Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 26 de febrero de 2017

Yo

Allesandra volvió a la vida y me cautivó. Al menos a mí me cautivó.

Lestat de Lioncourt 



La lluvia caía fuera agitando la ciudad, provocando que las pisadas rápidas de los ciudadanos sonaran como aplausos en el foso de un escenario. El murmullo del tráfico agitaba el montón de huesos que de las catacumbas. Los turistas bajaban amontonados, en pequeños grupos, para observar de frente la muerte y comprender la realidad de una época, pero también la realidad que les tocará “vivir”. La humedad era intensa, casi no dejaba respirar.

Había despertado tras varios siglos olvidada. Apenas lograba recordar quien era. Me esforcé por saber mi nombre. Pero dentro de mi cabeza, bajo mi cráneo, alguien me hablaba con una voz masculina tan seductora como la del propio Lucifer.

Fue extraño. Sentí sed tras más de dos siglos. Me incorporé y salí fuera, arrastrándome entre la pila de huesos. Sólo recuerdo que el sabor de la sangre me hizo vibrar, la noche parecía distinta y París ya no era el estercolero con buen nombre de años atrás. Había vehículos extraños que sólo había escuchado mientras descansaba, así como luces. La noche estaba más iluminada que nunca. Corrí libre, casi desnuda, y luego las llamas. ¿Por qué las llamas?

Supongo que soy la culpable de la muerte de decenas de jóvenes. Fui de nuevo la muerte. Una muerte horrible. Creo que maté al compañero de Bianca, pero no estoy segura. Sólo sé que algo en mí me hizo salir y olvidar mi descanso. Me convertí en un cadáver bien conservado corriendo por las calles, desatando el pánico, creando horror y finalmente una tragedia. Me da miedo preguntar qué sucedió, pues carezco de recuerdos exactos. Sin embargo, prefiero creer que al menos estoy viva teniendo otra oportunidad de proteger, amar y consolar.


Han pasado un par de años y ya sé quién soy, qué hacía y por qué estaba en ese suelo, rodeada de cadáveres convertidos en puro hueso, aguardando que la eternidad no fuese tan dolorosa, como las llamaradas que una vez consumieron mi cuerpo. Soy Allesandra. Ofui princesa merovingia, hija del rey Dagoberto I, iniciada en la Sangre en el siglo VII por Rhoshmandes, y arrojada a las llamas frente a Lestat cuando vino a destruir la Secta de la Serpiente.  

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Yo, Nicolas

Del odio al amor hay un paso... o una melodía de violín.

Lestat de Lioncourt 


Mírame. Mírame te digo. Quiero que me observes y veas lo podrida que está mi alma. Tan podrida como la tuya, poseída por la maldad y la sed. Una sed que repta por mi garganta como una serpiente, enredándose en mi cuello y agarrándome con firmeza. No me suelta jamás. Ni siquiera puedo soñar sin pensar en ríos caudalosos de sangre. Soy un vampiro, un monstruo perfecto como tú y tan podrido como el mundo. La oscuridad me ha hecho su hijo y no el tuyo. Mi amor se ha muerto al conocer las mentiras en las zarzas que eran tus brazos. Mi cuerpo ahora es una prisión y la vida es una condena preciada para un hombre que ama la tortura, una tortura que tiene nombre y tu rostro.

Alza tu mirada hacia mí. Quiero que veas en qué me he convertido. Necesito que el silencio que hay entre nosotros se quiebre de una vez y se convierta en cenizas. Las luces bohemias de los cafés ya se apagaron para ambos. El aroma de la revolución no es más que una pesadilla que se repite ahora en mis sueños. Nunca quise venir a éste mundo para disfrutar de su belleza, sino de lo tóxico y lo blasfemo. Quizás nací para ser un demonio. Tal vez vine al mundo para corromperlo con mis terribles obras. Puede que muchos pensaran que era tu marioneta, que tú podías controlar a éste violinista infernal que se mantenía con esperanzas de amor. Pero no. No puedes porque careces de agallas y deseos. Jamás has tenido deseo alguno de dominarme. Sólo soy una marioneta que se gira alrededor de tu luz opaca.

No eres un ángel. No eres el ídolo que muchos creen. Tampoco eres un héroe. Nunca serás lo que tú quieres ser. Siempre estarás unido a esos sentimientos estúpidos por la belleza, la virtud de los sabios y el romper esas patéticas normas que ni siquiera deberían ofenderte. Te has convertido en un carismático líder sin vasallos. Podías tener el mundo a tus pies y has decidido que quieres caminar por otras tierras, alejarte de mí porque soy tu problema. Soy lo único que no podrás tener nunca y a la vez soy tan tuyo como propia sangre.

Tal vez pienses que estoy loco y quizás no te falta razón. Puede que sea peligroso. Quizás nunca deje de sufrir. Algún día el silencio llegará al mundo, mi voz se quebrará y el alma de éste soldado del arte, de un teatro cargado de mentiras y dolor, quede en paz. Pero por ahora las llamas no arden y las noches no iluminan. Estoy aquí en París alzándome entre las marionetas de éstos tarados sin conciencia. Todo lo que digo es cierto, todo lo que no creo es mentira. Ellos me adoran como si fuese un dios oscuro. ¿Y no somos eso? ¿No somos dioses oscuros?

Los humanos no nos temen. Ellos creen que sólo es arte y el arte no daña. Pero también es artístico una tela de araña tejida con paciencia para atrapar pequeñas y vistosas mariposas. Ellos son nuestras mariposas. Me alimentaré de cada una de ellas como si fuera una viuda negra. Arrancaré sus poemas, como si fueran alas, y de sus almas los secretos más dolorosos. Usaré sus creencias, sus miedos, las esas virtudes y la belleza vacía de sus ojos para que me crean y adoren. Quiero que me adoren como tú no me has adorado. Deseo ser amado, aunque ya desprecio todo lo que simboliza ese patético sentimiento de vanagloria y poder.

¡Y el infierno se hará real porque caminamos por sus calles! ¡París es el infierno y yo soy su demonio! ¡El mundo yace en la mentira y se revuelca en el drama de la hipocresía, la codicia y la ruindad! ¡Somos salvajes! ¡Somos bárbaros! ¡Somos mediocres! Y aún así, querido mío, nos creemos poderosos. Un día los dos nos miraremos a los ojos y nos odiaremos más que nunca, del mismo modo que terminaremos amándonos desconsoladamente. Correremos por las calles siendo quienes no fuimos, disfrutando de una lluvia que no moja y una pasión que no daña. Pero antes nos heriremos hasta drenar cada una de nuestras penas y rabias.



martes, 10 de junio de 2014

Tú y yo

Esta conversación se cita en el libro de La Reina de los Condenados, pero jamás se supo del todo su contenido. Aquí la tienen, para todos ustedes, pues se ha desvelado.

Lestat de Lioncourt 


Tenía frente a si un lienzo que era blanco como la nieve, el caballete estaba girado para sí desde hacía más de una hora. Se hallaba sentado en su humilde taburete, con tan sólo una túnica de algodón en color borgoña y sus sandalias. Tenía los hombros relajados, pero su rostro mostraba cierta inquietud. Su mirada desprendía una frialdad que no era cierta, pues él estaba imaginando la pintura que aún no había cobrado forma. Copiar a otros es fácil, hacer tu propia obra es lo difícil.

—Te veo a ti—dijo, tomó aire y se incorporó tomando la paleta de pinturas.

Marius tenía los métodos de Botticelli, del cual había aprendido casi todo, y el amor por él lo consumía. Había amado a un mortal que ya había quedado desaparecido, casi enterrado en el olvido para el resto del mundo.

—Así, perfecto—sus labios se arquearon en una leve sonrisa de satisfacción cuando sintió su mirada por encima del hombro.

—¿Qué es perfecto?—preguntó una conocida voz.

Recordó de inmediato el sonido del viento agitando las altas ramas, el calor del sol incidiendo sobre su rostro, el amargo sabor de las bayas y la desesperación. Entró en él un aroma a tierra removida con sus propios dedos, lágrimas que no podía consolar y el olor a hongos que trepaban por aquellos enormes troncos. Sí, recordó aquellas tierras de hombres altos, gigantescos robles y religión extraña. También recordó la magia de Constantinopla, el olor a fuego y las lágrimas de sangre.

—Mael...—musitó bajando el pincel para girarse.

Allí estaba aquel terco, vestido con ropa simple y en colores verdes en tono oscuro. Sus ojos eran algo más pequeños que los de Marius, pero muy expresivos. Tenía el cabello rubio, en un tono más claro que el suyo, y encajaban perfectamente en un rostro algo anguloso. No era tan viejo, pero para Marius reconocer que era un hombre joven, sabio y con voz autoritaria le molestaba. Solía recordarlo con arrugas, canas y un aspecto más descuidado.

—Vine a visitar al maestro de las pinturas. Nada más escuchar sobre el cuento de una academia de arte para muchachos, de un hombre rubio y alto con cierta pomposidad, supe que era momento de hacerte una visita—se tocó la punta de la nariz y luego cruzó sus brazos—. Lo convertirás.

—No, no lo sé—susurró mirando la pintura.

Era un ángel hermoso, como los que podías encontrar en las iglesias, con una mirada llena de melancolía y un cabello rojizo muy espeso. Sus tiernos labios parecían murmurar una oración, sus manos estaban cruzadas en forma de rezo y sus hombros suavemente encogidos. Poseía una expresión de divinidad preocupada por su ceño fruncido, pero el cuerpo no parecía tan encogido.

—Lo harás. Tarde o temprano lo harás—dijo tomando un taburete para sentarse a su lado.

—¿Y Avicus?—interrogó.

—Oh... no quiero hablar—respondió frunciendo sus cejas doradas, algo pobladas pero perfectas, mientras afianzaba su mirada en el cuadro.

—¿Quieres ver como lo termino?—sonrió para sí, deseando que aquel inútil conociera su arte para glorificarse.

—Bueno, al menos no es Venus con la cara de esa mujer—dijo girando su rostro hacia él con una sonrisa algo burlona.


Ambos se soportaban y se odiaban, se apreciaban y mataban. Siempre había sido así y entre ellos no estaba aquel hombre gigantesco, de ojos profundos y algo aniñados, que siempre regañaba a los dos como si fueran niños. No, no. ahora estaban ellos dos a solas, en el palazzo de su escuela y permitiendo que los viejos lazos se afianzaran. Por dentro ambos se apuñalaban, pero ambos darían todo por salvar la vida del prójimo. Eran dos idiotas que no querían admitir que se apreciaban.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt