Bonsoir
Arion y Petronia tienen sus momentos en cierta románticos, aunque siempre poseen también un poco de humor y violencia.
Lestat de Lioncourt
La primavera había llegado a Nápoles.
El clima se había llenado de inestabilidad. Algunas noches era
fresco y otras caluroso, había pequeñas lloviznas pero luego podías
ver las estrellas en los montes, y sobre todo era agradable pasear
por las calles observando los pequeños cambios. Los árboles
comenzaban a cubrir sus ramas desnudas y las macetas se llenaban de
flores. En los jardines era habitual ver parejas de la mano a
primeras horas de la noche. Los café, bares y demás antros
nocturnos iban tomando vida más allá de los fines de semana. El
mundo se estaba llenando risas, palabras indiscretas, comentarios al
azar y una sensación de pasión intensa.
Petronia se hallaba en el balcón. Su
menuda silueta estaba inclinada hacia delante y sus codos se
encontraban apoyados en la barandilla. Tenía el rostro sereno y el
cabello al aire. La suave brisa movía la fina tela de su vestido. La
noche era agradable y ella había decidido sacar toda su feminidad.
—Es una noche magnífica para
contemplar a una musa—dijo con su voz templada y masculina
provocando que ella se girara.
Era Arion. Se encontraba en la entrada
al balcón. Su camisa blanda de algodón estaba ligeramente abierta,
los tirantes negros marcaban su pecho y los pantalones negros de
pinza eran muy elegantes. Llevaba uno de esos mocasines de cuero que
solía adquirir en las tiendas más exclusivas de Roma. Tenía un
sombrero de ala ancha sutilmente colocado de lado y los puños de su
camisa estaban remangados hasta su codo. Posiblemente había estado
reunido gran parte de la noche. Ya habían dado las doce y ambos se
encontraban por primera vez en una semana. Había huido de sus
brazos, alejándose en los pantanos de New Orleans y visitando a
Quinn. Ella sentía cuando la necesitaban y se preocupaba por el
muchacho, aunque éste pensara que era un monstruo cruel sin corazón.
—¿Dónde estabas?—preguntó sin
girarse a contemplarlo.
Los ojos dulces y profundos de Arion
jugaban por las curvas poco acentuadas de Petronia. Tenía unas
caderas casi diminutas, pero al poseer cierta delgadez se marcaban un
poco más de lo normal. Sus hombros eran pequeños y su espalda
estrecha. Tenía un bonito trasero que hacía que ese traje, ese en
concreto con la espalda descubierta, se viese erótico. Sus largas
piernas no se podían disfrutar, pero él las imaginaba bien
torneadas bajo la tela del vestido que caía hasta sus tobillos.
Llevaba tacones y eso era todo un reto. Ella no solía ser tan
femenina, pero parecía querer provocar un cortocircuito en la mente
de su compañero y maestro.
—He estado reunido en el local The
Night durante más de dos horas. He cerrado un acuerdo importante con
una joyería en París, muy cerca de Versailles—dijo llevando sus
manos a los bolsillos mientras se apoyaba en el quicio de la puerta—.
¿Y tú?
—Hablar con el inútil de nuestro
creado—susurró.
—¿Cuál de ellos?—comentó tras
una enorme risotada y con un tono divertido.
—El único que continua deseando
vivir como un mortal—dijo girándose para verlo.
Durante unos segundos ambos clavaron la
mirada el uno en el otro. Arion disfrutaba enormemente viendo así a
Petronia. Aunque llevara un escote barco sus pequeños senos se veían
realzados. Tenía en el cuello una cadena de oro con un camafeo que
él le había regalado. No era la única que sabía crear joyas, pues
en realidad él le había enseñado a ella.
—Ya deja que se estrelle si lo
desea—contestó encogiéndose suavemente de hombros.
—Esa mujer no es buena para él—nunca
le había agradado Mona, tal vez porque era demasiado seductora y a
veces hacía lo que quería. Pero Petronia también lo hacía.
Posiblemente era mera rivalidad femenina que un hombre no puede
entender.
—Petronia...—dijo tras un largo
suspiro en forma de regaño.
—No me hables con ese tono—comentó
girándose hacia él para verlo así vestido, cosa que intensificó
sus celos.
—¿Y cómo debo hablarte?—murmuró
divertido inclinándose hacia delante mientras ella se dirigía a la
entrada.
—Ya nada. Me había puesto el mejor
traje que tengo para ti y ni siquiera me has dicho nada—dijo
molesta achicando sus ojos.
—Te lo dije cuando llegué—se
irguió dejando de estar apoyado para bloquear el paso hacia el
salón, el cual se hallaba bien iluminado a sus espaldas. El pan de
oro, los muebles clásicos, los frescos y grandes obras artísticas
se veían conferidas con un toque único de belleza y simbolismo. Un
lugar donde cualquiera desea refugiarse aunque fuese de una terrible
discusión.
—Aparta, que me voy—comentó con
los brazos en jarra.
—¡No!—dijo desafiante mientras la
tomaba de los brazos, justo bajo la zona de los hombros.
—Arion me sueltas o te suelto tal
bofetón que sales volando a la luna. ¿Me enti... —decía
agitándose para deshacerse de él, pero Arion se apoderó de sus
labios y calmó a la fiera durante algunos minutos.
Ambos se habían extrañado y por lo
tanto necesitaban contacto. Un abrazo y un beso ofreció a los dos un
momento especial y único. Sin embargo, cuando finalizó, Arion
sintió ese bofetón fuerte y contundente de su gran amor. Después
escuchó sus tacones por toda la vivienda mientras gruñía
remangándose la falda. Él no pudo evitar soltar una carcajada e ir
tras ella. Petronia siempre sería una mujer de fuerte carácter.
No hay comentarios:
Publicar un comentario