Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 6 de mayo de 2017

Jesse

Jesse y Mael... las familias no siempre se construyen por la sangre.

Lestat de Lioncourt

—Te doy una moneda por tus pensamientos—comenté antes de sentarme a su lado.

Hacía más de diez años que nos conocíamos. Para mí era alguien muy especial. Todos tenemos momentos buenos y malos, pero pocas veces compartimos ambos a la vez con quienes amamos. Ella era muy reservada y lo noté desde el principio. No obstante, siempre me preocupé por su bienestar. Era como el padre que no pudo disfrutar al quedar huérfana cuando era una adolescente.

—Sería muy fácil para ti revolver en ellos—respondió tras una fresca risotada.

—¿Qué haces aquí?—pregunté sentándome a su lado en el alfeizar de la ventana.

Había regresado a su viejo apartamento en Londres. Hacía años que ya no vivía allí. Incluso lo había abandonado por formar parte de Talamasca. Sin embargo, se coló en el edificio y se sentó en aquella vieja ventana para contemplar la ciudad desde otro punto de vista. Un punto de vista más mágico y sensible.

—Deseaba venir aquí antes de volver con Maharet. Quería despedirme de mis orígenes en la ciudad, pues teniendo en cuenta todo lo que hemos vivido no debería volver más por aquí. Si lo he hecho ha sido por nostalgia, pero ya no hay lugar para mí en Gran Bretaña—se encogió de hombros y terminó cruzándose de brazos.

Llevaba un jersey rojo como sus cabellos, como los cabellos de su antepasada Maharet. De hecho, estaba tejido con el pelo de la mujer que tanto admirábamos, queríamos y cuidábamos a nuestro modo. Los ojos verdes de Jesse se movían inquietos por los tejados y buscaba viejas referencias que una vez tuvo como familiares, pero ahora parecían ajenas.

—Es bonito—dije aquello con referencia a sus pensamientos, a su adiós. Un adiós enorme en un silencio que lo hacía empequeñecerse.

—¿Y tú? No me digas que pasabas por aquí—contestó echándose a reír.

—Vine a buscarte—respondí girando mi rostro hacia el suyo. Nos miramos cómplices y sonreímos.


Realmente extraño eso de ella. Extraño esa sonrisa. Si volviese a dar señales de vida sería para volver a verla y regresar a esos momentos cómplices. Pobre Jesse, seguro que ahora está intentando ser más fuerte que nunca. Ojalá lo logre pronto y no tenga que vivir durante años con el dolor de la herida abierta.  

lunes, 19 de diciembre de 2016

O Christmas Tree

Mael podría ser salvaje, pero también era alguien que sabía consolar. Yo también creo que sigue vivo, aunque sea en nuestros corazones. ¿Adónde estará? 

Lestat de Lioncourt

—¿Alguna vez te has sentido solo?—interrumpió el silencio que ambos habíamos formulado.

Ella tenía sus manos, de largos dedos finos de color marmóreo, sobre mi larga cabellera rubia pajiza. Trenzaba pequeños mechones, casi insignificantes, como si fueran espigas de trigo. Hacía aquello con parsimonia mientras el fuego caldeaba la habitación. Era una casa situada en una montaña, excavada en la roca, y sin luz eléctrica. Llevaba viviendo allí algunos años cuando yo la conocí.

Fue extraño. Paseaba por el bosque acariciando las cortezas de los árboles, como ella acariciaba mis cabellos en ese momento, preguntándome adónde fue toda mi cultura y si mi familia me recordó incluso después de la muerte. Un raro presentimiento caló hondo en mi pecho y noté como otro inmortal me observaba. Me giré y no vi nada, pero pronto salió de entre los matorrales una hermosa mujer como si fuese un animalillo salvaje. Por su cabellera pensé que era la representación de un zorro astuto y vivaz, pero al ver sus ojos sentí un escalofrío. No tenía ojos. Carecía de globos oculares, pues sus cuencas estaban vacías.

Después supe que Akasha había hecho tal atrocidad y ella conseguía ojos de hombres y animales, para así poder ver el mundo que la rodeaba. Aún así era diestra correteando por el bosque y olfateando el mundo igual que un sabueso. Era una mujer ligada a la naturaleza, vinculada como una hija y una madre. La admiré desde el primer momento en el cual la vi con ese manto rojizo lleno de minúsculas ramitas y diminutas hojas. Sus manos olían a musgo y su vestido a arcilla.

La noche era oscura como la pesadumbre de un viejo solitario, pero la luna se alzaba entre las hermosas y frondosas copas de los árboles. Las estrellas brillaban con fuerza. Hacía frío, pronto nevaría. Era prácticamente invierno y el infierno blanco se acercaba.

—¿Solo?—dije abriendo los ojos para ver el fuego, y luego girarme hacia ella.

Había estado ensoñando con nuestro primer encuentro, hacía más de diez años. Un encuentro fortuito que me había hecho vibrar y aún hoy, tras tantos años, lo sigue haciendo.

—Sí, como si necesitaras estar al lado de otro, aunque no hubiese conversación o esta tuviese largos espacios de silencio—explicó.

Esa noche aún no había robado un par de orbes para su cara de hermosos rasgos. Tenía las mejillas marcadas y algo sonrosadas, pese a que no se había alimentado correctamente. Vestía uno de sus largas túnicas verdes con un pequeño cinturón. Sus pies estaban cubiertos de trapos viejos, no tenía zapatos. Era una ermitaña que enviaba cartas cada semana a sus descendientes, la cual pronto se volvería adicta al mundo moderno y a la tecnología. Eso sería cuando tuvo que aparecer con mayor frecuencia para proteger a Jesse.

—No.

—Quizás...—murmuró acomodando sus manos sobre mis hombros—. Olvídalo.

—Tal vez sientes esa profunda necesidad de compañía porque tu hermana no está—dije directo—. Buscas en otros la compañía adecuada, alguien que entienda tus gestos y caricias. Necesitas que aprecien tu silencio y tus palabras—susurré girándome suavemente hacia ella. Vi en su expresión pena y necesidad. Estaba a punto de echarse a llorar, pero permaneció entera.

Había numerosas cartas de navidad sobre la mesa. Ella tenía alquilado un número postal donde todos enviaban sus cartas, tarjetas, postales y diversa documentación. Ella leía con pasión cada nota. Incluso era capaz de cantar las buenas noticias. No conocí jamás a una mujer más bondosa y entregada a su familia, aunque estos eran descendientes lejanos de su hija. Creo que lo hacía por ella. Por esa niña que no pudo sostener en sus brazos más de unas semanas. La misma criatura que nació de un acto ruin, pero que unió las vidas y almas de dos seres profundamente apasionados.

Sí, conocía a Khayman. Él venía de vez en cuando con sus trajes caros o prendas de cuero. Sus calzados llegaban destrozados por la caminata, pese a que podía volar como las aves o los murciélagos. Se acercaba a ella, besaba sus mejillas y le contaba lo que había descubierto de la familia. Esa Gran Familia Humana que tanto amaba. Después se iba, encomendándome a mí su compañía.

—Sí, quizá—contestó con una sonrisa bondadosa, para seguir trenzando algunos mechones más—. No obstante, creo que es porque sé que ella está ahí fuera... y...

—Y sufre, como tú—murmuré en tono quedo—. Sufres porque quieres encontrarla.

—Y tú, Mael, ¿por qué sufres?—preguntó echando sus brazos sobre mis hombros, para luego besar mi mejilla. Esperaba una pronta respuesta.

—Yo ya no sufro—mentí para que ella no notase mi dolor, pero creo que se hundía en la brea que era mi alma—. Hace tiempo que dejé de hacerlo.

—Es mentira, ¿sabes que conozco y comprendo todos tus gestos?—me dijo.

—Ah... mujer...—dije riéndome porque me había agarrado con una mentira en mis labios— ¿Cómo eres tan observadora?—pregunté girando mi rostro de nuevo hacia el fuego—. Digamos que sufro porque aún intento llenar el vacío que quedó tras la muerte de mi cultura, mi religión y mi compañía junto a Avicus. He ido llenando mis bolsillos de experiencias, de hermosas conversaciones contigo, pero...

—Falta—intervino.

—Sí, pero admito que es grato estar frente al fuego junto a ti. Es una época relevante para los celtas, aunque ahora se convirtió en el nacimiento del Dios cristiano entre los humanos. No quiero pasar estas fechas solo—me abracé mejor las piernas y suspiré. Me sentía perdido entre ese mar de gente insolente que eran las ciudades. Cuando bajaba por la colina y me perdía por los pueblos, los centros urbanos y finalmente entraba en tiendas o avenidas muy pobladas sentía pánico. La gente ya no amaba, no sentía, no deseaba de corazón... Todo era muy plástico y barato.

—Ya está, terminé—dijo agarrando el espejo que había sobre sus faldas, para dármelo y permitirme observar su obra.

—¡Ah! ¡Parezco un elfo de cuento de hadas!—me eché a reír a carcajadas apreciando ese trabajo. Incluso había colocado pequeñas ramitas y trozos de su cabello rojizo como ataduras. Parecía un elfo guerrero al cual le faltaba el arco y las flechas.

—A mí me pareces un hombre muy bondadoso—susurró cerca de mi oreja derecha, provocando que me sonrojara.  

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La esperanza

Jesse ha querido sacar a la luz estas memorias...

Lesat de Lioncourt 


Durante años mantuvo la esperanza. Pero a veces la esperanza sólo se usa para poder sobrevivir ante una gran tragedia. Su historia estaba plagada de dolor y miseria. Me sentía un tanto culpable por no poder ofrecerle más apoyo que mi hombro. Pero, ¿qué iba a poder hacer una mocosa como yo? Eso era, sin duda alguna. Ella era mi antepasada, la mujer más fuerte en la familia durante generaciones y la maravillosa sombra que nos había protegido. Muchos de nosotros habíamos vivido inocentes de su bondad. Yo era una privilegiada; sobre todo porque pude ver en persona como ella nos mantenía unidos. Siempre se presentaba con nombres distintos, asumía una identidad nueva pensada para cada generación; pero ahí estaba, nunca se apartaba. Si estabas en apuros ella, la poderosa Maharet, te ayudaba a solventarlos antes que se convirtieran en una soga y tú en un ahorcado.

Podría decirse que era la madre de todos y pronto lo fue también de su propia hermana gemela. Era doloroso ver como tomaba sus manos, acariciaba con suma ternura su idéntico rostro, besaba la comisura de sus labios e intentaba reflejarse en esos impávidos ojos azules. Ella sufría terriblemente porque su hermana no la reconocía. Cuando aquel médico indio, creación del hijo de la misma tirana que hizo que tanto Las Gemelas Pelirrojas y su guardián Khayman cayeran en desgracia, apareció en nuestras vidas sentí que la esperanza valía para algo, pero no fue así. No era así. Pese a todo mantuvo incluso después de un terrible diagnóstico.

Fareed y Seth, creación y creado, aparecieron con sus elegantes e impolutas batas en la sala donde aguarda ba ella con unos nuevos ojos que le habían otorgado la vista para siempre, sin necesidad de matar cada noche para lograr unos que siempre estuviesen frescos, sentí que algo no iba bien. Esa sensación se produjo cuando Seth se arrodilló ante ella tomándola de la mano. Había visto miedo en sus ojos cuando examinaban a Khayman, pero ante ella lo único que pude observar fue dolor, pena y amor. Amaba lo que había hecho y la admiraba profundamente, pero tenía que desengañarla. Fareed procedió intentando ser lo más profesional posible.


—Tenemos que ofrecerte información sobre tu hermana. Ya tenemos el resultado de los diversos estudios—anunció—. Lamento tener tan malas noticias, pero al parecer su cerebro está atrofiado desde hace algún tiempo. Es posible que llevase así siglos, aunque su cuerpo es autónomo gracias a pequeñas conexiones. Puede moverse, puede cazar, puede observar; pero ella no puede recordar, memorizar, hablar y creo que jamás logrará salir de esta especie de coma—su voz sonó firme, pero podía ver como se quebraba ante el llanto silencioso de Maharet. Sólo un monstruo no lo haría. Khayman la estrechó por los hombros y él siguió hablando—. Te he podido devolver la vista, pero lamento no poder devolverte a tu hermana.

miércoles, 6 de abril de 2016

Correos electrónicos

—¿Qué haces?—preguntó acercando una silla para sentarse a mi lado.

Apenas era un adolescente cuando fue conservado para siempre con ese rostro casi infantil. Sus pequeñas manos jamás dejaron de ser hábiles, pero ahora demostraban otra clase de habilidad más allá del hurto y los rápidos engaños en los cuales la mayoría caía sin percatarse. Bejamín era uno de esos vampiros jóvenes que habían logrado convertirse en un referente importante para el pasado, presente y futuro de la comunidad vampírica global. Comprendía bien cuál era sus funciones y lo pesado que podía ser un cargo tan importante como mantener conversaciones y comunicaciones fluidas entre las distintas generaciones.

—Investigo ciertos rastros...—dije intentando acceder sin éxito a mi correo electrónico—, pero creo que antes tendré que llamar a mi agente. He olvidado la clave otra vez—murmuré recostándome en mi sillón ejecutivo mientras él se reía bajo por mi torpeza—. ¿Acaso recuerdas mi clave?

—Yo mismo te hice el correo electrónico para que no ocurriera esto—comentó—. Además, si la olvido siempre está el recurso de colocar mi número telefónico y acceder a una clave nueva—dijo girando suavemente el ordenador portátil hacia él. La pantalla iluminó parcialmente su rostro oculto bajo el sombrero.

—Haces que todo suene fácil—musité arrugando la nariz— ¡Pero es complicado!

—No, sólo se te olvida su uso porque no practicas. Maharet era alguien con quien se podía conversar durante horas vía teléfono móvil, mails e incluso en redes sociales. Tenía un perfil falso como si fuese parte de sus descendientes y conectaba a todos los familiares vivos que existían en el mundo—decía aquello mientras tecleaba un par de números y letras tanto en mayúsculas como en minúsculas, para luego dejar que la clave se aceptara sólo con un pequeño movimiento de ratón y en un pestañeo estaba la bandeja abierta—. ¿Qué querías mirar?

—Mona tenía un correo electrónico—respondí—. Mi agente tenía apuntada la dirección tras buscarla por la red durante meses un detective privado. Rastreó todo lo que tenía en su ordenador gracias a un compañero suyo informático...

—Haker, ¿no?—preguntó tamborileando sus pequeños dedos por el borde de la mesa.

—No lo sé y no me importa. Sólo sé que pagué cien dólares por toda la información que me hicieron llegar—contesté mirando el enorme listado de correos sin leer. Llevaba meses sin abrir la cuenta porque no había tenido tiempo y porque tenía miedo a no tener una respuesta agradable.

—¿Encuentras el correo?—dijo viendo los más de mil sobres amarillos y cientos de páginas sin leer. La mayoría era “SPAM” o “correo basura” promocionando gafas de sol, complementos, seguros de vida, nuevos vehículos deportivos y productos de librería o perfumería—. Tomaré tu silencio como un no rotundo—volvió a hacerse con el ordenador acercándolo más hacia él para pulsar una pequeña lupa—. Dime la dirección.

Saqué del bolsillo derecho inferior de mi chaqueta un papel donde se podía leer con elegante y carismática caligrafía inclinada su dirección. Él la colocó en la lupa escribiendo en el hueco apropiado y esta rastreó las páginas sin leer hallando un sólo sobre. Sin preguntar lo abrió y luego me miró a mí.

—Dice que la dirección ya no existe o no es válida—contestó.

—Sacaron esta dirección de correos electrónicos a Quinn—dije rabioso.


—Puede que la eliminara o al quedar suspendida durante mucho tiempo, sin uso alguno, el correo ha podido quedar desactivado temporalmente hasta que ella lo reactive—tomó mi papel y examinó cada letra—. Sí, este servicio cambió hace algunos años, ¿sabes? Ya ni siquiera existe “hotmail” como tal. Es posible que lleve años sin usarse.

—¿Cuántos?—pregunté intranquilo.

—Puede que no lo use desde hace casi una década o un par de años. No lo sé. Son cosas que no se pueden saber salvo si eres el propietario legítimo de la cuenta—confesó incorporándose del asiento—. Lestat, creo que deberías asumir que es posible que no estén vivos. Nadie los ha visto en años.

—Estás siendo muy cruel con este viejo idiota... —susurré casi sin esperanza. Yo había apostado que encontraba a Mona ahora que todo estaba más calmado, pero al parecer fue imposible.

Jamás me había planteado la posibilidad de ver destruida una de mis obras después de lo ocurrido con Claudia. Tras Merrick extremé la seguridad entorno a mis creaciones, pero con mi madre era casi imposible aunque ella jamás haría tal cosa ni se pondría en peligro si no fuese por mi culpa, y creía que enviándolos con Maharet, Khayman, Mekare, Thorne, David y Jesse era lo correcto. Yo había jurado firmemente, sin titubeo alguno, que estaba haciendo lo que era mejor para ellos pero los envié posiblemente a la muerte.

—No es tu culpa si ellos han muerto—me dijo girándose hacia mí con una ligera sonrisa—. Hiciste bien en enviarlos a buscar más información, a descubrir el mundo por sí mismos, porque es algo que tú has hecho siempre y te ha fortalecido. ¿Cómo ibas a saber que Amel sufría y volvería locos a los vampiros más antiguos, pacíficos y sabios? Olvida eso, príncipe. Si están vivos aparecerán pronto y podrás abrazarlos. Si están muertos permanecerán en tu memoria por siempre... —se encogió de hombros y se marchó—. Por cierto, la clave es “LouisYouAreMyHeart1791” ¿Te suena la fecha, príncipe?

Claro que me sonaba la fecha. Era algo importante para mí como para Louis. Recordé que cuando la puse deduje que no olvidaría algo así. Me eché a reír como un idiota y luego miré toda la bandeja de entrada. Decidí entonces eliminar uno a uno cada correo hasta que llegué a uno sospechoso. Abrí el documento y leí la carta. Era un correo extraño que sólo decía: “No estoy muerto. Nos veremos cuando tenga una buena historia que contar. Hemos vivido momentos duros. Gracias por todo. T.B.”


Lestat de Lioncourt 

sábado, 21 de noviembre de 2015

Druida

Mael intentó cuidar de Jesse, pero era demasiado joven para hacer caso a un milenario. ¡Ese cuento me lo sé!

Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie. Habíamos regresado del hospital. Huimos entre la alarma de los numersos heridos del concierto. Las salas estaban llenas de jóvenes frenéticos que balbuceaban desconcertados. Muchos médicos pensaban que alucinaban debido a alguna droga vendida en el concierto, la cual los hizo delirar en mitad del humo del incendio. Pero no era así. Había quienes hablaban de vampiros reales, de una diosa en el cielo ejecutando a sus iguales y llamando a filas a su querido Príncipe. ¡Oh, Lestat! ¿Dónde había quedado ese maravilloso vampiro? Sólo recordaba el dolor en mi cuello, la angustia de las lágrimas de Mael recorriendo su rostro blanquecino, el sonido de la ambulancia y el frío de las sábanas almidonadas de mi habitación. Pero, en aquella habitación, sólo había libros. Estaba de pie en mitad de la gran sala de Maharet, de su biblioteca, donde yacían miles de años de historia. Una historia que siempre sería la mía, pues se iniciaba con la terrible unión del cuerpo de Khayman y el de ella. Éramos la semilla, La Gran Familia Humana, y yo era la descendiente más fuerte. Al menos, eso decía la que siempre consideré mi tía.

—¿Alguna vez has amado con todo tu corazón?—preguntó Mael.

No me había fijado en su presencia. Estaba aún sumida en mis pensamientos. La noche me asombraba. Podía ver nuevos detalles que jamás había notado. Era un vampiro y mis sentidos se agudizaban. Percibía aromas intensos de cada libro, incluso de viejas especias que habían estado a su alrededor y de musgo. El musgo de la entrada penetraba fuertemente en mi nariz, ¿o era el musgo de las botas de Mael? No lo sabía.

Él me parecía más hermoso que nunca. Tenía rasgos duros, pero suaves. Parecía un hermoso lienzo que cobraba vida. Aquellos cabellos rubios, casi blancos, caían suavemente sobre su chaqueta de cuero color caramelo y sus jeans, algo arrugados y salpicados por la sangre de otros, parecían más viejos que nunca. Sí, también podía oler la sangre seca, el barro y su colonia. Una colonia casi inapreciable que pertenecía al propio aroma corporal que él poseía. Quería correr a sus brazos, estrecharlo contra mí y decirle que le quería. ¡Le quería más que nunca! Él me había salvado y estaba a punto de darme su sangre, la sangre de un poderoso celta, con tal de no verme sufrir o morir. Pero fue Maharet quien lo hizo, ella decidió darme un regalo tan importante.

—Sí—respondí confusa.

—Pues así te amo yo—admitió aproximándose a mí, tomándome de los brazos con cierta fuerza y mirándome a los ojos como lo haría un hombre dispuesto a besar a su gran amor. Sin embargo, no vi en él un amor apasionado de película romántica, sino un amor incondicional. Era el amor de un padre, un hermano, un amigo... —. Te amo como si fueras parte de mí.

—Mael...—susurré al borde de las lágrimas.

—No debiste desobedecerme—quería ser severo, pero era imposible. Jamás supo ser severo conmigo. Siempre era demasiado bondadoso, como si temiera alejarme de él por ser tan tajante y sincero—. ¿Acaso no pensaste en Maharet o en mí?—preguntó entristecido.

—Yo...

—Ahora la oscuridad se cierne sobre ti, rodeando tu alma hasta asfixiarla, y pronto la sed no te dejará descansar—esas palabras provocaron que abriera los ojos, así como los labios, sintiendo que mi alma se marchaba de mi cuerpo. Estaba tomando conciencia de todo lo que implicaba vivir para siempre, él lo estaba haciendo por mí. Era un consejo, lo sabía, pero me molestaba profundamente. Yo no era una niña—. Siempre serás esclava de ese tormento y a la vez, como no, sentirás que te has liberado de la muerte. Pero no es cierto—puso su frente sobre la mía, la frente despejada y sin arrugas que poseía, y dejó que su ceño se frunciera—. Tú serás la muerte. Te vestirás de ella, con dulce encanto, para ojos de otros.

—Sé que implica ser inmortal—dije colocando mis manos sobre las solapas de su chaqueta.

—Porque lo hayas estudiado, en esa secta de eruditos, no implica que tú, Jesse, sepas que implica éste poder—murmuró tomándome del rostro con aquellas manos ligeramente frías, grandes y dedos largos. Tenía las manos grandes. Unas manos que en los viejos tiempos, cuando era mortal, posiblemente estaban llenas de heridas por recolectar hierbas y usar herramientas tocas. Sin embargo, en ese momento eran suaves, dulces como las de una madre, y sabias como las de un anciano.

—Mael, no soy una niña—dije sutilmente frustrada.

—Para mí siempre serás una niña que no sabía, ni sabrá jamás, lo importante que es para mí y lo terrible que puede ser ver morir a quienes amas, comprender que el mundo cambia y tú no. La inmortalidad es un don muy preciado, pero también un castigo—besó mi frente y me abrazó pegándome fuertemente contra su pecho.

—¿Qué me quieres decir?—susurré.

—Que te amo y que espero que jamás te pierdas en la terrible soledad que une éste lazo.

Pude escuchar su corazón bombeando. ¡Latía! El corazón de un vampiro latía. Un corazón viejo y sabio, que había vivido terribles tormentos, latía y lo hacía al ritmo de su respiración. Quise beber de su sangre, pero no lo hice. Me limité a dejar que me acariciara los cabellos y llenara mi rostro de besos suaves, dulces y entregados. Permití que me amara como si fuese su hija y me besara como si fuese su amante, pues sus labios rozaron los míos y su lengua se hundió en mi boca como una poderosa daga. No me importó que lo hiciera. Deseaba que me besara desde hacía demasiadas noches. Me aferré a su chaqueta y acepté que sus manos viajaran a mi cintura. Era incluso erótico el besar de ese modo, el sentir como sentía, y permitir que me hiciera suya en ese instante con algo tan simple, pero tan profundo, como un beso.


Era Mael, el druida y celta, el hombre que definían como un ser frío a la hora de pensar y bárbaro cuando actuaba. Pero no era cierto. Podía ser terriblemente amable y bondadoso, sobre todo con una chiquilla estúpida que creía conocer todo, aunque no conocía nada.  

lunes, 5 de octubre de 2015

Recuerdo con amor

Thorne es uno de esos vampiros sinceros y amables que sólo quieren amar y recordar.

Lestat de Lioncourt


Logré que me perdonara. Ella, la bruja que me convirtió en su protector y amigo, una mujer distinta. Era bondadosa, con un corazón demasiado vulnerable, llena de esperanzas y principios. Su mayor orgullo era su familia, a la cual protegió y defendió siempre. Me consta que amaba a su hermana como una prolongación de sí misma. Ella me habló de Mekare con una ternura, un amor y un cuidado similar al que yo había tenido hacia mis hermanas, las cuales llevaban años muertas. Un hombre de apariencia ruda, atado a una espada, se convirtió al fin en un protector afable que se divertía acariciando los telares de aquella mujer de cabello pelirrojo.

Su piel era como la leche, la nieve fresca y las sábanas limpias. Amaba acariciar sus mejillas y sorprenderme por lo cálidas que podían estar tras alimentarse. Muchas veces la vi sonrojarse ante mis inquietudes, también sentí sus abrazos reconfortantes cuando la pena me ahogaba. Me enseñó a mostrar mis sentimientos, sin tapujos, porque ello me hacía más fuerte.

Decidió que debíamos dividirnos. Ella tenía que seguir su camino en éste mundo y no me podía enseñar nada más. Comentó que mejoraría como hombre, vampiro y guerrero si caminaba solo, aprendiendo a conquistar nuevas enseñanzas, y que, algún día, volveríamos a encontrarnos. Fue una promesa que cumplimos.

Dormía profundamente cuando Akasha atacó al mundo. Tomé la decisión de ocultarme, por miedo a ser destruido. Ella me avisó que si alguna vez ella atacaba, ya que era probable, y no debía interceder. Era su lucha, no la mía. La lucha de su hermana y el hombre que la creó, un vampiro egipcio que estaría por siempre vinculado a ella más allá de la sangre. Ese vampiro era Khayman, el Benjamín del Diablo, y padre de su única hija que fue semilla que dio frutos. ¡Oh! ¡Qué maravillosos frutos! Había descendientes de la pelirroja y el mayordomo egipcio por todo el mundo. Conocí a muchos. Fue un placer jugar con ellos a ser humano y lo hice en su compañía, después de nuestro encuentro fortuito junto a Marius.

Marius es un gran amigo, pero reconozco que Khayman fue un gran hermano. Aprendí de él la belleza de un mundo que desconocía. Me habló de los secretos de Kemet. Amé su voz profunda, sus abrazos sinceros y las canciones que me enseñó mientras tallábamos cerca del fuego. Del mismo modo que amé profundamente a la descendiente más fuerte y hermosa de todas, a la que más se parecía a ella. Sí, hablo de Jesse. Amé a Jesse y la amaré siempre.


Hoy estoy frente a su tumba, como muchas veces en éstos meses, con un hermoso ramo de flores silvestres de floristería. He limpiado la poca hojarasca que ha caído sobre la lápida y he llorado. Admito que lloro y me gusta hacerlo, pues es la libre expresión de mis sentimientos. Estoy aquí, pues los siento cerca, y converso con ellos como en esas noches tranquilas en medio de la jungla.  

lunes, 24 de agosto de 2015

La voz de la Tribu: Emisión 6

Sexta emisión del programa de radio que lleva Benjamín y David junto a otros inmortales. Hoy la invitada es Pandora.

Lestat de Lioncourt


La radio estaba cargada de música desde primera hora de la noche. Benjamín había dado paso a los dos músicos inmortales, el dueto de piano y violín de Sybelle y Antoine. La luz era tenue, muy seductora, y los vestidos de noche que ambos lucían eran perfectos para ir a la ópera. La audiencia no podía verlos, pero eso no importaba. Todo vampiro desea mostrarse con sus mejores prendas cada noche, como si fuese a ser la última, porque la vida puede llegar a ser complicada y terrible incluso para los que deberían vivir para siempre. Lestat siempre había dejado claro que el tiempo podía acabarse y había que disfrutar de él en cada segundo, bebiéndolo sorbo a sorbo como si fuese una víctima. Por eso la sobriedad y la elegancia clásica del negro estaba enfundada en el vestido de satén de Sybelle, junto con sus hermosas perlas blancas que llevaba alrededor de su cuello, y que, del mismo modo, también envolvía el traje a medida del, por siempre joven, Antoine. Ambos eran una pequeña maravilla, un tesoro, que se abría paso por las ondas de la radio hasta los distintos dispositivos móviles y ordenadores.

La música ascendía hasta el techo, del cual descendía una hermosa lámpara de lágrimas de cristal de bohemia. Lámpara que hoy, como jamás había ocurrido, permanecía apagada. Tan sólo había algunas velas encendidas para darle un toque más bohemio, íntimo y cálido. Benjamín se encontraba en la mesa jugueteando con la caja de cerillas, mientras miraba al frente esperando la llegada de David Talbot y Pandora. En la cabina de la radio, donde se hallaba el soporte logístico de la emisora, se hallaba Daniel Molloy. El periodista se hallaba con una simple camiseta blanca sin mangas, un chaleco negro de raso y unos jeans destrozados. Estaba descalzo y con los pies sobre mesa. Entre sus manos se hallaba un libro “Pandora”. Él la conocía. Sabía que había sido un gran amor para Marius, el cual había dejado un sabor amargo a su historia.

La puerta se abrió sin producir sonido alguno. Los pasos de ambos no sonaron sobre la moqueta y ni siquiera se escuchó las sillas moverse. Ambos aparecieron como si fueran fantasmas, aunque eran seres vivos y que acabaron por soltar una pequeña risa nerviosa mientras se disponían a hablar.

—Bienvenidos todos a ésta vuestra radio, la emisora de la Tribu, en un programa más de La Voz de la Tribu. Yo soy el director del programa, vuestro guía y amigo, Benjamín Mahmoud—indicó—. La música no dejará de sonar, no se preocupen. Para aquellos que no conocen nuestra temática, ésta pequeña brecha que abrimos para acercaros a otros inmortales, os haré un breve resumen. Aquí, cada dos semanas, tenemos el placer de tener en entrevista a uno de los inmortales que tanto admiran. Se les hace una serie de preguntas que ustedes, nuestros queridos contertulios, pueden hacernos llegar a la web—dijo mientras miraba a David—. Por supuesto no estoy solo, además de Antoine y Sybelle, tengo el gusto de estar acompañado por David Talbot en el estudio y Daniel Molloy en la cabina controlando que la emisión sea posible.

Pandora volvía a estar seria, pero no tensa. Había decidido salir del silencio en el cual solía hallarse leyendo, viajando y disfrutando de la noche sola o en compañía de Arjun. David la admiraba de tal modo que no podía dejar de contemplarla. Muchas veces había dicho que cualquiera se enamoraría de aquella mujer de belleza insólita, hermoso rostro esculpido en mármol y de ojos cafés tan profundos como la noche misma. Llevaba el cabello suelto, aunque despejado del rostro, permitiendo que las ondas de éste rozaran su escote. Vestía un traje que acentuaba su cintura y realzaba sus caderas, aunque no era provocador. Un vestido rojo, muy llamativo, que ocultaba bajo un sobre todo negro, de tela fina, que no había siquiera abotonado. En sus dedos había algunos anillos con rubíes, diamantes y bonitas esmeraldas. También llevaba pendientes, que pese a ser de oro eran simples y pequeño, así como un collar fino del cual pendía un colgante de ámbar.

—David, buenas noches—dijo Benjamín—. Hoy debes estar feliz, pues se halla en el estudio la mujer que decidió romper su silencio para concederte su historia—comentó.

—Buenas noches a todos—dijo—. Así es—añadió con una sonrisa llena de satisfacción—. Ella es Pandora, la mujer que creó Marius hace más de dos mil años.

—Haces que me sienta vieja—murmuró mirándole de reojo—. Buenas noches queridos—dijo colocando sus manos sobre la mesa, acariciando ésta para armarse de valor y presentarse ante todos—. No suelo conceder entrevistas y si estoy aquí es porque él me lo ha pedido. Si lo hubiese hecho Benjamín, o cualquier otro, me hubiese negado. Te adoro, Benjamín, y sabes que admiro tu trabajo, así como el esfuerzo que haces cada noche por ofrecernos noticias, permitir debates, hablar sobre la actualidad que nos concierne a todos como Tribu, pero jamás te habría aceptado ésto—comentó provocando que el joven se ruborizara. Estaba entre furioso y halagado, aunque no dijo nada—. Mi nombre es Pandora, pero mi apellido lo dejaré nuevamente al margen. Si Marius puede hacerlo, ¿por qué yo no puedo?—preguntó a la audiencia—. Mi vida la pueden leer en el libro, pero lo que pienso contestar aquí no es mi pasado sino mi presente.

—Así es—se animó a decir David—. Pusiste esa condición y yo la acepté.

—Gracias—susurró.

—¿Qué te pareció que Lestat te eligiera, junto con Marius, para ser la hacedora o creadora de Viktor y Rose?—preguntó Benjamín tras tomar aire.

—Me sentí halagada, pues es un privilegio. Son seres muy amados para Lestat y Lestat es un vampiro que todos apreciamos. Él es un hombre que sabe amar, que tiene una pasión indecible por aquellos que admira y aprecia, y por ello era un privilegio y una responsabilidad terrible—expresó.

—¿Qué sentiste cuando Rose se negó a beber?—dijo David—. Para todos fue terrible. Lestat tuvo que intervenir y ofrecerle su sangre, pero aún así ella se negaba. ¿Crees que era porque no estaba preparada?—preguntó.

—Pánico—expresó—. Pensamos que no iba a salir bien, pero afortunadamente es una de los nuestros. Es una flor hermosa en el jardín de Lestat, que es el de todos y cada uno de nosotros—comentó mirando hacia la cabina.

Daniel se había puesto en marcha. Revisaba la web, observaba el chat donde muchos se reunían a conversar sobre lo que escuchaban, y tomaba notas del encuentro. Ella sabía que aquel joven desgarbado, aunque terriblemente atractivo, estaba vivo gracias a los cuidados de Marius. Eso sí que era un milagro; y no era un milagro el hecho que él se repusiera, sino que Marius decidiera cuidar a alguien más que a sí mismo.

—Opino que estaba preparada, pero se dejó guiar por los sentimientos de ese terrible trance. La muerte a veces es mucho más intensa para unos que para otros—contestó a la segunda pregunta recordando la creación de Arjun, la cual fue mucho más dificultosa que la de Flavius.

—¿Has podido hablar con Flavius sobre todo lo ocurrido en vuestras vidas? ¿La amistad sigue?—preguntó David esperando que ella respondiera como siempre hacía: con su carácter habitual y sin dejar lugar a dudas.

—Sí, pero no todo lo que yo desearía. He decidido volver a viajar durante algunos meses, pues Arjun necesitaba volver a ponerse en contacto con el mundo—explicó moviendo ligeramente la cabeza hacia arriba y hacia abajo—. Sí, decidí quedarme a su lado. Él me daba miedo hace siglos, pero era por su forma de amar. No comprendía del todo como un hombre podía amarme de ese modo... —se quedó pensativa unos segundos y luego sonrió—. Flavius siempre será especial para mí. Él me enseñó a sacar partido a mi belleza, así como a disfrutar de conversaciones de la misma profundidad intelectual. No fui educada como una mujer, sino que me ofrecieron la posibilidad de tener el acceso que los hombres tenían a la cultura. Él siempre será para mí una debilidad, pero también una fortaleza. Jamás podría dejar de ser su amiga, su compañera si así lo desea cuando él lo estime oportuno y su creadora—explicó.

—¿Pensaste que los mortales te admirarían de éste modo? Muchas mujeres desean tener tu carácter o el de Gabrielle—intervino Benjamín—. Sois representantes de una clase de mujer luchadora, que saben salir airosas de sus problemas y que no dejan que los hombres las dominen. Muchas feministas tienen puestas en ustedes sus ojos, ¿qué opinas sobre ello?—preguntó mirándola a los ojos. Ella sonrió cuando terminó de formular la pregunta, pero él se mantuvo firme. Estaba muy interesado en saber cómo veía ese amor inesperado de los mortales, sobre todo de las mujeres, hacia ella.

—No lo pensé—expresó con rotundidad—. Pero me alegro, aunque algunas mujeres están perdiendo el juicio. No somos más que los hombres, sino iguales. Nos merecemos el mismo respeto, pero también el mismo castigo cuando cometemos errores—contestó girándose hacia David—. David, tú conociste a Maharet. Sabes bien que yo la admiraba. Comprendo que es la admiración, casi devoción, hacia otro ser. Me alegra que muchas mujeres me admiren, pero yo también tengo mi heroína particular. Una mujer tan minuciosa, que luchó por su familia y por la felicidad, se merecía todos mis respetos y admiración—el joven vampiro, el cual era un viejo conocido para ella, asentía cada palabra.

—¿Qué te parece que Marius tenga el poder de imponer reglas?—preguntó David.

—Terrible—aquella palabra provocó que todos en el estudio se carcajearan, incluso los músicos. Sybelle tan sólo sonrió, pero Antoine se desconcentró echándose a reír—. Es un idiota que desea tener cierto poder. Aunque, claro está, conoce bien el derecho y las leyes. Espero que sean leyes justas. Algunas ya las conocemos todos, pues son las básicas—cruzó sus piernas bajo la mesa y miró a Sybelle. Esa música apasionada la enloquecía llevándola a un estado de felicidad imposible de describir. Era hermosa la melodía y hacía que su anciano corazón se calmara, pero a la vez revolucionara su alma.

—¿Crees que debemos tener fe en Lestat?—esa pregunta, por parte del beduino, hizo que ella sonriera.

—Sí.

—¿Cómo es tu relación con el resto?—preguntó de nuevo Benjamín.

—Cordial, respetuosa e incluso amigable. No he tenido el placer de hablar con todos durante mucho tiempo, pero Gregory me parece un hombre excepcional y Notker despierta mi curiosidad, pues el arte es mi perdición—explicó—. Incluso Rhosh me parece interesante.

—Con ésta última pregunta, Pandora, daremos por finalizado nuestra tertulia—dijo David con tono suave y conciliador—. ¿Cómo te sientes al ser la impulsora de Talamasca?

—Hice que Gremt confiara en sí mismo y pudiese hacer algo que realmente mereciera la pena con su vida, con su tiempo y esfuerzo. Dejó de lamentarse para construir algo grandioso. Todos sabemos lo que es Talamasca y cómo ha guiado la historia, aunque digan que sólo la contemplan—explicaba mientras estiraba sus manos hacia las manos de David, las estrechaba con suavidad y acariciaba con su pulgar el dorso de éstas—. No soy impulsora de nada, pero sí me siento feliz de haber contribuido que alguien, aunque sea un espíritu, sea dichoso.


Pandora, conocida por su crueldad a la hora de terminar con sus víctimas, tenía un corazón que bombeaba bondad y sabiduría. Aquellas palabras hicieron que David la admirara aún más, y Benjamín conoció en mayor profundidad a la que fue la primera creación de su “amo”. Daniel se quedó observándola hasta que se marchó. Para él fue especial volver a verla. Deseaba saber más sobre la historia que ocultaba, pues sabía que no todo había quedado narrado entre las páginas de aquel libro.  

viernes, 31 de julio de 2015

Tu recuerdo

Jesse espera ver a Mael. Yo sé que Marius, muy en el fondo, también.

Lestat de Lioncourt


Siempre me vi esclava de mis poderes. Tuve que aceptar desde que era una niña la verdad que me rodeaba, una verdad más oscura y terrible de lo que jamás podía haber imaginado realmente. Me convertí en una marioneta para aquellos que habían quedado esclavos de un mundo distinto, pero a la vez similar al nuestro, que esperaban ansiosos que alguien les escuchara.

Te recuerdo a ti, Mael. Un hombre imponente en estatura, de cabellos casi blancos, ojos de apariencia fría y una sonrisa bucólica que parecía borrarse con facilidad. Siempre concentrado en tus pensamiento, crítico con todo lo que te rodeaba y contigo mismo, con unas ropas sencillas y unos gustos aún más simples. Sentado frente a la hoguera, tallando, mientras hablabas de un pasado que parecía haberse borrado por completo. Te escuchaba fascinada. Olvidaba por completo el dolor que siempre ha pesado sobre mí, como una siniestra losa, que me aplastaba.

Te extraño. Sé que no puedes estar muerto. La vida no ha podido borrarte de un plumazo. Siento que estás ahí, observándome en algún lugar, esperando volver a mí para abrazarme como si fuese tu hija. Quizás soy un pedazo de ti, como yo soy un pedazo de ti. Cada uno dejó su impronta en el otro. Lamento haberte hecho llorar tantas veces, ofrecido tantas preocupaciones y provocado que te enfurecieras contigo mismo por no saber cuidarme. Fui una estúpida. Aún así, jamás podré dejar de pensar en ti como el hombre serio, culto y salvaje que me enseñó a seguir mis instintos y ser consciente del mundo en el que vivía.


lunes, 20 de julio de 2015

El misterio de la vida

Este archivo es distinto. Aquí se puede ver algo del proceder que tienen los "Ancianos" de la Orden de la Talamasca. Es simple y a la vez misterioso. 

Lestat de Lioncourt

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?—preguntó en un murmullo tan bajo que un mortal no podría escucharlo.

—¿Qué te parece que estamos haciendo?—respondió acomodando su corbata de seda negra.

Talbot siempre vestía impecable, como si fuese un hombre de negocios de altos vuelos. Su cabello, algo rebelde, terminaba acomodándose a una imagen impoluta. Sus desafiantes ojos oscuros y dorados eran los de un depredador buscando en mitad de la selva. Se había convertido en el animal de sus pesadillas. Era adicto a los misterios, las historias y secretos que todos ocultaban tras una imagen cuasi irreal de sí mismos. El traje azul marino, casi negro, de Armani se adaptaba perfectamente a su cuerpo y la camisa blanca, de algodón, resaltaba su piel ligeramente bronceada. No era el hombre de más de setenta años que se paseaba por esos mismos pasillos, pero sí tenía la elegancia de una esmerada educación inglesa.

—¿Robar?—dijo Molloy quedando a su altura.

—No, no vamos a robar nada—explicó.

—¿Y a qué hemos venido?—murmuró inquieto.

Era un dueto extraño. La ropa de Daniel Molloy, aquel periodista joven y delgado, era muy distante a la que tenía el viejo director de la orden. Llevaba un peto algo amplio, una camiseta sin mangas gris con un letrero publicitario de una de las discotecas de moda de Brasil. Sus cabellos rubios estaban revueltos y sus ojos grises, ligeramente violáceos, brillaban inquietos llenos de incertidumbre.

—Jesse nos está esperando—respondió.

—¿Qué? ¿Ella también está aquí?—dijo inquieto.

—Se está muriendo un viejo amigo y quiero decirle la verdad. Él te investigó a ti, posee parte de la documentación que necesitamos y deseo que comprenda que es lo que no logró tener durante estos años. Necesito que vea que es cierto lo que ha leído de mí, de Jesse e incluso de ti—giró suavemente su cabeza hacia su compañero y le sonrió—. Tómalo como tu buena obra del mes.

—No es buena idea—una tercera voz se unió a las suyas sorprendiéndoles—. Si vais a hacer algo en Talamasca, ¿por qué no nos avisáis?

Conocía a ese ser. No era un vampiro. No era humano. Era el espíritu que siguió a Amel hasta el plano en el cual se hallaban todos en ese mismo instante. Vestía un elegante traje negro, una camisa gris plateada y una corbata del mismo color que su camisa. Los cabellos los llevaba bien cortados, acomodados en un elegante peinado, aunque rozaban ligeramente sus perfectas cejas negras.

—Porque quizás no queréis ayudarnos—respondió David.

—Gregor ha muerto hace más de media hora—aquellas palabras detuvieron los pasos de David, así como los de Daniel.

Jesse Reeves apareció entonces secándose las lágrimas sanguinolentas y caminando decaída. Se aproximó hasta ellos confirmando la noticia de Gremt, el espíritu que fundó Talamasca junto al creador de Marius y su compañera. Los cuatro quedaron así juntos, en mitad del pasillo, aunque no revueltos. David sintió que su corazón latía acelerado, aunque intentaba calmarse con el perfume suave y refrescante que llevaba Jesse impregnado en su camisa.

—Si te sirve de consuelo le informé de todo lo que habéis encontrado. No olvides que yo también lo sabía—respondió con una ligera y encantadora sonrisa—. Aunque me alegro ver que sigues siendo el mismo, David.

—¿Y qué sucederá con él?—preguntó apartándose de su compañera mientras Daniel observaba todo como si fuese un cuadro, o una de esas películas que tanto le agradaban.

—Digamos que seguirá en Talamasca, pero en un grupo distinto—la sonrisa se ensanchó hasta convertirse en una pequeña carcajada—. Los buenos amigos no se van, David.

—¿Cuidaréis de él?—dijo tomando al espíritu del brazo, lo cual le parecía aún hoy irreal. Era imposible que pudiese ser tan fácil agarrarlo, sentir el latido de aquel corazón virtual y aceptar que sentía al igual que él.

—Siempre lo hemos hecho, pero ahora lo haremos con mayor cuidado—susurró inclinándose hacia Jesse, para depositar un tierno beso en su mejilla, después con un gesto simple se deshizo del agarre de David y se despidió con un ademán de Daniel—. Podéis quedaros a leer archivos si queréis—murmuró caminando por el largo pasillo hasta girar a la derecha, perdiéndose así de la vista de aquel particular trío.

Ninguno de los tres deseó quedarse, aunque sí acudieron a la habitación del anciano. Se despidieron de su cuerpo, pero no así de su alma. El fantasma de aquel hombre bueno y sabio, de un hombre lleno de virtudes, se convertiría en un gran arma para el conocimiento. Acudiría junto a otros hombres de Talamasca que decidieron quedarse en éste plano, acompañando a los vivos y a las diversas criaturas, para seguir informando y llevando la vida que una vez decidieron tener para siempre.


El misterio de Talamasca tan sólo era tal para los miembros de la orden, aunque cuando saliese a la luz el libro todo se descubriría. Muchos no lo creerían, pero la mayoría se sentiría asombrado y perdido. Era extraño para David Talbot, hombre de creencias firmes y de trato cordial, estar nuevamente en aquel lugar sintiéndose un ladrón, inmiscuyéndose en las habitaciones e intentando comprender lo que allí pasaba. Solía pasar desapercibido. Nadie reparaba en él. Sus antiguos conocidos apenas recordaban al hombre que tanto admiraron, salvo por viejas fotografías y escasos recuerdos que todavía conservaban con gran interés. Jesse Reeves había vivido menos entre aquellas salas, pero aún así sentía que su corazón latía como el de una chiquilla cuando recordaba su habitación y los numerosos informes regados sobre su escritorio. Para Molloy aquello era como una excursión escolar, algo para el recuerdo y para mostrar atención por si en algún momento podía usarlo. Él no había vivido allí, pero había conocido a personas de Talamasca durante su existencia vampírica, además tenía una curiosidad despierta sobre los asuntos que solía investigar la orden. Los tres vivieron distintas emociones que conservaron hasta llegar al vehículo que Jesse había usado para aproximarse a la sede. El resto es historia.  

martes, 30 de junio de 2015

Mi piedra angular

David dejó un mensaje para Jesse, aunque no directamente para ella. Es como un mensaje oculto. Bueno, lean.

Lestat de Lioncourt


Si pudiera narrar la historia de mi vida como si fuera un cuento de Dickens sería complicado. No recuerdo demasiadas cosas de mi infancia, pero sí a los fantasmas que solía contemplar como si fuesen parte de la vida misma. Jamás tuve pánico ante las presencias, inclusive antes las más retorcidas o terribles. Me sentía atraído por los lugares más oscuros y horripilantes, las historias truculentas y los cementerios donde yacían los huesos de mi pobre madre. Era el heredero de una familia llena de títulos, dinero y propiedades. Sin embargo, preferí ser algo distinto a lo que tenía predestinado.

Mis modales son cuidados, milimétricamente cuidados, y ya forman parte de mí. Me muevo con naturalidad olvidándome de los consejos habituales, aunque los sigo a raja tabla. Esos mismos modales, ese pasado, me hicieron ser un ejemplo ante los novicios de la Orden de La Talamasca. Sin embargo, pocos recuerdan mis años rebeldes, aquellos en los cuales me comportaba como un Indiana Jones buscando tesoros perdidos, enfrentándome a animales salvajes y cazando para sobrevivir. Nadie sospecharía que el viejo David Talbot fue un joven comprometido con ese lado tan salvaje de lugares recónditos de Brasil, allí donde el hombre blanco no era bienvenido.

Cuando me convertí en vampiro me costó algunos años aceptar mi nuevo reflejo, pero poco a poco mi alma se ha amoldado a la del joven que todos creen tener frente a ellos. Me muevo como un hombre con una cultura y una edad superiores a las que mi cuerpo de apenas treinta años, madurado a duras penas, me otorga.

Me he enfrentado a los inmortales más diversos y he conversado con ellos intentando sacar sus memorias, sus confesiones más prohibidas, deseando escuchar sus motivaciones y deseos. Pude arrancar milagrosos pedazos de dolor de Armand, la fuerza de Pandora con cada palabra trazada con aquellos bolígrafos tan elegantes y el orgullo en versos de oro y sangre de Marius. Admito que soy un incondicional en la vida de Lestat. Creo en él, aunque cometa imprudencias. Todos los jóvenes cometen imprudencias y él siempre lo será, jamás ha sido un anciano y no conoce el respeto por la vida, ni siquiera por la suya, y ahora que es el príncipe de todos no lo hará. Lo conozco bien. No va a cambiar. Querrá investigar por sí mismo, zanjar los problemas de forma salvaje e irreverente y deseará dejarse llevar por las diversas emociones que confluyan en sus sentimientos, recuerdos y necesidades.


No soy un hombre honesto, pues guardo muchos secretos. El mayor secreto de todos es el amor que tengo hacia Jesse. Ella sabe que la amo, pero no sospecha hasta que punto. Sería capaz de hacer cualquier cosa por quien fue una de mis discípulas, aunque no fui yo quien la inició. No fue como con Merrick. Ella venía de una familia con un legado aún más profundo, siniestro y fuerte que mi adorada muchacha. Ambas fueron la cara y la cruz de mi vida. Sólo queda Jesse. Sólo me queda ella para sentirme como el viejo David, ese que solía pasear con Aaron mientras hablaban del futuro de Yuri en la Orden, el mismo que vigilaba a Olivier Stirling, como a otros muchos, cuando decidían hacer trabajos de campo. Ella es la piedra angular de mi alma, mi corazón, mis sentimientos, mi juicio y el motivo por el cual sigo aquí en medio de la selva contemplando el lugar que una vez fue el templo de la sabiduría, el amor y la paz.  

lunes, 29 de junio de 2015

Querido superior

Jesse sabe como dar las gracias. Creo que todos deberíamos agradecer la enorme labor que realiza David, sin embargo soy incapaz de hacerlo más allá de unas escuetas palabras. Aquí las suyas.

Lestat de Lioncourt


Siempre me has dado consejos que ocasionalmente no he tenido en cuenta. A veces me preguntaba si esa pose gentil, diplomática y meticulosa era sólo una ilusión o un verdadero dogma de fe. Recuerdo como tu voz, ajada por los años, mostraba el alma de un hombre complejo y fiel a sus principios. Amaba el olor de la fragancia de afeitar que usabas y como me estrechabas con calidez la mano, sin importarte lo extraño que me llegase a parecer tanta distancia entre ambos. No me importaba tu edad y lo que pudiesen pensar algunos miembros de la orden. Tú eras algo más que un amigo. Eras mi ejemplo a seguir. Deseaba llevar una vida intensa para, al final de mis días, acabar con la recompensa de una mente privilegiada, un alma llena de recuerdos y cómplice de miles de aventuras, como tú poseías.

Me enamoré de tu perseverancia y disciplina. Jamás vi en ti a un hombre derrotado, dado por vencido ante la imposibilidad. Nunca te rendiste. No eras de bajar los brazos. Siempre te vi como el hombre fuerte y constante, el alma de una sociedad que parecía desvencijada y polvorienta. Tú hacías grande la orden y proyectabas una sombra alargada sobre cualquier novicio. Te admiraba terriblemente y esa admiración ha crecido con el paso de los años.

En estos momentos, cuando me queda nada, tengo tu compañía como bálsamo a mis heridas. Puedo ver en tu nuevo rostro al hombre que amaba, admiraba y ambicionaba. Quería ser como tú y como Maharet. Todavía no soy capaz de librarme de mis propios fantasmas, pero sé que llegaré a tener la fuerza que tanto ambiciono si tú me ayudas. Serás mi apoyo y también los brazos en los cuales me refugie cuando todo parezca derrumbarse otra vez. Somos cómplices de una historia que nunca acabará, o al menos espero que así sea, porque no sabría que hacer sin tus consejos y tu profundo respeto, amor y complicidad.


No espero respuesta por tu parte. Sólo deseo que me abraces como normalmente lo haces, beses mi frente y aceptes mi compañía. Te necesito más que nunca. Estoy derrumbada y tú eres la luz al final de éste oscuro túnel. Gracias por tu apoyo y por no decepcionarme.  

lunes, 15 de junio de 2015

Tienes a mi corazón

Jesse tiene a David, pero también a mí si lo desea.

Lestat de Lioncourt


Acabamos sentándonos frente a lo que fue un paraíso. Todo estaba en ruinas. Aún podía escucharse los ecos del pasado recorriendo cada pedazo de piedra, y de cada muro que aún soportaba el paso del tiempo y de un asalto despiadado, mientras que la jungla parecía querer engullirnos con sus altos árboles, sus frondosos arbustos y sus aromáticas plantas que atraían a numerosos insectos y animales pequeños. Manteníamos un silencio sepulcral, como si estuviésemos frente a un ataúd en mitad de un funeral, dejando que las lágrimas mancharan nuestras mejillas.

Thorne estaba a lo lejos, observando los restos de lo que fue nuestro refugio y orígenes. Él se lamentaba entre sollozos mientras recogía algunas pertenencias. Encontró el cepillo de plata de Maharet, con el cual peinaba sus largos cabellos y que siempre estaba sobre su pequeño tocador. Lo tomó entre sus manos y lo acarició suavemente. No estaba por allí el espejo a juego. Ambos objetos se los había regalado él con todo el amor que se puede ofrecer ofrendas a una madre, una amiga, una compañera y una guardiana feroz de misterios, cariño y silencio. Muchas cosas había guardado Maharet entre sus labios, las mismas quizás que su desdichada gemela.

Los cuerpos del Guardián y las Gemelas estaban ya en sus respectivas tumbas. Los tres se habían enterrado juntos, como juntos estuvieron siempre pese a las distancias y el tiempo perdido. No sentía sus almas en aquel lugar, no había conexión alguna y el mundo parecía sumirse en una paz extraña. No había aves que cantaran dulcemente, pues todas habían huido. Tampoco estaba el habitual sonido de la radio que susurraban canciones de Lestat día y noche. Ellos ya no estaban allí. La biblioteca prácticamente había desaparecido y con ella parte de su memoria, pero no de la nuestra.

Siempre las tacharon de salvajes, pero en realidad eran sabias y nobles. El mundo no fue justo para ellas. Se vieron envueltas en intrigas palaciegas, mentiras, reproches y odio. Ellas que simplemente querían danzar en las cuevas, alzar sus brazos hacia las estrellas y escuchar a los espíritus que cantaban sus verdades.

Él era un guardián, pero también un guerrero. Despreciaba las palabras de Rhoshamandes cuando aseguraba que no sentía lástima por Khayman, pues había arrebatado vidas en el campo de batalla. Falso. Él había luchado por salvar dos vidas. Eran dos vidas tan valiosas como las semillas que propagaron por el mundo. Se había convertido en el Benjamín del Diablo para salvaguardar el mundo. Hipócrita y falso. Una lengua de serpiente, eso era. Sin embargo, se le había perdonado la vida. No obstante no podía soportar contemplarlo por más de unos minutos. Podía ver en él el acto salvaje que había ocurrido a pocos metros de nosotros. La muerte de las Gemelas y su protector.

—Mi familia ha quedado reducida a humo, cenizas, escombros y escasos enseres—susurró—. Veo el anochecer de los tiempos frente a mí. La noche más oscura ha llegado y yo me siento perdida. Maharet era mi luz, Khayman mi soporte y Mekare era la esperanza que nunca llegó. Me siento sola—dijo estrechándose a sí misma.

La fina chaqueta de tela tejana a penas cubría bien su exuberante escote. Su camiseta sin mangas se pegaba a su piel por la ligera sudoración. Su rostro estaba manchado por las lágrimas y su cabello revuelto, como a veces estaba el de la hermosa y atenta Maharet. Busqué sus manos y las llevé a mi pecho. Allí, bajo la fina tela de mi camisa gris, latía un corazón que se conmovía por su dolor.

—Me tienes a mí. Yo estoy aquí—dije mirándola a los ojos—. Y no pienso dejarte.


De inmediato sentí sus brazos rodeándome mientras los míos la rodeaban a ella. La reconstrucción era dolorosa, pero necesaria. El mundo pronto vería de nuevo alzándose aquel lugar, ese templo de sabiduría y paz, donde podríamos ir todos a homenajear el recuerdo de aquellos grandes luchadores por la libertad y la verdad.  

lunes, 20 de abril de 2015

Una nueva tribu

Siempre he dicho que David es uno de los más sensatos. Me alegra haberlo transformado. Una de sus últimas cartas, de sus memorias. 

Lestat de Lioncourt 

Responsabilidad. Esa es una palabra que no se encuentra en el diccionario de todos y cada uno de nosotros. Tenacidad, esfuerzo, comprensión o empatía son otros dilemas comunes. No es que seamos seres desprovistos de sentimientos. La cuestión fundamental es que cada cual tiene un camino previo andado, una concepción del mundo, un tiempo sobre la faz de la tierra y un mundo interno que decide estallar ocasionalmente. Aprendí muchas palabras que adquirió mi alma. Comprendí y palpé con mis dedos el dolor, la soledad y también la derrota. Incluso cuando me he alzado victorioso he visto la derrota junto a mí, he notado como me asía entre sus brazos y ha cantando su nana devastadora.

Puedo recordar con precisión cada baldosa de mi vieja recámara en la orden. Los libros que leía, tocaba con mis dedos por el borde y acababa llevando conmigo hasta la mesilla de noche. Los numerosos informes, los cuales se amontonaban ocasionalmente en mi despacho o las corbatas que quedaron esperando mi regreso. Vienen a mi mente numerosos recuerdos. Aquel lugar fue mi mejor escuela. Aprendí que era la paciencia, tenacidad, orgullo, placer y la dichosa responsabilidad de llevar todo sobre mis hombros.

Había un gran misterio que no se resolvía jamás. La fundación de la orden era un detalle inexpugnable, así como los Ancianos que decidían y debatían nuestras misiones. Sin embargo, era algo que no me interesaba asumir del todo. Podía dejarlo para el momento de mi muerte, pues creía, por supuesto en vano, que cuando llegase me revelarían el secreto y podría poner mis pies en la tumba con total tranquilidad. Pero no morí. No puedo decir que esté muerto. Enterraron mi cuerpo, es cierto, pero yo ya habitaba a otro que se había mutado gracias a la Sangre.

Allí, entre aquellos gruesos muros y múltiples bibliotecas, tuve grandes amigos, varios enemigos y numerosas conversaciones que quedaron abandonadas a medias. Mi mejor amigo, Aaron, acabó encontrando la muerte terriblemente engañado por unos traidores. Aún siento cólera cuando recuerdo el nombre de los susodichos, aunque tuvieron su merecido. Tuve grandes ayudantes y discípulos. Sin embargo, de entre ellos, destaco a la intrépida e inquieta Jesse Reeves y a la hermosa y magnífica Merrick Mayrair.

He sido un cazador, un hombre lleno de sorpresas armado hasta los dientes. Pocas personas podían llegar a mi corazón, pues mi alma era una selva más espesa que la que cruza Brasil. Era un hombre de pocas palabras románticas, pero sí de una acción eficaz. Reconozco que amé en muchas ocasiones a compañeros míos, algunos eran hombres y otros mujeres. Merrick fue mi gran amor y tormento. Decidí dejarla a un lado por su bien, más que por el mío propio. Jesse, no obstante, era de esas criaturas que desconocían su potencial y pasado. Gracias a ella la orden logró recopilar información preciada y valiosa, la misma que usó Merrick para consolar a Louis. Información de Claudia.

Pero, a lo que quiero llegar, nunca me sentí acompañado realmente. Siempre me sentí algo solo. La soledad es beneficiosa cuando estás empeñado en encontrar la verdad. No le debes a nadie una explicación tras otra. Tú tienes el poder de ser tu mismo y de condenarte si así lo deseas. Y me condené.

Ahora, frente a las ruinas de un mundo que fue especial para mí, contemplo las estancias que fueron de Maharet, Mekare y Khayman. Eran grandes personas, pues no creo que por ser vampiros podamos ser desahuciados de ese término. Jesse era la descendiente de Maharet y Khayman. Una mujer directa que tuvo como buen amigo a Mael, un druida que según dicen aún está vivo pese a sus terribles heridas. Contemplo los papiros destruidos, las cortinas chamuscadas, la sangre, el hollín y todo lo que cubre ahora plantas que nacen sin control. Jesse está situada a mi lado, apretando mi brazo derecho con firmeza, mientras reúne fuerzas para hacerse cargo de un legado que ha quedado maltrecho.


Ella, como yo en su momento, aprenderá la palabra responsabilidad y, junto a mí, tendrá la esperanza como mejor apoyo. No hay que desalentarse. El mundo nos necesita. Somos una tribu. Todos y cada uno de nosotros tenemos un poder insólito. No importa nuestro origen. Ni siquiera importa si somos de la misma especie. El mundo entero es esa Gran Familia de la cual estaba tan orgullosa Maharet.  

sábado, 18 de abril de 2015

Heredera de una verdad

Jesse Reeves se presenta. De nuevo toma el mando de su propia voz y decide recordar a Maharet, su legado y Khayman. 

Lestat de Lioncourt


En una pequeña habitación cabe todo lo que amabas. Hay tantas cosas que desconozco, que se han perdido como si las hubiesen tragado las arenas del desierto, y me conmuevo al recordar tu tenacidad, tu asombroso poder y la verdad que siempre me ofrecías. Sabías calmar mi alma y saciar mi sed de conocimiento, pero poco a poco te apagaste. Volver a tenerla fue una lápida pesada, pero aún más esa voz inconsciente que clamaba poder.

Recuerdo tus ojos azules vibrantes y poderosos. Me tocaste el rostro, pasaste tus largos dedos por mis mejillas, y me susurraste que me querías. Siempre me habías protegido. Creo que te recordaba el pasado y el futuro que no tuviste. Era parte de las raíces más fuertes. Me dediqué en cuerpo y alma en ser lo que tú deseabas que fuera. Quise ser tan firme como tú. Deseaba ser tan interesante y comprensiva. El misterio te envolvía. El poder de la sangre ardía en tus venas. Tú me salvaste, como si fueras un ángel, mientras él, Mael, lloraba mi destino.

Hubiese dado cualquier cosa por volver atrás, saborear los instantes más simples y vivir apasionadamente aquellos que dejé pasar. Quisiera escuchar tu voz llamándome, invocándome como si fuera uno de tus viejos espíritus, para sentarme a tu lado, como he hecho mil veces, mientras tejías intentando sentir la quietud del mundo. Un mundo que seguía latiendo, extendiéndose y consumiéndose mientras regresaba a la vida. Tú eras el germen sagrado de nuestra familia. Khayman te amaba. Jamás vi algo más que bondad y necesidad en sus ojos oscuros. Te contemplaba como si fueras una diosa.

Reconozco que no supe apreciar del todo los conocimientos que guardabas. Me sentía asustada, extasiada y doblegada. Pensé que jamás podría superar tu poder. Ahora comprendo que tampoco podré aceptar la responsabilidad que cargabas. Guardaste el dolor. Conservaste la calma frente a mí. Me alejaste. Decidiste que debía seguir siendo inocente. Querías ocultarme la verdad como si fuese una niña. Sin embargo, ahora ya no estás y debo afrontar el silencio de tu voz, olvidar la sensación de tus caricias y seguir luchando porque la tribu necesita a todos y cada uno de nosotros.


Soy Jesse Reeves y estoy orgullosa de ser descendiente de Las Gemelas y Khayman. Pertenezco a La Gran Familia.  

jueves, 16 de abril de 2015

Por siempre separadas.

Recuerdo cuando la vi aparecer, a Mekare, y sentí su fuerza. Me parece increíble que dentro de ella no hubiese pensamiento racional alguno. Pobre, Maharet. Espero mucho tiempo para nada. Aún así la cuidó con cariño y esperanza. 


Lestat de Lioncourt

El silencio de mi hermana era perenne. Podía ver en sus ojos azules la nada contemplándome como un espejo terrible. Palpaba sus manos blancas, tan similares a las mías, y hablaba suavemente en nuestra vieja lengua. Tenía grandes esperanzas. Deseaba volver a contemplar a la mujer que siempre mostró firmeza y poder, pero sólo veía a una niña perdida intentando regresar a casa.

Caminaba a su lado, por los senderos frondosos de un mundo perdido. Intentaba mostrarle el mundo que a duras penas podía contemplar. Aquellos ojos, los de mi bondadoso Thorne, parecían un guiño terrible a un acto cruel. Ella no me miraba. No atendía. El dolor aumentaba. Khayman guardaba silencio, como una estatua de mármol, en mitad del camino con los brazos cruzados y una leve sonrisa. Ambos guardábamos sueños, esperanzas y deseos. Acumulábamos dolor, pero ni siquiera Jesse, o cualquier otro cercano a nosotros, podía saberlo.

Los espíritus nos envolvían en otra época. Hermanos, compañeros de secretos y poder. Podíamos contemplarlos en su inmensidad, sentirlos junto al viento y la lluvia. Descalzas, con el cabello revuelto, bailábamos entre las montañas que nos guarecían. Nos contemplábamos como si fuéramos un espejo mientras ellos se levantaban. Eran como un enjambre. Pertenecíamos todos a una misma tribu. Todos éramos una familia. Alzábamos los brazos sintiendo la felicidad y la libertad, la cual se nos fue arrebatada. El dolor entumeció nuestros brazos. Las cadenas no lograron doblegarnos. Una ciega y la otra muda. Sin embargo, los espíritus seguían danzando hasta que sintieron que nos giramos, dándoles la espalda, cuando en realidad sólo deseábamos luchar por volver a las viejas montañas.

Cuando la veía, allí en su eterna quietud, rogaba por volver a verla bailar. Su sonrisa era una máscara de bondad. Ella no me buscaba, pero yo la buscaba a ella. Quedó destrozada, sumida en el dolor y la amargura, para no volver. Estaba su cuerpo, pero no su espíritu. Él lo sabía. Nuestro hermoso y bondadoso guardián. Él lloraba a escondidas. Sabía que nos habíamos condenado cuando las tierras de Kemet eran aún un jardín salvaje de arena y poder incalculable. La Reina nos condenó. Ella no era la única que cargaba con una condena evidente.


Por amor la guardé entre mis brazos. Por amor pensé que debíamos morir antes que todo quedase destrozado a nuestro alrededor. Por amor, cuando las Quemas aparecieron, yo quise llorar. Por amor los tres nos alejamos de todos y rogamos que la Voz, nuestro antiguo compañero Amel, dejase de alentarnos para causar estragos terribles.  

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Por amor

Una de las últimas cartas que escribió Khayman antes de morir. Pobre amigo. Él se fue. Si bien su recuerdo sigue vivo.

Lestat de Lioncourt 


Si logras leer esta carta es porque ya no estoy. He desaparecido. Posiblemente estoy descansando al fin de tanto que he visto. No te entristezcas por mí. No vale la pena derramar una lágrima por este viejo guerrero. Si lees esto, Jesse, mi vida ha merecido la pena y Maharet, mi amada Maharet, ha cumplido su palabra.

Hace tiempo que no logro soportar una sola noche. Los días son largos e increíblemente amargos. No logro descansar. Hay una voz que me intenta seducir. Creo que sé quien es. Él ya me atacó una vez y esta vez no permitirá que me vaya en paz. Tranquila. No debes temer. Nunca haría daño a mi descendiente más directa. Te ruego que no vengas.

Han ocurrido cosas tan terribles. El mundo ya no es seguro. Aléjate de mí. Deja que me pudra viendo viejos vídeos musicales de Lestat, escuchando canciones y la voz de ese joven vampiro dando indicaciones a los que le escuchan. Sólo preciso eso. No quiero que me salven. No es una carta de ruego, sino de libertad.

Me despido de ti con todo mi amor. Deseo que pienses que viví feliz. He tenido todo lo que un hombre ha deseado. Me han amado, respetado, cuidado, escuchado y he compartido mi sabiduría. Me siento dichoso. Soy un vampiro que ha vivido como un buen hombre. Las guerras y sus heridas, el dolor que transporté durante siglos, se ha desvanecido. Alcancé la felicidad, pude tocarla con mis dedos y abarcarla con mis brazos. La dicha fue superior a la tragedia.

Siempre os amaré. Amaré a todos. Quiero que hagan lo que mejor crean conmigo. No permitan que haga daño a quienes he querido y protegido. Mi muerte tendrá sentido. Es inevitable.

Un eterno y cálido abrazo,

Khayman.

lunes, 29 de julio de 2013

El Príncipe

-Ven a mis brazos.

Su gélida voz no auguraba para mí nada bueno, sus brazos extendidos hacia mí como los de una madre y sus brazaletes de oro, diamantes y gemas brillaban en la oscuridad como luciérnagas ciegas. La expresión de su rostro era el de una diosa que te invita a rezarla, hincar tu rodilla en el suelo y rogar porque te nombre su ángel y no su enemigo. Me aproximé a ella como quien se aproxima a una muerte segura, mi nerviosismo aumentó cuando ella cerró sus brazos letales estrechándome contra sus pechos.

Sentí sus manos frías como el mármol, duras como hierros y de uñas afiladas como cuchillas acariciar mis cabellos hundiéndose en éstos. Cada bucle fue tocado mientras el ritmo de la vida parecía detenerse. Reconozco que la paz llegó a mí, pero también el nerviosismo de lo desconocido.

Cuando quise percatarme estaba alzándome en los cielos rumbo a un templo. La diosa me había bendecido con su amor, el cual no era puro ni atento. Ella me quería para transmitir sus mandatos. Hay personas que nacen para ser líderes y otros son líderes forzando al resto. Necesitaba mi carisma, amor y pasión exacerbada por los misterios de éste extraño mundo que nos encerraba en la eternidad, y que aún me encierra.

Un baño de sangre digno de una Diosa sedienta, eso fue lo que obtuvo, mientras el vampiro que congregaba a tantos, de aspecto árabe, corría para sobrevivir pero fue alcanzado por la poderosa mente de la Reina. Vísceras, cabezas explotando, chillidos, armas alzadas, brazos mutilados y pies ligeros corriendo por las escaleras de aquel templo que parecía excavado en la propia montaña.

-Ven conmigo.

Aturdido accedí y el miedo se apoderó de mí. Me había convertido en “El Príncipe de los Cielos” y ella en mi líder. Yo sería el brazo ejecutor de su locura y mientras, mis verdaderos seres amados por los cuales me preocupaba, se reunían intentando encontrar una solución. Una nueva asamblea se formaba y Marius era rescatado del hielo por Pandora y su mayor enemigo, Santino.



Aquellos días fueron los peores de mi vida hasta el momento. Sentí un terror inmenso y un amor vacío que quería admirarse como bello, puro y fiel. Yo no era un peón, yo era el Príncipe...

martes, 14 de mayo de 2013

Entrevista al Druida

Una visión en homenaje a uno de los personajes secundarios de Anne Rice (Mael)

Está conducido por David Talbot
El contenido fue subido al Jardín Salvaje


La cámara enfocaba hacia la puerta de la cuadra de la Mansión Lion, la mansión de Lestat de Lioncourt, donde habitaban varios inmortales relacionándose a diario con brujas, fantasmas y mortales comunes. Dentro se escuchaba relinchar a un caballo y la luz estaba encendida. Fuera, en los alrededores, poco o nada se escuchaba más que el mecer suave del viento y las ramas quejarse agitando las hojas de brotes nuevos gracias a la primavera. Algún zumbar de un mosquito pasaba cerca del micrófono del chico de sonido, y algún grillo era captado, pero nada más. El pisar contra el suelo arcilloso, casi pantanoso, era una especie de chapoteo y cuando empujaron la puerta, la cual era de madera roja, se escuchó un leve quejido.

Dentro de la cuadra había un par de caballos, pero el más elegante era uno completamente blanco. Sus largas pestañas se movían inquietas mientras sus orejas se echaban hacia atrás. Ella era Aldana, la yegua de Mael, y quien la frotaba con cariño y esmero era su dueño. Estaba vestido con una camiseta común de propaganda de una pastelería cercana, la cual proveía a veces de pan y dulces a la mansión, y unos jeans destrozados con unas botas sucias, muy sucias, militares. Sus ojos fríos se deleitaban con la belleza del animal y en sus labios había una mueca sutil.

David estaba allí, sentado en un pequeño taburete muy cerca de Mael. Había accedido a su petición, era cierto, pero estaba siendo extremadamente difícil sacarlo de la cuadra así que decidió que se haría junto al animal.

-Bienvenidos una vez más a mi sección- dijo con elegancia levantándose para dar la bienvenida a la cámara. Vestía una ropa mucho menos llamativa, pero igualmente elegante. Tenía botas de montar algo sucias por el fango, pero sin duda se había esmerado en aparentar pulcritud, vestía unos pantalones de montura y una camisa de cuadros caquis y marrones con bordes rojos. Sus ojos café brillaron con cierta inquietud, desconocía como saldría aquella entrevista- Hoy estamos con Mael- comentó acercándose a él- Es un hombre que ama estar en la cuadra, cabalgar, y leer viejos poemas cerca del fuego que él mismo enciende cada noche. Es un inmortal que tiende a no socializar con el resto, aunque siempre está dispuesto a mostrar un poco de su cultura y de sí mismo.

-No me adules, no me hace falta que lo hagas y no va conmigo- dijo con un tono de voz áspera casi sin mover los labios- Venga, di que quieres saber.

Nunca le habían hablado tan directo, fue como un golpe a su rostro muy rápido y sin avisar. Esbozó precipitadamente una sonrisa encantadora y afable mientras se apoyaba en una de las vigas de madera del establo.

-¿A pesar de los siglos te consideras druida? Te expusiste al sol al ver el Velo de Verónica- comentó intentando indagar qué podía sentir un vampiro tan temperamental.

-Sí, porque ¿no es Dios el que está en el fuego? ¿no es Dios quien está en los amaneceres y anocheceres? ¿no es el alma de Dios los bosques y las aguas? No estaba equivocado, sólo dividíamos a Dios en otros dioses menores -replicó girándose hacia él para mirarlo sin duda alguna en su rostro- Soy druida porque sigo cantando a mis ancestros en el bosque, rezando por las tumbas de aquellos que me amaron aunque no esté próximo a sus restos, sintiendo las almas en comunión con la naturaleza y escribiendo poemas a la belleza natural. ¿Algún problema? ¿O tú vas a ser como el Romano que cuestiona todo y se cree un señor elegante a pesar que sólo sigue clichés?

Aquello era otra bofetada, pero lejos de sentirse ofendido sintió un profundo respeto. Un hombre que no le importaba nada, ni siquiera llenarse de barro, por sentir la naturaleza más cerca se merecía unos segundos para admirarlo aunque no compartieras todas sus ideas.

-¿Por eso se lleva mal con Marius?-preguntó con una cortísima y elegante sonrisa en su rostro.

-No, le detesto porque es romano. Los romanos son testarudos y no escuchan a otros, ellos tienen la razón y punto. Uno no puede dialogar con un romano, mire lo que quiso hacer Jesús una vez y acabó clavado y expuesto a todos. No, un romano no es racional. Ellos están hechos de otra pasta distinta que les dice luchar, conquistar, pisotear y si algo es bonito me lo quedaré y diré que es mío. Me importa poco lo que diga ese lamebrochas de mí, pero no de mi cultura. Él se burló de ella hace muchos años y sigue haciéndolo hoy día. Es la cultura de sus antepasados, es su cultura y por lo tanto ¿por qué tiene que pisotearla? ¿Orino yo en su Curia Romana?- la nariz de Mael se había arrugado como la de un animal que está a punto de atacar porque se siente amenazado. Sus ojos se veían más pequeños y brillantes, así como algo más pálidos. Sus manos habían dejado de deslizarse con el cepillo por el lomo de la yegua y se quedaron juntas, acariciando el cepillo esperando que prosiguiera- Otra pregunta y espero que no sea del idiota por el que me preguntan siempre.

-No lo es, pero sí es sobre alguien que le importa, o al menos interesa- contestó. David quería aproximarse al milenario vampiro, pero él no estaba por la labor- ¿Qué sintió cuando Avicus le abandonó?

-Furia y juré venganza -dijo rabioso- Aún no me he cobrado esa venganza, pero lo haré tarde o temprano -cerró los ojos y dejó que un gruñido surgiera de sus labios finos- Fue culpa de Marius, él le metió toda esa carga de amor, deseo de conocer y estupideces similares que podía hacer conmigo. Yo lo necesitaba.

-Ya veo- no sabía que responder a sus ataques, pues cada pregunta era una nueva oportunidad de atacar- Tengo entendido, por mis estudios en historia e indagaciones por otros medios, que los celtas ponían en sus druidas una carga mística similar a la que actualmente poseen los sacerdotes de religiones como la cristiana- aquello hizo suavizar el rostro de Mael, aunque seguía a la defensiva- Cuéntenos ¿qué estudios o preparación debía tener un druida?

-Disposición, honor, sabiduría, entrega a la cultura y sobre todo a la elaboración de cánticos, rezos, poemas a los dioses y renovación de leyendas. Debías hacer comprender a los guerreros que sus dioses los escuchaban, los niños tenían que comprender la historia de su pueblo y las mujeres sentirse protegidas. Guardaba secretos antiquísimos que no pude ofrecer a mi sucesor, pues fui elegido finalmente entre los míos -estaba más sosegado hasta que recordó porque tuvo que ser así, justo después de ver como fracasaban con Marius- ¡Yo debí ser elegido primero! Dígame ¿qué tiene él que no tenga yo? Y no me halague, porque no lo tolero, sino dígame con franqueza que tiene él que yo no tenga.

-Mayor control de su ira, pero ambos son muy similares- respondió escuchando como todos los huesos de Mael crujieron- Por ello, no comprendo aún porque Marius fue elegido. Quizás porque usted era un gran druida y no querían perder a alguien tan valioso- contestó intentando salir del paso. Se sentía entre la espada y la pared. Los druidas no sólo eran guías sino también guerreros- Por favor, prosigamos – por un leve instante Mael sonrió, o al menos eso pareció. El celta parecía satisfecho con aquella respuesta- ¿Por qué Aldana? ¿Por qué ama tanto a los caballos?

-Porque cuando cabalgan son libres, aunque les guíes. Ellos son en parte la libertad que perdí, como todo aquel que se convierte en uno de los nuestros. Usted es menos libre que cuando era humano, pues no tiene la libertad de morir ¿no es así? Tampoco de dormir de día o de noche -se inclinó hacia delante como si hiciese media reverencia y sonrió de forma algo cruel- Bienvenido al paraíso del cual no se puede escapar- comentó antes de proseguir el cepillado de la yegua.

-¿Cómo encontró a Maharet?-el cámara enfocó directamente a David cuando hizo esa pregunta tan rápida que provocó que Mael dejase de nuevo de cepillar al animal.

-Ella me encontró a mí, no yo a ella. Ella nos encuentra, nosotros sólo caemos en sus manos primorosas y nos encadena a escuchar su historia. Me enamoré de su poder, de su belleza y porque no, porque así fue, de sus manos. Amo como teje en silencio mientras murmura de vez en cuando algún poema, suspira y prosigue. Es una mujer minuciosa y fuerte, muy firme en sus decisiones. Creo que simplemente me encontró y me alegro que lo hiciese porque me sentía abandonado y demasiado perdido como para continuar. Ella me dio fuerzas para comprender el mundo actual e intentar seguir cuerdo- hablaba como lo haría un hombre enamorado, o al menos un ser lleno de respeto hacia la mujer que una vez amó- La sigo amando a mi modo y sé que ella me quiere al suyo.

-¿Eso vio en Jesse?-intervino provocando que Mael riera a carcajadas mientras negaba- ¿Qué le causó tanta gracia?

-Jesse es fuerte, pero no es Maharet- aclaró con ambas cejas alzadas- Jesse es Jesse- sentenció relajando su ceño para luego proseguir- Podría decirse que es una mujer con sus propios principios y virtudes. Es desafiante, algo orgullosa, temeraria, muy hermosa como una rosa que se mantiene firme en plena nevada, pero no es Maharet- susurró el nombre de la vampiresa que una vez conquistó su corazón salvaje- A ella también la quiero.

-Ella curó sus heridas, por ello no me cabe duda que también le quiere a su modo- asintió cuando regresó a su labor- ¿Qué sintió al ver a Lestat en mitad de un concierto de rock declarando que era un vampiro y contando secretos?

-¿Le digo la verdad?-preguntó con cierto tono de burla.

-Sí, por supuesto- replicó.

-Pensé que era un auténtico gilipollas y que estaba exponiendo a todos a una muerte segura. Sabía que tarde o temprano esa tontería que estaba haciendo nos estallaría a todos en la cara. Y mire, no me confundí ¿no es cierto?- David suspiró con una leve sonrisa mientras se encogía de hombros-. Ya, dirá que el sesudo ese que tiene de amigo es así y no se puede hacer nada. En mi tierra cuando alguien provocaba que todo un batallón cayese no salía bien librado, pero a él se le golpea en la espalda y se le dice que recuerde las reglas.

-¿Otra vez Marius?-soltó una encantadora carcajada- No pierde el tiempo para acusarle de algo.

-Porque es cierto- respondió algo molesto- ¿Y cuándo se va a terminar ésta entrevista? Quiero salir a montar y yo a diferencia suya me visto así para montar, no para un programa de televisión para mortales.

-Si lo deseas podemos darla por finalizada, no sin antes darme una valoración sobre el mundo actual- dijo con amabilidad.

-El mundo actual apesta, pero si estoy vivo es porque quiero ver hasta donde puede llegar la estupidez del ser humano- comentó ensillando a su yegua mientras David se alejaba unos metros.

-Espero que en ésta entrevista hayan aprendido algo más sobre Mael- comentó mientras el celta aparecía tras su espalda sin que él se percatara- Es una oportunidad única y casi irrepetible.

-Dalo por hecho porque no pienso hacer otra entrevista como esta, ya que hay test en revistas de adolescentes mucho más entretenidas- eso provocó que David se girara indignado, pero su reacción se cortó porque el objetivo fundió a negro.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt