Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 18 de mayo de 2015

Choque de titanes.

Mael y Marius: primer encuentro. Choque de titanes. 

Vaya dos... ¿Y yo soy el testarudo? 

Lestat de Lioncourt


—¡Tienes que sacarme de aquí!—dijo exaltado.

—¿Por qué no te detienes a escuchar lo que debo explicarte? Hay cosas que desconoces...—respondí colocando un mechón de mis largos cabellos, algo más claros que los suyos, tras mi oreja derecha. Teníamos una edad similar, una estatura parecida y una sed de conocimientos que podía apreciarse en cada una de nuestras acciones cotidianas. Quería conocer y yo le proponía apreciar una vida distinta, una cultura que estaban en su sangre y una oportunidad única de hacer algo por el pueblo de su madre. Sin embargo, él sólo se pavoneaba de sus raíces celtas para hablar de la belleza de sus rasgos. Él no sabía nada de nuestro pueblo “bárbaro” y al parecer no estaba dispuesto a escuchar mis palabras—. Te aconsejo que me escuches. Será lo mejor. Si me escuchas, tal y como yo lo haré contigo, ambos ganaremos.

—¿Escucharte a ti? ¿A un salvaje? ¡Un demonio de los bosques! ¡Eso eres! ¡Un animal tan salvaje como los lobos!—gritó atado con aquellas firmes sogas alrededor de sus muñecas y tobillos.

—Ambos somos similares—respondí colocando mi mano derecha sobre el corazón—. Tenemos un corazón fuerte y una mente que aprecia el conocimiento.

—¿Conocimiento? ¡Prácticamente gruñes mi idioma!—dijo exasperado.

—Al menos me comunico en tu idioma y no pido que aprendas el mío—susurré con una ligera sonrisa, lo cual provocó que guardara silencio durante unos instantes—. Quiero que aprendas la verdad sobre mi pueblo.

—Tu pueblo desaparecerá. Los romanos os aplastaremos. Seréis sólo piedras y viejas patrañas en la historia. ¡Sois bárbaros! ¡Mira tan sólo las prendas que usas! ¡Bárbaro!

—¿Y qué quieres que use para montar? ¿Quieres que lleve esas cortas faldas de cuero y me crea doncella cabalgando al viento?—murmuré con sorna.

—¡Maldito! ¡No te burles de la legión! ¡La legión nos ha dado años de gloria!

—Y sufrimiento para mi pueblo—respondí—. Roma no tiene cultura propia. Roma toma lo mejor de cada cultura y lo deforma para su propio beneficio. Te traigo la verdad de mi pueblo, las raíces profundas de la naturaleza y la bondad intrínseca de un Dios que se muere—susurré sentándome a su lado.

—Los dioses no existen—dijo.

—Nuestro Dios no es una estatuilla. Nuestro Dios habla y se mueve como nosotros, pero sólo durante la noche. Nuestro Dios puede ver tu alma con tan sólo mirarte a los ojos. Él te eligió a ti porque eras sabio entre los sabios. Decidió que serías el apropiado para escuchar su historia y ser su sustituto—dije colocando mi mano izquierda sobre uno de sus hombros—. El amor del Dios del Árbol te complacerá y convertirá en un nuevo ser.

—Trucos baratos. Eso intentas—respondió alejándose—. ¡No me convencerás!

—Hombre de poca fe... cuando lo veas con tus ojos comprenderás, aceptarás y dejarás que la verdad que yace en tu interior, esa que niegas, florezca como el valle en primavera—susurré antes de incorporarme y marcharme de allí.


Esa fue nuestra primera conversación. La primera de muchas.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt