Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 1 de diciembre de 2015

Fanfic ESPECIAL DICIEMBRE

A mediados de Diciembre y finales del mes, por supuesto, tendrán otros dos memorias especiales. En total serán tres. Memorias, señores, memorias... Hay que contar lo que sucede, ¿no?

Lestat de Lioncourt 


Durante los últimos treinta años, aproximadamente, habíamos vivido un revuelo mediático importante. La primera vez que se habló de nosotros como criaturas existentes y dolientes, que alguien nuevamente alzaba la voz hablando de nuestras virtudes y defectos, como algo más que seres fantásticos, diciendo que éramos parte de éste mundo, fue con Louis de Pointe du Lac. Él rompió el silencio, pero se quedó su grito ahogado en murmullos desperdigados por el tiempo y los tugurios de mala muerte.

Muchos jóvenes se reunían en diversos lugares del mundo, los cuales eran como su refugio, cientos eran salvajes y atacaban a otros de forma libertina. No había reglas. Nadie sabía nada sobre las reglas necesarias para la convivencia, las cuales había ofrecido a Lestat hacía siglos. Louis no las transmitió porque era un desconocedor de ellas, igual que el resto. Llegué a pensar que hice mal al ocultarlas y rogarle al que fue mi pupilo por escasas horas, debido a sus imprudentes actos, que no las ofreciese tan a la ligera. Si bien, Armand sabía algunas también, pero su transmisión quedó corrupta y olvidada. Era algo del pasado, añejo y deslucido. Nadie seguía reglas algunas, ni siquiera las suyas propias, y los inocentes caían como moscas.

Cuando Lestat apareció en la prensa, escrita y audiovisual, creí que debía aparecerme ante él para increparlo. Sin embargo, algo en mí, rogaba que siguiera su show. Aquel número lleno de palabras seductoras, movimiento erótico de caderas y aullidos similares a los de un lobo herido, me dieron una idea de lo importante que era transmitir a las nuevas generaciones lo que sucedía. Me había quedado anticuado. Aquel idiota, lleno de grandes sueños y esperanzas, gritaba a los cuatro vientos que era un vampiro. La noche de su concierto fue la sentencia de muerte de cientos de jóvenes, los mismos que muy posiblemente estarían encantados de decir que dieron muerte al gran Vampiro Lestat.

Desde entonces tenemos una cruz que llevamos a cuesta. Sus aventuras se venden por cientos de miles en todo el mundo, se han traducido a numerosos idiomas, los jóvenes mortales lo tienen como una esperanza y un ejemplo de triunfo a pesar de no creer ni una sola palabra, por supuesto, del supuesto vampirismo que representa. Seguimos siendo un mito pese a todo. Las diversas guerras, y enfrentamientos, como problemas puntuales que hemos vivido no son nada, no han tenido repercusión alguna y no se ha informado adecuadamente en los medios de comunicación. Nosotros, los vampiros, tenemos celo ante la opinión pública y el exceso de conocimiento de los mortales. Dominamos muchas empresas, poseemos tentáculos en cualquier empresa gubernamental y podemos extorsionar a políticos de todo tipo. Hay, sin duda alguna, una mafia con colmillos dispuesta a todo. Aunque ahora queramos comunicarnos, pues Lestat ha pedido a Benjamín que él sea quien la difunda, tenemos especial cuidado sobre nuestras palabras y acciones.

Por mi parte, por supuesto, gozo de las noches más embriagadoras que conozco. Suelo pasearme por las calles más concurridas sintiéndome más seguro, aunque ligeramente agotado. Ya no soy el sabio que creía que era, pues me he dado cuenta que sigo siendo un niño estúpido soñando con ser un pensador reconocido. He llegado a ser como Sócrates totalmente descreído de mi conocimiento, pero también soy como Kant que creo que la filosofía no se estudia sino que se desarrolla. Y nosotros, los vampiros, tenemos una filosofía de vida, unas reglas y una historia que seguir desarrollando mientras meditamos y ofrecemos al resto nuestra mejor imagen.

La ciencia ha empezado, sin duda alguna, a cobrar cierta importancia. No sólo somos transmisores de verdades, sino también de nuevos conocimientos. Más de un vampiro se había hecho con negocios relacionados con la ciencia. Vampiros como el anciano Gregory Duff Collingsworth, que poseía un imperio farmacéutico increíble, o el cabal y brillante Faared Banshali, un científico que había logrado hacer numerosos injertos a vampiros y crear dosis perfectas para impulsar nuestros deseos sexuales dando a lugar, de ese modo, a Viktor Lioncourt. Si algo tenía claro es que todo era posible en éste mundo de tecnología, ciencia y razonamiento. Ahora sí existía un Dios y se gestaba en los laboratorios de todo el mundo.

Por mi parte, por supuesto, me dedicaba a la vida hedonista y contemplativa que siempre he amado. Mis empresas son galerías de arte, invierto en nuevos talentos y me dirijo siempre a museos para poder colaborar como restaurador de diversas piezas de gran valor. Nadie conoce bien esa faceta mía, pero no me importa. Tampoco conocen mis empresas dedicadas al cine o actos menos relevantes. ¿Y qué? No importa. Disfruto de las fiestas, me involucro con la vida más placentera que es recrear el alma con la belleza pragmática de un óleo, y nada más.

Hace unas noches me encontraba en Nueva York. Había decidido visitar aquella sede porque pronto nos reuniríamos todos allí, del mismo modo que lo habíamos hecho hacía algunas noches en el reconstruido palacio de Auvernia. Lestat solía hacer dos o tres reuniones mensuales, las cuales eran para aceptar propuestas, tener nuevos informes sobre los jóvenes desaparecidos o los que estaban apareciendo asustados, confundidos y heridos. También, por supuesto, solía hablar de su nuevo libro y nos intentaba convencer que todo iba bien, sin sobresaltos.

Como decía, me había desplazado hacia Nueva York. Hacía algunos meses que no pisaba Brasil y había decidido estar más activo a la hora de contactar con el resto. Admito que las nuevas tecnologías son aberrantes para mí, por muy interesantes y rápidas que parezcan. No soy como Lestat que desea aprender forzosamente. No. Yo no soy como él. Me gusta recibir cartas por correo ordinario y enviarlas del mismo modo. Se puede decir que amo ese tipo de cosas sencillas que me hacen sentir contacto con la vida.

Estaba allí, en aquella horrible ciudad llena de edificios nuevos cargados de almas insulsas o desquiciadas, intentando concentrarme frente a un lienzo en blanco. Me había recluido en una de las habitaciones de aquel edificio. Armand, por el cual siento todavía amor y respeto, había elegido los muebles y la decoración con una exquisitez terrible. Quién iba a decirlo de aquel muchacho que rescaté, pero que cayó en las garras de aquella deprimente, estúpida y cruel secta. Él seguía teniendo pasión por el arte, devoción por la belleza y se dejaba llevar a veces por la tecnología. Jamás he visto nunca mezclar lo nuevo con lo viejo como en éste edificio, el cual poseía grandes comodidades tecnológicas al servicio de hermosos frescos, elegantes muebles restaurados y frondoso jardín interior.

Bianca me había acompañado en silencio durante algunos minutos. Todavía no habíamos conversado como ella quizás esperaba. Desconocía si quería, o no, pedirme disculpas por su mala jugada. Si bien, conociéndola, sabía que no lo haría. Si yo era orgulloso y terco, ella lo era mucho más. Su belleza, sin duda alguna, seguía siendo la misma y, por supuesto, su alma era aún rebelde, apasionada y comprometida con sus ideas. Aún así notaba una tristeza infinita y profunda en ella. Por lo que supe, aunque no de sus labios, perdió a su compañero, al que realmente amó con toda su alma, y eso la marcó terriblemente desde ese momento.

Sin embargo, quedé a solas. Podía escuchar al resto conversar animadamente en el piso superior, junto a la música de Sybelle y aquel músico llamado Antoine, mientras Gregory reía y Avicus aplaudía como un niño pequeño ante las ocurrencias de unos y otros. Sin duda, aunque me pese, me estaba convirtiendo en un ser ligeramente huraño en ocasiones. Sólo quería sacar de mi cabeza la imagen de Pandora, la cual estaba allí reunida con aquel patético príncipe hindú que se había convertido en su sombra. Necesitaba mostrar mis sentimientos sin hacer daño a nadie. Daniel no me necesitaba, pues conversaba con Jesse Reeves y David Talbot en uno de los sofás de cuero de otra de las salas. Nadie había reparado en como me había escabullido, bajado las escaleras de mármol y encerrado en aquel estudio.

A mi alrededor había numerosos recuerdos de unos y otros, era como un pequeño trastero donde iban dejando algunas pertenencias que usaban durante las reuniones. Había abrigos de Bianca, bolsos de Sybelle, zapatos de varias de las damas que nos acompañaban, un maletín elegante y muy sobrio de Gegory, varios enseres de Fareed y Seth, un baúl de Viktor y Rose, varias cajas sin abrir de productos informáticos que había adquirido Armand y otros enseres que, por supuesto, ni me interesaban. Pese a lo revuelto del lugar todo tenía un orden. Incluso había un orden en los libros ajados, mil veces manoseados, de David Talbot. A mí lo que realmente me interesaba era la vista que había hacia el jardín. Había una enorme cristalera de marco de madera que daba al jardín interior, el cual poseía enredaderas hermosas y numerosas plantas que embriagaban con su aroma.

Tomé la paleta entre mis manos, y al alzar la vista, me vi reflejado en un espejo mediano que allí se encontraba. Yo, el demonio de las pinturas, con aquella ropa tan similar a la de otra época, de mi color favorito, y con mis habituales sandalias. ¿Realmente habían pasado más de dos milenios? Era absurdo. Aunque ahora tenía menos arrugas, por culpa de la sangre inmortal y los cambios drásticos en mi cuerpo, y el cabello ligeramente más claro. Por lo demás, claro está, seguía siendo aquel imponente romano de madre celta. Durante unos segundos, aunque muy breves, me pregunté si realmente Mael estaba muerto como decían. Yo sabía que ese imbécil estaba vivo y de verme así, vestido como cuando nos conocimos, se hubiese echado a reír diciéndome que vivía en el pasado. Ah, las viejas rencillas... eso y pintar a Pandora, durante horas y horas, era lo que más extrañaba.

Hacía algunos meses que sólo era capaz de pintar paisajes, personas desconocidas y algunos frescos similares a los de cualquier iglesia. Me hartaba ese arte. Todo arte tiene una belleza, pero no comprendía porque era incapaz de pintar lo que mi alma necesitaba. Fue como en 2013, hacía unos años, cuando sólo podía pintar lirios, rosas y enredaderas trepadoras. Amel había tomado el control de mi mente, de mis pensamientos y mi arte, y eso me había llegado a enfurecer. Sin embargo, la furia y el miedo se habían diluido como un terrón de azúcar en una taza de café caliente.

Entonces, cuando me disponía a concentrarme, ella entró sin llamar. Vestía un traje arrebatador en color guinda, el cual se ceñía a su estrecha cintura, y resaltaba su piel pálida. Tenía el cabello negro suelto, cayendo sobre sus hombros, y las joyas que lucía no restaban brillo a sus ojos oscuros. Hermosa, como siempre, y fuerte, como nunca, me miró con una sonrisa pintada en carmín. Deseé besarla, pero decidí mantenerme cauteloso.

—¿Qué deseas?—pregunté—. ¿Vienes a reprocharme que no hago lisonjas a tu querido compañero?—aquello provocó que su rostro se endureciera.

—No, venía a preguntarte si querías unirte a nuestra conversación, con el resto de amigos, pero veo que tu amargura sigue siendo tan eterna como tu estupidez—dijo alisando la falda de su vestido, aunque no veía arruga alguna.

—¿Yo soy un amargado?—dije arrugando la nariz—. ¿Cómo te atreves a decirme eso?—murmuré lleno de rabia, aunque me concentraba para aparentar normalidad. Si bien, mis ojos azules seguramente centelleaban.

—Tan amargado como tu amigo el druida, que por cierto ¿has averiguado si sigue vivo? Pues en tus crónicas afirmabas que lo estaba, llenando de esperanzas a la pobre Jesse, y ahora, claro está, no se debe dar más disgustos a una criatura que ha padecido tanto. Aún todos lloramos la muerte de Maharet, su gemela y Khayman—giró su rostro hacia el jardín, donde se hallaban las tumbas de aquellos pobres desdichados, para luego mirarme a mí a los ojos—. Dime, ¿lo has hecho? ¿O fue tan sólo otra de tus mentiras e incoherencias intentando llenar tu ego?

—¡Basta!—dije furioso tirando la paleta al suelo—. Yo que me he refugiado aquí, como una alimaña, intentando encontrar inspiración en mis recuerdos, mis sentimientos que aún hoy brotan por ti, para crearte un magnífico retrato y tú, maldita mujer, te dedicas a insultarme como siempre. Jamás debí haber llorado tu partida.

—¿Mi partida?—murmuró apretando sus pequeños puños, logrando que se tensara. Sabía que la discusión, como una tormenta violenta, se avecinaba— ¡Serás cínico! ¡Tú me dejaste abandonada! ¡Y lo hiciste dos veces!—empezó a gritar mientras su ceño se fruncía, su mandíbula se endurecía y me miraba como a sus víctimas antes de arrancarles el corazón.

—¡La segunda no fue intencionada!—dije girándome por completo hacia ella, provocando que mis perfectos cabellos cayeran ligeramente sobre mi frente. Movía mis brazos, mi cabeza y todo mi cuerpo porque la ira y la rabia vibraban encolerizadas dentro de mí.

—¡Vaya! ¡Así que admites que la primera sí lo fue!—otro reproche directo.

El pasado, como no, siempre era un arma de legítima defensa para ella. Un arma cruel que solía usar con las artes típicas de una mujer. Si una mujer no te lanza en cara, en cualquier lugar y sin motivo, una de sus quejas date por seguro, amigo mío, que eres un hombre afortunado. Os lo aseguro. Además, las mujeres siempre buscan cualquier pequeña discusión para doblegarte, someterte a sus caprichos y convertirte, como no, en un muñeco entre sus manos. Sin embargo, hay que ser inteligente y saber mantener la calma... cosa difícil.

—¡Fue por el bien de todos!—grité en respuesta.

—¡Fue por tu miedo al compromiso!—dijo acercándose a mí con una elegancia, así como un deseo terrible de abofetearme— ¡Admítelo, maldito idiota!—gritó estrellando la palma de su mano derecha, pequeña y rápida, en mi rostro.

—¿Me estás llamando idiota?—dije tomándola de las muñecas, pues sabía que era capaz de arañarme con sus puntiagudas uñas.

Todos los vampiros tenemos unas uñas tan fuertes y cortantes como navajas, podemos atravesar la piel y cortar la vena de cualquier mortal. Inclusive podemos atravesar el cuerpo de estos, arrancarles el corazón y beber de sus diversos vasos sanguíneos.

—¡Si quieres te llamo imbécil, una definición más acorde!—se movía intentando librarse de mí, pero yo no iba a permitir que lo hiciera.

—¡Pandora, te exijo que te disculpes!—había fruncido el ceño y sentía ese bofetón, tan fuerte y conciso, como una patada en mi orgullo.

—¿Tú y quién más? ¿Tu ego y tu látigo?—dijo con una sonrisa maliciosa— ¡Responde!

La solté de inmediato, provocando que diese un par de pasos hacia atrás, pero cuando intentó encontrar la salida, pues huía completamente indignada, la atrapé pegándola contra la puerta. Mi frente quedó contra la suya, mucho más pequeña y estrecha al igual que su cuerpo. Cubrí gran parte de su figura con la mía, noté sus manos pegarse a mis brazos e intentar apartarme, pero no pudo. La besé como hacía siglos que no la besaba. Mi boca atrapó la suya con hambre insaciable, y mi lengua, rápida y desenvuelta, agarró la suya convirtiendo el beso en una danza brutal entre ambos.

En las diversas plantas, como en el hall de entrada, se hallaban diversos compañeros riendo, conversando, haciendo sus menesteres o simplemente divagando en sus pensamientos. Y nosotros, como no, estábamos allí encerrados en un momento de pasión inusitada.

Tiré de ella, como si no pesara nada, y busqué entre los enseres de Fareed sus milagrosas agujas. Había frascos color turquesa y aguamarina. Sabía que los turquesas eran para las hembras, así que sin más, y aunque ella se resistía, apliqué una fuerte dosis de estrógenos y andrógenos. Ella, en ese momento, me miró confusa y me golpeó el torso a la altura del pecho. Sin embargo, no dijo ni hizo nada segundos después cuando le arranqué la ropa con furia.

Quedó desnuda, con sus senos de pequeños pezones cafés al aire, y su pequeño monte de venus con aquella minúscula mata de pelo oscura. Allí, desnuda, como la propia Venus salida de las aguas, me miró confusa y perdida. Sin embargo, se abalanzó a la caja y agarró una de las agujas turquesas inyectándome a la fuerza.

—Si creías que el único que iba a sufrir consecuencia era yo, estabas equivocado. Aquí los dos vamos a rendir cuentas—dijo antes de golpearme fuertemente el rostro otra vez, lo cual hizo que la empujara contra una de las diversas alfombras extendidas que tenía la sala. Alfombras nada baratas, pero deslucidas por el paso de los años.

Su cuerpo denudo llamó al mío, por eso mismo me deshice de mi túnica y caí rendido sobre ella. No suelo llevar ropa interior, salvo cuando debo vestir esas horribles prendas bárbaras que se ajustan tanto a mis pies. Odio los pantalones, las chaquetas y cinturones. Realmente sólo me encuentro cómodo desnudo o con mis túnicas.

Ella allí, arrojada como una fiera herida, me miraba decidida a todo. Sus uñas se clavaron en mis brazos, arañándome y afianzando éstas con fuerza, mientras sus muslos parecían tomar calor. Aquella boca inferior, con sus carnosos labios, pedían que la sometiera con mi hombría. Ella ya me había pedido hacía cientos de años, cuando tan sólo era una recién nacida en éste mundo, que la hiciera mía.

Entré sin preámbulos, el deseo era ciego y el calor que sentía, recorriendo cada parte de mi anatomía, era sofocante. Al entrar en aquella húmeda vagina me sentí apretado, honrado y complacido. El calor era delicioso, la humedad excitante y la estrechez me hacía delirar. Mis manos se aferraron al borde de la alfombra mientras mi boca buscaba la suya. Los besos eran los de dos bestias, mis embistes eran firmes y constantes, mientras ella gemía sin pudor palabras sucias.

No tardaron en acercarse a la puerta, como siempre, con la curiosidad innata en muchos de nosotros. Escuché los gritos de Armand furioso, para luego sentir un silencio terrible. Era la sentencia de muerte de sus sentimientos, de sus viejas ilusiones, y después de eso un ligero sollozo. No comprendía quién podía estar llorando, sin embargo no me interesó. Los pechos de Pandora, libres y de pezones erizados, llamaban mucho más mi atención. Atrapé uno de ellos con mis labios, lo retorcí con mis dientes y mamé de ellos un pequeño trago de sangre. Ella movía su pelvis desesperada, pero cuando noté que estaba a punto de llegar salí.

Rápidamente agarré la caja, tomé las inyecciones y calvé varias en ella. Su mirada se nubló y su piernas se abrieron fogosas, necesitadas, y deseosas de sentir placer. Mis manos, suaves y frías, se hundieron en su vagina acariciando fogosmente su clítoris. Gemía mi nombre y yo jadeaba al contemplarla de ese modo. Tenía el carmín deslucido, el cabello revuelto y los ojos cerrados dejándose llevar. Cuando me incliné para lamer su sexo, mordisqueando sus labios inferiores, pude saborear otras pequeñas gotas de su sangre. Bebía de ella, generando placer y espasmos, mientras que la dosis surtía efecto en su organismo.

En cierto momento volví a escuchar los llantos, ahora eran dos, mientras la puerta parecía caerse a bajo. No me importó. Ella estaba inconsciente en un mundo de placer erótico, casi pueril, mientras se tocaba para aliviarse. La arrodillé frente a mí, agarré del cuello y metí varios dedos de mi mano zurda en su boca. Su lengua comenzó a lamer, conocedora de como ofrecer placer con ella igual que una serpiente que sabe de su peligrosidad, y de inmediato introduje mi miembro ofreciéndoselo desde el glande hasta la base, rozando mis escrotos con su barbilla. La penetré duramente y pude notar como su cuerpo temblaba. En ese momento, cuando la puerta al fin se abrió, mi semilla llenaba su boca manchando su lengua.

Me giré sin importarme nada, sintiéndome triunfador de aquella pelea, pero al ver su rostro manchado de sangre, decepción y coraje me aparté como un criminal arrepentido. Si bien, algo en mí seguía celebrando aquel momento. Armand lloraba, mostrándose ante mí como aquel chiquillo perdido y desolado, mientras Antoine, ese músico delgaducho de cara demasiado dulce, se aferraba a él intentando calmarlo. El tercero en discordia de aquel grupo era Arjun, el cual tenía su traje de gala blanco manchado de sangre. Parecía que no le importaba su aspecto, ni su ropa, sino el dolor lacerante que sentía en su corazón.

Noté como Pandora volvía en sí, recogiendo los jirones de su vestido y cubriéndose, irremediablemente, con una de las cortinas que allí había colocadas. Escuché como se rasgaba la tela y como sus pasos se volvieron apremiantes cuando Arjun salió del marco de la puerta, dispuesto a salir del edificio.

—¡Cómo te atreves a hacer ésto en mi propia casa!—gritó furioso.

—¡Puedo hacerlo donde me plazca! ¡No eres mi dueño, pero olvidas que yo sí lo soy de ti!—no sentía esas palabras, pero indudablemente las dije. Acepto que fueron crueles y poco certeras, deshonestas y desalmadas, aunque ya es tarde para pedir disculpas.

—¡Yo te estuve esperando durante cientos de años, mi amor fue intenso y tú decidiste destruirlo! ¡Ni siquiera me diste el consuelo de una noche contigo! ¡Sin embargo, vienes aquí y tratas como una ramera a Pandora, a la misma que destruiste con tu puñetero orgullo! ¡Eres tan estúpido como los que llevaron al fracaso a tu patético Imperio Romano!—aquel ataque me vino de improvisto. Armand siempre se había mostrado ligeramente sumiso, pero estaba claro que él había cambiado mucho más que yo.

—¡Por qué no te vas a rezar a tu Señor para ver si alguien te ama! ¡Alguien a quien no vuelvas loco y provoques que te deje!—dije con malicia.

En ese preciso instante apareció Daniel. Él me miró sin importarle nada, indiferente. Noté entonces la diferencia entre él y Armand. Daniel Molloy, mi querido periodista, sabía que yo era libre para hacer lo que me placiera, del mismo modo que él se sentía libre para lo mismo. Aquello, sin duda alguna, me hizo sentirme aún más furioso. Los celos me carcomían el alma.

—¡No te atrevas a levantarle más la voz a Armand!—replicó el joven músico.

Su rostro, siempre calmado, se llenó de una furia increíble. En ese instante supe que lo amaba, y lo hacía de un modo que yo jamás había sido capaz de amar a Pandora, Armand, Bianca o a cualquiera de mis creados. Él lo amaba por encima de sí mismo. Podía destruirlo fácilmente, provocando un incendio y achacándolo a una ira desatada, pero no le importó.

De inmediato se interpuso entre mi viejo querubín y yo. Armand se aferró a él, por la espalda, y empezó a llorar ocultando su rostro en la chaqueta de Antoine. Las manos del músico dieron con las de mi adorado Amadeo. En ese instante recordé tantas cosas, todas las buenas y malas, y decidí vestirme. Daniel había recogido mi túnica y me la ofrecía, así que no tuve que buscar demasiado.

Salí de la habitación y vi a Pandora aferrada a su creación, la segunda y última que hizo, acariciando sus cabellos y jurándole que había sido un acto cruel, improvisado y que no se repetiría.

—Amo a Marius, pero somos incompatibles—escuché que decía—. Tú eres demasiado bondadoso y eso, amor mío, todavía me aterra.

—Tú eres mi sueño. Sin ti decidí ocultarme del mundo, pues me faltaba la luz. Era una noche sin luna ni estrellas, un día sin sol en el horizonte, y un jardín convertido en desierto. El mundo, Pandora, se volvió insípido e insoportable—se aferraba a ella, ocultando su rostro en el cuello de ésta, y mi mujer, a la cual nunca le quise dar ese título, lloraba amargamente junto a él.

—¿Qué has hecho, Marius?—murmuré para mí.

Daniel había salido de la habitación quedándose a mi lado, como si quisiera apoyarme en todo momento. Él sabía que había hecho mal, pero no me lo recriminaría. Entendía que todos debíamos aprender de nuestros errores y fracasos. Y yo, como no, debía comprender que jamás podría tener a Pandora por mucho que la deseara. Ella y yo éramos incompatibles, teníamos demasiadas rencillas e impedimentos. Pero, lo que más me dolió, fue ver a ese músico besando dulcemente el rostro de Armand al pasar a nuestro lado.

Eran casi de la misma edad, aunque el creado de Lestat era más espigado. Recordé a Riccardo y me di cuenta que hacía el mismo papel protector, el cual había aceptado Armand por necesidad y amor. Pude ver amor. Sentí unos celos insoportables. Celos por Arjun, celos por la pasividad de Daniel y celos porque Armand pudiese encontrar a alguien mucho mejor que yo. Asumir todo aquello, en esa noche, provocó que me marchara sin decir donde iba.

Caminé por las calles de Nueva York provocando que algunos me miraran, muchos pensarían que había salido de un rodaje tardío de alguna película. El viento gélido cuarteaba mi cara, provocaba que mis manos se congelaran y no sintiera mis pies. Al llegar a una de las calles, cuyo nombre desconozco, encontré a Thorne caminando sin rumbo. Una vez más, en una noche cualquiera, nos tropezábamos. Él se acercó a mí, no yo a él, me abrazó y ofreció dos besos. Después, como no, regresaos conversando a esa maldita sede. Pandora y Arjun ya no estaban, igual que no se encontraba ese ambiente acogedor y festivo, entré en mi habitación y me encerré solo.

—¿Realmente me estoy convirtiendo en un amargado?—dije tumbado en la cama de rojo satén—. ¿Qué puedo hacer? Siento celos por todo, pues sé que no soy el centro de nada... Me siento como Roma a punto de caer, destruido por completo.

Entonces la puerta se abrió, era Daniel, se acercó a la cama y se echó a mi lado desnudo. Su cuerpo delgaducho era atractivo. Sus cortos cabellos rubios rozaron mi mentón mientras apoyaba su cabeza sobre mi torso. Pronto noté sus besos en mi cuello, sus manos contra mis costados y su corazón empezó a bombear a la par que el mío.

—¿Crees que es cierto lo que dijo Pandora?—pregunté.

—Si ella lo dijo es porque así lo cree, aunque no sé bien a qué te refieres—su tono de voz pausado y, ligeramente, melancólico me sosegaron. La respuesta no fue la que yo esperaba, pero era la que bien conocía mi alma.

—Antoine... ese músico...

—Tiene agallas y ama a Armand, pues Armand logró que tuviese todo lo que una vez soñó. Está agradecido y admira poderosamente el alma torturada de mi creador—se incorporó y me miró en la penumbra. Allí, pese a la escasa luz, pude ver sus ojos violetas clavados en mí—. Con el paso de los años he entendido más y mejor a Armand. Somos incompatibles, pero me gusta pasar algunas noches cerca de él. No es como pensaba—suspiró pesadamente y se sentó sobre mis caderas—. Tú aún lo ves como el niño perdido en la secta, el muchacho con la cabeza revuelta de conceptos destructivos, pero no es así. A duras penas cree en sí mismo, pero aún tiene marcado a fuego el concepto de bien y mal. Aunque, Marius, no es un concepto que germinara gracias a Santino, sino un concepto creado cuando era un niño.

Tomé su rostro entre mis manos, deslizando mis dedos por sus mejillas, hasta llegar a su cuello. Era hermoso. Un hombre de unos treinta años, de una vida decadente y bohemia, que se había convertido en un loco en medio de un mundo tenebroso. Nadie daba nada por él. Armand no podía destruirlo, se veía incapacitado para ello, pero a la vez no soportaba tenerlo cerca. Me concedió el honor de cuidarlo, quizás porque se lo debía, y yo me enamoré de él con el paso de los años. Igual que le sucede a muchas enfermeras con sus pacientes, esa compasión infinita se convierte en amor y el amor une más que el odio.

—Te sabes libre para hacer lo que desees, para coquetear con quien quieras, y sabes que yo igualmente lo soy—dije incorporándome entre los almohadones.

—Te necesito, pero no soy dependiente—echó sus manos a mis hombros, para apoyarse y poder inclinarse hacia mí, y me besó. Fue un beso comedido, pero lleno de significado—. Ve a verlo, está en la sala aún. Antoine hace unos minutos que se tuvo que ocultar, pues es demasiado joven—rozó mi miembro con su prietas nalgas y sonrió perverso—. Mañana puedes ser mío, pero hoy puedes ser de quien desees.

Aquella invitación me tomó de sorpresa, pero la acepté. Salí de la habitación, no sin antes tomar mis propias dosis. Fareed nos había hecho llegar a todos un kit con dosis. Todos los meses teníamos varias a nuestra disposición. Él necesitaba saber los resultados, como un pequeño estudio, y nosotros nos beneficiábamos de ello.

Al entrar en la sala principal, donde todos se reunían usualmente, lo encontré sentado en la silla de Lestat, la cual tenía su escudo del león junto a la rosa sangrante. No había nadie más. El resto se había marchado u ocultado en las distintas habitaciones. Él parecía ensimismado, como si no quisiera hablar con nadie más salvo con él mismo.

—Vete—susurró cuando me acerqué—. No quiero verte, pues suficiente has hecho—murmuró.

Me acerqué más, lo levanté de la silla como si no pesara nada y él no opuso resistencia. Sabía que era inútil. Yo era mucho más poderoso que él y podría hacer cualquier cosa ante su desobediencia. Intentó apartarse cuando vio la aguja, como si se resistiera a ser mío. Sin embargo, acabó inyectado al igual que yo. Sin importarme nada, ni siquiera que alguien pudiese encontrarme de nuevo en esa situación, lo abofeteé y le saqué el cinturón de sus pantalones. El mismo cinturón que usé contra su piel, marcándolo durante unos breves segundos.

Él no daba crédito, pero también estaba excitado. Sabía sus puntos débiles. Comprendía sus celos, pues yo también los tenía, pero no los iba a aceptar. Él no tenía porque tener celos de Pandora, pues Pandora era mía mucho antes que él lo fuese.

—¡Por qué!—gritó con cierta rabia.

—Porque las putas como tú, querido querubín, no pueden sentir celos—lo arrodillé frente a mí, como hice con Pandora hacia unas horas, e introduje mi miembro en su boca.

Él atrapó el glande con sus labios, apretándolos con cierta rabia, y su lengua, rápida y húmeda, comenzó a enroscarse jalando de cada milímetro de piel. Succionaba con fuerza y glotonería, engullendo cada vez más mi sexo. Sus ojos, castaños y libertinos, me miraban con deseo y fascinación. La correa volvió a sonar contra sus manos, pues no deseaba que tocase mi cuerpo.

—Las furcias, como tú, no pueden tocar—susurré con rabia.

Acabé tomándolo del pelo, el cual siempre me recordaría al fuego y la sangre, enredando mis largos dedos en sus mechones. Él, quien fue mi devoción, volvía a serlo. Rápidamente lo empujé contra la mesa de reuniones y lo penetré con rabia. Cada embestida sacaba un gemido desgarrador de su garganta, sus manos se aferraron a la mesa y las mías a sus caderas. De vez en cuando hacía sonar aquel trozo de cuero marrón, de hebilla dorada, contra su espalda, sus nalgas, sus hombros y sus costados. Finalmente, como no, acabé usándolo como un collar apretando su garganta.

Las malas palabras provocaron mayor excitación en él, sus caderas se movían desesperadas y mi lengua se paseaba sobre sus heridas lamiendo las minúsculas gotas de su sangre. Él perdía el juicio, quedando a merced de mis deseos, y entonces lo vi entrar a Daniel, absolutamente desnudo salvo por su sonrisa suave. Él vino hacia nosotros, comenzó a acariciar a Armand, para luego ponerse a mi altura y comenzar a besarme. Su boca sabía dulce, igual que el momento que vivía. Me percaté que él también se había inyectado, que estaba erecto y deseoso de atenciones, así que le ofrecí la boca de quien fue su amante y compañero, así como mi criatura. Armand no dudó en succionar su sexo, mientras él tomaba asiento en la silla. Ya no estaba penetrándolo contra la mesa, sino contra el cuerpo de nuestro amante. La silla de Lestat, la que solía usar para mandar al orden, estaba siendo nuestra cama.

En cierto momento noté como el esfinter de Armand se estrechaba, apretando con fuerza sus músculos, síntomas de una inminente eyaculación. Esto provocó que yo llegara dentro de él, en lo más profundo, y al salir se lo ofrecí a Daniel. Aquel periodista, el cual fue torturado por sueños indeseables y una vida de tinieblas, ahora estaba más lúcido que nunca y más desesperado también. Sin escrúpulos introdujo su sexo en aquel cálido y mancillado orificio. Penetró a Armand subiéndolo a sus piernas, dejándolo con su espalda contra su torso, para que yo viera su cara de placer.

Los labios y mejillas sonrojadas de aquella criatura, el cual podía ser un terrible demonio, le daban un toque arrebatador. Parecía el ángel de algún fresco de la cúpula de una iglesia. Su cuerpo, pequeño y manejable, se retorcía y gemía ronco esperando que aquella delicia no acabara. Pero acabó. Daniel dejó derramar su simiente en su interior, quedándose satisfecho, para luego comprobar como la lengua viperina de aquella criatura nos limpiaba a los dos.


Esa mañana nos fuimos a descansar los tres, con los cuerpos enredados entre las sábanas. Pude tener mi pasado y presente sobre mi torso, sin rencillas ni celos. Armand parecía perdido en sus pensamientos a menudo, pero no podía reprocharme nada. Daniel, sin embargo, cayó agotado demasiado pronto.  

2 comentarios:

Ciel Love dijo...

Jujuju. Me pareció muy bien que decidieran hacer esto de los fanfics. Quisiera hacer una partición; por favor hagan uno de Lestat x Louis, así todo hot como este... Es que a mi me encanta esta pareja <3

Lestat_De_Lioncourt dijo...

No quiero parecer desagradable... ¡Pero la mayoría de fics que publicamos son de ellos dos! Además, es algo que solemos hacer incluso cada pocas semanas. Simplemente, es un especial al ser de más de dos personajes.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt