Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

miércoles, 26 de abril de 2017

Lucifer y Satanás

No, por favor. ¡Memnoch otra vez!

Lestat de Lioncourt

—¿Qué haces? ¿Acaso estás tan ocupado para no percatarte de mi presencia?—preguntó con marcada insolencia.

Hacía más de diez minutos que deambulaba por aquella cumbre escarpada. Me había subido a una de las montañas más peligrosas de este mundo para resguardarme de todos y todo. Sólo quería ver gran parte de la creación a mis pies sintiendo el frío helado mi cuerpo. El infierno no es cálido, sino frío. Es el purgatorio donde las almas se consumen en lava porque es parte de los volcanes activos, de este mundo de caos. Es una puerta tan sólo, una grieta, que atraviesa dos realidades. Si bien, el Infierno no está bajo nuestros pies sino en otro plano junto al Cielo.

—Intento ignorarte porque he pospuesto demasiado mis labores aquí—respondí con una sonrisa.

Intentaba molestarlo, pero también decirle una verdad incómoda. Nunca he sido bueno mintiendo. Si bien, es cierto que jamás me he propuesto mentir. Hay quienes tienen una habilidad pasmosa para ello, pero yo soy incapaz.

—¿Soy una distracción?—dijo tras una carcajada que hizo eco por todo el lugar. Después sentí sus brazos rodeándome mientras su pequeño pectoral se pegaba a mi espalda. Su aroma me envilecía y terminaba agitando cada uno de mis cimientos.

—Siempre lo has sido; aunque no me quejo—susurré con una sonrisa mordaz.

—Pues ahora esto suena a queja—contestó. Su tono de voz me hizo pensar que tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Se había molestado. Podía apreciar como su alma vibraba como las cuerdas de una guitarra al ser tocada. Sí, así vibraba.

—Padre me necesita, Samael—suspiré pesadamente intentando girar mi rostro, pero temía ver esa mueca de profundo desagrado en sus hermosas facciones.

—Mi opuesto, mi hermano, mi idiota favorito... —murmuró apartándose de mí como si le quemase mi figura—. Anda, permite que la diversión siga—dijo antes de aparecer entre mis brazos. Era más menudo y pequeño que de costumbre. Él podía hacer el cuerpo que quisiera, pues incluso aparecía como mujer soberbia para encandilar a los más ilusos.

—¿Me estás tentando?—pregunté mirándolo a los ojos. Unos ojos oscuros, profundos como la noche misma, que rápidamente brillaron como si fueran gemas.

—Lucifer, soy un demonio ¿acaso no debo tentar?—dijo mi viejo nombre, ese que me impuso mi creador, para luego carcajearse.

—No eres un demonio, eres el padre de todos—respondí.

—Soy oscuridad, soy destrucción y creación, soy atracción y reacción... Soy...

—Eres quien me convence para que no busque almas para salvar de este calvario—intervine a su monólogo de Dios Oscuro, para luego escuchar como estallaba en carcajadas tomándome del rostro con sus manos suaves, frías y de dedos delgados.

—Rey del Purgatorio, Príncipe del Destierro y la Luz en la Oscuridad. ¿No entiendes?—murmuró acercando su rostro al mío, dejando que su aliento rozara mi boca y provocara un escalofrío—. Tú eres luz en mi oscuridad, en mis profundas oscuridades, donde aún sigo creando y destruyendo.

—Un día me destruirás a mí y a ti conmigo—sentencié.

—Deja que disfrute de ti...—contestó para besarme.


El atardecer rojo, como la sangre derramada por cientos de creyentes de las diversas religiones, parecía una llama intensa como la pasión que él liberaba. Una pasión que caldeó mi piel y la suya. La misma que hizo que desapareciéramos de ese idílico paraje para retozar por el prado más cercano. La creación no fue del todo obra de Dios, como tampoco soy el más perverso de sus hijos y el primer caído.



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Dedicado a mi Satanás    

martes, 29 de noviembre de 2016

Dios, Satanás y Lestat.

Armand tiene razón en muchas cosas... pero en esto... no. No creo que yo destrozara algo que ya estaba roto.

Lestat de Lioncourt 



No sé qué fue lo que realmente me impulsó a hacerlo. Supongo que me sentí aún más perdido que cuando observé las gigantescas llamaradas consumiendo el palacio veneciano de Marius. Tuve una sensación similar en mi corazón, la cual se ahondó hasta casi ahogarme en unas aguas turbulentas y sucias. Me quedé sin voz. Durante algunos días quise averiguar si realmente Lestat había sido sincero, pero me di cuenta que era imposible acercarse a él. Por un lado temía la reacción de su cuerpo, impulsado por propios mecanismos de protección innatos en cada uno de nosotros, y por otro que fuese cierto y hubiese negado a Dios.

Hace siglos dirigía una secta. Bajo París, en sus catacumbas, adoctrinaba lejos de discursos tradicionales sobre Satanás, que era quien nos protegía y nos guiaba para realizar el trabajo divino. Era de carácter secreto para los que no pertenecen a ella; especialmente para humanos. Aunque siempre había curiosos que terminaban amontonándose junto a los restantes cadáveres. Me dedicaba a ello desde que tenía memoria como vampiro, pues fueron pocos los virtuosos meses con mi creador. Santino me inculcó sus ideas, las cuales parecían totalmente ajenas a la verdad que se fue promulgando más tarde.

Lestat la destruyó. Me arrebató la fe que era lo único que me mantenía con vida y a salvo de mi propio dolor. Dios no era un aliciente para curar mis heridas, sino para mantenerme vivo a pesar que estuviese lleno de cicatrices y llagas. Su insolencia, su ruindad, su desparpajo y su fuerza aniquilaron todo lo que creía con un discurso bastante simplista. Desde entonces vagaba intentando comprender si era cierto o no, si tenía razón o no, y si podría encontrar la verdad.

Entonces, ya en esta época moderna donde Internet ahonda más aún en estos temas, apareció Lucifer y lo arrastró con él. Como si lo hubiese invocado en santo ritual durante estos siglos le reprochó el ser un impertinente, aunque también hay que recordar que ama conocer y comprender. Lestat sabe escuchar a pesar que no te crea.

Creo que escuchar una teoría similar a la que promulgaba mi secta, quedarme envuelto en esa nebulosa de poder que él transmitía y todo lo que vi al morderle, me hizo desear huir de la capilla y dejar que el sol me destruyera. Pero no lo hizo. Vi a mi madre, mis hermanos, un hermoso huevo de Fabergé del cual salía el Espíritu Santo y a mí mismo. Caí a un techo cercano y después, sin saber cómo, terminé matando a un desgraciado que estaba a punto de matar a su propia hermana. Así fue como salvé a Sybelle y jovencito Benjamín.


Supongo que mi fe sigue aquí, tomándome de la mano y acariciando mis cabellos cobrizos. Tal vez jamás deje de ser el niño perdido en este mundo lleno de pecados, horrores y sueños infelices. Pero sé que no voy a morir. Quiero vivir. Me he dado cuenta que quiero vivir. No importa si existe un Dios o no. Ya sólo importa el hecho de vivir.  

martes, 1 de noviembre de 2016

De nuevo... Yo.

Me ha llegado esto por medio de un mortal... no sé si echar a correr o investigar.

Lestat de Lioncourt 



Mi figura siempre ha destacado entre la multitud aglutinada en las modernas ciudades. No obstante, parezco uno de los numerosos empresarios o trabajadores de bolsa. Visto bien, de forma aseada, y mi aspecto no difiere demasiado de esa capa social que vive por y para el trabajo. En realidad, vivo siempre involucrado en mis quehaceres. Nunca he dejado de recolectar almas para Dios, o más bien llevarlas conmigo para evaluarlas y posiblemente enviarlas con él. No hace falta presentaciones, ¿cierto? Yo he estado en esta historia desde el primer momento. No hablo ya de la historia de Lestat, sino de la historia de todos vosotros.

Mi rostro puede cambiar. Con el paso de los años y el lugar donde me muevo difiere, pues soy mimético como un camaleón. Mis ropas, mi piel, el color de mis ojos o el cabello es fácil de cambiar. Son sólo complementos. Lo único que no puedo modificar es la pésima opinión que tienen muchos sobre mí. Sólo aquellos que siguen el gnosticismo conocen o comprenden quién soy realmente. No soy Satanás, soy Lucifer. Ambos somos totalmente distintos. Él tiene un reino, Dios tiene otro y yo, como buen rebelde, fundé el mío donde los desposeídos, los despojados de la gloria y del pecado, yacen aguardando una ínfima posibilidad de salir de lo que llamé Sheol.

Aunque si os soy totalmente sincero, no existe un cielo o un infierno tal como lo han intentado describir. Sí, incluso yo he llegado a mentir a Lestat. Hay ciertas verdades incómodas. Quizá sólo existe un mundo y, tal vez, todos nos movemos en él en distintos planos. ¿Lo han pensado? Sea como sea, intenten visualizar una calle de una gran metrópolis. ¿Quién podría ser? Tal vez sí soy uno de esos elegantes hombres de negocio, con perfecta ortodoncia, perfume masculino avasallador y una cartera de piel con mis iniciales. ¿O puede que sea otra cosa? Si el cielo y el infierno no son lo que creéis, ¿qué hay de mí? Como he dicho depende de mi nuevo encargo. Hoy estoy en Nueva York.

Me encuentro en una azotea en realidad. Estoy observando el ocaso. Pronto oscurecerá y no se verá ni una maldita estrella debido a la contaminación lumínica, pero aún así están. Son como yo. Estamos aunque no se nos vea o aprecie. Somos parte importante de este mundo. Al menos, yo me considero una parte esencial de la cadena. Dios desea borregos. Quiere que no penséis por vosotros mismos, que temáis terriblemente sus castigos, y por eso intento evitar que tomarais del fruto de la sabiduría. No os probaba, como os dijo, sino que deseaba moldear vuestras indómitas almas para convertir fieles. No eran sólo Adán y Eva, sino cientos de hombres. Los mismos que evolucionaron del mono porque él lo deseó, pero que luego se aburrió de ellos como del resto. Quien no baila a su son termina siendo despreciado. Satanás quiso liberar por completo el conocimiento que tenía el hombre, pero quería usarlo en su propio beneficio. Yo, por el contrario, sólo deseo que seáis amados por Dios tal y como sois. Aún así, podéis no creerme.

Os preguntaréis qué hago yo aquí contando todo esto. Tal vez no, tal vez os lo habéis empezado a plantear ahora. Puede que hayáis empezado a creer que todo esto viene dado porque Lestat afirma ahora que no soy el demonio, que no soy el arcángel caído, sino que simplemente soy un espíritu poderoso que deseó jugar con él. Comprendo que piense que soy como Amel, nacido de la misma grieta a otro mundo. Podéis creer esa teoría, la mía, la de la Santa Iglesia Católica... ¡Qué más da! Incluso os invito a creer las teorías del Islam. Pero, allí en la cultura que estéis, hay un ser como yo en sus libros sagrados. Algo será cierto, ¿verdad?

En definitiva, estoy aquí conversando porque la reunión que tenía a las siete se ha retrasado. Ya son casi las nueve de la noche, prácticamente me he bebido mi whisky on the rock, y mi secretaria no ha venido aún a incordiarme para decirme que me esperan en la sala de juntas. Escribo esto para lanzarlo al vacío, desde un rascacielos repleto de oficinas, para que cualquiera que pueda leer este papel, el cual llegará en modo de inocente avión de papiroflexia, lo lea.


Dios me llamó Lucifer, pero yo he preferido el nombre de Memnoch. Sigo siendo la luz en la oscuridad, esa que os guiará aunque no lo sepáis reconocer. Sigo brillando como las estrellas, buscando diez almas perfectas como diamantes engarzados en un anillo de compromiso.  

domingo, 7 de agosto de 2016

Lucifer y Satanás.

No sé qué decir sobre esto... ¿Y ahora qué? ¿Qué debo pensar de Memnoch?

Lestat de Lioncourt 


Las almas se retorcían a mis pies como si fuera un mar cargado de olas, los llantos ascendían hasta el techo de grotescas estalagmitas creadas por lo que fue lava ardiente y ahora sólo eran oscuras aberraciones, las cuales parecían dientes afilados o dagas esperando atravesar los cientos de miles de corazones impíos que en otro plano creían estar libres de mi poder. Los rostros de esos miserables me recordaban mi misión entre ellos, la cual llevaba demasiado tiempo postergando al meditar cuáles de todas podrían ser las adecuadas.

Mi trono se alzaba en un pequeño risco inaccesible para ellos. Un trono hecho de esqueletos retorcidos de ángeles que habían caído en desgracia y se habían suicidado con sus propias armas, enterrándolas en sus pechos, porque no podían soportar no ser amados por Dios. Por mi parte ya no buscaba esa estúpida recompensa. Yo sólo deseaba demostrar cuan equivocado estaba. Ese fue el principal motivo por el cual busqué a Lestat, un vampiro rebelde, que ha acabado negándome como muchos que han visto el infierno con sus propios ojos y han podido escapar. Quizá niegan tan aberrante visión y tan desoladora verdad. Ya no lo sé y no me importa.

Sé que mi aspecto es imponente, pero puedo cambiarlo según mis gustos y los de los hombres. En ese momento mi cabello era casi blanco, algo más largo y menos ondulado que de costumbre, mis fieros y sabios ojos estaban en marcados en algo de maquillaje oscuro como si fuera una pintura de guerra y mis brazos tenían cientos de tatuajes que hablaban de mi caída, de Dios y su tiranía. Mis ropas eran de cuero, como las de cualquier motorista que intenta cruzar el país más hipócrita de todos y dónde casi hay una hamburguesería por cada habitante. Mis botas, de suela gruesa, tenía pinchos y alambres. Por ende mi aspecto era algo diferente

—Hacía tiempo que no te veía contemplar este hermoso valle solo—comentó una vieja voz, la cual podría decirse que era amiga.

—No estoy solo, siempre aparece alguno de vosotros—respondí.

—Dime algo, ¿por qué no le dijiste que tú y Satanás sois distintos?—dijo apoyándose en el respaldo de aquel majestuoso y escalofriante trono.

Sus delgados brazos asomaban como ramas de piel blanquecina, como si una encina hubiese sido cubierta con las nieves más puras, y sus ojos, esos hermosos ojos oscuros, eran penetrantes y atractivos. Veía en él una belleza dócil que no tenía para nada que ver con la verdad que escondía tras cada una de sus acciones.

—No entendió mi mensaje, ¿cómo podía recordarle que Lucifer y Satanás son dos seres distintos?—dijo encaramándose a los huesos para que su pequeña figura pudiese alzarse en esa “cumbre” de muerte y destrucción. Sus manos acariciaron mi cuello, se deslizaron por mi rostro y acabaron bajando nuevamente hasta mi torso. Allí las dejó mientras sentía como su mejilla derecha golpeaba mi contraria. Su piel era fría, muy fría, como la de una serpiente al contrario que la mía que siempre estaba tibia. Su aliento rozó la comisura de mi boca y su lengua bípeda acarició mis labios—. ¿Cómo? Ni siquiera recuerdan la historia que contaban los judíos más antiguos, pues todos se han quedado con la tradición cristiana y han olvidado sus raíces.

—La verdad—siseó.

—Por así decirlo, pues Dios demuestra cuan cruel es en el Viejo Testamento—dije—. Dios no es bondad. Él castiga cruelmente aunque hayas cometido un error por desconocimiento, necesidad o heroicidad—dije lo último notando como sus uñas arañaban mi torso y él reía bajo.

—Dime, ¿aún me quieres cerca?—susurró.

—Al menos tú no coartas la libertad, sólo tientas.

Nada más decir esas palabras se esfumó y apareció a mis pies tocando con curiosidad aquellas puntiagudas protuberancias de mis botas. Se cortó un dedo y lo llevó a su boca para lamerlo como si fuera una golosina.

—Ah... tiento...—dijo con una sonrisa descarada— ¿yo soy la tentación? Tú provocas tantas reacciones, Lucifer...

—Llámame Memnoch, lo prefiero—respondí.

—Sólo he venido para decirte que tu príncipe tiene nuevo destino—murmuró—. Se ha olvidado de ti.

Eso provocó que me incorporara y lo agarrara del cuello, sin importarme que él tuviese un poder igual de poderoso que el mío. Inició en mí una revolución que instaba a tocar su fría piel y hacerme con el control de su cuerpo. Estaba desnudo y sólo le cubría su sonrisa lasciva. Él no dudó en abrir sus piernas como si yo fuese el gobernante de sus placeres, de ese hermoso reino pérfido.

—Soy tu manzana—dijo entrecerrando sus ojos de largas y pobladas pestañas. Era escandaloso observar ese cuerpo ambiguo de caderas y clavículas marcadas, con una piel tan perfecta y unos pezones rosados que destacaban en su pequeño torso. Satanás era el pecado mayor de este mundo, el Dios de la Oscuridad, y yo sólo era el Príncipe del Infierno donde reinaba en soledad junto a una legión de ángeles derrotados que a veces perdían el juicio.

Estaba sobre él como una gárgola, pero decidí levantarlo de aquella posición tan sumisa para colocarlo sobre mis piernas. Él no dudó en pasar sus brazos por mis anchos hombros, enterrar sus largos dedos en mis casi plateados cabellos y rozar su entrepierna contra la mía. Su miembro, ligeramente endurecido, me hizo sentir un delicioso hormigueo por toda la columna vertebral nada más contemplarlo contra el cierre de mis pantalones.

—Eres el Dios Oscuro, pero aquí en mi reino puedes ser mi puta—dije hundiendo mi rostro en el recodo de su cuello al hombro izquierdo.

Él gimió entretanto llevaba sus manos hacia el borde de mi pantalón, quitándome la correa para dejarla alrededor de mi cuello como una corbata, para al fin bajar la cremallera y sacar mi miembro. Un miembro que se endurecía por momentos y que él miró mordisqueándose su labio inferior. Reí ante ese gesto y él respondió lamiendo mi mentón mientras se bajaba de mis piernas. Entonces, como en la mejor fantasía erótica, comenzó a lamer mi rosado glande para poco a poco engullir todo mi miembro. Mis manos se colocaron en su cabeza ayudándole a hacerlo como a mí me gustaba, o más bien como lo necesitaba en ese momento. Sin embargo, no tardé en agarrar el cinturón y colocárselo a él alrededor del cuello a modo de correa, lo empujé contra el escarpado suelo de roca porosa y dejé que sus glúteos quedaran alzados. Sus brazos estaban pegados a su torso y su torso al suelo.

Rápidamente tomé mi posición dominante tras él y me incliné mordiendo su nuca, lamiendo sus hombros y arañando sus costados mientras viajaba hasta su trasero. Allí dejé que mi lengua se introdujera como una daga en su interior arrancándole de este modo un largo gemido. Mi boca hizo succión entorno a su entrada y mi viscosa saliva lo humedecía todo. Sus testículos se inflamaban del mismo modo que su pene tomaba por completo forma. Pude notar el olor a sudor que transmitía su piel, igual que lo hacía la mía. Era olor a deseo carnal.

Finalmente aparté mi boca para penetrarlo de una sola vez. Una estocada que le arrancó el aliento y un par de lágrimas. Eran lágrimas de satisfacción, de deseo concedido. Por mi parte gruñí como un animal salvaje. Pronto mis testículos comenzaron a golpear sus prietas redondeces, mi mano derecha tiraba de la correa y la zurda azotaba uno de sus glúteos. Mi aliento jadeante, mis gemidos bajos y gruñidos se mezclaron con los sus largos y escandalosos gemidos que alertaban a las pobres y patéticas almas que rogaban perdón a un Dios ciego. Aún así me sentía insatisfecho, por eso salí de él, lo recosté en el suelo, abrí sus piernas en V y lo aproximé a mí quedando de rodillas. Parte de sus glúteos quedaron sobre mis muslos y su entrada quedó perfectamente repleta por mi miembro.

Tras unos momentos él eyaculó estirando sus manos, con uñas cual garras, hasta mis brazos. Pero yo me contuve pues deseaba ofrecerle mi simiente. Así que cuando tuve la oportunidad de salir de ese trasero que apretaba desesperadamente mi pene, el cual parecía una estada encajada en una piedra, lo hice y se lo ofrecí. Su boca se llenó de mi blanca y espesa esencia mientras él me miraba descaradamente.


Había vuelto a caer en el pecado, pero Dios mantenía conmigo su palabra. Quizá porque deseaba ver hasta donde me había equivocado para luego hacerme caer por todo los supuestos delitos cometidos, aunque para mí aquello no era un delito. Él me había dado la libertad de amar, sentir, pensar y ser. Él debía asumir que no siempre se pueden seguir los caminos rectos. 

viernes, 9 de enero de 2015

Demonio

Santino nos habla de su vida como monje. Era una vida dura. ¿Tal vez por eso ayudó a Armand? ¿Tal vez porque el pelirrojo estaba en un primer momento a vivir como él?

Lestat de Lioncourt 


En aquella celda recé durante noches. Creí que perdería rápidamente la cabeza, pero mantuve mi fe en Dios. Las rata recorrían las calles con sus patas frías y su cuerpo peludo. Podía escuchar el fino sonido de la lluvia golpeando la piedra porosa. La cama era simple, dura e incómoda. El colchón de paja estaba aplastado y mal ventilado. La almohada era un trapo doblado. No había mantas. El crucifijo parecía hinchado por la humedad. El suelo estaba áspero y estaba salpicado por mi propia sangre. Me había golpeado la espalda durante horas. El látigo silbaba rompiendo el aire, impactaba contra mi espalda y mis huesos crujían mientras mi piel se abría. Era un ritual habitual. Después venían los rezos, salves y súplicas. El mundo estaba lleno de tinieblas. Toda Italia estaba invadida por la muerte, su luto y hedor. Muchos de mis compañeros habían muerto y habían tenido que ser incinerados para evitar la propagación de la enfermedad.

Lloraba cada noche. Me dormía llorando y me despertaba en el mismo estado. Aún era joven. No quería morir porque no deseaba encontrarme con Dios todavía. Pensaba que tenía una vida larga para hacer buenas obras. Sí, tenía un sendero que recorrer. Quería cuidar a otros. Mi misión era salvar, curar las almas, y no morir abandonado por la suerte y mi Dios. Rezaba por todos, por la salvación del mundo y por la vida. Honraba a mi fe con orgullo y devoción, pero fue un vampiro quien me dio su bendición.

No recuerdo su nombre. Casi no recuerdo nada de él. Sólo recuerdo el vacío y la pena. Me había convertido en muerte en un mar de desolación. La sangre era mi tesoro, las almas habían quedado atrás y estaba condenado. Por mucho que rezara Dios ya no me escucharía. Era su enemigo. No moriría, no viviría. Me había convertido en un demonio. Y como demonio viví.


El fuego se convirtió en mi aliado. El dolor era mi estandarte. No había lugar en el mundo donde otro pudiese ocultarse. Las almas eran reclutadas para el juicio de Dios y el Diablo. Yo era la mano derecha de Satanás y él era la mano izquierda de Dios.  

martes, 26 de febrero de 2008

La libertad, la religión y otros conceptos.




La libertad, la religión y otros conceptos.
por Lestat de Lioncourt 666
Dedicado a todos mis camaradas de Valjhamia y a todos aquellos que me aguantan a diario en clase, y después de estas.
Relato filosófico bajo Licencia CC





Yo me compadezco cuando un ángel muere señalado con el dedo divino. Esta impresentable religión de egoístas y falsos dejó de interesarme, para centrarme en el notorio aspecto de la verdad. Voy más allá de lo que dicen unos viejos papeles, creo mis propias reglas y suicido las ideas que van en contra de mí la libertad del resto. Prefiero estar coartado, ser mutilado, antes que mutilar al resto…pues en ello se basa el respeto.

Aunque odio la divinidad, las santísimas escrituras han inspirado cientos de textos a lo largo de la historia y de ellos han surgido novelas maravillosas junto a mitos urbanos. La verdad ensuciada con mentiras, blasfemias dadas como notorias pruebas de fe y miles de puntos en los que el ser humano choca enérgicamente… crean conflictos. Sin embargo, como he dicho cada cual es libre de amar al dios que más le convenga, que más se aproxime a su pensamiento ya que de ello surge el idealismo, junto a un espíritu sólido que no desee marcharse. El suicidio de ateos es más numeroso que el de creyentes, simplemente porque no aguantan ciertas cargas que la fe quita.

Si bien yo soy ateo, más bien un ser extraño. Creo en las almas, en esa energía inmaterial que se recicla una y otra vez en cada nacimiento. Pero no me hagan creer en resurrecciones de cuerpo y alma, en patochadas sobre un diluvio que inundó la tierra por completo o que Satanás hizo esto o aquello. Satanás, el diablo, la concepción del mal, todo aquello que se puede adjudicar al maligno ha hecho más por las religiones que sus santos, mártires, profetas e implantadores. El miedo a lo desconocido, pavor al daño o a la mutilación de la belleza son parte de nuestras pesadillas que se enclavan en pequeñas porciones del hipotálamo.

Creo en una concepción de mal distinta. Cuando un joven rebelde reivindica sus derechos a amar a quien desee, a elegir la música que quiere escuchar, los estudios que merece cursar, una ideología basada en ideas alejadas del consumismo y pertenece a una determinada cultura como la gótica o la metal piensan que está poseído. ¿Poseído? ¿Por un idealismo? ¿Por un intento de cambio? ¿Por algo más razonable que rezarle a un trozo de madera? No sé que es más absurdo amar a un madero o negar el derecho a un beso.

La religión es amor, comprensión, igualdad, lucha por una hermandad notable…y sin embargo tan sólo veo odio, desesperación, desigualdades, luchas encarnizadas por ver cual tiene más fieles (o idiotas que crean todo a pies juntillas) para sus fines macabros. Fines como dejar desembolsen millones de euros en un paso, que se exploten ante templos de otras religiones o que vendan todos sus bienes para seguir a un supuesto iluminado. Sí, son sectas, sanguijuelas más bien.

Por ello reivindico ser más libres a la hora de la elección de cualquier materia. Esta vez he puesto como ejemplo la religión, pero puede ser también la política o una cultura urbana. He visto como se han llegado a pegar varios por una concepción distinta de la filosofía de una determinada cultura que ha surgido en las calles, como en antaño nuestras actuales tradiciones. Respeten las cosas que hasta un punto de vista sea lógico, no hagan daño al contrario porque ustedes no desearían ese mal para su familia. Aprendan a no insultar, a no mentir, a no ensuciar nombres de otros…a no plagiar ideas, a no maldecir, a no gritar, a no exasperarse demasiado y sobretodo a conquistar nuevos puntos de vista con el diálogo.

Muchos moralistas defensores de la justicia, son los que más se encarcelan en la concepción de libertad parecida a la que hay en un plató de televisión, donde se habla de las bragas que lleva una famosa. Si se dedica a tachar a otro ser humano de invalido, se le habla con faltas de respeto continuadas, este acabará replicando con la misma impunidad hacia el atacante. ¿Qué ven de extraño? Un animal herido ataca, ataca aunque esté ciego o le falte sus extremidades. No pidan luego justicia, no pidan que les comprenda y mucho menos que alguien les de apoyo…tendrán lo más parecido al asco en las caras de los ajenos al conflicto.

Estoy harto de que al llegar a algún lugar y mi opinión sea la contraria ya sea enmarcada en “como tiene veintiún años, ya se sabe”. Quizás tenga veintiún años pero soy alguien que ha leído mil cosas en los libros, que ha desempeñado esos epígrafes en su vida real y que se ha moldeado lentamente con los sucesos más extraños en el recorrido del hombre. Soy maduro para mi edad, aunque en ocasiones sea un niño en busca de un nuevo mundo. No me gusta que me consideren un bebé con pañales o alguien que no es digno de confianza por la edad que muestro. Mi físico es dantesco, lo sé, parezco un muchacho de diecisiete años con los cabellos revueltos. Me puedes encontrar en cualquier esquina de mi ciudad con la mochila al hombro, unos papeles en las manos junto a un bolígrafo, el reproductor de música bien alto y mi mirada escrutando cada viandante para tomar apuntes de ellos. Soy un estudioso de la sociedad y no merezco ser tratado como escoria. Quizás será porque la verdad duele y cuando se pronuncia un debate soy directo, busco las debilidades de mi adversario y ahí clavo la espada de la palabra.

¿Por qué digo todo esto?

Porque ayer mismo me preguntaron qué es la libertad y yo pienso que…

Tu libertad termina cuando empieza la de tu vecino.

Nadie es libre de insultar, apropiarse del trabajo de otro, decir injurias y falsedades sobre un hecho, intentar implantar tu idea en la mente de otros sea como sea, castigar sin motivo aparente porque tu idea sea distinta y mil cuestiones más.

Hace unos días me encontré con mil relatos de un foro al cual amo, como ya dije, plegados por la red bajo seudónimos de una misma persona. Me enfurecí, por supuesto, porque son amigos y conocidos e incluso había personas con la que no tengo trato. Sin embargo su libertad a la difusión de sus sentimientos, palabras de filosofía o concepciones de la vida estaban en manos de otra.

También hace poco tuve la desgracia de ver como varios sujetos se burlaban de otro muchacho que se había caído estrepitosamente, se había lastimado y lloraba. Según ellos tienen toda la libertad del mundo para mofarse, decir lo que piensan y hacer chistes de ello. Sin embargo, ese chico estuvo lastimado varios días, cojeó y apenas podía mover bien un brazo por el golpe recibido. Yo simplemente, por mi libertad personal los mandé a callar. Nadie tiene derecho a burlarse de otro, porque este otro es dañado consciente o inconscientemente. Seguramente si algún día se caen en mis narices no me reiré de ellos, pero les remarcaré este hecho en cada segundo que una lágrima por el dolor resbale por sus mejillas.

La religión, la política, los grupos de amigos, la familia, la sociedad en general y todos sus atributos intentan implantarte algo. Tú debes elegir que tomar, que hacer, que pensar…eso sí sin dañar. Pues el daño a otra persona corta las alas de tu libertad, la suya y la de todos.

También preguntaron si participaría de la semana santa. En ese momento reí. Me gustan las figuras, los palios antiguos, la música, el aroma de las calles y el ambiente. Sin embargo odio que otras manifestaciones religiosas se pidan, desde la oposición de este gobierno, ser abolidas. Creo en la pluralidad, en tomar lo bueno de cada cosa y en buscar soluciones…no echar más leña al fuego. No tolero que mientan sobre sus dictados de fe, pero no me importa pues no coarta mi libertad…hasta que intentan que yo deje de ser bisexual, que deje de oír ciertos grupos de música porque no los ven adecuados o que digan cómo debo de pensar o a quién votar.

Díganme oprimir, mentir, insultar, blasfemar, contradecir una opinión válida, mofarnos del compañero, no indultar un perdón dado de corazón y miles de gestos egoístas como insufribles…¿no son parte de la maldad?

La rebeldía, elegir otra opción que a ti particularmente no te afecta o escribir sobre lo que tú desees y exponerlo… no es maldad, es libertad, siempre que no golpeé al prójimo. Pero creo que amar no es dañino, dejar por escrito tus sentimientos mucho menos y exponerlos menos.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt