Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 27 de marzo de 2014

Y el monstruo era yo...

Y el monstruo era yo... son unas memorias actuales de Nicolas, como demonio resucitado gracias al poder de Memnoch, que ahora me busca nuevamente.

Lestat de Lioncourt


Tenía sus ojos clavados en mí con una expresión tan simple como falsa. Sus labios parecían burlarse de mí con aquella sonrisa seductora. El aroma que desprendía, a sangre y muerte, me perturbaba. Su cabello caía rizado, espeso y alborotado sobre su torso desnudo. Había regresado a la mansión tras varias noches fuera, del mismo modo que hacía en París cuando éramos tan sólo mortales. Sus pantalones estaban polvorientos y podía imaginar que era del Cementerio de Metairie, Lafayette o St. Louis.

Aguardé que llegara durante días arrojado en la cama, meditando como enfrentar sus amoríos y sus disputas callejeras. Podía escuchar historias de como lo habían visto cerca del pantano dándole de comer a los caimanes que pertenecían, y pertenecen aún, a las aguas que rodean Blackwood Farm. Así como algunos comentarios mordaces sobre sus juergas en los burdeles y cabaret que cuenta la ciudad. Moría de celos y me abrazaba a la almohada deseando que regresara.

Mi plan se había destrozado como un hermoso castillo de arena contra un terrible oleaje. Todo lo que había pensado, creído y aceptado cayó por su propio peso. El amor que sentía hacia el diablo se disipó quedando tan sólo en admiración, comprensión y respeto mientras que el suyo ardía en mi pecho. Quería arrancarle la piel a tiras porque otros lo habían tocado y a la vez besar el suelo por donde caminaba porque era mi salvación.

Nada más escuchar al perro ladrar fuertemente supe que era él. Ese maldito animal sólo se enloquecía en alabanzas a su dueño, el cual lo halagaba y agasajaba con palabras estúpidas y frases trilladas. Salí de su habitación, corrí por el pasillo y me asomé por el barandal cercano a la escalera. Él estaba allí de pie, en mitad del hall bajo la enorme lámpara de lágrimas de cristales perfectos, mirándome sin verme realmente y con una expresión de locura caprichosa.

—¿Qué haces aquí?—me preguntó dejando las llaves en un cenicero de cristal—. Largo.

—Te esperaba. Los mortales han estado llegando estas noches buscándote, pero les he dicho que te encontrabas fuera de la ciudad—dije sintiendo el fugaz aroma a flores y plataneras en el ambiente. Había estado quizás revolcándose en algún jardín o en el propio cementerio.

No quería pensar en cuantos amantes había tenido y en los criminales que había agarrado en su locura de sangre y deseo. Ese Lestat que veía ante mí era el aventurero indiscreto, ese que no temía a nada ni a nadie y que había leído en sus obras, así como visto fugazmente cuando regresé de entre los muertos.

—No debiste—dijo negando suavemente mientras se inclinaba para acariciar a ese saco de pulgas que era Mojo II.

—¿Y qué debí hacer? Estaba preocupado por ti y... —su mirada me hizo guardar silencio. Temí lo peor y mis piernas temblaron. No quería escuchar sus palabras crueles y sus burlas. No quería. Me iba a volver loco si no me abrazaba rogándome perdón, aunque fuera una sarta de mentiras tras otra.

—¿Qué pretendes de mí?—preguntó frunciendo el ceño incorporándose para caminar con gracia hacia la escalera—Ven aquí y dímelo—estiró su brazo hacia mi dirección y yo quise correr hasta él, rodearlo y besarlo rezando porque me quisiera.

Di unos pasos hacia atrás tragando saliva, sintiéndome un demonio inútil y estúpido, para luego bajar por las escaleras con las piernas temblorosas. Mis pasos acortaban la breve distancia y cuando llegué hasta él no logré mirarlo a los ojos. Me había convertido en aquel muchacho que aceptó complaciente el huir a París.

—¿Me has amado alguna vez?—pregunté mirando las losas de mármol que cubrían aquel perfecto e inmaculado suelo—¿Lo has hecho?—dije apretando los puños para finalmente verle a los ojos.

—Te amé—aquello fue un puñal que atravesó mi corazón—. Te amé tanto que pensé que convertirte en un monstruo, ofrecerte la oportunidad de vivir para siempre, provocaría en ti daños irreparables. Prefería que me vieras como un ser lejano que se apartó de tu camino, el cual iba a tener todo mi apoyo con dinero sacado de la venta de algunas de las joyas de Magnus—su voz era sensual y agradable. Me sentía atraído aunque me estaba torturando—. Lloré por ti cuando supe de tu desgracia. Juro que no pude parar de llorar durante horas—me tomó del rostro y me miró con aquellos ojos grises con tonalidades azul y violeta, tan impactantes como seductores—. Ahora sólo siento deseos de romperte la ropa, hacerte mío y dejarte como un muñeco roto en mi cama. Sólo me provocas placer, pero no un amor más allá de cualquier duda.

—¡Por qué!—grité apartándolo de mí de un empujón mientras retrocedía subiendo un par de escalones—¡Por qué!

—Mírate. Vistes como un fantasma. Ese chaleco verde con botones dorados, de ese estampado de flor de lis en un verde cacería muy bien cumplimentado con el fondo verde prado, así como tu pañuelo al cuello con tu broche de nota musical o tus pantalones clásicos y tus botas perfectas. ¿Has pensado que vistes tal como viviste? Te has quedado encasillado en una forma de ser y sentir muy viejas. Eres un cuadro viviente—reconozco que quise llorar, pero sólo apreté más mis puños deseando que hiciera el remate final—. Aún guardo algún sentimiento por ti, pero mi corazón es...

—Es de esa bruja—musité rompiendo a llorar al fin— ¡Me dijiste que me amabas la otra noche!

—En pleno éxtasis puedo decir muchas incoherencias—se encogió de hombros y yo quise romperlo. Juro que quise romperlo.

Me senté en los escalones y vi como él subía por las escaleras, se sentaba junto a mí y me observaba detalladamente. Cuando quise percatarme estábamos besándonos, mis manos acariciaban su torso desnudo y las suyas me tomaban de la cintura. Escuché como el perro ladraba fuertemente para luego desaparecer por los pasillos.

—Ámame de nuevo—murmuré apartándome unos centímetros de su boca—. Ámame como nunca lo has hecho.

—Oui...

Deseo creer que me amará, pero sé bien que sólo es una ilusión para tenerme en su cama. Me trata como una puta y yo me dejo engañar como tal. Mi boca busca la suya y mi cuerpo se deja hacer con cualquier roce. De nuevo he caído en su trampa y siento que es lo único que tengo en este mundo para sostener mis ansias de vivir.

—Ven—se levantó estirando sus brazos hacia mí—. Vamos, ven—insistió bajando las escaleras.

De inmediato lo seguí. Juro que mi corazón latía desbocado mientras su espalda quedaba frente a mis ojos. Una espalda ancha, con los músculos justos y una forma tentadoramente masculina. Sus brazos eran fuertes y musculados, pero extrañamente menos formados que los de otros amantes. Tenía un equilibrio entre la delgadez y la musculatura de un coloso. Al seguirlo noté que su forma de andar no había cambiado en absoluto y quise rodearlo con mis brazos. Necesitaba saber si me había extrañado estos días, aunque preferí no hacer semejante pregunta.

Entramos en su sala de descanso favorita. Posiblemente era su favorita gracias a la enorme chimenea que allí reinaba, las enormes vidrieras que proyectaban una belleza sobrecogedora, las columnas de mármol y los muebles victorianos. Observé con cuidado las flores que se hallaban en el jarrón sobre el piano de sobrio y elegante color negro. Eran rosas rojas recién cortadas. Posiblemente el servicio siempre lo hacía, aunque yo no había siquiera reparado en ello.

—Desnúdate, Nicolas—su voz sonó firme mientras tomaba asiento en el diván que presidía la sala.

Sus ojos eran frívolos y su sonrisa canalla. Parecía el joven que solía beber conmigo hasta embriagarnos. Con cierta naturalidad fingida accedí como si fuese una petición común. Sin embargo no podía dejar de mirar las cortinas burdeos, los numerosos colores de las vidrieras y el blanco que parecía estallar gracias al mármol. Había detalles dorados, pues el color dorado siempre había captado su atención. Él tenía el cabello de oro y disfrutaba contemplándose al espejo, quizás preguntándose si podía hacer pasar cada hebra por un hilo de oro puro.

Arrojé el chaleco a una silla estilo Luis XV, la cual tenía el soporte de madera dorado y el foro del mismo color que las cortinas, para hacer lo mismo con el resto de ropas. Mi cuerpo, algo más delgado y de menor estatura que el suyo, quedó frente a él. Sus ojos mostraron deseo y yo me encendí. Sabía que quería que dejara de llorar lastimeramente y me entregara de nuevo, como si fuera una colegiala a la que usar como si no sintiera nada en absoluto.

—¿Tengo que decirte qué debes hacer?—su voz sonó erótica y profunda provocando que me moviera como un autómata.

Quité el cierre de su pantalón y saqué su miembro, el cual estaba aún flácido, y me dediqué a contemplar su torso perfecto. El vello que coronaba su sexo recorría su vientre plano hasta su ombligo, ahí se perdía, sus pezones eran sonrosados y tenía una musculatura digna de un dios. El cabello seguía revuelto confiriéndole el aspecto de un león. Pero era su boca lo que me torturaba. Esa sonrisa llena de fascinación y deseo.

Decidí atacar lamiendo su sexo como si fuera una golosina y yo un niño hambriento. Mis labios rodearon su glande apretándolo con el mismo ímpetu que me hizo abarcarlo por completo, sintiendo como me penetraba la boca igual que si fuera una daga. Todo mi cuerpo reaccionaba rogando porque en unas semanas se olvidara de ella. Él había vuelto a ser mi luz y no quería que me quitaran algo tan preciado.

Sus manos recogían mis cabellos y me empujaban hacia él, pegándome de tal forma que a veces era incapaz de mover la cabeza. Mis ojos se cerraron permitiendo que me contemplara como un hombre entregado, prácticamente arrojado a sus pies por completo y por lo tanto sumiso. El sabor que tenía su sexo era almizcleño, salado y con un toque de hierro. Sabía a hierro porque empezaba a sudar y su sudor era una mezcla de sudor ordinario y sangre. Podía percibir su mirada dominante sin siquiera abrir los ojos para verlo. Sus gemidos eran casi gruñidos y mis jadeos morían en su sexo.

Cuando estalló en mi boca toqué el cielo con la punta de mis dedos. Había dejado mis manos en sus muslos, acariciándolos pero, al sentir el potente chorro de semen calentar mi lengua y mis labios, terminé clavando mis uñas y llegando al éxtasis con él, sin siquiera haberme tocado ni un centímetro. Obviamente creí que continuaríamos, pero lo único que hizo fue apartarme y subirse los pantalones. Él había gozado, pero yo estaba roto.

—¿Dónde vas?—pregunté sintiendo que el suelo se quebraba bajo mi cuerpo.

—No eres mi mujer para preguntarme adónde voy-susurró marchándose para dejarme a solas en aquella terrible sala.

Lestat era un animal herido y me estaba destrozando. Quise cazarlo, torturarlo y burlarme pero su belleza, poder y mis viejos sentimientos me impidieron hacerlo. Lloré en silencio aquella noche y las siguientes. El saber que no era el único y que su corazón era de Rowan me dividía por la mitad. Simplemente me hundía en un mar profundo donde acumulaba mis lágrimas y el dolor. Podía odiarlo, pero no me atrevía. Una vez lo hice y acabé muerto porque era demasiado fuerte el peso que sentía sobre mis hombros.

Fui tras él, pero al tomarlo del brazo me miró sereno pero extrañado. Era como si no me reconociera o no quisiera ver sus errores. Me apartó cuidadosamente, como si en esos momentos sí se preocupara por mi bienestar. Aunque ¿se preocupaba realmente? Era como un ángel divino en toda su gloria, la imagen de un santo entre los vampiros, los cuales le temían por su poder y fortaleza espiritual. Sin embargo ¿qué era yo? ¿Realmente era un fantasma de carne y hueso? Quizás. Mi deseo era detenerlo, cambiar sus pasos y provocar que me besara una vez más deteniendo el tiempo. Sin embargo siguió su camino hacia las escaleras para tomar un baño en su aseo particular.

Allí, Lestat, se encerró durante horas escuchando baladas rock que desgarraban profundamente mi alma. Por mi parte, me marché a su habitación, me arrojé a su cama y lloré como había estado haciendo todos aquellos días. Si bien casi al filo del amanecer sentí sus brazos, fuertes y desesperados, abrazándome para poder calmar su soledad con la mía. Ambos lloramos nuestra desgracia sintiéndonos niños perdidos en medio de un mundo de sombras frágiles y mariposas mortíferas que nos arrancaban cualquier suspiro de felicidad.

Percibí que él había quedado rígido poco después de la salida del sol, y sólo entonces tuve agallas de girarme para contemplarlo. Su rostro parecía sereno, pero las lágrimas sanguinolentas de sus mejillas decían lo contrario. Aquellas cejas perfectas y doradas, sus pestañas pobladas y largas, el cabello rizado cayendo por su frente y mejillas hasta más allá de los hombros, su mentón firme y su boca grande le daban un aspecto de escultura hecha con pinceladas color crema y pastel. Cada mechón de pelo tenía un aroma delicioso a frutas y flores, pero el gel era masculino y avasallador. Era una mezcla de campo y mar, como si quisiera unir los dos mundos en uno sólo. Rápidamente me descubrí besándolo con ternura y me odié.


—Yo era el villano y no tú—dije con la voz tomada mientras lograba al fin descansar. 

Al despertar él estaba allí, mirándome de ese modo como si aguardara un reproche por mi parte. Sin embargo, fui tan cobarde que sólo me hice hueco, entre sus brazos, rezando porque no me echara de la cama. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que significa "almizcleño"? ... Un hermoso escrito, pero siempre sentire pena por Nicolas. Mi pobre Nicolas </3

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt