Y el monstruo era yo... son unas memorias actuales de Nicolas, como demonio resucitado gracias al poder de Memnoch, que ahora me busca nuevamente.
Lestat de Lioncourt
Tenía sus ojos clavados en mí con una
expresión tan simple como falsa. Sus labios parecían burlarse de mí
con aquella sonrisa seductora. El aroma que desprendía, a sangre y
muerte, me perturbaba. Su cabello caía rizado, espeso y alborotado
sobre su torso desnudo. Había regresado a la mansión tras varias
noches fuera, del mismo modo que hacía en París cuando éramos tan
sólo mortales. Sus pantalones estaban polvorientos y podía imaginar
que era del Cementerio de Metairie, Lafayette o St. Louis.
Aguardé que llegara durante días
arrojado en la cama, meditando como enfrentar sus amoríos y sus
disputas callejeras. Podía escuchar historias de como lo habían
visto cerca del pantano dándole de comer a los caimanes que
pertenecían, y pertenecen aún, a las aguas que rodean Blackwood
Farm. Así como algunos comentarios mordaces sobre sus juergas en los
burdeles y cabaret que cuenta la ciudad. Moría de celos y me
abrazaba a la almohada deseando que regresara.
Mi plan se había destrozado como un
hermoso castillo de arena contra un terrible oleaje. Todo lo que
había pensado, creído y aceptado cayó por su propio peso. El amor
que sentía hacia el diablo se disipó quedando tan sólo en
admiración, comprensión y respeto mientras que el suyo ardía en mi
pecho. Quería arrancarle la piel a tiras porque otros lo habían
tocado y a la vez besar el suelo por donde caminaba porque era mi
salvación.
Nada más escuchar al perro ladrar
fuertemente supe que era él. Ese maldito animal sólo se enloquecía
en alabanzas a su dueño, el cual lo halagaba y agasajaba con
palabras estúpidas y frases trilladas. Salí de su habitación,
corrí por el pasillo y me asomé por el barandal cercano a la
escalera. Él estaba allí de pie, en mitad del hall bajo la enorme
lámpara de lágrimas de cristales perfectos, mirándome sin verme
realmente y con una expresión de locura caprichosa.
—¿Qué haces aquí?—me preguntó
dejando las llaves en un cenicero de cristal—. Largo.
—Te esperaba. Los mortales han estado
llegando estas noches buscándote, pero les he dicho que te
encontrabas fuera de la ciudad—dije sintiendo el fugaz aroma a
flores y plataneras en el ambiente. Había estado quizás
revolcándose en algún jardín o en el propio cementerio.
No quería pensar en cuantos amantes
había tenido y en los criminales que había agarrado en su locura de
sangre y deseo. Ese Lestat que veía ante mí era el aventurero
indiscreto, ese que no temía a nada ni a nadie y que había leído
en sus obras, así como visto fugazmente cuando regresé de entre los
muertos.
—No debiste—dijo negando suavemente
mientras se inclinaba para acariciar a ese saco de pulgas que era
Mojo II.
—¿Y qué debí hacer? Estaba
preocupado por ti y... —su mirada me hizo guardar silencio. Temí
lo peor y mis piernas temblaron. No quería escuchar sus palabras
crueles y sus burlas. No quería. Me iba a volver loco si no me
abrazaba rogándome perdón, aunque fuera una sarta de mentiras tras
otra.
—¿Qué pretendes de mí?—preguntó
frunciendo el ceño incorporándose para caminar con gracia hacia la
escalera—Ven aquí y dímelo—estiró su brazo hacia mi dirección
y yo quise correr hasta él, rodearlo y besarlo rezando porque me
quisiera.
Di unos pasos hacia atrás tragando
saliva, sintiéndome un demonio inútil y estúpido, para luego bajar
por las escaleras con las piernas temblorosas. Mis pasos acortaban la
breve distancia y cuando llegué hasta él no logré mirarlo a los
ojos. Me había convertido en aquel muchacho que aceptó complaciente
el huir a París.
—¿Me has amado alguna vez?—pregunté
mirando las losas de mármol que cubrían aquel perfecto e inmaculado
suelo—¿Lo has hecho?—dije apretando los puños para finalmente
verle a los ojos.
—Te amé—aquello fue un puñal que
atravesó mi corazón—. Te amé tanto que pensé que convertirte en
un monstruo, ofrecerte la oportunidad de vivir para siempre,
provocaría en ti daños irreparables. Prefería que me vieras como
un ser lejano que se apartó de tu camino, el cual iba a tener todo
mi apoyo con dinero sacado de la venta de algunas de las joyas de
Magnus—su voz era sensual y agradable. Me sentía atraído aunque
me estaba torturando—. Lloré por ti cuando supe de tu desgracia.
Juro que no pude parar de llorar durante horas—me tomó del rostro
y me miró con aquellos ojos grises con tonalidades azul y violeta,
tan impactantes como seductores—. Ahora sólo siento deseos de
romperte la ropa, hacerte mío y dejarte como un muñeco roto en mi
cama. Sólo me provocas placer, pero no un amor más allá de
cualquier duda.
—¡Por qué!—grité apartándolo de
mí de un empujón mientras retrocedía subiendo un par de
escalones—¡Por qué!
—Mírate. Vistes como un fantasma.
Ese chaleco verde con botones dorados, de ese estampado de flor de
lis en un verde cacería muy bien cumplimentado con el fondo verde
prado, así como tu pañuelo al cuello con tu broche de nota musical
o tus pantalones clásicos y tus botas perfectas. ¿Has pensado que
vistes tal como viviste? Te has quedado encasillado en una forma de
ser y sentir muy viejas. Eres un cuadro viviente—reconozco que
quise llorar, pero sólo apreté más mis puños deseando que hiciera
el remate final—. Aún guardo algún sentimiento por ti, pero mi
corazón es...
—Es de esa bruja—musité rompiendo
a llorar al fin— ¡Me dijiste que me amabas la otra noche!
—En pleno éxtasis puedo decir muchas
incoherencias—se encogió de hombros y yo quise romperlo. Juro que
quise romperlo.
Me senté en los escalones y vi como él
subía por las escaleras, se sentaba junto a mí y me observaba
detalladamente. Cuando quise percatarme estábamos besándonos, mis
manos acariciaban su torso desnudo y las suyas me tomaban de la
cintura. Escuché como el perro ladraba fuertemente para luego
desaparecer por los pasillos.
—Ámame de nuevo—murmuré
apartándome unos centímetros de su boca—. Ámame como nunca lo
has hecho.
—Oui...
Deseo creer que me amará, pero sé
bien que sólo es una ilusión para tenerme en su cama. Me trata como
una puta y yo me dejo engañar como tal. Mi boca busca la suya y mi
cuerpo se deja hacer con cualquier roce. De nuevo he caído en su
trampa y siento que es lo único que tengo en este mundo para
sostener mis ansias de vivir.
—Ven—se levantó estirando sus
brazos hacia mí—. Vamos, ven—insistió bajando las escaleras.
De inmediato lo seguí. Juro que mi
corazón latía desbocado mientras su espalda quedaba frente a mis
ojos. Una espalda ancha, con los músculos justos y una forma
tentadoramente masculina. Sus brazos eran fuertes y musculados, pero
extrañamente menos formados que los de otros amantes. Tenía un
equilibrio entre la delgadez y la musculatura de un coloso. Al
seguirlo noté que su forma de andar no había cambiado en absoluto y
quise rodearlo con mis brazos. Necesitaba saber si me había
extrañado estos días, aunque preferí no hacer semejante pregunta.
Entramos en su sala de descanso
favorita. Posiblemente era su favorita gracias a la enorme chimenea
que allí reinaba, las enormes vidrieras que proyectaban una belleza
sobrecogedora, las columnas de mármol y los muebles victorianos.
Observé con cuidado las flores que se hallaban en el jarrón sobre
el piano de sobrio y elegante color negro. Eran rosas rojas recién
cortadas. Posiblemente el servicio siempre lo hacía, aunque yo no
había siquiera reparado en ello.
—Desnúdate, Nicolas—su voz sonó
firme mientras tomaba asiento en el diván que presidía la sala.
Sus ojos eran frívolos y su sonrisa
canalla. Parecía el joven que solía beber conmigo hasta
embriagarnos. Con cierta naturalidad fingida accedí como si fuese
una petición común. Sin embargo no podía dejar de mirar las
cortinas burdeos, los numerosos colores de las vidrieras y el blanco
que parecía estallar gracias al mármol. Había detalles dorados,
pues el color dorado siempre había captado su atención. Él tenía
el cabello de oro y disfrutaba contemplándose al espejo, quizás
preguntándose si podía hacer pasar cada hebra por un hilo de oro
puro.
Arrojé el chaleco a una silla estilo
Luis XV, la cual tenía el soporte de madera dorado y el foro del
mismo color que las cortinas, para hacer lo mismo con el resto de
ropas. Mi cuerpo, algo más delgado y de menor estatura que el suyo,
quedó frente a él. Sus ojos mostraron deseo y yo me encendí. Sabía
que quería que dejara de llorar lastimeramente y me entregara de
nuevo, como si fuera una colegiala a la que usar como si no sintiera
nada en absoluto.
—¿Tengo que decirte qué debes
hacer?—su voz sonó erótica y profunda provocando que me moviera
como un autómata.
Quité el cierre de su pantalón y
saqué su miembro, el cual estaba aún flácido, y me dediqué a
contemplar su torso perfecto. El vello que coronaba su sexo recorría
su vientre plano hasta su ombligo, ahí se perdía, sus pezones eran
sonrosados y tenía una musculatura digna de un dios. El cabello
seguía revuelto confiriéndole el aspecto de un león. Pero era su
boca lo que me torturaba. Esa sonrisa llena de fascinación y deseo.
Decidí atacar lamiendo su sexo como si
fuera una golosina y yo un niño hambriento. Mis labios rodearon su
glande apretándolo con el mismo ímpetu que me hizo abarcarlo por
completo, sintiendo como me penetraba la boca igual que si fuera una
daga. Todo mi cuerpo reaccionaba rogando porque en unas semanas se
olvidara de ella. Él había vuelto a ser mi luz y no quería que me
quitaran algo tan preciado.
Sus manos recogían mis cabellos y me
empujaban hacia él, pegándome de tal forma que a veces era incapaz
de mover la cabeza. Mis ojos se cerraron permitiendo que me
contemplara como un hombre entregado, prácticamente arrojado a sus
pies por completo y por lo tanto sumiso. El sabor que tenía su sexo
era almizcleño, salado y con un toque de hierro. Sabía a hierro
porque empezaba a sudar y su sudor era una mezcla de sudor ordinario
y sangre. Podía percibir su mirada dominante sin siquiera abrir los
ojos para verlo. Sus gemidos eran casi gruñidos y mis jadeos morían
en su sexo.
Cuando estalló en mi boca toqué el
cielo con la punta de mis dedos. Había dejado mis manos en sus
muslos, acariciándolos pero, al sentir el potente chorro de semen
calentar mi lengua y mis labios, terminé clavando mis uñas y
llegando al éxtasis con él, sin siquiera haberme tocado ni un
centímetro. Obviamente creí que continuaríamos, pero lo único que
hizo fue apartarme y subirse los pantalones. Él había gozado, pero
yo estaba roto.
—¿Dónde vas?—pregunté sintiendo
que el suelo se quebraba bajo mi cuerpo.
—No eres mi mujer para preguntarme
adónde voy-susurró marchándose para dejarme a solas en aquella
terrible sala.
Lestat era un animal herido y me estaba
destrozando. Quise cazarlo, torturarlo y burlarme pero su belleza,
poder y mis viejos sentimientos me impidieron hacerlo. Lloré en
silencio aquella noche y las siguientes. El saber que no era el único
y que su corazón era de Rowan me dividía por la mitad. Simplemente
me hundía en un mar profundo donde acumulaba mis lágrimas y el
dolor. Podía odiarlo, pero no me atrevía. Una vez lo hice y acabé
muerto porque era demasiado fuerte el peso que sentía sobre mis
hombros.
Fui tras él, pero al tomarlo del brazo
me miró sereno pero extrañado. Era como si no me reconociera o no
quisiera ver sus errores. Me apartó cuidadosamente, como si en esos
momentos sí se preocupara por mi bienestar. Aunque ¿se preocupaba
realmente? Era como un ángel divino en toda su gloria, la imagen de
un santo entre los vampiros, los cuales le temían por su poder y
fortaleza espiritual. Sin embargo ¿qué era yo? ¿Realmente era un
fantasma de carne y hueso? Quizás. Mi deseo era detenerlo, cambiar
sus pasos y provocar que me besara una vez más deteniendo el tiempo.
Sin embargo siguió su camino hacia las escaleras para tomar un baño
en su aseo particular.
Allí, Lestat, se encerró durante
horas escuchando baladas rock que desgarraban profundamente mi alma.
Por mi parte, me marché a su habitación, me arrojé a su cama y
lloré como había estado haciendo todos aquellos días. Si bien casi
al filo del amanecer sentí sus brazos, fuertes y desesperados,
abrazándome para poder calmar su soledad con la mía. Ambos lloramos
nuestra desgracia sintiéndonos niños perdidos en medio de un mundo
de sombras frágiles y mariposas mortíferas que nos arrancaban
cualquier suspiro de felicidad.
Percibí que él había quedado rígido
poco después de la salida del sol, y sólo entonces tuve agallas de
girarme para contemplarlo. Su rostro parecía sereno, pero las
lágrimas sanguinolentas de sus mejillas decían lo contrario.
Aquellas cejas perfectas y doradas, sus pestañas pobladas y largas,
el cabello rizado cayendo por su frente y mejillas hasta más allá
de los hombros, su mentón firme y su boca grande le daban un aspecto
de escultura hecha con pinceladas color crema y pastel. Cada mechón
de pelo tenía un aroma delicioso a frutas y flores, pero el gel era
masculino y avasallador. Era una mezcla de campo y mar, como si
quisiera unir los dos mundos en uno sólo. Rápidamente me descubrí
besándolo con ternura y me odié.
—Yo era el villano y no tú—dije
con la voz tomada mientras lograba al fin descansar.
Al despertar él estaba allí,
mirándome de ese modo como si aguardara un reproche por mi parte.
Sin embargo, fui tan cobarde que sólo me hice hueco, entre sus
brazos, rezando porque no me echara de la cama.
1 comentario:
Que significa "almizcleño"? ... Un hermoso escrito, pero siempre sentire pena por Nicolas. Mi pobre Nicolas </3
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