Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Todo está claro

Pobre Goblin y pobre Quinn.

Lestat de Lioncourt 

Aún puedo escuchar las historias que contaba la Gran Ramona sobre la locura de Manfred Blackwood, el loco, cuando era tan sólo un niño. Me sentaba en sus faldas y me hacía prometer que jamás cruzaría el pantano, pues había innumerables peligros, para confirmarlo. Mi abuela, Sweetheart, me miraba con ojos amorosos mientras terminaba de hornear alguna de sus tartas de manzanas, arándanos o peras. Mi abuelo Pops estaba fuera, con la azada, haciendo su trabajo habitual para plantar los limoneros o arar los huertos, junto con los muchachos que eran descendientes de los viejos esclavos. Jasmine era también muy joven, una adolescente, y solía estar por la cocina hablando de su sueño de ir a la mejor universidad.

Todavía puedo. Es algo que no me arrancará jamás el tiempo. Mi dulce y típica vida de chico de campo, el cual era incorregible para llevar al colegio. El motivo, el único y especial motivo, que existía era que yo poseía un “amigo imaginario”. Él se parecía a mí, pero sus actos eran menos bondadosos con el resto de la familia; pues para mí los empleados de la granja eran familia.

Tenía diez años cuando correteaba por el pasto persiguiendo luciérnagas. Era una noche de verano muy tórrida. Mi madre había llegado tras meses sin dar señales de vida. Mi abuelo lloraba en su habitación y mi abuela, que siempre estaba atenta a mí, contenía sus ganas de llorar sentada en la terraza junto a mi tía Queen. Tía Queen era una mujer muy fuerte, aunque era mayor que todos en la casa, y siempre aparecía para tomarse unas merecidas vacaciones.

Ese día noté algo distinto. Ella decidió que viviría con nosotros para siempre, porque estaba cansada de viajar. Debí hacer caso a mi instinto y a todo lo que pude ver en su aura; pero yo era un niño. Goblin, como así llamaba a ese amigo imaginario, no paraba de saludarla e intentar que lo mimara igual que a mí. Ella lo ignoraba, como no. Todos lo ignoraban como si no existiese. En las primeras ocasiones se ponía a llorar, pero con el paso de los años sólo sentía rabia, ira, impotencia y dolor. Podía ver esos sentimientos reflejados en sus ojos tan similares a los míos. Él se parecía a mí en todo, salvo que yo era un niño y él un fantasma.

Años más tarde he comprendido todo lo que ocurría. Goblin era mi hermano gemelo muerto a las pocas horas de nacer. Él tomaba más fuerza con las visitas de mi madre. Todos en la casa, incluyendo a varias personas del servicio, podían verlo. El motivo era evidente. La mayoría de nosotros descendíamos de los Mayfair, una poderosa familia de brujos. Manfred Blackwood no era mi antepasado, sino su amigo de juergas llamado Julien Mayfair. Ambos hicieron un pacto para que Julien tuviese relaciones con la nuera de Manfred, pues su hijo era incapaz de mantener relaciones, y por ende descendencia. Ambos hijos eran fruto de un engaño a la pobre mujer, la cual jamás supo que no era su marido quien se disfrazaba, con máscaras y ropa estrafalaria, para la concepción. Los antiguos esclavos tuvieron vínculos con los Mayfair, pues hay una rama negra en la familia, y estos tuvieron contacto con nosotros porque Manfred los contrataba como hombres libres. Finalmente todo fue encajando. Incluso encajó el hecho de poder oler a los Taltos, unas criaturas similares físicamente a los humanos.

Siempre creí que imaginaba las miradas de tía Queen, miradas de miedo y odio, hacia Gawain, como realmente se llama mi hermano. Esas miradas que un día se convirtieron en motivo, más que suficiente, para matarla por parte de ese espíritu burlesco que, con el paso de los años, acabó siendo cruel.


domingo, 22 de mayo de 2016

Amor y nada más.

Hoy no hay texto de Daniel sino uno de Nash. Debido a que estamos haciendo ver las distintas formas de amor y de familia queremos mostrar los sentimientos de quien fue tutor y amigo de Quinn. 


Lestat de Lioncourt


El amor no entiende de barreras. A veces llega en el peor de los momentos posibles. No es cuestión de buscarlo o rogarlo. Simplemente el amor nace como las amapolas. Florece en cualquier corazón y provoca una reacción distinta en cada alma. He visto hombres llorar desconsolados al saber que estaban enamorados de la persona incorrecta porque jamás serían correspondidos y mujeres guardar gélido silencio mientras sus corazones se fracturaban. El género no te hace ser más o menos sensible, más o menos fuerte, más o menos resistente al amor o simplemente no ayuda a conseguir el amor que necesitas. Como tampoco lo hace el sexo o la sexualidad. Cada uno es distinto y vive su cuerpo y sus sentimientos de formas complejas y muy diversas.

Hace tiempo que comprendí que moriría enamorado de alguien que nunca me correspondería. De hecho creo que jamás se ha percatado de mi amor por él. Mi confesión quedó guardada en el abismo de un te quiero vacío e insignificante. Quizá por su juventud no pudo ver más allá de mis formas educadas y comprensivas, pero admito que también mi amor por él parece el típico romance de literatura barata.

Soy educador por convencimiento. Me convencí a mí mismo hace décadas. Tomé esta decisión cuando terminé mis dos carreras. Sentí que el mundo de la literatura moría lentamente y los grandes libros sólo se habían elaborado por las pasiones, equivocaciones y penitencias del pasado. Comprendí que el hombre se negaba a recordar la historia. Creo que acepté el riesgo. Quería enseñar a los jóvenes a amar apasionadamente la literatura y la historia porque sólo a través de conocer y comprender los sentimientos que llevaron al hombre a cometer ciertos hechos, crear ciertas leyes y elaborar pensamientos que aún hoy tienen vigencia comprenderían el mundo que les rodea y podrían quizá ser la salvación de una cultura decadente.

Hace más de tres décadas conocí a una mujer increíble. De haber sido heterosexual habría pedido su mano sin importarme que fuese mayor que yo. Me enamoró su forma de amar el mundo. Caí conquistado por su risa contagiosa y su forma amable de saborear cada segundo en la compañía de otros. Por eso mismo decidí aceptar el trabajo de tutor privado. Yo tenía un buen cargo en una excelente universidad británica, pero sabía que ella estaba desesperada. Ese fue el primer paso hacia mi condena.

Nueva Orleans siempre ha sido un lugar lleno de sabores y olores tan mezclados como su cultura y su gente. Allí donde mires hay una belleza mágica que no sabes explicar. Pero no hay belleza mágica mayor que esos ojos profundos de color azul. Me enamoré del sobrino nieto de mi amiga. No hubo impedimentos en mi corazón por su edad, ya que sólo rozaba los dieciocho, ni por su inestabilidad emocional. Quedé profundamente enamorado sólo con escuchar su voz y observar como sus labios se arqueaban en una cordial sonrisa.

Quise huir en cuanto noté que estaba enamorado de una joven de su edad, que mis sentimientos serían una tortura y que el mundo mismo iba a hacerme enloquecer. Pero él me rogó que me quedara. Con toda la inocencia del mundo me pidió que permaneciera a su lado porque necesitaba un amigo y un guía en este mundo de locos. Yo sólo pude abrazarlo y llorar en mi habitación con la puerta cerrada. Quería matar mis ilusiones pero fue imposible. Acepté la condena. Permití que en mis sueños él fuese mío del formas distintas como única forma de mantener la cordura.


Nunca le he exigido que me ame pues tampoco le he confesado mis sentimientos. Sólo me he quedado contemplando como él intentaba ser feliz con la persona que ama. Me mantengo al margen. Tan al margen que hace algunos años que no sé nada de él y me he dedicado a cuidar al hijo que tuvo con otra mujer. El pequeño me ha tomado cariño y soy su figura paterna. Mi amiga murió hace algunos años y sé que no estaría encantada con todo lo que está sucediendo. Sin embargo, yo soy feliz de algún modo porque confío que él está viviendo el amor que necesita y desea.  

lunes, 14 de diciembre de 2015

Venus salida de la muerte

Tarquin y Mona forman una pareja especial. Viktor y Rose me recuerdan mucho a ellos.

Lestat de Lioncourt 


—¿Estás molesto?—preguntó tomando asiento a mi lado.

Algunas pequeñas gotas de agua se escurrían por su frente, mejillas y comisura de sus labios. Sus cabellos aún estaban húmedos y olían a mi champú. Sus ojos verdes estaban inquietos y podía leer su alma en ellos. Un alma que parecía satisfecha, orgullosa y feliz. Deseaba atraparla entre mis brazos y llenarla de besos, sin importarme que estuviera desnuda y empapada. Acababa de salir de la ducha, después de relajarse y limpiar los últimos desechos que su cuerpo había producido.

—No—susurré.

Temía llenarla de miedos injustificados, pero tan presentes para mí como las palabras de Petronia y los consejos de Nash. A lo largo de mi vida había tenido varias personas que me habían ayudado, animado o desaconsejado. Monstruos tan humanos como mi creadora, que era de las que creían que las lecciones entran con sangre y dolor.

—Pues estás muy callado—dijo apoyando su pequeña cabeza sobre mi brazo derecho.

—Me preocupa—murmuré.

—¿Qué te preocupa?—interrogó.

—Muchas cosas, Mona—dije rodeándola para sostenerla entre mis brazos. Aún llevaba el traje que había llevado en el velatorio del cuerpo de mi tía Queen, la cual ya yacía en la cripta familiar.

—Podrías decirme qué te ocurre. Soy tu pareja y deberías...

—Me preocupa que algo malo pueda ocurrirte—respondí solventando sus dudas. La tomé del rostro y la miré con cariño.

La amaba. No había duda. Desde que la conocí lo supe. Era como una de esas historias de los libros y películas que solía ver con mi tía, Jasmine y la Gran Ramona. Un chico conocía a la chica de sus sueños y la música sonaba distinta, el mundo poseía un color nuevo y el corazón latía acelerado a su lado. Incluso podía notar que mi vida había cambiado sin moverme del sitio.

—Mi noble Abelardo, ¿qué cosas malas podrían suceder? Mírame. Me habéis salvado la vida, ofreciéndome una oportunidad de oro, y no pienso desaprovecharla. Quizás sea difícil de explicar para mi familia, pero ¿crees que no se alegrarán de saber que ya no estoy enferma y no tienen que estar pendiente de mí?

—Ah... Ophelia—susurré recostándola en la cama, para abrir su toalla y acariciar la espesa, aunque pequeña, mata de vello púbico.

Sus piernas se abrieron, su vientre templó y sus pechos se erguían turgentes. Tenía una figura distinta, mucho más exquisita y femenina que la que yo recordaba. Comencé a besar su vientre, cerca de su ombligo, y deslicé mi lengua hasta sus muslos e ingles. Ella suspiraba, reía y se movía inquieta. Mi lengua retiraba las pequeñas gotas de agua, mientras mis labios rozaban con cuidado cada pedacito de piel.


En aquella cama volvió a la vida, cubierta de pétalos, surgiendo como la Venus de la espuma del mar. Ella, mi compañera, que me hizo ver el mundo desvelando misterios que me aterraban y que acabaron fascinándome.  

jueves, 3 de septiembre de 2015

Aprendemos del amor

Nash es uno de esos hombres que he terminado por admirar. Gracias a él Tarquin tiene unos excelentes modales.

Lestat de Lioncourt


Durante años he estado guardando mi más terrible secreto. Jamás he sido del todo feliz. Mi vida se ha basado en la mera contemplación del mundo, aceptando que no encajaba en las paredes preestablecidas que éste me ofrecía. Liberaba mi alma con libros llenos de pasión, conocimiento, verdad y fantasía. Dejaba que mis ojos se deslizaban por cada línea convirtiéndose, como no, en la única droga posible. Me sentía seducido e inquieto. Intentaba olvidar que el hombre que amaba, aquel por el cual hubiese dado mi vida entera, jamás me miraría como algo más que un buen amigo, un compañero indiscutible para las eternas e infernales discusiones sobre literatura clásica, sociedad, historia o los sueños más perversos del hombre moderno.

Londres es una ciudad inmensa, pero se queda pequeña cuando amas de esa forma. Quieres gritar, aunque sólo logras suspirar mientras miras por la ventanilla del autobús. Comprendes que tu vida, la vida que llevas, será tu cárcel, tu tumba, tu secreto y por ende un terrible dolor que calará hasta los huesos. Por eso mismo acepté la petición de una vieja conocida, a la cual admiraba con fervor. Deseaba que fuese el profesor de su sobrino nieto. Acepté de inmediato. Había amado durante veinte años a alguien que nunca comprendería mi terrible secreto. Durante décadas no dejé de tener amantes, pero ninguno sirvió para consolar mi alma.

Creí que había huido. Pensé que había logrado respirar de nuevo. Me sentí liberado nada más llegar a la húmeda, hermosa y misteriosa Nueva Orleans. Sentí un afecto increíble por sus calles abarrotadas, sus viejos y misteriosos edificios y el colorido de su sociedad. Se podía sentir una pasión distinta, pero todo se truncó cuando crucé mi mirada con la suya. Esos ojos azules, como los de un gato persa, permitieron que mi viejo corazón diese un vuelco y se condenara una vez más.

Aquel joven, ligeramente desgarbado, de finos modales y educada sonrisa triste me resultó atractivo. Era tan apetecible que quise retenerlo entre mis brazos, besar sus labios carnosos y hacerle el amor allí mismo. Fue una reacción extraña. Me había olvidado de mi viejo amor en tan sólo unos segundos. Era como si me hubiese percatado que el mundo tenía más belleza, más cosas que ver y sentir, y yo había estado desperdiciando mi tiempo llorando por alguien que no me haría feliz.


Sin embargo, no me arrepiento. Ahora pertenezco a éste país, tan distinto al mío, y a una ciudad llena de misterios que todavía no he logrado desenredar. No pienso marchame ni olvidar el amor que todavía conservo hacia Tarquin Blackwood.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Decisiones

Su tía me recuerda a mi madre. Ellas quieren lo mejor para nosotros, pero a veces se equivocan. Hablo de la tía de Quinn, claro. Aquí un fragmento de sus días de viaje, por no decir más de dos años.

Lestat de Lioncourt


—Deberías quitarte esa absurda idea de la cabeza—decía mientras se miraba en el espejo de su lujoso tocador.

Había alquilado una de las mejores habitaciones en uno de los hoteles más deslumbrantes y céntricos de Londres. Allí me sentía fuera de lugar, aunque no me importaba. Me agradaba el ambiente. Disfrutaba inclusive del frío que hacía en las calles, de la ligera llovizna y las mañanas grises. Sin embargo, mi conciencia no permitía que me callara mis sentimientos. Estaba lejos de ella, de mi hogar, de lo que realmente me interesaba y sólo huía como un cobarde de un monstruo que podía aparecer en cualquier momento.

Tía Queen insistía en que olvidara mi compromiso con aquella joven, con Mona Mayfair, porque creía que no era lo correcto. Pero, ¿qué era lo correcto y qué era lo incorrecto? ¿Acaso ella tenía que decidir todo lo que debía hacer en la vida? Yo entendía sus sentimientos, pero ella no parecía comprender los míos. Me había enamorado y había decidido que sería de mi vida en un futuro.

—Es una joven enferma, su familia tiene trapos sucios que jamás han sido lavados ni lo serán por su posición, y, por lo que sé, no tiene buena reputación—comentó girándose suavemente hacia mí—. Encontrarás a una muchacha que pueda ser de tu agrado—intentaba dulcificar aquel acto dictatorial.

—¿Acaso aceptaste casarte con otro hombre tras la muerte de tu esposo?—aquella pregunta le sorprendió—. Muchos quisieron que cambiaras de idea, te casaras y olvidaras al hombre que murió por hacer el idiota con un deportivo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y pude notar cierta impotencia. Odiaba ser así con ella, pero estaba hartándome—. Por mucho que la odies, por mucho que detestes el saber que me he comprometido en cuerpo y alma con ella, voy a casarme con Mona. Mona será mi mujer. Ella será mía y yo seré suyo, porque nuestros corazones están unidos y lo sabes. No vas a detenerme. Ya no soy un niño. Soy un hombre—me incliné hacia ella, la tomé del rostro y besé su frente—. Buenas noches, tía Queen. Espero que puedas descansar.


Me marché de su habitación y me encerré en la mía. Escribía apresuradamente un e-mail a Mona. Quería que ella supiera que seguía en pie mi decisión. Lucharía por estar con ella y por ser amado por su alma. Había decidido a quién amar y no cambiaría de opinión.  

viernes, 26 de diciembre de 2014

Noche de Paz

Quinn y los villancicos, los villancicos y Quinn... y un litro de lágrimas. 

Lestat de Lioncourt 


He derramado miles de lágrimas en cada Navidad que he pasado en la distancia. Me he ocultado como si fuera un monstruo cobarde, pero aún así recuerdo las brillantes luces y las cálidas canciones. Aún puedo recordar lo agradable que era sentarme en el sillón de orejas, muy próximo a la chimenea, mientras abría el libreto de canciones. No muy lejos los huéspedes agradecían a Jasmine y su familia las atenciones, dulces y la amabilidad intrínseca en aquellas agradables sonrisas típicas de mujeres fuertes, hermosas y llenas de luz. Las escasas fiestas que pasé con Nash, frente a frente, fueron perfectas. Él me hablaba de canciones, poemas desconocidos y viejos clásicos de la literatura. Creo que era el único que comprendía el extraño sentimiento que germinaba en mi corazón cuando Noche de Paz sonaba.

Desde pequeño he llorado emocionado ante la belleza de los villancicos. Jamás he podido contener mis lágrimas. Me embarga una emotividad imposible de controlar. Recuerdo vivamente como Sweet Heart, mi abuela, me sostenía en brazos y besaba mis mejillas mientras Pops aplaudía entusiasmado. Nadie en Blackwood Farm desperdiciaba los eventos navideños. Los huéspedes disfrutaban de nuestra compañía y nosotros de ellos. Los primos lejanos, los parientes más cercanos y un sinfín de amigos nos acompañaban en la cena. Lo mejor era los interminables brindis, las alegres canciones y las ovaciones que siempre se llevaba el pavo que encabezaba la lista de delicias que encabezaba la opípara cena.

No importaban los regalos. Creo que jamás me detuve a preguntarme si eran buenos o malos. Los libros me parecían importantes, en consecuencia eran siempre aceptados con una enorme sonrisa. Los juguetes eran escasos, aunque me parecían pequeñas obras de arte. Mi abuelo prefería regalarme juegos educativos, artesanos y con una laboriosidad indescriptible. Recuerdo un trenecito de madera con una cuerda de la cual tirabas para arrastrarlo, de ese modo se movía y mostraba su colorido con una belleza asombrosa. La ropa hecha a mano era sin duda peculiarmente adorable. No me importaba el color. Lo importante era el detalle, la calidez que emanaba no sólo de las fibras y tejidos con las cuales estaban confeccionadas.

Extraño todo eso. Echo de menos el pasearme por los pasillos abarrotados de caras nuevas y viejos conocidos. Abrazarme a unos y a otros, besar sus mejillas y cantar con ellos era un ritual que ya no puedo hacer. La única navidad que viví como vampiro fue un horror. Tuve que contener mis lágrimas sanguinolentas, alejarme de más de uno y huir. En el jardín, abrazado a mí mismo, miré las profundas aguas oscuras del pantano y me pregunté si me ahogaba en ellas por cada lágrima que no podía mostrar libremente. Un nudo extraño se formó en mi garganta y quise llorar amargamente. Tras tantos años lejos era duro regresar y no poder vivir esas entrañables fechas como acostumbraba.

Las estrellas brillaban con fuerza ese día. Pensé en Mona, su amor y su sonrisa desgastada. Me hundí en la miseria. Recé por mi alma corrupta y por su recuperación. Rogué un milagro, pero no ocurrió nada. Así que tan sólo canté a viva voz Noche de Paz dejando que mi alma se liberara al fin.


Navidad... nunca ha sonado tan terrible y dolorosa en mi boca esa celebración de amor y paz.  

jueves, 18 de diciembre de 2014

Toma mi mano

Quinn ha vuelto a dejar un escrito, ¿eso es síntoma que sigue vivo o es que las correspondencias llegan tarde?

Lestat de Lioncourt


El dolor se alojó en mi corazón cuando tan sólo era un niño. La incomprensión rodeó gran parte de mi vida llenándola de misterio, palabras alzadas al aire que penetraban mi alma y miradas que jamás quise devolver. Mi madre siempre me apartó de su vida. Durante algunos años desconocía la verdad. Sin embargo, descubrí que aquella mujer, que me miraba con desdén, era la que me había traído al mundo y mis padres, las personas que se desvivían por mi educación y salud, eran mis abuelos. Me sentí decepcionado y terriblemente confundido. Aquel ángel de cabellos dorados, ojos azul profundo, piel tersa cargada de maquillaje y terribles botas country era mi madre.

Recuerdo que deseé que me amara. Muchas veces intenté que me aceptara entre sus brazos, acariciara mis cabellos y me dijera que era un buen chico. Pero la esperanza se fue disipando con el paso de los años. Me convertí en un huérfano acompañado por una sombra, un compañero eterno, que era mi propio reflejo.

Jamás pude creer que Goblin era mi hermano. A veces creí que sólo estaba loco, pero en otras ocasiones comprobé que había quienes podían verlo. Fue mi compañero de juegos, aprendí palabras interesantes de su parte, pero él quedó estancado en la inocencia y malicia de un niño desesperado por ser escuchado. Finalmente se convirtió en una pesadilla de la cual no podía escapar. Me sentía como si hubiese perseguido durante décadas un conejo blanco. Todos me juzgaban como si fuera un demente, alguien al que compadecer, mientras se le ofrecía un abanico de posibilidades increíbles que no tomaba por miedo.

Tenía miedo a seguir en aquel lugar y a la vez, pese a todo, no quería marcharme. Era una sensación extraña. Quizás estaba destinado a ser lo que soy hoy en día. Es posible que mis dotes de brujo, debido a mis verdadero linaje Mayfair, influyera en mi destino. Un destino que acabó frente a ella, una joven de cabellos de sangre y atractivos ojos verdes.

Se disipó la niebla de la soledad y mi corazón al fin latió con una dirección segura. Dejé de perseguir fantasmas para perseguirla a ella, una chica con una fuerza increíble en un cuerpo que se consumía demasiado rápido. Desconocía que moría cuando la contemplé con aquel pelo alborotado, numerosos lazos en el cabello y atractivo escote. Su voz era dulce, igual que las arrugas de su nariz cuando gesticulaba al reír. Simplemente era una diosa y yo un idiota que se arrastraría hacia el infierno si fuese necesario.

Su amor me dio fuerzas. Durante años fue mi refugio. Incluso cuando mi cuerpo moría. Mi alma jamás dejó de estar unida a ella. Ni mi madre, ni Goblin y nada de lo trágico de mi vida podía detenerme. Ni siquiera los buenos consejos de mi tía Queen eran escuchados. Amaba a mi tía, por su fuerza y su bondad, pero jamás acepté su oposición ante esa unión tan firme y trágica.


Desde hace más de una década caminamos juntos, con las manos unidas, esperando que el destino nos depare algo mejor que una muerte temprana.  

jueves, 23 de octubre de 2014

Carta del corazón

Nash apareció después de hace mucho con una carta donde abre su corazón. ¿He dicho que admiro a este hombre? Es todo un caballero. 

Lestat de Lioncourt


Cuando miro el presente y echo la vista atrás me pregunto si no he sido yo quien ha movido todos los hilos, los del destino, en lo referente a varias personas que he amado, amo o amaré por siempre. He visto cambiar los caminos que les conducían al éxito o al fracaso. Me he interpuesto en su realidad. Aparecí para calmar sus inquietudes y acabé provocando otras nuevas, aunque supongo que ellos también tienen parte de culpa. Si bien, he apreciado la compañía de todos ellos y he intentado dar lo mejor de mí a cada paso.

Cuando ocurrió la gran desgracia con Tía Queen, a quien adoraba y veía como una mujer brillante, sentí que algo en mí se apagaba. Si hubiese sido heterosexual estoy seguro que habría acabado arrodillándome frente a ella, sin importarme la diferencia de edad de algunas décadas, pidiéndole matrimonio como todo un adolescente enamorado. Pero no lo soy. Me enamoré de su fortaleza, sus ansias de vivir y su enérgica forma de decirles a todos lo que pensaba en cada momento. Recuerdo aún el repicar de sus tacones, su perfume favorito y como pedía champán para brindar por todo. Por eso, al desaparecer sentí una profunda pena. Una pena que me hundió durante varias semanas.

Tommy era aún un niño, casi un adolescente, y lloró junto a mí la pérdida de una gran mujer. Era un muchachito con muchas posibilidades si se educaba correctamente. Temí que al no tener la protección de Tía Queen, con Tarquin marchándose tan seguido y la mala reputación de su madre, acabara siendo un chapuzas convencional. Era brillante. Me sentí enamorado de su inteligencia. Pensé que era bueno para ambos permanecer juntos. Quería, como educador, ser su tutor y ejercer sobre él la mejor influencia posible. Decidí llevarlo a Londres.

Durante años estudió junto a mí, lo dirigí por los mejores colegios y academias. Elegía los libros más interesantes que podían ser de ayuda en el desarrollo de su inteligencia. No me medía cuando tenía que tomar mi tiempo para él. Me convertí en un padre, un amigo y un profesor. Lo protegía, lo educaba y lo admiraba profundamente. Podía hablar con él de temas serios y me olvidé por completo de mi amor por Tarquin. Él quedó en un segundo plano con respecto a mis obligaciones con Tommy.

Si bien, no dejé que Tommy perdiera sus raíces. Tenía vacaciones para ver sus hermanos, su madre, a todos en Blackwood Farm y New Orleans. Quería que estuviese aún atado a esa ciudad, pero que tuviese la posibilidad de ser alguien más que un chico con algo de dinero en los bolsillos. Deseaba para él lo que Tarquin no estaba consiguiendo. Ansiaba verlo con algún diploma colgado en la pared. Era tan inteligente que perdí la cuenta de los años. Olvidé que los niños crecen, se convierten en adolescentes y estos en adultos.

En un abrir y cerrar de ojos se convirtió en un muchacho de veinticinco años. Un joven responsable, atento y amante de la cultura. Me sentí entristecido porque ya había cumplido. No tenía que soportar mis comentarios sobre ropa, filosofía, música, literatura, historia y un sinfín de temas que, posiblemente, aburrían demasiado. Pero él se mantuvo a mi lado. Habíamos pasado por tantas cosas que no sabía estar sin mi apoyo. Entonces, lo supe. Pasé de admirarlo como a un joven brillante a enamorarme perdidamente del hombre que yo había ayudado a formar. Deseé alejarme, pero él no lo permitió. De nuevo me sentí frustrado como ocurrió con Tarquin. La historia se repetía.

Yo tengo prácticamente la edad de tía Queen, aunque mi rostro tiene menos arrugas y mi cabello no es tan cano. La vida me ha tratado bien. No he sufrido tanto como ella. Me he cuidado. Poseo esa chispa de juventud que ella poseía, pero también una salud de hierro. La vejez me ha tratado bien. Me valgo bien por mí mismo y no necesito enfermeras. Pero él es un niño casi. Siento que lo ato. Creo que he cambiado su destino. Sobre todo, porque él me corresponde.


Mi mayor temor es que este amor nos perjudique. Sin embargo, por ahora dejaré que todo siga como está. No he sido tan feliz en mi vida. La felicidad es importante. Por eso quiero escribir esta carta con todo mi corazón y esfuerzo. No la redacto para nadie en concreto. Quizás siento deseos que algún desconocido la lea y comprenda, tal vez quiero que lo haga Tarquin. No lo sé. La única verdad es que escribiéndola me he dado cuenta de cuan agradecido estoy con la vida.  

jueves, 21 de agosto de 2014

Eres tú, ¡Tú!

¡Qué emoción! Quinn me ha escrito algo. Mañana es mi cumpleaños así que van llegando los regalos y las bromas pesadas. ¡Os quiero! 

Lestat de Lioncourt 


«Toma. Esto quizás te ayude.»

Cuando Petronia, el vampiro que me hizo, me tendió aquellos libros fue un gesto que cambiaría mi vida y concepción del mundo en el que ahora me movía. Todo lo que me había enseñado Arion y ella se convertía en humo, pues había un vampiro intrépido y sin escrúpulos que se burlaba de la muerte, el destino e incluso coqueteaba con el demonio si era preciso. Su vida era un auténtico milagro y su peligrosidad aumentaba con el paso del tiempo. Los inmortales retratados en cada frase mostraban unos matices tan atractivos como él. Si lo encontraba quizás podía ayudarme a librarme del fantasma que me perseguía, aunque ni siquiera tenía idea que era mi propio hermano. Como si fuera una obra de Shakespeare hablaba con los muertos, caminaba entre tumbas y era perseguido por el pasado cuyo aliento no era para nada agradable.

Podía imaginarlo. Su espesa cabellera rubia cayendo revuelta y larga sobre una chaqueta de cuero, sus pantalones tejanos ajustados y unas botas de estrella del rock. Sí, ese era el aspecto más recurrente desde que supe que la música rock le había contagiado, hecho amarla y finalmente incluso había subido a un escenario para cantar sus glorias, penas y verdades. Sin embargo, lo imaginaba galopando con un pura sangre por el viejo New Orleans convertido en un espectro elegante, con su melena perfectamente cepillada y una sonrisa pérfida en sus labios. Sí, vestido de época con esas medias blancas y esos zapatos con algo de tacón, hebilla dorada y perfecto lustre. Salvaje, único y demasiado atractivo.

Tomé acopio de todas mis fuerzas, me miré al espejo en un par de ocasiones para alentarme y acaricié el camafeo que llevaba mi rostro. Rogué porque me hiciera caso. Era una ventura interesante, debía atraparle e incluso conmover. Eso quería. Tocar las fibras más delicadas de su alma y hacerla cantar. No obstante, soy tan torpe. Me presenté en su casa y casi mato al hombre de Talamasca que allí se hallaba, un hombre que yo bien conocía de mi etapa como mortal. Fue terrible. Le ofrecí la peor de las impresiones, pero sin embargo él no dijo nada. Lestat sólo se echó a reír.

«No te preocupes, hermanito.»

Quería estrecharlo y besarlo, hundir mis dedos en su espeso cabello y acariciar esa chaqueta negra, con botones de camafeos, que llevaba. Su camisa almidonada, sus zapatos lustrosos y esos pantalones elegantes. Era salvaje, sí, pero elegante. Un esclavo de la sofisticación que se burlaba y coqueteaba con el pobre brujo que prácticamente quería huir, pero no podía. Era fascinante.

«¡Eres tú! ¡Dios santo! ¡Tú! ¡Eres Lestat de Lioncourt! ¡Eres tú! ¡Estoy frente a ti! ¡Tú! ¡Maldita sea, eres tú! ¡Tú! ¡Eres tú!»

No podía pensar con claridad. Mi mente gritaba su nombre, coreaba su nombre. Mis manos temblaban pegadas al muro de carga de su habitación. Palpaba el papel pintado, miraba su escritorio revuelto y el suave mecer de las cortinas. El dulce aire de New Orleans nos cortaba el aliento, se mezclaba con nuestros pensamientos y palabras. Finalmente quedó a solas conmigo y yo sentí que mis piernas temblaban. Era algo más alto que él, pero me sentía diminuto. Esa sonrisa amable me enamoró. Creo que robó mi corazón en cuanto puso sus hermosos ojos azules, de tonalidades violetas, sobre mí. Deseé abrir mi corazón y hablarle de Goblin, Mona, tía Queen y de todo mi mundo. Incluso de mi aventura en el Santuario. Todo. Él simplemente aceptó, quiso ver donde vivía y los mortales que amaba. Se abrió paso en mi vida.


¿Hay alguien que no pueda amar a Lestat? Creo que simplemente quien lo odia es porque no lo conoce. No hay que odiarlo ni temerlo, sólo disfrutar de su compañía y sentir que el tiempo vuela. Mi amor por él es intenso. Jamás le estaré del todo agradecido por todo lo que hizo. Estuvo en mis peores momentos y me aupó para conseguir los mejores. Doy gracias por su amor y paciencia. Él, junto con mi tutor Nash y mi desaparecido abuelo Pops, ha sido una de las figuras masculinas fundamentales en mi vida.  

miércoles, 1 de mayo de 2013

Carta al recuerdo


Tía Queen



Recuerdo la primera vez que la vi. Era igual que Grace Kelly caminando en sus inolvidables películas. Creo que de haber sido heterosexual me hubiese arrojado a sus pies para besarlos. Quedé cautivado por su sonrisa tan vital, el descenso de sus pestañas y esos ojos vivos llenos de ilusiones que parecían un retrato a otro mundo. Quedé sobrecogido y nervioso sin saber los temas que teníamos pendiente. Teníamos amigos comunes, nos habíamos conocido por teléfono y carta pero jamás imaginé que fuese tan despampanante para su edad.

Igual que un chiquillo que corre hacia sus sueños agarré sus manos, completamente nervioso, y reí a carcajadas junto a ella. Nos habíamos quedado sin habla. Nuestras miradas decían todo y recordaba su rubrica elegante, firme y desafiante. Ella siempre leía mis ensayos con avidez y me ayudó a publicar varios trabajos. Solía decir que era un joven admirable, sin embargo yo ya era un hombre adulto y para nada me sentía joven. Las canas ya estaban apareciendo, las arrugas y las ojeras que ya no eran como antes.

Ese primer día hablamos de mil cosas, entre ellas sobre su sobrino nieto Tarquin. Ella decía que era un niño maravilloso, sano y muy educado aunque algo distraído y que poseía un amigo imaginario. Ese niño se convertiría tiempo después en mi mejor alumno. Un muchacho despierto y lleno de amor hacia la literatura, el cine y la música. A decir verdad, pudo haberse instruido en cualquier materia cercana al arte porque era un joven talentoso y con sensibilidad.

Los viajes con ella se volvieron intensos, pronto estábamos en Madrid que al día siguiente brindábamos en Roma. Reíamos ante las locuras que se nos ocurría y vivimos varios años muy intensos. Fue una lástima que su estado de salud se desmejorara tanto por culpa de su avanzada edad. Temía que alguien me viese como su amante, pues para mí era como una hermana mayor y poseía una admiración terrible hacia ella.

Nunca conocí a una mujer como ella, pues su vitalidad agotaba a otros.

Mis mejores recuerdos son en compañía de Tarquin, el pequeño Tommy y ella. El arte se volvía vivo, la música se sentía incluso en la comida y bebíamos champaña cada noche mientras el pequeño dormía agotado. Creo que con ella aprendí a vivir, soñar, amar y desear todo. Porque a su lado todo parecía fácil y sencillo.

En su entierro me derrumbé, pero a solas en una esquina donde nadie viera como me hundía en el dolor. Ella siempre estuvo ahí y en ese momento el vacío que dejó lo sentí frío. Sabía bien que sentía amor por Tarquin y ella me dijo que lo cuidara, que no lo dejara jamás solo y que vigilara que fuese feliz. No tenía que pedirme aquello en ese viaje tan largo, pero lo hizo, y yo lo acepté pensando que era tan sólo un juego.

Estoy seguro que hubiese vivido más de cien años si aquel fantasma no la hubiese agredido, quizás por miedo de ser separado de su hermano. Ella podía haber sido inmortal, no por la mordedura de un vampiro sino por su energía. Sin embargo, creo que finalmente lo ha sido porque no hay nadie que no recuerde la sonrisa de Tía Quenn.  

martes, 12 de marzo de 2013

Lo imposible - parte 10 - III


Parte 10 - III


Marius me había estado siguiendo el paso de forma sumamente cautelosa. Seguramente temía que volviese a quedar enredado en algún tremendo lío y ésta vez terminara más que apuñalado. Si bien, cuando se aproximó a mí lo hizo saliendo de su escondite mostrando toda su fuerza. Sus manos se colocaron sobre mis hombros como los de un ángel que busca darle consuelo a un pobre idiota.

-Maestro- así lo llamaba pese a los años que habían pasado, él siempre sería mi maestro. Me giré al ver sus manos apoyadas sobre mis hombros que parecían más estrechos, débiles y casi hundidos. Miré sus ojos profundamente antes de girarme hacia los restos que se hallaban frente a mí.
-¿Debería? Tal vez... ¿Crees que funcionaría?

Movió su cabeza en una lenta negación provocando que sus cabellos rubios en color pajizo, como el vino joven de las uvas blancas o la harina de maíz, cobraran cierta vida. Sus ojos de color gélidos bordearon mi figura y apretó suavemente mis hombros. Sabía que deseaba asentir, pero tuvo que ser sensato.

-No, Lestat- dijo abrumándome con su voz tomada por los hechos que tenía ante él-. Ellos así lo han decidido y ha sido su voluntad. Nada podemos hacer. Aún si les ofrecemos nuestra sangre ten por seguro que volverán a hacerlo, tarde o temprano- apretó de nuevo mis hombros y yo creí que me desvanecería.

En ese momento rompí a llorar golpeando el altar donde las llamas habían acabado con Tarquin y Mona. Se habían llevado a dos criaturas que amaba, de igual modo que se llevaron a Merrick una vez. Mis lágrimas se agolpaban con fuerza en mi ojos y un lamento amargo rasgaba mi garganta. Me sentía culpable, pues hasta que no me involucré con ella todo estaba bien, o al menos en calma.

Se agachó ligeramente para palmear mi espalda intentando dar consuelo. Si bien, nunca le agradó la forma en la que siempre me comportaba, no podía ser tan cruel como para dejarme ahí sin palabras que suavizaran el dolor.

-Son cosas que no podemos evitar... anda ponte de pie y demos a ambos una merecida sepultura, volvamos a la mansión que ahí te espera tu amante y la madre de vuestro futuro hijo. Y aunque suene cruel, míralo por el lado amable, la joven bruja ya no va a atormentarte.

-Marius... es mi culpa- respondí negando mientras me abrazaba a mí mismo deseando que estuviese allí mi madre, aunque el consuelo sería igual de cruel y nefasto. Recordar que Mona ya no estaba y que Quinn no volvería a buscar su apoyo me desesperaba.

Los ojos de gato enmarcados en una piel suave, como la de un niño, con una boca bien encajada llena de sonrisas amargas. Ese joven taciturno que esperaba un milagro cada día, fuese cual fuese, se había evaporado del mismo modo que la radiante, libre, caprichosa, sensual y altiva bruja que convertí en hija. Siempre me recordó en parte a Claudia por los caprichos que tenía, un tanto a mí porque no tenía límites y un poco a toda la sociedad corrupta que siempre te llamaba con cantos de sirena. Nunca tuvo nada bueno en su vida y lo poco que tenía no sabía cuidarlo. En el fondo de mi corazón sabía que fue un consuelo para ella encontrarse con él en medio de las llamas.

-No es momento de buscar culpables -declaró-. Lo hecho está hecho, si bien no hay forma de retroceder el tiempo y por ello hay que afrontar la realidad. Llórarles todo lo que quieras, pero vive tú por ellos - se adelantó unos pasos frente a mí.

Marius con sumo cuidado comenzó a recoger los restos y las cenizas. Sabía que estaba demasiado abatido para tocar los frágiles huesos que sólo con un par de toques se volvían polvo. Buscó con su severa y apacible mirada cualquier recipiente que pudiese usarse por urnas. Cerca del altar había un par de recipientes metálicos, los cuales tenían cierto parecido a una urna convencional aunque posiblemente era donde se guardaban las ostias consagradas y algunos útiles de misa.

Sus largos dedos manchados de hollín tocaron el frío metal, lo llevó contra sí como si los abrazara y comenzó a guardar con cuidado cada pedazo de ellos. De mi buen amigo no quedaba nada, salvo un colgante que llevaba con un camafeo que quedó casi destrozado. No sabía si era de su tía o Petronia, su creadora, se lo había ofrecido. Rompí en un llano más amargo cuando vi como caía en el pequeño recipiente, y aún más cuando metió en otro una hebilla del pelo, la cual solía sujetar algunos mechones rebeldes de hermoso cabello de Mona. Mi alma se rompía a pedazos y sentí un dolor punzante en mi corazón. Deseé reconstruir sus cuerpos y darles sangre.

-Hay que darles entierro y dadas las circunstancias deben enterarse sus allegados. El hijo de Tarquin, sus empleados, su tío, el hombre que está aún ahí fuera esperando que su amado pupilo aparezca, su creadora y el resto de inmortales que le llegaron a amar, respetar y sobre todo desear a su lado aunque fuese por unas horas.

-Lo correcto es esparcirlas por el Santuario- en ese momento sentí una agobiante sensación. Petronia lo sabía, seguramente ya lo sabía. Uno siempre tiene corazonadas cuando una de tus creaciones, más o menos apreciadas, muere-. Hay que buscar a Petronia y decirle la verdad... sólo porque ella lo creó.

Siempre hablaba de su creador como mujer, pues como hembra se sentía más fuerte y de ese modo quería verse frente a Arion. Era el corazón de una hembra el que se entregó al vampiro de color café, ojos almendrados y piel suave. Ella fue tachada de monstruo al tener ambos sexos, pero siempre demostró ser más amazona que esclavo, más mujer abnegada a un arte cuasi divino que un artesano paciente, una mujer llena de placer y amor para ofrecer únicamente al hombre que veneraba y que ante otros mostraba una coraza, aunque sabía que quería a Tarquin su manera porque todo padre ama a sus hijos a su modo.

-Ya habrá tiempo para eso, primero lo primero- comentó con ambos contenedores de ceniza en sus regazos -. Vamos al Santuario y luego daremos el aviso -sostuvo las urnas con una mano y extendió la otra para ayudarme a ponerme en pie-. Yo me haré cargo de comunicarlo si tú no te sientes en condiciones, pues sé la historia gracias a Louis.

-Louis ¿está bien?-pregunté mirándolo con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas-. Tienes que decirle a Rowan... dieu... Nash- me incorporé dejando atrás al maestro, para correr hacia donde se hallaba el mortal.

Aquel hombre amaba a Tarquín más allá de un hijo, lo amaba como un amante y ahí estaba arrojado en la hierba cerca de la vía y a la vista de todos como un maldito borracho o un mendigo. Tomé entre sus brazos su cuerpo maltrecho, casi sin energía, y pedí disculpas por todo, aunque no pudiese escucharme, para luego volar con él lo más rápido hacia Blackwood Farm.

Marius se desplazó hacia la mansión Mayfair, allí Rowan esperaba el regreso de Mona, así como de Tarquin, intentando no pensar en todo lo malo que podía haber ocurrido. Supe más tarde que prácticamente tuvo que ser tomada en brazos por Michael, el cual la miró preocupado deseando romper a llorar. La chiquilla que tantos estragos hizo en su vida, a quien cuidaron como una hija, había desaparecido junto al muchacho que tanto la amó.

No tomaron la urna, decidieron que ambos descansaran juntos. El funeral se haría al día siguiente, para que así todos los que los amaron pudiesen asistir. Mientras yo recostaba en la vieja habitación de tía Queen a Nash. Poseía una expresión intranquila y balbuceaba su nombre. Me pregunté cuántos años estuvo esperando una simple sonrisa que le diese la vida entera, un hombre que sin duda se desvivía por el hijo que Quinn tenía con Jasmine y por su tío. Él ya no lo hacía por su difunta amiga, sino por las implicaciones sentimentales que tenía hacia su muchacho.

Nadie en la casa sintió mi presencia, todos dormían menos Tommy que terminaba un trabajo para la escuela en el portátil que mi hermanito le había regalado hacía unos meses. El chico estaba ensimismado. Cuando pasé por su habitación estaba terminando unas gráficas y se felicitaba así mismo por lo bien que estaba acabando, incluso deseaba mostrarle al que consideraba casi un padre, a Quinn, como estaba quedando.

Jasmine estaba en el cuarto que había sido de Pops, su hijo dormía abrazado a ella abrazado a un oso de peluche algo viejo, el cual supuse que podía ser de Tarquin. Tenía trece años ya, era muy alto para su edad pero tan dulce y frágil como su padre. Debió pensarse el morir sólo por su hijo, pero él no era capaz de concebir un mundo sin Mona.

El resto estaban en las otras habitaciones en los demás edificios de la mansión. No había huéspedes ya, pues no había habitaciones libres. Así que simplemente tras hacer el breve recorrido me fui hacia la sala donde se hallaba una pequeña sala. Allí se reunían mucho junto al fuego, leían libros y divagaban. Tenía en mi poder su camafeo y cuando lo miraba me echaba a llorar.

-Debes lanzarte, eres el culpable- escuché la voz de Nicolas sintiendo sus labios fríos acariciando mi mejilla-. Debes hacerlo y lo sabes.

Les-tot -mencionó Jasmine la cual, posiblemente, se había despertado debido a mis sollozos y lamentos- ¿Ocurre algo?

¿Qué podía decirle? Una mujer como ella no lo comprendería, no lo aceptaría. Tenía casi cincuenta años, pero estaba tan radiante como cuando la conocí. Era sin duda un bombón de chocolate, tan dulce y atractiva. Sus cabellos rizados en tono dorado le daban una imagen atractiva, igual que su bata medio cerrada.

Me incorporé negando intentando ir hacia la fuerte presencia que se acercaba. No podía decir nada, nada de nada. Cuando Marius apareció me abracé a él y murmuró cerca de mi oreja derecha lo que había hecho.

-He entregado las cenizas de Mona a sus tíos... -mencionó con voz suave intentando no perturbarme.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt