Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 15 de junio de 2017

Rememorando y respirando arte.

Marius Romanus... en su pura esencia.

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo mi pasión temprana por el arte. Despertó en mí siendo un niño. Casi no tenía entendimiento, pero caminaba por las diversas salas de la enorme vivienda familiar. Contemplaba los frescos con ensimismamiento y también los hermosos mosaicos del suelo. Ocasionalmente me descalzaba para sentir la piedra suave pintada bajo mis pies.

Mi padre me observaba con detenimiento tras los numerosos entrenamientos con espadas. Mi hermano se ejercitaba con fiereza y determinación para ser igual que él. Por mi parte, yo era demasiado espigado y extraño. Incluso decían que tenía la mirada agreste de mi madre, la cual no llegué siquiera a conocer. No tuve esa fortuna. Los astros decidieron que nacería como un animal campestre que tiene que sobrevivir para poder alcanzar la mayoría de edad.

Recuerdo que no tuve demasiado cariño, pero sí apoyo incondicional. Aceptaron que no fuese un guerrero y me aferrara a la cultura. Aprendí a leer y escribir rápidamente y devoraba poesía, la cual consolaba un poco mi alma torturada. La pintura y la poesía, así como la música de las liras, me calmaban. Mi alma parecía curarse de todas las heridas, las cuales volvían nada más cantaba el gallo.

Cuando hube cumplido la edad adulta, al menos la que se determinaba por aquellos tiempos como adulta, conocí diversas mujeres y también múltiples hombres. Disfruté del placer del sexo y me dejé llevar en cada encuentro. Pero estaba vacío. Tan vacío como los vasos cuando los dejaba sobre la mesa, igual que las jarras de vino que pedía en las tabernas, y del mismo modo que los platos de carne asada que consumía asiduamente.

Había aprendido a luchar por supervivencia, igual que a disparar flechas con el arco. Muchos decían que era como el dios Apolo, pero yo no creía en dioses. Guardaba ese sentimiento al fondo, muy al fondo de mi alma, porque no quería alarmar a nadie. Éramos una sociedad crédula que se aferraba demasiado a los dioses para dar explicaciones. Incluso los filósofos creían en algunos, aunque sólo fueran por la imperiosa necesidad de no saberse solos. Pero yo siempre estuve solo. Supe lidiar con ese sentimiento.

Hace mucho tiempo que dejé de contemplar el arte con los ojos de un niño, pero jamás con ese ensimismamiento. Tal vez soy un vampiro y debería haber dejado hace tiempo de creer en la magia, pero cuando veo a un verdadero artista plasmar su alma en un lienzo, muro o cualquier pedazo de papel siento que está conmoviendo al dios menor que todos somos. Somos dioses propios, de nombres diversos y rostros extraños. Miramos el mundo como si nos perteneciera, pero sabemos bien que somos ajenos a este y podría sobrevivir sin nosotros. Nos encaminamos por las ciudades como si fuéramos gigantes, aunque tan sólo somos hormigas frente a los inmensos edificios que construimos para poder sentirnos aves.

Ayer caminaba con esas prendas bárbaras que tanto aprecian hombres como mujeres, esos malditos pantalones poco prácticos a mi parecer y una americana. Era ropa de lino, muy fresca, de color blanco con una camisa borgoña desabrochada en sus tres primeros botones. Mi cabello estaba suelto, algo salvaje debido a la brisa agradable y cercana del mar, y mis ojos brillaban como dos extraños luceros. Tenía el aspecto de un hombre de negocios en plenas vacaciones veraniegas, pues mis pies estaban cubiertos de unas sandalias elegantes, además de cómodas, que había adquirido hacía unas horas. Me apoyé en la barandilla del mirador cercano a la playa y contemplé sus aguas oscuras algo embravecidas. Recordé las leyendas de los monstruos marinos de las pequeñas piedrecitas de colores de la villa de mi padre, cerré los ojos y pude ver los hermosos frescos de historias cotidianas de las distintas habitaciones y sonreí sintiéndome en casa. El arte, se haya perdido o no, sigue transportándome a recuerdos demasiado idílicos. Poco o nada me importó que los hombres hoy no crean en dioses, que hayan derrocado incluso a sus sueños para ser prácticos, pues yo sigo alimentándome de poemas, canciones, pinturas y reflexiones.


Soy un vampiro extraño. Soy un extranjero en cualquier lugar. Incluso en Italia lo soy. No importa donde vaya. Ahora lo sé. Sin embargo, también soy parte del paisaje, de la verdad, de este mundo y del otro.  

jueves, 14 de julio de 2016

Recuerdos humanos

Recuerdos de cuando era humano ¿eh? Interesante. ¿Así de cabrito era mi "maestro"? Vaya...

Lestat de Lioncourt 


El verano era tan tórrido que me exasperaba. Lejos de la ciudad, perdido entre los viñedos y hectáreas de trigo y árboles frutales, podía escuchar con claridad el zumbido de los insectos y el pasar del tiempo acariciándome como un amante satisfecho. Había viajado hasta Carmo, en el sur de Hispania, desde Rome. No había sido la mejor decisión de mi vida, pero admito que era una aventura más para abultar mi agenda y recuerdos. Deseaba relatar para el Imperio la vida cotidiana de sus gentes, el comercio y la agricultura, así como explicar la travesía que había vivido tanto por mar como por tierra firme. Lejos quedaba mi padre con sus oscuros deseos de engrandecerse, hinchando su pecho con orgullo, por mi hermano mayor fruto de su matrimonio y su severa mirada hacia mí, el más pequeño, nacido de un romance con una esclava celta. Igual de lejos que parte de mi fortuna, destino y amores.

Las noches eran incómodas pese a estar hospedado en una buena villa de un pariente lejano de mi padre, el cual se asombró que yo fuese su hijo por mi aspecto y mente ágil. Supongo que los genes de mi madre influyen notablemente en ser más suspicaz y descreído que cualquier haragán metido a centurión, como era el caso de mi hermano Octavius. Las viandas eran deliciosas y el vino alegraba mis torpes gestos de agradecimiento.

Mis momentos favoritos era cuando llegaba a mi habitación tras horas conversando con mis familiares. Allí perdía la conciencia hasta el amanecer cuando uno de los esclavos entraba, con mi permiso, para pernoctar conmigo hasta bien entrado el medio día. Admito que su piel dorada y caliente embravecía mi corazón y mis modales.

El joven disfrutaba provocándome sentado sobre mi pelvis mientras balanceaba de forma erótica, casi hipnótica, su cuerpo. Sus redondos y duros glúteos rozaban mi sexo hasta despertarlo. Mis manos de dedos largos y palmas grandes, muy suaves porque jamás hice trabajo de labranza o armas, recorrían su rostro de rasgo ambiguos y sus brazos delgados. Él reía bajo como si fuera un sátiro imberbe de piel de seda y ojos verdes de Medusa pérfida, porque cuando me miraba sentía como me convertía en piedra durante algunos segundos. Se maquillaba y perfumaba como una mujer cubierta de coquetería y ambiciones de conquistar los corazones de los hombres.

Los delicados perfumes que cubrían su piel laxa eran tan deliciosos como la figura que había bajo sus prendas. Solía recostarlo sobre el colchón para lamer sus ingles, morder sus pezones y besarlo con furia mientras arremetía contra su próstata completamente orgulloso de deshonrar su virtud. Sus gemidos se alzaban hasta el alto techo y rogaba sentir la siembra de mi simiente en sus áridas tierras.

Sus piernas eran largas y torneadas como las de una mujer pero entre estas, oculto a veces con cierto pudor, se hallaba una pequeña virilidad que solía saborear como si fuese una raíz con propiedades medicinales. Era delicioso ver como se retorcía jadeante con esa mirada verde embotada en placeres y lujuria.

La noche antes de partir hacia Pompaelo, en el norte de la región, me convertí en un monstruo frente a él. Esa noche no fui gentil con mi dulce hetaira masculina. No lo llamé. Decidí ausentarme de la cena con la excusa de no querer sentir el estómago pesado durante el largo viaje hasta la ciudad cercana, donde me quedaría a descansar unas horas, y lo esperé en el amplio pasillo que daba al jardín.

Él se acercó a mí como un ave que busca refugio en el nido. Atrapé su cuerpo llevándolo conmigo lejos de la vivienda. Guié sus pasos por los viñedos mientras le arrancaba la ropa y mordía su lóbulo derecho. Pronto soltó su largo cabello oscuro y ondulado que le cubría su estrecha cintura. Sus manos gentiles no tardaron en buscar entre mis prendas mi vigoroso miembro. Finalmente, en mitad del viñedo, se arrodilló ante mí y tomó entre sus labios mi glande. Su boca cubría todo mi sexo, tiraba de la piel del frenillo de mi prepucio, mordía mi glande por el surco superior y apretaba con rudeza cada vena que cubría todo mi pene. Con gula masajeaba mis testículos y ocasionalmente los succionaba para volver a su delicioso juego con el cuerpo de mi miembro. Incluso pude sentir algunos besos mientras sonreía mirándome perverso.

Pero toda la seducción finalizó cuando acabé apartándolo con una patada sacando mi látigo. Él me miró perdido y agitado antes de gemir de dolor ante el primer azote. Una lluvia de golpes cayeron sobre su torso hasta que hice que se girara. Sus hombros, omóplatos, costados, cintura y caderas quedaron marcados por mi apasionada muestra de dominio. Él acabó gimiendo de placer confundido ante aquel control del dolor. Pues tras varios azotes estimulaba su miembro o jugueteaba con su entrada.

Creo que fue allí cuando comprendí que no había manera más propicia para domesticar a las furcias que conquistaban mis corazones. Aquel esclavo de aspecto entre lo femenino y lo masculino derrumbó cualquier ápice de bondad en mi alma. Desde entonces el sexo comenzó a ser tiránico y placentero a la par. Él no tenía más de quince años y yo ya estaba entrado en los treinta. La diferencia quizás es asombrada y deleznable en esta época, pero debo señalar que en la mía era habitual tener incluso matrimonios con mujeres más jóvenes. Él me ofrecía sus carnes como si venerara a una nueva deidad.

Entre los racimos de uvas él sintió como mi miembro lo desgarraba, y mis manos se convertían en garras tirando de sus mechones igual que si fueran riendas, entretanto mi cuerpo quedaba arqueado como si montara a una yegua.

—Si fueras mujer—le dije cuando lo arrojé al suelo después de ofrecerle mi cálido regalo— serías mi concubina y te obligaría a yacer conmigo todas las noches—confesé logrando que riera bajo borracho de sensaciones.


Pensé en buscarlo tras convertirme en un monstruo sediento de sangre, ¿pero qué iba a lograr? Sólo un esclavo desesperado por ser tocado de una forma que ya no podía ofrecerle. Preferí retenerlo en mis oscuros recuerdos hasta prácticamente borrarlo.  

lunes, 18 de mayo de 2015

Choque de titanes.

Mael y Marius: primer encuentro. Choque de titanes. 

Vaya dos... ¿Y yo soy el testarudo? 

Lestat de Lioncourt


—¡Tienes que sacarme de aquí!—dijo exaltado.

—¿Por qué no te detienes a escuchar lo que debo explicarte? Hay cosas que desconoces...—respondí colocando un mechón de mis largos cabellos, algo más claros que los suyos, tras mi oreja derecha. Teníamos una edad similar, una estatura parecida y una sed de conocimientos que podía apreciarse en cada una de nuestras acciones cotidianas. Quería conocer y yo le proponía apreciar una vida distinta, una cultura que estaban en su sangre y una oportunidad única de hacer algo por el pueblo de su madre. Sin embargo, él sólo se pavoneaba de sus raíces celtas para hablar de la belleza de sus rasgos. Él no sabía nada de nuestro pueblo “bárbaro” y al parecer no estaba dispuesto a escuchar mis palabras—. Te aconsejo que me escuches. Será lo mejor. Si me escuchas, tal y como yo lo haré contigo, ambos ganaremos.

—¿Escucharte a ti? ¿A un salvaje? ¡Un demonio de los bosques! ¡Eso eres! ¡Un animal tan salvaje como los lobos!—gritó atado con aquellas firmes sogas alrededor de sus muñecas y tobillos.

—Ambos somos similares—respondí colocando mi mano derecha sobre el corazón—. Tenemos un corazón fuerte y una mente que aprecia el conocimiento.

—¿Conocimiento? ¡Prácticamente gruñes mi idioma!—dijo exasperado.

—Al menos me comunico en tu idioma y no pido que aprendas el mío—susurré con una ligera sonrisa, lo cual provocó que guardara silencio durante unos instantes—. Quiero que aprendas la verdad sobre mi pueblo.

—Tu pueblo desaparecerá. Los romanos os aplastaremos. Seréis sólo piedras y viejas patrañas en la historia. ¡Sois bárbaros! ¡Mira tan sólo las prendas que usas! ¡Bárbaro!

—¿Y qué quieres que use para montar? ¿Quieres que lleve esas cortas faldas de cuero y me crea doncella cabalgando al viento?—murmuré con sorna.

—¡Maldito! ¡No te burles de la legión! ¡La legión nos ha dado años de gloria!

—Y sufrimiento para mi pueblo—respondí—. Roma no tiene cultura propia. Roma toma lo mejor de cada cultura y lo deforma para su propio beneficio. Te traigo la verdad de mi pueblo, las raíces profundas de la naturaleza y la bondad intrínseca de un Dios que se muere—susurré sentándome a su lado.

—Los dioses no existen—dijo.

—Nuestro Dios no es una estatuilla. Nuestro Dios habla y se mueve como nosotros, pero sólo durante la noche. Nuestro Dios puede ver tu alma con tan sólo mirarte a los ojos. Él te eligió a ti porque eras sabio entre los sabios. Decidió que serías el apropiado para escuchar su historia y ser su sustituto—dije colocando mi mano izquierda sobre uno de sus hombros—. El amor del Dios del Árbol te complacerá y convertirá en un nuevo ser.

—Trucos baratos. Eso intentas—respondió alejándose—. ¡No me convencerás!

—Hombre de poca fe... cuando lo veas con tus ojos comprenderás, aceptarás y dejarás que la verdad que yace en tu interior, esa que niegas, florezca como el valle en primavera—susurré antes de incorporarme y marcharme de allí.


Esa fue nuestra primera conversación. La primera de muchas.  

jueves, 1 de enero de 2015

Dolor en el alma

Armand siguió mi consejo de leer al genio Shakespeare, sin embargo no logró comprender del todo al ser humano. Sólo quedó vacío.

Lestat de Lioncourt


Los años pasan y pueden llegar a ser cadenas que te anclan a la tierra a la que te aferras. La sangre que brota de tus víctimas es el único vínculo que encuentras con el mundo. Las obras de Shakespeare, tan llenas de muerte y seductores amores bohemios, te adentra en un éxtasis de venganza y sueños tan terribles que acaban siendo la lápida con la que sueñas. Quiero comprender al ser humano, pues en ocasiones me siento despojado de los pocos sentimientos bondadosos que pueden encontrarse en mi alma. Poco a poco me han herido, arrancado las plumas lentamente, mientras caía en una debacle.

Recuerdo la oscuridad penetrando en mis ojos pardos, olvidando los candelabros que iluminaban el estudio de pinturas de mil tonalidades, mientras mis manos palpaban los cráneos de cuencas vacías, desprovistos de rasgos carnosos y seductores, de las catacumbas. Me convertí en un siniestro ser que llevaba túnicas oscuras tan raídas como sucias. Mis largos dedos se hundían en la tierra, del mismo modo que palpaban los libros sagrados de la orden de la Secta de la Serpiente.

Extraño sus manos sobre mis hombros, tan pesadas y horribles, que me apresaban como garras. Sus dedos apretaban mis frágiles huesos, sus labios se posaban sobre mi nuca y sus palabras eran candentes aunque terribles. Pronunciaba mi nombre como un salmo y me repetía que todo lo hacía para fortalecer mi corazón. Corazón que terminó siendo piedra. Si bien, podía sentir su amor, su necesidad de ser escuchado y su fuerza. Reconozco que durante muchos años quise ser como él. Deseaba creer firmemente que aquello que hacía era lo correcto, como él creía y como todos parecían creer. Santino se convirtió en mi luz en las tinieblas. No obstante, él se marchó.

Me sentí desterrado. Alejado del cielo y el infierno. Caminé entre las ascuas de la soledad. Mi dolor no importaba. Nada importaba. Sin embargo, hoy siento que fue necesario sufrir para salvarme. Pero, ¿me salvé? ¿Logré salvarme? Quizás no merecía salvarme porque aún me siento arrojado a un terrible vacío.


París, 1880

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ataduras y latigazos para el alma.

Creo que nunca entenderé bien a estos dos ¿se odian o se mana? ¿Sólo se tienen ganas? Marius y Armand...

Lestat de Lioncourt 


He librado mil batallas conmigo mismo y en todas ellas he perdido, dejando mi mundo en ruinas y miles de lágrimas derramadas en mis mejillas. He intentado saciar el dolor que devora mi alma, pero es un monstruo demasiado sediento. Mi alma sigue quebrada al igual que mis alas, está llena de heridas que el tiempo no cerró ni cerrará, y mis ojos ilusos se han convertido en un oscuro pozo de amargura que ahogan a mis enemigos. Cuando veo mi reflejo me provoco temor. Sólo quería que me él terminara encontrándome, pues hace tiempo que me perdí. La furia anida en mi corazón impulsándome a ser cruel, destrozando a otros hasta convertirlos en cenizas, mientras avanza el deseo más terrible que pueda el mundo conocer. Soy el ángel de la oscuridad, el Peter Pan de una Isla llena de veneno y espinas.

Por eso lo busqué, como quien busca la solución a todos los enigmas en las estrellas muertas. Me convertí de nuevo en estúpida luciérnaga enamorada de un candil. Estábamos en la misma ciudad, Roma, y no me importó buscarlo entre los callejones más antiguos y las plazas más hermosas. Lo hallé en el interior del mítico “Cafe della Pace” cuyas enredaderas parecían el musgo de una vieja y romántica torre de cuento de hadas. Dentro, en completa soledad, él merodeaba a los pocos mortales que aún permanecían degustando infusiones, cafés y unos porciones minúsculos de pastel.

Me arrastré hacia él con la mirada de un cordero y la pose de un ángel recién creado. Tomé asiento frente a sus atentos y frívolos ojos. Llevaba uno de esos exquisitos y caros trajes italianos hechos a medida. Los botones del chaleco eran maravillosos, casi fascinantes, porque poseían cierto encanto igual que los de la chaqueta. El conjunto era azul marino, pero la camisa era roja como la sangre. Sus cabellos dorados caían lánguidamente como una espesa cascada de seda. Las cejas mostraban una frente relajada, sin una sola arruga, y sus pobladas pestañas se cerraban ligeramente en cada pestañeo. Deseaba tocarlo para averiguar si era una visión, un sueño o simplemente capricho del destino. Su sonrisa bondadosa apareció regalándose a este condenado. Él volvía a ser el Maestro y yo el pupilo. Sus grandes manos, siempre ambiciosas y suaves, acariciaron mis mejillas. Fue él quien me tocó y no yo.

—Deseaba hablar contigo, Maestro—sus ojos centellearon cuando escuchó ese apelativo tan íntimo. Hacía tanto tiempo que no los escuchaba de mis labios que quizás le sobrevino algún recuerdo.

—Será un placer oír lo que tengas que decirme—dijo apartando sus manos de mi rostro, para colocarlas sobre la taza de café que aún humeaba.

—Desearía hacerlo en privado—expresé mi petición con cierta urgencia en mis palabras.

—Comprendo.

Con cierta distinción sacó la cartera y dejó un par de billetes sobre la mesa. Era suficiente para ese café. No precisaba más de unos tres euros, pero allí había dos billetes de cinco. Se incorporó acomodando la cartera en el bolsillo interior de su chaqueta, para luego tomar un gabán de cuero que yacía en el respaldo de la silla. Colocó mejor la corbata de seda negra, así como el alfiler que prendía de ésta, para luego enguatar sus manos dejando ocultas sus delgados y elegantes dedos.

Mi ropa era mucho menos clásica, pues opté por algo cómodo y sencillo. Tan sólo llevaba unas zapatillas de deporte blancas con dos rayas laterales celestes, unos jeans oscuros, camisa celeste, bufanda del mismo color y chaqueta de cuero negra con el interior forrado de lana. Parecía su hijo, como en aquellos mágicos tiempos que pasamos juntos, aunque yo me sentía un extraño a su lado.

Mientras caminábamos por la ciudad, sin que yo conociera el destino con certeza, él me rodeó los hombros con su brazo derecho. Ese gesto tan cómplice provocó que olvidara la oscuridad palpitante de mi corazón. Dejé caer mi cabeza contra su costado mientras recordaba las noches de fastuosas celebraciones, con alegres conversaciones bañadas con vino y buena comida, que una vez disfruté en su compañía. Los rostros de mis antiguos compañeros vinieron a mi mente, con sus caras redondas y ojos brillantes. Todos parecían ser ángeles rodeándonos a ambos. Yo me convertí en un traidor y sólo lo hice por salvarme, condenando así mi alma inmortal.

Cruzamos varias plazas, dejando atrás destacados monumentos y emblemáticas construcciones. Seguía sin comprender hacia donde nos dirigíamos, pero en cierto momento me rodeó y nos alzamos por los cielos. Pude sentir sus guantes de cuero rozando sinuante mi nuca, hundiéndose entre mis espesos cabellos pelirrojos, y permitiendo que jadeara pensando que un largo y terrible beso se avecinaba. Sin embargo, sólo me estrechó hacia él con fuerza, como si quisiera fundirse conmigo. Me abracé a él ocultando mi rostro en su torso. Temía caerme por la velocidad que alcanzó nada más sentirse libre de cualquier mirada indiscreta. Al abrir los ojos y sentir el suelo bajo mis pies, de forma firme y segura, vi la vieja ciudad de Venecia. Allí donde todo empezó. Estábamos frente a uno de sus destacados palacios venecianos.

El portón, pesado y tallado con hermosos motivos renacentistas, se abrió sin necesidad de llamar al servicio. Sentía que Baco me miraba con lástima y las enredaderas del marco, tan hermosas, sollozaban por la condena que estaba a punto de aceptar. En su interior todo parecía estar igual que la última vez. Los viejos frescos cubrían gran parte del salón, aunque varios muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Era una casa vacía. Nadie podría oírnos entre sus altos y gruesos muros, frescas estancias y maravillosos objetos ocultos al ojo humano.

Las escaleras de mármol parecían descuidadas, pues el polvo se acumulaba en la barandilla de madera y algunas telarañas, aunque aún diminutas, comenzaban a formarse entre los escalones. Las ventanas permanecían cerradas y las cortinas echadas. La gran alfombra que cubría el hall estaba ligeramente descolorida, aunque seguía igual de hermosa. Las flores de la alfombra aún tenían vida propia aunque la lámpara que colgaba elegantemente del techo, como si fuera una araña de un resistente hilo, no estuviese encendida.

—Acompáñame—ordenó con un tono quedo.

Sabía que me conduciría hacia una de las habitaciones inferiores. No había estado por esos fríos y húmedos pasillos desde hacía varios años. La vivienda no estaba habitada. Él ni siquiera había pedido que la mantuvieran aseada. Pero sabía que seguía usando esos pasillos estrechos, laberínticos y oscuros para sus perversiones. Cierta rabia se apoderó de mí, pero me controlé. Mis celos eran estúpidos, baratos y sencillamente no me harían disfrutar de sus caricias como correspondía.

Me guió por varios pasillos, nos movíamos como las viejas ratas de Santino, y al llegar a una puerta, más parecida al de una celda que al de una estancia confortable, él se detuvo. Ni siquiera había escuchado los motivos por los cuales le había buscado. Sólo había ido allí, junto a mí, esperando que me ofreciera como una virgen en sacrificio.

—Hablaremos después—dijo.

Sus manos enguatadas se desnudaron, para posarse sobre el cierre de mi chaqueta. Mi ropa comenzó a caer a mis pies. No opuse resistencia ya que él me besaba y anulaba cualquier instinto. Sus labios eran pura seda derramándose contra los míos, oprimiendo con fuerza mi boca mientras hundía su lengua. Un par de lágrimas se desplazaron por ambas mejillas, llegando a rozar mi mentón y correr por mi garganta.

Cerré los ojos mientras lo besaba y permanecí de ese modo cuando aquel delicioso momento finalizó. Él se giró abriendo la puerta. Era pesada, de plomo, y tras ella se hallaba un palacio de perversión y belleza. Una ráfaga de aire encendió cada una de las velas, ya fueran las que yacían en el suelo o en candelabros. Me tomó de la mano y tiró de mí, provocando que contemplara fascinado cada rincón.

Las baldosas de ese lugar eran de oro, la cama gigantesca cama que yacía en el centro tenía sábanas de seda roja, los almohadones poseían unos encantadores bordados de hilo de oro y allá donde miraba había objetos con los cuales torturaba a las víctimas de sus juegos. Existían varios diván, también forrados en rojo y de madera pintada con pan de oro, y un par de mesas con látigos y fustas diseminados sobre la elegante superficie. Oro, mármol, madera noble y seda. No existían ventanas, pero había varias cortinas que cubrían los muros de la estancia. No eran muros desnudos, sino que poseían fabulosas visiones del paraíso y el infierno. Dios se asomaba con la belleza y el poder necesaria, señalando a los impuros, mientras que el Demonio sonreía fascinado por la sodomía y los lujuriosos actos humanos. Parecía la cúpula de una iglesia extraña. Los frescos tenían un aire renacentista puro.

La puerta se cerró.

Se marchó hacia una de las mesas, hurgando entre sus cajones, para luego aproximarse hasta donde yo me encontraba. Llevaba un anillo de cuero similar a una soga, el cual reconocí de inmediato. No dudó en colocarlo en mi sexo abarcando mi pene y testículos.

—Maestro...—dije esperando alguna reacción de su parte. Deseaba ver nuevamente esa sonrisa, pero lo que tuve fue un bofetón.

Me obligó a quedar de rodillas tirando de mi pelo, zarandeándome como si no mereciera su amor, para luego apartarse. Sus pasos sobre aquella fría superficie de placas de oro, tan perfectas como grotescas, sonaron firmes. Sin embargo, se detuvo en uno de los diván que allí se encontraba. Sin mostrar cambio alguno en él sacó su miembro de entre sus prendas y me mandó llamar.

Esta vez no cometería fallos. No pronuncié palabra alguna. Me arrastré por el suelo hasta quedar entre sus piernas. El tomó su miembro desde la base y aproximó su glande a mi boca, pero no me penetró. Rozó mis pómulos, carnosos labios y mentón.

—Tengo algo más para ti—su tono de voz era severo, muy varonil. Siempre me había parecido un encantador de serpientes, pues podía manejar sus palabras de forma tan sutil que acababas siendo su esclavo. Mi alma y mi cuerpo le pertenecían cuando sus cuerdas vocales vibraban. Aún soñaba con sus hermosas canciones y poemas, los cuales se perdieron en el tiempo para no volver.

En la mesa no sólo había tomado esa pequeña cuerda, sino que en su bolsillo derecho había ocultado algo más. Era un bozal para abrir mi boca. El aro metálico entró en contacto con mis labios y mis dientes, quedando tras estos, mientras que la correa de cuero rodeó mi cabeza y se adaptó al tamaño de la misma gracias al cierre similar al de una correa. Con delicadeza se desanudó la corbata, la deslizó de entre el cuello de su camisa y la colocó sobre mis ojos. Sus dedos eran hábiles y sutiles.

Pude escuchar como se movía sobre el diván, posiblemente hacia la mesa auxiliar adjunta. Era una mesilla dorada, muy elegante y simple, que poseía un par de bandejas ligeramente despejada de objetos. Sólo había unas sogas rojas, posiblemente tejidas por nuestra amada y desaparecida Maharet, un par de consoladores anales cónicos con el cuello final más estrecho, para que así no pudiesen salirse con facilidad, y que terminaban en cola de animal, así como varias plumas de pavo real y apliques para los pezones.

Mis manos pronto se vieron atadas, con mis brazos a la espalda, y mi entrada, aún estrecha, acabó aceptando de buen agrado uno de los consoladores. Mis pezones sintieron la presión de las pinzas, pero antes él los pellizcó hasta la saciedad. Me dolían. Sin embargo, era un dolor tan placentero que no dudaba en gemir ahogado, porque a penas podía hacerlo con el bozal.

—Mi amor es tortura, Amadeo—pronunció ese nombre que yo ya había olvidado, provocando que un resorte en mí se activara.

De inmediato me tomó de la nuca y me penetró la boca. Él se había incorporado del diván y movía sus caderas enloquecido. Podía notar el cierre del pantalón golpeando mi nariz. Se movía brusco, profundamente y sin consideración. Mi lengua se enroscaba contra su piel sensible, agarrado como podía su miembro. Sus testículos golpeaban rítmicamente mi mentón creando cierta percusión, como si alguien tocase la puerta del infierno. Sus jadeos se expandían por toda la sala, del mismo modo que la luz de las velas. Yo no podía ver su expresión, pero la imaginaba. Sabía que sus ojos fríos eran aún más demandantes y que el placer le sucumbía.

Acabé arrojado al suelo de un bofetón. Mi mejilla ardía cuando logré acariciarla, pero sabía que no sería el último golpe. Se acercó a mí asechando. Escuché la ropa caer cerca de mí, para luego sentir sus dedos recorriendo mi cuerpo. Podía notar las yemas de estos jugando con cada trozo de mi joven musculatura.

Decidió cambiar de bozal. Acabé con el típico de una bola que me evitaba hablar, morder o gemir. Me sentía anulado, pero no desafortunado. Sabía que era un juego terrible a la vida de cualquiera. Los ojos comunes se escandalizarían por el trato, pero yo estaba deseando sentir la fusta y el látigo. De hecho, después de saborear y merodear mi figura, pude sentir el primer latigazo.

Escuchaba con atención cada movimiento de este cortando el aire, la exclamación de placer que brotaba de sus labios, el ligero temblor de mis carnes por el impacto y la sangre salpicando el suelo. Todo era magia. Una magia perversa que me alejaba de cualquier dolor encerrándome en una torre de placer, satisfacción y lujuria. Cada latigazo me hacía arquear la espalda logrando que mi alma se retorciera de placer.

De una patada me giró logrando que mis cabellos, que comenzaban a pegarse por la sangre y el sudor sanguinolento, cayeran desparramados sobre el suelo. Mi torso quedó frente a él, mis piernas estaban arqueadas y mi miembro palpitaba sin poder llegar al brutal orgasmo que él me estaba provocando. Sin mediar palabra me lanzó la cera de varias velas cercanas, no sin antes ofrecerteme nuevos azotes. El látigo se hundía en mis carnes duras. Era una estatua de mármol lacerada y ajada por el tiempo, o al menos eso parecía. Mi piel nívea estaba salpicada por el sudor, los surcos de los latigazos y las gotas que se expandían de las heridas antes de comenzar a cicatrizarse.

Cuando los latigazos acabaron vinieron las mordidas. Una de ellas provocó que perdiera parte de la carne de mi muslo derecho. Después, con toda su fuerza bruta, me agarró de las caderas, sacó el juguete y me penetró. Sin embargo, descubrí entonces algo que me escandalizó y a la vez me hizo morir de placer. Llevaba puesto un cinturón especial que le aportaba un segundo miembro. Él me estaba regalando una doble penetración. Mi cuerpo entero tembló estallando en una brutal ola de deseo. Si bien no podía gritar, ver o arañar. Sólo podía sentir. Lloraba empapando su corbata, mis cabellos largos, como los de un ángel, rozaban mi torso y rostro completamente empapados y mis caderas, con los huesos fracturados por culpa de su brutal agarre, se movían a duras penas mientras él me taladraba sin peso en su conciencia.

En cierto momento se compadeció y me quitó la mordaza, así como de la venda improvisada que cubría mis ojos, logrando que mis gemidos agudos, casi como los de una mujer, cantaran su nombre repetidas veces. Mis ojos se aferraron a los suyos. Eran fascinantes. Poseía la mirada Diablo, pues hechizaba con su poder. Me sentía en medio de un jardín paradisíaco donde Dios era el más retorcido de sus hijos y el pecado era virtud.

Acabó incorporándome, tomándome del pelo con fuerza, para dejarme nuevamente arrodillado. Se liberó del cinturón y se masturbó frente a mí. Un chorro cálido de esperma bañó mi rostro cayendo parcialmente en mi boca abierta, como si fuese un delicioso manjar, mientras le miraba completamente subyugado.

—Libérame—balbuceé.

Él se inclinó lamiendo parte de su esperma y me lo ofreció. De ese modo calló mis súplicas mientras desataba mis manos. No tardé en rodear su cuello con mis manos, hundiendo mis uñas en su espalda ancha y dura. Sus dedos, largos y ligeramente fríos, desataron mi pene y me ayudó a llegar a una poderosa eyaculación. El suelo quedó salpicado, igual que mi vientre y el suyo. Ambos de rodillas, uno frente al otro, besándonos como dos amantes entregados me hizo olvidar todos los reproches, el rencor y la soledad que seguía anidando en mi corazón. El mismo dolor que perforaba mi alma.

—¿Me amas?—logré decir exhausto. Mi cuerpo parecía el de un muchacho débil, casi enfermizo, que era incapaz de mover con coordinación sus miembros. Caí sobre su torso, mucho más ancho y musculoso que el mío, notando ese dulzón aroma que siempre poseía gracias a sus perfumes y esencias.

—Podría decirse que sí—dijo arrancándome parte de mi corazón. Sus palabras crueles volvían como si el látigo aún siguiera sonando—, pues por algo acepto tu compañía e imploro tu perdón en cada encuentro. Mis celos son terribles, Amadeo—volvió a llamarme como cuando era sólo un niño en sus brazos. Sus labios se posaron sobre los míos y un beso fiero me hizo perderme otra vez.


Sí, me amaba. A su modo me amaba.  

sábado, 29 de noviembre de 2014

Las almas

Marius y Pandora, Pandora y Marius... cuando se pelean el mundo tiembla. 

Lestat de Lioncourt 


Las almas

Dios nos dividió. Cuando creó nuestras almas nos dividió. Eso dice el mito. Mito que nos bañó y castigó desde el inicio de nuestra cultura. Recuerdo las viejas leyendas que mi padre contaba mientras el vino se regaba en su copa de oro, alzándola con su mano enjoyada de senador romano. Mi hermano parecía interesado sólo en las batallas, las leyendas más belicosas y sangrientas eran para él una dicha asombrosa, pero para mí eran las historias más insulsas. Me dedicaba a escuchar con atención las palabras sobre poesía, filosofía y leyendas que involucraban al hombre, la envidia infinita de los dioses y la naturaleza. Quizás porque los genes de mi madre, pese a los arduos esfuerzos de mi padre, flotaban en cada célula de mi cuerpo.

Era joven cuando escuché por primera vez el mito de los hombres divididos, condenados a buscar su otra mitad por este mundo lleno de oscuridad, miseria, depravación y dolor. A tientas, como los ciegos, buscamos en cada calle el camino que nos lleve al hogar que perdimos. Igual que un mendigo rogamos por unas caricias sinceras, un abrazo sin culpa y un amor que perdure. No comprendí del todo lo que me contaba mi padre, con la boca llena de asado. Sus ojos pequeños y oscuros me hacían un leve guiño. Él quería que fuese un joven romano, no el celta que destacaba entre los jóvenes de la villa.

Me aferré a la cultura como un lactante al pecho de su madre. No quería ser el celta, sino el romano. Temía ser señalado por todos, pero a la vez quería que sintieran fascinación por mis rasgos. Mi cabello color trigo, tan grueso como espeso, cayendo sobre la túnica blanca y mi capa roja. Mis robustos brazos que tan sólo servían para redactar hechos y costumbres, escritos sobre Roma y su poder, no podían ocultarse del mismo modo que jamás pude dejar de mirar a todos con cierta sospecha. Tenía unos formidables ojos azules, los cuales eran para todos gemas de otras tierras, que miraban con suspicacia y no con parda estupidez sin criterio como el perro servil de Roma que era mi hermano. Me sentía orgulloso que él fuese un legionario, pero a la vez me avergonzaba lo simple que podía ser su cerebro.

Cuando la conocí a ella supe que era distinta. Caí enamorado de su inteligencia y suspicacia. Era tan sólo una niña, pero en esos tiempos era habitual desposarse con una mujer mucho más joven. Tenía la edad apropiada para comprometerme y el nivel adecuada para pedir su mano. Pero su padre, protector y testarudo, vio en mí un culpable y un engendro de otras tierras. No era semilla romana, así que no era lo suficientemente bueno para su hija. Rogué en varias ocasiones su mano. Una de ellas cuando tenía quince años, la edad apropiada para mujer. La deseaba y ella parecía desearme.

Comprendí entonces el amor, el dolor de éste en tu pecho y el saber que ella es tu gemela. A su lado me sentía dichoso. Mi hermosa Lydia era para mí el castigo divino que nunca creí tener. No creía en dioses, mitos y leyendas, pero comprendí que sí se podía sentir una unión fuerte entre dos seres. El tiempo me dio la razón. Siendo un ser inmortal, un monstruo, me aproximé a ella cuando aún era joven. Su hermano la había humillado, como sus anteriores esposos, al no poder concebir un hijo. Yo no necesitaba un hijo para amarla. Su vientre estéril era para mí campo sagrado; sus labios duros, cuando hablaba del mundo, parecían delicados; y su piel, su hermosa piel, estaba hecha para ser adorada como si fuese una diosa. La amaba. Sabía que la amaba.

Me uní a ella. Juntamos nuestras almas. Sin embargo, como si fuese una profecía de un viejo dios, implacable y cruel, nos vimos divididos caminando en direcciones opuestas. Pero ella, mi Lydia, sigue rondando el mundo y yo buscando el acogedor lugar que hallo tan sólo en sus brazos.


martes, 18 de noviembre de 2014

Mi amada Petronia

Arion dejó algo para Petronia. Creo que hacía mucho que no lo hacía. En fin, aquí está. 

Lestat de Lioncourt



Hemos existido milenios. Las vidas de cientos han desfilado como pequeñas hormigas frente a nosotros. He contemplado la vida ante mis ojos oscuros, pero los suyos también. Un derroche eléctrico de sueños, virtudes, desafíos, tinieblas, sangre, sudor, dolor y miseria. No hemos tenido misericordia cuando hemos deseado la sangre, aunque siempre han sido villanos retorcidos sin destino fijo en este mundo. Se han cavado miles de tumbas mientras sus espíritus al final eran libres. Ahora, cuando ya somos tan viejos como las ruinas del mundo, hemos sabido concentrar nuestra ansiedad y nuestra eterna vida en pequeños sorbos. No despreciamos la muerte, pero ya no somos parte de su proceso.

Cuando la encontré estaba desecha en pesadillas. No quedaba mucho de la mujer que alguna vez fue. Criada como un monstruo, con las tinieblas alrededor y la suciedad en su piel pegada. Mató a cientos para sobrevivir en un circo romano lleno de bestias, pero no la arena sino en los palcos. Tan hermosa, con los ojos enormes y amargos, decidí protegerla.

En estos momentos la veo firme, con un rostro frío y unos ojos apasionados. Me mira desde el balcón, apoyada ligeramente en la barandilla, mientras el aire de Nápoles acaricia sus largos cabellos negros. Parece un hombre, en ocasiones aparenta ser lo que realmente es. Camina entre la verdad y la mentira, la furia desmedida y el amor compasivo. Es un ángel. Los ángeles no tienen sexo, ¿no es así? Eso debería ser ella. Convertí a un ángel en un vampiro. Sí, eso hice.

Ella crea camafeos para recordar su oficio, engrandecerse con esas hermosas obras de arte y conseguir venderlas en el mundo entero. Se fascina ante la belleza de los materiales y saca de ellos auténticas tragedias griegas. He podido ver incluso salmos de la Biblia representados con gran precisión, pero lo que más ama son las viejas historias y leyendas que nos rodeaban. Grecia y Roma se rindieron a su ingenio. Yo, como cualquier hombre, también lo hice. Fue tachada de monstruo, pero finalmente el monstruo conquistó todos los corazones debido a la belleza de sus obras.

—Petronia, ¿qué ocurre?—he dicho guardando el tablero de ajedrez.

—Nada que no pueda solucionar creando una nueva obra. Esta vez será una de mis pesadillas...

Un volcán. Sé que es un volcán. Desde aquel fatídico agosto los volcanes son sus pesadillas. La lava consumiendo todo. El dolor generándose como si fuera un oasis terrible. El infierno desbordando Pompeya y llevándosela lejos de la realidad para convertirla en mito.


Ella es Petronia. Ella es mi hija, mi amante, mi amiga, mi compañera y también el ser más cautivador que conozco. No puedo atarla, pues es libre, pero sí abrazarla a pesar que lo evite.  

sábado, 2 de agosto de 2014

Maestro...

Estas son unas viejas memorias de Santino y Armand, narradas por Santino. Aquí se muestra una faceta distinta, muy similar a la que pudo describir Armand en su libro, pero radicalmente contraria a la de Marius en Sangre y Oro. 

Lestat de Lioncourt

Maestro... 


Hacía varias noches que habíamos salido de Roma. Armand guardaba silencio tras aceptar su nuevo nombre y destino. Sus ojos parecían hundidos, sin alma aparente, mientras contemplaba el fuego que habíamos encendido para calentarnos. Algunos mechones ondulados caían sobre su frente, rozando sus finas cejas, mientras que otros rozaban sus mejillas enmarcando su rostro en aquella mata rojiza de ondas perfectas. Su boca, llena y delicada, esbozaba una sonrisa melancólica, algo falsa, mientras sus manos se frotaban frente a las llamas. La luz incidía sobre él dándole un aspecto aún más sobrenatural. Parecía un ángel entre nosotros y por eso lo había escogido, por su potencial y belleza. Armand sería mi discípulo y pronto el líder de cientos.

—¿Puedo sentarme?—pregunté señalando un extremo del tronco donde se hallaba sentado.

Estábamos cerca de una iglesia en plena construcción, aunque se había parado algunos años por falta de donativos. Cerca había una arboleda, un pequeño bosque frondoso y acogedor, donde habíamos decidido parar por unas horas. El cementerio no estaba lejos y allí podríamos refugiarnos, como de costumbre.

—Nadie lo impide—susurró encogiéndose sobre sí mismo, doblando los pliegues de la túnica negra que le había obsequiado—. ¿Quién soy yo para hacerlo?—dijo girando su rostro hacia mí, con aquellos ojos vacíos de sentimiento, y con una voz monocorde que me torturó con su eco.

—Armand, ¿ocurre algo?—Me interesé por él, como me hubiese interesado por otro en aquel lugar. Sin embargo, no todos me agradaban. Armand poseía una luz propia y un atractivo que suscitaba en todos algo de envidia. Deseaba rozar sus mejillas y hundir mis dedos en su carne aún blanda. Podía moldearse su alma, y crear a un guerrero perfecto para la causa.

—No, nada—respondió con una ligera sonrisa, para luego levantarse y echar a caminar hacia la construcción cercana.

Los demás compañeros se habían reunido entorno al fuego, otros aún se hallaban de camino porque se habían parado a conseguir alguna víctima y yo estaba allí, con mi rata en mi regazo mientras contemplaba como la leña se consumía y él se alejaba. Mis dedos se movían sobre su pelaje, mucho más limpio que el de cualquier otro animal, mientras movía graciosamente su hocico y pensaba en todo lo que podía haber dicho y no dije.

Me llevé la mano derecha a mi rostro, acariciando mi mentón áspero debido a mi incipiente barba, mientras mis ojos se desviaban ligeramente del fuego hasta el recorrido que habían tenido sus pasos. Algo en mí me pedía que le siguiera. Quería saber que había en su mente. Seguramente no había olvidado la muerte de Marius y aún me culpaba por ella, del mismo modo que culpaba a todos los que nos acompañaban. Pensé que podía escapar y decidí dejar a mi mascota atrás, así como el fuego y la compañía de los otros, para ir tras él.

Cuando lo rebasé me fije que observaba el campanario a medio hacer, con cada una de sus gruesas piedras mal acomodadas todavía y sus hermosas ventanas que pronto serían cubiertas por vidrieras de llamativos colores. Podía imaginar la iglesia alzándose con sus gárgolas, su pórtico, las columnas gruesas cargadas de detalles y las imágenes sagradas alzando la vista a los cielos.

—Pronto será una nueva iglesia, albergará la fe del pueblo que yace a pocos metros en la colina. Se oirán cánticos, alabanzas a Dios, ángeles y santos. Podrán verse corazones llenos de bondad y misericordia, como criminales con rostro de ángel y manos de asesino. Aquí se reunirá lo bueno y lo malo, se besarán en las mejillas y tomarán el cuerpo de Cristo—dijo con los ojos clavados en cada piedra, recorriendo el lugar con cuidado sin perder detalle—. ¿Y qué será de nosotros? Siempre recluidos en las sombras, sin ver la luz de Dios. Hablas de Dios, pero bendices al Diablo. Dices que somos el mecanismo por el cual Dios castiga gracias a su hijo más oscuro—se giró suavemente y me miró a los ojos—. ¿Cómo puedo amarte y perdonar todo lo que has hecho? Agradezco tus enseñanzas, pero Marius no era el monstruo que tú dices que era.

—Marius te hubiese llevado por el mal camino—expresé con voz tenue y cercana—. Te hubiese convertido en siervo de sus deseos. Sólo serías un títere de sus caprichos—puse mis manos sobre sus delicados hombros y esbocé una escueta sonrisa—. Toma la fe que te ofrezco y olvídate de él, pues si no lo haces tendré que...

—Tirarme al fuego—terminó mi frase mientras me miraba algo asustado, pues había visto morir a quienes él había amado en algún momento.

—Eres perfecto para la causa—dije tomando su rostro entre mis manos—, pues pareces un ángel y puedes atraer a más hermanos hacia la verdad—susurré acariciando sus mejillas, deslizando mis dedos por su cuello hasta el borde de la túnica—. Permite que ve el cuerpo de un ángel.

Deseaba ver desnudo al muchacho, acariciar su sedosa piel y clavar mis uñas en sus músculos poco formados. Era apetitoso. Tenía la gracia de una mujer, pero la virilidad de un hombre. Era astuto, algo inocente y asustadizo. Sin embargo, él se apartó y echó a caminar hacia el sendero.

—No—respondió aturdido—. No...

Decidí ir tras él para detenerlo agarrándolo bruscamente de los brazos. Giré su cuerpo e hice que me mirara. Sus ojos se habían cubierto de miedo e ira. Tenía una expresión parecida a la de un ángel desesperado por salvar sus alas. Por mi parte tenía el ceño fruncido y mis ojos oscuros clavados en los suyos. Mi boca buscó la suya y le arrebaté un beso, acariciando su lengua y blanda, caliente, suave y húmeda. Sus manos golpearon mi pecho, intentando alejarme, pero las mías eran más rápidas.

Con la izquierda lo sujetaba su brazo derecho, aprisionándolo de tal modo que sentía cada uno de mis dedos, mientras que la diestra remangaba su túnica y se colaba entre sus suaves muslos. Rápidamente dejó de forcejear para rodearme con sus delicados y finos brazos. Sus pies quedaron de puntillas mientras que yo estaba ligeramente inclinado hacia su figura, la cual comenzó a retorcerse por las indecentes caricias que realizaba entre sus ingles. La respuesta a mis besos eran otros suyos con más hambre. Poseía un instinto pecaminoso que lo empujaba a buscar alimentarse del momento.

Se despegó de mí para mirarme como lo haría un animal peligroso, se deshizo de sus prendas con furia y se recostó entre el pasto. La hierba acariciaba su figura que temblaba, sus cabellos derramados parecían llamas provenientes del infierno y sus labios se abrían mostrando sus incisivos inmortales. Sus pequeñas y delicadas manos se pasaban por su vientre hacia sus muslos, mientras estos se abrían y mostraban el camino a recorrer.

—Ven a mí—rogó con la voz entrecortada—. Calma mi dolor con tu amor, aunque sea falso—susurró abriendo un poco más sus piernas.

Contemplaba a mi pupilo con un deseo imposible de contener. Su piel lechosa recubría una figura delicada, con cierta cintura marcada y con unos pezones duros de color rosado. La ligera mata de cabello rojizo de entre sus piernas, que coronaban con gracia su miembro, se veían suaves pese a todo. Era delgado, pero de pequeño tamaño. Parecía frágil y a punto de romperse, pero a la vez era un ángel que había caído de los cielos para pecar sin remedio.

Me incliné hacia él, arrodillándome, para observar sus ojos que parecían una puesta de sol tardía. Aquel color ámbar brillaba como si se derramara lava sobre sus largas y espesas pestañas. Un par de lágrimas bordearon sus mejillas y se perdieron entre sus cabellos y mentón. Su boca se veía aún más apetecible, pues tenía los labios enrojecidos por los besos y mostraba su mejor arma. Aquellos puntiagudos colmillos parecían querer rozar mi piel.

Coloqué mis manos sobre sus hombros, deslizándolas suavemente hasta su vientre y dejándolas en sus caderas. Tenía la piel más áspera y gruesa que la suya, además poseía un color algo dorado debido al sol que había tomado desde niño. Él era hijo de la nieve y el frío, de la soledad y la humildad, y había sido llevado a Constantinopla entre lamentos del bravío oleaje. Marius se lo llevó para envolverlo en sedas y perfumes, así como en el pecado más primigenio, y yo lo había rescatado para darle una misión más mística y peligrosa.

—Serás el hermoso ángel de la muerte, mi mejor guerrero—murmuré entusiasmado mientras me acomodaba entre sus piernas.

—Maestro...—murmuró por primera vez hundiendo sus pequeñas manos entre los pliegues de mi túnica, buscando así mi sexo para hallarlo despierto—. Hazme tuyo y muéstrame el camino hacia la ascensión en los cielos—sus palabras eran tan eróticas que logró que mis caderas se movieran. Sus manos tiraban de mi sexo desde la base hasta el glande, que era apretado por sus pulgares, mientras su boca se abría para emitir sensuales jadeos—. Castígame con el dolor manchado de placer.

—Armand—dije, con la voz completamente tomada, mientras apoyaba mis manos sobre el pasto.

—Santino, mi hermoso Santino. Tienes un cabello tan hermoso y una boca tan perfecta. Jamás he visto a un hombre tan viril como tú, ¿me harás sentir lo que es tener realmente a un hombre entre mis piernas? He tenido a muchos, pero pocos han satisfecho mis bajas pasiones—sus palabras me dejaron sin aliento y decidí pasar a la acción, sin meditarlo ni un segundo más.

Aparté sus manos para acomodar mi glande en su entrada. Ni siquiera había tenido la decencia de estimularlo, pero deseaba estar dentro de él tanto como él me necesitaba. Sus piernas me rodearon y sus brazos fueron a mi cuelo. Aquella mirada perversa, de demonio satisfecho, que poseía me hizo arder en los infiernos del deseo. Rápidamente le penetré. No pude contener a la bestia que había logrado desatar.

—Así, párteme—balbuceó echando la cabeza hacia atrás. Su largo cuello estaba a la vista, con alguno de sus mechones pegados por el sudor sanguinolento. Mis movimientos de cadera eran cada vez más elevados y los suyos, contrarios a los míos, eran una tortura. Busqué su boca para dominarla, pero fue la suya quien me dominó a mí. Al apartarse se echó a reír y me miró con suspicacia—. Ven conmigo, te mostraré los infiernos... pero satisface mis deseos. Por favor, no permitas que mi cuerpo no tenga tus atenciones, maestro.

El sonido de nuestros cuerpos, el jadeo y la hierva crujiendo acompañaba nuestras miradas que se decían todo en silencio. Incliné mi rostro sobre su pecho, mucho más pequeño y delicado que el mío, para recorrerlo con la lengua lamiendo ligeramente sus pezones. Mi boca permaneció el derecho, mis dientes se clavaron sin perforar la piel, mientras mi mano zurda se apartaba de la tierra, acariciaba sus caderas y acababa colocándose en éstas para empujar con mayor ritmo.

Serpenteaba bajo mi cuerpo, pues se retorcía de pies a cabeza. Sus gemidos torturaban mis sentidos, ya que prácticamente no era capaz de escuchar algo más que su voz alzándose como el coro de una iglesia. Tenía el rostro con las mejillas sonrosadas, la boca temblorosa y los párpados ligeramente echados. Me miraba con deseo y perversión, cosa que sabía que ocurriría y aún así me sorprendía hasta llegar a avergonzarme.

Podía sentir en todo momento sus pequeñas manos jugando con mis cabellos negros y rizados, hundían sus dedos entre ellos y tiraba con fuerza. Sus brazos me rodeaban con la misma presión que sus muslos. Cuando alcé mi rostro para verlo rápidamente me besó con furia. Tras varias estocadas más terminé llenándolo, cosa que provocó que pocos segundos después él también lo hiciera. Sus brazos y piernas cayeron al pasto, pero su cuerpo aún convulsionaba. Ambos habíamos sentido un agradable cosquilleo subir desde nuestros testículos al vientre, como un latigazo, que nos decía que debíamos acabar.

—Seré tu pupilo—dijo con la voz entrecortada—. Sí, lo seré.


Aquella noche, frente a la construcción de aquella iglesia en medio de un pueblo perdido cerca de Roma, supe que sabría dominar sus instintos con persuasión y cierta destreza a la hora del pecado más básico y placentero... el sexo. Sin embargo, no puedo decir que no lo amara. Siempre he amado a Armand. Me enamoré de él y por ello lo salvé. Tal vez fui estricto, pero aún era más estricto y retorcido Marius con sus latigazos.  

domingo, 23 de febrero de 2014

Enemigos a muerte

Enemigos a muerte son unas memorias donde Marius nos relata la verdad del encuentro con Santino. ¡Hay que ver como terminó todo! Increíble. 

Lestat de Lioncourt


El mundo ya no gira como antes. A mi parecer los años nos pasan una terrible factura que nos avisa que estamos convirtiéndonos en monstruos. Sí, somos horribles seres que se transforman aún más en lo que ya eran. La sangre y el paso del tiempo en un vampiro no lo convierte en otro, ni siquiera muestra una cara borrosa de uno mismo. El paso del tiempo, como ocurre con los humanos, saca a la luz lo que siempre hemos sido.

Desde joven, cuando era el hijo de un patricio romano y una esclava celta, supe que debía superarme por encima de las expectativas que mi padre había dispuesto sobre mí. Mi hermano era un fornido legionario educado para matar sin contemplaciones, agitar la espada y golpear el escudo del oponente sin seguir orden alguna que no fuese por la gloria de Roma. Por otro lado estaba yo. Siempre había amado los libros, la historia, la sabiduría de la filosofía y por supuesto negado cualquier dios que no fuese el propio hombre consiguiendo retos cada vez más increíbles.

Mi escasa fe en estos seres invisibles, tanto en la vieja como en la nueva religión que se alzaba desde Egipto, me hizo ser firme en mis fieros ideales de conocimiento. Una vez transformado en lo que aún soy a día de hoy, pues es irreversible como bien saben, decidí acaparar todo conocimiento que pudiese estar a mi alcance. El tiempo corría a mi favor y yo me dejaba llevar por la emoción de comprender una nueva pieza de este gigantes rompecabezas que es el mundo. Los misterios más insondables han ido convirtiéndose en pequeñas chinas en el camino o simple polvo.

Mi regreso a Roma, donde decidí instalarme, fue precipitado pero era necesario. Necesitaba instalarme en un lugar donde me encontrara seguro. Sin embargo empecé a escuchar sobre diversas sectas que comenzaban a manipular y obtener seguidores. Eran sectas que estaban basadas en el culto al maligno de la nueva fe. Se llamaban la Secta de la Serpiente. Pandora ya no estaba conmigo y había decidido no regresar, lo cual fue muy duro para mí, y en esos momentos acepté la compañía de Avicus y Mael. Pero la historia que aquí narro es verídica, dejando atrás a mis compañeros y lo que ya he contado en otras ocasiones.

Desconozco el motivo por el cual he mentido en mis memorias, las cuales he recopilado yo mismo con ayuda de Thorne. Sé que no está bien engañar a los que ansiaban conocer la verdad de mis labios, pero en aquellos momentos sentía la imperiosa necesidad de ocultar un hecho transcendental en mi historia. Omitir no es mentir, aunque así lo siento en estos instantes.

Recuerdo aquella noche como si hubiese ocurrido hoy mismo, e incluso como si estuviese pasando en estos mismos momentos. A mi memoria viene el olor a vino en el aliento de los mortales que me rodeaban en aquella taberna, algo oscura y llena de ruido. Algunos soldados apostaban, las mujeres bailaban al ritmo de la pequeña lira y algunos tambores y yo me encontraba al fondo, con la espalda recostada contra el muro de la taberna y una mano sobre un vaso de barro que contenía un poco de vino que ni había tocado.

Entonces súbitamente sentí a un igual entrando en la taberna. Tenía un aspecto similar al Jesús que habían crucificado, pero algo más temible y oscuro. La sonrisa seductora que se dibujaba en su rostro era demasiado encantadora, y por lo tanto se veía falsa. Tenía barba, aunque mal recortada debido a un mal rasurado, sus ojos eran profundos de color café y sus cabellos largos y ondulados. Llevaba una túnica como la mía, si bien no era el color rojo lo que le cubría sino un siniestro color negro. Las sandalias que llevaba estaban algo rotas y sus manos se paseaban por la barra como si estuviera dibujando sobre ella palabras que yo debía descubrir. Me miraba descaradamente, haciéndose notar.

—Si deseas conocerme será mejor que te acerques. Yo no daré el primer paso—lancé con desdén a su mente mientras escuchaba como se carcajeaba.

—No he sido yo quien ha abierto la boca primero—su voz era profunda y parecía uno de esos ángeles que en ocasiones eran dibujados, por algunos fanáticos de la nueva religión, como seres poderosos y casi inaccesibles. Fuertes, hermosos y con una estatura considerable. Tal vez era la encarnación de ese dichoso arcángel Miguel del que siempre hablaban—. ¿Pretendes que vaya a un rincón tan oscuro?—preguntó mostrando una sonrisa que podría ser la de un santo mientras apoyaba el codo en la barra y dejaba caer sobre su palma su cabeza.

Juro que debí acercarme y arrancarle los intestinos de haber sabido que ocurriría siglos más tarde. Ese maldito infame me haría pasar el peor de los suplicios. Sin embargo reconozco que era atractivo y tenía un encanto amenazador que deseaba doblegar con mi látigo.

—¿Qué hay de malo? Al menos no tengo que soportar borrachos y bravucones a mi alrededor—dije acomodando mi túnica para apoyar mis manos sobre mis piernas muy cerca de mis rodillas.

Él decidió moverse con sus brazos caídos a ambos lados de su cuerpo. Tenía un aspecto decidido pero desenfadado y completamente inofensivo. Al sentarse frente a mí colocó los brazos sobre el borde de la mesa y me miró a los ojos. Tenía una mirada oscura y penetrante. Podía ver en él a un vampiro que era algo más joven que yo, pero no demasiado.

—Mi nombre es Santino—comentó mirando de reojo el vaso de vino.

—Marius—respondí sin mover ni un músculo.

—Sabía tu nombre y sé que llevas en Roma algún tiempo—tomó el vaso y se lo llevó a los labios, imitando un gesto simple como el que haría cualquier mortal y otorgándole una sensualidad impropia en un hombre. Sabía jugar sus cartas. Quería seducirme con oscuras estratagemas—. Has regresado a tu hogar patrio

—¿Cómo sabes eso?—dije arrebatando el vaso de sus manos ásperas, de dedos perfectos eso sí, para dejarlo en la mesa.

—Sé muchas cosas—susurró inclinándose hacia delante para luego ofrecerme una mirada terrible. Había algo sospechoso en él, pero parecía que sólo quisiera jugar.

—Es imposible que leyeras mi mente—pues la había mantenido cerrada sin bajar la guardia ni un instante.

—No me hizo falta—respondió repitiendo el gesto de la barra.

Levantó uno de sus brazos, los cuales eran formidables debido a su musculatura, y se apoyó en la mano abierta. El brazo izquierdo quedó extendido en la mesa hacia mí, con la palma de la mano hacia abajo y sus dedos suavemente encogidos.

—¿Qué deseas?—dije frunciendo el ceño mientras me tensaba.

—Hablar contigo—se incorporó tomando una pose tan masculina como sombría—. ¿A caso no te interesa conversar?

—¿Qué quieres de mí?—pregunté incrédulo. Era sospechoso que intentara aproximarse tanto a mí. Estaba seguro que quería algo más que una amena charla de taberna.

—Pasar unas horas a tu lado, comprenderte mejor y que me conozcas—había visto que conmigo la estrategia de seductor no funcionaba, así que simplemente había tomado un aire frío y calculador que me atrajo algo más. Sin embargo esa nube de misterio que no se disipaba, como si fuera una cortina pesada imposible de apartar, no me agradaba—. Después podemos hablar seriamente sobre algo especial que deseo proponerte.

—Dime ahora mismo tus pretensiones—lo exigía. No iba a ser amable con él en ningún momento.

—¡Qué aburrido!—se rió en mi cara intentando eludir la respuesta. Aquellas carcajadas se alzaban estruendosas por encima de la música y el ruido habitual en un local como aquel.

Los soldados discutían a sus espaldas, se peleaban por la mala suerte que estaban teniendo. Un joven entraba en el local acompañado de otro muchacho algo más bajo y enclenque, el cual parecía su hermano porque sus rostros eran similares en rasgos. Varias chicas conversaban mientras descansaban sus pies, pues estaban contratadas para danzar y servir las distintas bebidas.

—Hazlo—me incorporé dando un par de golpes en la mesa.

—¿No tienes sed? Yo sí—preguntó inmutable.

—No tengo porque cazar contigo—aquello era una conversación que no tenía rumbo fijo y tampoco interés alguno para mí.

—Oh Marius ¿los romanos sois así siempre?—esa frase le delató, pero también su aspecto rudo pero hermoso que podía provenir de las gentes de Hispania, aunque nada estaba claro.

—No eres de Roma—dije rápidamente para mí, aunque él lo escuchó a la perfección.

—Se podría decir que vengo de una parte de Roma, pero no soy de la ciudad; sin embargo llevo tanto tiempo aquí que puedo afirmar que es mi ciudad de origen—sus labios se movieron rítmicos mostrando sus colmillos. Ciertamente tenía sed y yo comenzaba a inquietarme.

La sed. Siempre la sed. Jamás nos libraríamos del todo de ella. Incluso en estas noches apacibles a veces siento la necesidad de beberla. Ya no es la sed en sí sino el placentero momento de tener en mis labios su sabor, el frenesí de un corazón a punto de desfallecer y el sutil aroma de la muerte que comienzan a desprender nuestras víctimas.

—Dime quién eres—me incliné hacia él y pude observar mejor sus rasgos. Estaba de pie, encorvado en la mesa y con la túnica rozando las corvas de mis rodillas.

—Santino.

—¡Quiero que me digas qué buscas!—bramé nuevamente lleno de cólera. Ese juego del gato y el ratón me estaba cansando.

—Tranquilo no busco nada en concreto.

Decidí sentarme nuevamente en la banca. Aquel individuo era ciertamente irritante y yo no podía apagar los conatos de ira que se propagaban por mi alma. Deseaba agarrarlo con fuerza, llevarlo a un rincón y acabar con él. Sin embargo el porte majestuoso de sus rasgos me parecían insufriblemente hermosos.

Acepté su invitación de caminar y buscas algunos borrachos que caían en las calles, como si fueran moscas que acaban de chocar contra un muro. Sus tácticas me recordaban a las de un avispado roedor, su rapidez a la de un felino y su comportamiento no distaba mucho del mío. En un callejón, a solas con dos moribundos, se aproximó a mí acariciando mi torso por encima de mi túnica, estiró su brazo y me rodeó con éste por encima de los hombros. Su mano derecha palpó mis labios y sonrió antes de besarme.

La pasión se encendió y mi mente quedó completamente turbada. Mis manos acariciaban aquella espesa mata de pelo, la cual si la mirabas bien parecía un gato negro recostado sobre su cabeza. Sus manos levantaban mi túnica buscando mi miembro, el cual nada más tenerlo entre sus manos comenzó a ser masturbado. Sus manos ásperas de dedos hábiles hacían maravillas en mí miemtras me acorralaba en un sucio rincón de aquella vía.

—Poséeme—dijo con la voz ronca y penetrante, la misma que había escuchado en la taberna ofreciéndome rodeos absurdo a mis cuestiones.

Mi boca tenía un apetito atroz esa noche. Devoraba su lengua succionando sus labios. Me movía contra los muros como si deseara romperlos con mi espalda mientras a él lo atraía hacia mí. Sus labios tenían un tacto rudo y salvaje debido a la barba, la cual pinchaba en exceso cuando me rozaba. Al hundir su rostro en mi cuello sentí una punzada de peligro, pero rápidamente pasó cuando noté que eran simples besos los que me dejaba en esa zona.

Sin duda era diestro con las manos, pero yo no iba a quedarme atrás. Hacía lo mismo con su miembro permitiendo que ambos gozáramos de una masturbación fuerte, como la de dos hombres desesperados buscando un poco de diversión y sobre todo desinhibirse de sus responsabilidades. La sangre nos había alentado y quizás la rabia que sentíamos de forma mutua y perversa. En un momento dado lo pegué contra el muro de carga del edificio del costado derecho, le levanté bien la túnica y entré en él como si fuera una enorme daga que le atravesaba.

—¡Marius!—dijo sofocado pegando sus manos a las piedras que conformaban el muro.

Mis estocadas eran duras y rudas. No había amor pero sí pasión. Una pasión que me hacía arder en llamas. No había tenido tanto deseo por poseer un cuerpo desde que Pandora se fue de mi lado, cosa que me hundió y me hizo alejarme de aquella parte de mí tan libertina y deseosa de placer. Él la había vuelto a despertar con una llamarada intensa.

—¡Muévete! ¡Muévete y gime como puta! ¡Estoy seguro que te complacerás como una!—con la mano derecha agarraba su pelo negro, tirando de éste con fuerza para que alzara su cabeza y la pegara contra el muro, y con la izquierda levantaba bien las prendas mientras escuchaba el golpeteo fuerte y constante de mis testículos.

Él gemía ronco y movía sus caderas abriendo bien sus piernas. Santino tenía un cuerpo formidable, tan marcado como el mío y con un leve bronceado que le daba un aspecto algo sucio, pero deseable. Alrededor nuestra se escuchaban ratas y ahora sé el motivo, él era el rey de ellas y se paseaba por los túneles resguardado por un enjambre de sucios roedores. Pero en ese momento, tan lleno de pasión y deseo, no me percaté que todas ellas nos observaban. Es ahora cuando caigo en la cuenta que era así sin duda alguna.

Su entrada era estrecha y parecía que jamás ningún hombre había estado entre aquellas prietas y redondas nalgas. Era delicioso sentir como aquel desconocido se abría a mí y se movía como bailarina exótica. Sus jadeos eran constantes como sus bufidos y gruñidos. Pero sin duda alguna lo más asombroso era su torso bajo mi mano izquierda, la cual se había deslizado hacia su torso rodeando en puño sus prendas. Tenía el puño justo en la cruz de su pecho y podía notar su torax fuerte, definido y con escasos vellos rizados que le daban un toque aún más varonil.

Aquel hombre podía rondar entre los treinta años por su aspecto y ser quizás un guerrero. Su aspecto lo delataba, pero sobre todo era su forma de moverse ruda como un legionario sediento de lujuria.

No tardamos en llegar al final. El ritmo era demasiado rápido y lo elevé marcando con mayor contundencia su interior, rasgando sus paredes y provocando que la sangre manchara mi miembro y el vello rubio que coronaba mi sexo. Sentí un delicioso calambre envolver mis testículos, tirar de él y sumarse a un cosquilleo delicioso en mi vientre. Tras dos estocadas estaba rellenando su interior mientras él profería un alarido de placer.

Una vez acabado el sexo me retiré para acomodar mi túnica y él hizo lo mismo. Al girarse sonrió agarrándome de los hombros con ambas manos. Me miró fascinado y deseoso de contarme entonces la verdad.

—Se mi maestro. La Secta de la Serpiente necesita hombres como tú pues tienes talento, sabiduría y fuerza—dijo apretando mis hombros con sus dedos, los cuales me parecieron sucios y ruines.

Lo aparté de un golpe y me negué, pero él empezó a insistir y el resto ya lo saben. Quemé su túnica y me marché dejando que profiriera insultos en mi contra. Él quería comprarme con placer y yo le regalé el delicioso sentir de mi ira.


¿Por qué narré un suceso distinto en aquellos días? Tal vez porque detestaba pensar que mi irracionalidad y mi forma de haber tratado a Santino, el cual sigue siendo un estúpido resucite cuantas veces quiera, hubiese desmoronado mi vida por completo y en esa caída se hubiese llevado a mi Amadeo consigo. No obstante son memorias personales que espero que nadie pueda tener entre sus manos, pues no quiero que se divulgue la verdad de nuestro encuentro.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt