Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 20 de julio de 2014

Seven devils

Estas memorias son... terribles en cierto modo. Tengo miedo de Louis, ahora sabrán el motivo. Es demasiado manipulador, demasiado.

Lestat de Lioncourt 


Podía escuchar el sonido del tráfico ir y venir. La sirena de un coche patrulla iluminaba el frontal de mi vivienda, el sonido era prácticamente ensordecedor y la persecución empezó. Los pasos rápidos del ladrón, la pistola que se dispara, el grito de un inocente y el llanto de un par de mortales arremolinándose cerca del cadáver. “Agente herido” sonaba en la radio repetidamente de boca de su compañero, el cual se aguantaba las lágrimas como buen hombre. Todo ocurría a pocos metros de mi vivienda, la cual permanecía con las gruesas cortinas echadas y conmigo en plena penumbra. San Francisco era un lugar peligroso a veces, pero los había visto peores.

El barrio donde vivía no era malo, sin embargo la droga pudre. Por aquellos tiempos la droga era consumida con mayor libertad, casi impunemente, porque todos creían que nada malo pasaría. Era como el SIDA. Poco se sabía de las consecuencias, así que las drogas y el sexo salvaje corría como la espuma por todo el país, o mejor dicho, por todo el mundo. El final de los setenta y el principio de los ochenta fue sin duda vertiginoso, extraño y tétrico.

Hacía varias semanas que el libro había llegado a publicarse. Conocía todo sobre los rumores entorno a éste, las diversas posiciones que habían tomado los intelectuales y profesionales de la literatura de terror. Era todo muy extraño. El silencio de otros como yo se apreciaba sobre todo cuando se intentaba acceder a los comentarios más llamativos. Mi oído era muy bueno, pero cuando sabían quién era yo huían. Preferían no acercarse al vampiro que había quebrado las normas, sin embargo a mí nadie me habló de normas. Lestat jamás me impuso ley de silencio y Armand no fue del todo comunicativo conmigo.

Aquella noche unos pasos precipitados llamaron mi atención, después un timbrazo fuerte en mi puerta y la sensación que debía abrir. No sería un muchacho gastando una broma, ni una de las vecinas que deseaba saber qué era yo o simplemente un inmortal. Aquello que me esperaba tras la puerta había hecho un gran viaje hasta allí.

Me incorporé y caminé hacia el hall, acomodé mi bata de seda verde y miré por la mirilla. Entonces, como cualquiera en mi lugar hubiese hecho, me sorprendí y abrí rápidamente. Quien estaba al otro lado era el muchacho al cual le había confiado mi vida. Él entró precipitadamente con el rostro desencajado. Tenía un aspecto algo más demacrado y temí que estuviese bajo el efecto de alguna droga, pero el aroma que llevaba impregnado en su ropa me hablaba de Armand.

—Él me persigue—dijo manteniendo su mirada en mí—. He ido a su isla, he estado en su habitación y me ha observado como lo haces tú—se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo. Estaba nervioso y quería llorar—. No estoy loco, vosotros me vais a volver loco.

—¿Cómo has sabido ésta dirección?—interrogué cerrando la puerta.

—Por él. Él lo sabe todo—murmuró.

—Armand no lo sabe todo, no es tan omnipresente.

Su cabello rubio estaba revuelto, caía sobre su frente empapada en sudor, y tenía la camisa mal abrochada. Los pantalones estaban sucios, eran unos tejanos con el dobladillo roto y los bolsillos llenos de servilletas con cientos de anotaciones. Parecía uno de esos iluminados por la droga, la bebida y la perdición de una fulana cualquiera. La vida le había golpeado duramente arrancándole el aire de los pulmones, pues jadeaba, mientras que sus manos recorrían el bolsillo de su arrugada chaqueta en busca de un cigarrillo. Había llegado a pie, pero ¿desde dónde? ¿Cuál había sido el inicio de su huida? La isla de Armand estaba empezando a ser popular por aquel entonces, como si mi libro le hubiese devuelto esas malditas alas que le pintó su maestro. Había empezado allí, seguro.

—Tienes que hacerlo tú, ya que él me lo niega—dijo sacando una cajetilla de cigarros. Logró sacar el último que le quedaba, tras varios golpes sobre la mano, y cuando se lo llevó a los labios hizo el mismo recorrido por su cuerpo hasta dar con el mechero.

—Joven, le ruego que se marche de mi propiedad—comenté tomando de nuevo el pomo de mi puerta, para hacerlo girar y comenzar a indicarle la salida. Él se acercó a mí y me tomó de la bata aferrándose como si la vida se le fuera—. Daniel, la ultima conversación que tuvimos dejé claras mis intenciones.

—No puedo vivir así, no puedo vivir así...—balbuceó suplicándome con aquellos ojos con destellos violáceos.

Dios sabe que quise disuadirlo, pero finalmente dejé la puerta atrás y lo llevé hacia la sala de estar. Allí, rodeados de libros y viejos recuerdos, tomé asiento con uno de mis relicarios de cuentas negras en mis manos. Miraba su aspecto delgado, de músculos marcados y ojos centelleantes y me preguntaba cómo era estar vivo. Los miedos te golpean duro, los nervios se pierden, la intranquilidad llena tu vida y el mundo que conoces se retuerce.

—Toma asiento—dije.

Él tomó asiento llevándose el cigarro a la boca, dándole una segunda calada y mirándome aturdido. Ni siquiera esa droga barata y letal le iba a dar sosiego. Armand le había dado una razón más para codiciar la inmortalidad, pero bien sabía yo que no se la daría. Sólo había hecho una vez ese truco y no pensaba repetirlo, al menos no con él. Estaba demasiado atemorizado, como si la muerte llamase continuamente a su puerta con una carta de embargo.

—Tengo miedo a morir—susurró.

—Incluso yo tengo miedo a morir—respondí—. No es nada nuevo.

—Pero a veces la deseas—aquella afirmación me inquietó, pues era cierto.

Había pensado tantas veces en la muerte que era una vieja amiga, mi propia amante, y la ayudaba siendo un ángel y benefactor. Investigaba, escuchaba, admiraba y tomaba la vida de otros dejándolos huérfanos de dolor. Me llevaba consigo el dolor y dejaba la paz espiritual que todos merecían. Sin embargo, yo no tenía paz y Daniel parecía no tenerla.

—No estamos hablando de mí—dije, intentando cerrar el tema.

Fumaba como si el tabaco, al llenar sus pulmones, le insuflara arrojo y vida. La colilla caía sobre la gastada alfombra y la pisoteaba con desgana. Me di cuenta que sus zapatos estaban en peor estado que su ropa. Parecía un mendigo o un borracho que iba de bar en bar, dilapidando su fortuna y sus pocos años de vida. Cerré los ojos unos instantes para contenerme. No había bebido siquiera un trago en dos noches, algo que me hacía ser voraz, y él siquiera prestaba atención al esfuerzo que hacía al tenerlo tan próximo.

—Largo—susurré con voz rasposa.

—No—dijo tirando la colilla al suelo para apagarla con la suela desgastada, después se acercó a mí y se colocó junto a mi sillón.

—Sí—me incorporé y le señalé la puerta—. Puedes irte.

Daniel se aproximó a mí abrazándome, para acabar sollozando. Parecía implorar que acabara con su vida. Estaba terriblemente atormentado y anhelaba el descanso. Sin embargo, de mí sólo tuvo como respuesta un firme abrazo. Mis manos acariciaron sus cabellos húmedos, echando hacia atrás su flequillo, para luego posarlas en su espalda y dejar que mi frente se pegara a la suya.

—Mírame Daniel, soy un asesino—dije.

—Y yo un hombre que pierde el juicio—sus manos se colocaron en mis mejillas tocándome los pómulos, hundiendo sus dedos bajo el mentón y dirigiendo éstas hacia mi cuello. Pronto sentí su boca carnosa demasiado cerca, su aliento cálido me golpeaba la nariz y tuve deseos de morderlo—. Louis, tan mártir... como yo—dijo sin un ápice de burla, lo cual me sorprendió.

Besé a Daniel. No pude resistirme. Sentí que ambos nos habíamos comunicado más allá de las palabras. Él dejó que su lengua se relajara y pronto empezó un duelo intenso. Su ropa caía al suelo fruto de mis tirones y él, con suma habilidad, me abrió la bata para tocar mis desnudos costados. Fuera la ambulancia ya se perdía entre las calles, el tumulto y el revuelo continuaba, el policía espiraba su último aliento y las lágrimas de su viuda estremecían a la ciudad mientras una cadena de televisión aparcaba en el escenario. Todo pasaba a la vez. Incluso los pasos del drogadicto, que había atracado una farmacia cercana, se precipitaban por una azotea buscando la escapatoria a una nueva patrulla, mucho más sanguinaria, tras la muerte de su compañero. Un último adiós a la ciudad, las luces diáfanas y centelleantes, el ruido de los motores, los pasos sigilosos en el calor del hogar, una televisión que se enciende, un helicóptero que se pasea por el cielo emborronado de un día cualquiera de verano y fin. Un fin inesperado. Eso era la vida, el aquí y el ahora, y yo la estaba tomando con mis dedos.

El beso se intensificó con el terrible forcejeo. Podía notar su joven corazón bombeando bajo su piel lechosa y cálida. Aunque tenía rosados los pezones, igual que sus mejillas que parecían encenderse igual que sus ojos. Aquellos ojos tan parecidos a los de Lestat, pero a la vez tan distintos. Ojos de un borracho hundido en su precipitada carrera hacia el éxito, una historia que lo inmortalizara, y en el tabaco que le hacía sentirse eufórico, concentrado y perverso. Seductor, a la vez que romántico empedernido. No había llegado a manifestar amor jamás, o eso parecía ver en él, pero tenía una historia que comenzar con Armand y allí, como si fuera un egoísta, decidí dejar mi impronta. Si Armand lo amaba, como le había escuchado decir, yo haría que me desease a mí. Me había quitado a Claudia, algo que no perdonaría pese a todo, y no había movido un dedo por decirme la verdad sobre Lestat. Él se había hecho con New Orleans, mi ciudad y la ciudad de Lestat, para reinar en el odio y el descaro. Lo pagaría. Podía tener los perdidos en las últimas lágrimas que había derramado, por mi hija y por mí mismo, pero era sin duda un cínico que haría pagar cada momento de dolor.

Me moví torpemente en aquella habitación, hasta que di con la pared. Daniel me abrió las piernas colando su rápida mano derecha entre mis muslos, rozó así mis testículos y dejé que sus dedos sintieran la frialdad de mi cuerpo. Debo admitir que no había permitido que ningún otro me tocara así, ni siquiera Armand había logrado abrir mis muslos de ese modo. Era mi venganza hacia él, hacia Lestat y hacia todo. Su boca, ligeramente carnosa y con sabor a nicotina, se colocó en mi pezón derecho mientras notaba como la seda de mi bata se deslizaba por mis hombros. No dudé en emitir un suave gemido por las caricias, impulsando así la necesidad de aquel joven de ojos melancólicos.

—Así, deséame—dije levantando el mentón, permitiendo que mis hombros chocaran contra la pared de papel color crema, y dejando que mis cabellos negros rozaran mi cuello, su frente y mi torso.

Su mano diestra fue a jugar entre mis nalgas, justo en la abertura de mis glúteos, y cuando noté el dedo corazón junto con el índice, por supuesto, dentro de mi recto suspiré como lo haría una jovencita. Mis ojos eran los de un animal salvaje que se dejaba domesticar, pero en realidad sólo estaba afianzando a mi presa. Mis manos estaban sobre sus hombros, clavando sus filosas uñas en sus músculos, mientras mi boca se abría para dejar paso a los jadeos más eróticos que podía ofrecerle.

El rostro de Daniel se hundía en mi pecho, bajaba hacia mi vientre junto con su lengua. Cuando sentí su aliento sobre mi vello púbico tuve un escalofrío. Era un aliento cálido y erótico, lo cual me endureció un poco más. Notaba como el calor surgía de mi vientre y tiraba de mis músculos tensándolos, mi sexo se endurecía y mis testículos se llenaban. No dudé en desplazar mi mano derecha a su nuca, como la izquierda sobre su coronilla. Él comenzó a succionar sin dejar de hundir sus dedos. Allí, de pie contra la pared, recorré como los dientes de Lestat rasguñaban mi cuello, sus manos acariciaban mi vientre y marcaban con arañazos mi figura. Era suyo, siempre sería suyo o eso creía, pero en esos momentos me estaba dejando torturar por un humano.

—Sólo dos hombres me han hecho suyo—dije con una leve risotada nerviosa—. Y sólo uno lo intentó además de ellos, teniendo por mi parte una negativa.

—Aquel joven de la plantación y Lestat, ¿verdad?—preguntó apartando su boca de mi miembro, cosa que me molestó y me hizo fruncir el ceño.

—No, mi hermano y Lestat—aquello lo escandalizó, pero no me interesó en absoluto lo que pudiese pensar. No podía leer su mente, pero ver sus facciones—. El joven lo intentó, pero yo ya pertenecía a un hombre...

—Relájate y disfruta—musitó enloquecido.

Aquello era una muestra más de lo irónico del asunto. Él se había puesto celoso. Había supuesto, claro está, que si yo había tenido relaciones con Armand había sido el pasivo para mí. Aquellas nalgas prietas y blancas, tan redondas como suaves, habían sido profanadas tantas veces por mí, como por cualquier otro, pues siempre fue de pantalón de cierre fácil. Daniel amaba a Armand, y si no le amaba le tenía como suyo. Era un ingenuo.

Solté un gemido similar al de una película porno, abrí bien mis piernas y moví mis caderas. Tenía flexionadas las rodillas y mi espalda pegada por completo a la pared. El sudor iba humedeciendo mi piel, perlándola con pequeños diamantes de sangre, y él decidió dejar de succionar para incorporarse. Me miró, del mismo modo que se mira a una fulana, y me arrodilló frente a él agarrándome con bruscamente del pelo. Pronto sentí como profanaba mi boca y yo, sin pensarlo la abrí disfrutando. Mi lengua recorría cada milímetro de su piel como si fuera un delicioso manjar, ni siquiera el sabor de la sangre era tan satisfactorio como el líquido preseminal de aquel muchacho. Sus ojos gritaban sexo salvaje y los míos sumisión. Sabía como manipular a los hombres, incitándolos a los actos más crueles y bárbaros. Era un mentiroso empedernido, pero si había mentido en aquella ocasión, como en tantas otras, era porque quería llegar a mi objetivo.

—Eres insaciable—susurró soltando mi pelo, para tomarme del rostro acariciando con sus pulgares el hueso de mis pómulos—, igual que una mujer herida que desea enfrentar sus celos, cuernos y frustraciones. Igual que cualquier humano que se sabe engañado. ¿Tanto daño te hizo Lestat?—pronunció aquellas palabras con dificultad, pero eran sencillamente magistrales. El daño que me había hecho era peor que todo lo narrado. El mayor daño de todo eso era su silencio. Su maldito y vil silencio.

Me arrojó con rabia hacia el suelo de la alfombra, justo al lado de su colilla, y me alzó las caderas posicionando mis nalgas para entrar. Cuando entró, como haría una bala en el corazón de un niño, me quedé en blanco y mi boca se abrió mostrando mis colmillos. Había intentado ocultarlos, pero estaban ahí. Mis ojos brillaron como si fueran dos bolas de fuego, pero de un color verde tan intenso como el de un gato arisco y callejero. Cada bombeo de su miembro dentro de mí, acariciando las paredes de mi recto, me sacaba un largo y alto gemido. El ritmo empezó a ser frenético, mis pezones se rozaban contra el dibujo de flores de la alfombra y mis uñas rompían la tela. Tenía el pelo en la cara, pero mi rostro estaba girado hacia él y lo miraba por encima de los hombros.

Tenía un torso marcado, muy masculino, con algo de vello que nacía bajo su ombligo. El vello púbico era algo más oscuro que el de su cabeza, pero a penas tenía pelo en sus piernas y brazos. Sin duda era un Adonis y yo lo disfrutaba, del mismo modo que Armand lo hacía. Me estaba vengando a mi modo. Tal vez era cierto que el dolor agudiza el ingenio y marchita el alma, pero en esos momentos me sentía pletórico.

En un acto salvaje, quizás por las fuerzas que me daba el haber llegado hasta ese límite, lo arrojé al suelo y me subí sobre él. Arañé su pecho inclinándome para lamer su sangre, mientras me rozaba notando como todo mi cuerpo temblaba. Sin pensar demasiado, pues estaba fuera de sí, me penetré y comencé a cabalgar igual que una amazona. El sonido de nuestros cuerpos se hizo más audible, mis gemidos rebotaban por las cuatro paredes de aquel pequeño apartamento y hacía vibrar los cristales. Un vecino comenzó a golpear la pared contigua, pues estaba molestándole el ruido, y en la calle comenzaban a disiparse los curiosos para dejar que el juez, que se había personado somnoliento con una taza de humeante café, diese permiso al forense para levantar el cadáver. Nosotros nos mezclábamos en un ritual de carne, sudor y placer.

Daniel no soportó aquello. Eyaculó dentro de mí, por lo tanto decidí salir para lamer su miembro, pero ésta vez ofreciéndole un pequeño corte que lo electrocutó por la sensibilidad que tenía en esos instantes la zona. Sangre de sabor metálico y semen salado, espeso y caliente como su acompañante.

—Daniel...—jadeé apartándome mientras abría de nuevo mis piernas, con él aún excitado frente a mí, y mi cuerpo retorciéndose sobre la alfombra—. Daniel... —me masturbaba fuerte, como si quisiera arrancarme mi miembro, y le miraba con los ojos entornados.

Él no dudó en incorporarse y gatear hasta mis piernas. Me miró unos segundos y hundió su rostro, con sus gafas empañadas, en mis muslos. Lamió con deseo mis testículos, pero lo más excitante fue descubrir que su lengua acariciaba su propio semen, limpiándolo. Eyaculé entonces, soltando un potente chorro hacia el techo que terminó salpicándonos a ambos. Sin embargo, él no dejó de lamer y yo no paré de gemir. En breves minutos lo tenía de nuevo dispuesto, sobre mí y con su miembro arrancándome nuevos jadeos.

No recuerdo cuántas veces fueron, pero creo que hubo otra más además de esas dos. Él cayó agotado sobre mi pecho creyendo que tras aquello, por supuesto, le daría mi sangre. Sin embargo, yo me moví rápido y le coloqué a duras penas la ropa, lo llevé fuera a uno de los callejones y lo arrojé como si fuera un vagamundo. Después regresé a mi apartamento, recogí algunas pertenencias y me mudé de edificio. No regresé allí en semanas. Él me había dejado una nota, pero ni siquiera la leí. Rompí el papel en diminutos pedazos y los arrojé a la calle.


Aquella noche me liberé de las cadenas de Lestat, pero a su vez me seguí decepcionando por su actitud. Pensé que mis mentiras, burdas y crueles, le despertarían furioso y me buscaría planeando venganza. Sin embargo, hasta ese momento sólo tuve silencio. Un silencio ensordecedor que me volvía loco. Armand tuvo su justo precio, pero Daniel jamás le comentó nada y desconozco si sabía lo que había ocurrido entre nosotros. Hay muchas incógnitas. Pero a día de hoy, cuando ya a penas siento cierto consuelo al matar una de mis víctimas, me alegro de haber tenido mi pequeña venganza que sale a la luz deleitándome, sucumbiéndome a placenteros recuerdos y mostrando una faceta oscura que todos deberían conocer. Deben temerme, no compadecerme.  

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Lestat de Lioncourt