Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Landen. Mostrar todas las entradas
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domingo, 5 de febrero de 2017

Café

Landen es de esos vampiros que aparecieron para revolucionarnos. 


Lestat de Lioncourt 





—¿Lo mismo de siempre, caballero?—preguntó nada más verme sentado en mi mesa habitual.

No podía tomar café, pero amaba su olor. Supongo que como buen italiano me había acostumbrado a ese poderoso aroma que me embriagaba. Además, todos los vampiros amamos sostener entre nuestras manos, ya sean milenarias o jóvenes, las bebidas calientes.

—Sí—respondí con una sonrisa.

Mis labios no son carnosos y seductores, pero siempre tienen un gesto amable para aquellos que lo son conmigo. Mis ojos brillan pequeños y oscuros, temblorosos, esperando que alguien se fije en mí para una cálida conversación. Puedo parecer huraño, pero sólo hacia otros vampiros. Sé lo que puede provocar la enajenación colectiva o tener un líder perdido. Fui parte de la Secta de la Serpiente, seguí a Santino con fervor, y participé en la quema del palacio veneciano de Marius. Me arrepiento y a la vez comprendo que es el pasado, aún así detesto a ese romano.

—¿Ya leyó el periódico?—dijo antes de marcharse, como si estuviese deseoso de darme una gran noticia. Sus ojos se llenaron de pavor mientras los míos se fijaban en los suyos—. Ha ocurrido otra gran catástrofe. Todos apuntan a que son actos terroristas.

—¿Otra?—dije casi sin aliento.

—No leyó. Disculpe, ahora se lo traigo con su café.

—Gracias.

Me quedé sorprendido que me comunicara que había ocurrido otro gran incendio. Todos los humanos sospechaban de un grupo terrorista internacional, pero no de un puñado de vampiros, a los cuales quizá sólo se le tenían que contar con los dedos de las manos, como los causantes de tales asesinatos. Asesinatos contra los nuestros, aunque alguna vida humana también se vio afectada.

Miré la plaza, con sus palomas picoteando el suelo y a punto de alzar el vuelo hacia los edificios colindantes, los turistas que ya buscaban un lugar para tomar un tentempié antes de la cena y las hermosas mujeres que usualmente salían de las oficinas con los hombros algo bajados por el cansancio y una sonrisa magnífica cuando les hablaban sus compañeros, los cuales también parecían haber salido de una guerra intelectual incomprensible.

La vida moderna se desarrollaba frente a mí como si nada, pero sabía que todos estábamos en peligro. De momento, yo estaba a salvo. Por mucho que dijeran que debíamos alejarnos de las ciudades, yo tenía claro que debía alejarme de otros vampiros. Si no me reunía con otros, si no me agrupaba en un pequeño y estrecho escenario cargado de luces y música estridente, estaría bien.

Lucio llegó con su periódico enrollado sobre la bandeja y al lado el café, con un sobrecito de azúcar, y una cucharilla esperando que lo removiera suavemente. Sonrió de forma gentil y yo respondí de inmediato del mismo modo. Sin embargo, mis ojos se llenaron de un sentimiento distinto al leer que esta vez había sido Roma.

Un nudo en mi garganta evitó que pudiese hablar, mis manos temblaron al abrir el azúcar para verterlo y convertirme en el refinado caballero, siempre bien vestido, que tomaba café en la misma cafetería desde hacía años. No era apuesto, no era el más hermoso, pero me consideraba un hombre con modales. Y aún así estaba al borde de las lágrimas.

—¿Qué demonios está pasando?—farfullé.


Todo empezó de ese modo. Todo comenzó con grandes estallidos en Brasil, siguió Asia y continuó en Europa para luego regresar al sur de América e incluso África. El caos lo cubrió todo de cenizas y lágrimas.  

martes, 11 de octubre de 2016

Visitantes de la isla

Todo esto sucedió y yo no lo sabía...

Lestat de Lioncourt 

Me sorprendió que él apareciera en la isla con aquel rostro de cachorro desvalido. Sus ojos, tan cautivadores como emocionales, mostraban lágrimas que no se atrevía a derramar. Caminé los escasos metros hasta él y quedamos ambos bajo la elegante y gigantesca lámpara de araña que colgaba en el centro del hall. El hotel estaba prácticamente repleto de humanos y vampiros, ambas razas convivían sin problemas. Los vampiros no se delataban en absoluto y, los adinerados humanos sólo tenían pensamientos de máxima diversión en los casinos y distintos teatros de la zona.

Santino, a pocos metros de nosotros, leía un periódico. No obstante aprecié que estaba atento a cualquier comentario que pudiese salir de los hermosos labios de Louis, al igual que de los míos. Posiblemente quería saber si su pellejo, como el de todos nosotros, estaba nuevamente en peligro. Cualquiera que lo hubiese visto con ese traje Armani clásico, de color negro, y esa corbata en tono caramelo se habría postrado a sus pies, besado sus anillos de oro y quedado ensimismado en esos ojos oscuros cargados de pestañas y de cejas perfectas. Parecía un distinguido hombre de negocios, un rico deshaciéndose de parte de su fortuna o un alguien que se estaba dando un lujo innecesario.

—Louis, ¿qué estás haciendo aquí?—pregunté abordándolo. Mis manos fueron directamente a sus brazos, por encima del codo, y lo atraje hasta mí. Su mirada seguía perdida, confusa y dolida. Podía comprobar que estaba a punto de echarse a llorar aferrado a mí.

—Lestat ha cometido una locura otra vez—dijo—. Ha cambiado su cuerpo por uno humano y ahora lo ha perdido—esas palabras hicieron que yo abriese la boca de par en par y Santino se incorporara arrojando el periódico al suelo. Ambos nos quedamos impactados por la noticia. Creíamos que era imposible trasmutar las almas de cuerpo, pero él lo había logrado.

—Armand, ¿haremos algo?—preguntó acercándose a nosotros—. Lo siento, no he podido evitar escuchar la conversación—se disculpó de inmediato—. Pero, mi propuesta es sincera. Peligramos todos, no podemos permitir que alguien tenga el cuerpo de Lestat.

—Este no es sitio para hablar—comenté al notar que estábamos llamando la atención, sobre todo porque Louis estaba empezando a llorar. Nuestras lágrimas son sanguinolentas y es imposible de ocultar con éxito.

Sin pensarlo con lucidez tomé a ambos y nos encerramos en una de las habitaciones del hotel, la que solía ocupar con Daniel. Entrar allí me impactó. Por un instante lo vi de pie junto a la enorme cristalera, con aquellas camisas sucias abiertas, esos jeans desgastados y sus deportivas con los cordones mal atados. Estuve a punto de pronunciar su nombre, pero me contuve. Allí no había nadie. Había exigido que esa habitación quedase por siempre libre. No podía evitarlo. Entre esos muros había amontonado recuerdos y gran parte de mi corazón destruido.

—Armand...—esa voz viril, seductora y extremadamente hermosa rompió de nuevo el silencio entre los tres—. ¿Deseas que avise a alguno de los milenarios?—preguntó.

—Sí, avisa por favor a Pandora y que esta halle la forma de dar con Marius. Dile que tenemos que conversar sobre un peligro inminente...

—Marius lo sabe—respondió Louis—. A veces me visita para averiguar cómo se encuentra Lestat. Lo vigila de cerca, pero también pide mis impresiones—añadió tembloroso buscando apoyo en algún mueble de la habitación, y lo halló en un elegante sombrerero que había a la entrada—. Lestat quemó la casa donde vivía, Marius le advirtió entonces que quedaba expulsado de entre nosotros. Yo estaba cerca, pues mi corazón siempre ha sido ese idiota...—dijo con la voz quebrada mientras temblaba profusamente. Sus lágrimas ya empapaban su rostro, el cuello de su camisa y las mangas de esta al intentar secarse en vano.

—Santino, por favor, intenta reunir a Maharet. Pandora sabe cómo dar con ella... —dije.

Él de inmediato se movió saliendo de la habitación, corriendo por el pasillo y tomando el ascensor. Sabía dónde vivía Pandora y a las horas que podía hallarla. Ella vivía en Gran Bretaña, justamente en Londres, y él ocasionalmente la visitaba para averiguar cómo iba todo por allí. Santino solía vivir en Italia; a veces espiaba a Landen cuando iba a tomar sus cafés a las distintas cafeterías de las elegantes, bulliciosas e históricas plazas. Todos sabíamos donde estaba la mayoría, pero Maharet se ocultaba en las selvas junto con Khayman y su hermana. En ocasiones era imposible dar con ella.


Yo me quedé a solas con Louis, abrazándolo. Él amaba demasiado a ese imbécil, aunque reconozco que yo también lo quiero. Esa maldita locura, ese deseo insano de conquistar lo imposible, estaba destruyéndolo al mismo paso que nos arrastraba a los demás.  

domingo, 21 de agosto de 2016

Madurez IV

Y aquí finalizan sus memorias. Espero que les haya gustado conocer un poco más a Rose y a Viktor. 

Lestat de Lioncourt


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. Los transeúntes nos miraban como si fuéramos seres de otro mundo. A veces sentía que sabían que conteníamos cierto poder, sobre todo desde que conocí personalmente a hombres de Talamasca. Sabía que sentía tanta culpa, pero no era su culpa, por mucho que ella pudiese creer que lo era y martilleara en su alma como si fuese un cuervo siniestro sobre el busto de Palas. No, no era su culpa. Podría decirse que la culpa era de mi padre, que también su padre adoptivo y de sangre, porque a veces olvidaba que nosotros podíamos acometer las mismas locuras que él había hecho repetidas veces, que todavía hacía y que posiblemente haría hasta que el mundo explotara.

Mi traje no lucía perfectamente planchado por culpa del salvaje agarre que había sufrido, pero logré adecentarlo y pasaba desapercibido. Mis ojos azules se movía por los grises adoquines hasta sus zapatos de tacón, como si fuera una Cenicienta, para luego subir por sus tobillos hasta el borde de aquel elegante traje de noche. En un momento dado la tomé por la cintura y la hice girar junto a mí metiéndola en un callejón. Ella había bebido, pero yo aún no.

—Haremos algo—dije—. En el palco hay dos asiento más, posiblemente ocupados, y por ende beberé de los que estén allí. No sé si será hasta la última gota o sólo algunos sorbos. Juro que intentaré que sólo sean sorbos—comenté mirándola a los ojos mientras mis dedos se movían como arañas por su vientre. Estaba nervioso como un adicto a la cocaína porque la sed me descentraba, me ponía histérico, y podía incluso notar como bombeaban las venas de mi cerebro gritando que bebiera, que me saciara. Por eso, y no por otro motivo, dudaba que salieran ilesos los dos estirados que estuvieran con nosotros—. ¿Aceptas el trato?—pregunté antes de besarla hundiendo mi lengua entre sus carnosos labios mientras la pegaba contra mí. Era maravillosa, como maravilloso era el calor que me ofrecía aquel cuerpo aún tierno pese a la poderosa sangre que le daba vida, y yo, por supuesto, un iluso que amaba cada trozo de su piel como si fueran los pétalos de las rosas de un idílico jardín. Ella, por supuesto, respondió al beso con la misma intensidad. Acabó tomándome de la nuca acariciando mis cabellos más cortos y la otra, la diestra, rozaba mi mejilla y mentón con mimo.

—Acepto, pero al menos...—susurró apartando algunos cabellos que tapaban la parte izquierda de su cuello, ofreciéndole su piel desnuda —Bebe un poco de mí, así al menos podrás controlarte más. Por favor, es mi culpa que no hayas podido alimentarse aún.

—Si lo hago, Rose, dejaremos de tener la capacidad de contactar el uno con el otro—dije jadeando algo nervioso. Mis ojos brillaban y podía notar mis manos algo temblorosas—. Entremos al teatro—comenté apartando mis manos de ella para sacar de mi chaqueta las entradas.

Rápidamente la saqué del callejón y comenzamos a caminar hacia el cruce, tras este estaba el teatro. No había ya cola alguna para entrar, ni elegantes trajes y tampoco limusinas esperando que sus dueños bajasen para desfilar hacia el interior. La función llevaba más de quince minutos, pero no importaba. Pasamos por el vigilante, pidió las entradas y nos observó. Se detuvo varios segundos en mi rostro, memorizando mis facciones y pensando que era un adicto. Sí, demonios, era adicto y no me importaba. Mi única adicción era la sangre, si no contábamos el sabor de los besos de Rose.

Finalizaba el primer acto de Cyrano de Bergerac cuando logramos acceder. El público se ponía de pie. La mayoría parecía entusiasmada con la actuación, salvo el inútil con quien compartiríamos velada. En medio de la penumbra, mientras el telón estaba alzado, él se reclinó para cabecear. Había idiotas, muy idiotas y luego estaba él que malgastaba un asiento tan magnífico de una obra sensacional que estaba llenando la sala.

Al parecer su acompañante, una mujer, había salido a empolvarse la nariz. Así que yo senté a mi prometida cerca de la barandilla para que pudiese observar el centenar de almas que abarrotaban ese pequeño teatro, para hacer lo propio con el hombre que cayó seducido ante una pequeña conversación. Yo no era su tipo, eso estaba claro, pero cualquiera se rinde a los encantos de un jovencito y más si es un vampiro.

—Suelo venir con mi padre—le dije—. Pero yo me aburro, ¿sabe? Traje a mi hermana para que ella se distraiga.

—Es muy bonita—aseguró.

—Oh, sí, pero a mí me gustan los hombres maduros y sensibles—reí bajo golpeando suavemente su muslo provocando que me mirara con cierto deseo. Acto seguido se abalanzó sobre mí, pero yo no le dejé que me tocara demasiado. En menos de un minuto yacía sin pulso y yo al fin me relajaba.

Miré hacia el escenario con la silueta de Rose ocultando parte del espectáculo. Deseé estrecharla entre mis brazos mientras colocaba sutilmente al inútil en la silla de modo que parecía dormido, como si estuviera en brazos de un dios bondadoso, para luego tirar suavemente de ella y sentarla sobre mis piernas.

—Adivina... mañana podríamos ir a un lugar especial—dije escuchando los zapatos de tacón de la acompañante del idiota que había sido sólo mi aperitivo.

Sabía que se ponía celosa y esos celos me hacían sentirme más atractivo, cotizado y dichoso que cualquier halago que pudiese venir de sus labios. Aunque comprendía que se sintiese tonta, pues yo era absolutamente fiel y me había convertido en su guardián. Ambos éramos fuertes, poderosos, jóvenes y atractivos pero yo me volvía un perro agresivo si alguien se acercaba a ella con las intenciones de hacerle daño, aunque sólo fuese con una mirada despectiva. Era mucho peor que mi padre. Aún así jamás evitaba que pudiese hablar con otros, pero me mantenía atento por si las intenciones no era tan cándidas como las que ella podía llegar a creer. Acepto que lo sigo haciendo y ella, por supuesto, también.

Hace unos días me confesó que hubiese deseado ver como se deshizo de aquel imbécil que intentó atraparla, violarla y rajarla como a otras de sus víctimas. Aquel cretino maloliente que posiblemente se habría pasado más de una semana junto a las basuras sin que nadie se percatase que estaba muerto. También me confesó que se quedó algo avergonzada por no haber acabado con él por una tontería.

—¿Qué lugar? ¿Lo conozco?— dijo apartando cualquier otro pensamiento de su cabeza y me abrazó mimosa, prodigando besos a en mi frente y mejillas; en parte como disculpa y por otro lado porque quería decirse a sí misma que sería suyo toda la eternidad y no tenía porqué sentirse celosa de nadie.

—He pensado que podríamos tomar un vuelo inesperado, dejar Nueva York atrás y todo el continente americano, para desplazarnos a la vieja Europa. Deseo ir contigo a Roma—dije mirándola a los ojos notando un brillo, sólo un pequeño brillo, de celos que me encantó.

Me endulzaba la noche que fuese así, que aún tuviese esos pequeños ataques de celos y rápidamente se recompusiera. Mientras, tras nosotros, la mujer tomaba asiento y comenzaba a blasfemar porque aquel pobre imbécil, ese inútil sin modales, al fin se había dormido.

El segundo acto fue espléndido y lo pasé aferrado a ella en silencio. Mi mentón estaba sobre su hombro y mis labios rozaban su nuca. Podía ver perfectamente el escenario, los actores, escuchaba sus voces vibrar alzándose hasta la cúpula dorada y caer sobre los emocionados espectadores.

Aquella obra, mitad drama mitad comedia, era sin duda alguna una de mis favoritas. Podías sacar tanto en claro en cada frase, en cada gesto, y en cada oportunidad que tenían sus principales personajes que acababas amándolo aún más. Un hombre hermoso por dentro, pero feo por fuera, ayudando a que otro lograse ser feliz mientras él se cubría de dolor.

Por como sonreía podía decir que estaba encantada y, además, no se cortó en darme otro beso en los labios dejándome con una estúpida sonrisa. Amaba que fuese así de cariñosa y cómplice conmigo. Creo que por eso me enamoré de ella ciegamente cuando conversamos aquella primera vez. No dudó en tomar mis manos, reír a carcajadas con algunos de mis comentarios y apoyarse en mi hombro mientras me contaba las historias que conocía de mi padre. Sé más por ella de mi padre que por mi padre mismo y sus libros. Comprendo cada mueca porque son las mismas que ella me ha descrito.

Si le dije de llevarla a Europa fue porque desde que había podido ir con sus tías, las mujeres que hicieron la gran proeza de cuidarla y educarla mientras Lestat iba y venía, no había podido pisar de nuevo aquellos encantadores parajes y ciudades abarrotadas de personas algo distintas en mentalidad a las americanas o neoyorquinas. Era cierto que habíamos ido a Francia con mi padre, pero las reuniones eran tan agotadoras que ni siquiera habíamos disfrutado de París. Él de inmediato nos mandó con Armand para que nos vigilara como un perro de presa. Thorne estaba en la ciudad porque Jesse Reeves y David Talbot estaban terminando de arreglar la biblioteca y el templo de Maharet y Khayman, el cual quedó algo destruido por culpa de Rhosh y Benedict. Esos dos pelirrojos, uno de inteligencia aguda y otro torpe pero bondadoso, estaban siempre tras nuestros pasos.

Por otro lado sería un viaje cómplice, romántico, lleno de aventuras porque no iríamos con un guía ni con nadie que nos dijera dónde, cuándo, cómo y porqué estar en un edificio u otro. Quería ver las maravillosas esculturas de las numerosas fuentes italianas, dejarme llevar por los bucólicos paisajes de los viñedos de la Toscana, hundirme en el mar de las diversas zonas costeras, ir a los monumentos más atractivos y los museos más llamativos... ¡Y por supuesto! Quería llevar algunos frascos experimentales de Fareed para poder lograr retenerla entre mis brazos, hacerle el amor como meses atrás y seducirla durante toda la noche. Quería demasiadas cosas, esperaba demasiadas emociones en ese viaje.

Mientras pensaba en una cosa y otra, recreándome en emociones que aún no habíamos vivido, ella se quedó en mi regazo disfrutando del espectáculo, riendo y llorando al pasar de las escenas, y acariciando mis manos.

Por otro lado me mantuve al margen de aquella mujer, dejándola viva, para pedirle a Rose que nos marcháramos antes de terminar el último acto. Sabía que le emocionaba la obra, pero no podía permitir que encontraran el cadáver con nosotros allí. Tendríamos que hacer declaraciones y era mejor huir antes que cualquier cosa pudiese pasar.

A nuestra salida noté la brisa cálida del verano, deseé que el mundo se parara en ese instante y que me evitara estar perseguido como si fuese un delincuente. Mi padre se marchaba a una nueva aventura y nos dejaba a lo dos sometidos a sus espías. Toda la ciudad estaba llena de ojos para mí, aunque sólo fueran un puñado de inmortales. Sabía de mi molestia de ser perseguido por los mayores, ella también la sentía. Se abrazó a mí y le dio un beso a su mejilla antes de susurrarme al oído.

—Llevame a casa, tenemos mucho qué empacar, ¿no, mi amor?—dijo con sus ojos brillantes por la idea que había tenido.

¡Ah! Casi la tomo en volandas y echo a correr como un maldito demente. Podía hacer que el mundo quedase a un lado, incluso el tráfico de las calles, para convertirme en una máquina de guerra que arrollaría a cualquiera por entrar en el edificio, tomar las maletas y meter algunos libros, unas cuantas camisas, pantalones, suéteres finos, mudas limpias y algunos zapatos cómodos para el viaje. Incluso era capaz de hacer la suya. Con un par de maletas bastaba. Además, teníamos cuentas cargadas de ceros porque todos nos habían ofrecido su apoyo y yo estaba emprendiendo ciertos negocios.

¿No había terminado ella sus estudios? ¿No había terminado yo los míos? Este año de carrera había sido concluido por cursos en línea gracias a ciertos programas de ordenador y porque mi padre logró personarse en las diversas universidades, junto con Fareed y Seth, para abogar porque nos diesen esos permisos especiales aunque el curso ya había comenzado. Sí, estudiábamos. Pero no estudiamos como los idiotas de los libros más insufribles que he podido leer. ¡Absolutamente no! Yo quería terminar la carrera porque ya empiezo algo lo termino. Mis notas eran excelentes y también las de Rose. No teníamos porqué estar un verano encerrado en Nueva York por muy buenos espectáculos que tuviesen los teatros, por grandes conciertos al aire libre que se diese en los diversos parques o estadios. ¡No, demonios! Merecíamos viajar libres como cualquier joven.

Al llegar al apartamento corrimos los dos de un lado a otro. Estábamos frenéticos y reíamos a carcajadas. Recuerdo que me tuve que sentar sobre su maleta para que pudiese cerrarla y ella hizo lo mismo con la mía. Cuando nos dimos cuenta había pasado una hora. Después bajé al parking y tomé mi Mercedes, dejé las maletas dentro del maletero y conduje hasta el aeropuerto. No teníamos billetes, pero podíamos comprar unos de última hora en primera clase. En primera clase siempre sobraban algunos asientos y conseguimos uno de un vuelo que iba a despegar casi de inmediato.

—Cariño, di adiós a las cadenas de papá—dije guiñándole un ojo.

—Adiós, tito Lestan. Adiós, normas. Adiós a todos...—comentó aferrándose con fuerza a mi brazo mientras reía.

La chica no podía comprender porqué estábamos tan radiantes, pues sólo era un viaje. Pero comprendió pronto todo cuando pudo ver mi anillo de compromiso en mi mano. Oh, sí. Yo le había pedido matrimonio aunque no era algo habitual entre los inmortales. Esa clase de cosas son para humanos, pero ¿no éramos en parte una mutación? No dejábamos de ser por completo humanos.

En el avión estuve besando a Rose todo el tiempo. Llevaba algunos tubos de hormonas para ambos que no había usado. Había robado algunos a Fareed la última vez que entré en su laboratorio. Aunque tampoco puedo decir que los robé porque me los pasó mi madre de contrabando y Seth se echó a reír por mi descarada reacción.

Todo fue magnífico las primeras horas. Llegamos al hotel casi a punto de ver el amanecer y nos encerramos en la habitación. Dormimos desnudos, pegados uno al otro, en una inmensa cama de matrimonio en una de las suite de lujo de uno de los hoteles con más encanto y belleza. Al despertar tuve la pesada sensación que algo iba a ir mal, pero evité decirle nada a Rose. Nos tomamos un baño juntos, nos acicalamos y bajamos al hall para dejar las llaves. Queríamos pasear. Esa noche sería una aventura.

Y menuda aventura...

Nada más pasar dos avenidas, recorrer un parque y pararnos frente a una coqueta cafetería muy elegante nos encontramos a Landen paseando con Marius, ambos discutían. ¿Y cuál era la discusión? Pues nosotros...

—Pueden quedarse en Roma todo el tiempo que quieran. Si tienen algún contratiempo siempre pueden buscarme—decía meneando suavemente la cabeza—. Ah, Marius, no impongas aquí tus reglas de tirano porque no voy a permitírtelo.

—Me envía su padre—dijo.

—Como si te envía Dios mismo, que no existe, por su orden y mandato divino—respondió situándose frente a él sin temor alguno aunque era más enjuto, joven y, por ende, más débil.

—¡Ahí están!—gritó echando a correr hacia nosotros.

No nos movimos. Sabíamos que si huíamos iba a ser peor. La bronca fue subiendo de tono hasta que Landen intervino pidiendo la palabra. Persuadió a Marius, aunque nos amonestó por marcharnos de Nueva York sin dejar claro nuestro paradero. Sonreí satisfecho cuando nos aseguró que él vigilaría porque tuviéramos una estancia cómoda, que podríamos incluso visitarlo a su modesta vivienda, y que no pasaría nada. Además, acabó llamando a mi padre y diciéndole que él sería nuestra carabina. Marius tuvo que retroceder en su empeño en llevarnos con él, entró en un callejón y se marchó gracias a su don para volar. Por nuestra parte nos echamos a reír cuando Landen se despidió exigiendo únicamente que nos reportáramos alguna noche para poder visitarlo, “tomar” un café con él y hablar de nuestras pequeñas aventuras.


¡Roma era nuestra!  

martes, 9 de agosto de 2016

Estúpido...

Aquí leeréis como Marius cae en la estupidez.

Lestat de Lioncourt 


Siempre me pregunté si era cierto que él se sentaba en aquella terraza todos los días, con su periódico y su taza de café de máquina, jamás soluble. Me imaginé un ser menos sociable y abstraído de la realidad imperante que le rodeaba. Pero la realidad, una vez más, me abofeteó en mi ego. Todo lo que creí era falso. Él no mentía. Asumí que era imposible que un ser como él tuviese cierto amor a lo cotidiano, a los humanos y los pequeños detalles que logran que la vida merezca la pena.

Everard tenía la nariz un poco picuda, era enjuto, de cabellos sedosos negros que daban a su rostro mayor severidad y una curiosa forma de vestir bastante formal para estos tiempos. Es cierto que dije que estaba sucio y era horrible en mi libro. Lo siento. Mentí para vengarme de algún modo del dolor que sentía en mi ego. No es feo, ni es un sucio. Él realmente posee una belleza idílica aunque algo extraña, pues no es la común.

Creí pasar desapercibido para él hasta que bajó el periódico, se giró hacia mi dirección y frunció el ceño posiblemente molesto por acercarme demasiado a lo que un vampiro puede considerar su territorio. Además, ni siquiera había pedido permiso, por así decirlo, para visitarlo. Como si fuera un perro bien entrenado había logrado seguir mi rastro. No tuve más remedio que acercarme aceptando que había ido a su encuentro.

—Sólo quería visitarte—aseguré.

—¡Ah! Qué extraña visita, ¿verdad?—dijo guardando las formas—. Nunca me suele visitar cretinos a esta hora—comentó con una sonrisa educada y un tono de voz sosegado, pero podía ver su odio envuelto en cada sílaba.

—Sé que me porté como un estúpido y que enterraste el hacha de guerra cuando...

—En las reuniones intento ser educado, cosa que tú desconoces, porque no quiero que nadie me llame la atención—aseguró indicándome que tomara asiento.

—¿Podríamos hablar en privado?—pregunté apoyándome en el respaldo de la silla sin sentarme. Mis manos parecían las patas de un ave sobre una rama muy frágil.

—Mi vivienda no está lejos, pero jamás te llevaría allí. Creo que podemos conversar en el reservado de un coqueto restaurante que conozco bien. Sus reservados están insonorizados para que el comensal no tenga que soportar el ruido de otros, las comandas o un hilo musical que no sea agradable para ellos—dijo incorporándose dejando un par de billetes para pagar el café y dejar una suculenta propina.

De inmediato estábamos caminando el uno junto al otro. No sabíamos bien qué pretendíamos al conversar. Limar asperezas era algo casi imposible, pero aquel vampiro tenía cierto interés en lograr un acuerdo. Quizá porque no quería que otros pensaran que no lo había intentado, tal vez porque necesitara que yo comprendiera que era un imbécil o podía ser mera curiosidad.

No tardamos más de unos cinco minutos en llegar a ese modesto restaurante. Era pequeño, tenía sólo algunas mesas en la terraza, otras tantas dentro y un espectacular horno para pizzas caseras. Había una zona perfecta, casi idílica, para que el comensal viera como se terminaban sus platos o se elaboraran los más sencillos.

En el fondo había un impresionante cuadro que provocó que sonriera ante su provocadora belleza. Era una mujer desnuda imitando a Tellus rodeada de niños que sostenían trigo entre sus manos, racimos de uva o simplemente alzaban cestas llenas de frutos de legumbres, frutas, verduras o cereales. Ella estaba allí sonriendo amorosa mirando a los comensales y trabajadores. Era un fresco hermoso. Bajo esta hermosa pintura había una puerta de acceso a reservados, tal y como informaba una placa, y él simplemente entró sin pedir permiso.

—Tengo aquí un reservado perpetuo—dijo antes de abrir la puerta para sentarse en una pequeña mesa para dos.

—¿Vienes muy seguido?—pregunté.

—No, pero me gusta tener un sitio donde reunirme con mis abogados, con empresas en las que invierto o simplemente venir y sentarme con alguna víctima—me indicó que tomara asiento. Otra vez ese gesto gentil hacia un hombre que le había humillado.

Por mi parte cerré la puerta y me quedé observándolo. Algo en mí rugió e inició una serie de emociones que jamás creí posibles. Me abalancé sobre él tomándolo del rostro para besarlo descaradamente. Él simplemente me empujó para mirarme sorprendido ante mi descaro.

—Lamento informarte que no todos caemos en tu juego—comentó incorporándose.

Iba a pedirle perdón por aquel acto impúdico, pero acabé acorralándolo contra una pequeña esquina. Él me miró furioso durante unos segundos antes de abofetearme. El golpe fue tan fuerte para mi orgullo y hombría como para mi rostro. Aquella pequeña fiera estaba a punto de morderme cuando lo calmé echándolo contra la pared.

—Lo siento—dije.

—Tú nunca sientes nada—respondió—. Vete.


Estuve de pie frente a él asumiendo que había fracasado el conocerlo así como mi estúpido deseo de ir más allá en aquel encuentro. Me encogí de hombros y salí. Roma estaba hermosa esa noche. Una noche llena de fracasos, pero hermosa.

lunes, 8 de agosto de 2016

Territorio

Aquí tenemos pelea de "Macho de lomo plateado, pelo en el pecho y milenios a la espalda" con Landen siempre metiendo un poco el dedo en el ojo.

Lestat de Lioncourt



—Me pregunto qué demonios hacías bailando con mi mujer—dijo entrando en la biblioteca donde me encontraba recluido.

Landen seguía jugando con el globo terráqueo algo desfasado, pero terriblemente hermoso. Sus largos dedos eran muy atractivos, aunque sobre la pieza parecían patas de araña. El cabello azabache lo tenía algo revuelto y rozaba algo más que sus mejillas.

—¿Disculpa?—pregunté alzando la vista para ver a ese impresionante guerrero con aquellas prendas tan bárbaras. Creo que el diseñador de tal esperpento era el cotizado Ermenegildo Zegna, pues había adquirido algunos trajes suyos hacía algún tiempo para pasar desapercibido entre el populacho.

—Deberías pensar más en lo que haces—me escupió directo mientras acomodaba los hermosos gemelos de oro y diamantes que lucía de forma coqueta.

—Gregory, no quiero discutir por algo tan estúpido—dije intentando restarle importancia.

Con cuidado dejé la pluma en un lado de la mesa y recogí mis largos cabellos color paja hacia un lado. La túnica árabe que lucía, prestada por Seth, me quedaba como un guante y me hacía lucir muy distinto a ese hombre surgido de los milenios con una belleza sobrehumana.

—Verás, Marius, para mí mi Chrystanthe es muy importante y no permitiré que te propases—comentó apoyando sus grandes manos de guerrero sobre la mesa. Me pregunté a cuantos había matado con ellas desnudas o empuñando una cimitarra.

—Sólo fue un baile—contesté cansado mientras Landen se giraba para husmear mejor la situación.

—Conozco a los hombres como tú—dijo frunciendo el ceño uniendo esas cejas espesas, pero delineadas.

—De acuerdo, digamos que estuve coqueteando pero ¿acaso tú no tienes un joven de piel atezada y ojos profundos por el cual te desvives?—dije con una sonrisa pícara que él se encargó de borrar.

—Sí, como un padre. No soy tan despreciable como tú—respondió.

—Comprendo...

—Aleja tus sucias manos de artista del engaño, las mentiras y desilusiones de mi esposa—me reprendió golpeando la mesa para apartarse con furia. Aquel hombre tenía sólo dieciocho años cuando fue creado, pero su aspecto era el de un hombre maduro y sensato salvo cuando tocaban a la mujer de su vida—. No te quiero cerca—siseó caminando hacia la puerta—. Ella es lo más importante que tengo en mi vida.

—¿Y si ella se acerca a mí?—dije con algo de malicia simplemente para comprometerlo. Admito que a veces puedo poner el dedo en la herida únicamente para ver la expresividad de ciertos rostros, y más cuando estos rostros son tan bellos.

—Ella jamás se acercaría a un cretino por su propia voluntad—esa frase me enfureció.

—Marius, una cortina está ardiendo—susurró Landen.

—¡Me ha llamado cretino!

—Eso es lo mínimo que te ha dicho—dijo aquel dichoso vampiro mientras se subía en la mesa y Gregory se marchaba airoso de aquella pelea—. ¿Ahora comprendes por qué la mayoría deseamos golpearte? Tienes la absurda manía de molestar a todos para divertirte. A Lestat le sale bien, pero tú no tienes la misma suerte—guiñó su ojo derecho y luego me tomó del mentón con ambas manos—. Yo aún sigo queriendo golpearte—dicho aquello se bajó del mueble y se fue hacia el extintor para apagar las llamas que consumían aquella costosísima tela—. Armand no va a estar feliz cuando veas qué hiciste, Marius.


—Al diablo todos...  

miércoles, 20 de julio de 2016

Ajedrez

En realidad todos amamos a Armand de algún modo. Me uno a los comentarios de Landen. 



Lestat de Lioncourt





Estaba frente a un tablero de ajedrez observando cada una de sus piezas. Me preguntaba si este mismo tablero era el descrito en aquella importante reunión en la cual no participé. Pensé en todos los que estaban vivos entonces y ahora eran humo y cenizas. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al pensar que Santino, aquel creyente convertido en descreído, había tocado alguno de los peones y sonreído con malicia al saber que ganaba ante su pupilo.

Por un sólo instante recordé su rostro envuelto en aquella maraña de cabello negro salvaje y restos de barba. Esos ojos oscuros comenzaron a perseguirme. Pensé que quizá su espíritu ahora nos rondaba vigilando con cierto dolor, rabia, odio y peligrosas ambiciones. Pero luego vino a mí su imagen recorriendo Roma disfrutando de ser un hombre sin fe, usando su magnífico cerebro y su encanto.

—¿Piensas en Santino?—la voz de Armand me alarmó. No lo había sentido llegar porque estaba demasiado concentrado en las piezas de ese ancestral juego.

—A veces—dije sin mirarlo. Estaba dándole la espalda porque me encontraba en el lugar opuesto a la puerta de entrada—. Hoy más que nunca.

—Tal vez porque estás ante su juego favorito—sus pasos sonaron sobre las pulidas y pulcras baldosas de mármol, rodeó la pequeña mesa donde estaba el tablero y se sentó frente a mí.

—¿Es el mismo que usasteis aquella vez?—pregunté colocando el dedo índice y corazón de mi mano derecha sobre la torre, acariciándola suavemente, para luego agarrar uno de los peones y observarlos de cerca.

—Sí, es el mismo. Lo conservo—aseguró—. Jugué con él y con Khayman. También recuerdo que estuvieron jugando Marius contra Maharet y ella con Pandora—sonrió riéndose bajo—. Adivina quien tuvo peor perder de todos.

—Marius—respondí tras una enorme risotada.

—Yo siempre pienso en Santino. Sobre todo pienso en sus palabras cuando creía que yo estaba muerto—susurró descendiendo sus párpados entretanto se echaba contra el respaldo de la silla donde se había acomodado.

—Siempre voy a la misma cafetería, ¿sabes? Pido mi periódico, mi café, me siento en la misma mesa, me quito los botones de la chaqueta y observo a todos los que van y vienen. Me gusta observar a los humanos. Me quedo con algunos detalles, los más extraños o los más comunes, leo mis noticias entretanto y olfateo mi taza de café—aquello hizo que me mirara con cierta curiosidad—. Hago todo eso pensando en todos los años que me basé en una fe estúpida a la cual nos aferramos por miedo. Como se aferra el moribundo antes de morir y el beato durante toda su vida. Pero entonces llega la muerte y te dice al oído que nada de eso existe—solté el peón en su lugar dando un leve suspiro—. Él, tú, otros tantos y yo perdimos el tiempo ¿sabes? Cuando él se alejó de la fe y se basó únicamente en la filosofía, dejando atrás sus teorías sobre el Diablo y Dios, se paseaba por toda Roma con elegantes trajes hechos a su medida y bonitos anillos de oro. Podías verlo con el cabello recogido o suelto como uno de esos chicos salvajes de la moda. Era una aparición interesante que alguna vez vi, pero no logré acercarme porque parecía no querer saber de nadie. De nadie de su pasado—le miré a los ojos mientras me inclinaba hacia delante con una sonrisa descarada—. De nadie que no fuera su Armand. Que no fuese ese ángel misterioso de alas negras tan tupidas. Ese muchacho que le hacía suspirar y desear con cierta rabia. ¿De verdad no conocías su secreto? Lo gritaba, Armand. Gritaba constantemente que te amaba con sus acciones. ¿Por qué crees que te salvó? Al verte algo en él se derrumbó como se derrumbó Babel—di un leve golpecito en la mesa y me incorporé—. Si alguien te ha amado en este mundo, por encima incluso de Marius, ha sido él.

De inmediato empezó a llorar en silencio y yo me sentí culpable, pero sólo le había dicho la verdad. Él era un niño aún que no se percataba de todo lo que le rodeaba y de los sentimientos de los demás. Quería amar y ser amado, sin embargo no sabía aún jugar al juego. Salí de detrás de la mesa, la rodeé y me coloqué a su lado tomándole del rostro para besar sus labios mientras tocaba sus lágrimas sanguinolentas con las yemas de los dedos. Mi lengua se hundió en su boca atravesando su carnosa entrada y envolviéndome rápidamente con la suya. Fue un beso libre y apasionado que a su término lo dejó confuso.

—Incluso yo te amo y deseo—susurré—. Ah, Armand. Haces que todos caigamos como idiotas ante ti y ni te percatas.

—Landen... —balbuceó.


—Estaré con los demás, en la reunión, espero que vengas con otro ánimo—solté una ligera carajada—. Y si ves al fantasma de Santino dile que mis intenciones contigo no son peligrosas, pues sé que hay un violinista que muere por ti y tú por él. Aún así te vigilaré para que Rhosh nunca te haga daño—aseguré antes de marcharme.  

jueves, 30 de junio de 2016

La historia se repite...

Marius está defendiendo lo que es "suyo" o más bien "cree suyo". 


Lestat de Lioncourt


—¿Podríamos hablar?—pregunté interrumpiendo su animada charla consigo mismo. Se lamentaba por el crimen que había cometido contra Maharet, pero aún no tenía agallas de aceptar o asimilar que había hecho algo similar con Khayman. Él aún distinguía entre “civiles” y “guerreros” como si aquel pobre milenario, el cual lideró durante años una resistencia que acabó protegiéndonos a todos, no hubiese sido usado como un mero juguete de un espíritu aterrado y adolorido—. Desearía hablar contigo sosegadamente—afirmé.

—Por supuesto—dijo incorporándose.

Estaba de rodillas reclinado contra un pequeño altar vacío de dioses, flores o libros sagrados. Había tomado aquel pequeño rincón olvidado en la capilla familiar del castillo Lioncourt, en mitad de una importante reunión de la cúpula de vampiros más poderosos o influyentes, para meditar y orar por sus estúpidos planes. Su rostro era bondadoso pero sus ojos aún tenían la frustración de una guerra mal trazada. Había escuchado grandes cosas de él y de su reino oculto a los ojos y oídos del hombre, y que ahora no existía ni siquiera sus pedazos, pero también tenía conocimiento de su hipocresía.

—Me pregunto qué problema tienes con mi Amadeo—dije acomodando la toga que había elegido para esa noche.

Siempre que llegaba a mis reuniones me desvinculaba de las ropas bárbaras que solían usar los hombres modernos. Dejaba atrás mis camisa de seda en tonalidades borgoña o cereza, me arrancaba los pantalones clásicos de color oscuro y los zapatos cerrados para huir a mis viejas prendas. Incluso me deshacía de la ropa interior que me impedía sentirme libre.

—Dirás Armand—indicó en tono sosegado mientras remangaba las mangas de su pulcra y sencilla camisa blanca—. Él ya no se considera Amadeo y tampoco cree ser tuyo.

—Lo que él crea poco me importa—aseguré—. A mí sólo me interesa saber los motivos que te llevan a desear su muerte.

—Es fácil...—susurró con una sonrisa diabólica.

—Adelante, ilumíname—contesté abriendo los brazos encogiendo mis hombros.

—Él incapacitó el buen juicio de mis creaciones y acabaron siguiendo su desdichada religión. Algunos de ellos acabaron muriendo—hablaba desde la rabia y el desconocimiento.

Armand jamás torturó a sus seguidores. Él sólo adoctrinaba en su fe, la cual creía cierta, a todo aquel que se acercaba y lo escuchaba como si fuera un Mesías surgido de los infiernos. Aquel rostro dulce, de querubín o niño de coral de iglesia, provocaba que todos quedaran convencidos y asombrados por la sensatez de sus palabras. En algo debían creer cuando la muerte se volvía pesada y la vida parecía olvidada en un pozo de recuerdos llenos de amargas lágrimas.

—Ellos pudieron resistirse—respondí.

—¡No si los secuestran!—exclamó.

—Eran libres de ir y venir—dije.

Era cierto salvo con Magnus. Él sabía que era peligroso aquel hombre enajenado por su horrendo rostro y cuerpo lleno de desgracias. Era un portentoso alquimista con un cerebro privilegiado, pero también era un tullido de rostro de gárgola y mirada aviesa. Sabía que estaba decidido a romper la organización desde la base y por eso lo siguió. Y no le faltaba razón. Magnus creó a un guerrero importante cuya espada eran sus filosas palabras.

—¡Eso no lo sabes!—espetó.

—Lo sé porque siempre estuve vigilándolo—admití para su asombro.

—Ah... así que es cierta tu cobardía—susurró.

¿Mi cobardía? ¿Y qué había de la suya? En ningún momento fue a por sus hijos, sus amigos y seguidores. Ellos, que confiaron ciegamente en él, fueron abandonados a su suerte.

—Simplemente me di cuenta que éramos incompatibles en creencias—dije con cierta amargura en la punta de mi lengua—. Él estaba demasiado influido por una vieja doctrina renacida en su pecho como si fuese la semilla del mal.

—Claro, pero mientras tanto otros sufrían las consecuencias de su abandono y dolor—se había incorporado y girado hacia mí para enfrentarme. Realmente deseaba desafiarme.

—Sigue pensando lo que quieras. Yo sólo he venido a advertirte—mi tono de voz cambió dejando atrás la amabilidad. Estaba profundamente molesto por su actitud. Sabía que Amel ya no regía en su mente y era él quien hablaba con todas las consecuencias de este aciago mundo.

—¿Tú a mí? Eres mucho más joven que yo—dijo carcajeándose.

No me importaban sus casi 6.000 años. No me interesaba lo que pudiese haber hecho en aquel lugar perdido de la jungla, entre manglares y ruinas reconstruidas con la pasión metódica que únicamente sabía tener Maharet, porque sólo podía pensar en proteger a quien amaba.

—Tengo a Lestat de mi parte, Rhosh—le aseguré.

—Prosigue...

Sabía bien que eso le detendría para escucharme.

—Si pones tus sucias manos sobre Armand o sobre cualquiera de mis creaciones, pero especialmente sobre mi muchacho, te juro que no descansaré hasta que sus sesos y entrañas decoren el suelo de mi palacio veneciano—dije con mis ojos de frías tonalidades azules clavados en los suyos como si fuera un infierno glacial.

—Ah... italiano tenías que ser... Se nota que el espíritu de la mafia viene de antiguo.

—Sólo te advierto—aseguré antes de marcharme para regresar al consejo de sabios que se estaba celebrando.


jueves, 26 de mayo de 2016

Guerra abierta

Landen y Rhosh no se llevan bien y no sé cuál es el problema en concreto, aunque aquí hay ciertas pistas.

Lestat de Lioncourt 



—¿Debería tenerte lástima?—dijo Landen conteniendo sus ganas de golpearlo—. Tú, el imponente y sabio Rhosh, te has convertido en el gusano que siempre fuiste. Jamás te importó alguien más que tú y tu estúpido Benedict. ¿Y ahora debo tenerte lástima?—comentó dando un par de pasos hacia el frente para dejarse iluminar por la pequeña lámpara de mesa la biblioteca.

Aquella figura tan conocida y a la vez repulsiva para él le miraba sin rastro alguno de pecado. Rhosh carecía de sentimientos, ni buenos ni malos, para Landen. Para él era una creación que se torció, algo que se perdió en las arenas del tiempo, y que no debía tener importancia en un futuro. Pero no era así para Landen que guardaba un rencor terrible.

Recordó como la Secta de la Serpiente se convirtió en un nido de víboras agradable. Era atractivo sentirse comprendido y arropado por una especie de jauría sangrienta que devoraba todo a su paso, igual que las termitas y la plaga de langostas de la Biblia.

—¿Qué sucede?—preguntó dejando las palmas de las manos sobre el borde de la mesa—. No tengo culpa de todas tus desgracias.

—Pudiste salvarnos con tan sólo unas palabras. Habríamos creído cualquier cosa viniendo de ti. Pero te rendiste y te ocultaste como una rata cobarde. Decidiste dejarnos a nuestro libre albedrío—tomó aire y lo dejó escapar intentando calmar su ira.

—Landen, no estoy de humor—dijo—. Tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?—dijo—. ¿Las cosas de un cobarde?

—¡Preferí a Benedict, es cierto! ¡Pero tú seguiste los pasos de Eleni porque la amabas! ¡Igual que a otros compañeros! Pudiste salvarte, Landen, pero decidiste caminar por la Senda del Diablo. ¿Y qué iba a hacer yo? ¿Qué? ¿Acaso creías que podía hacer algo persiguiendo a mis creaciones? Vosotros me habíais abandonado—replicó conteniendo su rabia.

—¿Sabes por qué lo hicimos? Porque tú nos dejaste primero—contestó clavando sus ojos oscuros y profundos en los de Rhosh—. Fuimos abandonados. Éramos obras que tú decidiste dejar tiradas en mitad de la oscuridad como si no valiéramos nada. Tanto los que creaste directamente como aquellos que surgimos de tus hijos, todos nosotros, fuimos apartados de tu presencia porque jamás te adoramos como un Dios entre los vampiros. Te creíamos nuestro líder, nuestro amigo, padre o hermano, pero jamás como tú codiciaste. ¿Sabes por qué la voz te convenció? Porque tu ego es tan grande que opaca siempre tus virtudes.


Esa noche abandonó la asamblea. Dejó Nueva York y regresó a Roma. Necesitaba volver a la coqueta cafetería donde le recibían como si fuera el propietario. El periódico de media tarde, el café recién molido y las tazas minúsculas de porcelana le esperaban con ansias. Del mismo modo que querían verlo ocupar su lugar los camareros que siempre se sentían afortunados por las cuantiosas propinas que ofrecía de vez en vez. Quería volver a ser el hombre extraño y elegante, ese sutil desconocido, que a todos escuchaba y que jamás se quejaba porque parecía que todo estaba a su gusto. Por otro lado, Rhosh se quedó pensativo durante días pues Landen había hundido sus largos dedos en la yaga.  

viernes, 4 de marzo de 2016

Pelea de viejos aliados

¡Pelea de milenarios! Digo... ¡Ahí va otra pelea! Landen y Rhoshmandes necesitan poner las cosas claras.

Lestat de Lioncourt


—¿Aún me detestas?—preguntó.

Estaba allí de pie contemplando el magnífico jardín interior de ese rascacielos, un edificio perdido en mitad de una de las grandes avenidas de Nueva York, que por dentro era un palacio que muy pocos podían contemplar o alcanzar siquiera sus puertas. Podía observar las maravillosas flores de invierno, las enredaderas subiendo por las columnas jónicas de mármol blanco y los elegantes arbustos que parecían esculturas mudas de un mundo antinatural.

Había decidido alejarme de todos. No quería escuchar el murmullo de su voz. Odiaba el eco de su timbre en mi cabeza y su aroma. ¡Esa maldita fragancia que siempre le acompañaba desde que le conocía! Quería alejarme y hundirme en mis propios pensamientos. No podía acceder a las bibliotecas porque había sendas reuniones y tampoco escaparme por las heladas calles de la esa gran ciudad. Fui donde creí que no le importaría a nadie, pero él decidió seguirme con esa estúpida pregunta en sus frívolos labios. 

—¿Es una pregunta retórica?—dije.

—¿Debería serlo?—contestó.

—Quizá—susurré acariciando los tiernos pétalos de aquella Camelia. ¿Cuántos meses había tenido que ser regado su arbusto para que ofreciera esa maravilla? No lo sabía. Sólo me concentraba en su belleza y aroma para no caer sobre él con miles de palabras hirientes.

—Landen, lo que ocurrió en el pasado debería hundirse en las profundidades de las arenas del tiempo—dijo dando dos pasos hacia mí.

Me sentí acorralado como un gato en un callejón. Quería huir de él, de sus grandes manos y sus profundos ojos claros. No sabía dónde ocultarme porque algo me decía que él iría a buscarme. En ese momento sí me buscaría como no lo hizo en el pasado.

—Para ti es fácil decirlo—dije.

—¡No lo es!—exclamó.

—Oh… vamos… —susurré girándome hacia él.

Mis ojos oscuros se enterraron en los suyos como dos poderosas dagas. Él pudo sentir mi dolor y eso hizo que retrocediera.

—Landen, el mundo ha dado muchas vueltas como para que tú sigas en el mismo lugar—dijo tendiéndome sus manos, abriendo sus brazos e invitándome a un contacto que no quería. No deseaba abrazarlo. Por mí se podía arrojar a las llamas del infierno si así lo creía oportuno.

—No sigo en el mismo lugar—aseguré.

—¿Y por qué sigues mirándome con odio?—me preguntó.

—¿Odio? No puedo odiar a alguien tan insignificante en mi presente.

—Pues veo rechazo en tu mirada—asumió que le rechazaba, pero no era realmente rechazo. Simplemente era dolor. Un dolor profundo de una herida que nunca lograría cerrar.

—Te admiraba—confesé—. Te admiraba profundamente y no supiste luchar por nosotros. Dejaste que te derrocara y te echara a un lado como si sólo fueras un papel mojado, un desecho más, o simple escoria. Lo hiciste.

—No es cierto—dijo con la voz quebrada.

¡Ah! ¡Claro que lo era! ¿Cuántos de nosotros caímos en manos de esa Secta? Él no hizo nada por miedo a ser atrapado por aquel monstruo llamado Santino. Temía a Santino y un enfrentamiento directo. ¿Por qué motivo? ¿Por qué? ¿Por lo ocurrido con aquel milenario en Italia? ¡Ja! Simplemente era un cobarde. Siempre huyó. Huyó cuando Akasha se reveló del mismo modo que lo hizo dejado atrás a Gregory. Siempre huía. Pero esta vez no pudo huir como pretendía porque Lestat, el poderoso Lestat de Lioncourt, le acabó atrapando y doblegando.

—Sólo luchaste por él, ¿sabes por qué? Porque sólo comprometiste una vez tu corazón olvidándote que los amigos también son familia, son parte de uno, y que nosotros te apreciábamos sin juzgar tu pasado o posible caída en desgracia. Rhoshmandes, eres el mayor cretino que jamás he conocido—aseguré.


Entonces apareció Benedict con los ojos llenos de lágrimas. Rhoshmandes siempre ha odiado que Benedict llore pero no es porque manche su rostro, sino porque no soporta saber que amado idiota sufre. El resto si sufrimos no importa. 

domingo, 19 de julio de 2015

Querubín

Ustedes se quejan de como trato a Louis, pero lo trato muy bien en comparación como trata Marius a Armand.

Lestat de Lioncourt


Había escuchado tantos rumores sobre sus nuevos y profundos sentimientos, los cuales no podía lograr comprender, que me sentía irritado. Jamás me había sentido tan desplazado y olvidado. Ni siquiera me había sentido así por la mujer que compartió conmigo algo más que la inmortalidad, pues compartió conmigo vivencias humanas y el destino mismo hizo que nos tropezáramos una y otra vez. Pandora para mí era importante y sabía que sus sentimientos jamás cambiarían. Sin embargo, los de Armand parecían una jugada de cartas donde yo tenía la peor mano posible.

Gregory decidió hablar conmigo para tratar diversos asuntos. Puso sobre la mesa sus celos, pero también sus quejas. Arremetió contra mí muy duramente hasta dejarme sin habla. Era un ser excepcional y coincido que es uno de los vampiros más directos con los que he tenido la fortuna de hablar. Serio, tranquilo y conciliador me explicó sus dudas, sus miedos y también se opuso a mis coqueteos con quien consideraba su amante, compañera e hija más que una simple escultura en carne, hueso y sangre de una mujer excepcional. Sin embargo, eso no me ofendió. Comprendí sus preocupaciones, pero terminamos conversando de algo muy distinto. Él me aseguraba que Armand le había confesado que ahora estaba comenzando a comprender el amor y a sentirlo realmente. Yo no era el indicado. Ni siquiera se había atrevido a mencionarme en la conversación que tuvo con Gregory. Al parecer el violinista, ese mequetrefe esquelético de encantadores ojos azules, había logrado embaucarlo con la melodía de su siniestro violín.

Me sentí humillado, pero sobre todo olvidado. Él había olvidado mis caricias, mis promesas, mis verdades a medias y las mentiras sutiles que había tenido que ofrecerle para calmar sus miedos. Quise gritar de rabia, aunque tan sólo me mordí la lengua y me marché de la sala dejando atrás mis documentos sobre las leyes vampíricas, tan importantes para la Tribu, así como a Gregory y Landen, el cual estaba allí observándolo todo como si fuese parte del mobiliario.

—¡Amadeo!—vociferé caminando por el largo pasillo de suelos de mármol blanco, cuyas paredes eran hermosos frescos que resultaban sobrecogedores y mostraban pasajes de la biblia, para hallarlo en una de las habitaciones como si fuese un muñeco perfecto.

Me percaté que parecía esperarme regodeándose de mi dolor. Su ligera sonrisa era una burla cruel en aquella boca carnosa. Aquellos ojos castaños, por los cuales sufrí tantos años, me miraban sin inmutarse ni pestañear. Tenía las cejas rojizas perfectamente dibujadas en un rostro relajado, lleno de paz y muy armónico. Sus mejillas tenían un ligero color rosáceo, símbolo de haberse alimentado recientemente. Llevaba unas prendas comunes, muy vulgares, para pasar desapercibido por los barrios más bohemios donde cualquier muchacho, por mal vestido que estuviese, era bienvenido. Tan sólo una camiseta celeste, como el cielo en pleno verano, y unos jeans oscuros eran las prendas que envolvían su esbelto y pequeño cuerpo. Tenía los pies descalzos, pero a su lado estaban las deportivas que había llevado durante gran parte de la noche. Quise agarrarlo de los hombros y agitarlo con rabia, arrojarlo al suelo y golpearlo por esas confesiones tan crueles a Gregory.

—Amadeo...—murmuré apretando los puños e intentando contener mi rabia.

—Armand—respondió sin inmutarse.

—Para mí siempre serás mi Amadeo—respondí cerrando la puerta, para aproximarme a él. Quería mantener una conversación seria y fluida, aunque me encontraba muy exaltado. Él me negaba. Negaba sus sentimientos hacia mí. Eso era un auténtico disparate.

—Soy Armand, Marius—dijo incorporándose para ir a mi encuentro, rebásandome y llegando hasta la puerta. Antes de tomar el pomo, para girarlo y salir de allí, me miró con calma. En sus ojos vi decepción, pero también dolor. El mismo dolor que yo sentía—. Hace tiempo que dejé de ser tu Amadeo, el mismo tiempo que tú dejaste de ser mi amado maestro—bajó los párpados cerrando por un instante sus ojos y luego clavó su mirada en la mía. Era una mirada desafiante. Y yo, como no, acepté ese desafío moviéndome rápidamente hacia él, deteniendo su huida y arrojándolo contra el suelo.

—¡Suéltame! ¡Te recuerdo que estás bajo mi techo!—decía retorciéndose.

Mis manos se convirtieron en terribles garras. Mis fuertes y largas uñas inmortales rasguñaban el tejido barato de aquellas prendas bárbaras. Sus manos intentaban detenerme, al igual que las lágrimas de rabia que empezaron a manchar su rostro de porcelana fina. Él era mío. Podía hacer lo que quisiera con él. Me pertenecía. Era mi pupilo, mi creación, mi compañero, mi amante y por lo tanto podía destrozarlo arrancándole las escasas plumas que quedaran de sus alas. No era libre. Él sería siempre mi Querubín y haría que cantase como un ave herida y enjaulada.

—¡Suéltame! ¡Maldito seas! ¡Déjame!—gritó furioso. Sus colmillos rasguñaban sus hermosos labios y mi lengua lamía sus lágrimas como si fuese un animal salvaje.

En breves segundos no quedaba nada de su ropa, salvo jirones alrededor en un círculo mal dibujado. Sus cabellos estaban revueltos y caían como pequeños ríos de seda, o más bien de lava rojiza, sobre el encantador e impoluto suelo de mármol.

—¿Dónde lo tienes?—pregunté agarrándolo del cuello con mi mano diestra, para apretar así sus cuerdas vocales y evitar que siguiese respirando. Él abrió los labios, al igual que sus ojos. Tenía los ojos como platos, completamente redondos, pues se encontraba descolocado—. Maldita puta barata, ¿dónde tienes los inyectables que te ha ofrecido Fareed? Sé que los aceptaste—rápidamente vi un cambio radical en su rostro, pues sus labios se cerraron y frunció ligeramente su ceño. Colocó sus manos sobre mi brazo y clavó sus uñas traspasado la gruesa tela de mi túnica. Noté como sus piernas se movían inquietas, intentando patearme—. Dime dónde está. ¡Dímelo!—coloqué mi otra mano junto a la anterior y presioné provocando que dejase de resistirse.

Su brazo derecho se estiró sobre el suelo, pero el otro quedó alzado y con su mano aferrada a una de mis extremidades. El dedo índice indicó el escritorio estilo barroco. Era un estilo muy acertado para aquel estudio, en el cual solía reunirse con diversas personalidades de la ciudad. Era un inversor, un sivarita, un hombre de negocios que había conseguido grandes beneficios y que era tan influyente que nadie reparaba demasiado en su edad. Un rico heredero con un gusto fino y caro en su mobiliario. Así que aquella sala, que era donde se sentía poderoso, estaba siendo el lugar donde se encontraría de nuevo a merced del monstruo que yo podía ser.

Coloqué mi mano derecha sobre su rostro, acariciando suavemente sus mejillas y deslizando los mechones que caían sobre su frente. Estaba indignado. Me gustaba esa rabia. Sabía como aplacarla, aunque no tuviese mi viejo látigo a mano. Con la izquierda lo seguía sosteniendo del cuello, aunque con una menor presión.

En un par de movimientos sencillos y rápidos me incorporé, junto con él, para ir hasta el escritorio y sacar esas inyecciones ya preparadas. Faltaban algunas. Sabía que las había utilizado con aquel mequetrefe. Me sentí aún más dolido y humillado. Su cuerpo, su alma y su destino era mío. No concebía que otro pudiese tocarlo. Sin cuidado le inyecté dos de ellas, logrando que gimiera nada más soltarlo.

—Amadeo—susurré al ver como prácticamente se retorcía bajo mi atenta mirada.

Sus manos se deslizaban sobre su pecho estrecho y su marcada cintura. Los huesos de su cadera se notaban gracias al movimiento sutil que estas poseían. Tenía las piernas ligeramente flexionadas y con una abertura lo suficientemente amplia como para ver su entrada. Se llevó un par de dedos a su boca, palpando sus heridos labios y llevó sus dedos a su entrada. Jugaba sólo sin quitarme ojo. Podía ver su odio, pero era incapaz de alzar alguna palabra cruel hacia mí. A penas podía reflexionar sobre lo que ocurría.

Tenía sus pezones rosados muy duros y resaltaban ese océano blanquecino que era su pecho. Las costillas también se marcaban con el ritmo acelerado de su respiración. Gemía y jadeaba de una forma tan erótica que, incluso sin inyectarme aún una sola de aquellas dosis, me hizo desearlo profundamente.

—Dime, ¿serás una perra obediente?—pregunté apoyándome de lado en la mesa. Con el pie derecho le di una pequeña patada, para que me atendiera—. ¿Serás sumiso con tu maestro?

—Sí, maestro—respondió abriendo aún más sus piernas. Aquellos muslos tersos y llenos, tan similares a los de una mujer, parecían desprender un calor excepcional. Su sexo estaba duro y se inclinaba ligeramente hacia la derecha, igual que una flecha que indicaba el camino a seguir—. ¡Maestro!—gimió cuando, por si solo, palpó con sus dedos, índice y corazón, su próstata.

Decidí inyectarme una de las dosis, pero antes me desnudé y me quité las sandalias. Allí, frente a él, sintiendo de nuevo mi virilidad vibrar por la lujuria, quise hacerlo mío sin preámbulos. Sin embargo, deseaba que él aprendiese la lección. Lo incorporé echando mano a su cabello, para levantarlo tirando de su larga melena cobriza, dejándolo de rodillas. Con la zurda lo sujetaba, mientras que con la diestra inpeccionaba su boca introduciendo un par de dedos. Poco a poco hice que parte de mi puño se abriese paso en aquella pequeña boca, la cual no daba más de sí.

Sin escrúpulos ni miramientos penetré su boca. Mis caderas parecían haberse liberado de un terrible sueño, el cual había durado demasiado tiempo. Cada movimiento de mis caderas era fuerte y constante. Si bien, no tardé demasiado en tirarlo al suelo de espaldas, levantar sus nalgas y penetrarlo. Él gemía como una puta cualquiera. Gritaba que era mío, que era mi sumiso y yo su maestro. Después de varios minutos, penetrándolo con rabia y deseo, eyaculé vertiendo mi caliente, así como espeso, chorro de esperma en su interior.

No salí de inmediato, sino que seguí moviéndome en un par de embestidas. Al terminar pude observar como mi esperma caía de sus nalgas hasta sus testículos y se deslizaba por sus muslos. Él se giró y quedó de rodillas observándome completamente frustrado, aunque por si mismo decidió limpiar el estropicio de mi sexo. Cada gota de esperma desperdiciada, que manchaba mi miembro, fue lamida y tragada por Armand.

No obstante, cuando sintió que el efecto se había acabado tomó las riendas de su comportamiento, más racional y menos complaciente. Se levantó, golpeó mi torso con rabia y me dirigió las peores palabras que podía ofrecerme en ese instante.

—Amo a Antoine—dijo con rabia—. Lo amo como tú nunca me has amado. He logrado encontrar la estabilidad que tú nunca me has ofrecido. Permitiste que sufriera y luego alegaste que jamás lo hice. Me calumniaste—sus ojos se llenaron de lágrimas mientras intentaba alcanzar la puerta, aunque yo intentaba detenerlo—. Eres un monstruo... mira lo que has hecho... ¡Y luego te preguntas porqué dejamos de amarte!

—¡Tú no me has dejado de amar!—grité furioso mientras lo retenía entre mis brazos.


—Tienes razón, pero soy mucho más feliz con ese músico que contigo—al decir eso lo solté. La rabia se convirtió en dolor, el dolor en amargura y las amarguras en lágrimas. Él se marchó corriendo de allí, quizás buscando los brazos de su nuevo amante, y yo quedé allí sentado en el suelo llorando por mi estupidez.  

martes, 23 de junio de 2015

Sus ojos

Comprendo, y hasta veo normal, que Armand se sienta así. Marius debería aprender a ser más comprensivo.

Lestat de Lioncourt


—Sigues aquí—dije apoyado en el marco de la puerta.

Marius continuaba redactando aquellas interminables letanías. Se estaba esforzando por explicar cada ley, pues no deseaba que hubiese recoveco alguno para que cualquier duda o conflicto pudiese aparecer rompiendo así la calma y, por ende, la paz. Landen se encontraba muy próximo a él. Aquel vampiro, de aspecto demacrado por su escasa musculatura, jugaba con el globo terráqueo. Sus dedos se semejan a las patas de una araña, pero reconozco que es terriblemente atractivo. Ambos habían permanecido en aquella biblioteca durante horas sin siquiera dirigirse la palabra. Era una calma tensa, pues sabía que ambos se examinaban con cierta suspicacia.

—Tengo que acabar pronto. Las leyes son importantes—murmuró sin apartar la nariz del papel.

—Podrías usar un medio más moderno. Los jóvenes ya no usan papel—mis palabras llamaron su atención, pero fue para que me lanzara una mirada despectiva—. Marius, tus leyes llegarán mejor si usas las redes sociales y la red de redes. Internet es el futuro y tienes que adaptarte al nuevo mundo, junto con todas sus posibilidades, que se abre a ti sin fronteras—me aparté del marco de la puerta, para acceder a la biblioteca mientras sentía que estaba cometiendo un gran error.

—Creo que Benedict me está llamando. No lo puedo escuchar, es evidente, pero creo que lo está haciendo. Sí, ¿no lo oyen? Dice Landen sal de la habitación... Landen déjalos a solas. ¡Oh, creador mío! ¡Necesito que me eches una mano! Le diría que tiene a Rhosh para que le eche una, e incluso el brazo entero, pero... ya saben...—sonrió de tal modo que me recordó al personaje del sombrerero en Alicia en el País de las Maravillas.

Ese vampiro, cuyos orígenes eran franceses, se había recluido en la hermosa Italia. Allí, donde la Secta de la Serpiente, había tenido sus más férreos seguidores, había permanecido como si fuese un ser humano común y corriente. Disfrutaba de las plazas, las terrazas de las cafeterías, el arte en la calle, un café entre sus manos y la lectura habitual de sus periódicos favoritos. Sí, ese vampiro que tanto odió a Marius, pero a su vez acabó sintiendo cierta atracción. Cualquiera miraría a Marius y quedaría anonadado.

Landen salió de allí escurriéndose como una lagartija entre las grietas de una roca, para bajar precipitadamente por las escaleras hasta el jardín. Allí había varios inmortales reunidos conversando, contándose sus historias y sus debilidades. Nosotros nos quedamos frente a frente.

Marius me miraba. Había dejado de escribir. Sentí como la sangre se agolpaba en mis mejillas. Mi nerviosismo fue evidente cuando noté como me temblaban las manos. Quise romper a llorar, pero no lo hice. Él estaba allí con su impecable túnica borgoña, sus cabellos perfectamente peinados y sus ojos fríos, algo desafiantes, en un tono azul que ni él sería capaz de emular con su paleta de colores. Quise correr lejos de él, pero a la vez necesitaba que me estrechara entre sus brazos.

—Haré las cosas a mi manera—respondió tras un largo silencio.

—Como siempre—murmuré.

—¿Tienes algún problema con ello?—preguntó incisivo.

—No. En absoluto—dije con una suave sonrisa—. No te molestaré más. Tan sólo quería asegurarme que tenías todo a tu disposición—susurré metiendo las manos en mis pantalones.

—Armand, ¿quieres salir a caminar?—la voz de Daniel rompió aquel tenso encuentro como un rayo de esperanza. Sus palabras vibraron en mi pecho y me hicieron suspirar tranquilo, como si me hubiese salvado la vida.

No lo había escuchado subir por las escaleras, pero estaba allí. Sus hermosos ojos violetas se habían posado en mí, vigilándome como hacía décadas, sin odio ni reproche. Me giré hacia él asintiendo mientras me sentía cómplice de una huida oportuna.

—No lo he dicho antes, discúlpame, pero te ves mucho mejor que la última vez—dije agarrándome a su brazo derecho, mientras apoyaba mi cabeza contra él—. Te han sentado bien estos años en Brasil.

—Sí, es un lugar fascinante—respondió mientras tiraba de mí.

Los dedos de su mano derecha mágicamente buscaron mi diestra, entrelazándose, para luego tirar de mí y echar a correr escaleras abajo. No dudé en sonreír al notar esa fuerza, esa pasión, ese deseo y esa necesidad de compartir conmigo una noche. Había mentido siempre sobre él. Temía que descubrieran que me sentía torturado por como había acabado él, el único ser que había creado por amor y necesidad.


Quise decir muchas cosas, pero permanecí en silencio. Otorgué a mis caricias y mis gestos las palabras que no lograba hacer brotar de mis labios. Lloré en sus brazos y me protegí del terrible pasado que todavía es y será un lastre. Sentí como me perdonaba y eso me reconfortaba. El perdón es necesario y casi una obligación.  

sábado, 30 de mayo de 2015

Lecturas

Marius y Landen enfrentados hace años parecen haber hecho un pacto de no agresión... ¿durará?

Lestat de Lioncourt


—Deberías aprender a cerrar la boca—fue lo último que me dijo durante aquella semana.

Pandora había regresado con más fuerza y pasión que antes. Era más libre. Se había liberado de una pesada carga y comenzaba a ser nuevamente la mujer que siempre había sido. Tras el llanto y el duelo se había fortalecido, como la gran mayoría de nosotros. Decidió permanecer al lado de Arjun, cosa que no puedo reprochar pese al dolor que me hace sentir.

Sus ojos cafés parecían brillar con una majestuosidad propia de una diosa. Sus manos, elegantes y firmes, acariciaban con cariño el libro que llevaba entre sus brazos. Aquel tomo era un pesado y raro ejemplar que pocas veces había sacado de mi biblioteca. Ella me lo había pedido. Eran libros de poemas muy antiguos que yo mismo había recopilado. Sabía que se dirigía hacia la habitación de ese maldito príncipe hindú. Ambos leerían el libro intentando comprender cada poema y admirar la belleza de los dibujos que yo había realizado con pan de oro y diversas técnicas medievales.

Benjamín empezaba a sonar en la radio. No necesitaba un aparato para escucharlo. La entrevista se estaba realizando en la parte inferior de la vivienda. Allí se estaban esmerándose con cada intervención. Querían presentarse todos, hacerles comprender a los jóvenes que se puede sobrevivir con mis reglas y buscar la fuerza de Amel, quien tanto mal y bien nos hizo, en el interior de cada cual.

—Tiene carácter—comentó Landen—. Inteligencia, belleza y carácter. Pobre de ti—murmuró riendo bajo mientras acariciaba el globo terráqueo que estaba sobre un pequeño atril de madera.

—Me pregunto porque estás aquí si no me soportas—dije sin siquiera apartar la vista de mis documentos.

—Fácil—murmuró acercándose a mí—. Al enemigo hay que observarlo con meticulosidad antes de...

—¿De qué?—pregunté girándome de inmediato. Estaba a mis espaldas, ligeramente inclinado y sus cabellos negros rozaban mi túnica. Intentaba leer lo que yo estaba redactando—. ¡Deja de hacer eso!

—¿Qué hice? No ha hecho nada—dijo con una sonrisa.

Landen tenía una boca apetecible. Realmente no era feo, pero me gustaba decir que sí lo era. Feo y sucio, como todos los locos y desgraciados de la secta de Santino. Sin embargo, él parecía pacífico y buscaba respuestas. Me había estado preguntando durante horas como daba color a mis lienzos, del mismo modo que otra noche intentó aprender algo más sobre el glorioso Imperio Romano. Él amaba Roma del mismo modo que yo la había amado. Eso era lo único que nos unía.

—¡Vete!—grité—. Me impacientas.

—Tú nunca has tenido paciencia. No digas mentiras—susurró meneando la cabeza.

Puso sus manos sobre mis hombros y apretó con sus dedos. Cerró los ojos. Dio un largo suspiro y sonrió como lo haría un ángel. Aquel rostro delgado de facciones extrañas, aunque atractivas, me perturbaba. Dejé mis papeles a un lado, me giré del todo levantándome del asiento y lo tomé del rostro. Él abrió entonces los ojos y su boca sorprendido. Entonces, como si no me importara nuestro pasado de disputas, lo besé. Mi lengua se hundió en su boca y sus manos se aferraron a mi túnica. Cuando me aparté él quedó de pie, con los ojos ligeramente cerrados y un sutil rubor. Después apretó los dientes y me abofeteó, para huir de la habitación.

—¡No me vuelvas a besar maldito bastardo! ¡Si tan sucio soy no me toques! ¡Bastardo!—bramó saliendo de la habitación.


—Vaya... yo diría que beso bien—solté con una carcajada.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt