Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 8 de junio de 2016

Salvación

Esto ha llegado a mí. Son unas memorias, o supuestas memorias, de Memnoch. ¿Alguien me ayuda a salir corriendo?

Lestat de Lioncourt 

Al atardecer siempre tenía hermosas vistas desde la azotea de aquel edificio. El holding que se alzaba en aquella torre de hormigón y cristal poseía gran parte de la producción de información del país, era el centro de manipulación y sometimiento más fuerte e incluso estaba siéndolo en otros lugares del mundo. Los titulares señalando a diversos dirigentes políticos para ensuciar sus nombres, siendo inocentes en gran medida de las palabras vertidas, ocultaban la verdadera corrupción y las preocupaciones de la población. Además se ofrecía noticias banales y deportivas para amortiguar el impacto.

Veía la ciudad extenderse con sus numerosas calles de trazado regular, con edificios similares al que estaba bajo mis elegantes y clásicos mocasines, llenas de tráfico y almas que iban de un lado a otro en las aceras. El tiempo se escapaba entre los dedos de sus manos sepultando sus sueños, sus ambiciones y la belleza de una vida vacía como sus esperanzas. Vendidos a un quizás y un montón de dinero en una cuenta bancaria. Enclenques, hipócritas y fáciles de manipular con sus caras cenicientas esperando ser asesinados por la felicidad que no parecía llegar. Pero yo los amaba. Amaba incluso lo turbio de cada pesadilla que los mantenía vivos con sus paranoias y sufirmientos.

En mis labios un cigarrillo se consumía envolviéndome en el aroma de la nicotina. Aunque el sabor del café, un café amargo sin rastro de leche o azúcar, no podía ser desplazado por el del tabaco. Mis cabellos esta vez parecían más claros pero mi rostro era el mismo, la misma expresión. Parecía un ejecutivo, o quizás un empleado de nivel medio, que buscaba un momento de descanso entre tanto los papeles se amontonaban en la mesa de su pequeño cubículo o despacho. Tal vez me había escapado de una reunión monótona. Pero la verdad es que era el dueño de este mundo. Dueño de cada sombra.

—¿No deberías estar haciendo algo mejor que buscar almas que reclutar?—escuché una voz que parecía cercana, como si se encontrase a pocos centímetros de mi oreja, pero en realidad estaba a varios metros.

No me giré porque sabía quien era. Podía oler su supuesta bondad recorriendo sus rasgos dulces pese a lo masculino. Aquellos cabellos rizados tan dorados provocaban náuseas. El mensajero más imponente de Dios se había reunido conmigo cerca de la cornisa como si yo fuese un suicida y él mi ángel de la guarda.

—¿No tienes que ir por ahí a tocar tu trompeta?—dije tras dar una calada al cigarrillo y un trago a mi café.

—He decidido pasarme por la Tierra y saludar a mi hermano favorito—contestó quedando a mi altura tras caminar con parsimonia hasta mí.

A mi lado estaba él con otro elegante traje similar al mío, hecho a medida por supuesto, y con una sonrisa estúpida que parecía complacerse con el atardecer. Estaba seguro que no estaba allí por casualidad o porque me echase de menos.

—Dios quiere que aceptes tu derrota. No has hallado aún las diez almas que te exigió—dijo arrebatándome el café.

—Cuidado, pajarito divino, el café es demasiado potente para una criaturita tan pura y sosegada—respondí quitándole mi bebida sin que pudiese darle un solo trago—. Dile a Padre que no me rindo. Lamento informarle que cumpliré mi misión.

—Lucifer...

—Memnoch. Me gusta que me llamen Memnoch, Gabriel—dije apartándome de él para regresar a las abarrotadas oficinas. Pronto todos se irían a casa y yo debía acompañarlos como si alguien me esperase en el departamento que había adquirido en Nueva York.


Volvía a vivir como un humano con sus aspiraciones y sueños, aunque sólo en apariencia, porque seguía siendo el demonio y tenía un poder inimaginable. Quería salvar al mundo, pero a veces uno no puede hacer nada para lograrlo. Aunque sabía que estaba perdiendo mi tiempo decidí seguir luchando. Nunca daría mi brazo a torcer. Debía salvarlos.  

domingo, 17 de abril de 2016

El tiempo lo es todo.

Gracias a todos por los comentarios (de apoyo o simplemente para dejar constancia que han leído nuestras vivencias) de estas noches. Los hemos leído todos y estamos muy agradecidos. En las últimas horas hemos tenido un aluvión de mensajes privados, mensajes en mi blog, mensajes en los diversos estados de nuestras redes sociales e incluso un mensaje en Tumblr ofreciendo apoyo o agradeciendo las diversas publicaciones que hacemos. 

Mañana os agradeceremos con algo especial y también habrá algo nuevo esta noche. Sólo os diré (o quizás es mejor decir que debo aconsejaros) que cuando hagamos preguntas respondáis porque tiene que ver con cómo van a ser las siguientes historias. Lo que vosotros queréis se hará. Si os preguntamos por nuestros creados, nuestras aventuras o qué cosas son las que más os gustan de nosotros lo veréis reflejados en memorias que nosotros seleccionaremos para que tengáis mayor peso. Tenemos muchas historias que contaros, hay cientos ya preparadas para ser emitidas y podemos hacer que salgan a la luz en cualquier momento... pero siempre es mejor que vosotros nos ayudéis a seleccionar unas u otras con vuestros comentarios. 

Por eso os puedo anunciar que pronto habrá unas memorias de Marius y Armand, de Nicolas y mías o de otros grandes inmortales que tanto os gustan. Debéis estar atentos porque las memorias pueden aparecer en cualquier día de la semana. 

También es una forma de acercarnos más, ¿no es así? Me encanta rodearme de mortales porque es agradable saber cómo nos ven y cuáles son los sentimientos que nos profesáis. 


Lestat de Lioncourt



Con el paso del tiempo me he percatado que si deseas algo necesitas conocimientos, talento y predisposición. Esto es necesario en todas las profesiones u oficios que hay en este mundo. No es necesario que sea un oficio con beneficios económicos o grandes sumas de dinero. Todos necesitamos estos tres grandes utensilios para lograr grandes sueños, pequeñas metas o simplemente alcanzar paz o un poco de felicidad.

Para conseguir ciertos conocimientos se precisa ciertos periodos de tiempo donde la experiencia te invade como un enemigo que llega a tus cosas saqueándolo todo en un principio alertando a tu cerebro y proyectando en ti ciertos miedos, los cuales terminan a veces superándote. Pero también puedes encontrar conocimientos importantes en los libros, los cuales son amigos de papel cargados de capítulos donde cubren tu alma con nuevas vendas llenas de sabiduría o consejos, aunque a veces pueden estar errados o ser simplemente un bálsamo para los terribles días de lucha constante contigo mismo, la sociedad o enemigos invisibles que siempre vigilan de algún modo. Los consejos también puedes lograrlos a través de otros gracias a su experiencia y cariño profundo hacia ti, pero la letra si no es con sangre no entra.

El talento muchos creen que viene implícito en los genes, pero si no se desarrolla este merma y termina pudriéndose. Es como un planta que ya de por si la semilla puede dar grandes frutos, pero necesita tiempo y paciencia para que el jardinero o granjero remueva y abone la tierra, la riegue, vigile a los animales como pájaros o insectos que puedan comerse el fruto. Pero el fruto no siempre es dulce. A veces no consigues llegar a tu propósito y sientes que no has dado todo de tu parte, por eso el talento sin pasión, sin esfuerzo y sin confianza no llega a buen puerto. No existe el golpe de suerte porque un artista es un profesional, pero no sólo hablamos de arte. Hay quienes tienen talento para los negocios, talento para ser un gran líder de un ejército o simplemente posee cierto olfato, por así llamarlo, para saber cuales son las necesidades de un paciente en una enfermería porque el conocimiento no lo es todo. Entonces el talento podemos decir que es amigo del conocimiento y es en parte suerte y en parte esfuerzo.

La predisposición es algo difícil en estos días donde todo parece sencillo y que se procrastinar con facilidad. El ser humano siempre se ha desviado en sus logros por multitud de causas y ahora todo es mucho más fácil. Es sencillo ver a un joven intentando estudiar sintiendo ansiedad por tocar un ordenador o videoconsola y, por supuesto, revisar los mensajes de su móvil. Pero esto no ocurre sólo con los jóvenes o con aquellos que tienen la ventaja de poseer una herramienta tan útil para el conocimiento como es Internet. Muchos se pierden en recuerdos, insectos que revolotean a su alrededor o simplemente con una ventana abierta que les recuerde que hace un día maravilloso para pasear.

Por eso cuando alguien llega con un gran trabajo y muestra talento, carisma y cierta pasión en todos los sentidos es porque ha gastado tiempo en conocer, mejorar su talento por mínimo que sea y no ha dejado que nada lo sacara de su camino. Como periodista entiendo bien a los escritores. Yo solía deambular por las noches con las manos en bolsillos, el pelo revuelto y la ropa mal colocada después de horas leyendo, escribiendo y fumando hasta dejarme los pulmones. Salía porque ya sentía que no tenía inspiración para redactar mi habitual columna diaria en un periódico pequeño, muy modesto, de la ciudad de San Francisco. Iba de bar en bar y a veces perdía el conocimiento debido a la bebida. Me embriagaba constantemente porque tenía grandes demonios a mis espaldas susurrando que iba a fracasar. El café, el tabaco y el whisky eran mis drogas habituales. Muchos escritores también se dejan la piel con esas drogas, salvo alguno que sólo son fieles a la cafeína y refrescos poco recomendables.

Muchos inmortales a lo largo de la historia han escrito su vida. Louis recurrió a mí, pero otros han tomado la máquina de escribir, el bolígrafo, el ordenador o una grabadora para narrar todo el dolor que ellos portan en sus corazones. También lo hacen los mortales. Muchos mortales se han imaginado la vida de los vampiros y cómo pensamos, sentimos o vivimos. Hay quienes se esfuerzan por crear sus propios mitos tras las sombras que dejamos los inmortales, pero otros recogen ese trabajo y lo publican como propio.

Usar el trabajo de otros para sentir el aplauso de miles puede parecer sencillo, pero es absurdo y vacío. Tarde o temprano el autor de dicha obra se aproxima a ti y te destruye igual que Khayman hizo con muchos jóvenes, pero este no sería preso de una locura sino preso de su rabia y en busca de resarcir su honor. Un autor no sólo tiene que librar batallas con aquellos que roban sus obras pues también están los editores que desean modificar sus líneas cambiando así parte de su alma. Estos casos de robo también ocurre con pintores, escultores, comerciantes y numerosos empleos que alimentan y nutren la diversidad laboral de nuestra sociedad.

En estos momentos me siento afortunado porque sé que tengo siglos para escribir, pero temo que algo despierte mi interés cada noche y me olvide de dejar algunas líneas escritas para dejar constancia de mi existencia, de mis dudas, de mis problemas y de todo lo que aún siente mi alma. Se puede decir que el tiempo lo es todo porque es el tiempo lo que hace que podamos contar historias, mejorar nuestras almas y conservar recuerdos. 


sábado, 17 de octubre de 2015

Reflexiones

Armand ha vuelto a reflexionar. Os lo dejo aquí:

Lestat de Lioncourt


Muchos creen que la vida es como un cuadro que hay que contemplar, pero no participar en éste. Es decir, tienen el pincel en la mano y temen añadir una nota de color. Hay que tomar riesgos. Nunca se sabe si empeoraremos o saldremos con una obra aún más magnífica. Tenemos que involucrarnos. Hemos quedado atrás, con las manos en los bolsillos, mientras vemos los crímenes de guerra, la miseria, el deseo inesperado del caos propio de un Titán que se aproxima hasta nuestros sueños y las fronteras intelectuales, más que de piedra y verjas, que se interponen entre los mundos que somos cada quien.

Cuando paseo por la ciudad decido observar a todos y cada uno. Me involucro en la imagen hedonista de Lestat. Observo a todos con el amor que él les tiene, pero acabo odiándolos por miserables y defectuosos. He llegado a correr hacia la iglesia más cercana, arrodillarme ante el crucifijo con la imagen de Jesús y rezar hasta que me dolían las rodillas. Veo maldad allí donde observo. No soy capaz de palpar los matices que otros conciben con tanta facilidad.

Benjamín dice que poseo una mente simple, pues creo en el bien y el mal absoluto, pero no en una encantadora mezcla de ambos. Me dejo llevar por el desánimo y el desaliento, me hundo en el dolor y acabo rememorando cada uno de mis fracasos. Nunca quise ser líder ni cabecilla de nada, pero me impusieron un destino propio de un Mesías. Jamás quise caminar descalzo, sin rumbo, por París. En ocasiones, aunque no son demasiadas, pienso que debí morir aquel día en la nieve junto a mi retablo. Sin embargo, muchas cosas no hubiesen pasado y eso, sin duda alguna, habría convertido al mundo, mi mundo y el mundo de todos, en algo muy distinto.

Pese a la oscuridad me gusta el cuadro. Aunque no observo la amabilidad en los rostros humanos, ni tampoco síntoma de inteligencia privilegiada, me dejo llevar por la tecnología que avanza mucho más que las almas podridas de todos los que se creen salvadores. ¡No hay salvadores! Y aún menos entre aquellos que venden su propio país a empresas multinacionales, intereses financieros y billetes de aroma ilegal.


En éstos momentos desearía un abrazo, que alguien me tomara de la muñeca y me obligara a pintar con más fuerza y ánimo. Quizás debería buscarlo a él, a quien fue mi maestro y creador, pero temo no ser más que un recuerdo ahumado en un viejo espejo y no una pintura que mejorar.  

viernes, 16 de octubre de 2015

Sabios ignorantes

Memnoch ha vuelto, pero sólo deja misivas. No sé qué es, pero insiste que es el demonio.

Lestat de Lioncourt


Es divertido jugar a ser Dios, ¿no es así? Disfrutáis arrancando los misterios de éste mundo, dándoles una explicación adecuada y comedida, para no sentir el pánico de una existencia vacía, sin fe y con un orgullo demasiado elevado. Aceptáis los cambios violentos que sacuden a los conocimientos como si fueseis máquinas predispuestas, puros ordenadores que procesáis información sin asimilarla ni comprenderla, y que, como animales adiestrados, explicáis sin sentimiento alguno.

Odiáis los logros alcanzados de otros, detestáis que puedan ser superiores intelectualmente y mortalmente, por eso lucháis por dejar un legado. Los viejos legados, las huellas de éste estercolero, antes eran ofrecidas como un paso a la inmortalidad y beneficio mutuo. Ahora es puro ego, puro deseo de destacar por encima de todos, y querer ser el científico del año, el doctor del año, el literato del año y, porqué no, el economista que salve el desastre que otros no supieron explicar.

Sois sucios y rastreros. Pertenecéis a una evolución pueril, con unas almas atroces y decadentes, pero a la vez tenéis una inteligencia excepcional y sois capaces de amar. El problema es que habéis olvidado amar lo sencillo, lo puro, lo alcanzable y necesario. Habéis olvidado que hay huellas que perduran más que un descubrimiento y son vuestros hijos, los que llevarán algún día la gloria de vuestra sangre, y os precipitáis a odiar manchando vuestras almas heridas.

La envidia os corrompe, del mismo modo que la corrupción por la ambición de dinero sucio y fácil. Sois enemigos de vosotros mismos, pues hasta vuestro reflejo os desprecia, pero alejáis la mirada y seguís el rumbo que creéis correcto, merecedor de esfuerzos y medallas. Me duele admitir que aún os amo y busco entre vosotros almas puras, hermosas y delicadas, que salvar. Pero es difícil. Estoy perdiendo la esperanza y las fuerzas.

Sólo veo miseria, deseos de grandeza, ganas de hundir al prójimo porque sentís que podéis ser los siguientes y un desprecio descomunal a la historia que os ha forjado. Olvidáis las guerras y creáis otras similares, tropezáis siempre con la misma piedra y encumbráis al ladrón que vende su patria a pedazos. Os creéis cualquier mentira regada en papel y tinta. No sabéis soñar si no os ayuda el cine, la televisión cargada de programas indecentes y los psicoanalistas baratos. Ya no tenéis capacidad de imaginar porque la anuláis. En las escuelas os recortan el alma, cuadriculan vuestras mentes y os obligan a ser iguales. Lo distinto os asusta, cuando eso os hace fuertes, libres y sabios.


Abrid los ojos, queridos míos, porque yo estoy aquí y quiero abrir mis alas para protegeros.  

martes, 22 de septiembre de 2015

Amor a primera vista

Ahora comprendo porqué estos dos terminaron juntos... En fin... mi hija adoptiva y mi hijo, ¿se puede considerar incesto?

Lestat de Lioncourt


Llegó a mí tullida, como un jardín arrasado por un salvaje, completamente ciega y con terribles cicatrices. Apareció como si fuese un sueño. Era hermosa, pero frágil. Habían destrozado su vida, arruinado su futuro y convertido su historia en un borrón en mitad de un libro demasiado extenso. Él cretino que había convertido en un infierno sus pasos por éste mundo, tan hermoso como salvaje, estaba muerto. Sin embargo, su muerte no me reconfortó ni me provocó placer alguno. Tan sólo me hizo despreciarlo aún más.

Siempre he sido un hombre impulsivo. Según mi madre tengo a quién parecerme. Soy de ese tipo de chicos poco reflexivos, aunque intento pulirme y comprender el mundo que me rodea. Mi curiosidad no posee límites, pero eso también me hace ser impulsivo y temerario. He vivido a la sombra de miles de recuerdos, libros, música tocada por un diablo en su mejor momento y la fascinación de una figura de leyenda. Sin embargo, frente a mí tenía a alguien que reconocería mis rasgos y me hablaría de él de forma íntima. No pude contenerme y fui a verla. Ella, la rosa más hermosa del Jardín Salvaje, estaba recuperándose como si fuese un ángel que intentaba volver al cielo.

Me senté junto a ella, tomé su mano entre las mías y jugué con sus finos dedos. Algo en mí me pedía quedarme a su lado. Creo que comprendí las miles de novelas románticas que abarrotan algunas repisas de la extensa biblioteca de mi vivienda. Aprendí a amar casi sin conocer, simplemente porque ella tenía un aura distinta a los demás. No era un vampiro. Estaba tibia y olía a vida. Era muy distinta a mi madre, aunque una vez fue como ella. Todos a mi alrededor poseían colmillos, pero ella era una mujer simple con miles de sueños muy similares a los míos, tan comunes como especiales.

El día que despertó algo comenzó. Ella y yo nos conocimos sin la intimidad de un café, aunque sí con la pulcritud de un hospital. Nos sentamos frente a frente. Por supuesto, me habló de él, de mi padre, y comprendí que realmente era algo excepcional. Acepté el hecho de ser su hijo y de parecerme demasiado a él. Nunca se lo había confesado a nadie, pero en parte se convirtió en mi héroe. Hay niños que tienen a Superman, pues yo tengo a Lestat de Lioncourt. Es irónico, ¿verdad? Un padre ausente que siempre ha estado ahí, aunque él lo desconociera.


Recuerdo su cuerpo desnudo bajo el mío, sus besos dulces, sus caricias indecentes y mis salvajes movimientos. Nos amamos como nunca lo habíamos hecho, del mismo modo que nos dejamos llevar por la necesidad de ser amados. El flechazo se convirtió en amor y el amor en un vínculo que perdurará para siempre.  

sábado, 29 de agosto de 2015

Todos

Memnoch vuelve a la carga. Y bueno, mes amis, razones tiene. 

Lestat de Lioncourt


Todos quieren ser bendecidos. Todos desean tener respeto. Todos desean ser enardecidos. Todos quieren ser la estrella fugaz que permanezca en las noches de un verano eterno. Pero no es posible. Los seres humanos son como flores que germinan, florecen y se mueren. Son la semilla del cambio, o un veneno demasiado atractivo. Tienen distintas formas, esencias y colores, pero son básicamente lo mismo. No dejan de ser muerte. Mueren todos los días un poco, desgastan sus horas y su tiempo cada noche entre sábanas llenas de sueños, pesadillas, sexo e insomnio. Todos codician la juventud eterna y se esfuerzan por complacer a las miradas de quienes se cruzan con ellos en las aceras.

Quieren ser los mejores, los más atléticos, los más importantes en la vida de otros, llamar la atención con sus victorias y ocultar bajo las alfombras sus más humillantes derrotas. No son humildes, aunque lo intentan. No son pacíficos, aunque intentan cambiar sus actos violentos no olvidando su historia. Pero la historia se repite. Siempre se repite. He visto los mismos errores en miles de almas, como si estuviesen programados antes de nacer, y esos errores han truncado sueños, momentos imposibles, vidas y también, porqué no, muertes.

Estoy cansado de observar siempre lo mismo. Es como un desfile de hormigas que ya he visto demasiadas veces. Se esfuerzan demasiado y no son felices. Nunca son felices. Jamás serán felices si están subsistiendo con mentiras, escalando metas demasiado altas y ocultando lo que realmente aman. Tienen deuda consigo mismos, pero también con el mundo. Esa deuda nunca decrece. Es una deuda que jamás quedará solventada.


Algún día habrá un gran silencio y esas calles, absolutamente abarrotadas, no serán más que parte de la dinamita. El mundo llegará a su fin, así como llegará el fin del universo. Todo tiene un fin. Pero mientras me entretendré jugando con sus dudas, sus miserias, sus sueños, sus logros, su orgullo, su verdad y su mentira.  

martes, 16 de septiembre de 2014

Acto de fe

Nicolas ha decidido sacar a la luz unas viejas memorias. Reconozco que no me comporté como un caballero. No tengo perdón. Pero puedo decir que sí le quería. Él fue mi primer amor, ¿no tiene suficiente? Ni siquiera Louis puede decir eso. Fui mucho más entregado e inocente en sus brazos que en los de mi siguiente amante. Creo que sólo he tenido dos amores puros y sinceros en mi vida... Nicolas y Rowan. Con Louis nunca fui del todo sincero. 

Lestat de Lioncourt 

ACTO DE FE


Habían pasado varias semanas desde nuestra llegada a París. La boardilla que compartíamos era un desastre, pues tenía ciertas humedades y parecía una ratonera. Al menos, para nuestros males, la cama era cómoda y amplia para ambos. Las vistas daban a uno de los barrios más populares, el ajetreo era continuo y me sentía eufórico. No era el sentir que tendríamos una oportunidad ahí fuera, sino el estar lejos del monstruo déspota de mi padre. Sólo quería tocar mi violín como un maldito enfermo. No había nada que me importase más que tocar hasta no sentir los dedos. Aunque realmente empezaba a existir en mí ciertos sentimientos, cada vez más fuertes, que estaba relegando la pasión por la música. Y era él. Su espíritu fuerte me provocaba desencuentros. Quería retenerlo a mi lado, pero a la vez sabía que si lo hacía sólo me quemaría. Estaba condenado.

Sólo sentía cierto alivio en el teatro. Dentro del foso me sentía cómodo. La oscuridad me acariciaba y erizaba el vello de mi nuca. Podía escuchar los aplausos lejanos del público y concentrarme en lo único que tenía. Las partituras se convertían en mi plegaria, en una oración simple y maravillosa, que según él estaban llenas de bondad. Yo no me sentía bondadoso. Sólo era un soñador deseando la muerte misma. Quería morir en medio de ese éxtasis religioso.

Me encontraba solo, hundido en los últimos detalles. El resto de músicos habían salido a tomar una copa para entrar en calor. Prefería no moverme de allí. Amaba demasiado mi trabajo, aunque fuese miserable el pago de mis servicios. No me creía un excelente músico, pero sí un músico apasionado. La soledad me ayudaba a concentrarme, revisando cada nueva anotación y sintiendo el nerviosismo inicial de una nueva función. La obra ya había sido representada con éxito la noche anterior, pero aún así tenía que seguir ensayando y aprendiendo.

—¿No te aburres?—preguntó colándose en el foso como si fuese su lugar. Tenía que estar ayudando entre bambalinas, pero allí estaba. Vestía elegante aunque fuera con ropas baratas. Se había gastado algo de dinero en una camisa nueva sólo para tener mejor presencia. Deseaba encarecidamente un papel en la obra y pensaba que dando buena imagen lo lograría. Era cierto que algunas de las actrices estaban estúpidamente enamoradas de él, como todas las pueblerinas y como yo mismo lo estaba—. Nicolas, te hice una pregunta.

—Y yo he decidido, muy amablemente, no contestarla—respondí con una breve sonrisa—. ¿El bufón de la corte no debería estar danzando entre las faldas y encajes?—dije sin despegar la vista de las partituras.

—Prefiere venir a ver al músico—susurró pegándose a mi espalda—. El músico que envenena sus noches con deseos más ardientes que el fuego—su voz era aterciopelada, justo en el tono exacto que provocaba que mi cuerpo vibrara como las cuerdas de mi violín—. Deseo hablar contigo a solas.

—Y yo deseo trabajar—murmuré notando sus manos en mi vientre, prácticamente rozando el borde de mi chaleco café—. Lestat, deseo trabajar. No es lugar para que ambos dejemos que los instintos primarios...

—Oh, no es lugar—se apartó de mí y acabó alejándose unos pasos, para luego colocarse frente a mis narices subido a una de las sillas de los violonchelistas—. ¿Ahora me condenarás?—preguntó mientras alzaba la vista para verlo bien. Ahí subido parecía un santo, pero sólo era un condenado. Ambos lo estábamos—. ¿Qué ley he infringido? Dígame, abogado—apeló a mis viejos estudios, los mismos que dejé por la música. Mi padre quería que fuera un juez ilustre, pero terminé siendo un ilustre músico de tres al cuarto. Prefería esa libertad a estar encadenado a cientos de leyes vacías, a un miserable sistema que no se buscaba salvar a inocentes sino tener al culpable, aunque el culpable fuese otro y no el que terminara ahorcado o fusilado—. ¿Podré ir a los calabozos? ¿Son cómodos o terribles?

—Lestat...—chisté.

—¿Qué mal he cometido? ¡Por favor! ¡Exijo saberlo!—terminó alzando la voz mientras movía enérgicamente los brazos. Su cabello dorado resplandecía en aquella luz tenue. Quería que se fuera. No podía concentrarme. Era absurdo. Él podía motivarme del mismo modo que desacreditar mi seriedad en esos instantes.

—¡Lestat! No debes estar aquí y te van a escuchar—fruncí el ceño mientras le regañaba, como si fuera un niño, y cuando se acercó a mí tuve que relajar el rostro. No podía molestarme por más de unos segundos.

—¿Y?—susurró rozando mis labios con los suyos—. ¿Qué mal he cometido?—sus ojos claros me turbaron y las piernas comenzaron a temblar. La respiración se agitó. Todo mi cuerpo cedía—. ¿El pecado del amor? Te deseo y necesito, Nicolas.

—¿Amor?—nunca había hablado de amor. Jamás me había hablado del amor de esa forma tan directa. Siempre escabullía el asunto. A veces podía escuchar un “te amo” en sus labios cuando me arrastraba a la cama, arrancándome la ropa y metiéndose entre mis piernas. Pero no era normal. Aquello me desarmó—. No digas estupideces—balbuceé—. Tú sólo amas tus estúpidos planes.

—No son tan estúpidos si hemos terminado en París—dijo moviendo sus cejas con aire triunfante. Como si eso fuese un gran logro, el ir a París. Si habíamos llegado hasta este lugar era porque su madre ya no soportaba morir frente a él. Era un tema delicado para exponérselo, sobre todo cuando quería evitarlo a toda costa. Comprendía su dolor, aunque nunca lo compartiría. Yo no sabía que era el calor o la frialdad de una madre. Más bien, jamás supe que era tener una.

—¿De qué quieres hablar?—pregunté dejando el violín en su estuche.

—Ven conmigo y lo sabrás—estiró sus manos hacia mí, rogando que le siguiera, y yo sólo las tomé deseando que me arrancara la vida allí mismo.

Me sentía lo suficientemente estúpido como para cometer una locura. Notaba mis mejillas algo sonrojadas. Mi tez oscura, algo más que la suya, evitaban que se notara excesivamente el rubor. Sin embargo, me encontraba nervioso. Deseaba hablar conmigo y había hablado de amor. Quise dejarme arrastrar por su luz y hundirme en ella, aunque fuese brea.

Caminé tras él entre las bambalinas. Las chicas se vestían con cierta coquetería. Pude ver algunas medias subiéndose, varios corsés apretándose, un par de mujeres maquillándose mutuamente y riendo, así como oler los perfumes y polvos que se colocaban en las pelucas. También pasamos entre los hombres, los cuales interpretaban de nuevo sus frases y se colocaban las chaquetas viéndose más elegantes que con sus ropas de pordioseros. La magia estaba creándose y nosotros estábamos siendo partícipes.

En una sala adjunta, casi diminuta, y algo polvorienta se guardaba las viejas tramoyas. Había un par de elegantes sofás de la obra anterior, un gigantesco sol que ya no vería la luz de los focos por el momento y varios decorados pintados a mano. La luz era tenue. Sólo había un par de lámparas de aceite que él encendió nada más entrar. Podía sentir aún sus dedos entrelazados con los míos. Tenía manos ásperas, pero sus dedos eran tan delgados como los míos. Si hubiese querido habría aprendido a tocar el violín aunque pensara que alguien tan torpe como él jamás aprendería siquiera a escribir.

—¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante?—pregunté observando su espalda ancha, más ancha que la mía, que a penas podía abarcar el chaleco que le había prestado. No podía con el silencio cuando el violín no estaba en mis manos—. Lestat...

—¿Qué es tan importante, Nicolas?—dijo girándose hacia mí—. ¿No lo sabes?

Deseé responder, pero antes de poder hacerlo me vi acorralado. Se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme. Pronto me sentí preso de sus brazos. Él era un cazador, siempre lo fue, y yo no era más que una liebre que había conseguido rastrear con su escopeta. Su lengua se hundía en mi boca y yo perdía el aliento. Mis manos se aferraron a su camisa, justo a nivel de su torso, pero él las subió hasta sus hombros.

Sus besos empezaron a recorrer mi rostro, mi cuello y parte de mi torso. Todo mi cuerpo se deshacía como un terrón de azúcar en una taza de café. Los celos que había sentido se esfumaban. No debía preocuparme por las mujeres si parecía tan urgido por tenerme. Era a mí a quien me buscó, no a las damas coquetas que enamoraban a todos en escena. No me resistí, sobre todo, cuando noté sus manos deshacerse de mi camisa y su boca presionar mis pezones. Gemí colocando mis manos sobre su cabeza llena de rizos rubios, tan sedosos como largos. Me sentía un demonio teniendo sexo con un cautivador ángel, siendo arrastrado al paraíso y condenado al placer carnal como único pago. Cuando quise percatarme de todo lo que estábamos haciendo tenía las medias bajadas, junto a los pantalones y la ropa interior, y él me estaba girando bruscamente contra la pared.

—Te amo—de nuevo esas palabras que me provocaban escalofríos, calor y deseo—. Sí, te amo.

—Yo también te amo. Te he amado siempre—dije preparándome para sentir su miembro entrar. Su glande era ancho y presionaba dolorosamente. Siempre acababa con lágrimas en los ojos y un ligero murmullo de dolor, el cual sofocaba pensando en lo placentero que sería el sexo en unos minutos—. No pares amor mío, no pares. Ámame. Soy tuyo, ámame—condené toda mi existencia en ese instante. Me vi vulnerable, necesitado y suyo. Por primera vez se lo decía. Más allá de cualquier pícara estratagema para conseguir una botella de vino, unas palabras atentas o un par de caricias sutiles. Me estaba entregando.

—Tu cuerpo me hace arder—susurró cuando finalmente logró entrar, abriéndose paso entre mis nalgas.

Mis glúteos rozaban su pelvis y sus testículos comenzaron a chocar. Podía notar sus brazos fuertes rodeándome, casi partiéndome en dos, mientras su aliento rozaba mi nuca. Mis manos se apoyaban en la pared y deseaba por completo arañar su torso marcado. El sonido de nuestros cuerpos golpeándose debido al rítmico encuentro, ese sonido, era música para mí. Y, por supuesto, se mezclaba deliciosamente con sus gruñidos y jadeos. Mis gemidos no tardaron en aparecer. Gemía igual que cualquier fulana de parís. Muchos pensarían incluso que gozaba con una mujer, pero era yo que se desvivía por darle el mayor momento de desatada lujuria. Era una sucia ramera, pero sólo suya.

—Te amo—tenía la frente empapada, la ropa mal colocada y el rostro rozaba el desgastado papel pintado. Mi cuerpo chocaba bruscamente contra la pared y sabía que alguien nos podía escuchar, aunque por suerte no fue así, pero eso no menguaba mis instintos básicos de gritar su nombre repetidas veces.

—Eres un delicioso pecado—musitó soltando mi pelo, para luego tirar de él y penetrar con un ritmo rápido y fuerte.

Era un acto apasionado, rápido y furioso. Cuando se apartó caí de rodillas deslizándome por la pared hacia abajo. Él comenzó a vestirse como si nada. Intentaba aparentar que nada había pasado. Yo aún tenía el sabor de sus te amo en mi alma. Podía saborear el momento y reía bajo como una jovencita. Quería correr a sus brazos y jurarle amor eterno, más eterno que a la música y a mi instrumento. Aunque siempre tenía la sensación que me mentía. Él me ocultaba muchas veces sus sentimientos, así que quise cerciorarme. Sólo quería saber la verdad antes de caer al vacío.

—¿Realmente me amas?—pregunté intentando incorporarme para poder marcharme al foso. Pronto empezaría la función.

—¿Qué?—dijo entretenido cerrando los botones de su bragueta.

—¿Me amas como dices?—tuve miedo entonces, y al recordarlo vuelvo a sentirlo. Me sentí un estúpido preguntando aquello otra vez. Me había escuchado a la perfección, pero estaba intentando esquivar la respuesta.

—Nicolas, llegamos tarde. No es momento para hablar de ello—me tomó de los brazos y me plantó un frío beso—. Eres fantástico. Realmente eres fantástico.

La puerta se abrió y sonó un ligero portazo. Sus pisadas por la galería me enmudecieron, aunque el llanto fue terrible. Durante cinco minutos lloré amargamente, pero cuando me incorporé al foso olvidé por completo mi sufrimiento volcándome en la partitura.

Esa misma noche celebramos la actuación. Había gustado aún más que la noche anterior y era todo un éxito. Todos parecían satisfechos. Muchos vinieron a la boardilla con algunas botellas de vino. Un par de mujeres se lanzaron a sus brazos y él no las detuvo. Yo estaba allí, con el corazón roto, viendo como bebía y reía sintiendo cerca de su cara sus pechos. Decidí desaparecer subiéndome al tejado, donde comencé a tocar hasta que unas horas después, bastante ebrio, subió a visitarme.

—Estabas aquí, ¿eh?—dijo tomando asiento.

—Ahí, en la boardilla, he visto claramente tus sentimientos y he decidido abandonar los míos. Se lo confesaba a mi violín, pues es lo único que tengo.

—Nicolas, atiende, ¿con quién he venido aquí?—sonrió como sonríen todos los borrachos y luego se echó a reír—. Ellas no me interesan.

—Pues al parecer sus pechos sí. He visto como hundías tu rostro en ellos y como los lamías. ¡Parecías un lactante, por el amor de Dios!—estaba a punto de echarme a llorar.

—Y tú pareces una mujer—dijo con la sinceridad que da el vino—. ¿Qué buscas? ¿Fidelidad? ¿Quieres que sea tu esposo y tener hijos? Te diré algo. Somos hombres y eso es imposible. Mi madre no vería bien que tuviese una relación con un hombre. No así. No con un compromiso formal. Ella querrá que algún día sea feliz con una chica de hermosos pechos, ¿comprendes? Que me de hijos robustos y guapos.

—Tu madre, la marquesa, está enterada de mis sentimientos desde hace meses—aquello hizo que palideciera su rostro—. Rogué que te dejara venir conmigo a París, para una nueva vida. Prometí que te alejaría de todo el dolor y te liberaría. No le hice las promesas que tú haces de grandes fortunas, privilegiados bailes de salón y carteles con tu nombre. No. Lestat, yo le dije que te amaba y quería verte feliz lejos de ese castillo miserable.

—¿Qué?—balbuceó sentándose a mi lado.

—Tu madre se muere. Se muere. Este es su último acto de generosidad y quiere verte feliz. Yo también quiero que seas feliz—le miré unos segundos a los ojos y luego miré a París, que se rendía bajo nuestros pies—. Lestat, ¿sólo soy una fulana? ¿Eso soy para ti? ¿Un cuerpo cálido al cual tentar como un demonio? Correteas por la ciudad como un demonio desvergonzado, ¿eso es lo que te hace feliz?

—Yo...

—No digas nada. Tus actos hablan por sí solos—iba a levantarme, cuando me agarró del bazo y me besó.


Aquel beso fue tierno y largo. Uno de esos besos que se dan para pedir disculpas y expresar más que mil palabras. Cuando acabó me miró a los ojos y vi amor. Vi su amor. Un canalla rendido ante mí, pero también un niño asustado. No tuve corazón para alejarlo de mí en ese momento, ni para echarlo por siempre de mis sentimientos. No pude.   

lunes, 14 de abril de 2014

Espejos nocturnos

Espejos nocturnos es un poema mío que yo os ofrezco. Espero que os guste.

Mira sus ataúdes, van en fila de uno.
No se percatan de sus códigos de barra.
Mira sus almas como se convierten en humo.

No hay polvos de estrella, sólo droga.
Están sumidos en la estrategia.
Los dominamos rodeándolos con una soga.

Son tan ingenuos y nos conviene.
Tampoco saben que éste mundo es un sueño.
Viven, aman y mueren como siempre.

Comprometidos con la estupidez...
con sus fríos dedos entrelazados
creyendo que mataron monstruos y sólo a su niñez.


Lestat de Lioncourt   

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt