En estas breves memorias se muestra a un Daniel aún más desconcertante y un Benji que sólo desea que Armand deje de culparse.
Lestat de Lioncourt
Se envolvía de silencio, como una de
las únicas prendas que llegaba a tener. Sus ojos se hallaban fijos
en un punto indeterminado. La débil montura de sus gafas estaba algo
doblada, su fino jersey gris tenía dos leves salpicaduras de sangre
y otras tantas de barro. La ciudad estaba casi desierta, salvo por la
vida que podía escucharse e cada rincón de los diversos antros que
allí recogían las almas más puras, y las retorcían, para
enviarlas al infierno del pecado más salvaje y opulento. Tan sólo
alguna limusina pasaba por las calles aledañas, así como algún
taxi cargado de ocupantes y con la radio conectada. Él había estado
hasta hacía unos minutos caminando por la Gran Avenida París, con
los pies desnudos y un aspecto deplorable.
—Daniel, ¿qué ha ocurrido?—preguntó
una voz familiar, aunque él no contestó—. Daniel, ¿qué
sucede?—las frías y ligeramente tostadas manos de Armand no
hicieron que reaccionarán.
—Déjalo, está loco—dijo una
segunda voz, era la de Benji. Aquel dulce ladronzuelo estaba en la
puerta, mirando hacia el interior de la sala, con una camiseta
gigantesca que le valía prácticamente como camisón y unos
pantalones cortos que a penas se veían por el borde de aquella
prenda.
—No está loco—le reprochó.
—Tan loco como tú, ese es el
problema. Sois tal para cual—sonrió de forma infantil y dio una
vuelta entera antes de soltar una profunda carcajada. A Benji le
hacía gracia el estado de Daniel, incluso le suscitaba cierta
curiosidad. Amaba a Armand, lo adoraba hasta el extremo de hacer
cualquier cosa por él, pero no iba a callarse su opinión en ese
momento—. Básicamente no quieres ver que está loco—añadió
arrugando su pequeña nariz, para luego clavar sus enormes ojos de
aceituna negra en él—. Me gustaría escucharlo hablar más seguido
y saber las historias que él narraba en los periódicos. Sí, sría
divertido. Pero no lo hará.
—Oh, Benji...—murmuró preocupado
mientras acariciaba el rostro de Daniel—. Ha salido sin nosotros.
Diosa be dónde o con quién ha estado.
—Eso lo sabe él y posiblemente las
oscuras aguas que rodean la isla—expresó—. La otra persona no
acabó bailando en uno de tus locales, sino a varios metros de
profundidad en el muelle.
—Tal vez sólo cazó un animal, no
creo que tenga tanta capacidad para matar y desenvolverse solo—musitó
abrazando a Daniel como si fuera un muñeco. El rostro del joven
periodista, el cual había sido algo más que un mero participante de
aquella gran historia que hizo saltar a la fama a Lestat, quedó
pegado a la chaqueta de terciopelo azul de Armand.
—Quiero pintar mis casitas—dijo con
voz ronca—. Largo.
—¿Ves? Todo bien, sigue igual de
loco—comentó encogiéndose de hombros—. Ven, ven...—dijo con
una pequeña risilla mientras se acercaba a su Dybbuk—. Iremos con
Sybelle, ella tocará el piano y bailaremos. Sí, es mejor que te
olvides de cómo se encuentra él. Está bien, sólo quiere pintar
sus casitas y olvidarse de todo lo que hay a su alrededor. Yo creo
que sólo le molestamos si nos quedamos. Además, estaremos a dos
habitaciones de él, tienes cámaras vigilándolo y dos vampiros
jóvenes custodiando su habitación. ¿Qué puede pasarle? Como mucho
se pegará los dedos con pegamento instantáneo.
—Tienes razón...—musitó tras un
largo suspiro—. Pero...
—Pero nada, Dybbuk... vamos...
segundos más tarde Daniel quedó solo,
como deseaba. Sus ojos violetas recorrieron la habitación antes de
tomar el tren, perfectamente decorado hasta el más mínimo detalle,
y se echó a reír colocándolo en las vías para verlo recorrer cada
trozo de la habitación donde había construido diversas ciudades del
mundo.
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