Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

miércoles, 7 de junio de 2017

Luz y oscuridad - Poema

Memnoch me ha dejado esto...

Lestat de Lioncourt


El amor no surge entre las cadenas.
No puedes obligarme.
No seguiré esta obscena carrera
hacia el idílico desastre.

Soy el ángel que cayó por voluntad.
Soy Lucifer, creo en mi propia lealtad.
No soy tentación, soy consecuencia.
No soy mentira, no soy apariencias.
Dios, has dejado de luchar.
Ya no escuchas, ya no hablas...
No me digas que aún nos amas.

No tomaré las armas.
No alzaré mi puño contra ellos
porque no deseo torturar almas
y tampoco abandonarlos pretendo.

¿Adónde fueron las manifestaciones de poder?
¿Adónde fue tu luz?
¿Dónde está el camino correcto?
¿Quién carga con tu cruz?

Soy el ángel que cayó por voluntad.
Soy Lucifer, creo en mi propia lealtad.
No soy tentación, soy consecuencia.
No soy mentira, no soy apariencias.
Dios, has dejado de ser todopoderoso.
Hay cientos allí que ya no te veneran...
y es porque no eres Padre amoroso.

Jamás has escuchado sus corazones
y dices que son tus vástagos.
Nunca has escuchado sus oraciones
y de piedad no has tenido ni un amago.

¿Adónde fueron las manifestaciones de poder?
¿Adónde fue tu luz?
¿Dónde está el camino correcto?

¿Quién carga con tu cruz?

martes, 30 de mayo de 2017

En presencia de Satanás

Bueno... yo no digo nada.

Lestat de Lioncourt

—¿Por qué me has ordenado llamar?—pregunté con solemnidad en mi voz.

Hacía algún tiempo que no descendía al corazón de los infiernos. Las reuniones entre demonios y caídos eran frecuentes, pero mis visitas eran esporádicas. Disfrutaba más de mi propia revolución. No quería seguir las reglas o designios de otro dios. Suficiente tenía con Padre como para soportar a la serpiente enroscándose en mi cuerpo, susurrándome cerca del oído ciertas tentaciones y logrando que al fin me rindiera a sus caprichos una vez más.

—Yo no he ordenado nada—respondió tras una ligera risotada.

Estaba sentado en su trono. Era un trono monstruoso debido a los numerosos cráneos y alas cercenadas que lo conformaban. Allí había ángeles y demonios que él mismo había decapitado debido a sublevaciones y guerras más allá de los límites del cielo. Su cuerpo era delicado y tentador, poseía un rostro similar al de un querubín y la mirada de una mujer fatal. Ante mí tenía el capricho perfecto entre hombre y mujer. Su piel era lechosa, el lunar cercano a sus labios carnosos era demasiado excitante, y su pectoral estaba bien formado así como sus piernas. Apenas llevaba algo de ropa cubriendo sus partes. Era sólo una ilusión, pues la criatura que estaba tras ese seductor envoltorio era más oscura e incluso mil veces más atractiva a pesar de sus cachos y largas uñas retorcidas.

—Samael...—murmuré cansado.

Sabía que estaba intentando coquetear conmigo desde su trono. Me hallaba en la mitad de aquel salón mientras la guardia me observaba a mis costados. La luz de las numerosas antorchas y velas incidía sobre nosotros con cierto sobrecogimiento. Había oscuridad, pero no era total y se podía ver claramente a nuestro alrededor gracias a esas luces naturales. Él odiaba la electricidad, lo extremadamente moderno y las multitudes vacías. No era como todos creían. Sí era destructor, seductor y abusivo pero también era un espíritu poco comprendido y que buscaba cierta armonía con la naturaleza. Odiaba al hombre por imbécil, por adorar a un cretino, pero no así a los animales y su medio.

—Sólo hice una sugerencia, Lucifer—dijo en tono divertido levantándose del asiento para caminar hacia mí.

Sus caderas eran algo amplias, como las de una fémina, pero su forma de andar era muy tosca. Cada pisada que daba parecía patear almas. De hecho, estábamos en el lugar idóneo donde se torturaban.

—Memnoch, por favor—respondí.

—Necesitaba verte—confesó echando sus delicados brazos sobre mis hombros.

Diferíamos en estatura. Yo alcanzaba casi dos metros y él apenas llegaba al metro sesenta. Había menguado de tamaño desde la última vez únicamente porque sabía que de ese modo era más tentador, pues parecía un adolescente o una fémina. Sabía como tentar a los hombres, sobre todo a los más pueriles y decadentes.

—¿Por qué?—pregunté.

—Extrañaba discutir contigo y burlarme de mi hermano.

Mentía. Podía ver en sus ojos el reflejo de la lujuria. Sus lengua viperina y bífida me podía decir lo que quisiera, pero su alma vibraba como lo hacía un violín entre los dedos de un músico diestro. Tenía ante mí a la criatura más peligrosa sobre el mundo conocido.

—Tengo una misión que cumplir en la Tierra.

Poseía varias. La principal era encontrar diez almas puras, las cuales aún desconocía cuales debían ser sus características. Las otras eran secundarias, pero también eran importantes a su modo. No obstante, él siempre me llamaba para desequilibrarme y provocar la furia de mi padre. Yo era libre. Nunca había tomado participación de bando alguno. Sólo quería sentir mis alas surcar los aires sin que nadie pudiese encarcelarme en sus creencias, motivaciones y guerras.

De inmediato, y sin pudor alguno, se arrodilló ante mí bajando mi cremallera. Allí mismo sacó mi miembro sin que yo pudiese impedírselo. Era incapaz de huir de sus atrevidas acciones. Siempre caía. Supongo que estaba enamorado de él de algún extraño modo. Sus ojos brillaron como piedras oscuras y yo jadeé al sentir su lengua acariciar mi prepucio, sus dientes tirando de este y finalmente sus labios apartándolo para hacer de las suyas con mi glande.

Mis manos se posaron en su cabeza y mis caderas comenzaron a moverse. Frente a todos los presentes estábamos teniendo sexo. Sus soldados más leales, algunos hijos nuestros, nos observaban sin pudor alguno como si aquello fuese habitual y hasta necesario.

Pronto su boca abarcó toda mi virilidad y su aliento golpeó mi vientre. Mis pantalones tajados habían caído al suelo y mi camiseta acabó desechada a un lado. Mi imponente figura estaba retorciéndose de placer ante sus actos pueriles. Si bien, no fue todo.

Él se apartó incorporándose y tirando suavemente de mi brazo derecho con ambas manos, logrando que me moviera torpe debido a tener los pantalones por los tobillos, para llevarme hasta el trono y hacer que me sentara. Me convirtió en Rey del Infierno por su gracia divina, del mismo modo que él volví a ser la única criatura que lograba dominarme a su modo.

Sus glúteos, aún enfundados en aquel pequeño trapo que ocultaban sus vergüenzas, rozaron mi endurecido miembro y sus manos, convertidas en garras, arañaron mis pectorales. Eché mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Estaba intentando recuperar mi mente, pero no podía. Cuando menos lo esperé estaba penetrándose y gimiendo mi nombre. Por mi parte, hice lo mismo.

Cada cabalgada era un gemido, como el tañido de una campana. Cada gemido era una oración blasfema. Mi líquido preseminal pronto manchó sus entrañas y eso hizo que el ritmo aumentara. Él empezó a recitar mi nombre, así como las oscuras profecías que nos vinculaban. Por mi parte hice aparecer mis alas, aún de un color blanco cegador, y cuando estas se alzaron en su máximo esplendor derramé mi semilla muy dentro de su cuerpo.


—Y Dios no puede castigarte, pues soy tentación. Dios jamás caerá sobre ti, pues aún lo amas y te ama. Dios es tu padre y un padre demasiado benevolente con un hijo pueril, lascivo, sensual, poderoso...

martes, 16 de mayo de 2017

Hijos de Lucifer

Mañana es el día contra la transfobia y la homofobia. Dios no los odia, sólo lo odia el ignorante.

Lestat de Lioncourt 



—Creaste un mundo diverso—dije.

Estábamos frente a un tablero de ajedrez. Él vestía de blanco impoluto, pero yo había escogido unas prendas bastante llamativas. Unos pantalones tejanos desgastados, algo sucios en los bajos, unas botas de punta con tachuelas, una camiseta blanca sin mangas y una chaqueta de imitación a cuero cargada de cremalleras y consignas en pro de la libertad de cualquier tipo y de la paz. Uno busca paz siempre que va camino a la libertad y la felicidad, pues son tres rostros de una misma señora.

—Creé mentes diversas—replicó moviendo el alfil.

—Pero muchas de ellas no funciona—contesté antes de señalar el mundo que yacía a nuestros pies iluminado por las distintas luces de neón. Desde el lugar donde nos hallábamos podíamos ver una ciudad cualquiera, tan común como cualquier otra, llena de suburbios más pobres y más ricos con una contaminación acústica que creaba un latido distinto a las otras. Aún así, frente a nosotros, era lo mismo—. Míralos. No quieren comprender, no quieren escuchar.

—¿Y es mi problema?—preguntó encogiéndose de hombros—. Les di los medios y las oportunidades, ellos sólo tienen que tomarlos.

—¡Lo sé!—exclamé algo agitado—. Pero muchos no alcanzan a verlo.

—La gloria no está hecha para todos—se apresuró a decir.

—¡Padre! ¡Los estás condenando!—me incorporé indignado. Apoyé mis manos sobre el tablero y este se desplazó ligeramente. Las piezas parecieron temblar, pero no se precipitaron hacia el suelo que era un manto nebuloso que nos sostenía a los dos, así como al resto de ángeles que nos observaban ensimismados.

—Se condenan solos—explicó con un tono conciliador.

—Hay quienes jamás vivirán en libertad debido a la presión que ejerce el resto—repliqué aún furibundo, aunque intentaba controlarme—. No puedes hacerles esto.

—¿Yo?—dijo con una sonrisa entretanto se incorporaba imitándome. Sus labios eran carnosos, rosados y parecían bondadosos... pero no era así—. Son demasiado débiles, pero esa debilidad está en los caminos que han ido escogiendo.

—¡Y en la cultura que les ha tocado vivir!—dije todavía más exasperado.

—¿Quieres hacer algo?—preguntó—. Hazlo—me invitó—. Levántate y hazlo.

—¡Lo hago! ¡Pero lanzan consignas! ¡Llaman sodomitas y monstruos a quienes al fin se alzan!

Mi voz se alzó como un relámpago en mitad de la oscuridad y cayó como un trueno sobre los presentes. Las piezas del tablero cayeron a los lados, rodando hacia el suelo, y hundiéndose entre las esponjosas nubes. Muchos se agitaron abriendo las alas y echándose hacia atrás. Sabía que me daban la razón, pero muy a su pesar tenían que aceptar las reglas impuestas por padre.

—¿Y? ¿Sucumben?—dijo alzando sus pobladas cejas blanquecinas.

—No todos—respondí frunciendo el ceño.

—Pues los que queden en pie serán los que liberen al resto.


Me ahogaba. El racismo aberrante, la presión de las clases más vulnerables, el robo de la libertad y la malversación pública, la transfobia, el machismo, el feminismo radical que vulneraba a las mujeres transexuales, la homofobia que se extendía incluso en campos de concentración ucranianos, el nulo deseo de comprender la bisexualidad, y en definitiva el odio al diferente y el egoísmo. Sobre todo el odio hacia aquellos que se levantan cada día luchando contra las fobias del intolerante, el cual no comprende que amar distinto no es delito ni pecado. Y, honestamente, tampoco identificarse con un género u otro porque son construcciones sociales. Me ahogaba terriblemente. Quería llorar, pero no pude. Apreté los puños y bajé de nuevo para patear la ciudad buscando a todos aquellos que seguían luchando, seguían amando, seguían encontrándose con las dificultades y que eran llamados Hijos de Lucifer.  

jueves, 23 de febrero de 2017

Yo soy

Memnoch me envió esto...

Lestat de Lioncourt 


Cuan insolente es el mundo y cuan insolente es la vida. Se precipita todo sobre un pobre idiota y se ajusticia. Jamás abandoné la fe y mis creencias las cuales se fundían en un sólo sueño. Puede que me tachen de iluso, pero creía firmemente que pronto el mundo cambiaría y dejaría de ser tan enfermo. La venganza era la mano de los justos, no de aquellos que cumplían órdenes para masacrar en nombre de sus privilegios y obscenos deseos de poder. El amor era necesario y la única fuente del verdadero cambio. La destrucción del ecosistema debía acabar. Los demonios de este mundo tenían que doblegarse ante mí y comprender que estaban destruyendo nuestro único medio de vida. 

Existen dos lugares donde surgen las almas atormentadas. Una es “El infierno” y la otra región es “El sheol”. En el infierno están los demonios surgiendo del vientre de sus madres, pero el aire es pútrido y la comida escasa. El sheol es el lugar donde van a parar las almas que no quiere Dios, pero que tampoco detesta tanto como para enviarlas al infierno, o surgen espectros poderosos que codician vivir y poder observar el otro plano. El otro plano es la realidad en la cual viven los humanos y el resto de bestias.

Hace años me personé ante ti. Intenté que todos pudieran ver cuál era el origen de sus pecados. El creer firmemente en Dios, en catalogar lo bueno y lo malo según unas leyes arcaicas y podridas, el no escuchar a tus hermanos cuando rezan diferente, las balas vacías de honor, el grito desesperado de un niño hambriento rogando un trozo de pan, la mentira justificada porque está en escrituras sagradas o el dolor miserable de una muerte temprana por odio. Quise que vieses el dolor de cerca, que te rodeara como una capa, y te olvidaras por un momento de tu imprudencia, impaciencia y locura habitual. Deseaba que entendieses hasta que punto el mundo es miseria. 

Sólo he obtenido descrédito. Dios no existe, el diablo tampoco. Según tú sólo soy un espíritu marginado que busca llamar la atención. Según la Biblia, y otros libros religiosos, soy un traidor. Según los incultos soy Satanás, cuando en realidad él es un Dios Oscuro y opuesto a mi creador. Para mí sólo era el hijo favorito de Dios hasta que hice demasiadas preguntas, lo cual fue tomado por insolencia, y por eso se me castigó a estar en el viejo paraíso consolando almas e impartiendo criterios justos para salvarlas. Si bien, jamás se me dio consejo alguno para hacer mi labor. Aquí estoy. Estoy esperando a que quieras volver a verme. 

Por favor, si regresas, esta vez escucha mejor. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

My only wish

Sigo sin creerme que "él" sea Lucifer.

Lestat de Lioncourt 


Debido a la contaminación lumínica habitual, aumentada por la típica de las fechas, era imposible ver las estrellas. Los edificios parecían grandes monumentos al ego de sus propios arquitectos. Las empresas aún tenían los despachos iluminados, pese a ser ya algo tarde. Era el día que se celebraba la Noche Buena, una fecha especial en el calendario de todo creyente y también de aquellos que desean reunirse con la familia. Las avenidas estaban colapsadas por el tráfico urbano, vehículos y peatones habían asaltado las tiendas, comercios y distintas empresas de servicio. El consumismo era tal que me provocaba cierto mareo. El estrés se elevaba más allá de las pequeñas nubes acumuladas próximas a las chimeneas de la industria pesada de las afueras.

Cerca de un cajero de un banco cualquiera, apoyado contra la pared empapelada con cartelería habitual de estas fechas, me hallaba observando el ir y venir de mujeres, hombres y niños. Las risas y las miradas furtivas, llenas de una ilusión extraña por el ruido del papel de regalo y el brindis de la cena, me desconcertaba. La última vez que había descendido era todo menos ruidoso y plástico.

Una pequeña niña se detuvo en mitad de la gran masa, su madre estaba hurgando en su enorme bolso, y ella me miró. Sus enormes ojos azules me hablaron de una bondad y una ilusión que pocos sostenían ya. Dio dos pasos hacia el frente y me sonrió. Para mí fue como ver a un querubín intentando llamar la atención sin necesidad. Devolví de inmediato la sonrisa sin pensarlo siquiera.

—Mira mamá, un ángel—dijo regresando a su lado, tirando insistentemente de ella, por el borde del chaquetón oscuro que vestía.

—¡Sólo es un vagabundo!—espetó sin molestarse demasiado.

—¡Pero tiene alas!—insistió.

—¡María, no tiene alas! ¡Sólo mugre y sabrá Dios si alguna enfermedad!—dijo tomándola en brazos para apresurarse, caminando con un repiqueteo por entre los grupos de jóvenes cargados de bolsas de regalos, adultos deseos de llegar a casa y tomar algo caliente, compañeros de trabajo algo ebrios o con posibilidades de estarlo en breve... Esa mujer parecía odiar todo lo que fuese la pobreza, pero luego regalaba ropa usada a la iglesia una vez al año para limpiar su conciencia.

—Un ángel...—dije llevándome a los labios el cigarrillo que había empezado a fumar nada más llegar a mi puesto habitual.

—Bueno, eso eres—insistió una voz—. ¿Y mis diez almas?

—Ah... estoy de vacaciones—contesté frunciendo el ceño—. ¿Qué deseas? ¿Acaso no llegó mi tarjeta de felicitación por tu cumpleaños? Ah, espera... Naciste en Agosto y aún no la eché al buzón—dije riendo bajo mientras mantenía el filtro cerca de mis labios.

—Ah, deja de burlarte. Los seres humanos festejan mi nacimiento.

—Bueno, técnicamente el de tu hijo—dije encogiéndome de hombros—. Mi hermano el poderoso Jesús...

—¿Eso ha sido una burla?—la voz se escuchó esta vez algo molesta, por lo decir arritada.

—Dios Padre, todopoderoso, misericordioso y lleno de virtudes se está molestando con su hijo Lucifer... otra vez—murmuré tirando la colilla al suelo, para luego pisotearla y quedarme allí mirando las luces tintineando.

—¿Por qué no regresas al cielo?—preguntó.


—Porque no admito mi derrota, ya que aún tengo planes—respondí apartándome de aquella esquina para desaparecer a la vista de todos. Fue sencillo, pues todos siempre intentan apartar la mirada de los mendigos y sin techo que se arremolinan en las calles.  

jueves, 3 de noviembre de 2016

Memnoch

Bueno, alguien que me cree... ¡Aunque sólo sea un poco!

Lestat de Lioncourt 



Siendo totalmente sincero me sentí anonadado el día que Lestat me sugirió que el demonio quería llevárselo al infierno. Creí que era una especie de broma pesada. Hasta el momento ambos habíamos mantenido una postura atea, tal vez algo defensiva, hacia la figura de una entidad todopoderosa que rige el mundo. Sinceramente, estuve a punto de echarme a reír. No obstante vi sus ojos, y en ellos pude contemplar el horror.

Cuando era muy joven vi a Dios y a Lucifer discutiendo en mitad de una cafetería de París. Pensé que era algo simbólico y esa simbología la busqué infatigablemente entre los muros de la orden. Fue ese suceso el que hizo que comenzara a indagar suceso por suceso, batiendo un duelo con la cordura, para hallar una respuesta que se hizo desear y que aún hoy nadie me la ha concedido.

Jamás he creído en dioses bondadosos, pues siempre he creído que de existir dioses serían terriblemente crueles como los humanos. Sí, creo en deidades humanizadas y no gigantes asombrosos. Por eso, cuando regresó sucio y sin un ojo, absolutamente perdido, tuve que escucharlo. Me hablaba de un Dios que había cometido errores, que poseía soberbia y que sus ángeles habían pecado alguna vez de envidia.

Él me advirtió que dudaba que fuese el primer invitado por este al infierno. Hablaba entre delirios de cientos de invitaciones, a todas las almas humanas posibles, y en busca de diez inmaculadas criaturas que poder llevar ante Dios. Porque esa era la misión de Lucifer, el cual se hacía llamar Memnoch. Tenía que cumplir un pequeño castigo, y era demostrar que no era un soberbio ni un iluso al declarar que había almas que merecían estar en el cielo, pero que Dios desechaba por el simple hecho de no creer en su palabra.


Redacté cada palabra de este libro, así como he hecho de otras tres biografías. No me siento del todo orgulloso porque implica dolor y sufrimiento para un viejo amigo, el cual inclusive es mi creador. Sin embargo, es la primera vez que logro contactar con alguien que vio un ser similar a que yo escuché discutir con Dios. Además, la conversación en París giraba entorno a almas rescatadas, al juicio que Padre Todopoderoso tenía sobre la humanidad. No recuerdo sus palabras exactas, pero he refrescado la memoria.

martes, 1 de noviembre de 2016

De nuevo... Yo.

Me ha llegado esto por medio de un mortal... no sé si echar a correr o investigar.

Lestat de Lioncourt 



Mi figura siempre ha destacado entre la multitud aglutinada en las modernas ciudades. No obstante, parezco uno de los numerosos empresarios o trabajadores de bolsa. Visto bien, de forma aseada, y mi aspecto no difiere demasiado de esa capa social que vive por y para el trabajo. En realidad, vivo siempre involucrado en mis quehaceres. Nunca he dejado de recolectar almas para Dios, o más bien llevarlas conmigo para evaluarlas y posiblemente enviarlas con él. No hace falta presentaciones, ¿cierto? Yo he estado en esta historia desde el primer momento. No hablo ya de la historia de Lestat, sino de la historia de todos vosotros.

Mi rostro puede cambiar. Con el paso de los años y el lugar donde me muevo difiere, pues soy mimético como un camaleón. Mis ropas, mi piel, el color de mis ojos o el cabello es fácil de cambiar. Son sólo complementos. Lo único que no puedo modificar es la pésima opinión que tienen muchos sobre mí. Sólo aquellos que siguen el gnosticismo conocen o comprenden quién soy realmente. No soy Satanás, soy Lucifer. Ambos somos totalmente distintos. Él tiene un reino, Dios tiene otro y yo, como buen rebelde, fundé el mío donde los desposeídos, los despojados de la gloria y del pecado, yacen aguardando una ínfima posibilidad de salir de lo que llamé Sheol.

Aunque si os soy totalmente sincero, no existe un cielo o un infierno tal como lo han intentado describir. Sí, incluso yo he llegado a mentir a Lestat. Hay ciertas verdades incómodas. Quizá sólo existe un mundo y, tal vez, todos nos movemos en él en distintos planos. ¿Lo han pensado? Sea como sea, intenten visualizar una calle de una gran metrópolis. ¿Quién podría ser? Tal vez sí soy uno de esos elegantes hombres de negocio, con perfecta ortodoncia, perfume masculino avasallador y una cartera de piel con mis iniciales. ¿O puede que sea otra cosa? Si el cielo y el infierno no son lo que creéis, ¿qué hay de mí? Como he dicho depende de mi nuevo encargo. Hoy estoy en Nueva York.

Me encuentro en una azotea en realidad. Estoy observando el ocaso. Pronto oscurecerá y no se verá ni una maldita estrella debido a la contaminación lumínica, pero aún así están. Son como yo. Estamos aunque no se nos vea o aprecie. Somos parte importante de este mundo. Al menos, yo me considero una parte esencial de la cadena. Dios desea borregos. Quiere que no penséis por vosotros mismos, que temáis terriblemente sus castigos, y por eso intento evitar que tomarais del fruto de la sabiduría. No os probaba, como os dijo, sino que deseaba moldear vuestras indómitas almas para convertir fieles. No eran sólo Adán y Eva, sino cientos de hombres. Los mismos que evolucionaron del mono porque él lo deseó, pero que luego se aburrió de ellos como del resto. Quien no baila a su son termina siendo despreciado. Satanás quiso liberar por completo el conocimiento que tenía el hombre, pero quería usarlo en su propio beneficio. Yo, por el contrario, sólo deseo que seáis amados por Dios tal y como sois. Aún así, podéis no creerme.

Os preguntaréis qué hago yo aquí contando todo esto. Tal vez no, tal vez os lo habéis empezado a plantear ahora. Puede que hayáis empezado a creer que todo esto viene dado porque Lestat afirma ahora que no soy el demonio, que no soy el arcángel caído, sino que simplemente soy un espíritu poderoso que deseó jugar con él. Comprendo que piense que soy como Amel, nacido de la misma grieta a otro mundo. Podéis creer esa teoría, la mía, la de la Santa Iglesia Católica... ¡Qué más da! Incluso os invito a creer las teorías del Islam. Pero, allí en la cultura que estéis, hay un ser como yo en sus libros sagrados. Algo será cierto, ¿verdad?

En definitiva, estoy aquí conversando porque la reunión que tenía a las siete se ha retrasado. Ya son casi las nueve de la noche, prácticamente me he bebido mi whisky on the rock, y mi secretaria no ha venido aún a incordiarme para decirme que me esperan en la sala de juntas. Escribo esto para lanzarlo al vacío, desde un rascacielos repleto de oficinas, para que cualquiera que pueda leer este papel, el cual llegará en modo de inocente avión de papiroflexia, lo lea.


Dios me llamó Lucifer, pero yo he preferido el nombre de Memnoch. Sigo siendo la luz en la oscuridad, esa que os guiará aunque no lo sepáis reconocer. Sigo brillando como las estrellas, buscando diez almas perfectas como diamantes engarzados en un anillo de compromiso.  

lunes, 22 de agosto de 2016

Lord's Prayer

Me llegan estas memorias... ¿acaso lo hace para llamar mi atención?

Lestat de Lioncourt 


Las calles parecían haberse convertido en un pozo de alimañas. La oscuridad incitaba que las cucarachas humanas se convirtieran en una plaga insufrible y escandalosa. Los letreros de neón atraían a la mayoría como un campo de flores a numerosas abejas, las cuales polinizaban cada antro en busca de un néctar que las hiciese sentir vivas.

Bajo uno de estos luminosos estaba él, aunque decir “él” era una falacia, se encontraba nervioso y sus ojos recorrían toda la avenida. Reía bajo como si estuviese loco o colocado con alguna sustancia. Sus largos cabellos negros parecían sucios debido a que estaban mal atados y encrespados. Tenía un par de mechones sobre el rostro y sus ojos castaños parecían fieros. De vez en vez, con cada carcajada histriónica, se podían ver sus colmillos torcidos similares a los de un chacal o una hiena. Sus prendas eran las de un chico adicto a la excitante y reivindicativa música rock, pues llevaba una camiseta negra con el símbolo de los Rolling Stones y un collar con el símbolo que usaba Robert Plant en su mística banda Led Zeppelin. Es la pluma de Ma’at, la diosa egipcia de la justicia y la armonía cósmica, algo que él desconocía por completo. Su nombre es Legión, pues son muchos demonios en un único cuerpo. Normalmente poseen a humanos sensibles y atraídos con el oscurantismo.

Dentro de ese mismo local, en un ambiente lleno de deliciosas sensaciones debido a los descarados cuerpos en movimiento, se hallaba otro de los tantos demonios que existen en este mundo. Si bien es la mano derecha de Satanás. Él era distinto. Vestía un traje distinguido, completamente oscuro, que resaltaba el tono níveo de su piel y sus fríos ojos azules. Llevaba el cabello corto, algo engominado y ligeramente rapado por los lados. Sus manos estaban enfundadas en unos guantes de cuero muy elegantes y bebía lentamente un vaso de whisky. Su nombre es Mefistófeles.

No muy lejos de aquel local llegaba el Dios de la Oscuridad en persona. Demasiados demonios para una misma ciudad. Sus ojos verdes eran los de un gato salvaje, poseía unos labios voluptuosos y un aspecto demasiado tentador. Su cuerpo era pequeño, muy menudo, pero demasiado sensual como para pasar desapercibido. Llevaba un tres cuartos de imitación a piel de ciervo que le llegaba más allá de los glúteos, como su largo y liso cabello negro, que se hallaba abierto y mostraba que carecía de pudor pues bajo este no había prenda alguna. Sus piernas, de muslos torneados pese a su delgadez, estaban enfundados en cuero negro. Su nombre, como así se hacía llamar, era Samael o también conocido como Satanás. Para muchos un Dios terrible, para otros maestro, supremo artesano, hacedor que engañó al hombre haciéndose pasar por un creador bondadoso.

Legión sacó un cigarrillo y comenzó a fumar para templar sus nervios. Dentro de aquella pequeña cabeza humana susurraban tantos demonios que era imposible contentarlos a todos. No sabía si entrar dentro o empezar a patear la lata que tenía cerca de sus pies. Sentía la garganta seca y sus ojos tornaban a negros en breves fracciones de segundo. Satanás se acercó a él tomándolo de la mano derecha para tirar de aquella legión de seres sobrenaturales hasta el interior, donde la fiesta parecía desencadenar en una orgía de cuerpos moviéndose de forma sensual a ritmo de una música machacona, casi inteligible.

Yo me encontraba en el piso superior observándolos a todos. Estaba apoyado en una de las barandillas del pasillo que rodeaba todo el local y que daba a las escaleras que daban acceso a las habitaciones privadas, salas pequeñas que parecían jaulas y destinadas a pequeñas fiestas llenas de alcohol, cocaína y sexo. Aspiraba el hedor de la corrupción de aquellas almas que danzaban sin cesar como si tuviesen los zapatos colorados del cuento de Hans Christian Andersen. Sus brazos se alzaban como ramas de árboles que buscaban oxígeno en un mundo tóxico. Las mujeres parecían ignorar que las canciones las invitaban a ser prácticamente violadas y los hombres se convertían en violentas bestias salvajes.

Estaba cansándome de la peligrosa seducción que poseía aquella diminuta figura, la cual podía tener cualquier rostro e incluso cambiar de género a su conveniencia. Jugaba con todos y se dejaba guiar por su instinto para cautivar a todas las almas posibles. Estaba allí su mano derecha y varios de sus mejores guerreros contenidos en un frágil cuerpo humano, el cual podía destruir para liberarse por completo y desatar un apocalipsis en mitad de aquella minúscula ciudad del sur de Estados Unidos.

Rápidamente se giró al sentir mis ojos de azul metálico fijos en él. Sonrió dichoso, como si todo aquello hubiese sido un mero teatro para llamar mi atención, para luego girarse apoyándose en Legión mientras este lo acogía con deseo entre sus manos. Apreté con fuerzas el hierro de la barandilla deseando destruirlos a los tres, pero era imposible. Mi poder no era tan ilimitado como Dios había hecho creer a sus seguidores. Los judíos aún apreciaban el hecho que Satanás y Lucifer no eran la misma criatura, que Lucifer sólo había sido un revolucionario que deseó romper sus cadenas mientras que él, la serpiente enroscada del paraíso, seguía siendo un maldito seductor que contaminaba las almas y las destruía con el conocimiento de un mundo lleno de putrefacción.

Decidí dejar de ser un observador y convertirme en una pieza más del tablero. Fui directo hacia donde se encontraban con pasos decididos y bajando la escalera sin perder detalle a sus juegos de miradas y caricias. Estaba condenadamente molesto porque estuviesen allí como si yo fuese distinto, pues quien se aproximaba a mí terminaba en el mismo cajón del destierro que los seguidores de esta impenetrable oscuridad.

No sabía que había venido tu novio a verte—murmuró Mefistófeles con el vaso de whisky cerca de sus labios. Ni siquiera se había dignado a mirarme—. ¿Qué te trae por aquí Lucifer? ¿O prefieres que siga usando el nombre que le diste a ese dichoso vampiro? ¿Cómo era? ¡Ah! ¡Sí! ¡Memnoch!—dijo soltando el vaso para girarse y mirarme con esa mirada dura y calculadora.

Un placer volver a verte—dije—. ¿Dónde dejaste la piel roja y los dientes puntiagudos?—pregunté mirándolo directamente a los ojos sin miedo alguno. Él sólo era una culebra, pues quien me preocupaba era la hidra desquiciada y la gran serpiente que siseaba enroscándose en su cuerpo.

Junto con la capa y el resto del disfraz—respondió con su habitual acento germano. Amaba aparentar que era europeo, alemán y sofisticado. Siempre se aparecía por Europa, pero había decidido probar en otras partes del mundo desde hacía un par de siglos. La última vez que nos enfrentamos estaba divirtiéndose con un par de pobres desdichados en un tugurio cerca de El Paso.

¿Y dónde está tu vampiro?—dijo Legión agarrando por los glúteos a Satanás con un descaro que me provocó cierta ira.

Te veo tenso, Memnoch, ¿acaso tienes celos? ¿Dudas de ti mismo? ¿Tienes miedo de no ser el protagonista de este pequeño circo llamado Tierra?—susurró alejándose de su escolta personal para acercarse a mí—. Tranquilo, pequeño, todo irá bien. Pronto te darás cuenta que eres tan patético que tu a Padre no le importó enviarte lejos.

No tengo celos de ti, Satanás. No tengo celos de ninguno de vosotros, pero hacéis que mi tarea sea imposible. Incluso destruís almas que ni siquiera pueden ser juzgadas—dije apretando las manos.

Ah, me encanta cuando tienes ese momento de ángel bondadoso... ¿sabías que es excitante?—afiló la mirada y detuvo a Legión que intentó acercarse a él—. Dejadnos a solas, muchachos. La reunión se cancela para la próxima noche. Creo que el arcángel y yo tenemos algo pendiente.

Pude sentir sus manos sobre mis hombros apretando la chaqueta de cuero que llevaba, rozando peligrosamente las tachuelas que se hallaban en los hombros y esparcidas por el pecho, para luego notar como sus habilidosas manos bajaban la cremallera encontrándose con una camisa interior blanca, pegada por el sudor debido al ambiente cargado, y provocando que sonriera con cierta malicia.

Has optado por un aspecto interesante... —susurró—. ¿Qué son todos estos tatuajes? ¿Tu papá te dejó hacértelos? Creí que Dios veía mal a los que marcaban su piel como si fueran ganado—dijo colgándose de mi cuello logrando que me inclinara—. Aunque... ¿no sois borregos de Dios?—preguntó levantando su ceja derecha mientras hundía sus ojos en los míos, ahogándose en ellos por un segundo, mientras los otros dos ya estaban a punto de cruzar toda la sala.

¿Alguna orden antes de marcharnos?—preguntó Mefistófeles—. Será un placer cumplirla, jefe.

Sólo no hagáis escándalo hoy, pues no podré seguir vuestros pasos—dijo.

Ambos nos quedamos allí de pie como si fuéramos una pareja ejemplar deseando devorarse uno al otro. Sentía como mi cuerpo se caldeaba con el roce de sus caderas al comenzar a bailar, como si fuese parte de esa tribu de desquiciadas almas atormentadas que teníamos al fondo. Uno de los barman nos observaba con atención intentando no delatarse como un curioso más. Apenas podía escuchar lo que habíamos dicho, pero nuestra actitud le llamaba poderosamente la atención.

Dime, arcángel de la luz, mi adorado Lucifer... —murmuró.

Memnoch—repuse.

Memnoch, Memnoch... —dijo entre carcajadas antes de ofrecerme sus labios con un beso que me hizo arder. Mis labios quemaban y mi lengua se enroscaba en la suya por inercia. Era tan poderosamente seductor que ni yo, que siempre me había impuesto ante cualquier juego sucio de Dios, podía resistir.

Bajé los párpados y acabé con los ojos cerrados sintiendo el dulce sabor de su boca. Podía percibir como sus manos bajaron hasta el borde de mi pantalón y se introdujeron bajo mi camiseta. Por mi parte acabé rodeándolo para cubrir su espalda con mis brazos. Estaba dejándome cautivar. Era una serpiente pecaminosa y sus labios eran la manzana que Padre me había prohibido probar. Al abrirlos, para poder ver su rostro aniñado y andrógino, me percaté que estábamos en una de las salas privadas. Él y sus trucos, los trucos de un ser aún más poderoso que yo mismo. Aún así cada quien tenía su pedazo de territorio en este mundo.

El mío era este, el purgatorio que todos creían el mundo consciente, y el suyo era un verdadero infierno. A decir verdad había llevado a Lestat a las imágenes más terribles de este mundo, en otro plano, donde las almas de los muertos quedaban encerradas esperando un juicio justo. Pero mis juicios se aplazaban buscando las almas más limpias y perfectas, las pequeñas joyas, entre el desastre de hombres, mujeres y niños que se amontonaban cada día gracias a la obra y gracia de los demonios que con su tentación, su descaro y poder habían logrado que mi trabajo fuese imposible.

Allí, atado a Satanás, me sentí un niño perdido en mitad de un desierto. Mi piel seguía ardiendo, gotas de sudor recorrían mi frente y el ventilador del techo se encendió de repente mientras él jugaba a quitarme la chaqueta. Por mi parte le miraba embelesado. No medía más de un metro sesenta cuando yo alcanzaba casi los dos metros, pero me encontraba sometido ante esa extraña belleza de sutiles encantos.

Mírame, Lucifer, ¿a quién ayudarás?—preguntó tirándome en el sofá de cuero que había detrás de nosotros.

A mí mismo—respondí casi de inmediato con la voz tomada por el deseo. Sentía como la piel de cuero era pura imitación que se pegaba a mí. Me sentía cómodo en ese lugar, pero sabía que estaba a punto de volver a tropezar con la misma piedra.

Hello, I love you. Won't you tell me your name?—susurró subiéndose sobre mí para mover sutilmente sus caderas. Su entrepierna rozaba contra la mía y mis manos fueron directamente a sus glúteos.

Hello, I love you. Let me jump in your game—correspondí antes de arrojarlo al suelo abriendo bien su abrigo para lamer y morder su cuello, deslizándome luego hasta sus rosados pezones y viajar hasta su ombligo. No dudé en incorporarme para quitarle las botas y arrancarle el pantalón, del mismo modo que lo hice con el resto de sus prendas.

¿Realmente quieres jugar?—soltó una perversa carcajada echando sus manos a mi rostro.

The Doors comenzó a sonar con “Touch me” por obra y gracia de aquel Dios Oscuro, inaccesible para unos y completamente abierto a todas las posibilidades para otros. Me miró con provocación y colocó sus manos en el borde de la hebilla de mi pantalón. Sus dedos se dirigieron a mi bragueta acariciando la dureza que se ocultaba tras aquel ajustado pantalón vaquero, roto y desgastado.

Debiste presentarte así a ese dichoso colmilludo, ese Príncipe de los Vampiros, porque lo habrías seducido mucho mejor que con esa pose de ángel bondadoso—su voz cada vez sonaba más agitada y seductora. Sus párpados estaban a medio bajar y su boca sutilmente abierta.

Cállate, Samael—gruñí furioso.

Detestaba saber que en estos momentos, en algún lugar del mundo, ese maldito imbécil se regodeaba llamándome “espíritu”. Ya no creía ni una sola de mis palabras. Él creía que eran pura fantasía y crueles mentiras para seducirlo, quedarme con su cuerpo y convertirme en algo similar a Amel. Me desconcertaba ese cambio de actitud, pero a la vez lo comprendía. Habían pasado demasiadas cosas y estas habían moldeado su actitud, sus pensamientos y sentimientos. Aún así sabía que algún día nos volveríamos a tropezar.

Me encanta cuando te molestas—dijo abriendo sin sutileza sus piernas.

Observé sus rodillas perfectas, sus muslos carnosos pese a lo delgados que podían parecer en un primer vistazo y esas ingles cálidas que invitaban a arañarlas con mis dientes y uñas. Sus ojos brillaron emocionados antes de incorporarse del todo para bajar mi cremallera y hacer que mi pantalón quedara por las rodillas. No dudó en que el oscuro calzoncillo bajase acompañando la otra prenda. Pasó de inmediato su lengua por los labios y los pegó al glande antes de ofrecerme una decena de besos por el miembro, acariciando así mis testículos y rozando con su nariz el escaso vello que coronaba mi sexo.

Mis manos se colocaron sobre su cabeza y comencé a moverme desesperado. Mis gemidos parecían lamentos. Disfrutaba demasiado de esa boca cálida, pequeña y de labios gruesos que no dudaba en aceptarme dentro como si fuese un delicioso caramelo. Tras dos violentas estocadas acabé saliendo notando que un hilo pequeño de saliva, casi insignificante, colgaba de su lengua a mi glande logrando que me encendiera aún más.

Sus ojos eran dos bolas verdes que acaparaban toda la pupila. Mis dedos se enredaban en sus cabellos tirando de ellos hacia atrás. Aquel cuello de piel blanca, fría y sedosa me tentaba tanto como su boca encendida por la presión que había ofrecido a mi miembro. No tardé demasiado en levantarlo y tirarlo contra el sofá sin miramientos. La música cesó para cambiar a otra más violenta de la banda E Nomine con un sugerente título “Lord's Prayer”. Esta vez había sido yo quien había elegido aquella sugestiva melodía que hacía vibrar las paredes.

El aullido de los lobos se unieron a mis gruñidos antes de morder su nuca. Mis manos, similares a garras, rasguñaron sus costados y se encajaron en sus caderas. Aparté mi boca para arrodillarme ante su trasero. No dejé de mirar su cabeza introducida entre sus brazos que parecían flaquear. Su cabello negro, espeso y sedoso se confundía con el tapizado del sofá. Mi lengua se arriesgó a lamer su entrada y hundirse como si fuese un minúsculo miembro, entretanto mis labios rodearon aquella zona tan sensible. Se lamentaba entre jadeos y gemidos, sus piernas se abrieron un poco más mientras su miembro palpitaba escupiendo el presemen sobre el asiento.

Finalmente me incorporé como lo haría un ángel vengativo, un ser como yo, que acabó sacando sus dispares alas, las siete, alzándolas hacia el techo con la luz que siempre poseería en mi interior. Yo era la luz en la oscuridad y él la oscuridad misma. Algunas plumas cayeron sobre su espalda así como al rededor de nosotros, asemejándose a pétalos de cerezo.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—dije apartando mi boca de él para penetrarlo con rabia.

El ritmo que llevaba era violento y hacía que su rostro se estampara contra el respaldo. Él gritaba como una fulana barata e intentaba mirarme satisfecho por encima de sus delgados hombros. Sólo podía ver parcialmente sus facciones pero no me importó. Mi mano derecha soltó su cadera para golpear con violencia sus glúteos. La música nos envolvía repitiendo la melodía como una premonición llegando orgasmo justo cuando finalizaba “Padre Nuestro” en latín. Satanás eyaculó manchando con su espesa simiente sobre el asiento y yo, tras un par de arremetidas extras, logré implantarle mi semilla. Una semilla cálida y espesa que lo marcó como mío.

Delicioso—jadeó cayendo de bruces sobre el sofá—. Lástima que esto sólo sea por una venganza estúpida... Te estás ganando un trono a mi derecha, Memnoch.

No dije nada. Había logrado lo que quería, pero yo había conseguido que al menos algunos allí abajo lograsen sobrevivir unas horas más, unos escasos días. Empezaba a pensar que él sólo aparecía para jugar conmigo.

Saludos a Gabriel de mi parte, encanto—dijo apartándose de mí, tras ofrecerme un empujón terrible que me hizo caer de espaldas—. Ese estúpido es el que más amor te tiene, más que Dios. Cuídamelo... porque quizá logro hacer que caiga sólo para torturarte—aseguró.


Me quedé allí sentado un par de minutos observando los restos de nuestro álgido momento de pasión. Él se había desvanecido llevándose consigo parte de mí. Guardé mis alas y noté que una pluma cayó intoxicada. No tenía el brillo que las otras. Él estaba logrando algo que no había conseguido en siglos: seducirme. 

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Te lo dedico porque logras inspirarme terriblemente. 

domingo, 7 de agosto de 2016

Lucifer y Satanás.

No sé qué decir sobre esto... ¿Y ahora qué? ¿Qué debo pensar de Memnoch?

Lestat de Lioncourt 


Las almas se retorcían a mis pies como si fuera un mar cargado de olas, los llantos ascendían hasta el techo de grotescas estalagmitas creadas por lo que fue lava ardiente y ahora sólo eran oscuras aberraciones, las cuales parecían dientes afilados o dagas esperando atravesar los cientos de miles de corazones impíos que en otro plano creían estar libres de mi poder. Los rostros de esos miserables me recordaban mi misión entre ellos, la cual llevaba demasiado tiempo postergando al meditar cuáles de todas podrían ser las adecuadas.

Mi trono se alzaba en un pequeño risco inaccesible para ellos. Un trono hecho de esqueletos retorcidos de ángeles que habían caído en desgracia y se habían suicidado con sus propias armas, enterrándolas en sus pechos, porque no podían soportar no ser amados por Dios. Por mi parte ya no buscaba esa estúpida recompensa. Yo sólo deseaba demostrar cuan equivocado estaba. Ese fue el principal motivo por el cual busqué a Lestat, un vampiro rebelde, que ha acabado negándome como muchos que han visto el infierno con sus propios ojos y han podido escapar. Quizá niegan tan aberrante visión y tan desoladora verdad. Ya no lo sé y no me importa.

Sé que mi aspecto es imponente, pero puedo cambiarlo según mis gustos y los de los hombres. En ese momento mi cabello era casi blanco, algo más largo y menos ondulado que de costumbre, mis fieros y sabios ojos estaban en marcados en algo de maquillaje oscuro como si fuera una pintura de guerra y mis brazos tenían cientos de tatuajes que hablaban de mi caída, de Dios y su tiranía. Mis ropas eran de cuero, como las de cualquier motorista que intenta cruzar el país más hipócrita de todos y dónde casi hay una hamburguesería por cada habitante. Mis botas, de suela gruesa, tenía pinchos y alambres. Por ende mi aspecto era algo diferente

—Hacía tiempo que no te veía contemplar este hermoso valle solo—comentó una vieja voz, la cual podría decirse que era amiga.

—No estoy solo, siempre aparece alguno de vosotros—respondí.

—Dime algo, ¿por qué no le dijiste que tú y Satanás sois distintos?—dijo apoyándose en el respaldo de aquel majestuoso y escalofriante trono.

Sus delgados brazos asomaban como ramas de piel blanquecina, como si una encina hubiese sido cubierta con las nieves más puras, y sus ojos, esos hermosos ojos oscuros, eran penetrantes y atractivos. Veía en él una belleza dócil que no tenía para nada que ver con la verdad que escondía tras cada una de sus acciones.

—No entendió mi mensaje, ¿cómo podía recordarle que Lucifer y Satanás son dos seres distintos?—dijo encaramándose a los huesos para que su pequeña figura pudiese alzarse en esa “cumbre” de muerte y destrucción. Sus manos acariciaron mi cuello, se deslizaron por mi rostro y acabaron bajando nuevamente hasta mi torso. Allí las dejó mientras sentía como su mejilla derecha golpeaba mi contraria. Su piel era fría, muy fría, como la de una serpiente al contrario que la mía que siempre estaba tibia. Su aliento rozó la comisura de mi boca y su lengua bípeda acarició mis labios—. ¿Cómo? Ni siquiera recuerdan la historia que contaban los judíos más antiguos, pues todos se han quedado con la tradición cristiana y han olvidado sus raíces.

—La verdad—siseó.

—Por así decirlo, pues Dios demuestra cuan cruel es en el Viejo Testamento—dije—. Dios no es bondad. Él castiga cruelmente aunque hayas cometido un error por desconocimiento, necesidad o heroicidad—dije lo último notando como sus uñas arañaban mi torso y él reía bajo.

—Dime, ¿aún me quieres cerca?—susurró.

—Al menos tú no coartas la libertad, sólo tientas.

Nada más decir esas palabras se esfumó y apareció a mis pies tocando con curiosidad aquellas puntiagudas protuberancias de mis botas. Se cortó un dedo y lo llevó a su boca para lamerlo como si fuera una golosina.

—Ah... tiento...—dijo con una sonrisa descarada— ¿yo soy la tentación? Tú provocas tantas reacciones, Lucifer...

—Llámame Memnoch, lo prefiero—respondí.

—Sólo he venido para decirte que tu príncipe tiene nuevo destino—murmuró—. Se ha olvidado de ti.

Eso provocó que me incorporara y lo agarrara del cuello, sin importarme que él tuviese un poder igual de poderoso que el mío. Inició en mí una revolución que instaba a tocar su fría piel y hacerme con el control de su cuerpo. Estaba desnudo y sólo le cubría su sonrisa lasciva. Él no dudó en abrir sus piernas como si yo fuese el gobernante de sus placeres, de ese hermoso reino pérfido.

—Soy tu manzana—dijo entrecerrando sus ojos de largas y pobladas pestañas. Era escandaloso observar ese cuerpo ambiguo de caderas y clavículas marcadas, con una piel tan perfecta y unos pezones rosados que destacaban en su pequeño torso. Satanás era el pecado mayor de este mundo, el Dios de la Oscuridad, y yo sólo era el Príncipe del Infierno donde reinaba en soledad junto a una legión de ángeles derrotados que a veces perdían el juicio.

Estaba sobre él como una gárgola, pero decidí levantarlo de aquella posición tan sumisa para colocarlo sobre mis piernas. Él no dudó en pasar sus brazos por mis anchos hombros, enterrar sus largos dedos en mis casi plateados cabellos y rozar su entrepierna contra la mía. Su miembro, ligeramente endurecido, me hizo sentir un delicioso hormigueo por toda la columna vertebral nada más contemplarlo contra el cierre de mis pantalones.

—Eres el Dios Oscuro, pero aquí en mi reino puedes ser mi puta—dije hundiendo mi rostro en el recodo de su cuello al hombro izquierdo.

Él gimió entretanto llevaba sus manos hacia el borde de mi pantalón, quitándome la correa para dejarla alrededor de mi cuello como una corbata, para al fin bajar la cremallera y sacar mi miembro. Un miembro que se endurecía por momentos y que él miró mordisqueándose su labio inferior. Reí ante ese gesto y él respondió lamiendo mi mentón mientras se bajaba de mis piernas. Entonces, como en la mejor fantasía erótica, comenzó a lamer mi rosado glande para poco a poco engullir todo mi miembro. Mis manos se colocaron en su cabeza ayudándole a hacerlo como a mí me gustaba, o más bien como lo necesitaba en ese momento. Sin embargo, no tardé en agarrar el cinturón y colocárselo a él alrededor del cuello a modo de correa, lo empujé contra el escarpado suelo de roca porosa y dejé que sus glúteos quedaran alzados. Sus brazos estaban pegados a su torso y su torso al suelo.

Rápidamente tomé mi posición dominante tras él y me incliné mordiendo su nuca, lamiendo sus hombros y arañando sus costados mientras viajaba hasta su trasero. Allí dejé que mi lengua se introdujera como una daga en su interior arrancándole de este modo un largo gemido. Mi boca hizo succión entorno a su entrada y mi viscosa saliva lo humedecía todo. Sus testículos se inflamaban del mismo modo que su pene tomaba por completo forma. Pude notar el olor a sudor que transmitía su piel, igual que lo hacía la mía. Era olor a deseo carnal.

Finalmente aparté mi boca para penetrarlo de una sola vez. Una estocada que le arrancó el aliento y un par de lágrimas. Eran lágrimas de satisfacción, de deseo concedido. Por mi parte gruñí como un animal salvaje. Pronto mis testículos comenzaron a golpear sus prietas redondeces, mi mano derecha tiraba de la correa y la zurda azotaba uno de sus glúteos. Mi aliento jadeante, mis gemidos bajos y gruñidos se mezclaron con los sus largos y escandalosos gemidos que alertaban a las pobres y patéticas almas que rogaban perdón a un Dios ciego. Aún así me sentía insatisfecho, por eso salí de él, lo recosté en el suelo, abrí sus piernas en V y lo aproximé a mí quedando de rodillas. Parte de sus glúteos quedaron sobre mis muslos y su entrada quedó perfectamente repleta por mi miembro.

Tras unos momentos él eyaculó estirando sus manos, con uñas cual garras, hasta mis brazos. Pero yo me contuve pues deseaba ofrecerle mi simiente. Así que cuando tuve la oportunidad de salir de ese trasero que apretaba desesperadamente mi pene, el cual parecía una estada encajada en una piedra, lo hice y se lo ofrecí. Su boca se llenó de mi blanca y espesa esencia mientras él me miraba descaradamente.


Había vuelto a caer en el pecado, pero Dios mantenía conmigo su palabra. Quizá porque deseaba ver hasta donde me había equivocado para luego hacerme caer por todo los supuestos delitos cometidos, aunque para mí aquello no era un delito. Él me había dado la libertad de amar, sentir, pensar y ser. Él debía asumir que no siempre se pueden seguir los caminos rectos. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Salvación

Esto ha llegado a mí. Son unas memorias, o supuestas memorias, de Memnoch. ¿Alguien me ayuda a salir corriendo?

Lestat de Lioncourt 

Al atardecer siempre tenía hermosas vistas desde la azotea de aquel edificio. El holding que se alzaba en aquella torre de hormigón y cristal poseía gran parte de la producción de información del país, era el centro de manipulación y sometimiento más fuerte e incluso estaba siéndolo en otros lugares del mundo. Los titulares señalando a diversos dirigentes políticos para ensuciar sus nombres, siendo inocentes en gran medida de las palabras vertidas, ocultaban la verdadera corrupción y las preocupaciones de la población. Además se ofrecía noticias banales y deportivas para amortiguar el impacto.

Veía la ciudad extenderse con sus numerosas calles de trazado regular, con edificios similares al que estaba bajo mis elegantes y clásicos mocasines, llenas de tráfico y almas que iban de un lado a otro en las aceras. El tiempo se escapaba entre los dedos de sus manos sepultando sus sueños, sus ambiciones y la belleza de una vida vacía como sus esperanzas. Vendidos a un quizás y un montón de dinero en una cuenta bancaria. Enclenques, hipócritas y fáciles de manipular con sus caras cenicientas esperando ser asesinados por la felicidad que no parecía llegar. Pero yo los amaba. Amaba incluso lo turbio de cada pesadilla que los mantenía vivos con sus paranoias y sufirmientos.

En mis labios un cigarrillo se consumía envolviéndome en el aroma de la nicotina. Aunque el sabor del café, un café amargo sin rastro de leche o azúcar, no podía ser desplazado por el del tabaco. Mis cabellos esta vez parecían más claros pero mi rostro era el mismo, la misma expresión. Parecía un ejecutivo, o quizás un empleado de nivel medio, que buscaba un momento de descanso entre tanto los papeles se amontonaban en la mesa de su pequeño cubículo o despacho. Tal vez me había escapado de una reunión monótona. Pero la verdad es que era el dueño de este mundo. Dueño de cada sombra.

—¿No deberías estar haciendo algo mejor que buscar almas que reclutar?—escuché una voz que parecía cercana, como si se encontrase a pocos centímetros de mi oreja, pero en realidad estaba a varios metros.

No me giré porque sabía quien era. Podía oler su supuesta bondad recorriendo sus rasgos dulces pese a lo masculino. Aquellos cabellos rizados tan dorados provocaban náuseas. El mensajero más imponente de Dios se había reunido conmigo cerca de la cornisa como si yo fuese un suicida y él mi ángel de la guarda.

—¿No tienes que ir por ahí a tocar tu trompeta?—dije tras dar una calada al cigarrillo y un trago a mi café.

—He decidido pasarme por la Tierra y saludar a mi hermano favorito—contestó quedando a mi altura tras caminar con parsimonia hasta mí.

A mi lado estaba él con otro elegante traje similar al mío, hecho a medida por supuesto, y con una sonrisa estúpida que parecía complacerse con el atardecer. Estaba seguro que no estaba allí por casualidad o porque me echase de menos.

—Dios quiere que aceptes tu derrota. No has hallado aún las diez almas que te exigió—dijo arrebatándome el café.

—Cuidado, pajarito divino, el café es demasiado potente para una criaturita tan pura y sosegada—respondí quitándole mi bebida sin que pudiese darle un solo trago—. Dile a Padre que no me rindo. Lamento informarle que cumpliré mi misión.

—Lucifer...

—Memnoch. Me gusta que me llamen Memnoch, Gabriel—dije apartándome de él para regresar a las abarrotadas oficinas. Pronto todos se irían a casa y yo debía acompañarlos como si alguien me esperase en el departamento que había adquirido en Nueva York.


Volvía a vivir como un humano con sus aspiraciones y sueños, aunque sólo en apariencia, porque seguía siendo el demonio y tenía un poder inimaginable. Quería salvar al mundo, pero a veces uno no puede hacer nada para lograrlo. Aunque sabía que estaba perdiendo mi tiempo decidí seguir luchando. Nunca daría mi brazo a torcer. Debía salvarlos.  

jueves, 11 de febrero de 2016

Big bad wolf...

El siguiente texto no es apto para menores, ni para personas sensibles, tampoco para beatos o personas creyentes. Yo simplemente digo que si siguen leyendo y se molestan es culpa suya. 





Había tomado aquel joven entre mis manos, acariciando su piel suave y lechosa, observando que su alma no poseía pátina alguna y que sus ojos todavía mostraban inocencia, rebeldía y felicidad. Me embargó un sentimiento de nostalgia, pero también un deseo cruel de destrozar cada feliz recuerdo, cada pequeño recoveco de esperanza, de su alma hasta convertirlo en una marioneta sin vida, absolutamente roto, esperando que la muerte lo arrastrara hasta un nuevo bucle de deseo, dolor, miedo, placer y necesidad. Mis labios se arquearon en una sonrisa macabra que provocó que el muchacho se asustara ligeramente, echando hacia atrás su apetecible cuerpo.

Aún no tenía sombra de barba. Posiblemente no llegaba a los diecisiete. No era la primera vez que observaba a un muchacho como él dispuesto a todo, intentando conquistar a un adulto a cambio de sus favores, sus secretos y experiencia. Una experiencia que en mí era amarga, añeja, peligrosa y terrible. Podía convertir su cuerpo en un vergel infernal lleno de rosas de sangre borboteando sobre su espalda, marcando su piel con horrendas secuelas de caricias crueles, de modo que su alma quedase tan quebrada como esclava.

Sus cabellos oscuros, ligeramente largos y sedosos, caían lacios sobre su frente y rozaba sus hombros. Unos hombros estrechos, como su cintura. Sus caderas se acentuaban porque era esbelto y sus muslos eran suaves, libres de vello como su cresta del pubis y su torso. Era un efebo dulce en apariencia, pero rezumaba aire salvaje.

La puerta de aquel bar, poco iluminado, había mostrado una imagen menos atractiva de sus ojos azules, su boca carnosa y la suave piel sin mácula que me ofrecía ahora, en la penumbra sutil de un motel barato. Había pagado lo suficiente para que no derrumbaran la puerta pese a los gritos que pudiesen escucharse. El dueño me conocía bien, sabía que pagaba en metálico y no daba demasiados problemas. Nunca me juzgó a viva voz, pero sus ojos mostraban rechazo y odio. No me importaba en absoluto despertar antipatías.

Nada más abrir la puerta de la habitación el olor a nicotina nos azotó a los dos, como una fuerte bofetada, y los muebles, escasos y viejos, no eran del agrado de aquel muchacho que se creía exclusivo. Pero como una puta bien adiestrada, deseoso de complacer todos mis deseos, se desnudó para mí sin pudor alguno. Su ropa aún estaba tirada por el suelo cuando lo atraje hasta a mí para observar con claridad cada uno de sus rasgos.

Aquel muchachito poseía un mentón fino, unos pómulos llenos y sonrosados, una nariz perfecta para el tamaño de su rostro y una boca apetecible. Solté a un lado mi abultada y pesada maleta de cuero, la cual ocultaba mi verdadera identidad y todo lo que yo era, para poder acariciar cada rasgo facial hasta su largo cuello donde apenas se apreciaba su nuez. Su torso, delgado y estrecho, mostraba unos pectorales nimios y unos pezones pequeños aunque de pezón grueso.

—¿Qué edad tienes?—pregunté.

—¿Acaso importa? Estoy aquí por mi propia voluntad—dijo mirándome a los ojos. Mi estatura era impresionante comparada con la suya. Yo rozo los dos metros, él a duras penas llegaba al metro setenta.

—Tu edad, muchacho—quería cerciorarme que no cometía delito alguno, aunque era imposible no cometerlo. Ante los ojos de Dios, mi Dios, él era pecado y lo que estaba a punto de suceder en aquella habitación sería digno de algunos pasajes de los Infiernos de Dante.

—La suficiente para saber fumar y beber, aunque no me dejen entrar a ciertos locales—contestó colocando una de sus delicadas manos en mi bragueta.

A su edad yo ya conocía lo que era trabajar duro para alimentar a mi familia. Mis dedos dolían por el frío al repartir periódicos por la mañana, por la tarde me dedicaba a ser jardinero de algunas viviendas destacadas de mi ciudad y por la noche estudiaba duro para no ser un cualquiera, un maldito Don Nadie, porque odiaba que otros se rieran de mí mientras podaba o me las arreglaba como podía. Mis manos eran ásperas y tenían cortes, las suyas eran finas y sensuales.

—Mi forma de amar no es dulce, y tampoco es amable. No vas a sentir placer si no sientes primero un dolor insoportable—atestistigüé.

Un brillo de curiosidad se formó en sus pupilas y sus dedos aprisionaron con deseo el cierre de mi bragueta. Aquello fue una declaración de principios, así que me vi obligado a iniciar el ritual. Aparté de un manotazo su mano y lo empujé contra la pared, dejándolo de espaldas a mí y con el torso pegado al papel pintado de color café.

—Las zorras no tocan si el amo no da su permiso, es una regla que vas a aprender—dije en un murmullo ronco.

Mi mano derecha se enterró entre sus cabellos, enredándose en cada mechón, para tirar de estos y arrodillarlo frente a mí cerca de mi maletín. Miré de forma fría sus ojos, los cuales empezaban a comprender lo peligroso que podía llegar a ser aquello, y al apartar la mano él suspiró creyendo que sólo fue una estúpida advertencia.

Abrí mi maletín y saqué cinta aislante, vendas y unas medias de mujer. Él miró con curiosidad el interior de mi equipaje, pero no logró a ver más que algunos bártulos cuya forma no le daría información alguna. De inmediato vendé sus ojos, antes que él pudiese confirmar sus sospechas, coloqué las medias en su cabeza y envolví con cinta su boca, la parte superior de su cabeza y su mentón. Sus manos se movían en mi contra, intentaban apartarme, pero un fuerte golpe lo paralizó de miedo.

—No te negaste, aceptaste—susurré.

Su sexo, completamente yermo, fue rodeado con sendos aros metálicos. Uno fueron entorno a sus escrotos y el otro, como no, rodeando la base de su miembro. Sus manos quedaron también atadas con la cinta, y lo hice dejándolas tras su espalda. Después, sin muchos preámbulos, lo subí al colchón y saqué una vara pequeña, aunque flexible y de bambú, que comenzó a dejar marcas en sus redondos y apetecibles glúteos.

Pude notar como se retorcía, como intentaba alejarse, pero logré retenerlo y ofrecerle el placer del dolor. Un dolor intenso que lo marcaba no sólo físicamente. Coloqué mi bota izquierda sobre su cabeza, pegando ésta al colchón, mientras mi mano derecha se colaba entre sus piernas y acariciaba su sexo. Rápidamente comenzó a reaccionar, como si supiera que era el momento del placer, el cual no duró demasiado.

De improvisto para él se sintió libre de mis manos, de la presión de la suela de mi bota, para sentir como el peso de su cuerpo caía por completo sobre aquellas sabanas, las cuales no parecían siquiera haberse cambiado en semanas. Sin embargo, el juego había empezado para ese pobre desgraciado, para mi juguete especial, porque el látigo cayó silbante sobre su espalda crujiendo una y otra vez, como si fuese un rayo marcando la noche con un relámpago terrible y un estruendo aún más portentoso.

Sus gritos ahogados eran cantos de sirena para mí. Su espalda perlada de sangre me atrajo demasiado como para no pasear mi lengua por los cortes, ofreciéndole unas eróticas caricias demasiado sensuales, y nuevamente él pareció comprender que debía aprovechar esos segundos. Unos segundos valiosos que acabaron evaporándose cuando saqué una vela, la encendí y empecé a dejar caer la cera sobre sus heridas.

Sus glúteos y su espalda quedaron destrozados, así como parte de sus antebrazos, mientras él posiblemente aún estaba sin romper del todo. Pero eso no me importaba, pues siempre llevaba conmigo equipaje suficiente. La tortura era una forma de arte que podía llevar al lívido a puntos extremos de placer, por eso la ejercía con paciencia y conocimiento.

Saqué de mi bolsa un minúsculo dilatador anal. Era un pequeño artefacto negro, con estrías y con punta de flecha redondeada. Tal y como salió de la bolsa se introdujo en su entrada. Tomé el mando entre mis dedos llevándolo a mis labios, besándolo con una sonrisa llena de lujuria, mientras acariciaba mi entrepierna sobre el pantalón. Empezaba a sentirme erecto ante el juego, pero aún el rey no iba a hacer caer al peón. Pulsé el nivel más alto y lo dejé arrojado sobre la cama.

En aquel colchón, con ese juguete emitiendo ese dulce murmullo, pude observar aquel estilizado cuerpo retorciéndose como si estuviese poseído. Se movía como si fuese la serpiente en el paraíso, trepando por el manzano, esperando que Dios la observara sin impedirle la maldad que ardía bajo su fría piel.

Tomé entre mis manos otro juguete, me senté en el borde de la cama y lo recosté de lado. Aquel rostro deformado por la media, la cinta adhesiva y la venda se mostró ante manchado de sudor y lágrimas. Su pequeña flecha apuntaba alto, pero su fuente estaba seca. Aquel pecaminoso elixir que era, y será por siempre, el semen no sería eyaculado por más orgasmos que sufriera. Acaricié suavemente su glande con el dedo índice y corazón de la diestra, mientras con la otra mano sostenía lo que era una vagina falsa introducida en un cilindro metálico.

—No sé si te merezcas saber qué es el placer—murmuré introduciendo su miembro dentro del juguete.

Recuerdo vivamente como me incliné sobre él y mordí sus pezones, lamí su torso y permití que temblequeara por la satisfacción de aquellos aparatos. Los mismos aparatos que aparté, para poder bajar mi bragueta y penetrarlo. Decidí hacerlo cuando noté que él ya estaba listo para sentirme, que era el momento idóneo. Arrojé su cuerpo al suelo sin remordimientos, lo coloqué contra la cama dejando el torso sobre el colchón y lo penetré fuertemente.

Reventé su entrada sin llegar a producir herida alguna, aunque mi ritmo era salvaje y profundo. El sonido de mis testículos me excitaba aún más, pero el silencio de su voz me torturaba. Por eso mismo paré para liberar su rostro ofrecerle la oportunidad de cantar para mí, igual que un eunuco, mientras le ofrecía el mejor recital de azotes, mordiscos y duras penetraciones.

—Dame más... más... quiero más...—recitaba como un salmo ante Dios mismo. Alzó su rostro con la vista perdida y giró su cara hacia el espejo de cuerpo entero, sucio y deslucido, que se hallaban en aquella habitación.

Su boca estaba enrojecida, al igual que sus mejillas, su rostro parecía congestionado y sus cabellos se pegaban a su frente completamente desordenados. Puse entonces mi mano derecha sobre su nuca, rodeé su cuello y lo empujé hacia el colchón. Él gritó. Girtó como una furcia que llegaba al final del camino, pues de hecho pude notar como todos su músculos se tensaban. Sin embargo, decidí salir de él y ofrecerle como recompensa un vibrador aún mayor que el anterior, del tamaño de mi miembro. Un hilo transparente manchó la comisura de sus labios y pude comprobar como sus caderas se movían cada vez más desesperadas.

Tiré de su pelo hacia atrás, levantándolo, para arrodillarlo frente a mí y ofrecerle mi alimento. Mi cálida simiente manchó sus labios y corrió libre por su boca, hasta su garganta y de esta a su estómago. Sus ojos se volvieron mostrándose en blanco, como si hubiese llegado al éxtasis de una devoción pagana. Entonces liberé su miembro de aquellos círculos metálicos y le dejé llegar al final del camino. De inmediato cayó a mis pies desplomado, marcado y satisfecho.

Hice la señal de la santa cruz, oré por mis pecados y los suyos, me santigüé y subí la cremallera de mi pantalón. Con cuidado limpié los utensilios en el lavabo y los acomodé en mi bolsa, del mismo modo que acomodé mi alzacuellos y lo abandoné en la habitación.

En el hall me esperaba el propietario, esperando que pagara un plus por haber hecho oídos sordos a lo ocurrido. Pagué unos cuantos billetes y sonreí amable, como si fuera un cordero de Dios.

—Que Dios esté contigo, padre—dijo con sarcasmo.


—Y su espíritu, hijo... y su espíritu.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt