Bonsoir
Mael me ha pedido que publique esto para que todos logren ver parte de sus vivencias con Avicus. Espero que les agrade.
Lestat de Lioncourt
Sentados frente a frente en medio del
jardín observábamos los rasgos que iluminaba el fuego. Comenzaba la
primavera, un tiempo mágico. Las flores comenzaban a dispersarse por
entre las ramas de los árboles, arbustos y pequeñas macetas. Podías
contemplar una numerosa variedad de plantas que iban desde el jazmín,
el dondiego, rosas o margaritas. El césped había crecido con las
recientes lluvias y posiblemente sería cortado, pero de momento se
veía un manto salvaje y verde que se extendía por toda la finca.
Avicus parecía silencioso, como siempre, observando y desafiando al
silencio a permanecer refugiando a ambos.
—Pronto vendrá el tiempo caluroso
por estas tierras—dijo recordando que la humedad siempre
permanecería, pero el calor en New Orleans se intensificaba nada más
empezar la primavera y no se iba hasta bien entrado el otoño. Aún
así era un clima agradable comparado con otras zonas.
—Sí, así es—susurró mirando sus
manos.
—¿En qué piensas?—lancé mi
pregunta intentando que hablara de una buena vez—. ¿En la estúpida
esa?
—No, no pienso en Zenobia—dijo con
una leve sonrisa amarga—. Pienso en como se encuentra Lestat.
—Al diablo ese idiota—respondí en
un gruñido—. Él nunca se habría preocupado por ti o por mí. Lo
sabes. Sólo le interesa sus más cercanos y ya. Olvídate y deja de
sentirte mal por alguien que no quiere entender jamás que se mete en
líos, sí o sí, y nos arrastra a todos.
—Tiene carácter como tú.
Posiblemente raíces celtas—aquello me hizo achicar los ojos y
torcer los labios—. Mael deja de hacer esa mueca.
—Mira con referente a Lestat sólo sé
que aún llama a Marius. Marius y él son igual de tozudos e idiotas.
Igual de imbéciles. Admitamos que parecen padre e hijo y que no nos
interesa que ocurra—me crucé de brazos y él se incorporó para
acercarse a mí, sentándose a mi lado, y tomando mi mentón para
verme bien a los ojos—. ¿Qué?
—¿Por qué no admites que te
preocupa?—preguntó—. O ¿por qué no admites que Marius te
agrada?
—¡Calumnias!—grité sonrojándome
por primera vez en mucho tiempo.
—Tu coraza es dura, pero yo puedo ver
a través de ella—dijo riendo bajo para luego explotar en
carcajadas.
—Que simpático—mascullé mientras
me rodeaba con sus fuertes y anchos brazos, sintiendo su pecho contra
mi cabeza y notando que tenía razón.
Todo vampiro es algo huraño, pero eso
no nos hace indiferentes. Somos sentimentales, orgullosos, tercos,
aventureros a veces y por supuesto cercanos al dolor. La belleza nos
deslumbra por igual y el amor nos contagia. Yo mismo he amado muchas
veces, aunque ciertamente no de forma tan intensa como lo he hecho
con Avicus. Quizás porque él me ha descubierto un mundo intenso,
cargado de armonía y silencio.
—Te amo—susurró buscando mis
labios para besarme de forma ruda como besa un guerrero.
Los insectos sonaban, el fuego hacía
crujir los maderos y la noche parecía cargada de magia. Sin embargo
mi realidad era mucho más poderosa y el murmullo de sus dedos
acariciando mis cabellos era intenso, gratificante y conmovedor.
Avicus siempre sería mi creador y compañero, aunque en ocasiones
pasaran siglos sin saber de él. De algún modo siempre estaría
conmigo, a mi lado, guardando silencio y esperando que estallara una
discusión.
No obstante el dolor del “Príncipe”
era notorio y a todos nos afectaba. Ver a un hombre destrozado era
ver el reflejo de muchos de nosotros cuando el dolor nos carcomía.
Esperaba que pronto la esperanza regresara, aunque no tenía siquiera
yo esa brizna que a veces enciende la ilusión. Si bien recostado
contra el pecho de mi compañero, con su aroma impregnando mis
prendas, me preguntaba si yo alguna vez me había hundido tanto por
su partida y si lo haría si algún día volvía a suceder.
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