Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 31 de enero de 2016

Carnaval

Daniel ha decidido hablar del Carnaval y los vampiros... ¡En fin! ¡Hermanos, hay que salir y disfrutar! La fiesta ya empezó.

Lestat de Lioncourt


Se aproxima el Carnaval en todas las ciudades del mundo. Un estallido de color, risas, música y misterios. Siempre habrá entorno al Carnaval algo de misticismo más allá de los disfraces, máscaras y maquillaje. Nos introduce en un mundo distinto que nos incita a soñar con lo imposible, pero también con lo macabro. El Carnaval siempre ha estado presente en la vida de los inmorales, es una celebración que nos hace pasar desapercibidos igual que fiestas como Halloween.

Algunos vampiros deciden usar diseños de ropa formal, o informal, que llevaron durante su vida humana. Se dejan llevar por el sumo placer de ser un monstruo entre monstruo, salvo que sus colmillos no son falsos y los cuellos que muerden terminan aliviando su sed, matando a su víctima y destruyendo sueños mientras roban tiempo. Porque somos ladrones de tiempo y recuerdos.

El Carnaval de Venecia es popular en el mundo entero. Es una de las celebraciones más conocidas y que hacen suspirar a muchos turistas. Marius vivió esos Carnavales en primera persona, dejándose llevar por el vaivén de las góndolas y el sonido de las liras, laudes y diverso instrumental de percusión. Las afinadas voces de los cantantes venecianos deleitaban las fiestas pomposas de las altas esferas. Artistas de todo tipo se concentraban en numerosos palazzos donde los políticos y las fulanas se mezclaban con las máscaras más llamativas.

Pudimos conocer algunas de estas fiestas en los diversos libros que se han comercializado con la vida de Marius y Armand. Pero, por supuesto, también en aventuras de Lestat y los brujos que tanto llegó a temer y amar. Fiestas donde el vino se derrama, igual que la sangre, y las carnes cálidas de los jóvenes calientan las frías pieles de mármol de los numerosos vampiros. El Mares de Grasa, o Mardi Gras, hace la delicia de los habitantes de Nueva Orleans. Hasta hace poco se dividía la celebración entre blancos y negros, pero ahora es una mezcla explosiva que muestran multiculturalidad. Pero, como no, también se habla del Carnaval de Brasil que es mucho más exuberante, llamativo y dura días.

Se podría decir que los vampiros somos hedonistas y amamos dejarnos llevar por los placeres mundanos. No dejamos de ser mortales ni humanos, porque somos una mezcla perversa de un espíritu insatisfecho con su vida y mortales atraídos por vivir por siempre, con una juventud que nunca nos abandonará y que nos permitirá seducir, conocer, comprender y sentir.


El Carnaval es una fiesta pecaminosa donde uno se baña en pecado, pero también puede bañarse en sangre. Quizás estos días bailen, canten o celebren junto a uno de los nuestros. Cuiden su cuello.  

sábado, 5 de diciembre de 2015

Él

Sea como sea yo sé que Louis me ama y también que David me aprecia. Ah... éstas memorias...

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué no le ayudaste?—preguntó de pie, en aquel balcón con esas luces parpadeantes de fondo. El hotel era de lujo, céntrico y muy agradable. La ciudad aparecía desplegándose bajo nosotros, con sus miserias y bondades, ruidosa, calurosa y llena de rincones aún ocultos para mí.

Estábamos en Brasil. No sabía porqué aquel hombre había decidido incluirme en una aventura así. David y yo no nos conocíamos demasiado. Sólo habíamos escuchado bondades y maldiciones de boca de Lestat. Él no estaba presente. Creo que había salido al hall del hotel para coquetear con la recepcionista de piel de chocolate, ojos inmensos y oscuros, para averiguar ciertos detalles escabrosos de su jefe. Nada del otro mundo.

—¿Cómo iba a hacerlo?—interrogué—. ¿Dándole La Sangre otra vez? Sabía que si lo hacía no se conformaría con ser un simple vampiro, querría ir tras ese ladrón y acabaría muerto en menos tiempo que teniendo una larga vida—me encogí de hombros y me abracé a mí mismo, para moverme por la habitación como un animal salvaje encerrado.

—Es cierto, Louis—dijo echando la cabeza hacia atrás, dejando que el viento acariciara sus cortos cabellos revueltos, para luego mirarme a los ojos.

Sentí un escalofrío terrible. Ese cuerpo joven, con esa alma anciana, me atraía como las moscas a la miel. Quería verlo de cerca, observarlo y parar mis dedos por su piel tostada. Lestat había ocupado ese cuerpo, lo había visto animado por alguien amado, y sin embargo no había muesca alguna de lo ocurrido. Era un ser distinto reconstruido con los mejores materiales.

—Además, lo amo demasiado—admití—. Sólo creía que como humano encontraría la felicidad que perdió cuando Magnus, su creador, lo convirtió a la fuerza en uno de los nuestros—. No mentía. Decía la verdad. Hablaba con el corazón en mi mano—. Pensé que volvería a ser un actor, un músico o haría cualquier cosa creativa que él deseara. Sabes que es imparable.

—Pero, ¿por qué no le dijiste ésto? Sólo...

—Sólo le dije que sabía que saldría bien librado, pero no como—dije interrumpiéndolo—. No soy estúpido, David. Yo sé que él no me necesita realmente y sólo entorpezco sus pasos.

—No es cierto, lo sabes.

Se alejó del balcón, entrando hasta la sala donde me encontraba. Con cuidado, pero sin miedo, me tomó de los brazos y me miró a los ojos. Sus manos eran las que una vez Lestat puso sobre mí, pero se sentían distintas. Quise romper a llorar, pero ya no era el tiempo ni el lugar.

—¿Cómo puedes saber lo que yo sé? ¿Cómo? ¿Acaso eres capaz de leer mi mente cerrada?—susurré con una sonrisa amarga.

—No, Louis—sonrió encantador, como siempre, para luego seguir hablando—. Puedo leer tu alma en esa mirada ligeramente triste, apagada y desesperada porque él te mire y sonría. Sólo quieres ver que sonría y que lo hace por ti, pero a veces dudas. Las dudas son terribles y las conozco muy bien...

—¿Tú has dudado alguna vez de alguien?—pregunté.

—Sí, y me arrepiento—afirmó.

—¿Puedo saber quién robó tu corazón?

Yo me estaba abriendo, pero él no lo hizo. Sólo me dejó caer que fue una mujer... David tenía su corazón vendido a una mujer, la cual conocería años después.


—Es una ladrona que a veces voy a ver sin que ella lo sepa...  

domingo, 15 de febrero de 2015

Carnaval de pasión

Mientras yo iba a ver los espectáculos... ellos hacían otro. Así es como me pagan Louis y David. 

Lestat de Lioncourt


Aún recuerdo los ritmos calientes, el colorido y la sensación de libertad que llenó mi cuerpo. La última vez que había ido a Brasil era un hombre en pleno ocaso de su vida, pero con las facultades mentales en perfectas condiciones. Sin embargo, estaba haciéndome viejo y estaba a punto de llegar a un punto de mi vida, como suele suceder, que mi cuerpo me impediría gozar de los pequeños placeres como viajar, caminar entre los espíritus traviesos y sus dioses. La primera vez que visité Brasil tenía tan sólo veinte años. El ritmo, colorido y belleza de sus gentes me contaminaron hasta el día de hoy. En esos momentos, aquel viaje con mi nuevo cuerpo, sentí que nuevamente descubría sus selvas, calles y mercados.

La oscuridad reinaba, las luces bañaban toda la costa y el sonido en las calles era ensordecedor. Lestat se había contaminado por el buen ánimo que bañaba todo. Estaba empapado en la lujuria y el placer que todos sentían en esos momentos. Sus pies se movían por toda la habitación justo antes de desaparecer, dejándonos a solas a Louis y a mí.

Él parecía recto, filosófico y concentrado en sus pensamientos más terribles. Quise preguntar sobre sus emociones, pero lo vi innecesario e incluso soez. Tomé asiento a su lado observando sus elegantes ropas. Tenía el aspecto de un muchacho de veinticuatro años, con la boca proporcionada y un cuerpo perfecto que encajaba en unas prendas serias, pero cómodas. Llevaba una camisa blanca, con un par de botones abiertos, sin corbata y una chaqueta de lino de color café muy similar a sus pantalones de vestir. Había optado por descalzarse para estar cómodo en la habitación, pues parecía que el ritmo del Carnaval no lo emocionaba demasiado. Yo, en contraste suyo, llevaba camisa y traje de lino blanco junto a unas sandalias de gruesas tiras de cuero.

—Lamento que te aburras—suspiré.

—No lo hago—respondió, sin siquiera echarme un vistazo—. He encontrado varias librerías interesantes de camino al hotel.

—Brasil es para vivir cada segundo, ¿por qué tan sólo lees?—dije.

Él de inmediato bajó y cerró el libro. Sus delicadas manos quedaron sobre la tapa gruesa que tenía aquel ejemplar. Me miró con cierta suspicacia y sonrió. Comprendí de inmediato porque Lestat se había enamorado de él. Jugaba con la verdad y la mentira. Él era peligroso. Sin duda alguna, Lestat era inocente frente a sus ojos verdes, intensos y pecaminosos. Un cínico que te mentía, pero a la vez te llenaba de verdades terribles el alma. Aparté la mirada girando mi rostro, pero él seguía mirándome. Me acordé de la pantera, del peligro y deseé huir de la habitación. Sin embargo, él me agarró del brazo obligándome a quedar a su lado.

—Hazme vivir Brasil—dijo. Dejó el libro en una mesa auxiliar que estaba a su derecha, soltó mi brazo y, con cierta elegancia, se movió en el sofá para quedar sobre mis piernas.

Sus ojos volvieron a estar fijos en los míos, pero sus manos eran más indiscretas. Notaba como él desabrochaba mi chaqueta y camisa, para después apartarlas dejándolas a un lado. Sus carnosos labios rozaron los míos y los míos se dejaron contagiar. Sólo era un beso corto, pero acabó siendo intenso como el café brasileño.

En un arrebato lo arrojé al suelo y arranqué la ropa. Él me miró de una forma que jamás voy a olvidar. Esos ojos resplandecían fieros, pero sus movimientos eran delicados. Parecía querer incitar al cazador que aún era. Cuando logré desnudar, cada centímetro de piel, vi a un hombre atractivo, de escasa musculatura y ligera cintura. Sus piernas se abrieron y yo decidí entrar sin contemplaciones, o cualquier estúpido ritual innecesario. Él me necesitaba de inmediato y yo quería probar el pecado de su cuerpo. Su espalda se arqueó, elevando sus hombros mientras sus manos se aferraban a mis brazos. Me miró aún más fiero cuando hice el primer movimiento. Fue una llamada de atención, supongo. Él jadeó y movió suavemente sus caderas. Aquello era pecado. Se suponía que era el amante de Lestat, pero yo estaba probando su lujuria.

Me apoyé, con ambas manos, pegando las palmas al suelo. Lo hice dejando la cabeza de Louis en el centro de ambas. Él era más bajo, delgado y escurridizo. Sus cabellos negros y ondulados caían desparramados por las frías losas. Los escasas ondulas de mi flequillo se pegaban a la frente por el sudor. Ambos sudábamos. Los dos estábamos perlados de sudor sanguinolento, desnudos y desquiciados. Volvía a tener el vigor de un hombre joven, y la tentación era demasiada.

El sonido de nuestros cuerpos chocando, o más bien de mis testículos contra sus nalgas, era delirante. Sus jadeos y gemidos se volvían salmos llenos de palabras sin sentido. Yo apenas hablaba, pues tan sólo gruñía y bufaba como un animal salvaje. Sentía mi sexo apretado entre sus glúteos, los cuales apretaba con delirio. Sus mulos me contenían, mientras sus pies intentaban tener apoyo alguno. Sin embargo, él acabó recostado, con sus manos clavadas en mis costados y sus piernas en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Parecía estar sentado, pero en el suelo, con las piernas apretadas marcando cada músculo de sus muslos.

Su sexo, duro y de una proporción más pequeña que la mía, rozaba mi vientre. El escaso vello negro que coronaba su miembro era espeso, muy rizado y grueso. Carecía del camino de pelos diminutos hacia su ombligo, cosa que yo sí poseía. Su cuerpo era una mezcla entre una mujer y un hombre, por su delicadeza en ciertos aspectos. Eso mismo, su aspecto a camino entre ambos mundos, me enloquecía. Cada gemido y roce de su figura contra la mía, una figura esbelta y de músculos fuertes, me transformaba en un monstruo insatisfecho que quería más.

Entonces, en otro alarde de pasión, él me apartó arrojándome al suelo, para luego subirse sobre mí y penetrarse así mismo con mi miembro. El glande entró abriendo nuevamente aquella entrada que hice mía. Mi miembro pedía más sangre para continuar, pues me sentía sediento. El sudor era pegajoso. Sin embargo, verlo a él en esa posición calmaba cualquier necesidad o incomodidad.

Tomó mis manos y las llevó a su torso, el cual tenía un pecho con pequeños pezones cafés. Eran pequeños, pero gruesos. Mordió su labio inferior mientras me hacía pellizcarlos, casi retorciéndolos y arrancándolos. Después, la mano diestra, fue a mis nalgas y ayudó a uno de mis dedos a entrar junto a mi sexo. Quien jadeó entonces fui yo.

En algún momento llegamos. Creo que perdí el control de mi mente. Cuando recobré la compostura me di cuenta que él estaba recostado junto al lado izquierdo de mis caderas, con mi miembro en su boca y sus manos acariciando mis muslos. Su lengua era diestra y erótica, pues se movía suavemente sobre cada milímetro.


Me aparté alarmado. Lestat podía regresar. Corrí a vestirme y salí al balcón. Fuera, en alguna de las calles aledañas, él disfrutaba de la sangre de sus víctimas. Louis, en el salón de aquel hotel, se incorporaba torpemente, pero con elegancia, colocándose la ropa impune y sin remordimiento de conciencia. Estaba seguro que daba por hecho que Lestat estaba viviendo sus aventuras, sus pequeñas fechorías, y que él merecía hacer lo mismo.  

viernes, 13 de febrero de 2015

Caballero impetuoso

Tenía entre sus manos una taza de café proveniente de Brasil. Era un café fuerte, con mucha cafeína y de un olor intenso que recorría la cafetería embriagando a los más adeptos. Su aspecto era desenfadado, pues estaba recostado sobre el sillón de cuero negro y las piernas ligeramente flexionadas. Sus largos, aunque gruesos, dedos acariciaban ligeramente el borde. Los vampiros amamos el calor de las bebidas. Sin embargo, él era más de ponche y té. Aunque, en esos momentos, todo valía para recordar aquellos días en Brasil. Sus ojos eran tan oscuros como el contenido de la taza y su sonrisa era muy atractiva. Me porté mal. Fui un villano. Sin embargo, él se mantuvo a mi lado y me dio su apoyo incondicional. Incluso ahora, que todo parecía apuntar a mí, seguía apoyándome pese a que muchos rumores aún continuaban.

—Te veo bien—dijo.

David había convertido aquel cuerpo joven, y eterno, en el recipiente perfecto de un alma antigua, aunque no tan vieja y malévola como la mía. Sus ojos no se apartaban de los míos y me provocaba ciertos escalofríos.

—Mejor que nunca—añadió tras una larga carcajada—. ¿Qué ocurre? ¿En qué lío andas sumergido'

—¡En ninguno!—exclamé vehemente—¿Acaso no puedo venir a ver a un viejo amigo?

—Bueno...—se encogió de hombros y tomó una pose más formal. Estaba cómodo en ese cuerpo, que para mí fue una cárcel de piel y huesos, y parecía divertirse conmigo. Se divertía con mis ojos clavados en los suyos, mi notable inquietud y mis deseos de conocer. Quería conocer algo que él me negaba. Quería saber—. Dilo.

—Llevo algunas décadas soportando la visita de fantasmas—expliqué—. Necesito tu consejo...

—¿Consejo o experiencia?—alzó su ceja derecha y luego la izquierda, después simplemente relajó el rostro y aproximó la taza a sus labios aunque no dio sorbo alguno.

—Tu compañía—respondí—. Estoy cansándome, David, de escuchar y ver fantasmas. Estoy harto de discutir con Louis. Necesito que estés tú ahí, tu figura y tu apoyo. Necesito al amigo incondicional, ese que aprecio y admiro.

—No soy tu niñera—replicó.

—No lo eres, lo sé. Tampoco mi amante—susurré bajo—. Pero te extraño.

—Y yo a ti, amigo—dijo estirando sus brazos, soltando la taza, para tomar mis manos. Tenía las manos algo más ásperas, calientes y grandes.

Me pregunté que pensarían de nosotros los demás. Tal vez seríamos dos viejos amigos, dos amantes o simplemente hombres que intentan coquetear. Aunque no me importaba lo que pudieran decir. Sólo quería sentirlo cerca.

De improvisto se incorporó, tomó asiento al lado mía y me besó. No lo rechacé. Me aferré a él y subí mis brazos sobre sus amplios hombros. David me besaba aceleradamente haciéndome sentir viejas sensaciones. Al apartar su boca de la mía, dejando de sentir la presión de sus labios y la incursión de su lengua, jadeé y bajé la mirada como un quinceañero. Era extremadamente atractivo y tenía una impetuosidad que carecía cuando nos conocimos. Sin embargo, esa serenidad y caballerosidad seguía ahí.

—Te quiero. Siempre te he querido—dijo hundiendo su rostro en mi cuello—. Jamás he podido odiarte. Nunca he dejado de amarte. He confiado ciegamente en ti siempre. Siempre, Lestat.

Esa confesión no era nueva. Sin embargo, me sentí intimidado. Rápidamente me aparté de él, corrí hacia la puerta del local y me marché. Quería regresar al café, pero a la vez necesitaba poner tierra de por medio. De nuevo esa tentación. Otra vez esa sensación. Quise hacer mío a David.  


Lestat de Lioncourt 

domingo, 11 de enero de 2015

Brasil

Estas memorias son una chispa en la oscuridad. Me encantó viajar con ambos... con Louis y David. 

Lestat de Lioncourt



—¿Lestat?—su voz se escuchó en mitad de la penumbra.

—Sí...—dije mientras contemplaba las luces encendidas a lo largo de toda la villa.

Habíamos viajado durante varias noches. Fue un capricho. Algo que sucedió como una chispa que se expandió por nuestras almas convirtiéndose en fuego. Louis nos había acompañado, aunque no estaba conforme y mostraba su deseo de marcharse guardando silencio, atormentándome con sus ojos verdes clavados en mi nuca y sus dedos golpeando ligeramente la mesa. Estábamos en Brasil. Era nuestra primera noche. Después de todo lo ocurrido, como si hubiese sido un sueño, caí en la cuenta de mi temeridad. Fue una estupidez mayúscula, pero habíamos salido indemnes de tal locura.

—¿En qué piensas?—preguntó aproximándose a mí, pero a mitad del camino se detuvo mirando a Louis.

—Ese no piensa. Nunca piensa—susurró cerrando los ojos dejando escapar un suspiro—. Nunca lo hace.

—¿No dijiste que me entendías?—pregunté girándome hacia él.

—Que te entienda no significa que yo lo hubiese hecho. Nadie en su sano juicio dejaría sus poderes en manos de cualquier charlatán—expresó.

David se mantuvo al margen. La pelea subió de tono, pero se calmó cuando percibimos su presencia. Aquella primera pelea frente a él fue un hecho asombroso. Para David la convivencia entre vampiros se había iniciado con nosotros, y he de decir que somos un dueto bastante peculiar. Siempre nos lamentamos de nuestras peleas sin dejar de pelear en ningún momento.

—¿Alguna vez habéis estado aquí?—murmuró apoyado en el marco del balcón.

—Nunca—respondí girando mi rostro hacia él.

—No—susurró Louis aproximándose a mí. Noté los dedos de su mano derecha acariciando la palma de mi zurda. De inmediato, apoyó su cabeza en mi hombro y se aferró a mi brazo.

Mirábamos un nuevo mundo que descubrir. El Carnaval se iniciaría pronto. Las luces modernas iluminaban una basta extensión de terreno del mismo modo que lo hacían las estrellas. Estábamos algo alejados de la capital, del centro de aquel pequeño mundo con un clima apacible y gente ruidosa.

Sabía que David había sido sacerdote de una religión que tenía sus orígenes en África, pero que se practicaba con respeto en aquellas tierras. Para él era su renacer. Deseaba ver de nuevo algo que amó, que influyó en el hombre que era, para así despedirse una vez más de sí mismo. Creo que por eso mismo asistió a su propio funeral, despidiendo su cuerpo y su pasado. Él se despedía de todo lo amado para afrontar un mundo nuevo, delirante y asombroso. Estábamos allí, conjurados por él, para asistir a su bautizo en el profundo sendero de este jardín salvaje.

—Meio caminho andado, é meio caminho começado... —murmuró, antes de echarse a reír y girarse hacia nosotros.


Su semblante era el mismo. Un hombre amable, pero muy joven. Sus ojos tenían el deje del sabio que conocí, por su alma tan llena de recuerdos y tiempo, aunque poseían un brillo nuevo. Nos abrazamos y sentí que era hora de salir. La sed y la curiosidad nos alentaban.  

viernes, 31 de enero de 2014

Placer en Río

Bonsoir mes amis

Hoy les traigo una memoria de David junto a mí. Os aseguro que os dejará sin palabras. 

Lestat de Lioncourt



¿Alguna vez se han detenido a observar los acontecimientos que ocurren en sus vidas? Por mínimos que parezcan en un momento dado es posible que en un futuro, lejano o no, sean de vital importancia. La sensación de caminar bajo el sol en un día de verano en un país tropical, lejos de la humedad profunda que podía sentirse en Londres. Mis viejos recuerdos se acumulaban en algún rincón de mi alma, aunque no puedo apostar cuanto de mí queda actualmente, y explotan como bombas de relojería que me hacen soñar con el pasado, sea desagradable o de vibrantes colores. Sin embargo, la vida mortal ha quedado atrás para mí y cualquier sentimiento o sensación se intensifica con notoriedad.

Mis primeros recuerdos como inmortal se sitúan en un mundo que conocí cuando era joven, alocado y posiblemente con el corazón lleno de esperanzas. Sí, he dicho mundo. Brasil no se puede considerar tan sólo un país dentro de un continente. Para mí es un mundo intenso de sabores, aromas y color. La primera vez que estuve allí sentía que debía aprender sobre cualquier cosa, por insignificante y estúpida que pudiese parecer.

Cuando era tan sólo un niño tuve que superar ciertos miedos y comprender que algunas cosas tan sólo podría verlas yo, así como otros que tuviesen otorgados semejantes dones. Aún así, ni siquiera cuando era un muchacho rebelde que fumaba con ansiedad cigarrillos para taimarse, reconozco que a pesar de todo esa punzada de miedo ante lo desconocido jamás se ha ido. Siempre me ha resultado una sensación atractiva y con el paso de los años, o mejor dicho las décadas, se ha convertido en una poderosa droga. Esos miedos no son otra cosa que mis poderes sobrenaturales. Detesto la palabra brujo o hechicero y prefiero la palabra potentado. Soy un potentado, un prodigio de la naturaleza, como lo son muchas personas en este mundo que intentan evitar por completo la verdad. No obstante para mí la verdad es demasiado poderosa y me atrae como si tuviera un imán.

Viajé a Brasil después de formar parte de los novicios de la Orden de la cual fui director. Talamasca era sin duda un mundo emocionante, concentrado entre los paredes de la biblioteca y que se expandía, como si fueran raíces de un árbol centenario, hacia los distintos destinos a los cuales teníamos que viajar. Decidí que Brasil sería el mejor lugar para mejorar mis conocimientos y hundirme en una nueva fe.

Cierta noche, leyendo en la biblioteca, encontré libros sobre los rituales afrobrasileños y decidí que debía rogar que me dejasen investigar, comprender, aceptar y usar estos en beneficio de la orden. Quería conocer que encerraban las diversas palabras que llenaban aquellos gruesos tomos. Aceptaron que viajara aunque me pidieron informes semanales.

Aprendí a ser un sacerdote del Candomblé y dominé su poder siendo un hombre distinto. La Orden me observaba como un joven sumergido en sus estudios y también llenos de deseos. Era el único que aceptaba ir a las selvas para indagar sobre tribus perdidas, sumergirme en viejos templos o simplemente marchaba para capturar algún espécimen nuevo. Según sé algunos me veían como un hombre mitad erudito mitad salvaje, pero eran muchos los novicios que determinaron que debían aprender con la experiencia y no sólo con lo que un libro podía contarte. Aunque yo mismo he escrito algún que otro libro sobre mis memorias, los cuales están celosamente guardados en una de las bibliotecas que posee la sede de Londres.

Así que cuando viajé a Brasil, junto a Lestat y Louis, sentí que mi corazón daba un vuelco. Observar y sentir sus calles con su ritmo habitual y el colorido que lo envolvía todo, pues estaban en Carnaval, quise llorar. Deseé llorar. Jamás habría pensado que podría volver a Brasil y menos como lo hice en aquellos momentos. La inmortalidad me tentaba, pero era ya un anciano y deseaba que mi alma al fin descansara. Por ello, ir a Brasil y observar la noche con mis nuevos ojos y fuerzas fue demasiado intenso para mí.

La primera noche permanecimos los tres juntos contemplando los desfiles desde el balcón del hotel. Sin embargo, la segunda noche Louis desapareció alegando que necesitaba cazar en soledad. Él ansiaba quedar a solas contra el mundo, observar la despampanante ciudad que se abría a nosotros con sus intensos misterios y finalmente sentir el calor sofocante en medio de la ingente masa que se movía intentando divertirse hasta el cansancio. Lestat, por el contrario, no deseaba estar solo y quería que lo llevase a recorrer viejos lugares en los cuales el mundo parecía someterse a los encantos de la magia y el poder. Con respecto a mí no sabía que deseaba.

—¿En qué piensas?—preguntó rompiendo el silencio que existía entre ambos desde hacía varios minutos.

Lestat había decidido arrasar algunas tiendas la noche anterior. La ropa colorista y vistosa de Brasil había ido a caer en sus manos. Sin embargo, tan sólo llevaba unos pantalones de vestir de lino blanco, un cinturón de cuero negro con gran hebilla plateada y un colgante de oro blanco en forma de cruz. Eran algunas cosas que él había comprado y que pese a su precio para él eran meras “chucherías”. Su pelo caía alborotado sobre sus hombros desnudos mientras intentaba decidirse entre las camisas de diversos tonos que tenía frente a él. Y aún le faltaba elegir los zapatos, lo cual tardaría al menos una media hora más.

Habíamos viajado sin maletas y en vuelo nocturno. Resultó algo complejo, pero finalmente lo logramos. La habitación del hotel era agradable y él había pedido flores a varias floristerías de la ciudad. Buscaba el aroma peculiar de New Orleans inclusive en un mundo distinto. Aquellas blancas habitaciones de elegantes, pero sencillos, muebles le molestaba. Él era ostentoso y decidió cubrir esa ostentación en lo recargado con múltiples jarrones y macetas.

Él posiblemente estaba meditando sobre cualquier cosa superficial, banal y estúpida. Pero yo no podía abandonar mis viejos recuerdos y mis nuevas reflexiones. Me encontraba apoyado en la barandilla de aquel enorme balcón, mirando el discurrir del tráfico y la diversión que penetraba hasta la estancia. Llevaba una camisa blanca abierta y remangada hasta los codos, unos pantalones tejanos y los pies desnudos.

—David—susurró dejando a un lado la ropa y el espejo que tanto amaba.

Escuché sus pasos por las baldosas negras de la habitación, un suelo que parecía un espejo a pesar de ser de un color tan oscuro como el ébano, y se aproximó a mí rodeándome con sus brazos por debajo de mis axilas. Pude sentir sus rizos acariciar mis hombros y como su torso se pegaba al mío. Su piel era más suave aunque con el ligero tono tostado de la mía.

Era la primera vez que me abrazaba de esa forma desde que ambos éramos iguales. Mi cuerpo era joven y había sufrido un brusco cambio. Ya no era tan frágil como el cascarón de un huevo, sino un ser poderoso con una nueva visión de su entorno. Sin duda había vuelto el David cazador, el David depredador, el aventurero y el ser cuyas vivencias le abocaban a un destino desconcertante.

—¿Por qué no me hablas?—preguntó deslizando sus manos por mi torso hasta mi vientre. Pude notar como acariciaba cada uno de mis músculos intentando calmar su preocupación, así como su terrible curiosidad, mientras apoyaba su frente contra mi espalda.

—¿Por qué?—dije mirando hacia el dibujo difuso de la ciudad, lleno de luz y color, con la luna llena al fondo.

—Porque te amo. Porque no pude evitarlo. Porque soy caprichoso. Porque el mundo es terrible si tú no estás. Porque he aprendido a conservar tus silencios y tus pausas al hablar, creando una cadencia maravillosa y con un acento inglés sumamente cautivador. Porque al ver que podía perder quise ganar. Porque no soy más que un idiota incapaz de contenerme. Por muchas razones y por ninguna—dijo lo último en un murmullo e hizo una breve pausa—. Puedes elegir la que más te guste, David—mi mano derecha acarició las suyas mientras deseaba apartarlo, golpearlo, huir de allí y perderme en las selvas igual que había hecho su madre y que posiblemente seguía haciendo en aquellos momentos.

—¿Y cuál es la más sincera?—aquella confusión era todo y nada.

—Todas lo son—respondió apartándose para quedar a mi derecha observando la luna con una sonrisa ciertamente canalla, aunque elegante y hermosa.

—¿Cómo puedes decir que me amas?—intenté preguntar sin perder la calma, pero realmente estaba a punto de caer en la locura—. Me has transformado a la fuerza.

—Lo hice por amor—reprochó frunciendo el ceño mientras giraba su rostro hacia mí.

—Amor egoísta—dije sin reprimir un tono cargado de disgusto.

—No sé amar de otra forma—se encogió de hombros y me tomó de la mano tirando de mí para quedar pegado a él, frente a frente, mientras pasaba sus brazos sobre mis hombros y me miraba con aquellos ojos con tonalidades azules y violetas. Tenía una mirada hermosa, diferente y sugestiva—. No pidas que te ame distinto porque es imposible—se colocó de puntillas y besó mi boca con aquellos labios húmedos y grandes—. Te amo. No dudes que te amo.

Cuando noté su lengua no dudé en abrazarlo contra mí. Había deseado a Lestat desde la primera vez que lo vi con aquellas curiosas ropas de rockero, el pelo suelto y la mirada intensa. Todos en la Orden sabíamos que había un vampiro narrando su vida, que era él y era cierto. Las memorias de Louis, las cuales tenía en varios idiomas, eran tan reales como ellos dos. Besaba con deseo y él lo hacía con furia. Posiblemente, quería dejar claro que me amaba y deseaba que permaneciera a su lado sin reproches ni palabras crueles.

Mis manos acariciaron sus cabellos, atreviéndome por primera vez a tocarlos y sentir que realmente eran sedosos. Siempre imaginé que serían suaves, pero jamás tan agradables. Era como tocar hilos de oro o los propios rayos del sol. Sus brazos me apretaban más contra él y yo me inclinaba para poder romper la barrera de la estatura. Mis manos se pegaron a sus nalgas, las cuales apreté con fuerza mientras notaba como ambos íbamos sintiendo una terrible excitación.

—David, vayamos dentro—su voz se escuchó con un acento francés cautivador. Sabía que lo hacía para seducirme aunque no me importaba en lo más mínimo. Me dejaría guiar, amar y seducir hasta que él quisiera.

Lestat me recordaba por momentos a Andrew. Aquella belleza y fortaleza, sus ojos claros y cejas rubias perfectas. Quizás eso fue lo que más me atraía de él. Pensé en mi viejo amante, mucho más joven que yo, y que murió acompañado por Yuri Stefano, quien se convirtió en un hombre apasionado y de suma inteligencia. Sentí una oleada de dolor que se disipó de golpe. La mano izquierda de Lestat demostró ser tan rebelde como él mismo. Rápidamente sentí como acariciaba allí mismo mi entrepierna.

—Lestat—miré hacia los restantes balcones colmados de personas de todo tipo y sentí pudor.

—Hay algo que debes saber—sus labios tenían una sonrisa atractiva que me atormentaba con unos deseos terribles—. Eres inmortal y lo que piensen sobre ti tiene escasa relevancia si no compromete a tu vida.

—Lestat estamos rodeados de ojos—intenté apartar su mano, pero cuando apretó suavemente me hizo jadear. Cualquier pensamiento racional murió tan rápido como vino.

—Tierra de sexo y diversión, David—se pegó a mí mordisqueando mi cuello y mi oreja derecha. Una sensación eléctrica me hizo temblar.

—Y misterios—mi voz sonó quebrada mientras él reía como un maldito diablo.

La mano de Lestat dejó de apretar y se movió en círculos perfectos, para luego ir hacia el cinturón y ayudarse con la otra para abrirlo. Di entonces un par de pasos hacia atrás y me apoyé con ambas manos a la barandilla de espaldas a ésta. Jadeé al notar su habilidad para abrirme el pantalón y meter su mano dentro de los calzoncillos. Pude sentir sus dedos acariciar el vello público rizado y negro que tenía, como bajaba hacia la base y lentamente tocaba cada porción de mi miembro. Me endurecía por segundos mientras su boca seguía dejándome besos en el cuello, bajando hasta mis clavículas y buscando mi torso.

Debido al calor que allí hacía, un calor sofocante, ni siquiera me había abrochado la camisa cuando me aproximé al balcón para recordar el ambiente festivo de las calles. Él aprovechó eso de forma que su boca viajaba por mi torso, mordía mis pezones y lamía mis músculos, mientras yo tan sólo intentaba no romper la barandilla al apretarla entre mis dedos.

El ritmo y movimiento de muñeca de Lestat era demoledor. Podía escuchar la samba estallar con sus diversos tambores, el sonido de los pies al ritmo y el griterío intenso. Los aplausos y las bromas de los balcones colindantes también eran audibles. Era demasiado. Sentía que estaba justo en mitad del carnaval dejándome masturbar por un íncubo.

Busqué su boca para besarlo tomándolo del rostro y atraiéndolo hacia mí. Mis dedos acariciaban sus pómulos marcados, la comisura de su boca y su mentón algo picudo. Era el rostro de un ángel al servicio de los infiernos más lujuriosos que jamás había podido saborear. Notaba como mis defensas se bajaban al mismo ritmo que mis piernas se abrían y mis caderas se movían. Parecía bailar aquel frenético baile pero realmente sólo me estaba dejando masturbar por él, el príncipe malcriado.

—Lestat, Lestat...

Cerré los ojos en un momento en el cual ya no pude soportarlo más. Mi rostro estaba perlado de sudor, mis nuevos cabellos oscuros caían alborotados sobre la frente y mis manos se resbalaban. No quería aferrarme fuerte porque sabía que doblaría aquel hierro y nos precipitaríamos ambos sobre el público de la gran avenida.

—Hazlo David—dijo en un gruñido—. ¡Hazlo, demonios!

Eyaculé manchando su mano y mi ropa interior. El gemido sonó como un suave gruñido de algún animal. Mis piernas temblaron y quise caer de bruces. Era mi primera vez en tantos años y la primera vez con aquel cuerpo. Me sentí vulnerable y Lestat lo sabía.

—Vamos dentro, David—murmuró exprimiendo mi miembro antes de sacar la mano y llevarla mis labios—. Dentro te demostraré cuanto placer te tengo reservado.

No recuerdo como logré desplazarme hacia la habitación. Los tres habíamos decidido compartir un apartamento en uno de los hoteles de lujo, muy cerca del recorrido de las carrozas y donde nos atendían como reyes. Tenía dos habitaciones: una con una cama mediana y otra enorme donde podíamos dormir perfectamente los tres. El balcón era de la habitación de la cama de mayor tamaño que estaba destinada para Louis y él; pero allí estábamos ambos dirigiéndonos a tener sexo en ella.

Me dejé recostar en la cama mientras él caía sobre mí. Sus besos eran intensos y cargados de sangre. Él me ofrecía de nuevo ese sabor tan único que él poseía, pues ninguna víctima humana me había ofrecido sabor similar ni recuerdos tan profundos. Reaccioné cuando rozó su entrepierna, aún cubierta por la tela del pantalón, contra la mía. Rápidamente ambos empezamos a desnudarnos dejando la ropa regada por la habitación. Ambos teníamos una lucha a muerte con nuestros pantalones, pero una vez finalizada pude notar sus intenciones. Abrió mis piernas e intentó hundirse dentro de mí, sin embargo me opuse.

—No, así no—dije sofocado mientras él intentaba doblegarme—. No.

Por unos largos segundos se quedó mirándome y después se quedó de rodillas. Con cuidado me incorporé acariciando su rostro, mordiendo sus labios y ayudándolo a tumbarse en la cama. Rápidamente me senté sobre su pelvis y con cuidado introduje su miembro, el cual estaba completamente erecto, dentro de mí.

Sus manos se colocaron sobre mi torso oprimiendo mis pectorales. Sentí sus uñas clavarse, sus palmas apoyarse y como un delicioso calambre me recorría toda la columna. Al tenerlo dentro de mí recordé cuantas veces me había provocado y no había caído. Mi mundo se desmoronaba lentamente y finalmente se abría paso la noche. La confusión, el erotismo y el placer ya me habían hecho naufragar dentro del deseo y sin conflicto moral alguno.

Miré a Lestat, allí tumbado bajo mi cuerpo y sintiendo el movimiento hipnótico de mis caderas, como si fuera una de mis víctimas. Sin embargo, la belleza que desprendía provocó que cerrara los ojos para retenerla. Quería retener su expresión de placer. Aquellos labios suavemente abiertos emitiendo suaves gemidos y palabras sueltas en francés, sus pómulos algo sonrosados y sus ojos intensos clavándose en mí. Necesitaba cumplir aquella fantasía del modo que siempre lo había imaginado. No permitiría a Lestat doblegarme a pesar que era mucho más fuerte que yo.

En un principio el ritmo fue suave, pero acabó creciendo. Cada vez fue más intenso, más necesitado, más desesperado y ardiente. Mis gemidos se convirtieron en parte de las canciones que podían escucharse de fondo y mis movimientos parecían unirse a la samba. Bailaba sobre él, le hacía sentir mi peso y él deslizaba sus manos hasta mis caderas para ayudarme a moverme con mayor libertad. Sentí un par de nalgadas, como me apretaba el trasero y por supuesto la forma de guiarme para que fuera todo perfecto. Encontré rápidamente aquel punto en el cual podía alcanzar las estrellas con la punta de los dedos, si eso fuese posible.

Llegué a mi segundo orgasmo antes que él lo hiciera. Creo que estaba nervioso y desesperado porque jamás había imaginado que cedería de aquella. Me había rendido a los infiernos que él me ofrecía encarecidamente. Sin embargo, él no lo hizo aunque estaba a punto de hacerlo. Por ende seguí moviéndome apretando toda su extensión en mi interior, pero cuando sentí que llegaba me apartó y arrojó al suelo. Sin previo aviso me introdujo su glande entre los labios y me agarró la cabeza, para luego de una estocada entrar en mi boca y acabar.


Descubrí entonces que amaba a Lestat y no podía seguir molesto con él. Ni siquiera era capaz de golpearlo por todo lo que había hecho. Guardé silencio algunos minutos en aquel suelo negro, tan negro como mi incierto futuro, y medité. Louis no debía saber que había ocurrido y por lo tanto me incorporé para darme una ducha. Lestat ya estaba disfrutando de una, alejando el olor a sexo de su cuerpo, y en ese momento supe que por mucho que me amara a mí jamás lo haría de la misma forma que a Louis.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt