Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 17 de octubre de 2014

Libertad

Mael y Avicus han vuelto a discutir y dejarse llevar. Yo no quiero romper la magia de este escrito con mis palabras. Vaya memorias...

Lestat de Lioncourt


Las discusiones habían empezado para no acabar. Él no me dirigía la palabra. Sus ojos oscuros se clavaban en los míos con cientos de reproches, palabras que nunca sonarían en sus labios y no retumbarían en mi alma. Pero las sentía. Veía su molestia acrecentarse cada día. Me sentí nuevamente maldito, arrojado al precipicio del dolor y a punto de caer de nuevo en una vorágine de sentimientos que no era capaz de controlar. Tenía que mantenerme sereno, como aquella vez. Sin embargo, muchas cosas habían cambiado. Hace siglos pensé que nuestra separación duraría tan sólo unos años, pero luego me di cuenta que su rechazo era aún más intenso. Había perdido al único ser que lograba comprenderme.

Avicus me había mostrado su lado más cruel mientras se mantenía a mi lado. No podía soportar su rostro níveo con las facciones duras, los ojos pétreos y sus labios apretados. Tenía su cabello negro y ondulado completamente suelto. La camisa blanca que había optado por usar esa noche remarcaba la blancura de su piel. Ya no había rastro alguno de aquel terrible fuego. Parecía cincelado en piedra. Los pantalones oscuros de vestir le daban un toque aún más terrorífico, pues con sus pies desnudos estos parecían cincelados en mármol de forma detallada. Entre sus manos el último libro que había conseguido. Últimamente los libros de fantasía le habían arrebatado el aliento. Suspiraba en cada batalla narrada, sonreía con los encuentros románticos y le fascinaba los seres que en ellos podía leer habitualmente. Se había convertido en el único remedio a mi compañía.

Aquella noche estaba cansado e irritado. Quería que él hablase conmigo. Necesitaba que aceptara que teníamos que hablar. Compartir una cabaña en medio de las montañas de Canadá no era para nada lo que yo esperaba de mi vida. Me había acostumbrado a California, San Diego, San Francisco y New Orleans. Él, sin embargo, había vivido en territorios gélidos y solitarios. Extrañaba el tráfico, pero sobre todo extrañaba hablar con alguien. Me irritaba estar a la espera de una llamada de Jesse para sentirme menos solo.

—Escúchame—dije entrando en la habitación—. ¡Quiero que me escuches!—grité.

Él alzó la vista del libro unos segundos, se encogió de hombros y continuó leyendo. Aquello me enfureció. Fue la chispa necesaria. Me acerqué a él y le arrebaté el libro, lo arrojé a la chimenea y le miré furioso a los ojos. Cara a cara. Al fin nos veíamos. Tras semanas observándome tras un montón de volúmenes de diversos autores, con dragones como custodios de su imaginación y princesas prometidas a punto de caer en maldiciones. Estaba cansado. Daba más importancia a la fantasía que a la realidad que nos rodeaba.

—¡Vas a escucharme!—grité acercándome a él—. Estoy harto. Estoy harto de tanta nieve, harto del silencio, y harto de tu indiferencia. Pensé que había roto la maldición y que ambos podíamos tener una vida juntos. Tu compañía siempre ha sido interesante para mí, pero tú te has convertido en un ser que desea ser un sabio. Y te diré algo más, Avicus, sólo te estás comportando como un imbécil—las palabras se amontonaban en mi garganta y las escupía con rabia.

Él parecía no comprender mi dolor. Parecía indiferente. Giró su rostro hacia la chimenea y vio arder su libro. Ya a penas quedaba algo de la maravillosa encuadernación con bordes dorados y diversos dibujos en plata. Nada. Todo estaba reduciéndose a cenizas. Quizás era un símbolo de nosotros dos. Él ya no me amaba. Amó más a esa criatura débil e inservible. Una mujer que no podía siquiera hacer su vida sin ser servil. Ella, Zenobia, traicionera y astuta. Me quitó su amor, me echó de su lado y luego lo abandonó cuando se cansó de tenerlo junto a ella.

—¡Di algo!—espeté.

Su gigantesco cuerpo finalmente cobró vida. El mullido sofá de cuero quedó desocupado. Sus pies de mármol acariciaron ligeramente la moqueta, dando firmes pasos hacia mí, mientras su rostro se animaba con una sonrisa que me aterró. Me rebasaba sacándome una cabeza. Era un ser gigantesco. Siempre fue un enorme gigante bonachón que ocasionalmente caía en un letargo por sus pensamientos. Pero, desde que había regresado se había convertido en un ser aún más extraño. Pasaba horas leyendo, meditando, aprendiendo y dejaba atrás su animadas conversaciones de antaño. Ella le había hecho cambiar. Se había convertido en un coloso amante de los secretos.

Movió sus brazos hacia mí y dejó caer sus manos sobre mis hombros. Tan sólo llevaba una bata verde de raso. Había estado descansando durante gran parte del día encerrado en un viejo ataúd. Aquel contacto, ligeramente frío, de sus manos era mucho más pesado que cualquier muro que pudiese caer sobre mi cuerpo. Se inclinó suavemente sobre mí, igual que hacía un ave sobre una rama débil, mientras me miraba apreciando al fin mis ojos azules. Me sentí temeroso, pero los temores se evaporaron cuando sus labios aprisionaron los míos.

Sentí su frío aliento mezclándose conmigo, su lengua enredándose con la mía hasta fundirse, y sus gigantescas manos subieron hasta mis pómulos. Estaba intentando callar mis reproches con un beso y funcionaba. Lamentablemente funcionaba. Necesitaba tanto su beneplácito que funcionó. Siempre me sentí subyugado a su belleza, al amor profundo que podía ver en sus ojos oscuros y a las historias que llegaba a confesarme en tono bajo. Nunca pude olvidar esa sensación de encontrarme en casa cuando me rodeaba. Ni siquiera cuando me decía a mí mismo que estaba maldito, y que posiblemente él jamás me amó como yo creía.

Mi bata cayó al suelo rápidamente. Quedé, por lo tanto, desnudo. Mi cuerpo es delgado, aunque existe cierta musculatura que se marca perfectamente. Soy un hombre de complexión media, con viejas marcas de guerra que han ido desapareciendo y con una piel que sufrió terribles quemaduras. Él, sin embargo, es un gigante tallado exquisitamente con unos ojos que parecen gemas de color café. Es perturbador observarle. Sobre todo cuando toma una pose casi divina.

Coloqué mis manos sobre su pecho, acariciándolo por encimad de la ropa, mientras dibujaba con mis dedos su torso marcado. Las suyas acariciaban mi rostro. Sus dedos parecían querer recorrer cada una de mis facciones, para luego perderse entre mis lisos cabellos color paja. El beso cesó, pero mis labios quedaron cerca de los suyos. Tenía una pose taimada, pero él parecía haber animado su cara.

—Te amo—dijo—. Lamento el dolor que te he infringido—añadió con su voz profunda y en un tono suave.

—Fui yo quien se marchó—respondí rápidamente.

Mis dedos de uñas afiladas, puntiagudas y rápidas, habían roto cada uno de los hilos de sus botones. Uno a uno fue cayendo haciendo un sonido sordo sobre la moqueta. Su camisa se abrió y pude desnudar su torso. Las yemas de mis dedos acariciaron sutilmente cada uno de sus músculos. Me pregunté por su viejo entrenamiento, la pesada espada en su cinto, las riendas siendo tomadas por sus vigorosas manos y el deseo de sangre derramada. Había visto tantas guerras, contemplado los cielos enrojecer del mismo modo que los valles donde su compañía descansaba y también guardado misterios. Nunca hablaba de su vida en común con Zenobia. Parecía una parte de su historia que quedaba sepultada por un terrible secreto. Odiaba pensar que ella le había lastimado, pues ya me había hecho a mí el suficiente daño.

—Te eché—dijo secamente—. Del mismo modo que intentaba hacerlo hace unos minutos. No soy capaz de comprender tu impulsividad—explicó mientras se apartaba. Terminó sentado nuevamente en el sofá mirándome con cierto color en sus mejillas. Estaba desnudo y él parecía apreciar con agrado mis músculos marcados, el vello púbico que coronaba mi miembro y que salpicaba mis piernas y torso. Tenía un aspecto salvaje, de hombre de las cavernas son una mezcla de hombre moderno. Mi rostro se conmovía con cada palabra que él me ofrecía. Era un milagro estar de nuevo junto a él, aunque fuese en una habitación de madera perdido en mitad de la nada—. Soy un ser tranquilo, de gustos simples y que admira la belleza de los bosques—dijo recostado su espalda en el sofá—. Tú amas la esencia de éste mundo, pero has quedado conquistado por el bullicio.

—Amo el bullicio porque en él no me encuentro solo—respondí acercándome a él—. En él siempre he buscado el lugar donde hallar mi hogar. He permanecido durante siglos al lado de diversos inmortales, he buscado la compañía en viejos amigos y he hallado el vacío en las habitaciones repletas de amables mortales. Te buscaba a ti—dije finalmente en un arrebato de sinceridad—. Me marché porque no encontré lugar alguno a tu lado. Tú no me retenías. Ya no me amabas lo suficiente. Ella había ganado—cerré los ojos mientras dejaba mis manos sobre su rostro, intentando dibujarlo en mis recuerdos. Tan sereno, con un aspecto bondadoso y a la vez peligroso. Un ser antiguo, mucho más antiguo que yo, que buscaba la paz y la sabiduría en los libros—. Te he amado y no he sabido explicar mis sentimientos. Jamás sé hacerlo—abrí los ojos sentándome sobre sus piernas ligeramente flexionadas—. Tal vez sí soy un salvaje.

—Oh, Mael... —balbuceó.

Todo sucedió demasiado rápido. Cuando pude comprender que sucedía estábamos sobre la moqueta. Él se deshacía de la escasa ropa que aún conservaba. Por mi parte me dedicaba a dejar caricias y rasguños. Sentía mis colmillos punzar, clavándose ligeramente en su piel, mientras drenaba una de sus venas próximas al cuello. Mis piernas se abrían dispuesto a todo. Noté su miembro duro entre mis nalgas, aunque no penetrándome, y jadeé por sentirme prisionero de su cuerpo. Él caía sobre mí, como si yo fuese su víctima, y me sentí lleno de deseo. Mis brazos lo rodearon bajo sus axilas, arañando la cruz de su espalda y la parte baja. Mis uñas dejaban surcos profundos que derramaban pequeñas gotas de sangre antes de cerrarse, pues debido a nuestros milenios cicatrizábamos con una habilidad pasmosa.

Al penetrarme tuve que cerrar los ojos emitiendo un largo gemido. Había esperado ese momento durante semanas, casi meses. Sus manos me recorrían con una deliciosa sensación de libertad. Cada arremetida contra mi cuerpo era una oda al placer carnal, a hundirme en la naturaleza y saborear el momento. Mis dientes estaban ligeramente manchados de su sangre, cosa que provocó que me besara hondamente para calmar sus deseos. Sus dientes cortaron mi lengua y brotó de ella un chorro de sangre espesa. Ambos nos deleitábamos mientras su cuerpo seguía moviéndose.

Podía notar la sensible piel de su miembro, la forma de éste y sus venas hinchadas. Cada milímetro que ahondaba en mi interior era una liberación. Caí en la cuenta que estaba terriblemente subyugado a él. Parecía que yo lo dominaba, pero realmente él era quien me ofrecía el terreno salvaje donde sentirme cuidado. Era como un bosque y yo su particular habitante.

Nuestros gemidos aumentaban. El ritmo se hacía cada vez más intenso. Mis piernas temblaban. Sus manos acariciaban demasiado rápido. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quise retenerlo era demasiado tarde. Llegué al orgasmo junto a él. Un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza. Pocos segundos después él lo hacía. El fuerte rugido que emitió cerca del lado derecho de mi cuello me excitó hasta escandalizarme.

Aquella noche se inició un ritual distinto en los dos. Las conversaciones volvieron a ser fluidas como antaño. Yo empecé a olvidarme de Zenobia y su veneno. Él siguió guardando el gran secreto de sus años con ella, lejos de mí y de todos.


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Lestat de Lioncourt