Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 21 de marzo de 2016

Una pintura al detalle

Marius y Daniel se convirtieron en pareja, o compañeros aventuras y desventuras, antes que David Talbot se sentase a redactar la historia de "Sangre y Oro" para darlo a conocer al gran público. Daniel construía maquetas en la casa aislada de Marius donde la conversación con Thorne se volvió apasionada aunque larga. Quizá no es fácil contar paso a paso una vida tan larga pero Marius lo logró. El antiguo romano ahora tiene un nuevo pupilo que lo significa todo (unión con el mundo moderno y también una forma de limpiar su alma de los pecados que cometió antaño con el resto de sus discípulos) Aquí encontramos una de sus memorias más recientes.

Lestat de Lioncourt


—¿Realmente es necesario que tome esta pose?—preguntó recostado en el diván mirándome con el rabillo del ojo.

—No te muevas—contesté mezclando los colores en un lado de la paleta.

—Llevo en esta posición varias horas... ¿acaso necesitas tanto tiempo? Marius, somos vampiros y podemos hacer las cosas rápidamente. Un par de gestos simples hechos a una velocidad asombrosa... —murmuraba con tono ligeramente jocoso. Posiblemente recordaba la aparición de Louis en su vida pero mi arte no era como encender un interruptor.

—Se puede hacer, es cierto, pero también se puede hacer correctamente tomándose cierto tiempo para crear un lienzo que realmente merezca la pena ser colgado con orgullo—comenté—. Además, tardaría casi siete meses de ser humano y estoy haciéndolo en una sola noche.

—Aún así, aún así... ¡Es horrible estar en esta pose tan dramática!—gimoteó provocando que algunos dorados mechones de su flequillo cayeran sobre sus ojos violáceos.

Su mirada siempre me cautivó. Cuando lo conocí sus ojos estaban llenos de miedo, muerte y locura. Prácticamente tiritaba como un animal herido en una esquina esperando salvar su pellejo. Me recordó a los niños en mitad de una guerra deseando que alguien los tome entre sus brazos y los lleve a sus camas, confortables y cálidas, que ya han sido destruidas como su futuro y sus sueños más inocentes. Algo en mí se quebró al comprobar desde tan cerca ese sufrimiento mientras que Armand parecía recto obviando el dolor, superando el momento y las circunstancias, esperando quizás un milagro aunque el milagro era él. Daniel se mostró más vulnerable y eso hizo que recordara que jamás había sido bondadoso ni comprensivo. Sentí que debía hacer algo por él ya que era la única creación de mi antiguo querubín. Sus ojos pedían que lo salvara aunque cualquier otro en mi situación lo hubiese abandonado, del mismo modo que yo lo había hecho en un pasado con su propio hacedor.

—Te quejas de la pose, pero no de estar desnudo frente a mí provocando con tus caderas ligeramente alzadas—respondí con una sonrisa socarrona.

—¿Acaso estás insinuando que me gusta provocarte?—preguntó girando su rostro hacia mí.

La pintura ya estaba acabada desde hacía horas, pero me gustaba recrearme con los más insignificantes detalles. Su piel parecía cobrar vida en aquel lienzo al igual que su boca ofrecía un espectáculo delicioso al quedar ligeramente abierta. Parecía un Adonis dispuesto a conquistar el mundo ofreciendo su belleza como regalo de un dios amable.

Dejé el pincel reposando en un pequeño bote transparente con agua, para que el cuerpo no se endureciera y pudiese usarlo la noche siguiente, así como la paleta sobre la mesa auxiliar junto a este. Él guardó silencio ante mis precisos movimientos mientras observaba una vez más mi obra. Hacía algún tiempo que no pintaba de ese modo ya que parecía haber perdido mi fe de algún modo. Sólo iba a las paredes de las ruinosas casas de barrios deshabitados, completamente desangelados y turbios, donde los disparos silbaban más rápido y fuerte que el propio viento, para pintar frescos cargados de flores y animales salvajes. Pintaba la propia jungla en mitad de una selva cargada de insectos llenos de maldad, los cuales se hacen llamar humanos pero sólo son salvajes alimañas.

De improvisto, y sin que yo se lo pidiera, él se levantó tomando el batín borgoña que yo mismo le había prestado. Acomodó con un gesto simple las solapas y dejó el cinturón sin ceñirse a su cintura. Paseé mis ojos una vez más por su delgada figura y permití que sus brazos rodearan mis hombros mientras su torso se pegaba al mío. Sólo le sobrepasaba por unos centímetros pero apenas se notaba. Nuestros rostros quedaban a la misma altura así como nuestras miradas y labios. Su cuerpo emitía una calidez inusual en un vampiro, pero al ser joven y haber bebido esa misma noche poseía un calor agradable que aliviaba el frío de mis manos.

—Maestro de las pinturas—dijo riendo bajo provocando que se erizara el vello de mi nuca—. ¿Acaso has pensado en hacer algo más artístico esta noche?—preguntó.

Mis manos se habían colado deliberadamente bajo su prenda rozando suavemente, con cierta parsimonia, sus oblicuos marcados y su suave cintura. Apreté mis pulgares en sus caderas sosteniéndolo con cierto deseo. Su lengua rozó la comisura derecha de mi boca para pasearse insinuándose hasta la contraria. No dudé en atrapar sus labios con los míos y colar mi lengua para dominarlo. Él jadeó aferrándose a mis prendas logrando que se arrugara mi túnica del mismo tono que su batín.

Unidos nos movimos por la habitación hasta llegar al lecho conyugal. El colchón nos acogió con sus sábanas de seda roja y sus numerosos almohadones con borlones dorados. Yo caí sobre su cuerpo abriendo sus piernas con las mías. Su vientre poseía un abdomen marcado bastante masculino, pero al ser tan delgado parecía más insignificante en proporción al mío. No dudé en estirar mi mano hacia la mesa próxima a la cama, la cual sostenía una lámpara diminuta de pie acabado en garra de ave revestida de pan de oro, y buscar cerca del borde una pequeña caja metálica con unos minúsculos frascos y una jeringuilla de punta muy fina. Los frascos contenían hormonas suficientes para una noche llena de placeres prohibidos.

Daniel sacó el cinturón del batín para rodear su largo cuello y me miró suplicante, mientras yo clavaba la aguja primero en mí y luego en él. Sus ojos se dilataron rápidamente y su cuerpo temblequeó expectante. Mi miembro cobró forma con sólo deslizar la punta de mis dedos, como si fuese un liviano pincel, sobre sus clavículas, pezones y costados; el suyo parecía despertar ligeramente inclinado hacia la derecha mientras su respiración se agitaba. Podíamos notar como las hormonas pedían que no nos contuviésemos en absoluto.

Caí sobre su boca preso del deseo y sus manos se colaron entre mis mechones desatando el pequeño recogido que había hecho horas atrás para poder pintar. Sus muslos me rodearon invitándome a rozarme sobre su vientre y a penetrarlo lo antes posible. Sin embargo no iba a ser tan directo porque quería recrearme. Mi lengua lamía sus dientes, la suya y sus labios que empezaban a enrojecerse por el salvajismo con el que ambos nos besábamos.

Tomé la decisión de bajarme de la cama y quedar frente a él observándolo con ese velo de lujuria cayendo sobre su perlada figura. Ya había comenzado a sudar siendo aún más cálido y acogedor que antes. Él se incorporó de inmediato arrodillándose ante mí como haría un sacerdote, un iluminado, un beato o un niño inocente ante la imagen de Jesús crucificado. Sus manos se apoyaron en mis caderas y las mías quedaron sobre las suyas, agarrándolo fuertemente por las muñecas, mientras él se introducía mi falo sin delicadeza y con apetito. Movía su cabeza incapaz de detenerse mientras yo clavaba mis uñas en sus muñecas. Mis gemidos se alzaron hacia el techo abovedado de aquella casa construida según mis gustos y necesidades. Los ángeles del fresco me observaban sin descaro y las nubes esponjosas parecían regodearse ante la simple imagen de lujuria que estábamos ofreciendo. Pasados unos minutos lo detuve para arrojarlo con violencia contra la cama, dejándolo de espaldas a mí, sostuve el cinturón del batín y rodeé su cuello fuertemente tirando de éste como si fuese una correa. De inmediato, y sin siquiera palpar su entrada con mis dedos, le ofrecí mi primera estocada. El chillido se convirtió en gemido y los gemidos en súplicas mientras el movimiento de mi pelvis iba creciendo.

La cama se movía como si fuese un velero en mitad de una temible tormenta. Podía ver los borlones del dosel agitándose mientras escuchábamos el cabezal golpeando la pared. Él intentaba aferrarse por todos los medios al colchón y el mar de seda que se extendía bajo su cuerpo, pero no pudo. Sus rodillas acabaron finalmente en el suelo de mármol y finalmente sus manos se agarraron a uno de las columnas, talladas por manos artesanales, del dosel mientras yo oprimía más su garganta y tiraba de su pelo sin control alguno. Giró su rostro para mirarme unos segundos ofreciéndome una imagen idílica de sus mejillas cargadas de rubor y una mirada llena de lujuria. Sus dedos buscaban afianzarse a la columna sosteniéndose en los lirios tallados en la madera.

—Marius... —jadeó cuando me incliné lamiendo el sudor que recorría la cruz de su espalda—. Maestro... —añadió moviendo más rápido y de forma contraria sus caderas logrando que clavara mis dientes en su hombro derecho, bebiendo así un par de sorbos, mientras él eyaculaba manchando las sábanas y el suelo. Por mi parte hice lo mismo dentro de él quedándome quieto y enterrado entre sus glúteos firmes y redondos. Solté el cinturón y comencé a llenar de besos su espalda mientras él intentaba retomar el control de sus emociones.


—Tenías razón, Daniel, no era necesario que posaras durante tanto tiempo frente a mí—dije aún jadeante—. Pues conozco cada milímetro de tu cuerpo.  

sábado, 20 de febrero de 2016

La creación de un ángel

Muchas veces hemos leído una y otra vez que Marius creó a Benjamín y Sybelle por amor hacia Armand. Fue un acto caprichoso, pero comprensible. Marius había visto como todos los humanos que amó se redujeron a cenizas y no quería que eso ocurriera con aquellas criaturas. Benjamín tenía una madurez superior a la de cualquier muchachito de su edad y Sybelle era una pianista excepcional. Pero lo que más importaba al "Maestro de las Pinturas" era la fragilidad que ambos poseían siendo humanos. Por eso ahora nos desvela cómo lo hizo. Si bien, se centra en Benjamín aunque también deja claro como hizo a Sybelle. 

Lestat de Lioncourt


Estaba dispuesto a quebrar una de tantas reglas que bien conocía. Reglas que yo mismo había acabado por elaborar con el paso de los años. Sabía que el mundo se regía por normas desde mucho antes de mi nacimiento, por ello las acaté nada más convertirme en la bestia sangrienta que somos todos los vampiros. Aprendí a preservarlas del mismo modo que preservé la fuente del poder, o quizá del aciago mal, que nos animaba como si fuéramos un pebetero y este la llama. Pero estaba dispuesto. Había decidido romperla por amor, aunque quizás también era por necesidad y honor.

Mientras contemplaba aquel muchacho de piel dorada, ojos de aceituna negra y cabellos revueltos del color de la noche más oscura, me di cuenta de lo frágil y hermoso que era. Vinieron a mí todos los jóvenes que estuvieron bajo mi techo, cobijados entre mis propias mantas y alimentados con mi fortuna. Niños hambrientos de calles frías y pies descalzos que se convirtieron en jóvenes refinados llenos de inquietudes artísticas. Frente a mí no tenía a un pequeño beduino, sino a los chicos que cantaban y brindaban en las celebraciones que yo ofrecía para ellos. Vi sus imberbes rostros con aquellas sonrisas iluminando sus tentadores labios y escuché sus risas. Pude ver todo aquello como si ocurriera aquella misma noche. Comprendí entonces porqué él lo amaba. Para mi viejo querubín, mi adorado muchacho, estar junto a Benjamín era regresar a la inocencia consumida entre el fuego de la venganza y la ruina.

Había tomado precauciones. Una noche en la cual me dejó a Sybelle y Benjamín a cuidado tomé mi decisión. Una decisión irrevocable. Nadie me haría entrar en razón. Primero creé a la muchacha junto a un pequeño piano, un obsequio fruto de mi amor por la música y su arte, provocando que ella de inmediato tocase para sentir la música de un modo nuevo. Creo que quedó tan fascinada que no podía despegar sus dedos de cada tecla. Era un ángel de cabellos dorados y rostro por siempre joven. Después lo tomé a él de la mano, como un padre bondadoso a su hijo más pequeño.

Aparté al muchachito de ella conduciéndolo por los pasillos de mi hogar. Él contempló cada cuadro con sumo interés. Los jarrones más caros e impresionantes también fueron de su gusto. Se quedó perdido en los ojos de un busto de Aquiles por más de unos segundos y después me miró a mí. Esos ojos negros eran hermosos y perturbadores. Era sumamente inteligente y parecía decidido a vivir por siempre. No había atisbo de duda en él, como tampoco había atisbo de duda en mí.

Nuestros pasos nos llevaron a mi dormitorio. Era un lugar pomposo e insinuante. Había decorado la habitación yo mismo. El techo parecía la bóveda de una iglesia con tanto ángel de mejillas sonrosadas, nimbos, esponjosas nubes y delicadas ropas que parecían haber sido confeccionadas en seda en vez de haber nacido de mi pincel. La habitación estaba presidida por una cama con dosel de sábanas de seda roja y bordados de oro. Era muy similar a la que una vez tuve en Venecia.

Él se quedó mirando la cama con gran interés, pero no dijo nada. Me situé detrás de su pequeña espalda, puse mis manos sobre sus frágiles hombros y deslicé mis dedos por sus delgados brazos. Con gran amor me incliné para besar sus revueltos rizos negros, para después comenzar a desnudarlo entre sutiles caricias y sumo cuidado.

Amadeo fue cultivado en el arte del amor y el cortejo. Decidí que debía conocer el placer más puro y el amor más intenso. Jamás le prohibí que fuese a los burdeles, sino que le insistí. Deseaba que él comprendiera bien los instintos más bajos y primarios. Quería que vibrara en brazos de amantes de todo tipo. Él lloraba cuando se lo pedía y rogaba que fuese yo mismo quien lo hiciera, pero era imposible que pudiese concederle ese capricho. Pese a todo a veces mis manos iban al encuentro de sus blancos muslos, se hundían más allá de sus glúteos y acariciaba con firmeza su miembro.

Benjamín debía ser cultivado igualmente en los placeres más intensos, pero no había tiempo. Era lógico que Armand tuviese cientos de enemigos desplegados por los cinco continentes. Había sido el líder de dos sectas que sembraron odio, miedo y locura. Estaba seguro que había cientos de vampiros ahí fuera deseando destruir lo que más amaba. ¿Y no era Benjamín y Sybelle lo más amado para él? Daniel había quedado en un segundo plano, pues la locura ya lo había destruido. Eran ellos dos quienes tenían que sobrevivir a lo que pudiese suceder.

Mientras desnudaba al muchacho noté su nervioso corazón latir con fuerza. Mis dedos fríos y rápidos recorrieron su torso de efebo. Mis labios se centraron en ofrecerle suaves roces en su cuello y lóbulos. Él jadeó sin saber bien dónde debía colocar sus pequeñas manos de ladrón. Lentamente lo fui llevando hasta el borde de la cama para arrojarlo al colchón.  Una vez allí, tirado sobre las sábanas, coloqué su espalda contra la colcha y su pecho quedó girado hacia el techo descubierto, pues pese a ser de dosel odiaba cubrir la cama por la parte superior. Sus oscuros ojos contemplaron la luminosidad de aquellas majestuosas pinturas mientras sus piernas se abrían. Mis manos acariciaban sus tobillos y subían hasta sus rodillas, para luego detenerse entre sus muslos y dejar un sutil roce bajo su pequeño ombligo. Aún carecía de vello. Parecía un ángel caído del fresco animado por la bondad de un Dios inexistente.

De entre mis ropas saqué un cordón de cuero y lo coloqué sobre aquella flecha que comenzaba a apuntar alto. Rodeé con firmeza aquel pedazo de carne que se endurecía y él ni siquiera mostró rechazo. Tuve que apartarme unos segundos para moverme rápido por la habitación tomando algunos aceites, mezclados con esencias aromáticas, y unos pequeños objetos metálicos de forma cónica que me servirían para dilatar su virginal puerta hacia el placer, la locura de la lujuria y el pecado más transcendental. Él ni siquiera notó que me había apartado, pero sí sintió mis maestras manos deslizándose untadas en el aceite.

Mis muñecas se movían suavemente al igual que mis dedos mientras elevaba sus testes, ya inflamadas y rodeadas por la cinta de cuero. Mi mano derecha se colocó bajo sus glúteos e introduje mi dedo corazón tras bordear su entrada. Se tensó ligeramente pero no tardó en relajarse. Él sabía que todo lo que allí ocurriría sería placentero. Giraba sutilmente el dedo mientras con la izquierda seguía acariciándolo, en ese momento entraron dos jóvenes de mi servicio absolutamente desnudos.

Los muchachos se aproximaron hasta la cama. Eran chicos jóvenes de aspecto algo fornido y que estaban deseosos de complacer mis caprichos, así como de complacer al jovencito que yacía aturdido sobre el colchón. Tomé uno de los objetos metálicos y lo introduje en él. Benjamín jadeó y gimió más alto que un murmullo. Sus caderas oscilaron y un par de lágrimas bañaron sus sofocadas mejillas.

Uno de los jóvenes, rubio y de ojos claros, se colocó cerca de su almohada y le ofreció su sexo. El muchacho se quedó sin saber cómo reaccionar, pero mi criado optó por tomar la iniciativa. Aquella daga entró entre sus labios convirtiéndolo en un experto faquir. Benjamín no dudó en enroscar su lengua pasados unos instantes. Paladeaba la sensible piel como si hubiese pertenecido siempre a un burdel.

El otro joven soltó la cuerda y provocó que aquella dulce, pero entregada criatura, eyaculara por primera vez manchando su vientre plano perlado de sudor. Saqué de él el pequeño artefacto y coloqué otro más ancho. No hubo queja por la nueva intromisión. Ni siquiera notó que me aparté dejándolo en manos de aquellos dos siervos del deseo.

En cuestión de minutos fue retirado aquel objeto para ser penetrado al fin por un sexo húmedo, hinchado y deseoso. El mismo miembro que había codiciado entre sus labios y que ahora tenía otro de piel algo más oscura y coronado de vello negro. El canto de sus gemidos era callado por ambos hombres curtidos en el hermoso arte del sexo. También lo fueron los pequeños gritos de sorpresa, dolor y placer cuando notó mi látigo al invertir su figura y dejarlo de espaldas al techo.

Su pequeña espalda fue acariciada sin pudor y con certeza por mi látigo. Una a una las siete colas silbaron contra su columna, costados, omoplatos y trasero. Igual que uno a uno llenaron su estrecha entrada convirtiéndola en un orificio de ríos fértiles y blanquecinos. El muchacho explotó en varias ocasiones, aunque era imposible que mostrase una y otra vez su eyaculación. Vibraba, gritaba, gemía y clamaba por mayores atenciones aunque finalmente cayó rendido y olvidado por aquellos dos furtivos casi insaciables.

Besé su boca con cariño y entrega antes de tomarlo envuelto entre las sábanas, para conducirlo por la galería hasta otra de las habitaciones. Había pintado numerosos frescos en ella, los muebles eran casi inútiles allí. Sólo había un diván y varios caballetes. Era la sala donde solía reposar y dejar algunos de mis utensilios. Allí meditaba e imaginaba nuevas formas de arte. Era un lugar lleno de querubines con cientos de rasgos distintos, aunque había uno que poseía hegemonía en el lugar: el rostro de mi dulce Amadeo. Porque y dibujaba a Amadeo y no a Armand. El vampiro que todos conocen tiene una mirada dura y terrible comparada con el candor de aquellos ojos almendrados.

Me coloqué en el centro de la habitación y pegué contra mí al muchacho que aún temblaba por el placer recibido. Sus muslos goteaban la simiente de aquellos dos hombres y sus labios estaban rojos por la presión ejercida. Sonreí satisfecho mientras palpaba su pecho perlado de sudor y despejaba de rizos su frente. Besé con ternura sus mejillas y hundí mis colmillos en su cuello. Gimió complacido y asustado. Sus recuerdos vinieron a mí como una tormenta.

Pude ver las desgracias que habían caído sobre su cuerpo, provocando incluso la fractura de algunos de sus huesos. También contemplé el rostro de su madre, así como el canalla atormentado de su padre al venderlo. Escuché con claridad de las ruines palabras de Fox y como lo tenía para el contrabando de drogas, hurtos a pequeña escala en fiestas de etiqueta y mendicidad. Contemplé los infiernos en aquel paraíso perdido dejándome un mensaje amargo en mis labios. Y esos mismos labios manchados de mi propia sangre besaron los suyos para darle una nueva vida. Intercambiamos sangre en más de diez ocasiones. Hice aquello para dotarlo de una fuerza y una vida similar a la que tuvo Amadeo.

Tras dejarlo morir entre mis brazos retiré las sábanas sucias y lo conduje al baño. Allí le di una ducha rápida, para luego llenar la bañera y dejar que se relajara en un cálido baño de esencias. Acabé por acompañarlo rodeando su pequeña figura.


Tenía un nuevo hijo y una nueva hija. Había cometido un crimen terrible. No sabía si Armand me lo perdonaría, pero lo había hecho por amor. Quería que él me perdonara entregándole dos magníficos compañeros que jamás le abandonarían. Seres que siempre respetarían el amor mutuo que se tenían. 

viernes, 16 de octubre de 2015

Por siempre

Marius ha vuelto a buscar a Armand. Me imagino el motivo, pero no quiero decirlo muy alto... esperen... ¡Sí lo haré! ¡CELOS DE ANTOINE!

Lestat de Lioncourt


Mentiría si dijera que no extraño su cuerpo junto al mío, pero sobre todo que no me inspira aún para alzar el pincel, colocarlo sobre el virginal lienzo y trazar sus seductoras líneas. Recuerdo cada recoveco de su cuerpo. Por desgracia estoy maldito pues su imagen me acompaña iluminando mi corazón, desquebrajándolo y provocando que sufra terriblemente. He aprendido a estar desconsolado, pero sobre todo he aceptado que no podemos ser lo que fuimos. Todo se perdió consumiéndose en aquel infierno de gritos, cuadros destruidos, muerte y cenizas. Todo, incluso nuestro tiempo.

Ahora me siento acompañado por el joven que él mismo depositó en mis manos, como si fuese un objeto sin valor. Había dado por perdido al Prometeo, su única creación, del mismo modo que yo lo di a él, pero de forma muy distinta. El muchacho parecía herido, su mente estaba llena de miedo y hundida en malos presagios. He salvado su alma y su mente sólo porque mi demonio particular, el ángel que todavía pinto a escondidas, puso su afán en darle algo que codiciaba.

Cuando levanto el pincel es su rostro tierno y pueril el que observo. Me mira con esos ojos castaños, de largas pestañas y hermosas cejas, llenos de deseo. Quiero abrir sus labios con los míos, enmudeciendo su boca, para comulgar con él y su estúpido Señor. Necesito que destierre el rencor que anida en su pecho por mis fracasos, por las nociones aprendidas por enemigos cruentos y por el mismo paso del tiempo. No soy bondad, pero tampoco malicia.

Ayer lo vi. Pude contemplarlo desde uno de los altos edificios de cristales, hierro, ladrillos, ego y banalidad. Caminaba entre el gentío con sus orejas cubiertas por unos minúsculos auriculares. Él escuchaba la voz cálida, ligeramente infantil, de aquel pequeño y sabio beduino que salvamos de la miseria, el hurto y las lágrimas en forma de rezos. Vestía como cualquier joven. Llevaba unas de esas llamativas y, según dicen, cómodas zapatillas deportivas. Tenía uno de tantos pantalones tejanos deslavados y una camiseta oscura con el estampado de un grupo de rock. El pelo lo llevaba suelto, algo alborotado, y parecía salvaje. Era uno de sus tantos disfraces. Entonces, tras descubrirme, se giró hacia el edificio, miró con ligera amargura y dolor, salió corriendo por las aceras y desapareció.


Me gustaría hablar con él, pero mi ego y su dolor me lo impide.  

domingo, 19 de julio de 2015

Querubín

Ustedes se quejan de como trato a Louis, pero lo trato muy bien en comparación como trata Marius a Armand.

Lestat de Lioncourt


Había escuchado tantos rumores sobre sus nuevos y profundos sentimientos, los cuales no podía lograr comprender, que me sentía irritado. Jamás me había sentido tan desplazado y olvidado. Ni siquiera me había sentido así por la mujer que compartió conmigo algo más que la inmortalidad, pues compartió conmigo vivencias humanas y el destino mismo hizo que nos tropezáramos una y otra vez. Pandora para mí era importante y sabía que sus sentimientos jamás cambiarían. Sin embargo, los de Armand parecían una jugada de cartas donde yo tenía la peor mano posible.

Gregory decidió hablar conmigo para tratar diversos asuntos. Puso sobre la mesa sus celos, pero también sus quejas. Arremetió contra mí muy duramente hasta dejarme sin habla. Era un ser excepcional y coincido que es uno de los vampiros más directos con los que he tenido la fortuna de hablar. Serio, tranquilo y conciliador me explicó sus dudas, sus miedos y también se opuso a mis coqueteos con quien consideraba su amante, compañera e hija más que una simple escultura en carne, hueso y sangre de una mujer excepcional. Sin embargo, eso no me ofendió. Comprendí sus preocupaciones, pero terminamos conversando de algo muy distinto. Él me aseguraba que Armand le había confesado que ahora estaba comenzando a comprender el amor y a sentirlo realmente. Yo no era el indicado. Ni siquiera se había atrevido a mencionarme en la conversación que tuvo con Gregory. Al parecer el violinista, ese mequetrefe esquelético de encantadores ojos azules, había logrado embaucarlo con la melodía de su siniestro violín.

Me sentí humillado, pero sobre todo olvidado. Él había olvidado mis caricias, mis promesas, mis verdades a medias y las mentiras sutiles que había tenido que ofrecerle para calmar sus miedos. Quise gritar de rabia, aunque tan sólo me mordí la lengua y me marché de la sala dejando atrás mis documentos sobre las leyes vampíricas, tan importantes para la Tribu, así como a Gregory y Landen, el cual estaba allí observándolo todo como si fuese parte del mobiliario.

—¡Amadeo!—vociferé caminando por el largo pasillo de suelos de mármol blanco, cuyas paredes eran hermosos frescos que resultaban sobrecogedores y mostraban pasajes de la biblia, para hallarlo en una de las habitaciones como si fuese un muñeco perfecto.

Me percaté que parecía esperarme regodeándose de mi dolor. Su ligera sonrisa era una burla cruel en aquella boca carnosa. Aquellos ojos castaños, por los cuales sufrí tantos años, me miraban sin inmutarse ni pestañear. Tenía las cejas rojizas perfectamente dibujadas en un rostro relajado, lleno de paz y muy armónico. Sus mejillas tenían un ligero color rosáceo, símbolo de haberse alimentado recientemente. Llevaba unas prendas comunes, muy vulgares, para pasar desapercibido por los barrios más bohemios donde cualquier muchacho, por mal vestido que estuviese, era bienvenido. Tan sólo una camiseta celeste, como el cielo en pleno verano, y unos jeans oscuros eran las prendas que envolvían su esbelto y pequeño cuerpo. Tenía los pies descalzos, pero a su lado estaban las deportivas que había llevado durante gran parte de la noche. Quise agarrarlo de los hombros y agitarlo con rabia, arrojarlo al suelo y golpearlo por esas confesiones tan crueles a Gregory.

—Amadeo...—murmuré apretando los puños e intentando contener mi rabia.

—Armand—respondió sin inmutarse.

—Para mí siempre serás mi Amadeo—respondí cerrando la puerta, para aproximarme a él. Quería mantener una conversación seria y fluida, aunque me encontraba muy exaltado. Él me negaba. Negaba sus sentimientos hacia mí. Eso era un auténtico disparate.

—Soy Armand, Marius—dijo incorporándose para ir a mi encuentro, rebásandome y llegando hasta la puerta. Antes de tomar el pomo, para girarlo y salir de allí, me miró con calma. En sus ojos vi decepción, pero también dolor. El mismo dolor que yo sentía—. Hace tiempo que dejé de ser tu Amadeo, el mismo tiempo que tú dejaste de ser mi amado maestro—bajó los párpados cerrando por un instante sus ojos y luego clavó su mirada en la mía. Era una mirada desafiante. Y yo, como no, acepté ese desafío moviéndome rápidamente hacia él, deteniendo su huida y arrojándolo contra el suelo.

—¡Suéltame! ¡Te recuerdo que estás bajo mi techo!—decía retorciéndose.

Mis manos se convirtieron en terribles garras. Mis fuertes y largas uñas inmortales rasguñaban el tejido barato de aquellas prendas bárbaras. Sus manos intentaban detenerme, al igual que las lágrimas de rabia que empezaron a manchar su rostro de porcelana fina. Él era mío. Podía hacer lo que quisiera con él. Me pertenecía. Era mi pupilo, mi creación, mi compañero, mi amante y por lo tanto podía destrozarlo arrancándole las escasas plumas que quedaran de sus alas. No era libre. Él sería siempre mi Querubín y haría que cantase como un ave herida y enjaulada.

—¡Suéltame! ¡Maldito seas! ¡Déjame!—gritó furioso. Sus colmillos rasguñaban sus hermosos labios y mi lengua lamía sus lágrimas como si fuese un animal salvaje.

En breves segundos no quedaba nada de su ropa, salvo jirones alrededor en un círculo mal dibujado. Sus cabellos estaban revueltos y caían como pequeños ríos de seda, o más bien de lava rojiza, sobre el encantador e impoluto suelo de mármol.

—¿Dónde lo tienes?—pregunté agarrándolo del cuello con mi mano diestra, para apretar así sus cuerdas vocales y evitar que siguiese respirando. Él abrió los labios, al igual que sus ojos. Tenía los ojos como platos, completamente redondos, pues se encontraba descolocado—. Maldita puta barata, ¿dónde tienes los inyectables que te ha ofrecido Fareed? Sé que los aceptaste—rápidamente vi un cambio radical en su rostro, pues sus labios se cerraron y frunció ligeramente su ceño. Colocó sus manos sobre mi brazo y clavó sus uñas traspasado la gruesa tela de mi túnica. Noté como sus piernas se movían inquietas, intentando patearme—. Dime dónde está. ¡Dímelo!—coloqué mi otra mano junto a la anterior y presioné provocando que dejase de resistirse.

Su brazo derecho se estiró sobre el suelo, pero el otro quedó alzado y con su mano aferrada a una de mis extremidades. El dedo índice indicó el escritorio estilo barroco. Era un estilo muy acertado para aquel estudio, en el cual solía reunirse con diversas personalidades de la ciudad. Era un inversor, un sivarita, un hombre de negocios que había conseguido grandes beneficios y que era tan influyente que nadie reparaba demasiado en su edad. Un rico heredero con un gusto fino y caro en su mobiliario. Así que aquella sala, que era donde se sentía poderoso, estaba siendo el lugar donde se encontraría de nuevo a merced del monstruo que yo podía ser.

Coloqué mi mano derecha sobre su rostro, acariciando suavemente sus mejillas y deslizando los mechones que caían sobre su frente. Estaba indignado. Me gustaba esa rabia. Sabía como aplacarla, aunque no tuviese mi viejo látigo a mano. Con la izquierda lo seguía sosteniendo del cuello, aunque con una menor presión.

En un par de movimientos sencillos y rápidos me incorporé, junto con él, para ir hasta el escritorio y sacar esas inyecciones ya preparadas. Faltaban algunas. Sabía que las había utilizado con aquel mequetrefe. Me sentí aún más dolido y humillado. Su cuerpo, su alma y su destino era mío. No concebía que otro pudiese tocarlo. Sin cuidado le inyecté dos de ellas, logrando que gimiera nada más soltarlo.

—Amadeo—susurré al ver como prácticamente se retorcía bajo mi atenta mirada.

Sus manos se deslizaban sobre su pecho estrecho y su marcada cintura. Los huesos de su cadera se notaban gracias al movimiento sutil que estas poseían. Tenía las piernas ligeramente flexionadas y con una abertura lo suficientemente amplia como para ver su entrada. Se llevó un par de dedos a su boca, palpando sus heridos labios y llevó sus dedos a su entrada. Jugaba sólo sin quitarme ojo. Podía ver su odio, pero era incapaz de alzar alguna palabra cruel hacia mí. A penas podía reflexionar sobre lo que ocurría.

Tenía sus pezones rosados muy duros y resaltaban ese océano blanquecino que era su pecho. Las costillas también se marcaban con el ritmo acelerado de su respiración. Gemía y jadeaba de una forma tan erótica que, incluso sin inyectarme aún una sola de aquellas dosis, me hizo desearlo profundamente.

—Dime, ¿serás una perra obediente?—pregunté apoyándome de lado en la mesa. Con el pie derecho le di una pequeña patada, para que me atendiera—. ¿Serás sumiso con tu maestro?

—Sí, maestro—respondió abriendo aún más sus piernas. Aquellos muslos tersos y llenos, tan similares a los de una mujer, parecían desprender un calor excepcional. Su sexo estaba duro y se inclinaba ligeramente hacia la derecha, igual que una flecha que indicaba el camino a seguir—. ¡Maestro!—gimió cuando, por si solo, palpó con sus dedos, índice y corazón, su próstata.

Decidí inyectarme una de las dosis, pero antes me desnudé y me quité las sandalias. Allí, frente a él, sintiendo de nuevo mi virilidad vibrar por la lujuria, quise hacerlo mío sin preámbulos. Sin embargo, deseaba que él aprendiese la lección. Lo incorporé echando mano a su cabello, para levantarlo tirando de su larga melena cobriza, dejándolo de rodillas. Con la zurda lo sujetaba, mientras que con la diestra inpeccionaba su boca introduciendo un par de dedos. Poco a poco hice que parte de mi puño se abriese paso en aquella pequeña boca, la cual no daba más de sí.

Sin escrúpulos ni miramientos penetré su boca. Mis caderas parecían haberse liberado de un terrible sueño, el cual había durado demasiado tiempo. Cada movimiento de mis caderas era fuerte y constante. Si bien, no tardé demasiado en tirarlo al suelo de espaldas, levantar sus nalgas y penetrarlo. Él gemía como una puta cualquiera. Gritaba que era mío, que era mi sumiso y yo su maestro. Después de varios minutos, penetrándolo con rabia y deseo, eyaculé vertiendo mi caliente, así como espeso, chorro de esperma en su interior.

No salí de inmediato, sino que seguí moviéndome en un par de embestidas. Al terminar pude observar como mi esperma caía de sus nalgas hasta sus testículos y se deslizaba por sus muslos. Él se giró y quedó de rodillas observándome completamente frustrado, aunque por si mismo decidió limpiar el estropicio de mi sexo. Cada gota de esperma desperdiciada, que manchaba mi miembro, fue lamida y tragada por Armand.

No obstante, cuando sintió que el efecto se había acabado tomó las riendas de su comportamiento, más racional y menos complaciente. Se levantó, golpeó mi torso con rabia y me dirigió las peores palabras que podía ofrecerme en ese instante.

—Amo a Antoine—dijo con rabia—. Lo amo como tú nunca me has amado. He logrado encontrar la estabilidad que tú nunca me has ofrecido. Permitiste que sufriera y luego alegaste que jamás lo hice. Me calumniaste—sus ojos se llenaron de lágrimas mientras intentaba alcanzar la puerta, aunque yo intentaba detenerlo—. Eres un monstruo... mira lo que has hecho... ¡Y luego te preguntas porqué dejamos de amarte!

—¡Tú no me has dejado de amar!—grité furioso mientras lo retenía entre mis brazos.


—Tienes razón, pero soy mucho más feliz con ese músico que contigo—al decir eso lo solté. La rabia se convirtió en dolor, el dolor en amargura y las amarguras en lágrimas. Él se marchó corriendo de allí, quizás buscando los brazos de su nuevo amante, y yo quedé allí sentado en el suelo llorando por mi estupidez.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt