Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Avicus x Mael. Mostrar todas las entradas
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domingo, 22 de febrero de 2015

Volverte a ver

Avicus quiere volver, Mael. Te ha buscado varias veces en los últimos meses. Se bueno y acepta. 

Lestat de Lioncourt 


Aquel último portazo sonó a despedida final. Fue como un rayo partiendo por la mitad el árbol que me había mantenido en cautiverio. Por momentos creí que iba a perder el control, pero luego me sumergí en la lectura para soportar su decisión. Él había decidido. No podía cambiar las últimas discusiones. Dije cosas que no sentía y él respondió con dolor, amargura y decepción. Ambos nos miramos a los ojos por última vez, escrutando una respuesta que no llegaba, y él tomó la valentía de desaparecer.

Supe que seguía vivo y a salvo, en cierto modo, gracias a un libro que llegó a mis manos. Él solía quejarse sobre mi nueva afición. Marius me mostró lo hermoso que es leer y comunicarse a través de las letras. Él, por supuesto, decía que las más hermosas experiencias no estaban escritas. Pero yo sabía que él escribía poemas, dejando parte de su alma en cada trozo de papel, porque una vez observé como guardaba con cuidado, y cierto cariño, un trozo de pergamino que previamente había doblado. Días más tarde pude leer las frases que contenían aquel minúsculo trozo. Era un poema. Por eso no comprendía su rabia. Quizás era porque Marius me había aconsejado. No lo sé. Mi única certeza es que él seguía vivo y acudía a una llamada que yo había rechazado.

Akasha, la madre de todos, había despertado con rabia de entre las ruinas de su silencio. Equivocada, aturdida, dolida al sentirse despreciada y poderosa arrasó con gran parte de los jóvenes vampiros de todo el mundo. Hizo un periplo por cada nación y pueblo. Destrozó ilusiones, vidas y edificios. Ella, la madre de todos, había roto su silencio. Y él, druida y seguidor de una religión que ella había iniciado, se reveló.

Juro que me emocioné al leer sus diálogos. Lloré cuando supe que había abrazado a Marius. Entendí que debí haber asistido. Sin embargo, Constantinopla seguía siendo mi refugio. Mi compañera, Zenobia, pasaba las noches acariciando mis cabellos y siguiendo, con la punta de los dedos, las escasas arrugas de mi rostro.

Pero entonces otras noticias fueron llegando. Él había muerto, supuestamente, y yo no lo había sentido. No podía creer que él, Mael, muriera como si fuera un mártir. ¡No! Me negué. Lloré durante noches aferrado a mi amada. Aún seguía amándolo. Nunca pude perdonarme no haber ido en su búsqueda. Jamás pude aceptar que él muriera.

Ahora, en estos precisos instantes, observo como imita a los humanos en una taberna de un pueblo montañoso. Parece un hombre más, con el cabello largo algo enredado y ropa de cuero. Podrías decir cualquier cosa sobre él, pero no que es un vampiro. Su piel está tostada le da un aspecto humano. Me he acercado, sentado a su lado y él sólo me ha mirado en silencio. Sé que es tarde, pero he ido a verlo.

«Así comenzamos de nuevo, caminamos de nuevo, vivimos de nuevo... daremos nuevos pasos. Acéptame.»


Octubre del 2014

viernes, 17 de octubre de 2014

Libertad

Mael y Avicus han vuelto a discutir y dejarse llevar. Yo no quiero romper la magia de este escrito con mis palabras. Vaya memorias...

Lestat de Lioncourt


Las discusiones habían empezado para no acabar. Él no me dirigía la palabra. Sus ojos oscuros se clavaban en los míos con cientos de reproches, palabras que nunca sonarían en sus labios y no retumbarían en mi alma. Pero las sentía. Veía su molestia acrecentarse cada día. Me sentí nuevamente maldito, arrojado al precipicio del dolor y a punto de caer de nuevo en una vorágine de sentimientos que no era capaz de controlar. Tenía que mantenerme sereno, como aquella vez. Sin embargo, muchas cosas habían cambiado. Hace siglos pensé que nuestra separación duraría tan sólo unos años, pero luego me di cuenta que su rechazo era aún más intenso. Había perdido al único ser que lograba comprenderme.

Avicus me había mostrado su lado más cruel mientras se mantenía a mi lado. No podía soportar su rostro níveo con las facciones duras, los ojos pétreos y sus labios apretados. Tenía su cabello negro y ondulado completamente suelto. La camisa blanca que había optado por usar esa noche remarcaba la blancura de su piel. Ya no había rastro alguno de aquel terrible fuego. Parecía cincelado en piedra. Los pantalones oscuros de vestir le daban un toque aún más terrorífico, pues con sus pies desnudos estos parecían cincelados en mármol de forma detallada. Entre sus manos el último libro que había conseguido. Últimamente los libros de fantasía le habían arrebatado el aliento. Suspiraba en cada batalla narrada, sonreía con los encuentros románticos y le fascinaba los seres que en ellos podía leer habitualmente. Se había convertido en el único remedio a mi compañía.

Aquella noche estaba cansado e irritado. Quería que él hablase conmigo. Necesitaba que aceptara que teníamos que hablar. Compartir una cabaña en medio de las montañas de Canadá no era para nada lo que yo esperaba de mi vida. Me había acostumbrado a California, San Diego, San Francisco y New Orleans. Él, sin embargo, había vivido en territorios gélidos y solitarios. Extrañaba el tráfico, pero sobre todo extrañaba hablar con alguien. Me irritaba estar a la espera de una llamada de Jesse para sentirme menos solo.

—Escúchame—dije entrando en la habitación—. ¡Quiero que me escuches!—grité.

Él alzó la vista del libro unos segundos, se encogió de hombros y continuó leyendo. Aquello me enfureció. Fue la chispa necesaria. Me acerqué a él y le arrebaté el libro, lo arrojé a la chimenea y le miré furioso a los ojos. Cara a cara. Al fin nos veíamos. Tras semanas observándome tras un montón de volúmenes de diversos autores, con dragones como custodios de su imaginación y princesas prometidas a punto de caer en maldiciones. Estaba cansado. Daba más importancia a la fantasía que a la realidad que nos rodeaba.

—¡Vas a escucharme!—grité acercándome a él—. Estoy harto. Estoy harto de tanta nieve, harto del silencio, y harto de tu indiferencia. Pensé que había roto la maldición y que ambos podíamos tener una vida juntos. Tu compañía siempre ha sido interesante para mí, pero tú te has convertido en un ser que desea ser un sabio. Y te diré algo más, Avicus, sólo te estás comportando como un imbécil—las palabras se amontonaban en mi garganta y las escupía con rabia.

Él parecía no comprender mi dolor. Parecía indiferente. Giró su rostro hacia la chimenea y vio arder su libro. Ya a penas quedaba algo de la maravillosa encuadernación con bordes dorados y diversos dibujos en plata. Nada. Todo estaba reduciéndose a cenizas. Quizás era un símbolo de nosotros dos. Él ya no me amaba. Amó más a esa criatura débil e inservible. Una mujer que no podía siquiera hacer su vida sin ser servil. Ella, Zenobia, traicionera y astuta. Me quitó su amor, me echó de su lado y luego lo abandonó cuando se cansó de tenerlo junto a ella.

—¡Di algo!—espeté.

Su gigantesco cuerpo finalmente cobró vida. El mullido sofá de cuero quedó desocupado. Sus pies de mármol acariciaron ligeramente la moqueta, dando firmes pasos hacia mí, mientras su rostro se animaba con una sonrisa que me aterró. Me rebasaba sacándome una cabeza. Era un ser gigantesco. Siempre fue un enorme gigante bonachón que ocasionalmente caía en un letargo por sus pensamientos. Pero, desde que había regresado se había convertido en un ser aún más extraño. Pasaba horas leyendo, meditando, aprendiendo y dejaba atrás su animadas conversaciones de antaño. Ella le había hecho cambiar. Se había convertido en un coloso amante de los secretos.

Movió sus brazos hacia mí y dejó caer sus manos sobre mis hombros. Tan sólo llevaba una bata verde de raso. Había estado descansando durante gran parte del día encerrado en un viejo ataúd. Aquel contacto, ligeramente frío, de sus manos era mucho más pesado que cualquier muro que pudiese caer sobre mi cuerpo. Se inclinó suavemente sobre mí, igual que hacía un ave sobre una rama débil, mientras me miraba apreciando al fin mis ojos azules. Me sentí temeroso, pero los temores se evaporaron cuando sus labios aprisionaron los míos.

Sentí su frío aliento mezclándose conmigo, su lengua enredándose con la mía hasta fundirse, y sus gigantescas manos subieron hasta mis pómulos. Estaba intentando callar mis reproches con un beso y funcionaba. Lamentablemente funcionaba. Necesitaba tanto su beneplácito que funcionó. Siempre me sentí subyugado a su belleza, al amor profundo que podía ver en sus ojos oscuros y a las historias que llegaba a confesarme en tono bajo. Nunca pude olvidar esa sensación de encontrarme en casa cuando me rodeaba. Ni siquiera cuando me decía a mí mismo que estaba maldito, y que posiblemente él jamás me amó como yo creía.

Mi bata cayó al suelo rápidamente. Quedé, por lo tanto, desnudo. Mi cuerpo es delgado, aunque existe cierta musculatura que se marca perfectamente. Soy un hombre de complexión media, con viejas marcas de guerra que han ido desapareciendo y con una piel que sufrió terribles quemaduras. Él, sin embargo, es un gigante tallado exquisitamente con unos ojos que parecen gemas de color café. Es perturbador observarle. Sobre todo cuando toma una pose casi divina.

Coloqué mis manos sobre su pecho, acariciándolo por encimad de la ropa, mientras dibujaba con mis dedos su torso marcado. Las suyas acariciaban mi rostro. Sus dedos parecían querer recorrer cada una de mis facciones, para luego perderse entre mis lisos cabellos color paja. El beso cesó, pero mis labios quedaron cerca de los suyos. Tenía una pose taimada, pero él parecía haber animado su cara.

—Te amo—dijo—. Lamento el dolor que te he infringido—añadió con su voz profunda y en un tono suave.

—Fui yo quien se marchó—respondí rápidamente.

Mis dedos de uñas afiladas, puntiagudas y rápidas, habían roto cada uno de los hilos de sus botones. Uno a uno fue cayendo haciendo un sonido sordo sobre la moqueta. Su camisa se abrió y pude desnudar su torso. Las yemas de mis dedos acariciaron sutilmente cada uno de sus músculos. Me pregunté por su viejo entrenamiento, la pesada espada en su cinto, las riendas siendo tomadas por sus vigorosas manos y el deseo de sangre derramada. Había visto tantas guerras, contemplado los cielos enrojecer del mismo modo que los valles donde su compañía descansaba y también guardado misterios. Nunca hablaba de su vida en común con Zenobia. Parecía una parte de su historia que quedaba sepultada por un terrible secreto. Odiaba pensar que ella le había lastimado, pues ya me había hecho a mí el suficiente daño.

—Te eché—dijo secamente—. Del mismo modo que intentaba hacerlo hace unos minutos. No soy capaz de comprender tu impulsividad—explicó mientras se apartaba. Terminó sentado nuevamente en el sofá mirándome con cierto color en sus mejillas. Estaba desnudo y él parecía apreciar con agrado mis músculos marcados, el vello púbico que coronaba mi miembro y que salpicaba mis piernas y torso. Tenía un aspecto salvaje, de hombre de las cavernas son una mezcla de hombre moderno. Mi rostro se conmovía con cada palabra que él me ofrecía. Era un milagro estar de nuevo junto a él, aunque fuese en una habitación de madera perdido en mitad de la nada—. Soy un ser tranquilo, de gustos simples y que admira la belleza de los bosques—dijo recostado su espalda en el sofá—. Tú amas la esencia de éste mundo, pero has quedado conquistado por el bullicio.

—Amo el bullicio porque en él no me encuentro solo—respondí acercándome a él—. En él siempre he buscado el lugar donde hallar mi hogar. He permanecido durante siglos al lado de diversos inmortales, he buscado la compañía en viejos amigos y he hallado el vacío en las habitaciones repletas de amables mortales. Te buscaba a ti—dije finalmente en un arrebato de sinceridad—. Me marché porque no encontré lugar alguno a tu lado. Tú no me retenías. Ya no me amabas lo suficiente. Ella había ganado—cerré los ojos mientras dejaba mis manos sobre su rostro, intentando dibujarlo en mis recuerdos. Tan sereno, con un aspecto bondadoso y a la vez peligroso. Un ser antiguo, mucho más antiguo que yo, que buscaba la paz y la sabiduría en los libros—. Te he amado y no he sabido explicar mis sentimientos. Jamás sé hacerlo—abrí los ojos sentándome sobre sus piernas ligeramente flexionadas—. Tal vez sí soy un salvaje.

—Oh, Mael... —balbuceó.

Todo sucedió demasiado rápido. Cuando pude comprender que sucedía estábamos sobre la moqueta. Él se deshacía de la escasa ropa que aún conservaba. Por mi parte me dedicaba a dejar caricias y rasguños. Sentía mis colmillos punzar, clavándose ligeramente en su piel, mientras drenaba una de sus venas próximas al cuello. Mis piernas se abrían dispuesto a todo. Noté su miembro duro entre mis nalgas, aunque no penetrándome, y jadeé por sentirme prisionero de su cuerpo. Él caía sobre mí, como si yo fuese su víctima, y me sentí lleno de deseo. Mis brazos lo rodearon bajo sus axilas, arañando la cruz de su espalda y la parte baja. Mis uñas dejaban surcos profundos que derramaban pequeñas gotas de sangre antes de cerrarse, pues debido a nuestros milenios cicatrizábamos con una habilidad pasmosa.

Al penetrarme tuve que cerrar los ojos emitiendo un largo gemido. Había esperado ese momento durante semanas, casi meses. Sus manos me recorrían con una deliciosa sensación de libertad. Cada arremetida contra mi cuerpo era una oda al placer carnal, a hundirme en la naturaleza y saborear el momento. Mis dientes estaban ligeramente manchados de su sangre, cosa que provocó que me besara hondamente para calmar sus deseos. Sus dientes cortaron mi lengua y brotó de ella un chorro de sangre espesa. Ambos nos deleitábamos mientras su cuerpo seguía moviéndose.

Podía notar la sensible piel de su miembro, la forma de éste y sus venas hinchadas. Cada milímetro que ahondaba en mi interior era una liberación. Caí en la cuenta que estaba terriblemente subyugado a él. Parecía que yo lo dominaba, pero realmente él era quien me ofrecía el terreno salvaje donde sentirme cuidado. Era como un bosque y yo su particular habitante.

Nuestros gemidos aumentaban. El ritmo se hacía cada vez más intenso. Mis piernas temblaban. Sus manos acariciaban demasiado rápido. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quise retenerlo era demasiado tarde. Llegué al orgasmo junto a él. Un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza. Pocos segundos después él lo hacía. El fuerte rugido que emitió cerca del lado derecho de mi cuello me excitó hasta escandalizarme.

Aquella noche se inició un ritual distinto en los dos. Las conversaciones volvieron a ser fluidas como antaño. Yo empecé a olvidarme de Zenobia y su veneno. Él siguió guardando el gran secreto de sus años con ella, lejos de mí y de todos.


miércoles, 13 de agosto de 2014

Silencio y pasión

Unas memorias muy antiguas de Mael y Avicus salen a la luz, unas narradas por el celta sobre su maestro. ¿Quieren saber más? Sigan leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Su actitud había desatado en mí cierta impaciencia. A pesar de todo mis sentimientos por él eran distinto a los que solía demostrar. Tenía mis motivos para ocultarme dentro de mi propia armadura, aunque sólo fuera de piel y huesos. Mis ojos se detenían en su rostro de mármol, en esas cejas perfectamente delineadas y el cabello rubio, casi blanco, espeso y largo hasta más allá de los hombros. Cualquiera que lo viera diría que era uno de los nuestros, pero con aquella túnica blanca y esa capa roja, tan roja como la sangre, podía asegurar que era un romano más llorando la caída de Roma. Avicus me había pedido esa noche que nos reuniéramos con él, buscando así que se despertara de su sueño. Pero el sueño no remitía, del mismo modo que seguía llorando en sueños. Cuando nos retiramos hacia la posada, subidos en nuestros caballos, sentí que parte de mí se alegraba de una caída tan merecida, pero otra parte pedía a gritos que no se llevara consigo a quien fue mi mejor oponente y terminó siendo mi amigo. En esos momentos no había constancia de nosotros en libros, o eso creía yo, y no habíamos tenido la fortuna de encontrarnos a otros que fueran como nosotros y no pertenecieran a la secta de la serpiente.

La noche era fresca a pesar de ser primavera. A lo lejos se podía escuchar el zumbar de algunos insectos y algunos animales se acercaban a un pequeño lago formado por aguas subterráneas. La orografía no era demasiado tortuosa y el sendero era agradable, pero aún así nos quedaba un largo camino hacia la posada. Allí nos sentaríamos algunas horas frente al fuego, sin hablar entre nosotros porque nos sentíamos apesadumbrados y luego nos retiraríamos a la habitación que habíamos conseguido con suerte debido a los tiempos que corrían. Demasiados negocios rechazaban a gente forastera, sólo aceptaban a sus borrachos habituales y el mundo parecía enrarecerse cada vez más. La seguridad era escasa, por eso estábamos alerta por si nos asaltaban y teníamos que usar nuestra fuerza bruta.

—Estás pensando en él—dijo tras un prolongado silencio entre ambos—. En él, en nuestro secreto mutuo y en todo lo que ha ido ocurriendo.

—¿Qué? No puedes estar más equivocado. ¿Cómo voy a malgastar tiempo de mi vida pensando en ese imbécil? Que piense otro, no yo. ¿Acaso me ves preocupado por un inútil que no es capaz de despertarse? No, no. Romano tenía que ser, ¿sabes? Les puede le orgullo y la tontería—dije abrupto mientras agarraba bien mis riendas—. Estaba pensando en lo bien que podía estar ahora frente a la fogata, oliendo a guiso y con el gaznate refrescado con la sangre de algún borracho.

—Sí que pensabas en él—respondió echándose a reír.

Su figura era la de un gigante y sus manos, siempre bondadosas conmigo, eran enormes. Tenía un aspecto de hombre de gran importancia, como si aún dirigiera medio imperio gracias a ser el conocedor de todo, un gran rastreador y un excelente estratega. Era un hombre de guerra, no de paz, y sin embargo amaba la tranquilidad que le ofrecía una conversación alegre, un par de canciones y uno de esos libros de poemas que a veces compraba en el mercado.

—¡Te he dicho que no! Deja de burlarte de mí—me coloqué a su altura y pude observar sus prendas con atención. Llevaba una capa gruesa y oscura que se confundía con sus cabellos espesos, algo largos y tan negros como su prenda. Calzaba unos pantalones de cuero, como los míos, y un jubón verde botella con botones dorados y sendos bordados—. No me había fijado en tu ropa, ¿por qué tanto lujo?

—Cuando se va a ver a un buen amigo uno debe estar presentable—explicó girándose hacia mí para verme bien—. Tu jubón también es muy bonito, y algo caro. ¿Acaso no te acicalaste para dar tu mejor impresión? Si incluso llevas el cabello bien cepillado y con la frente despejada—dijo burlándose de mí—. Mael el druida, preocupado por el romano que tantos quebraderos de cabeza le dio. Me alegro que así sea y que siga ocurriendo. Una lástima que haya caído en males tan poco propicios para que tú, cínico amargado, caigas en la cuenta que lo necesitas.

—¡Deja de decir eso, maestro!—exclamé furioso, pero él tan sólo estiró su brazo derecho agarrándome de la nuca, para acercar su rostro al mío y así poder besarme. Al apartarse yo quedé en silenció y él reía bajo mientras divisaba la ciudad bajo nuestros pies.

Al final de la colina, donde el río ya no es bravo, se encontraba el asentamiento con los tejados de distinta altura y sus tejados propicios para el frío. Arriba en la montaña hacía una temperatura muy inferior a la que podía encontrarse en el valle, donde nos disponíamos a pasar la noche. Ya quería deshacerme de la capa y el cinto con la espada, tapar cualquier agujero de luz y ocultarme para descansar como bien merecía.

Durante una hora estuvimos cabalgando en silencio y dejando que únicamente los cascos de los caballos fuera nuestra comunicación secreta. Al llegar nos sentamos frente al fuego, dejando algunas de nuestras pertenencias en la habitación. Pedimos una jarra de vino y un par de vasos, para intentar imitar al resto de viajeros, pero rápidamente nos fuimos a la alcoba.

Era una habitación sencilla con dos camastros amplios, una chimenea propia, un pequeño armario y un par de estanterías junto a una mesa y una silla. No se podía pedir más en esos tiempos. Era mucho lujo para dos vampiros. Podía sentir como el amanecer aún no llegaba y también como mi alma se había vuelto a llevar una decepción. Ese inútil no movió ni un dedo.

Avicus se quitaba la ropa dejándola doblada en el pequeño armario, el cual sólo poseía tres cajones algo delgados donde casi no cabía nada. Su pecho al descubierto, tan ancho y bien marcado, me hizo girar la vista y sentarme en mi camastro.

—Mael, ¿ocurre algo?—preguntó, acercándose a mí tirando su cinto en la cama que usaba—Mael.

—Nunca caigas en esos sueños—respondí mirándole a los ojos—. Me dejarías solo.

—Eres listo y tienes talento para el engaño, sabrías como sobrevivir sin mí—dijo tomando asiento a mi lado—. Eres un buen discípulo y siempre me has parecido honesto aunque Marius no lo crea. Tienes un carácter apático, a veces tan áspero que parece una piedra afilada a punto de cortarte, pero tu corazón es noble.

—Gracias—murmuré, o eso creo.

Sus grandes manos se colocaron a ambos lados de mi cabeza, cerca de las sienes, y me miró con una ternura que sólo se descubre en los ojos de un padre. Vi bondad en ellos. Una bondad que me recordó a la cálida sensación que tuve cuando nos conocimos. Sus dedos siempre fueron ásperos, a pesar que el poder oscuro cambia nuestro tacto. Sin embargo, él al haber sido quemado aún poseía esa piel áspera, algo dorada, que provocaba que cada uno de sus rasgos se acrecentara.

Sentí un fugaz impulso que provocó que me dejara llevar. Me lancé hacia él, agarrándolo por el cuello mientras lo besaba. Él decidió quitarme el jubón mientras repartía caricias por mi torso y mi espalda. Era excitante estar a solas con él, a pesar de lo trágico que podía ser para nuestro viejo compañero. En pocos minutos ambos estábamos desnudos, piel contra piel, besándonos con furia mientras el catre con colchón de paja soportaba, más o menos, el peso de dos hombres adultos de gran tamaño. Mi cabello quedó desparramado sobre la almohada, los suyos rozaban sus mejillas y las mías. Tenía sus brazos, anchos y fuertes, en ambos lados de mi cuerpo y parecía retenerme en silencio. Sentí como mis piernas se abrieron temblorosas, esperando que su cuerpo quedara entre estas, mientras rozaba su sexo mis ingles y vientre.

—Avicus...—balbuceé notando como él apoyaba su frente en la mía, observándome, mientras se unía a mí. No tardé en soltar un quejido bajo, parecido a un lamento, hundiendo mi cabeza en el almohadón permitiendo que él entrara, pues había alzado mis caderas y abierto mis piernas para que pudiera lograrlo—. No, no te detengas—murmuré abrazándome con fuerza a sus costados, prácticamente enterrando mis uñas, mientras movía mis caderas.

—No pienso hacerlo—susurró hundiendo su rostro en mi cuello, para clavar sus colmillos y beber un pequeño trago de mí. El mismo trago que después me ofreció con un largo beso mientras sus caderas comenzaban a moverse.

Se movía tan firme como podía, rompiéndome por la mitad mientras se apoyaba en la cama, y yo simplemente me aferraba a su cadera con ambas piernas, sin dejar de deslizar mis manos por sus costados cubriéndolo de arañazos tan profundos que mis uñas estaban rojas por la sangre. Sin embargo, él decidió invertir posiciones concediéndome el ritmo. Quedé arriba, subido sobre aquel enorme guerrero de rostro bondadoso y mirada amble, la cual era en esos momentos lujuriosa y entregada, mientras mis dedos recorrían su marcado abdomen y mis caderas decidían moverse suavemente a modo de tortura.

—Me gusta mi nuevo semental, parece mejor que el pura sangre del establo—sonreí fascinado por sus gruñidos bajos y la desesperación que iba cubriendo como una lámina su rostro. Tenía una pátina de sudor sanguinolento por todo el cuerpo, igual que yo la tenía, pero él al tener una piel dorada parecía adquirir un tono similar al cobre. Era un espectáculo tentador que no podía despreciar.

Tomé impulso iniciando un ritmo vertiginoso, como si realmente trotara por los valles con un magnífico ejemplar pura sangre. Cerré los ojos dejando que la sensación de libertad entumeciera con placer cada trozo de mi cuerpo. Mis dedos buscaron sujeción y mis uñas fueron el ancla perfecta. Quedé encajado en su cintura moviendo mis caderas como si me persiguiera el mismo demonio. Podía notar su mirada clavada en mí, recorriendo mis facciones desencajadas por la lujuria y la necesidad. El sexo era siempre tentador y necesario, sobre todo cuando sus manos me tocaban con esa firmeza. Pude notar sus pulgares colocarse sobre mis pezones, comenzando un rápido masaje sobre estos. Mi cabello se pegaba a mi espalda, cuello, torso y rostro. No podía hacer algo más que moverme y gemir.

En cierto momento, cuando mi vientre ardía y vibraba como si fuera el epicentro de un terremoto, eyaculé salpicando mi torso y también el suyo. Él me tiró al colchón, girándome para dejar mi espalda contra la suya y arremetió contra mi entrada con furia. Sus manos se posicionaron en mis caderas, apretándome con fuerza, mientras arremetía hasta sacarme lágrimas por ofrecerme un placer tan brusco y perfecto. No tardó demasiado en eyacular dentro de mí, bañándome con su calor y dejando que su sexo abarcara todo.


Sus manos bajaron hacia mi trasero, para abrirlo sin sutilezas y él salió al fin. Aquella noche durmió en mi cama, abrazado a mí, mientras me preguntaba qué futuro tendríamos. Temía la separación, una huida rápida o cualquier división entre ambos. Sufría por esos presentimientos y por ello sentía la necesidad de ver despierto a Marius, entre nosotros. Creía que si éramos tres los vínculos se fortalecerían y no habría tanta discusión entre ambos. Estaba equivocado, ahora lo sé.  

sábado, 31 de mayo de 2014

Palabras frente al fuego

Bonjour

Mael y Marius nunca se han llevado bien, por eso Avicus lo ha intentado... pero se ve que no se puede.

Lestat de Lioncourt 


Palabras frente al fuego

Sentado, en completo silencio, puedo observar sus facciones duras y afables. Sus ojos son dos granos de café, tan intensos como oscuros, que observan intensamente las ascuas de la hoguera. Jamás he pensado detenidamente si el tiempo nos ha hecho más sabios, fuertes y tercos; sin embargo, cuando lo escucho con su tono suave, pausado y masculino, sobre la vida que ha llevado y los mundos que ha visto he supuesto, que al menos, él si es más sabio y fuerte. El terco, como siempre, soy yo.

—Deberías hablar con él—ha dicho de nuevo mientras tomaba asiento a su lado, en el otro extremo del tronco—. Te aprecia.

—Me desprecia—le corregí.

—Mael...

—Avicus, he hecho demasiado por ese cretino—comenté mirando las llamas mientras él se giraba hacia mí, deteniendo su mirada en mi rostro serio y mi ceño fruncido—. Es un terco.

—Tú también—soltó una risotada que cortó el aire y tuve que mirarlo. Tan vivo, tan real, tan cerca y yo aún soñando con su regreso. Habíamos estado divididos mucho tiempo y, ahora, nos rompíamos de nuevo sólo porque Marius y yo no podíamos convivir.

—Yo no le he llamado feo, viejo y estúpido.

—Ignorante sí—replicó con una media sonrisa.

Desconoce por completo lo seductor que puede ser ver a un hombre como él, con un pasado tan oscuro y un futuro tan desconcertante. Puedo ver su gigantesco cuerpo inclinado hacia delante, sus músculos marcados en sus fuertes brazos, y su cabello moviéndose suavemente por la brisa. Quisiera hacerme hueco en su pecho, llamarlo nuevamente maestro y perderme en su aroma; pero no puedo hacer nada, tan sólo quedarme ahí como haría cualquiera. Si él supiera que es mi debilidad, que he extrañado su conversación, estaría perdido.

El amor es algo más que palabras románticas, pues a veces es silencio y también gestos. He caminado a solas y en estos momentos la senda se ha vuelto intensa, más interesante y agradable. Él está ahí, a mi lado, esperando que tome su mano y acepte sus desafíos.

—Lo es—murmuré justo antes de notar su mano derecha, tan gigantesca y áspera, colocando un mechón de mi cabello—. Avicus, no.

—¿Qué?—dijo con una sonrisa franca.

—Intentas convencerme—respondí frunciendo aún más el ceño mientras cruzaba mis brazos.

—¿Es tan obvio?—preguntó con otra risotada.

—Sí.


Han pasado muchos años desde que estuvimos juntos, pero cuando regresó era como si jamás hubiésemos estado separados. Quizás el amor es eso, más que algo físico. Amar es comprender y yo comprendo a Avicus. Tal vez, sólo tal vez, por eso le amo y perdono sus vanos deseos de unión entre Marius y yo.  

jueves, 20 de marzo de 2014

Conversaciones con Avicus

Bonsoir 

Mael me ha pedido que publique esto para que todos logren ver parte de sus vivencias con Avicus. Espero que les agrade.

Lestat de Lioncourt


Sentados frente a frente en medio del jardín observábamos los rasgos que iluminaba el fuego. Comenzaba la primavera, un tiempo mágico. Las flores comenzaban a dispersarse por entre las ramas de los árboles, arbustos y pequeñas macetas. Podías contemplar una numerosa variedad de plantas que iban desde el jazmín, el dondiego, rosas o margaritas. El césped había crecido con las recientes lluvias y posiblemente sería cortado, pero de momento se veía un manto salvaje y verde que se extendía por toda la finca. Avicus parecía silencioso, como siempre, observando y desafiando al silencio a permanecer refugiando a ambos.

—Pronto vendrá el tiempo caluroso por estas tierras—dijo recordando que la humedad siempre permanecería, pero el calor en New Orleans se intensificaba nada más empezar la primavera y no se iba hasta bien entrado el otoño. Aún así era un clima agradable comparado con otras zonas.

—Sí, así es—susurró mirando sus manos.

—¿En qué piensas?—lancé mi pregunta intentando que hablara de una buena vez—. ¿En la estúpida esa?

—No, no pienso en Zenobia—dijo con una leve sonrisa amarga—. Pienso en como se encuentra Lestat.

—Al diablo ese idiota—respondí en un gruñido—. Él nunca se habría preocupado por ti o por mí. Lo sabes. Sólo le interesa sus más cercanos y ya. Olvídate y deja de sentirte mal por alguien que no quiere entender jamás que se mete en líos, sí o sí, y nos arrastra a todos.

—Tiene carácter como tú. Posiblemente raíces celtas—aquello me hizo achicar los ojos y torcer los labios—. Mael deja de hacer esa mueca.

—Mira con referente a Lestat sólo sé que aún llama a Marius. Marius y él son igual de tozudos e idiotas. Igual de imbéciles. Admitamos que parecen padre e hijo y que no nos interesa que ocurra—me crucé de brazos y él se incorporó para acercarse a mí, sentándose a mi lado, y tomando mi mentón para verme bien a los ojos—. ¿Qué?

—¿Por qué no admites que te preocupa?—preguntó—. O ¿por qué no admites que Marius te agrada?

—¡Calumnias!—grité sonrojándome por primera vez en mucho tiempo.

—Tu coraza es dura, pero yo puedo ver a través de ella—dijo riendo bajo para luego explotar en carcajadas.

—Que simpático—mascullé mientras me rodeaba con sus fuertes y anchos brazos, sintiendo su pecho contra mi cabeza y notando que tenía razón.

Todo vampiro es algo huraño, pero eso no nos hace indiferentes. Somos sentimentales, orgullosos, tercos, aventureros a veces y por supuesto cercanos al dolor. La belleza nos deslumbra por igual y el amor nos contagia. Yo mismo he amado muchas veces, aunque ciertamente no de forma tan intensa como lo he hecho con Avicus. Quizás porque él me ha descubierto un mundo intenso, cargado de armonía y silencio.

—Te amo—susurró buscando mis labios para besarme de forma ruda como besa un guerrero.

Los insectos sonaban, el fuego hacía crujir los maderos y la noche parecía cargada de magia. Sin embargo mi realidad era mucho más poderosa y el murmullo de sus dedos acariciando mis cabellos era intenso, gratificante y conmovedor. Avicus siempre sería mi creador y compañero, aunque en ocasiones pasaran siglos sin saber de él. De algún modo siempre estaría conmigo, a mi lado, guardando silencio y esperando que estallara una discusión.


No obstante el dolor del “Príncipe” era notorio y a todos nos afectaba. Ver a un hombre destrozado era ver el reflejo de muchos de nosotros cuando el dolor nos carcomía. Esperaba que pronto la esperanza regresara, aunque no tenía siquiera yo esa brizna que a veces enciende la ilusión. Si bien recostado contra el pecho de mi compañero, con su aroma impregnando mis prendas, me preguntaba si yo alguna vez me había hundido tanto por su partida y si lo haría si algún día volvía a suceder.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt