Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

lunes, 18 de mayo de 2015

Juntos de nuevo

Había decidido quedarme a solas con él. Tenía que hacer frente a mis obligaciones. Permití que quedase solo y desamparado. Durante algún tiempo pensé que no había logrado sobrevivir. Eran demasiado terribles sus heridas. Recordaba su rostro chamuscado, las cicatrices profundas y ese amargo dolor en sus ojos. Casi no podía mover sus dedos. La ropa, al igual que a mí, era una tortura. Incluso el viento acariciando nuestra piel era una horrible tortura.

—Lestat...—dijo con un requiebro. Estaba a punto de romper a llorar otra vez.

Vestía una elegante camisa blanca de algodón con puños de encaje. Armand se había encargado de convertirlo en lo que fue. Decidió ofrecerle el apoyo y el cariño que necesitaba. Podía sentir el amor que caía sobre él en cada instante. Debí buscarlo mucho antes, pero tuve miedo de conocer que había muerto. Quise llevarlo conmigo, pero decidió quedarse. Cuando regresé ya no estaba y yo no podía hacer nada por él. Me sentía desolado, pero allí estaba con sus perfectos pantalones negros, sus botas de cuero impecables y esa camisa abierta. Llevaba el violín entre sus trémulas manos y poseía un aire erótico, muy atractivo, al llevar el cabello suelto y algo revuelto. Veía en él el muchacho que fue. Tenía miedo de vivir porque la vida le trató mal. Su hermano le hizo una mala jugada y provocó que se viese en una pocilga a miles de kilómetros de casa.

—Lo sé—extendí mis brazos invitándolo a unirse a mí en un abrazo.

Llevaba esa chaqueta que tanto me gusta. El color rojo me sienta muy bien. Los pantalones eran de cuero y las botas similares a las suyas. También había sido un regalo de Armand. Apreciaba su buen gusto y que me conociese tan bien.

Antoine se acercó a mí, dejando sobre la mesa de reunión el violín, para abrazarme. Lloraba. Acaricié sus cabellos con cariño, olí su champú y la ligera colonia que había vertido sobre el cuello de la camisa. Era él. Al fin volvía a mí. Besé su frente, sus mejillas y su cuello. Él me rodeaba con insistencia. Parecía querer permanecer a mi lado, pegado a mí, durante horas. Entonces empecé a llorar yo. Lloraba de felicidad. Las emociones embargaban mi alma. Él me había perdonado y yo me estaba perdonando.

—Cuidaré de ti—dije.

—Sé cuidarme solo—susurró en un sollozo—. Sólo deseo tu amor. Quiero que volvamos a ser aquellos amigos que se confiaban sueños y tragedias—aquello me hizo reír. A veces me recordaba a Nicolas. Creo que lo salvé del arrollo porque vi en él la pasión por la música de mi viejo amante—. Aunque me conformo con que me escuches tocar.

—Te escucho cada noche—admití—. Tu violín hace una pareja excepcional para el piano de Sybelle.


Al separarlos decidí tomarlo del rostro. Enmarqué su cara con mis manos, acaricié sus delicadas facciones y me concentré en su boca carnosa. Él suspiró intentando calmar sus emociones. Amel murmuró algo sobre su belleza, su perfección y mi gran labor al salvarlo de la muerte. Mi boca se pegó a la suya, mis labios rozaron con cariño aquellas líneas carnosas y mi lengua se introdujo acariciando cada trozo de su boca. Un ligero suspiro murió entre nuestros labios. Mis manos fueron a sus caderas y él tembló. Con cuidado corté mi lengua y le di un poco de sangre. Él se aferró a mí y durante unos minutos aquel beso se alargó. Cuando me aparté ya no lloraba, sino que sonreía con nerviosismo. Besé su frente de nuevo y me aparté permitiendo que comenzara a tocar para mí. De nuevo los dos y la música.

Lestat de Lioncourt  

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt