Lestat de Lioncourt
DEMONIO
La oscuridad lo invadía todo. Cada
centímetro de la habitación había quedado en completa penumbra. La
presencia se sentía a su alrededor, prácticamente tocando sus
cabellos, mientras sus ojos permanecían cerrados. David notaba como
aquel ente sobrenatural caminaba sigilosamente sobre sus retorcidas
patas. Era un demonio inferior, no era un caído. El ente que estaba
allí jamás había recibido la bendición del altísimo. Era un ser
grotesco, de ojos crueles y mandíbula ancha con dientes afilados. El
olor que predominaba era denso, un olor inquietante.
Recordó un salmo, aquel que en alguna
ocasión le había ayudado. Sin embargo, cada demonio era distinto y
algunos eran mucho más poderosos. Si estaba en aquella habitación,
de una vieja mansión, era porque conocía a la familia cuando era un
simple detective de lo paranormal. No pudo enfrentarse al demonio que
a veces los visitaba, venido de un mundo tenebroso y cruel, que
perseguía a las mujeres, pero no a los hombres, de la vivienda. Las
sometía a vejaciones y golpes, una tortura tras otra, y él había
accedido a colaborar.
—El que habita al abrigo del Altísimo
morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: esperanza
mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré. Él te librará
del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te
cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y...—no pudo
acabar el salmo. Aquel ser lo tomó del cuello y tuvo que recurrir a
su fuerza sobre humana, aquella que sólo como vampiro podía tener.
Se retorcía en el suelo, con aquella
cosa enganchada en él, sintiendo como le ardía el cuerpo. Sus dedos
comenzaron a hormiguear y su cuello se sentía aplastado. Algo malo
sucedía, sin duda alguna. Clavó entonces sus uñas en aquellos
poderosos brazos, invirtió posiciones y le hizo beber agua bendita,
clavándole en la frente una medalla de San Miguel Arcángel. Añadió
cánticos de candomblé, llamando a sus viejos dioses, implorando por
él, mientras aquella cosa se retorcía. Rápidamente perdió
energía, se desmaterializó y David cayó de bruces.
Quedó tirado allí como una marioneta
sin cuerdas, ni esperanzas o alguna virtud humana que le diese vida,
con los ojos clavados en la profunda oscuridad. Sentía aún en su
mano la medalla, esa que enterró prácticamente en la frente de
aquel ser. Se dio gracias a estar sin luz eléctrica, de haber visto
a semejante monstruo habría visto el miedo reflejado en sus ojos y
era mejor hacerlo todo con fe, desde el primer momento, y sin
titubeos. ¿Cuánto tiempo tendrían para vivir en paz? ¿Un par de
meses? Eso al menos era un alivio. Había sido demasiado para él,
pero al menos había librado la casa de la presencia por algunos
meses. Era imposible echar a un demonio como él y, además, no se
iría de la familia, pues quedaría atado a ella por siempre.
—Olodumare, ¿por qué creaste la
oscuridad?—murmuró incorporándose mientras se sacudía el traje.
David lo sabía, sabía que debía
aferrarse a todas sus creencias y liberar las energías negativas que
rodeaban a las mujeres. Ellas lo atraían con sus trágicas vidas,
sus pérdidas, el desconsuelo, el miedo y también las diversas
depresiones que tenían las más jóvenes. Pero, por mucho
conocimiento que tuviese era algo imposible de controlar, no si ellas
no eran capaces de hacerlo. El demonio aparecería, regresaría, y el
terror volvería a la mansión. Pero esa noche no se escucharon
gritos, sino los grillos en el jardín y el mecer de las ramas de las
palmeras, pinos y diversos olmos. No, no había nada más.
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