de aceptar o asimilar que había hecho algo similar con Khayman. Él aún distinguía entre “civiles” y “guerreros” como si aquel pobre milenario, el cual lideró durante años una resistencia que acabó protegiéndonos a todos, no hubiese sido usado como un mero juguete de un espíritu aterrado y adolorido—. Desearía hablar contigo sosegadamente—afirmé.

—Por supuesto—dijo incorporándose.

Estaba de rodillas reclinado contra un pequeño altar vacío de dioses, flores o libros sagrados. Había tomado aquel pequeño rincón olvidado en la capilla familiar del castillo Lioncourt, en mitad de una importante reunión de la cúpula de vampiros más poderosos o influyentes, para meditar y orar por sus estúpidos planes. Su rostro era bondadoso pero sus ojos aún tenían la frustración de una guerra mal trazada. Había escuchado grandes cosas de él y de su reino oculto a los ojos y oídos del hombre, y que ahora no existía ni siquiera sus pedazos, pero también tenía conocimiento de su hipocresía.

—Me pregunto qué problema tienes con mi Amadeo—dije acomodando la toga que había elegido para esa noche.

Siempre que llegaba a mis reuniones me desvinculaba de las ropas bárbaras que solían usar los hombres modernos. Dejaba atrás mis camisa de seda en tonalidades borgoña o cereza, me arrancaba los pantalones clásicos de color oscuro y los zapatos cerrados para huir a mis viejas prendas. Incluso me deshacía de la ropa interior que me impedía sentirme libre.

—Dirás Armand—indicó en tono sosegado mientras remangaba las mangas de su pulcra y sencilla camisa blanca—. Él ya no se considera Amadeo y tampoco cree ser tuyo.

—Lo que él crea poco me importa—aseguré—. A mí sólo me interesa saber los motivos que te llevan a desear su muerte.

—Es fácil...—susurró con una sonrisa diabólica.

—Adelante, ilumíname—contesté abriendo los brazos encogiendo mis hombros.

—Él incapacitó el buen juicio de mis creaciones y acabaron siguiendo su desdichada religión. Algunos de ellos acabaron muriendo—hablaba desde la rabia y el desconocimiento.

Armand jamás torturó a sus seguidores. Él sólo adoctrinaba en su fe, la cual creía cierta, a todo aquel que se acercaba y lo escuchaba como si fuera un Mesías surgido de los infiernos. Aquel rostro dulce, de querubín o niño de coral de iglesia, provocaba que todos quedaran convencidos y asombrados por la sensatez de sus palabras. En algo debían creer cuando la muerte se volvía pesada y la vida parecía olvidada en un pozo de recuerdos llenos de amargas lágrimas.

—Ellos pudieron resistirse—respondí.

—¡No si los secuestran!—exclamó.

—Eran libres de ir y venir—dije.

Era cierto salvo con Magnus. Él sabía que era peligroso aquel hombre enajenado por su horrendo rostro y cuerpo lleno de desgracias. Era un portentoso alquimista con un cerebro privilegiado, pero también era un tullido de rostro de gárgola y mirada aviesa. Sabía que estaba decidido a romper la organización desde la base y por eso lo siguió. Y no le faltaba razón. Magnus creó a un guerrero importante cuya espada eran sus filosas palabras.

—¡Eso no lo sabes!—espetó.

—Lo sé porque siempre estuve vigilándolo—admití para su asombro.

—Ah... así que es cierta tu cobardía—susurró.

¿Mi cobardía? ¿Y qué había de la suya? En ningún momento fue a por sus hijos, sus amigos y seguidores. Ellos, que confiaron ciegamente en él, fueron abandonados a su suerte.

—Simplemente me di cuenta que éramos incompatibles en creencias—dije con cierta amargura en la punta de mi lengua—. Él estaba demasiado influido por una vieja doctrina renacida en su pecho como si fuese la semilla del mal.

—Claro, pero mientras tanto otros sufrían las consecuencias de su abandono y dolor—se había incorporado y girado hacia mí para enfrentarme. Realmente deseaba desafiarme.

—Sigue pensando lo que quieras. Yo sólo he venido a advertirte—mi tono de voz cambió dejando atrás la amabilidad. Estaba profundamente molesto por su actitud. Sabía que Amel ya no regía en su mente y era él quien hablaba con todas las consecuencias de este aciago mundo.

—¿Tú a mí? Eres mucho más joven que yo—dijo carcajeándose.

No me importaban sus casi 6.000 años. No me interesaba lo que pudiese haber hecho en aquel lugar perdido de la jungla, entre manglares y ruinas reconstruidas con la pasión metódica que únicamente sabía tener Maharet, porque sólo podía pensar en proteger a quien amaba.

—Tengo a Lestat de mi parte, Rhosh—le aseguré.

—Prosigue...

Sabía bien que eso le detendría para escucharme.

—Si pones tus sucias manos sobre Armand o sobre cualquiera de mis creaciones, pero especialmente sobre mi muchacho, te juro que no descansaré hasta que sus sesos y entrañas decoren el suelo de mi palacio veneciano—dije con mis ojos de frías tonalidades azules clavados en los suyos como si fuera un infierno glacial.

—Ah... italiano tenías que ser... Se nota que el espíritu de la mafia viene de antiguo.

—Sólo te advierto—aseguré antes de marcharme para regresar al consejo de sabios que se estaba celebrando.


martes, 21 de junio de 2016

Madre y yo.


—¿Qué haces?—preguntó interrumpiendo mi larga discusión conmigo mismo. Amel había decidido abandonarme hacía un buen rato. No sabía por qué a veces se callaba, pero quizá lo hacía porque sabía que todos necesitamos un rinconcito de soledad.

—Pensaba—respondí.

—Es divertido. Todos creen que no piensas—dijo carcajeándose bajo mientras tomaba asiento conmigo en aquel banco.

Nos hallábamos en un hermoso cenador rodeado de madreselva, rosales y otras plantas silvestres que no tenía corazón de destruir pese a que supuestamente quitaba belleza al conjunto. Pensaba en todos esos jóvenes destruidos y no podía hacer lo mismo con plantas. Ellas representaban a las flores de este Jardín Salvaje, de esta jungla de sueños pesadillas, que habían sido arrancadas para siempre.

—Soy un hombre de acción, pero a veces medito—alegué con una ligera sonrisa.

—Sí, supongo que necesitas meditar el rumbo que está tomando tu vida y la historia de todos—echó su brazo sobre mis hombros y me dejó un beso en la mejilla. Seguía oliendo tan bien como cuando yo era un niño.

—¿Crees que todo saldrá bien?—le consulté. No estaba ya seguro de nada.

—¿No lo crees así?—preguntó.

—Sí, pero a veces me equivoco—dije aferrándome a su cintura mientras apoyaba mi cabeza sobre sus pechos.

—Eres de los que no se rinden—aseguró—. Jamás te has rendido. Ni siquiera cuando naciste casi muerto y pocos daban algo por ti—dejó un beso en mi frente y recordé algunos hechos de mi vida.

Me vi entre la nieve casi congelado dejando que el aliento saliese como vaho, el ruido de los lobos gruñendo y aullando, mi caballo relinchando, la escopeta a punto de disparar y mis perros atacando mientras morían uno a uno por las dentelladas de aquellos animales salvajes. También me sorprendí danzando en el teatro para luego, tras las cortinas, terminar yaciendo con la gitana que me vendió por unas monedas a mis hermanos. Claro está, también pensé en la taberna y Nicolas, la escapada a París, el desdentado Magnus, la verdad abriéndose paso como una navaja, las riquezas que adquirí y el desconocimiento, persecuciones, la muerte de Nicolas, la destrucción del violín y todo lo que vino después por culpa de mis deseos. Pero sobre todo vino a mí Louis. Los ojos de Louis aparecieron como si fueran una revelación divina.

—Pero en esta ocasión no lucho solo. Hay muchos factores que pueden fallar y...


—Hijo, tú sobreviviste a una manada de lobos, a los golpes de tus hermanos, al frío de los inviernos, a la sed y el hambre, a la inmortalidad con todas sus trabas y a la soledad que a veces te ha abrazado con firmeza como si fuese tu madre—dijo llevando su mano derecha a mis rizos leoninos para acabar tomándome del rostro girándolo hacia mí—. Te amo—murmuró. Estaba sorprendido por su discurso, pero también por escuchar de nuevo esas palabras tan importantes para mí. Realmente ella pensaba igual que yo en muchos aspectos—. Te amo con todo mi corazón. Eres lo más maravilloso que he podido aportar a este mundo y sé que puedes cambiarlo. Harás que todo sea distinto. Sólo tú puedes hacerlo—dio un par de besos más a mi rostro y se incorporó para echar a correr entre los árboles. Sabía que odiaba ese lugar, que para ella el castillo estaba tan maldito como el lugar donde quemaban a las brujas.  


Lestat de Lioncourt 

lunes, 25 de abril de 2016

Mi hijo

—Dicen que me parezco mucho a ti—dijo tras varios minutos de silencio.

—Eso dicen—comenté apoyado en la pared.

Estábamos en mitad de Nueva York. Había logrado despistar a todos los escoltas que se habían arremolinado junto a mí. Deseaba sentirme libre y aspirar la libertad de una ciudad tóxica y barata en muchos aspectos. La caza era fácil en las grandes ciudades porque siempre encuentras a cretinos en cualquier rincón. No es necesario ser un gran cazador para atrapar a una o dos víctimas. Mi sed de sangre seguía intacta y el juego del cortejo era excitante, por eso estaba correteando por callejones oscuros y bares de mala muerte. Él me había seguido. Había sentido su presencia hacía varios minutos pero no dije nada.

—¿No lo crees?—preguntó mirándome a los ojos.

—Eres mi hijo, sangre de mi sangre y tienes un ADN similar, ¿por qué no iba a creerlo?—respondí sonriendo.

Había descubierto que tenía un hijo hacía tan sólo unos días. Era increíble contemplarlo. Me sentía eufórico al saber que yo había logrado embarazar a su madre y ofrecer al mundo un pedazo de mí, algo más que mis libros y las cicatrices de mis aventuras. Sin embargo no sabía qué pensar en cuanto a su alma. Él era una criatura distinta a mí aunque con un envase similar y unos ojos llenos de rebeldía. Sabía que podía llegar a ser impertinente como testarudo. Supongo que la cabezonería es hereditaria. Gracias a diversas conversaciones supe que era un chico aplicado, que amaba conocer y comprender, y que había llegado a ser parte de una universidad elitista. Su forma de vestir era muy distinta a la mía y parecía un chico modélico sólo en apariencia, porque si rascabas el envoltorio tenías a un Lioncourt deseando probarse ante cualquier peligro. Pero claro, eso tenía que demostrarlo. Podía ser parecido, pero no idéntico. Por mucho que dijeran que era mi clon no tenía porqué tener un alma idéntica.

—No lo sé, tal vez porque las almas no se pueden fotocopiar—dijo echándose a reír.

En ese momento yo también me reí. Habíamos pensado igual. Supuse que eso era algo habitual. Él estaba acostumbrado a leer mis hazañas, a escuchar todo lo que yo había hecho o dejado de hacer, pero yo no sabía mucho sobre su vida salvo que vivió en un laboratorio, que su madre fue convertida y que asumía que vivía rodeado de vampiros. No había tenido contacto con muchos humanos y la oscuridad siempre le había rodeado como algo habitual.

—¿Quieres parecerte a mí?—pregunté—. No soy el mejor ejemplo a seguir.

—No, sólo quiero aprender a vivir sin límites. Me han puesto muchos límites y me han dicho siempre lo que debo o no debo hacer. Es complicado vivir así—se acercó a mí quedando bajo la luz suave de una farola y me miró a los ojos—. Lestat... me cuesta llamarte padre porque veo mi propio rostro. Pareces mi hermano más que mi padre y no sabes nada de mí. Desearía vivir contigo alguna aventura, alejarme de lo convencional y ser parte del mundo. Ya no quiero vivir bajo las enseñanzas de Fareed o Seth, tampoco quiero que mi madre me cuide como si fuera un cachorrillo extraviado o Rose se preocupe continuamente por si soy feliz a su lado. Claro que soy feliz al lado de Rose, que me gusta que mi madre me quiera y los consejos de las personas que respeto. Pero yo quiero compartir tiempo contigo.

“Compartir tiempo contigo”... Admito que esas últimas palabras lo significaron todo. Comencé a comprender que era lo que quería. Sólo deseaba estar pegado a mí algún tiempo aunque sólo fuera algunas horas durante mis aventuras nocturnas, deambular aunque fuese en silencio y comprender bien lo que yo era. Porque es fácil leer todo lo que yo he hecho, pero comprender todo es distinto. Yo no soy simple.


En ese momento sólo pude abrazarlo y aceptar su propuesta en silencio. Viktor se quedaría a mi lado aprendiendo de mí aunque siempre he pensado que el mejor maestro es uno mismo.  

martes, 22 de marzo de 2016

La esperanza

Hay numerosos archivos de Maharet que están saliendo a la luz. Ella los subió a la "nube". Yo no sé bien que es eso de "nube" pero me han dicho que es un lugar donde puedes subir archivos y que se queden para siempre ahí. Son diarios, pensamientos, poemas, canciones y rezos a los espíritus en diversas lenguas. Cada día la admiro más y extraño su presencia entre nosotros. 

Lestat de Lioncourt 

—Es inútil—dijo revisando exhaustivamente las pruebas que habíamos realizado a mi hermana.

El olor a antiséptico golpeaba mi nariz y me sentía mareada. Decidí sentarme en uno de los elegantes sillones de la consulta y recostar mi espalda para asumir la verdad. En ese momento me sentí súbitamente hundida. No supe realmente qué decir o cómo reaccionar. Quería echarme a llorar allí mismo pero me mantuve calmada porque él, mi agradecido guardián, estaba a mi costado derecho tomándome la mano y mirándome con gesto preocupado. Cuando iré hacia arriba, buscando los ojos de mi amado Khayman, sentí su mirada llena de dolor y lástima. Él no había podido hacer nada. Ni siquiera dándonos La Sangre ayudó a conservarla. Sentí sus dedos finos y largos entrelazándose con los míos mientras Fareed intentaba seguir su discurso derrotista.

—He hecho todo lo que estaba en mis manos. Mekare tiene daños muy importantes en su cerebro debido a las pésimas condiciones en las que vivió los primeros años, el aislamiento y el brutal abandono que sufrió por parte del mundo. Si deseas que use un eufemismo para asemejar su enfermedad con lo que padecen los humanos... —hizo un inciso doblando el informe en tres e introduciéndolo en un sobre para ofrecérmelo—Puedo decir está en estado vegetativo.

—Pero ella se alimenta y anda por la jungla—explicó Khayman porque yo no tenía fuerzas.

—Es el instinto de su cuerpo por sobrevivir, no ella—dijo.

—Seguiré contándole historias, cantando canciones, hablándole en nuestra lengua inventada y cepillando pelo mientras le explico las últimas noticias que hay en este maldito mundo—contesté incorporándome con ayuda de Khayman.

Amaba que siempre estuviera atento a todas mis necesidades. No era débil y jamás lo fui, pero ese momento me dejó tan conmocionada que ni siquiera la alegría de haber recuperado la vista me dio ánimos para salir de la consulta, encaminarme por el pasillo y salir a la superficie donde nos esperaba Jesse, David Talbot y Thorne junto a ella.

—Si eso te alivia y calma tu dolor...—contestó mirándome a los ojos con cierta decepción. No era decepción porque yo no encajara el golpe o casi estuviese a punto de echarme a gritar. Su decepción era consigo mismo porque no podía hacer absolutamente nada por ella.

—Ella me escucha, Fareed. Yo sé que su espíritu está en alguna parte junto a mí y necesita de mi ayuda. Sé que ella de algún modo se puede comunicar conmigo—mantenía esa esperanza en mi corazón porque era lo último y lo único que iba a tener.

—Todos tenemos nuestras creencias, Maharet—él también se incorporó saliendo de detrás de la mesa—. Hubiese deseado darte otras noticias...

—¡No!—dije elevando mi voz—. Fareed, no me intentes consolar porque tú también estás deshecho—sentí entonces como Khayman soltaba mi mano para rodearme por la cintura. Rápidamente los labios de mi viejo guardián rozaron mis mejillas. Percibí en ese momento que yo estaba llorando—. Gracias por devolvernos la visión a Thorne y a mí, por revisar a mi compañero y por tranquilizar a Jesse.

—Necesito estar en contacto contigo—respondió estirando sus manos hacia las mías para acariciarlas—. Por si tú acabas haciendo un milagro.

—Quien hace los milagros aquí eres tú.

Aquel rostro maduro e interesante era el de un hombre virtuoso. Estaba segura que jamás se daría por vencido. Las pruebas podían dar negativo pero su equipo siempre estaba investigando patologías raras, el ADN vampírico y numerosas propuestas, como ideas, venían de todo el mundo desde fundaciones de hermanos de Sangre como personas interesadas en sus investigaciones que la gran mayoría, por no decir casi toda la sociedad mortal, daría por estafa.

Sus científicos eran profesionales que habían terminado convertidos en vampiros tras años colaborando con él. Cada uno de ellos tenía una historia trágica y rocambolesca. Algunos habían presenciado el desastre que dejó atrás Akasha y comenzaron a investigar sobre el vampirismo, cosa que provocó juicios precipitados por parte de sus familias, amigos y compañeros de profesión. Varios habían quedado recluidos en diversas instituciones mentales, otros habían caído en la droga y la destrucción absoluta de su vida.

Cuando regresé al jeep que nos llevaría al aeropuerto, donde tomaríamos el primer avión hacia Brasil, rompí en mil pedazos la carta. La ciencia había hecho todo lo posible por ella pero yo seguía firme en mi propósito. Mekare estaba en algún lugar acurrucada en aquel cuerpo tan similar al mío, con ese rostro eternamente joven y esos hermosos ojos azules tan profundos como los míos. Me subí al vehículo y subí los cristales tintados para acabar rodeándola. Coloqué su cabeza sobre mi pecho y permití que escuchara los fuertes latidos de mi corazón.

—¿Estás bien?—preguntó Khayman mientras David hacía rugir suavemente el motor para ponernos en parcha—. Maharet, ¿estás bien?


—Siempre estaré bien mientras me mantenga al lado de mi familia—respondí mirándolo a los ojos.  

viernes, 4 de marzo de 2016

Pelea de viejos aliados

¡Pelea de milenarios! Digo... ¡Ahí va otra pelea! Landen y Rhoshmandes necesitan poner las cosas claras.

Lestat de Lioncourt


—¿Aún me detestas?—preguntó.

Estaba allí de pie contemplando el magnífico jardín interior de ese rascacielos, un edificio perdido en mitad de una de las grandes avenidas de Nueva York, que por dentro era un palacio que muy pocos podían contemplar o alcanzar siquiera sus puertas. Podía observar las maravillosas flores de invierno, las enredaderas subiendo por las columnas jónicas de mármol blanco y los elegantes arbustos que parecían esculturas mudas de un mundo antinatural.

Había decidido alejarme de todos. No quería escuchar el murmullo de su voz. Odiaba el eco de su timbre en mi cabeza y su aroma. ¡Esa maldita fragancia que siempre le acompañaba desde que le conocía! Quería alejarme y hundirme en mis propios pensamientos. No podía acceder a las bibliotecas porque había sendas reuniones y tampoco escaparme por las heladas calles de la esa gran ciudad. Fui donde creí que no le importaría a nadie, pero él decidió seguirme con esa estúpida pregunta en sus frívolos labios. 

—¿Es una pregunta retórica?—dije.

—¿Debería serlo?—contestó.

—Quizá—susurré acariciando los tiernos pétalos de aquella Camelia. ¿Cuántos meses había tenido que ser regado su arbusto para que ofreciera esa maravilla? No lo sabía. Sólo me concentraba en su belleza y aroma para no caer sobre él con miles de palabras hirientes.

—Landen, lo que ocurrió en el pasado debería hundirse en las profundidades de las arenas del tiempo—dijo dando dos pasos hacia mí.

Me sentí acorralado como un gato en un callejón. Quería huir de él, de sus grandes manos y sus profundos ojos claros. No sabía dónde ocultarme porque algo me decía que él iría a buscarme. En ese momento sí me buscaría como no lo hizo en el pasado.

—Para ti es fácil decirlo—dije.

—¡No lo es!—exclamó.

—Oh… vamos… —susurré girándome hacia él.

Mis ojos oscuros se enterraron en los suyos como dos poderosas dagas. Él pudo sentir mi dolor y eso hizo que retrocediera.

—Landen, el mundo ha dado muchas vueltas como para que tú sigas en el mismo lugar—dijo tendiéndome sus manos, abriendo sus brazos e invitándome a un contacto que no quería. No deseaba abrazarlo. Por mí se podía arrojar a las llamas del infierno si así lo creía oportuno.

—No sigo en el mismo lugar—aseguré.

—¿Y por qué sigues mirándome con odio?—me preguntó.

—¿Odio? No puedo odiar a alguien tan insignificante en mi presente.

—Pues veo rechazo en tu mirada—asumió que le rechazaba, pero no era realmente rechazo. Simplemente era dolor. Un dolor profundo de una herida que nunca lograría cerrar.

—Te admiraba—confesé—. Te admiraba profundamente y no supiste luchar por nosotros. Dejaste que te derrocara y te echara a un lado como si sólo fueras un papel mojado, un desecho más, o simple escoria. Lo hiciste.

—No es cierto—dijo con la voz quebrada.

¡Ah! ¡Claro que lo era! ¿Cuántos de nosotros caímos en manos de esa Secta? Él no hizo nada por miedo a ser atrapado por aquel monstruo llamado Santino. Temía a Santino y un enfrentamiento directo. ¿Por qué motivo? ¿Por qué? ¿Por lo ocurrido con aquel milenario en Italia? ¡Ja! Simplemente era un cobarde. Siempre huyó. Huyó cuando Akasha se reveló del mismo modo que lo hizo dejado atrás a Gregory. Siempre huía. Pero esta vez no pudo huir como pretendía porque Lestat, el poderoso Lestat de Lioncourt, le acabó atrapando y doblegando.

—Sólo luchaste por él, ¿sabes por qué? Porque sólo comprometiste una vez tu corazón olvidándote que los amigos también son familia, son parte de uno, y que nosotros te apreciábamos sin juzgar tu pasado o posible caída en desgracia. Rhoshmandes, eres el mayor cretino que jamás he conocido—aseguré.


Entonces apareció Benedict con los ojos llenos de lágrimas. Rhoshmandes siempre ha odiado que Benedict llore pero no es porque manche su rostro, sino porque no soporta saber que amado idiota sufre. El resto si sufrimos no importa. 

jueves, 15 de octubre de 2015

Perversos versos de pasión

Ésto lo veía venir, pero porque Amel me lo comentó. Avicus y Flavius...
Lestat de Lioncourt

Sabía donde se encontraba. Buscaba el consuelo de sus brazos cálidos y firmes. Necesitaba hundirme en sus ojos azules, penetrantes y apasionados, que se desvivían por las sinuosas líneas de algún libro profano, malsano para muchos, indecente inclusive o simplemente estrafalario. Él leía cualquier libro, pero sobre todo libros extraños que nadie parecía apreciar. No era el típico lector, yo tampoco lo era. Me había desvivido durante algunos años en encontrar ejemplares únicos, a veces solo y a veces en su compañía, por los diversos puestos ambulantes en mercadillos, librerías consumidas por el polvo y la humedad, bibliotecas de todo el mundo y fastuosos edificios modernos que parecían haber perdido el alma de cada uno de sus empleados. Él era mi consuelo. Me veía reflejado en su pasión, esa droga dulce llamada literatura, y me conmovía la forma en la cual recitaba. Había sido creado para el deleite y la compañía, para el consuelo y el ánimo.

Recorrí los largos pasillos enmoquetados, observé de reojo las diversas pinturas de óleo que colgaban en las paredes y las numerosas estatuillas. Gregory tendía la mano al arte, al coleccionismo, y la belleza sin igual de algunas piezas únicas. Él nos había juntado bajo un glorioso edificio en Suiza, un lugar espléndido pero algo húmedo y frío. Mis pasos se precipitaron cuando alcancé la puerta de la biblioteca y lo vi recostado sobre aquel diván, de color rojizo y de robustas patas de león recubiertas de pan de oro.

Era hermoso. Sus cabellos castaños, con reflejos dorados, caían ligeramente sobre la pieza. Tenía el torso desnudo y las piernas sólo estaban cubiertas por unos calzones al más puro de la Roma clásica. Las sandalias estaban tiradas a un lado de la habitación y sus pies desnudos, perfectos y similares, parecían haber sido siempre así. Aquella pierna era una maravilla de la genética, de la ciencia, de la medicina y de las manos de Fareed.

Sabía que me había escuchado entrar, incluso sentido el corazón mientras recorría todo el edificio buscándolo, pero no desvió la atención de su libro. Sólo empezó a recitar el poema en voz alta y eso me extasió. Sus labios carnosos se movían suavemente, con una cadencia distinta, mientras sus ojos parecían alborotarse como las llamas de la chimenea que ya estaba encendida. Cálida la estancia y cálido él, pues parecía haber ingerido algo de sangre hacía sólo unas horas.

Me acerqué sentándome a su lado, justo al otro costado del diván, para colocar mi tosca mano derecha debajo de su prenda. Él echó la cabeza hacia atrás y permitió que contemplara su cuello largo, delicado y atractivo. Besé su nuez de adán, igual que su hombro izquierdo, para luego deslizar mi lengua cerca la de la comisura de sus labios. Mi dedo índice se hundió en su entrada y él abrió sus piernas para que gozara del calor que emitía su cuerpo. Me miró con los ojos entreabiertos y siguió recitando su poema, pero libro había caído de sus manos precipitándose contra la moqueta.

Había ingerido sangre mezclada con una fuerte dosis de la droga excitante de Fareed, esas deliciosas hormonas que provocaban que entráramos en un estado de deseo similar al que habíamos tenido siendo humanos, y decidí compartirla. Mordí mi lengua y le ofrecí mi sangre, pastosa y concentrada llena de testosterona, que provocó un rápido efecto en él. Su lengua se pegó a la mía luchando como si fuese una mordaz espada. Por mi parte, y con cierta violencia, le arrebataba el calzón convirtiéndolo en jirones. Yo, loco de deseo, había ido a buscarlo desnudo y entregado. Mi dedo, por lo tanto, dejó paso a mi miembro y mis brazos rodearon su estrecho cuerpo pegando su espalda, mucho más pequeña que mi torso, contra mí.

Gemía con los ojos cerrados, pero con los labios carnosos y húmedos bien abiertos. No se contenía en gritar aullando mi nombre, rogándome que rompiera el silencio de aquella biblioteca con mis gruñidos y delirios. Mi boca besaba con ansias su cuello, mordía la cruz de su espalda y rozaba sus hombros. Mis cabellos se pegaban en mi frente, del mismo modo que los suyos en la propia. Los movimientos de mis caderas eran firmes, toscos y violentos, pero él parecía delirar con cada uno de ellos. Era la primera vez que teníamos un encuentro como ese, pero sabía que no sería el último.

—Déjame a mí... darte placer como nunca te lo han dado...—susurró jadeante.

Salí de él y le observé incorporarse, para luego ayudarme a colocarme sobre el diván. Una vez mi cabeza reposaba en el mueble, y mi espalda estaba completamente firme sobre éste, él se colocó sobre mí comenzando a montarme como si fuese un caballo salvaje. Su cabeza cayó hacia atrás, pero mis manos se pegaron a su torso reptando hasta sus pezones, los cuales pellizqué con furia, para bajar hasta sus caderas y ayudarle con el balanceo atroz que él me ofrecía.

—Flavius...—murmuré su nombre.

—Dulce guerrero... hazme el amor como a las esclavas... dirige tu espada contra el centro de mi universo y hazme callar en lamentos de placer—jadeó moviendo suavemente sus caderas, como si ni siquiera moviera su figura, para luego trotar con furia perversa. Se detuvo al notar, con cierto orgullo, que me derramaba en su interior—. Dame la leche de tu ánfora y sacia mi sed. Haz que éste locuaz termine convertido en tonto por el amor de las musas, Venus y tus ojos oscuros—susurró, moviéndose suavemente, y dejaba que mis manos lo masturbaran. Apreté sus testículos con la zurda, mientras con la diestra jalaba de su sexo. Apreté su glande con cierta fuerza y él se dejó llevar.


Allí, sobre mí, trifuante y perverso, lo vi sonreír como lo haría una mujer satisfecha y un guerrero victorioso. Me incorporé mientras tiraba de él, agarrándolo de la nuca con la mano izquierda, y lo besé. Sabía que era mío. Era el primer amante que lograba doblegarlo y doblegarme.  

lunes, 12 de octubre de 2015

No preguntes al rey de los irresponsables...

—Buenas noches, David—dije dejando el libro en la estantería—. ¿Acaso vienes a advertirme?

—Hace tiempo que tiré la toalla contigo—suspiró pesadamente encogiéndose de hombros, cruzando los brazos sobre su pecho y apoyándose del lado derecho contra la estantería—. Eres imposible—dijo con una sonrisa suave. Era elegante y tenía un aspecto muy atractivo. Aquel cuerpo había sido moldeado por su alma de hombre culto, refinado e intuitivo. Nada quedaba de ese brillo del principio, tan alocado y sumido en nuevas impresiones, sino que había otro más sabio que te transmitía conocimiento y misterio.

—¿Y a qué debo entonces que vengas a visitarme?—pregunté apartándome de la mesa.

—Viene a vernos—sugirió Amel alborotado—. Pregúntale si desea jugar al ajedrez—murmuró echándose a reír a carcajadas—. Tenemos ventaja, belleza.

Yo sólo sonreí contemplándolo. Deseaba estrecharlo entre mis brazos y decirle cuan agradecido estaba de tenerlo ahí. Pero me contuve. Tan sólo me giré por completo hacia él y me perdí en sus ojos. Amel podía contarme todo lo que pasaba por su cerebro, eso que ocultaba ese alma llena de pecados y aciertos, si bien jamás me gustó leer las mentes. Siempre he preferido el misterio, lo insólito y sorprendente. Conocer con antemano lo que me van a contar es demasiado insípido.

—Quería saber cómo estás...—dijo acercándose a mí, para apoyar sus manos sobre mis hombros.

—Vienes a comprobar si sigo siendo el mismo irresponsable, carismático e idiota de siempre o si me he vuelto loco y permitido que Amel tome el control. David, por favor. Amel es feliz compartiendo conmigo éste tiempo, una conversación que durará para siempre, y que nos arrebata a ambos la soledad que sufríamos. Ésto nos beneficia a los dos—expliqué mientras iba hacia mi escritorio, donde me apoyé, girándome hacia él—. Ya me has visto.

—He cometido un acto terrible—susurró.

—¿Has matado a alguien que no lo merecía?—indagué.

—He jugado con fuego... Daniel y yo...

—No me interesa la clase de juegos que tengáis—aseveré mientras me sentaba—. No soy la hermanita de la caridad, ni alguien con el alma pura y dulce. Yo no te puedo aconsejar.

—Tiene miedo de Marius, seguro—murmuró Amel.

—Marius no te hará nada. Nos aseguraremos de ello—dije con la mano derecha sobre mi corazón.


David sólo asintió y se marchó. Los líos de faldas eran sólo divertidos cuando yo era el causante. ¡Tenían emoción! Pero lejos de ese círculo vicioso eran aburridos e incluso tedioso hablar con una moral de la cual carecía.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nuevo amigo

Armand y Gregory se hicieron buenos amigos. Me alegra que ésta reunión sirviera para algo.


Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie. Vestía un traje impecable hecho a medida que le sentaba como un guante. Aquel vampiro poseía algo más que elegancia. Tenía una belleza exquisita y unos modales perfectos. Se movía por la sala como un ejecutivo en una atestada sala de reuniones. Caminaba con seguridad y sus ojos eran profundos, de mirada sosegada e inquietantes. Jamás me había sentido tan intimidado por un igual. Supe que él era Gregory sin necesidad de presentaciones.

Me acerqué a él extendiendo mi brazo derecho, ofreciéndole mi mano. Benjamín había hecho que pasara, dándole la bienvenida a nuestro hogar. Él parecía maravillado conmigo, la habitación y la música de Sybelle. El tacto de su mano fue irresistible, así como el perfume masculino que lo envolvía. Cualquiera se hubiese enamorado de aquel hombre que parecía un humano más, con su piel tostada que realzaban hermosos rasgos árabes.

—Estoy aquí porque me necesitáis. Ha ocurrido grandes tragedias y he decidido ofrecer mi ayuda—explicó mientras su comitiva, de diversos vampiros milenarios, entraban en la sala tras él.

—Es un placer. Como dije en nuestra conversación, aunque no tuve la oportunidad de hablar durante mucho tiempo, mi casa es su casa y son bienvenidos todos—sonreí maravillado.

Gregory fue amante de la reina. Muchos hubiesen temido su aparición, pues era un rival perfecto para Khayman. Sin embargo, hacía tiempo que las disputas entre ambos había muerto. Él fue libre del amor de Akasha, del poder que caía sobre sus hombros y del ejército que aullaba consignas creyendo que él lo hacía todo por honor, aunque realmente lo hacía por temor a ser destruido. Desde ese momento sentí que deseaba conocer todo de él, que podía abrirme a sus consejos y eso hice.


Ahora aguardo fuera de su oficina, sentado en la sala de espera de uno de los edificios más maravillosos de Suiza, esperando que me atienda. Ya ha caído la noche. Él podría aparecer en cualquier momento. Su secretaria me ha anunciado hace más de unos minutos. Quiero saber de él, necesito hablar con Gregory. Sus consejos sirvieron para que mi corazón de piedra volviese a latir. He aprendido amar aceptando que puede ser complicado y terrible, pero necesario.  

viernes, 11 de septiembre de 2015

Rey de Nueva York

Al parecer cuando un Taltos muere no va al cielo, sino que se convierte en fantasma. Al menos, eso parece. Ashlar, convertido en fantasma, busca a Morrigan.

Lestat de Lioncourt

Quiero caminar contigo descalzo por las doradas arenas de aquella costa, ¿la recuerdas? El mar apenas tenía oleaje, sus aguas se confundían con el cielo y el sol brillaba con fuerza. Podíamos tomar leche de coco, pero preferíamos alimentarnos el uno del otro. Mi cariño era sincero, por eso robaba cada beso como un colegial. Había perseguido ésta sensación durante décadas y, finalmente, lo logré contigo. Tu mataste a la soledad y la enterraste bajo una palmera, pero fui incapaz de hacerte ver lo importante que eras para mí.

Eras deliciosa como fruta madura. Tu piel se doró bajo el sol y tus pecas, las cuales cubrían tu delicado y joven cuerpo, se borraban por el bronceado. Te convertiste en la mujer de mi vida. Fuiste la señal que esperaba, el triunfo de mi larga espera, pero también mi último recuerdo.

Mi alma viaja por otros mundos, se desplaza entre los cosmopolitas, mientras imagino lo que fue para ti, y para mí, aquellos días. Quiero encontrarte. Llevo varios años buscándote. Te persigo como un loco persigue a sus amigos imaginarios. Me sobra tiempo, pero me falta tranquilidad. Necesito encontrarte. No quiero ser El Hombre que camina entre el tráfico de Nueva York. Nuestra historia fue triste, lamentable y terrible, pero podemos volver a estar juntos. ¿No has escuchado la radio? Hay miles como nosotros. Almas en pena buscando ser comprendidos. Dime que tú me estás buscando. Quiero volver a retenerte entre mis brazos una vez más.



miércoles, 27 de mayo de 2015

Príncipe Lestat

A veces desconocemos nuestra verdadera fuerza. Nos dejamos arrastrar por el pesimismo hasta llegar a un bucle de desesperanza. Nos convertimos en socios del desaliento y nos adentramos en la oscuridad más miserable. Quizás es necesario que pasemos por esa fase para levantarnos, sacudir nuestras penas y luchar hasta conseguir la victoria. Puede que así sea.

En muchas ocasiones me he visto al borde de un terrible precipicio. Los dilemas siempre me han rodeado y las decisiones tienen que ser rápidas, pero a veces no son las mejores. No siempre acertamos, ¿verdad? Nadie puede conocer a ciencia cierta como nos irá en la vida. Y la vida de un vampiro, de un ser inmortal como lo soy yo, es demasiado extensa. No se puede librar la batalla eternamente contra los fantasmas del pasado. En algún momento, aunque no sepamos bien cuando, hay que dejar que se marchen y procurarnos un futuro más brillante.

Cuando era un joven mortal cuyos mayores momentos placer era yacer con mujeres del pueblo, beber hasta bien entrada la madrugada, robar caricias indecentes a pobre diablo llamado Nicolas y adentrarme en el bosque a cazar para alimentarme, así como para labrarme cierta reputación en mi familia, tuve momentos muy reveladores. Pasé por distintas etapas en las cuales descubrí la fuerza de mi tenacidad, mi capacidad de superar mis miedos y mayores desgracias, para darme aliento hasta superar cualquier cosa. Sin embargo, la vida son retos constantes y momentos inoportunos que te pueden hundir tu meteórica carrera.

Tuve que aceptar el ser convertido a la fuerza, pero ya no odio al ser que me creó. De hecho creo que estoy bastante agradecido por su elección. Él me dio una oportunidad increíble. Ahora que he vuelto a comunicarme con él, aunque sólo sea con su espíritu, me siento aliviado e incluso emocionado.

Después de la gran aventura que he vivido. De poder escuchar a los espíritus y al Germen Sagrado, el cual llevo en mi interior como si fuese una reliquia, puedo decir que no me siento condenado. He vivido años desgraciados cubiertos de un sin sabor, de una amargura y unas experiencias poco placenteras. Creí que ya lo sabía todo y comprendía el mundo que me rodeaba. Había alcanzado, según yo, todos los límites establecidos. Sin embargo, me equivocaba. No hay límites salvo aquellos que nosotros mismos nos imponemos.

Hay que aprender a convivir con otros igual que convivimos con nuestras desgracias, victorias y sensaciones. Debemos dejarnos llevar por la vida, pero no permitirle que ella dicte nuestros pasos. El destino lo fabricamos con nuestras manos y pisadas. Nosotros somos algo más que un peón sobre el tablero, pues incluso el más débil, en apariencia, de todos puede ser nombrado rey y liberar a todos de la oscuridad que recaía sobre sus hombros. Existe la libertad, pero tiene un precio caro. Del mismo modo que existe la felicidad, aunque cuesta encontrar el camino.


He llegado a ésta maravillosa conclusión dialogando con Amel. Hemos estado conversando durante días. Disfrutamos de pequeñas charlas que quedan suspendidas en el aire cuando deseo desenvolverme por las abarrotadas ciudades, sentir la presencia de alguno de mis viejos compañeros o beber hasta saciarme de una de mis víctimas. Me comporto como el muchacho que fui. Poseo aún la curiosidad y la rebeldía de un joven que trota entre los montes cercanos a su frío hogar. He echado raíces y son más profundas de lo que pensaba. Creo que al fin puedo considerarme sabio, aunque no soy un coloso. Todavía queda mucho que desvelar y aprender. Me queda mucho por vivir.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 26 de abril de 2015

It's my life

—Me gustas porque siempre has quebrado todas las reglas. Ahora puedo comprenderte mejor. Somos uno. Estamos unidos—decía mientras miraba por el retrovisor de mi Lamborghini.

—¿Quieres callarte? Tu parloteo a veces es insufrible—mascullé apretando los dientes.

Tenía varias llamadas perdidas, un par de mensajes de mi hijo y una cita importante. Debía acudir a una reunión. Si alguna vez me sentí realmente maldito, cosa que habitualmente decía emitiendo una potente carcajada burlándome de todo y todos, era en ese momento. Comenzaba a comprender lo pesada que podría ser una inexistente corona. Mis cabellos alborotándose gracias al viento húmedo y cálido de Nueva Orleans.

Había regresado allí. Ni siquiera sabía bien porqué. Estaba bien en mi castillo, ¿no era así? Además, el arquitecto solía precisar mi ayuda para la remodelar las nuevas salas que había pedido imperiosamente que hiciese con rapidez. Sin embargo, había viajado por los aries, acariciando las nubes y contemplando las estrellas, sin importarme nada. Sólo viajé. Informé a mis abogados del viaje una vez en la ciudad que fue mi renacimiento, mi cementerio y mi hogar durante algunas décadas. Exigí que me tuviesen un deportivo preparado y una habitación de hotel. Nada más. Tenía que reunirme con todos. Deseaba volver a ver a los viejos amigos.

—¿Otra vez hablando con él?—preguntó abrochándose el cinturón—. Lestat...

—Louis, por favor, ni preguntes—chisté arrancando el deportivo.

Él había decidido venir a vivir conmigo. Ni siquiera sabía porque era mi sombra. Quizás porque yo le preocupaba. Pero a mí me preocupaba más el destino de todos nosotros que mi propia vida. Siempre la había expuesto. Disfrutaba enormemente viviendo al límite. Él lo sabía. Tenía que saberlo. Era una estupidez pensar que iba a cambiar y centrarme. Con ese idiota hablándome cada cinco segundos, haciéndose notar, era imposible que hiciese algo racional de vez en cuando. Ahora no soy el mismo. Siempre termino cambiando. Me muevo por instinto y, en ésta época, me he convertido en un animal salvaje que busca disfrutar de un nuevo comienzo.

—Conduce entonces—dijo mirando hacia el frente.

Me quedé observándolo unos segundos. Apreciaba su aspecto tan humano. Pese a su piel pálida y sus ojos verdes, tan iridiscentes, tenía una magia que lo envolvía con una desazón tentadora. Poseía una pose humana, un envoltorio perfecto, pese a que ya era un ser tan poderoso como vampiros más antiguos. Sus manos estaban ligeramente colocadas sobre sus muslos. Llevaba un traje oscuro, una camisa blanca desabotonada y un chaleco verde botella que apenas se apreciaba al tener la chaqueta cerrada. Eterno y elegante filósofo. Eso era Louis. Un ser eterno que siempre vestiría impecable en cualquier circunstancia.

Por mi parte, como no, había decidido usar mi chaqueta roja y una camisa blanca. Llevaba mis lentes rosáceos en la cabeza, como si fueran mi apreciada corona invisible, y unos jeans desgastados con unas botas algo sucias. No era la mejor imagen, pero ¿importaba? Creo que no le importaba a nadie ya como vistiera. Podía ser el líder de todos, el Príncipe de los Vampiros, pero no tenía porque ser un aburrido estirado o vestir como un hombre de negocios. Me gustaba la comodidad. Era un ser de acción. Los trajes formales sólo le quedan bien a James Bond.

La reunión sería en una de mis viejas propiedades. Volvería a ver a seres como Gremt, ese espíritu que decidió ser parte de éste mundo de una forma muy distinta a Amel, y a viejos amigos, así como nuevos conocidos. Estaba dispuesto a poner en orden algunos temas y aclarar ciertas circunstancias que se iban prologando con el tiempo. Mientras conducía Bon Jovi sonaba en el reproductor. Louis sólo se movía intranquilo. En uno de los semáforos me tomó del rostro y me besó. Fue un beso breve, pero parecía pedirme calma. Era como una pequeña promesa que se hacía a sí mismo. Promesa que podría ser soportarme, por supuesto, y no terminar provocando un incendio dentro del vehículo.

Me aparté de él, aceleré el vehículo y permití que el aire cálido arrastrara nuestros cabellos hacia atrás. Mi castillo empezaba a ser un lugar de recreo para vampiros, cuando en realidad era mi guarida y un refugio para curar las cicatrices que me ofreció la vida, mortal e inmortal, pero en esos momentos todos guardaban pequeños tesoros entre lo que que fue tan sólo viejas ruinas. Por eso había apartado la atención de él. Yo nunca quise ser el líder de ninguna tribu, pero ya lo era. Era parte de ese juego y Louis sabía mi inconformidad. Pero quien mejor lo conocía era Amel, pese a que estaba encantado con formar parte de mí y de la historia de nuestro pueblo.

—Lestat, la mansión estaba en la calle anterior a éste cruce—dijo percatándose que estaba huyendo de mi responsabilidad—Les...

—Ya lo sé—respondí—. Hoy los esquivaremos. Iremos donde queramos. No tenemos porque reunirnos en éste preciso instante. Puede postergarse una noche. Sólo unas horas, Louis. Nadie saldrá herido—le guiñé y él se remolinó en el asiento, frunciendo el ceño y torciendo el gesto.

—Irresponsable.


—¡Siempre!—grité pulsando el reproductor para aumentar el volumen de mi estruendosa música rock.  

domingo, 29 de marzo de 2015

La justicia

Recuerdo bien ese momento. Leí sus memorias con ansias. Dijo cosas hirientes hacia mí, pero también hacia otros inmortales... Fue terrible su final. 

Con ustedes una discusión entre Maharet y Marius. La narra Khayman. 

Lestat de Lioncourt

Ambos se observaban a los ojos. Ella cada vez parecía más fatigada. Intentaba explicar por enésima vez que no podía imponerse de ese modo. Ella no permitiría que un asesinato se diese bajo el techo de nuestra casa, ni siquiera bajo el techo de cualquier otro. Maharet tenía la vista nublada, los ojos de su víctima estaban estropeándose, y el nerviosismo de Marius provocaba un malestar en su alma, en sus revueltos sentimientos, que la dejaba agotada.

—Estoy bien, Khayman—dijo aferrándose a mis manos, las cuales sostenían su delicada cintura—. Querido, estoy bien—murmuró con la voz quebrada.

—¡Debes hacer algo! ¡Exijo justicia!—bramó enérgico. Movía sus brazos como un molino de viento, sus cabellos parecían unirse a su furia, y esos ojos fríos, como el hielo, emitían un fuego abrasador.

—Son viejas rencillas que debes olvidar. La venganza es innecesaria—murmuró apretando sus dedos—. Querido, deberías ir a ver como se encuentra mi hermana. Deseo que esté cómoda.

—No me apartaré de ti. Mekare es fuerte—dije cerca de su oído—. Es terco, permite que hable con él. Te encuentras fatigada. Sé que detestas éstos enfrentamientos.

—¡Vosotros tuvísteis vuestra venganza!—gritó.

—Estábamos dispuestos a perdonar, pero ella quería el mundo a sus pies. Ya no es tiempo de imperios, Marius—respondí—. Sólo queríamos detenerla, que nos escuchara y volviese a ser la mujer a la cual amé como reina—mis brazos rodearon con firmeza a Maharet y ella estaba a punto de romper a llorar. Sabía que Marius impondría sus deseos. Haría que Santino muriera pese a todo. No permitiría que tuviese siquiera justicia o unas palabras, aunque fuesen breves, para defenderse. Él quería muerte y destrucción, pero la muerte y destrucción sólo genera más muerte, más dolor, más heridas y más problemas. Nosotros queríamos mantenernos al margen. Ella sólo deseaba la compañía de su hermana—. Akasha se vio sobrepasada por el poder antes y después de...

—¡No me importa! ¡Quiero justicia!

—Justicia no es igual a venganza—respondió Maharet—. No lo haré.

Aquella discusión se prolongó durante semanas. Se convirtió en algo habitual. Marius estaba enfervorecido. Deseaba un juicio justo a favor de sus intereses, por lo tanto no era ni justo ni un juicio. Quería aplicar unas normas que él mismo no había seguido. Santino estaba en peligro, pero poco o nada podíamos hacer.

Finalmente nos reunimos bajo su techo. El antiguo líder de la Secta de la Serpiente en Roma, aquel que lo dio todo por unas creencias que ya no practicaba, se personó para intentar dialogar. Sus ojos oscuros, su tez blanca y su voz amable no duraron demasiado: acabó incinerado por Thorne, un vampiro vikingo creado por Maharet hacía milenios.

Desconozco si realmente murió o si Maharet logró hacer algo. Jamás hablamos más de ese tema. Era doloroso. Yo no estaba presente cuando ocurrió. Me hallaba fuera, junto a Mekare. Era el guardián de ambas, quien tenía que proteger el secreto y el poder. Para mí, aquello, fue un asesinato y no justicia.



miércoles, 25 de marzo de 2015

Príncipe

No pediré jamás disculpas por mi silencio. No tengo porque pedir disculpas a nadie. No me veo en la necesidad de doblegarme, ponerme de rodillas y rogar porque perdonen los años de abandono. Ustedes me abandonaron a mí. Prefirieron darme la espalda. Me juzgaron por mis amoríos, hablaron a mis espaldas de mis grandes sueños y esperanzas, no creyeron en mis revelaciones y permitieron que me sumiera en un silencio similar al de otros inmortales. Dejé el mundo a un lado, el sendero del Diablo que llevé por el jardín salvaje que siempre fue mi territorio. Soy un cazador, un lobo, y no un cordero. No permitiré jamás que me acusen de mayores delitos que mis crímenes y mi incredulidad, mis deseos de superación y la verdad que he expresado siempre. Quizás soy demasiado visceral, actúo antes de pensar, pero mis corazonadas valen más que cualquier tesoro que puedan ofrecerme.

Nací en otro tiempo, en el cual tenías que crecer mucho antes. Te convertías en una herramienta de trabajo, una mercancía o simplemente una carga. Yo era una carga. Era el tercer hijo que sobrevivía a una larga lista de siete, los cuales terminaron en un foso antes de tiempo. Sobreviví porque me enseñaron a luchar con mis uñas, con mis dientes y con la esperanza depositada en un futuro mejor. Mi madre me hablaba del mundo como si fuese una caja llena de pequeños pedazos mágicos, los cuales tenía que unir con los viajes y sueños que ella había depositado. En estos tiempos, donde la tecnología es un gran avance, tienen al alcance de la mano una cultura, un conocimiento y una verdad menos oscura. Habéis aprendido a iluminar el mundo de forma muy fácil, tan fácil como apretar un interruptor, pero eso no fue así cuando yo era un muchacho. La verdad la he tenido que ir descubriendo tanto como mortal como vampiro.

Sigo siendo humano. Tengo los mismos defectos que tú y que cualquier otro. Tal vez mis virtudes son más destacadas, pero son los defectos quienes relucen como el oro ante los ojos de una urraca. Me han señalado como el pecado, la causa de su dolor, la ruptura de una creencia y la amargura en los labios de cientos. También he sido la luz, el impulso necesario para poder despertar, el aliento que muchos esperaban, el milagro y el artífice de una heroicidad que les han hecho buscarme, conocerme y apreciarme. Poseo tantos enemigos como amigos. Los amigos son amados, pero yo aprecio mucho más a mis enemigos. De mis enemigos aprendo más que de los amigos que siempre me estarán apoyando. Muchos de esos enemigos, que tanto he odiado y maldecido, se han convertido en mis amigos, casi hermanos, y también en un amor tan intenso que no puedo explicar. Soy contradictorio, pero me muestro tal como siento. Por eso, y por mucho más, no daré mis disculpas al mundo. Algunos las apreciarían, pero la mayoría no las creerían.


Me he movido por lugares donde jamás me habrían buscado. He vivido aislado conmigo mismo, casi sin poder soportarme a ratos, y conozco bien la soledad como la he conocido siempre. Pues, en la mayoría de las épocas, he vivido a solas. He sabido que es moverme en soledad pese a estar acompañado. Mi único deseo era tener un lugar, mis raíces, y ahora lo tengo. Vivo en mi castillo, un lugar que fue una maldición más a mis espaldas, y espero que Louis me acompañe, como siempre me ha acompañado su recuerdo, junto a otros inmortales que han sobrevivido al caos, el dolor, el pánico, el miedo, las lágrimas, el duelo y la verdad.  

Lestat de Lioncourt 

martes, 3 de marzo de 2015

Te odio, pero te amo

Ni contigo ni sin ti, ¿no? Pues así nos va.

Lestat de Lioncourt 


Detesto absolutamente todo de ti. Detesto esa forma descortés de marcharte cuando quiero replicar todas tus sandeces. También tu sonrisa canalla y esa pose de Dios irreverente. Maldigo cada uno de mis días a tu lado, pero cuando no estás siento la horrible necesidad de llamarte en plena noche. Llegas a dominarme con cada reto silencioso de nuestras airadas miradas. Hace más de dos siglos que mantenemos este hilo que tira de nuestras almas, ata nuestros corazones y nos sumerge en un pantano aún más terrible que aquel donde te abandoné una vez.

Eres un maldito estúpido que comprende mis inquietudes, mis deseos, mis necesidades y también sabes mis debilidades. Odio que me abraces cuando estoy a punto de llorar. Mi voz se quiebra, tus brazos se abren y tus labios me besan con ardiente deseo. ¿Y qué hago yo? Me dejo llevar. Permito que nuestra última discusión se convierta en caricias, palabras intensas y mediocres mentiras. Te he dicho mil veces que no te necesito, que puedo prescindir de ti, pero es mentira. Puedo clamar que te apartes, pero tú sabes bien que necesito que me rodees con firmeza.

Cuanto más te odio más te necesito, y cuanto más necesito más cuenta me doy de mi amor por ti. Es un círculo vicioso que nos mantiene unidos. Aunque estés lejos, al otro lado de éste extraño mundo, puedo sentirte cerca murmurando lo equivocado que estoy. Quise huir, ¿recuerdas? Me marché de tu lado y aún así cada noche, en New York, te buscaba entre la marea de extraños que se aproximaban hasta a mí.

Siempre he intentado llenar el vacío que dejabas. He caminado por la noche, visitado viejos teatros, saciado mis deseos de lectura y rememorado cada palabra de nuestras terribles discusiones. El fuego nos ha consumido, no sólo a nuestros enseres y al tiempo que compartimos. Un fuego terrible que aún arde y nos destruye. Es la pasión misma que nosotros poseemos en nuestras almas. Y, sin embargo, no sabemos vivir son esas llamas.

Me siento humillado y derrotado cuando me seduces con esas sutiles caricias. Hoy, como ayer, he caído en tu hechizo. Sabes que soy el único que no has podido controlar, pero a la vez dominas con tan sólo un par de tus maravillosas frases. Me gustaría que me dijeras que soy para ti, pero sería demasiado pedir para un estúpido que tan sólo ríe cuando pregunto si aún me amas. Sin embargo, no voy a decir que te amo en voz alta, pues mi orgullo me impide volver a pronunciar esas palabras, las cuales no son más que una terrible condena.


viernes, 13 de febrero de 2015

Caballero impetuoso

Tenía entre sus manos una taza de café proveniente de Brasil. Era un café fuerte, con mucha cafeína y de un olor intenso que recorría la cafetería embriagando a los más adeptos. Su aspecto era desenfadado, pues estaba recostado sobre el sillón de cuero negro y las piernas ligeramente flexionadas. Sus largos, aunque gruesos, dedos acariciaban ligeramente el borde. Los vampiros amamos el calor de las bebidas. Sin embargo, él era más de ponche y té. Aunque, en esos momentos, todo valía para recordar aquellos días en Brasil. Sus ojos eran tan oscuros como el contenido de la taza y su sonrisa era muy atractiva. Me porté mal. Fui un villano. Sin embargo, él se mantuvo a mi lado y me dio su apoyo incondicional. Incluso ahora, que todo parecía apuntar a mí, seguía apoyándome pese a que muchos rumores aún continuaban.

—Te veo bien—dijo.

David había convertido aquel cuerpo joven, y eterno, en el recipiente perfecto de un alma antigua, aunque no tan vieja y malévola como la mía. Sus ojos no se apartaban de los míos y me provocaba ciertos escalofríos.

—Mejor que nunca—añadió tras una larga carcajada—. ¿Qué ocurre? ¿En qué lío andas sumergido'

—¡En ninguno!—exclamé vehemente—¿Acaso no puedo venir a ver a un viejo amigo?

—Bueno...—se encogió de hombros y tomó una pose más formal. Estaba cómodo en ese cuerpo, que para mí fue una cárcel de piel y huesos, y parecía divertirse conmigo. Se divertía con mis ojos clavados en los suyos, mi notable inquietud y mis deseos de conocer. Quería conocer algo que él me negaba. Quería saber—. Dilo.

—Llevo algunas décadas soportando la visita de fantasmas—expliqué—. Necesito tu consejo...

—¿Consejo o experiencia?—alzó su ceja derecha y luego la izquierda, después simplemente relajó el rostro y aproximó la taza a sus labios aunque no dio sorbo alguno.

—Tu compañía—respondí—. Estoy cansándome, David, de escuchar y ver fantasmas. Estoy harto de discutir con Louis. Necesito que estés tú ahí, tu figura y tu apoyo. Necesito al amigo incondicional, ese que aprecio y admiro.

—No soy tu niñera—replicó.

—No lo eres, lo sé. Tampoco mi amante—susurré bajo—. Pero te extraño.

—Y yo a ti, amigo—dijo estirando sus brazos, soltando la taza, para tomar mis manos. Tenía las manos algo más ásperas, calientes y grandes.

Me pregunté que pensarían de nosotros los demás. Tal vez seríamos dos viejos amigos, dos amantes o simplemente hombres que intentan coquetear. Aunque no me importaba lo que pudieran decir. Sólo quería sentirlo cerca.

De improvisto se incorporó, tomó asiento al lado mía y me besó. No lo rechacé. Me aferré a él y subí mis brazos sobre sus amplios hombros. David me besaba aceleradamente haciéndome sentir viejas sensaciones. Al apartar su boca de la mía, dejando de sentir la presión de sus labios y la incursión de su lengua, jadeé y bajé la mirada como un quinceañero. Era extremadamente atractivo y tenía una impetuosidad que carecía cuando nos conocimos. Sin embargo, esa serenidad y caballerosidad seguía ahí.

—Te quiero. Siempre te he querido—dijo hundiendo su rostro en mi cuello—. Jamás he podido odiarte. Nunca he dejado de amarte. He confiado ciegamente en ti siempre. Siempre, Lestat.

Esa confesión no era nueva. Sin embargo, me sentí intimidado. Rápidamente me aparté de él, corrí hacia la puerta del local y me marché. Quería regresar al café, pero a la vez necesitaba poner tierra de por medio. De nuevo esa tentación. Otra vez esa sensación. Quise hacer mío a David.  


Lestat de Lioncourt 

jueves, 12 de febrero de 2015

Felicidad fugaz

Vaya, vaya... ¿se puede ser feliz? Yo creo que sí. La felicidad es un suspiro y hay que tomarla. 

Marius y Daniel, amigos míos...

Lestat de Lioncourt

Esperaba pacientemente que la última casa se mantuviese en pie. Había tardado varias noches en terminar aquella gigantesca maqueta. Las montañas las había pintado con cuidado dando el aspecto más natural a la nieve. Las pequeñas casas, lejanas y pintorescas, parecían hundidas en mitad de aquel frío y bucólico paisaje. Fuera el viento soplaba, la ventisca golpeaba el grueso portón y la noche era completa. Llevaban allí encerrados más de un mes. Todo había sucedido rápido, pero se mantenían firmes.

—¿Has vuelto a tus maquetas?—preguntaba, acercándose a él.

—Te noto preocupado—dijo, sin siquiera mirarlo. Sus ojos no se alzaban de los tejados asimétricos y las perfectas paredes que los sostenían.

—Sólo estoy asombrado—susurró.

Sus delicadas y gigantescas manos se colocaron en los hombros de Daniel. La pequeña camisa, arrugada y sucia, parecía ser un muro insignificante. Su piel se erizó y los ojos del antiguo periodista, amante del riesgo y las noticias, brillaron en una chispa de deseo que se apagó del mismo modo que se inició.

—¿Motivo?—ni siquiera movió los labios, pero su voz sonó. Lo hizo en un tono quedo. Parecía un murmullo, o quizás un suspiro.

—Tu tenacidad.

Daniel se giró para verlo bien. Confrontó su mirada y se echó a reír. Ambos rieron por unos minutos. Ni siquiera sabían porque lo hacían. Simplemente reían. ¿No era eso maravilloso? ¿No era eso lo que hacían algunos mortales? La felicidad viene en contadas dosis y esa era una dosis perfecta.

—Me halagas de sobremanera, ¿qué deseas?—preguntó esbozando una ligera sonrisa.

—Tu compañía—. Apoyó su frente en la suya y lo tomó del rostro. Amaba ese rostro. Era un rostro perfecto. Sus ojos, casi violáceos, lo enloquecían. Marius estaba enamorado de Daniel y de sus palabras, así como de la dedicación que tenía hacia sus maquetas.

—Eso ya lo posees. ¿Dónde estaría mejor que aquí?—dijo incorporándose.

Marius abrió sus brazos y aceptó que él se quedara sobre su pecho. De inmediato lo abrazó. Sus labios buscaron los suyos y acabaron unidos en un pequeño beso. Uno de tantos.

—¿Es cruel sentirse feliz pese a la desgracia de tantos?—murmuró Marius.

—No—negó—. Es un alivio—añadió—. Podemos sentirnos dichosos pese a todo, aunque...

—¿Aunque?—sus cejas doradas se alzaron y Marius esperó con paciencia su respuesta.

—No creo que haya terminado—afirmó aferrándose a la túnica borgoña que el maestro de las pinturas, el antiguo Guardián de los Que Deben Ser Guardados, o el Romano poseía.

—Opino lo mismo—susurró, justo antes de volver a besarlo.


La nieve seguía cayendo amontonándose. El mundo rugía en silencio. La Voz parecía una pesadilla, pero no era así. Todo ocurría por un motivo.  

sábado, 7 de febrero de 2015

He vuelto...

Estaba en mi derecho, ¿no es así? Podía desaparecer de la vida de todos, tal y como muchos deseaban, dejando atrás las novelas que una vez fascinaron a mortales e inmortales. Podía y lo hice. Nada me ataba ya al mundo. Caminé persiguiendo mis sueños, mis deseos de acción y mis inquietudes. No me detenía a pensar, pues jamás lo hice, pero buscaba la respuestas a todos los enigmas que iban desafiándome. Uno tras otro. Sin importarme nada. Esa voz aparecía y desaparecía, como un faro en mitad de la niebla, y la música de Bon Jovi retumbaba en mis oídos, mientras conducía en mi descapotable, y el viento agitaba mis cabellos. Acepten esto: No estoy obligado. No hago las cosas porque ustedes me lo rueguen o no. Hago las cosas porque quiero y porque creo que debo hacerlo.

He regresado. Estoy ante todos ustedes como hace algunas décadas. ¿Estáis dispuestos a comprenderme o sólo juzgaréis mis malas acciones? Decidid ahora o callad para siempre. Tomad vuestro ejemplar, el cual puedo firmaros si eso queréis, para poder conocer la verdad. No una verdad cualquiera, sino la verdad.

Siempre me habéis elegido como un Mesías. No soy un Mesías, no soy un santo y tampoco quiero serlo. He dejado atrás ese interés estúpido en ser aclamado como un bendito. Soy un monstruo. No soy un buen tipo, ni pretendo que creáis que soy bueno. La bondad no ha echado jamás raíz en mi alma, ni en mi destino y nunca será parte de mi vida. He vivido como he querido y he sido un irresponsable. Lo admito. Soy el peor de los demonios que puedan ustedes conocer, pero aún así ¿no es encantador vivir a mi manera? ¿No os seduce? Lo cierto es que sí. Os seduce esta forma ingrata de vivir. Esta forma de poner en peligro todo lo que amo y amaré. La vida sin peligro no es vida. La eternidad sería muy aburrida sin mí, ¿no es cierto? Lo es...


Me encanta escucharos suspirar por cada línea que os dedico, pero también me gusta pensar que reflexionáis con nuestras vivencias. Son experiencias únicas. Es un placer eléctrico lo que os recorre. Por eso, adelante. Tomad vuestro ejemplar, sentaos cómodamente y permitid que este nuevo desafío os alcance.

Lestat de Lioncourt


Prince Lestat en español en Marzo del 2015  

domingo, 25 de enero de 2015

Duelo

Louis es un sentimental, pero yo a ratos también lo soy. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántas veces hemos mantenido éste duelo de miradas? ¿Un millón de veces quizás? Lo desconozco—dijo acomodándose junto a mí.

Tenía un aspecto similar al del hombre moderno, elocuente y mordaz que solía ser frente a todos. Las gafas de cristal violetas estaban en la punta de su fina nariz. Aquella boca carnosa se movía de forma encantadora, con esa maldita sonrisa de diablo descarado que desconoce el pudor y las penurias, mientras me miraba con sus ojos grisáceos de tonalidades violetas y azules. Parecía un muchacho. Sus cabellos eran los de un león que se pavoneaba por la jungla de asfalto, alquitrán, hormigón y cristales de escaparates llenos de baratijas que ni siquiera él adquiriría. Llevaba una americana blanca, una camisa negra sin corbata y sin los primeros botones cerrados, con unos jeans negros ajustados de aspecto desgastado. Las botas eran viejas, pero estaban bien cuidadas. Esas mismas las había llevado hacía más de treinta años y me asombraba que aún las conservara. Era increíble.

—No lo sé, ¿llevas la cuenta?—respondió echándose a reír.

Parecía que todo había pasado, pero sabíamos que no era así. Aún quedaba mucho por hacer, comprender y vivir. Él me había dicho que yo no vivía, sino que malvivía. Había consumido mucho tiempo y esfuerzo por intentar mantener a salvo a los humanos y la escasa humanidad que tenía, pero era más bien un cínico jugando a las marionetas. Fui un estúpido. Reconozco que he cometido muchos pecados y el primordial era no ver lo que él me mostraba, no comprender sus silencios y esperar que supiese todo. Él no sabía mucho más que yo y lo poco que conocía, eso que se reservaba, era parte de una promesa.

Pero ya no importa. ¿O importa? Ya ni siquiera sé lo que importa realmente, si está bien o está mal que me importe... ¿Importa? No. A mí lo único que me importa es que no quiero que se vaya. He venido a verlo traicionando mi orgullo, dejando atrás las palabras hirientes de nuestra última discusión y aceptando que le necesito. Él es el único que me comprende realmente y eso me aterra. Me provoca una sensación de indefensión terrible.

Sin esperarlo me besó. Robó un beso como lo había hecho tiempo atrás. Tenía ese magnetismo animal que me atraía. Era un cazador con piel de santo y ojos de loco. Su lengua se desató en mi boca, mis manos se aferraron a las solapas de su americana y mi cuerpo reaccionó como el de un adolescente. Noté como mi camisa verde oliva era retirada por sus manos, como si fuera un artista cirquense y ese fuese su mejor truco, mientras mis pantalones de vestir parecían ser un muro de grueso cemento.

—Oh, Louis...—dijo separando sus labios de los míos. Su mano derecha se aproximó a mi rostro, levantó mi mentón con su dedo índice y apretó ligeramente con el pulgar bajo este—. Siempre cedes, mon amour—rió bajo provocando que yo me odiara de inmediato. Quería que me tocara aún más, que me arrancara todas las cadenas y me hiciese su esclavo. Lo deseaba. Estaba esperándolo. Igual que el lobo esperaba a Caperucita.

—Cállate...—chisté.

—Mon dieu...

De inmediato se tiró sobre mí, me desnudó y desnudó su cuerpo. La ropa salía disparada, el sofá quedaba pequeño y quedamos en el suelo de madera permitiendo que nuestros cuerpo se convirtieran en un amasijo de carne, sudor y suspiros. Temblaba por cada caricia como la vez primera, mientras él abría mis piernas con una facilidad increíble. Pude sentir su erección rozando la mía, así como mi vientre y mi ombligo, mientras sus dientes se clavaban en mis sensibles pezones. Cerré mis ojos, abrí mis labios y dejé que mis uñas se enterraran en su torso. Quería sentirlo tan dentro, llenándome, que no me importaba en absoluto si alguien más se encontraba en ese maldito castillo. Sabía que su madre estaba cerca, podía sentir la presencia de otro inmortal, pero la inmoralidad del acto me excitaba. Pensaba en las cosas que él había vivido en aquella estancia, todas convertidas en penurias y desastres, y que yo convertía aquellas paredes de piedra desnuda, escudos familiares y cortinas de seda en una película erótica.

Su lengua se deslizaba por mi torso, viajando hasta mi vientre, mientras desataba mis cabellos negros y ondulados. La mezcla de los suyos con los míos siempre me fascinó, era como ver el sol en plena oscuridad. Sus dedos, largos y hábiles, ya se enterraban entre mis nalgas y se hundían convirtiéndome en un animal dócil. Mis ojos, similares a los de un gato vagamundo, se convertían en los de un demonio sumiso que buscaban los suyos, de un color similar al cielo en plena tormenta, indicándole que me arrebatara la escasa cordura.

Y entonces, como si él supiese lo extraño y especial que puedo ser, terminó entrando de forma violenta. Grité, alcé mis caderas y busqué sujetarme. Sus piernas se movían rápidas. Sus caderas tenían un vaivén delicioso que me hacían escuchar las campanas del infierno. Esos labios, los suyos, eran pozos sin fondo cuando me besaba. No podía pensar. No quería pensar. Era incapaz de suplicar o hablar, tan sólo podía gruñir y gemir su nombre como si fueran salmos de una Biblia erótica y oculta a ojos de todos.

Él recitaba versos en francés, palabras románticas que podía decirle a cualquiera, mientras yo intentaba atraparlas como si fueran hechas especialmente para mí. Sabía como torturarme y darme todo. Era un maldito cobarde, pero a la vez el ser más valiente que conozco. Su miembro era una espada que se enterraba con violencia, completamente salvaje, abriéndome en dos mitades. Tenía las uñas clavadas en sus hombros, mis ojos perdidos en los suyos y las lágrimas brotaban como nuestros gemidos, cuando me sentí llegar. Eyaculé con grandes espasmos, cerrando los dedos de mis pies y alzando mi cadera mientras él se regodeaba y pavoneaba por mi rápida reacción. Dio un par de estocadas más, a cual más rápida y salvaje, para luego hundirse y terminar vaciándose en mi interior. Me llenó como siempre hacía, dejándome sin aliento y sin alma.

—Je t'aime—dijo, como un viejo cliché, y yo lloré.


Lloré más que nunca. Hundí mi rostro en su torso empapado en sudor sanguinolento. Lloré por mí, por él y por todo. Lloré porque no le creo, pero a la vez necesito hacerlo. Soy un maldito cínico que ya no sabe que hacer para llamar su atención, acaparándolo para mí, mientras sufro lo indecible y deseo que no me deje atrás. Soy un imbécil, siempre lo he sido y él lo sabe. Lo peor de todo es que él lo sabe y que es tan estúpido como yo.  

martes, 13 de enero de 2015

Daniel Molloy, un vampiro distinto

Marius halagando a un vampiro creado por Armand... raro.

Lestat de Lioncourt


Jamás pensé que terminaría siendo compañero de un joven como él. A decir verdad cuando leí el libro “Entrevista con el vampiro” pensé en miles de cosas, salvo esa. Miles de cosas que se acumularon en mi mente, como si fueran trastos viejos e inútiles. Miles de frases llenas de ira se acumularon. Habían roto una de las reglas fundamentales para los nuestros. Lestat ni siquiera había enseñado, o pretendido enseñar, esas reglas a sus descendientes. Era como si él hubiese permitido la publicación de esas memorias. Ni siquiera comprendía el motivo por el cual alguien aceptaba arriesgarse tanto. Si bien, lo conocí a él.

Cuando lo vi por primera vez parecía perdido. Estaba algo atemorizado, pero a la vez dichoso por todo lo que ocurría. Había visto cosas que jamás creyó que sucederían a su alrededor. Habían pasado algunos años desde que Louis decidió intervenir en su vida. En concreto casi una década. Y él estaba allí, junto a Armand, esperando que cualquier cosa sucediese. Era como si creyera que estaba protagonizando una película de acción donde nadie muere, la sangre es salsa de tomate y los muertos vuelven a la vida después que el director grita “corten”.

La horrible brecha entre creador y creado fue insuperable para ambos. Podía ver en sus ojos violetas el cansancio, hartazgo y miedo que provocaba Armand en él. Había una horrible división que los separaba por completo. Era como si el mundo se hubiese derrumbado sobre Atlas y éste, pese a todo, quisiera recuperar el aliento levantándose sin fuerzas. Era imposible. Veía en Armand el desprecio y desdén habitual en alguien que sabe que no se es amado, así como la esperanza inevitable de mi amor.

Reconozco que aún amo a ese pequeño ángel negro, ese querubín, que tantas noches arrancó de mí suspiros y palabras románticas. Sin embargo, mi amor es intratable. Sé que daño más su alma que cualquier otro. Nunca fui sincero con él. Jamás le ofrecí lo que él necesitaba. Fui mediocre.

Sin embargo, me he resarcido con Daniel. Ese chico está a mi lado desde hace décadas. He permitido que construya sus maravillosas maquetas en mi hogar. Tengo cientos de pequeñas casas, muros infranqueables, puentes, bosques profundos, valles inmensos, trenes, barcos de vapor, motocicletas antiguas o maravillosos rompecabezas de millones de piezas que tapizan algunas salas como si fueran gigantescos frescos de otras épocas. Se concentra en cada pieza, perdiéndose en su mundo, dejando atrás el dolor o los pensamientos más tortuosos. Su compañía es agradable. Cuando conversamos veo en él al hombre que fue y sigue siendo.

Cuando aquella voz me incitaba a cometer delirantes y aberrantes proyectos, provocando que tuviese un miedo atroz y un dolor terrible, supe que Daniel estaba en peligro. Él y todos los jóvenes. Sabía que si permanecía a mi lado podría morir. Sin embargo, él tomó la decisión de no soltarse. Me tomó de los brazos, me miró y me suplicó que confiara en él. Había superado un trance terrible nada más ser uno de los nuestros: el debacle y muerte de Akasha.


En estos momentos está a mi lado, a unos metros, observándome con una libreta entre sus manos. Anota cientos de palabras por minuto. Se deja guiar por la pasión. Me recuerda a mí cuando pinto. Es un vampiro inusual. Es un ser atractivo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt