Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Davis. Mostrar todas las entradas
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sábado, 5 de agosto de 2017

Mi hombrecito

Armand siempre amará a Benji, pues es para él "su hombrecito". Digamos que le ocurre lo mismo que a mí con Rose y Viktor. 

Lestat de Lioncourt

Se había quedado dormido sobre mi hombro y no pude evitarlo. Con cuidado moví su cuerpo para que quedase su revoltosa cabellera oscura sobre mis muslos, le arrebaté el sombrero y me lo coloqué con la misma soltura y elegancia que él lo hacía, para luego comenzar a peinar sus rizos. Eran rizos gruesos, de pelo suave, que parecían no tener fin. Su rostro amable, tan aniñado, me recordaba lo que una vez fue y no pudo disfrutar. Era un niño sin inocencia cuando lo encontré de forma poco usual. Ni él ni Sybelle podrían siquiera imaginar que monstruos como nosotros existían entre los humanos, pues éramos seres fantásticos de pomposas novelas o estúpidos libritos para adolescentes. Ahora era un miembro importante de la Tribu, como ahora llamamos al vínculo que tenemos entre todos nosotros, y posee gran fama, respeto y admiración entre los humanos.

Todavía quedaba al menos una hora para que cayese como él en la inconsciencia. Era demasiado joven para durar hasta el amanecer, por ende se había quedado dormido mientras conversábamos sobre el futuro de nuestro mundo. Eleni se había marchado ya a su cripta, Antoine y Sybelle habían decidido volver a la corte de Lestat, y nosotros estábamos solos. Killer nos había visitado, pero sólo para hacernos llegar un mensaje de Gregory por parte de Davis. Louis decidió irse a Nueva Orleans, pues de vez en cuando necesitaba revolcarse en los recuerdos para sentirse él mismo. Estábamos solos. Solos él y yo y una mansión enorme en mitad de la “Gran Manzana”.

Decidí incorporarme y tomarlo entre mis brazos, para luego caminar despacio por las diversas galerías subterráneas hasta lo que se podía considerar su cuarto, su cripta, su lugar de descanso y refugio de otros. Tenía una cama inmensa, mullida y agradable, así como decenas de estanterías cargadas de libros y numerosos aparatos tecnológicos que ocasionalmente usaba en su programa de radio.

Al recostarlo desabotoné su camisa, saqué sus jóvenes brazos de las mangas y lo dejé sin ella. Luego hice lo mismo con sus zapatos, calcetines y pantalones. Despojé su tierno cuerpo de las ropas de calle que solía usar con la elegancia de un hombre de algo más de treinta años, la suma que realmente debía tener y no demostraba, y por último busqué su pijama de franela.

Me quedé mirándolo embelesado. Aunque discutíamos, pues éramos de épocas y pensamientos distintos, nos adorábamos. Para mí era duro verlo y sentir que había crecido. El tiempo vuela cuando eres inmortal y a veces te decepciona. A mí me han decepcionado muchos, pero no él. Incluso me he decepcionado yo mismo al creer fervientemente en un Dios, con su causa y sus justificaciones, porque necesitaba pensar que alguien me castigaría por todos los actos violentos que he cometido. Desgraciadamente he vuelto a una senda nihilista con respecto a la religión, así como con algunos grupos de humanos y vampiros, pero aquí estoy. Sigo vivo, sigo pensando, sigo soñando y sigo amando a criaturas como él.

—Ah... si te hicieras una pequeña idea de cuánto te amo...—dije antes de besar su frente y marcharme.


Aquella mañana me pareció más fría que nunca. Había estado en los brazos de Marius, pero este había decidido abandonarnos una vez más. La casa estaba muy silenciosa, el mundo parecía un caos allí fuera, y yo presentía que algo malo iba a ocurrir.  

martes, 7 de febrero de 2017

Jodido, pero vivo.

Killer es de esos que tienen algo importante... que contar.

Lestat de Lioncourt 



Era una puta mierda. Todo lo que sucedía era pura mierda. El mundo es un caos y nosotros estamos puestos en él, de forma aleatoria, para terminar sufriendo a veces las consecuencias de los actos de otros. No recuerdo bien quién era cuando humano, tampoco recuerdo mucho de los primeros años de vida. No me importa. Creo que si no lo recuerdo es porque no fue lo suficientemente interesante. Sin embargo, sé que he tenido una suerte pésima.

El recuerdo más terrible que tengo es ver como mi clan, un grupo de rebeldes, era reducido a polvo, cenizas y mi memoria. Mi compañero, el único vampiro que logré crear con éxito, era un joven bailarín negro. Apenas éramos unos neonatos cuando decidimos ir al concierto de Lestat. Teníamos una banda de moteros que se movían por el país, de un lado a otro, y sólo quedé yo.

Durante mucho tiempo pensé que Davis había muerto como Baby, la cual ni siquiera llegó al recinto porque fue asesinada por Akasha cuando iba de viaje. Él desapareció dentro del recinto mientras nos poníamos a cubierto. Cuando todo pasó lo busqué, lo juro. Busqué moviendo cielo y tierra, como quien dice, pero los jodidos científicos locos estaban allí tomando muestras.

Creo que fui feliz cuando la ciencia de burló de todos esos “batas blancas”. Nadie daba crédito que nosotros éramos vampiros. La prensa no se hizo eco de demasiado. Los humanos sólo habían sufrido miedo y alguna fractura. Pocos humanos había, la verdad. Así que todo se perdió en el tiempo. Después vino esa locura de Lestat diciendo que había visto a Jesús, Lucifer y la Verónica. Trajo incluso un trozo de paño que volvió loco a todos. Otra vez hubieron cámaras apuntando a todos nosotros y nadie creyó una mierda. Ahora, con la radio de Benji, tampoco.

Bueno, con sinceridad, ¿quién coño se va a creer que los mitos y leyendas sobre seres que viven jóvenes para siempre son reales? Jóvenes eternos. Aunque también hay hombres adultos e incluso ancianos. No siempre es oro todo lo que reluce. Pero digamos que somos jóvenes eternos. ¡La juventud! La fuente de la eterna juventud es el germen. Aunque claro, tiene sus consecuencias. El mismo hijo de puta, maldito bastardo de perra malparida, del Germen Sagrado nos intentó liquidar.


En fin... he recuerdo a Davis, pues tras estas Quemas he logrado dar con él. Estoy a su lado, pero también tengo a otros inmortales cerca. Mi nombre es Killer, no lo olvides. Soy amigo de Antoine, sí de ese imbécil con violín, y supongo que eso me hace estar cerca de Lestat. Casi puedo decir que soy conocido de él. ¡Ya ves! Amigo del jodido líder.  

martes, 4 de octubre de 2016

Concierto maldito

Un relato de Davis, el bailarín de raza negra, que puede que os conmueva. 

Lestat de Lioncourt 



Aquellas noches no volverán. Por mucho que yo desafíe al tiempo y a los recuerdos, no volverán. Ocurrieron, una tras otra, como un destello de una luz fugaz. Eso fueron. Un momento de chispa, una oportunidad mágica para ser feliz y entregarnos a la más deliciosa locura. La música rock elevándose por los muros frágiles de aquellos locales, el murmullo de cientos de almas conversando sobre aquellos libros que habían encendido una llamarada en los corazones, almas y pensamientos de cualquiera, y, las pintadas de advertencia en urinarios y mesas.

Killer estaba inquieto. Se movía por toda la ciudad murmurando que debíamos ir al concierto. No teníamos entradas aún. Baby Jenks jugaba con las graciosas coletas doradas que yo le había hecho, pues parecía una colegiala y no un vampiro que llevaba un par de años cazando hombres. Ella había sufrido mucho, Killer también y yo había tenido una buena vida. Sólo había sufrido algo de racismo e incomprensión, pero como bailarín logré cierta fama en mi ciudad antes de mudarme a San Francisco. Allí conocí a ambos. Nos convertimos en una pequeña familia que terminó siendo un club de moteros con colmillos y ganas de aullar en mitad de la noche.

Muchos querían matar a Lestat, pero nosotros lo admirábamos. Queríamos aparecer en el concierto para ayudarlo. Aplaudíamos incesantemente sus canciones como si fueran en directo, aunque sólo eran transmisiones en programas de música de Mtv. Nos preguntábamos cuántos vampiros conocían realmente a Lestat, quienes eran los que más amaba y si Louis aparecería aferrado a su brazo aquel día.

Deseábamos que nos respetara, nos conociera, nos amara y nos dejara estar con él algunos días. Queríamos aprender. Deseábamos ser parte del selecto club que él llamaba amigos, hermanos, hijos... Admito que suena estúpido, pero para nosotros era algo tan fácil de alcanzar que nada más conseguir las entradas, robadas a los cadáveres de un par de víctimas, corrimos a buscar la primera fila en el concierto.

No sé porqué ella desapareció. Se esfumó de nuestro lado. No podía sentirla, ni encontrarla. Me pareció un feo presentimiento, pero Killer aullaba cada canción. Su rostro dulce, pese a ser un hombre, me encandilaban. Acabé abrazado a él besándolo en mitad de una de las canciones más apabullantes que poseía Lestat. Hablaba sobre una reina dormida, un monstruo milenario, que aguardaba su momento. Entonces, de la nada, ella apareció arrasando con todo.

Noté como Killer tiraba de mí entre la maraña de gritos, sangre, vísceras y fuego; pero en algún momento, supongo que por los golpes y empujones, mis oscuros dedos se separaron de su pequeña mano de mármol. Intenté salir de aquel horror, pero los muertos caían a mi alrededor. En el parking no encontraba mi coche. Me eché a temblar cuando la vi saliendo del estadio con aquellos ojos de pupilas dilatadas. Quise correr, pero no pude. Si bien, alguien me tomó entre sus brazos y me salvó la vida.


Ese alguien era Gregory, con quien comparto mi vida desde entonces. Él me ha intentado curar de mis momentos de locura, debido a todo el trauma que viví. Sin embargo, no dejo de pensar en Killer. No puedo dejar de pensar en él.  

miércoles, 27 de julio de 2016

We are the children

Digamos que entiendo a Killer y sus sentimientos hacia Davis. Me alegro que estén juntos.

Lestat de Lioncourt


Estaba sentado en el alfeizar de la ventana, como si fuera una puta paloma, a varios kilómetros de Nueva York. No podía creer lo que estaba escuchando. Era increíble que al fin todo hubiese acabado con un comunicado lleno de orgullo y pasión por parte de Lestat. Las Quemas habían acabado y el mundo parecía en paz. La armonía volvía, por así decirlo, y era una jodida suerte que ese imbécil hubiese hecho algo bueno por todos nosotros. Se había sacrificado.

Escuchaba de fondo el murmullo de aquella enorme avenida. Estaba seguro que había más de un vampiro joven celebrándolo por las calles como si hubiésemos ganado algún jodido premio. Me encogí sobre mí mismo agarrándome las piernas y me eché a llorar. No podía dejar de creer que hubiese sido tan cobarde. Dejé a Antoine a su suerte para que encontrara a ese gilipollas, hablara con él y lo convenciera. Pudo haber muerto.

Sin embargo, empecé a escuchar de fondo su violín. Estaba vivo. Todos parecían haber tenido las pelotas de reunirse y hablarse tras tanto tiempo. Las fuerzas oscuras, por llamalos de alguna jodida forma, se estaban dando la mano para abordar problemas habituales. Incluso Lestat había dicho que habría nuevas reglas y libros para que aprendiéramos a caminar solos sin miedo a cagarla. Me reí a carcajadas mientras mis lágrimas sanguinolentas descendían por mis mejillas. No sabía si era de rabia, tristeza o emoción y aún no lo sé. Palabra.

Abrí la página de la radio mientras seguía la misma por la aplicación. Comencé a ver fotografías de la reunión de horas atrás. Quería ver a Antoine gozar de la compañía de quien llamaba “amigo” y “padre”, pues Lestat eso era. Pero entonces vi algo que me llamó la atención y acabó encogiéndome el alma, arrugándola y rompiéndola a trizas. Davis estaba allí bailando con un tipo de piel dorada, bastante alto y fornido. De inmediato me bajé del alfeizar, sequé mis lagrimas y agarré las pocas cosas que tenía.

En tres horas estaba aporreando como un puto desquiciado la jodida puerta. Si tenía que echarla abajo la echaría. Quería ver a quien siempre iba a amar, a quien creía muerto, al que había llorado destrozado cada amanecer y del cual sólo conservaba una vieja fotografía mil veces manoseada. Tenía que abrazarme a quien amé tanto que lo transformé en lo que somos, en lo que siempre seríamos, porque ese hijo de puta y yo éramos como uña y carne.


Ahora escribo esto desde un hotel en Illinois. Davis ha decidido pasar una temporada conmigo para volver a unir lazos, pero aún así siento ganas de patear al cretino con el que vivía. Siento que ese bastardo hijo de puta me hará sus puñeteros dramas porque estamos juntos. Si bien, siendo absolutamente sincero, me la suda muchísimo lo que ese cabrón pueda hacer o decir. Yo sé que Davis siempre será el chico que conocí.  

martes, 1 de septiembre de 2015

Horror

Este es otro punto de vista de lo ocurrido aquel día. De verdad, me alegro que ocurriera pese a las muertes. Hemos aprendido mucho de ese día.

Lestat de Lioncourt


La música sonaba reverberando entre el millar de ánimas que rugían llenos de una lujuria salvaje, proporcional al espectáculo que se ofrecía en el interior del estadio, en las calles cercanas muchos jóvenes entonaban las mismas canciones que, mediante varios televisores y radios, se ofrecía. Era espectacular. Todos se arremolinaban sintiéndose parte de un momento histórico. Muchos vampiros habían acudidos camuflados como cualquier otro muchacho ídolo de una supuesta figura cargada de seducción, misterio y horror. Aquel travieso vampiro, el cual había logrado sobrevivir a diversas aventuras, se había encargado de cumplir su promesa con unas dudosas medidas de seguridad. Se había empeñado en lograrlo y nadie podía negar su capricho; ni siquiera pudo negárselo su propia madre o su eterno compañero, el cual se hallaba entre bambalinas, que, sin duda alguna, era culpable de aquel desenlace.

Me había desplazado hasta el lugar fascinado por las canciones que él transmitía. No deseaba decirle a mis compañeros cuánto deseaba verlo en persona. Reservaba mis anhelos en el interior de mi corazón, tan oscuro como mi alma y mi propio tono de piel. Deambulaba por las aceras junto a Killer, mi creador, que no paraba de parlotear sobre el increíble momento que estábamos viviendo. Él sabía que ésto sería una brecha en nuestro mundo y, por supuesto, creía que íbamos a ganar bastante con lo que sucedería.

Entonces, de la nada, todo empezó a ir mal. Cientos de jóvenes, tan jóvenes como yo, empezaron a arder frente a nosotros. Se convirtieron en bolas de fuego que gritaban despavoridos frente a los ojos de los ingenuos mortales. Dentro también se escucharon gritos de horror, palabras de desesperación, suspiros finales y lágrimas de pánico. Las puertas de salida, así como las de acceso, se llenaron de jóvenes de todas las especies, mortales e inmortales, intentando salir de aquel matadero. En el cielo, como si fuese un ángel de la muerte, apareció una hermosa figura. Por las descripciones del libro, y de las canciones, supe que era la Reina Akasha, aquel ser inmóvil que parecía una hermosa escultura.

Killer desapareció de mi lado, una tormenta de despavoridos jóvenes lo arrollaron mientras yo me agachaba, sollozando y rogando mi salvación. Pero alguien, un hombre bien vestido, tiró de mí. Al estar junto a él noté que su cuerpo era tan duro como el cemento, al contemplar sus ojos profundos vi un alma vieja. Era uno de esos milenarios. Decían que no existían vampiros tan viejos, tan sólo un puñado, pero uno de ellos me había retenido como si fuese un Mesías salvando a una de sus ovejas descarriadas.

—No temas—dijo cuando comprendió que aún estaba en estado de pánico.

A mi lado cayó un muchacho, no tendría más de cien años en La Sangre, envuelto en llamas que pronto se convirtió en una mancha oleosa, oscura y pegajosa. Sus ropas quedaron pegadas a la mancha, como si la absorbiera. No muy lejos explotaba el cráneo de otro chico y, a unos metros, dos muchachas morían aferradas una a la otra. Ella sobrevolaba la noche de Lestat, la noche del rock vampírico, convirtiéndola en un infierno terrenal. Pero aquel vampiro me tranquilizó. Convirtió el pánico en un remanso de paz, los gritos se alejaron y sólo escuché su suave, aunque varonil, voz que me compadecía mientras nos alzábamos por los cielos.

—Yo te cuidaré, Davis—había leído mi nombre mientras me aferraba a su cara americana—. Ella no podrá alcanzarte. No creo que sea capaz de dañarme—sonrió y yo me desplomé en sus fuertes brazos, tan fuertes como los milenios que había logrado dejar atrás.


Él era Gregory. Desde entonces camino a su lado. No pienso irme de su casa, ni olvidar lo que ha hecho por mí. Sin embargo, ahora puedo compartir mi tiempo con Killer, que logré hallar vivo décadas después, y con otros inmortales. Pero, sin duda alguna, a quien admiro y respeto es a éste milenario que fue uno de los guerreros más destacados de la guardia real de la Reina, su antiguo amante y posible padre de su único hijo varón, Seth.  

lunes, 22 de junio de 2015

Viejas noticias

La próxima semana tendrán más información sobre este hecho, así como una entrevista a Armand. 
¡La Voz de la Tribu no debe ser callada!


Lestat de Lioncourt

Habían decidido salir del lugar de reuniones habitual. Benjamín se había quedado en el edificio que había adquirido Armand en la ciudad. Se alejaban aceleradamente en un flamante deportivo. Molloy conducía imprudente, como en décadas atrás cuando era todavía un simple periodista, mientras que Talbot intentaba concentrarse en los documentos que había logrado gracias a sus contactos, cada vez más estrechos, con la vieja orden que él mismo había dirigido. El tráfico estaba intratable en algunas manzanas, pero cuando llegaron a las afueras el vehículo parecía una bala recién disparada.

—Cuando llegues a la próxima gasolinera estaciona, por favor—David ni siquiera había despegado su vista de los documentos.

Aquellos papeles eran parte de una historia que conocía de primera mano, aunque no la vivió como vampiro. En aquellos años todavía era un humano, aunque con ciertos conocimientos sobre el vampirismo. Tenía el cabello plateado, el rostro lleno de arrugas, unas manos algo torpes y un cuerpo que comenzaba a sentir el peso de los años. Había sobrevivido a años de entrega a una orden que lo había sido todo, pero en aquellos días las noches se volvieron más intensas y se convirtieron en un espectáculo digno de una película de acción. Los informes sobre vampiros se acumulaban en su pequeño escritorio, Jesse Revees había encontrado el diario de Claudia y tuvo encuentros con su fantasma, y Lestat de Lioncourt aullaba por la radio sus populares éxitos de rock and roll.

—Sí—respondió sujetando con decisión el volante.

El retrovisor mostraba una ciudad de Nueva York en calma, llena de tráfico y luces estridentes. Pronto encontrarían la primera estación de servicio, en la cual abandonarían el coche para seguir su viaje por los aires. Debían visitar San Francisco aquella misma noche. Era necesario reunirse con una vieja compañera que había trabajado para el periódico donde él tenía la columna. Hacía décadas que no había entablado relación alguna con ella. Se encontraba ansioso. Según le había informado poseía algunos documentos sobre los hechos y tenía un problema en su viejo apartamento, del cual no había logrado deshacerse.

La estación de servicio tenía un pequeño restaurante, así como un pequeño supermercado, sólo dos vehículos estaban aparcados. Uno de ellos repostaba, el otro estaba sin ocupantes. El dueño de la gasolinera se encontraba en el interior vigilando a dos jóvenes que habían entrado a comprar algunos refrescos, dos de sus empleados estaban en el puesto del restaurante de comida rápida y otro más, el que se dedicaba al repostaje, se encontraba conversando con la joven que, con cierto descaro, coqueteaba con él acariciando su largo cabello negro.

El flamante deportivo descapotable fue presa de miradas de todos los que allí se encontraban, pero pronto perdieron el interés. David descendió primero, acomodando bien los documentos en una cartera de piel negra, Daniel se acomodó los pantalones y echó el seguro del coche. Ambos echaron a caminar, como si discutieran, se marcharon por la carretera y llegados a un punto, donde sólo eran dos figuras desdibujadas, se abrazaron y se alzaron por los aires.

En menos de unas horas se hallaban en San Francisco. Ella les esperaba cerca del estadio. La reconoció pese a los más de veinte años que no cruzaban mirada alguna. Vestía mucho más formal que en los años ochenta, tenía un elegante traje blanco muy sofisticado. Su cabello, que siempre fue largo y rubio, estaba bastante corto y era de un tono más oscuro. Pero su rostro, siempre enigmático, poseía los mismos rasgos que él una vez había amado en secreto.

—Hellen—dijo con la voz tomada por la emoción del momento.

Ella lo miró incrédula. Había escuchado su voz, la cual se había mantenido joven y vital, pero su aspecto hizo que la sobrecogiera. Aquellos jeans desgastados, esa camiseta blanca ligeramente arrugada y el cabello rubio, revuelto y espeso era la imagen que siempre había tenido. Era un muchacho, el mismo muchacho con el cual conversaba en las arduas jornadas del periódico. El hombre que le acompañaba le suscitaba ciertas dudas. También era joven, atractivo y tenía una mirada sosegada que la calmaba. Sin embargo, era demasiado estirado. Vestía un traje oscuro, con una camisa también oscura y una corbata a juego. Por su aspecto juraba que era un hombre de negocios, un abogado o banquero.

—Él es David Talbot, un amigo que está familiarizado con los problemas de tu apartamento—comentó con una ligera sonrisa—. Me alegra verte tan...

—Vieja. A tu lado me veo vieja—dijo—. Los documentos son estos, no he tenido valor para escucharlos hasta ahora. Son cintas que grabó Eric Levinson, mi prometido por aquellos días.

—¿Por qué no ha sido él quien ha contactado con nosotros?—interrogó tomando la caja, de simple cartón marrón, que le tendía.

—Porque falleció, Daniel—respondió intentando mantenerse entera—. Aquella fatídica noche falleció. Todos dicen que fue un atentado terrorista, otros que fue error en los fuegos artificiales del evento. Sin embargo, aquí se escucha otra cosa—no sabía como calificar las grabaciones—. Otra cosa distinta.

Molloy abrió la caja y vio una cinta de cassette, una vieja grabadora y una cámara de fotografías. También había un sobre, donde supuso que estarían las fotografías que habían tomado. Él revisaba todo aquello mientras Talbot mantenía la mirada con la joven.

—Habla de un ser sobrenatural que provocaba los distintos incendios, los cuales fueron calificados por algunos científicos como muestras irrefutables de la existencia de vampiros. Sin embargo, usted nunca creyó esos informes, pese a haberlos leído y revisado miles de veces, pues le parecía absurdo.

Su tono de voz y su forma de expresarse había logrado llamar la atención de la mujer, aunque aún más al sentir que le había leído la mente o al menos espiado. Ella tembló apretando sus manos y asintió ligeramente.

—¿Su apartamento queda lejos?—preguntó.

—No, sólo a unos diez minutos caminando—dijo observando a Daniel.

Su piel era llamativa. Tenía una piel lechosa que realzaban sus ojos violetas. Aquel pelo rubio, tan revuelto, parecía brillar bajo las luces del alumbrado del estadio. Él había estado allí. Salía en aquel vídeo. Estaba junto a un joven de cabellos rojizos, mucho más pálido que un ser común, y parecían rugir como si fueran animales. También aparecía un hombre de rasgos árabes llevándose por los aires a un muchacho afroamericano. En aquella cinta, narrada con todo lujo de detalles, hablaba de un desastre de proporciones bíblicas. Las fotografías eran reveladoras. Había cientos de seres en llamas gritando a los cielos nocturnos.

—Bien, vayamos—respondió Talbot.

—No. Sé que sois... Os oí en la radio... pensé que era tan sólo teatro... un modo de ganar dinero... ¡No os acerquéis a mí!—balbuceó y echó a correr.

Pronto se perdió entre la multitud. Molloy quedó con su caja entre sus manos y Talbot simplemente suspiró. No podían ayudarla si ella huía de ese modo. Ambos se perdieron también, pero entre calles más desiertas, y decidieron volver a la gasolinera. Tuvieron que parar a mitad de camino, pues amanecía. A la noche siguiente, cuando regresaron a la radio, Benjamín les esperaba deseando escuchar aquel viejo documento sonoro y poder ver con sus propios ojos las fotografías de Armand, Davis y otros inmortales.  

miércoles, 6 de mayo de 2015

Senado vampírico

Marius es quien tiene el poder sobre las normas. He decidido darles a todos un trabajo. Unos serán quienes comuniquen, otros quienes colaboren con libros de normas para vivir y sobrevivir, habrá quienes tan sólo tengan que ayudar a mantener la paz... Marius es para mí un padre. Él debe crear las normas. 


Lestat de Lioncourt


Siempre he pensado que vivir bajo unas normas nos ofrecía ciertas ventajas. Cuando he tenido bajo mi techo a jóvenes pupilos, u otros compañeros más antiguos, he rogado que cumplieran las leyes con las cuales he regido mi vida. Es cierto, que he roto reglas. Sin embargo, lo hice por amor y necesidad. No me siento del todo orgulloso, pero acepto que fue la mejor decisión que he podido llegar a tomar. En estos momentos, tras la reunión de la corte, toda la tribu tiene las normas con las cuales he convivido durante milenios. Son parte de mi. Puedo decir que nuestro mundo posee un trozo de mi alma muy importante.

Sin embargo, me siento angustiado. Lestat parece haberse alzado como un gobernante justo y aplicado. Mis ojos se llenan de lágrimas cuando lo contemplo. Quizás es esa la sensación de los iluminados por un Dios benevolente. Tal vez. Jamás lo comprenderé, pues desconozco la veneración hacia ese tipo de pensamientos para nada prácticos. Pero, en el fondo, siento grandes temores. Dentro de él convive un ser que quiere aprender y comprender. Temo el día que no sea suficiente el cuerpo de mi viejo discípulo, el cual ha llegado a ser un coloso entre los nuestros.

Todos parecemos civilizados. Hemos perdonado a los asesinos de nuestra amada Maharet y su poderoso guardián Khayman. Nuestros ojos se han llenado de lágrimas recordando a Las Gemelas y al hombre que las custodió con cada partícula de su alma. Lestat pidió un minuto de silencio en nombre de los caídos en las Quemas. Amel se sentía terriblemente apesadumbrado, pues según Lestat él no quería causar tanto daño. Sin embargo, sentía dolor y un horror terrible.

Estar reunido junto a todos, compartiendo mis confidencias y sabias palabras, me ofrece una paz que jamás había experimentado. Por primera vez puedo decir que me siento un hijo digno de los Milenios, pues estos me han dado la capacidad de conocer a las hermosas criaturas que me rodean. Incluso Everard me ha tomado del hombro derecho, apretando ligeramente con sus largos y delgados dedos, mientras sonreía al escuchar las normas que escribí en su compañía. Ya no guardamos rencor. La hora de las hachas y el fuego ha terminado. Al menos eso quiero creer. Deseo pensar que la paz ahora gobierna junto a todos nosotros.


La música suena. Notker y los suyos hacen maravillas mientras todos bailamos. Armand parece más hermoso que nunca. Pandora disfruta conversando con Flavius y Arjun. Daniel baila desenfrenado junto a Davis y el texano de Killer. Sevraine, junto a las demás mujeres, conversan en un rincón mientras Louis discute en murmullos con Lestat sobre temas banales. Rose y Viktor están espléndidos. Me siento extasiado ante la belleza de ambos jóvenes. Benji intenta filmar todo para crear un vídeo escueto y propagarlo por todo Internet. Me siento vivo. Sin embargo, como he dicho, una ligera angustia atenaza mi corazón y tengo miedo. Tal vez siento que todo ésto puede desaparecer.  

martes, 16 de diciembre de 2014

Frío navideño

Armand dejando constancia que quiere amor. ¡Pues que deje de torturar a todos!

Lestat de Lioncourt


Las calles parecen distintas desde hace algún tiempo. Tienen una melodía nueva. Quizás soy yo. Tal vez me estoy volviendo más detallista. No lo sé. He encontrado nuevos detalles que jamás había visto. Es como si el mundo hubiese tenido un velo, una pequeña capa similar a una nebulosa, que me hubiese impedido ver todo tal cual era. Las luces de los comercios, sus elegantes y llamativos escaparates, se muestran muy atractivos para las últimas compras navideñas. Cientos de personas, humanos todos ellos, caminan despreocupados sobre cualquier guerra que se propague en las terribles sombras.

La humedad se condensa. El vaho sale de los labios de todos aquellos que me cruzo. Mis manos están congeladas, pero me gusta llevar las manos sin las ataduras cálidas de unos guantes de cuero. Lejos de la vida social opulenta en los callejones hay quienes mueren de frío. No muy lejos de uno de los mayores centros comerciales puedes ver a gente sin mucha fortuna revolviendo contenedores, buscando algo que llevarse a la boca o que abrigue su cuerpo.

Ayer hice mi acto de caridad. Mi buena obra.

Todo comenzó hace algunas noches. Me encontraba en mi apartamento, con la calefacción centralizada provocando que mis mejillas mantuvieran el calor de mi última víctima, la televisión parecía parlotear sin más mientras Sybelle y Antoine practicaban nuevos villancicos que habían escuchado en un supermercado cercano. Benji había decidido salir. Louis llevaba semanas fuera del apartamento, pues había decidido ir a encontrarse consigo mismo y Lestat. El viejo diálogo de una conocida película provocó que prestara atención.

«Les daré un pronóstico para el invierno: será frío, oscuro y durará... el resto de sus vidas.»

Bill Murray aparecía en escena con su típico micrófono mientras miraba a cámara. Era un hombre derrotado. Aquel sueño de invierno estaba durando demasiado. Un sueño que era pesadilla. Un hombre atrapado en un día aburrido que no deseaba, pero que empezó a sentirlo como parte de sí mismo. Conocía bien esa película. Sabía su final y cada uno de sus discursos. Andie MacDowell se veía hermosa. Ella parecía un ángel en mitad de aquel pueblo nevado. Mis ojos castaños se concentraron en la nieve amontonada en las calles, en ese invierno que estaba durando demasiado. De repente recordé la escena donde el mendigo moría una y otra vez, sin que él pudiese hacer nada. Por mucho que le diese algo de abrigo, dinero o lo llevase pronto al hospital. El hombre moría. Era como una premonición. Le decía que aunque ese día ocurriese siempre no significaba que fuese un día común.

Decidí incorporarme, arrastrar mis pies hasta el perchero y tomé mi abrigo de plumas azul marino. Me coloqué uno de los gorros de lana, la gigantesca bufanda y metí en mis bolsillos un puñado de billetes. Desconocía que se había apoderado de mí. Quizás algo me gritaba que saliese de aquel lugar, tan cálido, y me enfrentase a la realidad. Muchos habían muerto y no me importaba, ¿por qué? Mataba a decenas cuando los veía en mis calles, ¿pero era mi ciudad? ¿Conocía Nueva York como creía?

Caminé durante un largo rato. Me crucé con varios grupos de personas. Era ya tarde, casi las once, pero parecía que muchos aún apuraban las últimas horas de un Black Friday que parecía ser el último de sus vidas. Entonces, como si fuese un milagro, escuché una tos fuerte y el castañeteo de dientes de alguien que se congela. Me giré ligeramente hacia la derecha y en un callejón, olvidado del mundo, había un hombre de unos setenta años. Rápidamente me convertí en Phil Connors, interpretado por Bill, levantando al hombre para colocarle el puñado de billetes en la mano. Sin embargo, un vampiro reconoce el hedor de la muerte. Ese hombre moriría pronto.

Como buen cristiano le di una muerte rápida, indolora y en mi compañía. Eso sería mucho más de lo que él esperaría. Un hombre olvidado por su familia, desahuciado del mundo por ser pobre, alejado de la sociedad únicamente porque no tenía hogar, moría en mis brazos dando su último suspiro como Jesucristo cuando se hallaba en la cruz.

Puede que no me interese ya lo que ocurra a vampiros jóvenes e incapaces de protegerse a sí mismos. Sin embargo, ¿puedo decir lo mismo ante las desgracias de aquellos que sufren, o sufrieron, del mismo modo que yo? No lo sé.

Hoy camino por las aceras buscando a Davis. Sé que ese hermoso vampiro de piel oscura y pies ligeros, tan ligeros como lo fueron en su día de bailarín, se encuentra en las calles observando a los jóvenes mortales crear arte urbano, moviéndose de un lado a otro sin rumbo fijo, y yo, como si fuera un estúpido niñito, quiero un abrazo aunque sea suyo y prácticamente no nos conozcamos de más de unas noches.


«¡Hey! ¡Davis! ¡Te estoy buscando!»

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt