Mael y Avicus han vuelto a discutir y dejarse llevar. Yo no quiero romper la magia de este escrito con mis palabras. Vaya memorias...
Lestat de Lioncourt
Las discusiones habían empezado para
no acabar. Él no me dirigía la palabra. Sus ojos oscuros se
clavaban en los míos con cientos de reproches, palabras que nunca
sonarían en sus labios y no retumbarían en mi alma. Pero las
sentía. Veía su molestia acrecentarse cada día. Me sentí
nuevamente maldito, arrojado al precipicio del dolor y a punto de
caer de nuevo en una vorágine de sentimientos que no era capaz de
controlar. Tenía que mantenerme sereno, como aquella vez. Sin
embargo, muchas cosas habían cambiado. Hace siglos pensé que
nuestra separación duraría tan sólo unos años, pero luego me di
cuenta que su rechazo era aún más intenso. Había perdido al único
ser que lograba comprenderme.
Avicus me había mostrado su lado más
cruel mientras se mantenía a mi lado. No podía soportar su rostro
níveo con las facciones duras, los ojos pétreos y sus labios
apretados. Tenía su cabello negro y ondulado completamente suelto.
La camisa blanca que había optado por usar esa noche remarcaba la
blancura de su piel. Ya no había rastro alguno de aquel terrible
fuego. Parecía cincelado en piedra. Los pantalones oscuros de vestir
le daban un toque aún más terrorífico, pues con sus pies desnudos
estos parecían cincelados en mármol de forma detallada. Entre sus
manos el último libro que había conseguido. Últimamente los libros
de fantasía le habían arrebatado el aliento. Suspiraba en cada
batalla narrada, sonreía con los encuentros románticos y le
fascinaba los seres que en ellos podía leer habitualmente. Se había
convertido en el único remedio a mi compañía.
Aquella noche estaba cansado e
irritado. Quería que él hablase conmigo. Necesitaba que aceptara
que teníamos que hablar. Compartir una cabaña en medio de las
montañas de Canadá no era para nada lo que yo esperaba de mi vida.
Me había acostumbrado a California, San Diego, San Francisco y New
Orleans. Él, sin embargo, había vivido en territorios gélidos y
solitarios. Extrañaba el tráfico, pero sobre todo extrañaba hablar
con alguien. Me irritaba estar a la espera de una llamada de Jesse
para sentirme menos solo.
—Escúchame—dije entrando en la
habitación—. ¡Quiero que me escuches!—grité.
Él alzó la vista del libro unos
segundos, se encogió de hombros y continuó leyendo. Aquello me
enfureció. Fue la chispa necesaria. Me acerqué a él y le arrebaté
el libro, lo arrojé a la chimenea y le miré furioso a los ojos.
Cara a cara. Al fin nos veíamos. Tras semanas observándome tras un
montón de volúmenes de diversos autores, con dragones como
custodios de su imaginación y princesas prometidas a punto de caer
en maldiciones. Estaba cansado. Daba más importancia a la fantasía
que a la realidad que nos rodeaba.
—¡Vas a escucharme!—grité
acercándome a él—. Estoy harto. Estoy harto de tanta nieve, harto
del silencio, y harto de tu indiferencia. Pensé que había roto la
maldición y que ambos podíamos tener una vida juntos. Tu compañía
siempre ha sido interesante para mí, pero tú te has convertido en
un ser que desea ser un sabio. Y te diré algo más, Avicus, sólo te
estás comportando como un imbécil—las palabras se amontonaban en
mi garganta y las escupía con rabia.
Él parecía no comprender mi dolor.
Parecía indiferente. Giró su rostro hacia la chimenea y vio arder
su libro. Ya a penas quedaba algo de la maravillosa encuadernación
con bordes dorados y diversos dibujos en plata. Nada. Todo estaba
reduciéndose a cenizas. Quizás era un símbolo de nosotros dos. Él
ya no me amaba. Amó más a esa criatura débil e inservible. Una
mujer que no podía siquiera hacer su vida sin ser servil. Ella,
Zenobia, traicionera y astuta. Me quitó su amor, me echó de su lado
y luego lo abandonó cuando se cansó de tenerlo junto a ella.
—¡Di algo!—espeté.
Su gigantesco cuerpo finalmente cobró
vida. El mullido sofá de cuero quedó desocupado. Sus pies de mármol
acariciaron ligeramente la moqueta, dando firmes pasos hacia mí,
mientras su rostro se animaba con una sonrisa que me aterró. Me
rebasaba sacándome una cabeza. Era un ser gigantesco. Siempre fue un
enorme gigante bonachón que ocasionalmente caía en un letargo por
sus pensamientos. Pero, desde que había regresado se había
convertido en un ser aún más extraño. Pasaba horas leyendo,
meditando, aprendiendo y dejaba atrás su animadas conversaciones de
antaño. Ella le había hecho cambiar. Se había convertido en un
coloso amante de los secretos.
Movió sus brazos hacia mí y dejó
caer sus manos sobre mis hombros. Tan sólo llevaba una bata verde de
raso. Había estado descansando durante gran parte del día encerrado
en un viejo ataúd. Aquel contacto, ligeramente frío, de sus manos
era mucho más pesado que cualquier muro que pudiese caer sobre mi
cuerpo. Se inclinó suavemente sobre mí, igual que hacía un ave
sobre una rama débil, mientras me miraba apreciando al fin mis ojos
azules. Me sentí temeroso, pero los temores se evaporaron cuando sus
labios aprisionaron los míos.
Sentí su frío aliento mezclándose
conmigo, su lengua enredándose con la mía hasta fundirse, y sus
gigantescas manos subieron hasta mis pómulos. Estaba intentando
callar mis reproches con un beso y funcionaba. Lamentablemente
funcionaba. Necesitaba tanto su beneplácito que funcionó. Siempre
me sentí subyugado a su belleza, al amor profundo que podía ver en
sus ojos oscuros y a las historias que llegaba a confesarme en tono
bajo. Nunca pude olvidar esa sensación de encontrarme en casa cuando
me rodeaba. Ni siquiera cuando me decía a mí mismo que estaba
maldito, y que posiblemente él jamás me amó como yo creía.
Mi bata cayó al suelo rápidamente.
Quedé, por lo tanto, desnudo. Mi cuerpo es delgado, aunque existe
cierta musculatura que se marca perfectamente. Soy un hombre de
complexión media, con viejas marcas de guerra que han ido
desapareciendo y con una piel que sufrió terribles quemaduras. Él,
sin embargo, es un gigante tallado exquisitamente con unos ojos que
parecen gemas de color café. Es perturbador observarle. Sobre todo
cuando toma una pose casi divina.
Coloqué mis manos sobre su pecho,
acariciándolo por encimad de la ropa, mientras dibujaba con mis
dedos su torso marcado. Las suyas acariciaban mi rostro. Sus dedos
parecían querer recorrer cada una de mis facciones, para luego
perderse entre mis lisos cabellos color paja. El beso cesó, pero mis
labios quedaron cerca de los suyos. Tenía una pose taimada, pero él
parecía haber animado su cara.
—Te amo—dijo—. Lamento el dolor
que te he infringido—añadió con su voz profunda y en un tono
suave.
—Fui yo quien se marchó—respondí
rápidamente.
Mis dedos de uñas afiladas,
puntiagudas y rápidas, habían roto cada uno de los hilos de sus
botones. Uno a uno fue cayendo haciendo un sonido sordo sobre la
moqueta. Su camisa se abrió y pude desnudar su torso. Las yemas de
mis dedos acariciaron sutilmente cada uno de sus músculos. Me
pregunté por su viejo entrenamiento, la pesada espada en su cinto,
las riendas siendo tomadas por sus vigorosas manos y el deseo de
sangre derramada. Había visto tantas guerras, contemplado los cielos
enrojecer del mismo modo que los valles donde su compañía
descansaba y también guardado misterios. Nunca hablaba de su vida en
común con Zenobia. Parecía una parte de su historia que quedaba
sepultada por un terrible secreto. Odiaba pensar que ella le había
lastimado, pues ya me había hecho a mí el suficiente daño.
—Te eché—dijo secamente—. Del
mismo modo que intentaba hacerlo hace unos minutos. No soy capaz de
comprender tu impulsividad—explicó mientras se apartaba. Terminó
sentado nuevamente en el sofá mirándome con cierto color en sus
mejillas. Estaba desnudo y él parecía apreciar con agrado mis
músculos marcados, el vello púbico que coronaba mi miembro y que
salpicaba mis piernas y torso. Tenía un aspecto salvaje, de hombre
de las cavernas son una mezcla de hombre moderno. Mi rostro se
conmovía con cada palabra que él me ofrecía. Era un milagro estar
de nuevo junto a él, aunque fuese en una habitación de madera
perdido en mitad de la nada—. Soy un ser tranquilo, de gustos
simples y que admira la belleza de los bosques—dijo recostado su
espalda en el sofá—. Tú amas la esencia de éste mundo, pero has
quedado conquistado por el bullicio.
—Amo el bullicio porque en él no me
encuentro solo—respondí acercándome a él—. En él siempre he
buscado el lugar donde hallar mi hogar. He permanecido durante siglos
al lado de diversos inmortales, he buscado la compañía en viejos
amigos y he hallado el vacío en las habitaciones repletas de amables
mortales. Te buscaba a ti—dije finalmente en un arrebato de
sinceridad—. Me marché porque no encontré lugar alguno a tu lado.
Tú no me retenías. Ya no me amabas lo suficiente. Ella había
ganado—cerré los ojos mientras dejaba mis manos sobre su rostro,
intentando dibujarlo en mis recuerdos. Tan sereno, con un aspecto
bondadoso y a la vez peligroso. Un ser antiguo, mucho más antiguo
que yo, que buscaba la paz y la sabiduría en los libros—. Te he
amado y no he sabido explicar mis sentimientos. Jamás sé
hacerlo—abrí los ojos sentándome sobre sus piernas ligeramente
flexionadas—. Tal vez sí soy un salvaje.
—Oh, Mael... —balbuceó.
Todo sucedió demasiado rápido. Cuando
pude comprender que sucedía estábamos sobre la moqueta. Él se
deshacía de la escasa ropa que aún conservaba. Por mi parte me
dedicaba a dejar caricias y rasguños. Sentía mis colmillos punzar,
clavándose ligeramente en su piel, mientras drenaba una de sus venas
próximas al cuello. Mis piernas se abrían dispuesto a todo. Noté
su miembro duro entre mis nalgas, aunque no penetrándome, y jadeé
por sentirme prisionero de su cuerpo. Él caía sobre mí, como si yo
fuese su víctima, y me sentí lleno de deseo. Mis brazos lo rodearon
bajo sus axilas, arañando la cruz de su espalda y la parte baja. Mis
uñas dejaban surcos profundos que derramaban pequeñas gotas de
sangre antes de cerrarse, pues debido a nuestros milenios
cicatrizábamos con una habilidad pasmosa.
Al penetrarme tuve que cerrar los ojos
emitiendo un largo gemido. Había esperado ese momento durante
semanas, casi meses. Sus manos me recorrían con una deliciosa
sensación de libertad. Cada arremetida contra mi cuerpo era una oda
al placer carnal, a hundirme en la naturaleza y saborear el momento.
Mis dientes estaban ligeramente manchados de su sangre, cosa que
provocó que me besara hondamente para calmar sus deseos. Sus dientes
cortaron mi lengua y brotó de ella un chorro de sangre espesa. Ambos
nos deleitábamos mientras su cuerpo seguía moviéndose.
Podía notar la sensible piel de su
miembro, la forma de éste y sus venas hinchadas. Cada milímetro que
ahondaba en mi interior era una liberación. Caí en la cuenta que
estaba terriblemente subyugado a él. Parecía que yo lo dominaba,
pero realmente él era quien me ofrecía el terreno salvaje donde
sentirme cuidado. Era como un bosque y yo su particular habitante.
Nuestros gemidos aumentaban. El ritmo
se hacía cada vez más intenso. Mis piernas temblaban. Sus manos
acariciaban demasiado rápido. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de
ojos. Cuando quise retenerlo era demasiado tarde. Llegué al orgasmo
junto a él. Un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza. Pocos
segundos después él lo hacía. El fuerte rugido que emitió cerca
del lado derecho de mi cuello me excitó hasta escandalizarme.
Aquella noche se inició un ritual
distinto en los dos. Las conversaciones volvieron a ser fluidas como
antaño. Yo empecé a olvidarme de Zenobia y su veneno. Él siguió
guardando el gran secreto de sus años con ella, lejos de mí y de
todos.
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