Estas memorias son... terribles en cierto modo. Tengo miedo de Louis, ahora sabrán el motivo. Es demasiado manipulador, demasiado.
Lestat de Lioncourt
Podía escuchar el sonido del tráfico
ir y venir. La sirena de un coche patrulla iluminaba el frontal de mi
vivienda, el sonido era prácticamente ensordecedor y la persecución
empezó. Los pasos rápidos del ladrón, la pistola que se dispara,
el grito de un inocente y el llanto de un par de mortales
arremolinándose cerca del cadáver. “Agente herido” sonaba en la
radio repetidamente de boca de su compañero, el cual se aguantaba
las lágrimas como buen hombre. Todo ocurría a pocos metros de mi
vivienda, la cual permanecía con las gruesas cortinas echadas y
conmigo en plena penumbra. San Francisco era un lugar peligroso a
veces, pero los había visto peores.
El barrio donde vivía no era malo, sin
embargo la droga pudre. Por aquellos tiempos la droga era consumida
con mayor libertad, casi impunemente, porque todos creían que nada
malo pasaría. Era como el SIDA. Poco se sabía de las consecuencias,
así que las drogas y el sexo salvaje corría como la espuma por todo
el país, o mejor dicho, por todo el mundo. El final de los setenta y
el principio de los ochenta fue sin duda vertiginoso, extraño y
tétrico.
Hacía varias semanas que el libro
había llegado a publicarse. Conocía todo sobre los rumores entorno
a éste, las diversas posiciones que habían tomado los intelectuales
y profesionales de la literatura de terror. Era todo muy extraño. El
silencio de otros como yo se apreciaba sobre todo cuando se intentaba
acceder a los comentarios más llamativos. Mi oído era muy bueno,
pero cuando sabían quién era yo huían. Preferían no acercarse al
vampiro que había quebrado las normas, sin embargo a mí nadie me
habló de normas. Lestat jamás me impuso ley de silencio y Armand no
fue del todo comunicativo conmigo.
Aquella noche unos pasos precipitados
llamaron mi atención, después un timbrazo fuerte en mi puerta y la
sensación que debía abrir. No sería un muchacho gastando una
broma, ni una de las vecinas que deseaba saber qué era yo o
simplemente un inmortal. Aquello que me esperaba tras la puerta había
hecho un gran viaje hasta allí.
Me incorporé y caminé hacia el hall,
acomodé mi bata de seda verde y miré por la mirilla. Entonces, como
cualquiera en mi lugar hubiese hecho, me sorprendí y abrí
rápidamente. Quien estaba al otro lado era el muchacho al cual le
había confiado mi vida. Él entró precipitadamente con el rostro
desencajado. Tenía un aspecto algo más demacrado y temí que
estuviese bajo el efecto de alguna droga, pero el aroma que llevaba
impregnado en su ropa me hablaba de Armand.
—Él me persigue—dijo manteniendo
su mirada en mí—. He ido a su isla, he estado en su habitación y
me ha observado como lo haces tú—se llevó las manos a la cabeza y
se tiró del pelo. Estaba nervioso y quería llorar—. No estoy
loco, vosotros me vais a volver loco.
—¿Cómo has sabido ésta
dirección?—interrogué cerrando la puerta.
—Por él. Él lo sabe todo—murmuró.
—Armand no lo sabe todo, no es tan
omnipresente.
Su cabello rubio estaba revuelto, caía
sobre su frente empapada en sudor, y tenía la camisa mal abrochada.
Los pantalones estaban sucios, eran unos tejanos con el dobladillo
roto y los bolsillos llenos de servilletas con cientos de
anotaciones. Parecía uno de esos iluminados por la droga, la bebida
y la perdición de una fulana cualquiera. La vida le había golpeado
duramente arrancándole el aire de los pulmones, pues jadeaba,
mientras que sus manos recorrían el bolsillo de su arrugada chaqueta
en busca de un cigarrillo. Había llegado a pie, pero ¿desde dónde?
¿Cuál había sido el inicio de su huida? La isla de Armand estaba
empezando a ser popular por aquel entonces, como si mi libro le
hubiese devuelto esas malditas alas que le pintó su maestro. Había
empezado allí, seguro.
—Tienes que hacerlo tú, ya que él
me lo niega—dijo sacando una cajetilla de cigarros. Logró sacar el
último que le quedaba, tras varios golpes sobre la mano, y cuando se
lo llevó a los labios hizo el mismo recorrido por su cuerpo hasta
dar con el mechero.
—Joven, le ruego que se marche de mi
propiedad—comenté tomando de nuevo el pomo de mi puerta, para
hacerlo girar y comenzar a indicarle la salida. Él se acercó a mí
y me tomó de la bata aferrándose como si la vida se le fuera—.
Daniel, la ultima conversación que tuvimos dejé claras mis
intenciones.
—No puedo vivir así, no puedo vivir
así...—balbuceó suplicándome con aquellos ojos con destellos
violáceos.
Dios sabe que quise disuadirlo, pero
finalmente dejé la puerta atrás y lo llevé hacia la sala de estar.
Allí, rodeados de libros y viejos recuerdos, tomé asiento con uno
de mis relicarios de cuentas negras en mis manos. Miraba su aspecto
delgado, de músculos marcados y ojos centelleantes y me preguntaba
cómo era estar vivo. Los miedos te golpean duro, los nervios se
pierden, la intranquilidad llena tu vida y el mundo que conoces se
retuerce.
—Toma asiento—dije.
Él tomó asiento llevándose el
cigarro a la boca, dándole una segunda calada y mirándome aturdido.
Ni siquiera esa droga barata y letal le iba a dar sosiego. Armand le
había dado una razón más para codiciar la inmortalidad, pero bien
sabía yo que no se la daría. Sólo había hecho una vez ese truco y
no pensaba repetirlo, al menos no con él. Estaba demasiado
atemorizado, como si la muerte llamase continuamente a su puerta con
una carta de embargo.
—Tengo miedo a morir—susurró.
—Incluso yo tengo miedo a
morir—respondí—. No es nada nuevo.
—Pero a veces la deseas—aquella
afirmación me inquietó, pues era cierto.
Había pensado tantas veces en la
muerte que era una vieja amiga, mi propia amante, y la ayudaba siendo
un ángel y benefactor. Investigaba, escuchaba, admiraba y tomaba la
vida de otros dejándolos huérfanos de dolor. Me llevaba consigo el
dolor y dejaba la paz espiritual que todos merecían. Sin embargo, yo
no tenía paz y Daniel parecía no tenerla.
—No estamos hablando de mí—dije,
intentando cerrar el tema.
Fumaba como si el tabaco, al llenar sus
pulmones, le insuflara arrojo y vida. La colilla caía sobre la
gastada alfombra y la pisoteaba con desgana. Me di cuenta que sus
zapatos estaban en peor estado que su ropa. Parecía un mendigo o un
borracho que iba de bar en bar, dilapidando su fortuna y sus pocos
años de vida. Cerré los ojos unos instantes para contenerme. No
había bebido siquiera un trago en dos noches, algo que me hacía ser
voraz, y él siquiera prestaba atención al esfuerzo que hacía al
tenerlo tan próximo.
—Largo—susurré con voz rasposa.
—No—dijo tirando la colilla al
suelo para apagarla con la suela desgastada, después se acercó a mí
y se colocó junto a mi sillón.
—Sí—me incorporé y le señalé la
puerta—. Puedes irte.
Daniel se aproximó a mí abrazándome,
para acabar sollozando. Parecía implorar que acabara con su vida.
Estaba terriblemente atormentado y anhelaba el descanso. Sin embargo,
de mí sólo tuvo como respuesta un firme abrazo. Mis manos
acariciaron sus cabellos húmedos, echando hacia atrás su flequillo,
para luego posarlas en su espalda y dejar que mi frente se pegara a
la suya.
—Mírame Daniel, soy un asesino—dije.
—Y yo un hombre que pierde el
juicio—sus manos se colocaron en mis mejillas tocándome los
pómulos, hundiendo sus dedos bajo el mentón y dirigiendo éstas
hacia mi cuello. Pronto sentí su boca carnosa demasiado cerca, su
aliento cálido me golpeaba la nariz y tuve deseos de morderlo—.
Louis, tan mártir... como yo—dijo sin un ápice de burla, lo cual
me sorprendió.
Besé a Daniel. No pude resistirme.
Sentí que ambos nos habíamos comunicado más allá de las palabras.
Él dejó que su lengua se relajara y pronto empezó un duelo
intenso. Su ropa caía al suelo fruto de mis tirones y él, con suma
habilidad, me abrió la bata para tocar mis desnudos costados. Fuera
la ambulancia ya se perdía entre las calles, el tumulto y el revuelo
continuaba, el policía espiraba su último aliento y las lágrimas
de su viuda estremecían a la ciudad mientras una cadena de
televisión aparcaba en el escenario. Todo pasaba a la vez. Incluso
los pasos del drogadicto, que había atracado una farmacia cercana,
se precipitaban por una azotea buscando la escapatoria a una nueva
patrulla, mucho más sanguinaria, tras la muerte de su compañero. Un
último adiós a la ciudad, las luces diáfanas y centelleantes, el
ruido de los motores, los pasos sigilosos en el calor del hogar, una
televisión que se enciende, un helicóptero que se pasea por el
cielo emborronado de un día cualquiera de verano y fin. Un fin
inesperado. Eso era la vida, el aquí y el ahora, y yo la estaba
tomando con mis dedos.
El beso se intensificó con el terrible
forcejeo. Podía notar su joven corazón bombeando bajo su piel
lechosa y cálida. Aunque tenía rosados los pezones, igual que sus
mejillas que parecían encenderse igual que sus ojos. Aquellos ojos
tan parecidos a los de Lestat, pero a la vez tan distintos. Ojos de
un borracho hundido en su precipitada carrera hacia el éxito, una
historia que lo inmortalizara, y en el tabaco que le hacía sentirse
eufórico, concentrado y perverso. Seductor, a la vez que romántico
empedernido. No había llegado a manifestar amor jamás, o eso
parecía ver en él, pero tenía una historia que comenzar con Armand
y allí, como si fuera un egoísta, decidí dejar mi impronta. Si
Armand lo amaba, como le había escuchado decir, yo haría que me
desease a mí. Me había quitado a Claudia, algo que no perdonaría
pese a todo, y no había movido un dedo por decirme la verdad sobre
Lestat. Él se había hecho con New Orleans, mi ciudad y la ciudad de
Lestat, para reinar en el odio y el descaro. Lo pagaría. Podía
tener los perdidos en las últimas lágrimas que había derramado,
por mi hija y por mí mismo, pero era sin duda un cínico que haría
pagar cada momento de dolor.
Me moví torpemente en aquella
habitación, hasta que di con la pared. Daniel me abrió las piernas
colando su rápida mano derecha entre mis muslos, rozó así mis
testículos y dejé que sus dedos sintieran la frialdad de mi cuerpo.
Debo admitir que no había permitido que ningún otro me tocara así,
ni siquiera Armand había logrado abrir mis muslos de ese modo. Era
mi venganza hacia él, hacia Lestat y hacia todo. Su boca,
ligeramente carnosa y con sabor a nicotina, se colocó en mi pezón
derecho mientras notaba como la seda de mi bata se deslizaba por mis
hombros. No dudé en emitir un suave gemido por las caricias,
impulsando así la necesidad de aquel joven de ojos melancólicos.
—Así, deséame—dije levantando el
mentón, permitiendo que mis hombros chocaran contra la pared de
papel color crema, y dejando que mis cabellos negros rozaran mi
cuello, su frente y mi torso.
Su mano diestra fue a jugar entre mis
nalgas, justo en la abertura de mis glúteos, y cuando noté el dedo
corazón junto con el índice, por supuesto, dentro de mi recto
suspiré como lo haría una jovencita. Mis ojos eran los de un animal
salvaje que se dejaba domesticar, pero en realidad sólo estaba
afianzando a mi presa. Mis manos estaban sobre sus hombros, clavando
sus filosas uñas en sus músculos, mientras mi boca se abría para
dejar paso a los jadeos más eróticos que podía ofrecerle.
El rostro de Daniel se hundía en mi
pecho, bajaba hacia mi vientre junto con su lengua. Cuando sentí su
aliento sobre mi vello púbico tuve un escalofrío. Era un aliento
cálido y erótico, lo cual me endureció un poco más. Notaba como
el calor surgía de mi vientre y tiraba de mis músculos tensándolos,
mi sexo se endurecía y mis testículos se llenaban. No dudé en
desplazar mi mano derecha a su nuca, como la izquierda sobre su
coronilla. Él comenzó a succionar sin dejar de hundir sus dedos.
Allí, de pie contra la pared, recorré como los dientes de Lestat
rasguñaban mi cuello, sus manos acariciaban mi vientre y marcaban
con arañazos mi figura. Era suyo, siempre sería suyo o eso creía,
pero en esos momentos me estaba dejando torturar por un humano.
—Sólo dos hombres me han hecho
suyo—dije con una leve risotada nerviosa—. Y sólo uno lo intentó
además de ellos, teniendo por mi parte una negativa.
—Aquel joven de la plantación y
Lestat, ¿verdad?—preguntó apartando su boca de mi miembro, cosa
que me molestó y me hizo fruncir el ceño.
—No, mi hermano y Lestat—aquello lo
escandalizó, pero no me interesó en absoluto lo que pudiese pensar.
No podía leer su mente, pero ver sus facciones—. El joven lo
intentó, pero yo ya pertenecía a un hombre...
—Relájate y disfruta—musitó
enloquecido.
Aquello era una muestra más de lo
irónico del asunto. Él se había puesto celoso. Había supuesto,
claro está, que si yo había tenido relaciones con Armand había
sido el pasivo para mí. Aquellas nalgas prietas y blancas, tan
redondas como suaves, habían sido profanadas tantas veces por mí,
como por cualquier otro, pues siempre fue de pantalón de cierre
fácil. Daniel amaba a Armand, y si no le amaba le tenía como suyo.
Era un ingenuo.
Solté un gemido similar al de una
película porno, abrí bien mis piernas y moví mis caderas. Tenía
flexionadas las rodillas y mi espalda pegada por completo a la pared.
El sudor iba humedeciendo mi piel, perlándola con pequeños
diamantes de sangre, y él decidió dejar de succionar para
incorporarse. Me miró, del mismo modo que se mira a una fulana, y me
arrodilló frente a él agarrándome con bruscamente del pelo. Pronto
sentí como profanaba mi boca y yo, sin pensarlo la abrí
disfrutando. Mi lengua recorría cada milímetro de su piel como si
fuera un delicioso manjar, ni siquiera el sabor de la sangre era tan
satisfactorio como el líquido preseminal de aquel muchacho. Sus ojos
gritaban sexo salvaje y los míos sumisión. Sabía como manipular a
los hombres, incitándolos a los actos más crueles y bárbaros. Era
un mentiroso empedernido, pero si había mentido en aquella ocasión,
como en tantas otras, era porque quería llegar a mi objetivo.
—Eres insaciable—susurró soltando
mi pelo, para tomarme del rostro acariciando con sus pulgares el
hueso de mis pómulos—, igual que una mujer herida que desea
enfrentar sus celos, cuernos y frustraciones. Igual que cualquier
humano que se sabe engañado. ¿Tanto daño te hizo Lestat?—pronunció
aquellas palabras con dificultad, pero eran sencillamente
magistrales. El daño que me había hecho era peor que todo lo
narrado. El mayor daño de todo eso era su silencio. Su maldito y vil
silencio.
Me arrojó con rabia hacia el suelo de
la alfombra, justo al lado de su colilla, y me alzó las caderas
posicionando mis nalgas para entrar. Cuando entró, como haría una
bala en el corazón de un niño, me quedé en blanco y mi boca se
abrió mostrando mis colmillos. Había intentado ocultarlos, pero
estaban ahí. Mis ojos brillaron como si fueran dos bolas de fuego,
pero de un color verde tan intenso como el de un gato arisco y
callejero. Cada bombeo de su miembro dentro de mí, acariciando las
paredes de mi recto, me sacaba un largo y alto gemido. El ritmo
empezó a ser frenético, mis pezones se rozaban contra el dibujo de
flores de la alfombra y mis uñas rompían la tela. Tenía el pelo en
la cara, pero mi rostro estaba girado hacia él y lo miraba por
encima de los hombros.
Tenía un torso marcado, muy masculino,
con algo de vello que nacía bajo su ombligo. El vello púbico era
algo más oscuro que el de su cabeza, pero a penas tenía pelo en sus
piernas y brazos. Sin duda era un Adonis y yo lo disfrutaba, del
mismo modo que Armand lo hacía. Me estaba vengando a mi modo. Tal
vez era cierto que el dolor agudiza el ingenio y marchita el alma,
pero en esos momentos me sentía pletórico.
En un acto salvaje, quizás por las
fuerzas que me daba el haber llegado hasta ese límite, lo arrojé al
suelo y me subí sobre él. Arañé su pecho inclinándome para lamer
su sangre, mientras me rozaba notando como todo mi cuerpo temblaba.
Sin pensar demasiado, pues estaba fuera de sí, me penetré y comencé
a cabalgar igual que una amazona. El sonido de nuestros cuerpos se
hizo más audible, mis gemidos rebotaban por las cuatro paredes de
aquel pequeño apartamento y hacía vibrar los cristales. Un vecino
comenzó a golpear la pared contigua, pues estaba molestándole el
ruido, y en la calle comenzaban a disiparse los curiosos para dejar
que el juez, que se había personado somnoliento con una taza de
humeante café, diese permiso al forense para levantar el cadáver.
Nosotros nos mezclábamos en un ritual de carne, sudor y placer.
Daniel no soportó aquello. Eyaculó
dentro de mí, por lo tanto decidí salir para lamer su miembro, pero
ésta vez ofreciéndole un pequeño corte que lo electrocutó por la
sensibilidad que tenía en esos instantes la zona. Sangre de sabor
metálico y semen salado, espeso y caliente como su acompañante.
—Daniel...—jadeé apartándome
mientras abría de nuevo mis piernas, con él aún excitado frente a
mí, y mi cuerpo retorciéndose sobre la alfombra—. Daniel... —me
masturbaba fuerte, como si quisiera arrancarme mi miembro, y le
miraba con los ojos entornados.
Él no dudó en incorporarse y gatear
hasta mis piernas. Me miró unos segundos y hundió su rostro, con
sus gafas empañadas, en mis muslos. Lamió con deseo mis testículos,
pero lo más excitante fue descubrir que su lengua acariciaba su
propio semen, limpiándolo. Eyaculé entonces, soltando un potente
chorro hacia el techo que terminó salpicándonos a ambos. Sin
embargo, él no dejó de lamer y yo no paré de gemir. En breves
minutos lo tenía de nuevo dispuesto, sobre mí y con su miembro
arrancándome nuevos jadeos.
No recuerdo cuántas veces fueron, pero
creo que hubo otra más además de esas dos. Él cayó agotado sobre
mi pecho creyendo que tras aquello, por supuesto, le daría mi
sangre. Sin embargo, yo me moví rápido y le coloqué a duras penas
la ropa, lo llevé fuera a uno de los callejones y lo arrojé como si
fuera un vagamundo. Después regresé a mi apartamento, recogí
algunas pertenencias y me mudé de edificio. No regresé allí en
semanas. Él me había dejado una nota, pero ni siquiera la leí.
Rompí el papel en diminutos pedazos y los arrojé a la calle.
Aquella noche me liberé de las cadenas
de Lestat, pero a su vez me seguí decepcionando por su actitud.
Pensé que mis mentiras, burdas y crueles, le despertarían furioso y
me buscaría planeando venganza. Sin embargo, hasta ese momento sólo
tuve silencio. Un silencio ensordecedor que me volvía loco. Armand
tuvo su justo precio, pero Daniel jamás le comentó nada y
desconozco si sabía lo que había ocurrido entre nosotros. Hay
muchas incógnitas. Pero a día de hoy, cuando ya a penas siento
cierto consuelo al matar una de mis víctimas, me alegro de haber
tenido mi pequeña venganza que sale a la luz deleitándome,
sucumbiéndome a placenteros recuerdos y mostrando una faceta oscura
que todos deberían conocer. Deben temerme, no compadecerme.
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