Bonjour mes amis
Hoy les traigo un recuerdo, algo dedicado a Claudia, por parte de Louis y mío. Es delas pocas ocasiones en las cuales coincidimos y dejamos que el dolor fluya.
Lestat de Lioncourt
Observaba aquella fotografía
culpabilidad. Sus largos dedos blancos rozaban la silueta mientras
sus ojos verdes se conmovían. Sintió como algo tiraba de su
corazón, igual que cuando se captura un pez y lo sacan del agua
luchando por su vida. Louis mostraba una frialdad cruel, una forma
déspota y fría que regalaba como una sonrisa de ángel de la
muerte. Se había convertido en una leyenda de hielo con actos de
fuego y desesperación. No era más que un asesino tan vacío como
otros, o eso podía llegar a pensar cualquiera.
Lestat estaba frente a él. Sabía que
algo en Louis aún se conmovía como antes. El recuerdo de aquella
niña era lo único que avivaba la llama de su corazón, del mismo
modo que él se entregaba al llanto al pensar en sus rizos dorados,
sus mejillas llenas y sus labios carnosos. Claudia los conmovía. No
era el ser que habían visto en varias ocasiones, sino su niña.
Siempre sería su niña.
—¿Por qué me haces esto?—dijo,
con la voz temblorosa—. Te presentas aquí, en mi casa, para
mostrarme ésta vieja fotografía que ella quiso tomarse. Eres tan
cruel, pero tan cruel—una lágrima brotó como si fuese la chispa
de la vida de un manantial, rodó por su mejilla izquierda y cayó
desde el mentón a la imagen—. Te detesto.
—Ocasionalmente, no siempre, deseo
recordar al hombre que fuiste—murmuró aproximándose a él con la
elegancia habitual. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol,
quedando a pocos centímetros de los zapatos impecables de Louis.
Lestat se inclinó y finalmente quedó de rodillas mirándolo a los
ojos—. Detesto lo que eres ahora. No queda amor en ti. Ya no queda
nada en ti. No hay nada bueno. La única llama que veo brillar en tus
ojos, esa llama de dolor y bondad, es con su recuerdo. Lo que hay
allí fuera, lejos de estas paredes, no es Claudia y lo sabes. Nunca
regresará y lo que está rondando éste mundo es sólo un
receptáculo de odio y sufrimiento. Louis, por favor, sólo te pido
que seas humano unos segundos y recuerdes el vampiro que...
—¡Déjame!—gritó empujándolo,
mientras se guardaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta la
fotografía, y de inmediato se puso de pie señalándolo con el dedo
índice de su diestra—. No es el vampiro que yo era, sino el padre
que siempre he sido. Maldito embustero... ¡Canalla!—su tono de voz
se elevaba y quebraba, las lágrimas eran cada vez más abundantes y
Louis terminó chillando mientras se lamentaba.
—¡Yo también sufro!—dijo
incorporándose para tomarlo de los brazos—. Louis, Louis... Yo
también sufro—lo miró con aquellos impactantes ojos y subió sus
manos hacia su rostro, manchando sus perfectas manos con aquellas
lágrimas y dejando que el calor tibio de Louis lo transportara a esa
noche—. Lloré como un condenado a muerte cuando tuve su vestido...
—Vete de mi casa, busca a tu bruja y
no vuelvas—susurró más calmado—. No sé porque te preocupas de
mi sufrimiento.
—Porque sigue siendo el mismo y yo
soy quien mejor te entiende—expresó—. Rowan no tiene nada que
ver en ésto. Además, ella también perdió mucho en ésta vida.
—Te he dicho que te vayas—tenía
los ojos cerrados y una pose digna, pero por dentro se retorcía de
dolor.
—Sí, me iré porque mi lugar está
junto a ella. Sin embargo, tuve la esperanza de poder hablar contigo
sobre...
—¿Sobre Claudia? ¿Por qué?—dijo
abriendo los ojos sintiendo una furia que lo consumía.
—Tal día como hoy moría a manos de
Armand...
Louis lo había olvidado, pero Lestat
no. Ambos guardaron silencio y se miraron a los ojos. Lestat pudo ver
por segundos al vampiro que tan bien conocía, su mártir, y Louis
pudo ver al fin al padre abnegado, aunque mentiroso a veces, de
Lestat.
—Ya lo has visto, ahora vete—murmuró.
—Ofrece mis saludos a David—susurró
con una leve sonrisa amarga.
—¿Has encontrado la felicidad con
ella?—preguntó tomando asiento de nuevo en su sillón de orejas,
para descansar así su cuerpo que aún permanecía en tensión.
—Cada segundo a su lado es un
regalo—respondió rápidamente—. ¿Cómo no hallar la felicidad?
Su aspecto era el de un príncipe.
Aquellas ropas modernas no le desmerecían. Su rostro era el de un
joven de piel algo bronceada, pero con la textura del mármol. Sus
ojos eran azules profundos, con una tonalidad gris y violeta que
centelleaba con el juego de luces de la habitación, enmarcados en
unas cejas doradas y perfectas que avivaban su rostro. Tenía una
expresión tranquila, aunque en ciertos momentos se podía apreciar
el sufrimiento que éste tenía. Se llevó una mano a sus rizados
cabellos y se giró meditando mientras caminaba hacia la salida.
—Espero que no destroces lo que
posees... —musitó Louis hundiéndose en el sillón, con los brazos
rodeando su cuerpo y la congoja aún agitando su corazón.
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