Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 18 de diciembre de 2016

The twelve days of christmas

Hablar con Marius es hablar con una pared... 

Lestat de Lioncourt 




—¿Podemos hablar?—pregunté desde la puerta.

Había abandonado la biblioteca, mi lugar de esparcimiento y crecimiento personal, donde ejercitaba mi mente con libros de matemáticas, ciencias, literatura o historia. Aprendía de cada autor, rebatía sus ideas, dejaba atrás la religión que me impusieron mis padres y todo lo que la sociedad había creado a mi alrededor. Tenía mis bolsillos vacíos de piedras baratas y empezaba a tener joyas. Llené mi alma de vivencias intensas únicamente por amor.

—Siempre hay tiempo para una conversación—respondió bajando el pincel. Se encontraba pintando un pequeño lienzo, quizá para ofrecérselo a Armand. Era un niño Jesús recostado en un pesebre muy simple, pero extremadamente hermoso por los detalles.

Me aproximé a él observando con minuciosidad la obra, pero de inmediato hablé. Me había concedido su atención y cedido su palabra. Tenía que aprovechar el momento.

—De acuerdo, entonces hablemos de mi regalo—dije abrazando con fuerza el libro que aún no había soltado. Llevaba conmigo un borrador simple de las memorias de Armand. David Talbot me regaló el libro, como si de un caramelo se tratase, sólo porque insistí que quería ver cómo me reflejaban en las líneas de aquella historia que también era parte de la mía.

—¿Quieres hablar de algo tan banal?—dijo tras una ligera risotada.

—Deseo hacerlo porque mi petición no lo es—expliqué mirándole a los ojos. Él enserió su rostro, dejó sus bártulos de pintor sobre una mesita aledaña y se giró por completo hacia mí. Parecía una enorme estatua de un bárbaro, como él llamaba a los celtas, con algunos rasgos romanos y una túnica borgoña que cubría hasta sus pies, los cuales estaban cubiertos como los de Jesús de Nazaret. Tenía unas sandalias simples de cuero y sus dedos blancos, algo robustos, tenían un aspecto amenazador. Cualquiera podía sentirse David contra Goliat.

—Oh, ¿y qué deseas?—preguntó ensimismado con mi belleza infantil, la cual Armand había calificado de celestial o querubín de iglesia barroca.

—Deseo que dejes de hacer daño a Dybbuk—dije tras arrugar suavemente la nariz. Estaba molesto, pero a la vez esperanzado.

—¿Cómo?—murmuró atónito.

—No puedo permitir que siga lamentándose y sintiéndose tan vacío. Dice que no sabe amar, que jamás comprendió el amor, pero es porque ama demasiado y se deja influir por estos sentimientos.

Rápidamente alzó las manos hacia el frente, con los brazos ligeramente retraídos hacia él, ofreciéndome una imagen de “alto el fuego” bastante cómica. Yo sólo era un recién nacido en las sombras, un niño que había sido arrancado del frío del invierno. Contemplé en sus ojos sorpresa y dolor, también algo de indignación.

—He aprendido a amar gracias a él, se lo dije—dijo con cierta vehemencia, aunque su tono seguía siendo suave. No era el tono, sino la forma en la cual lo dijo.

—No has aprendido—dije negando con mi pequeña cabeza cargada de rizos oscuros—. No lo has hecho. Él sigue sufriendo. No te has disculpado.

—Lo hice a mi manera—confesó.

—Tus maneras no son las justas ni adecuadas.

Mi tono mostró en ese momento indignación. No podía soportar aquello. Era una burla a lo que Dybbuk era.

—A mí me lo parecen—explicó girándose de nuevo para tomar sus útiles y seguir con su labor.

—Amo, no lo son—me acerqué más y lo tomé de la túnica, jalando de él con mi mano derecha. Parecía un niño aferrado a la falda de su madre—. Armand sufre—mis ojos estaban llenos de lágrimas que no pude contener. Empecé a llorar—. Deseo como regalo navideño que se reconcilien como es debido. Necesito ver en su rostro la alegría que jamás ha convivido con sus labios y mirada. Necesito...

—Faltan doce días para la celebración de la navidad, algo que no me simpatiza ni me mueve deseos algunos, pero lo haré si así lo deseas.


Aquella Navidad él ofreció ese cuadro junto a unas disculpas más sinceras, pero poco útiles. Armand ya estaba tan dañado que jamás pudo perdonar tanto sufrimiento. Y es que cuando rompes algo, cuando dañas algo, cuando haces que estas personas se sumerjan en dolor, no puedes solucionarlo con unas simples y miserables palabras de un discurso bien aprendido de antemano.  

viernes, 2 de diciembre de 2016

Dybbuk

Benji se convirtió en la persona más importante para Armand junto con Sybelle. Admito que es adorable. 

Lestat de Lioncourt 



¿Alguna vez habéis rezado a Dios? Un dios cualquiera, sin nombre ni grandes títulos, que os ayude a encontrar el sendero apropiado y os tome de la mano para no sentiros solos, angustiados y heridos. Un dios sin rostro, sin género, sin voz, sin tacto y sin forma definida. Un ser que os haga sentiros amados, comprendidos y libres de expresaros tal cual sois. Una divinidad natural e intrínseca en cada gen. Algo tan natural como divino. Omnipresente, pero que no juzga anticipadamente ni condena los actos hechos por comprender este mundo o el siguiente que exista tras la muerte.

Yo lo he hecho. Admito que lo he hecho. Me he puesto de rodillas en diferentes posiciones de rezo, tanto la que admite la cristiana como la musulmana o la budista, mientras temblaba de rabia, miedo, dolor, indignación o desasosiego. Era un niño y mi fe estaba desgastada. Empezaba a pensar que ese dios, o ese conjunto de energías divinas, eran una leyenda urbana o el propio Santa Claus.

Tenía trece años, los pies helados, las manos llenas de heridas por defenderme de los golpes que mi “amo” me propinaba, y el estómago vacío como las conciencias de muchos empresarios sin escrúpulos. Una edad intempestiva, que está llena de magia y rebeldía, la cual no me acarreó la libertad y la ruptura de normas hacia mis padres. Mi madre murió siendo yo un niño y mi padre decidió venderme pensando que era mejor que verme morir en el desierto. Los hombres sobreviven a una vida nómada, pero para eso hay que cruzar una edad y yo era aún un mocoso lloroso aferrado a las riendas de su camello. Por eso fui vendido y tras varios años de injustos golpes, insultos y vejaciones sólo me quedaba rezar.

Una noche Fox llegó ebrio y eufórico por algunas drogas sintéticas que había logrado probar en uno de laboratorios de sus distribuidores. Se paseó por el apartamento envalentonado porque tanto Sybelle como yo teníamos miedo. Fox era el hombre que me adquirió y ella su dulce hermana, la cual pasaba las noches tocando el piano intentando alejar los demonios, fantasmas y pesadillas que se adherían a su dulce rostro en forma de lágrimas. Una noche como cualquier otra llena de gritos, portazos, golpes y amenazas. Pero algo cambió. El silencio se hizo y escuché como algo caía al piso del salón. Sybelle había dejado de tocar y creí que había ocurrido lo peor.

Corrí descalzo, con el rostro desencajado y el alma llena de miedos. Lo que vi me impactó. Había un muchacho, o lo que parecía un muchacho, de pie con el rostro y las manos quemadas. Llevaba unas prendas que parecían haberse quemado al apagar cientos de colillas de cigarrillos. Estaba allí con su hermoso cabello cobrizo revuelto sobre su frente y unos ojos castaños enormes, almendrados y desafiantes. Súbitamente pensé en mis rezos. Había pedido mil veces a todos los dioses conocidos, y a ese sin nombre, que se lo llevara al infierno... de existir uno.

Él era Armand. Un vampiro. Un ser sobrenatural al que llamé cariñosamente Dybbuk y por el cual me convertí. Quería vivir por siempre a su lado, protegido por su heroica figura y sintiendo ese amor dulce, como el amor de una madre, entre sus brazos y bajo sus acaricias contra mi cabello.


Mi nombre es Benjamín, pero todos me llaman Benji.  

martes, 21 de octubre de 2014

Canción del alma

Sybelle al final hizo acto de presencia. Armand debe estar muy agradecido por tener a un ángel como ella. Tiene suerte. 

Lestat de Lioncourt


El piano es parte de su alma, es su alma en forma de notas. Cada movimiento de sus dedos describen un pasaje de su vida. Hunde sus sueños en la melodía desenfrenada, en su pasión y destrucción. No hay nada más en esos momentos, como en otros tantos. Sólo la música que la impulsa, limpia sus pecados y ruega por sus pasos en plena lóbrega oscuridad.

Sus hermosos ojos claros han visto el mundo desolado, cruel y déspota en las manos de un hermano. Su propia sangre, la que fluye aún por sus venas, la hundió en el tormento más cruel que se pueda experimentar. Brusquedad, horror, dolor y salmos contados con los sus dedos sobre las teclas del piano. Su piel nívea se mezclaba con una paleta de colores terrible, el violeta de los viejos golpes y el rojizo de su sangre, la cual manaba de sus heridas más profundas. Su corazón se agitaba, como el corazón de un tímido y huidizo ratón, buscando el refugio en otro mundo. La música la consolaba y sigue haciéndolo. Es música transformada en una encantadora mujer joven, de largos cabellos de oro y ojos claros tan profundos como su dolor.

Desde niña había amado la música. Sintió una conexión extraña con el piano. Cada melodía la transportaba a la fantasía. No había lágrimas, miseria o soledad. Su reino de soledad se convertía en jardines cargados de flores, llenos de fragancias, e iglesias donde el amor era la única religión. Al quedar huérfana pasó a ser propiedad de su hermano, como si fuera un simple objeto. Se convirtió en su caja musical, en un pasaporte a un futuro mejor. Ella era oro puro. Él era terco, despiadado y frío. La frivolidad de sus actos, los juegos con la suerte y la muerte, así como la droga que envenenaba sus venas la asfixiaban.

Ella sólo tenía un ángel. Un niño que protegía con tesón. Un muchacho de apariencia celestial, como un ángel bizantino, algo desarrollado para su joven edad y con unos dedos hábiles, muy hábiles, para sustraer incluso el corazón de aquel que lo conocía. Sus ojos oscuros, su piel acaramelada y su pequeña boca en forma de sonrisa la hacían olvidar. Quería ofrecerle lo mejor, algo más que simple música.

Entonces, él los rescató. Como si fuera un cuento de hadas o una profecía. Otro ángel, de cabellos rojizos como la sangre, se precipitó sobre su verdugo y acabó con la miseria. Era un vampiro. Él era Armand. Que inexplicablemente apareció en sus vidas para cambiarlas, del mismo modo que las terminó de cambiar su maestro. Marius les dio el don de la vida eterna, el Don Oscuro. Ellos fueron el ejemplo del amor, un amor puro hacia Armand, que constaba de una lealtad y una pasión pocas veces vista por parte de un par de mortales.

Y ahora toca el piano. Toca sin cesar. No hay noche que no toque para ambos y para ella misma. Toca porque la música es ella. Es lo mejor que puede ofrecer, pues es su gratitud. Agradece a Armand haberla salvado, a Benji su amor y a sus víctimas su sangre.



domingo, 10 de agosto de 2014

Tirano

Estas memorias son crueles, algo crudas, desgarradoras y llenas de sufrimiento. Pero, son las memorias más sinceras de Armand. 

Lestat de Lioncourt 


La noche era fresca y el jazmín que colgaba del franco izquierdo de la casa llenaba mis pulmones. El jardín trasero se encontraba en eterna quietud. Sybelle paseaba por el principal, entre los setos, con los pies desnudos y el rostro sereno. Llevaba uno de sus vestidos de seda que se pegaban a su figura. Parecía una ninfa salida de las fuentes refrescantes que llenaban de murmullos parte del recorrido. Las rosas estaban abiertas, parecían eternas, pero no durarían mucho más. Pronto llegaría septiembre y el encanto del jardín quedaría deslucido. Los claveles de los balcones, de diversos y alegres colores, se movían suavemente con la brisa. Era un paisaje bucólico a pocos metros de una carretera algo polvorienta que daba a la vía principal hacia New Orleans.

Benjamín hacía aproximadamente una hora que había decidido salir. Marius estaba en la ciudad, se había quedado en un coqueto apartamento del centro. Él quería averiguar sobre algunas historias de un libro que le había obsequiado hacía algunas semanas. La encuadernación era lujosa, poseía pan de oro y estaba hecho a mano. Sin duda era antiguo y valioso, pero no le importó desprenderse de él para que Benjamín pudiera saciar su curiosidad sobre los días más oscuros del mundo, la época medieval. Además, eran cuentos que se narraban de forma oral y que los monjes los recogían con mimo en cada hoja. Marius sabía ganarse el afecto con regalos, pues habitualmente sus modales nos alejaban a todos de su figura dominante llena de sombras.

—Quiero tocar para ambos—me confesó Sybelle girándose hacia mí—. ¿Volverá tarde?

—Hoy deseas tocar para nosotros—sonreí completamente satisfecho. Sybelle era inteligente e independiente, salvo en algunos breves momentos en los cuales deseaba ser parte de algo. Para ella la música era su gran pasión, había cientos de piezas que no interpretaba porque no las veía rotundamente hermosas. La obsesión con “La appassionata” provenía de los días más turbios de su vida mortal, transmitiéndose hasta hoy como un estigma. Sin embargo, últimamente ocurría el milagro que tocaba además algunas piezas distintas de Mozart o Beethoven—. ¿Deseas que lo busque?

—Tengo miedo que esté metido en líos—dijo aproximándose a mí.

Verla caminar es como ver a un ángel descendiendo de los cielos, abriendo sus elegantes alas y rodeándote con todo su amor. Apartó con sus largos dedos algunos mechones de mi rostro, lo abarcó con sus manos frías y besó mi frente. Se comportaba conmigo como si fuera Wendy y yo su eterno Peter Pan.

—Iré a por él—respondí decidido.

—Te estaré esperando en el salón, tocando—susurró apartándose de mí.

Su fragancia a violetas quedó flotando en el aire. Sonreí como lo haría cualquier hombre enamorado. Amaba a Sybelle por encima de mí mismo, del mismo modo que amaba a Benjamín. Ellos simbolizaba un nuevo comienzo. Mi vida comenzó a marcar minutos en el preciso instante en el cual ambos, mis queridos niños, aparecieron en mi vida. Me había llevado al villano de su cuento, a Fox, a la tumba.

Me aproximé al garaje, donde uno de los chofer se encontraba perfectamente vestido, con un cigarrillo prendido en los labios y con el encendedor en la mano derecha. Jugaba a mirar la llama, como lo haría Louis, y aún se decidía a encenderlo o no. Sus profundos ojos castaños se clavaron en mí mientras acomodaba su gorra, de elegante color negro, sobre sus cabellos rubios cobrizos. Guardó elegantemente el cigarrillo y el mechero, se aproximó a la puerta del garaje y la abrió. No tenía que pedir que sacara el mercedes, él sabía que deseaba dar un paseo o ir a un lugar determinado. El otro chofer estaba descansando, sentado en la garita de vigilancia junto a uno de mis escoltas. Benjamín había decidido ir en moto hasta la vivienda de Marius, quizás por el tráfico o era posible por la comodidad.

—Deseo ir a ésta dirección de French Quarter—dije tendiendo la tarjeta de la galería de arte de Marius, la había abierto recientemente y pronto la dejaría en manos humanas. Sin embargo, mientras ultimaba algunos detalles tenía incluso alquilado el piso superior, donde hacía vida diurna, alejado de su palazzo en Venecia. Desconocía que había provocado que viniese tan precipitadamente hasta aquí, como si un fantasma lo hubiese perseguido hasta un enclave tan extraño para él.

Durante el viaje sentí una extraña sensación que me entumeció el alma. Por unos instantes la delgada camisa blanca era escasa, a pesar de la humedad del ambiente y de no haber pedido que encendiera el aire acondicionado. Mi pantalón corto había quedado relegado a un trozo de tela áspero. Todo mi cuerpo se había congelado súbitamente, era como si sintiera una premonición pero todo pasó rápidamente. Benjamín estaría bien, pues creía que Marius jamás lo trataría con la brusquedad que me había obsequiado durante los años en los que fui su alumno predilecto.

Cuando bajé del vehículo pedí que me esperara.

La moto estaba aparcada cerca de la cera, con el casco atado, con una cadena de hierro forrada de plástico grueso y oscuro, a la rueda delantera. Me acomodé bien la camisa quitando las arrugas invisibles, observando el ir y venir de los turistas y ciudadanos. Algunos se agolpaban contra el cristal de la hermosa galería, la cual estaba a próximas fechas de abrir, y ya levantaba curiosidad por su escaparate cargado de singularidad. Era como ver un viejo teatro, con sus elegantes cortinas y un escenario de madera. Tenía un par de esculturas que presentaban máscaras de teatro griegas, las dos cinceladas en mármol, y el suelo estaba tapizado de fotografías de las obras que se expondrían.

La fachada era la habitual en muchas viejas mansiones de la ciudad, tenía numerosos balcones con macetas muy floridas. La luz de varias habitaciones estaban encendidas. Sentí que debía subir, pero algo me lo impedía. Esa sensación me petrificaba, pero finalmente di mis primeros pasos hacia la puerta de hierro forjado de la entrada. Subí por las escaleras, algo empinadas, que daban a los tres distintos pisos que allí se encontraban. El inferior era la tienda, el segundo era el apartamento y el superior posiblemente estaba deshabitado.

Las gruesas paredes poseían algunas vidrieras que daban a un pequeño jardín interior. Las luces de las farolas cercanas, muy pegadas a la fachada, iluminaban sutilmente el camino mientras tentaba el interruptor para encender las numerosas lámparas que daban a los distintos pisos. Cuando apoyé mi mano en la gruesa puerta de madera, la cual tenía unas molduras simples pero muy elegantes, noté que cedía.

Entré dejando la puerta tal y como la había encontrado, parecía cerrada pero sólo estaba encajada. El largo pasillo daba a las diversas salas. Una cocina que no era usada, un pequeño y coqueto salón con ambas hojas del balcón abierto, un baño amplio y finalmente dos habitaciones de mayor tamaño. Una era la biblioteca, que se encontraba revuelta, y otra era la habitación de Marius. Solía tener un peculiar gusto con la decoración, el rojo solía forrar sus paredes y estar presente en cortinas y ropas de cama. Aquella habitación era un monumento a su pasión por el color en distintos tonos. Había una elegante alfombra persa cargada de flores y colores, lo más llamativo de aquella sala, y sobre ella estaba Benjamín con su ropa hecha jirones alrededor de su esbelto cuerpo, sus cabellos estaban derramados sobre ésta y sus ojos se clavaron en los míos como una súplica. Tenía la espalda perlada de sudor, pero también con profundos surcos de látigo. Marius ni siquiera había reparado en mí, pues se encontraba demasiado ocupado aleccionando a quien tenía como un hijo, un hermano, un compañero y mi gran amor desde hacía años.

El cuerpo de Adonis de aquel miserable cubría la delicada figura de Benjamín, sus jóvenes brazos estaban en forma de cruz sobre la alfombra. Sus manos, jóvenes aunque masculinas, intentaban sujetarse mientras las arremetidas aumentaban de ritmo. La ira colapsó mis músculos, pero pronto tomé una decisión y me arrojé como una fiera sobre nuestro Maestro.

—¡Aléjate maldito degenerado!—grité empujándolo para separarlos.

Marius cayó debido a la sorpresa, Benjamín decidió recoger sus escasas prendas e intentó ocultarse tras mi espalda.

—¡Qué se supone que haces!—me espetó visiblemente furioso y agitado.

—Márchate, amor mío, huye de aquí. Ve con Sybelle, ella te espera sano y salvo—dije sin atreverme a echar la vista atrás.

Aquella escena me recordó a las numerosas violaciones que tuve que consentir, el tacto áspero y bárbaro de cientos de hombres, sus sucias lenguas recorriendo mi pecho y sus impertinentes risas explotando con insultos, y comentarios, terribles. Marius se estaba convirtiendo ante mí en un déspota, un maldito desgraciado, que estaba robándole los años más maravillosos a mi pequeño. Benjamín ya no era un niño, aunque físicamente siempre quedaría parado en la pubertad. Aparentaba algunos años más de los habituales para su edad, pero no dejaba de ser a mis ojos una criatura frágil en comparación a todos nosotros. Me había propuesto cuidarlo y él no iba a destrozar ese vínculo, su cuerpo o sus ambiciones.

Escuché las pisadas aceleradas de Benjamín por el pasillo, después como la puerta se cerraba de un portazo y noté la ira de Marius estallar con una crueldad brutal. Se incorporó y me abofeteó. No lo hizo con toda su fuerza, pero sí con gran parte de ésta.

—¡Cómo te atreves!—alcé mis puños para golpearlo, pero me agarró por las muñecas—. ¡Suéltame!—chillé revolviéndome.

—¡Me has estropeado la noche!—dijo mirándome con aquellos ojos fríos, como si me congelara el corazón. Eran ojos cargados de una ira terrible, la cual parecía querer aplastarme y destrozar mi alma con la facilidad con la que se dobla una hoja—. Él vino a mí y me invitó a tomarlo.

—¡Sucio mentiroso! ¡He visto su espalda llena de marcas, su rostro cargado de lágrimas y sus ojos suplicantes! ¡No se merece un trato tan cruel y grotesco como el tuyo!—mientras iba hablando sus manos se volvían tenazas. Mis huesos crujieron, mis lágrimas aparecieron segundos después como acto reflejo por el dolor. Me estaba rompiendo los huesos—. ¡Suéltame!—di un par de patadas al aire, pero no funcionó. No me soltaba.

—¿Te duele?—murmuró saboreando esas palabras—. ¡A mí también! ¡Destrozas todo lo que consigo!

—¡Él no es tuyo!—dije al fin deshaciéndome de él.

Quise gritar al ver como mis muñecas estaban destrozadas, pero guardé aliento para poder responder a sus mentiras, sus palabras crueles y actos salvajes. Rápidamente me agarró del cuello empujándome contra la pared. Alguno de los cuadros que tenía colgados, los cuales eran hermosos paisajes de Venecia, temblequearon y estuvieron a punto de caer.

—¿Y de quién es entonces? Yo lo creé—fruncí el ceño e intenté hablar, pero a penas podía contener el dolor de mis muñecas. No podía sujetar sus brazos con mis manos. Mis dedos temblaban, mis muñecas empezaban a hincharse. Mi poder de regeneración tardaba aún algunos minutos en obrar el milagro, pues mi sangre no era tan fuerte como la de otros. Aunque sí era lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la exposición del sol. Recordé como los encontré, desamparados y a manos de ese monstruo, y como me juré protegerlos. Comencé a llorar como un chiquillo, pero el discurso que estaba por venir era mucho peor—. Yo creé a ese muchacho y por lo tanto me pertenece. Tu compañía lo convertirá en un fracasado, otro constructor de casitas. Todo lo que haces acaba en fracaso. Tus cuadros, esos que tan orgulloso creías que me hacían, sólo eran garabatos de un niño enfermo. Todo se echa a perder por tu culpa, por eso jamás fui a rescatarte. No mereces la pena ni la mereciste jamás. Eres basura. Todo lo que tocas queda destruido. Me destruiste a mí, a la asamblea, el teatro, Daniel y la Isla Nocturna. Nada de lo que tú logras, o crees lograr, se mantiene mucho tiempo firme. Eres una amenaza para todos. Un inútil que ni siquiera ha tomado nota que que sus experimentos siempre fracasarán, porque eres un fracasado—mi corazón se había convertido en un amasijo de dolor. Cientos de pedazos se habían roto quedando suspendidos en el aire. Era como si una pequeña estatua de ángel se hubiera caído del altar, estrellándose contra el suelo, y de ella no quedara nada—. Un inútil y un fracasado—sentenció.

Me soltó dejando al fin mi cuello libre, pero en mi garganta había un nudo. Lentamente fui resbalándome por la pared hacia el suelo. Quedé allí llorando en silencio. Marius ya no me amaba, me estaba sentenciando con una crueldad atípica incluso para él. Había tomado a Benjamín como un muñeco y yo era el nuevo desecho. Tenía un nuevo juguete que romper y tirar cuando se rompiera.

—Benji... —susurré antes de ver como sus manos se aproximaban a mí como garras.

Mi camisa se abrió con un jalón, los botones se rompieron y quedaron esparcidos por aquel rincón. El sonido del tejido rasgándose era tan familiar, y doloroso, que no reaccioné. Mis pantalones celestes quedaron reducidos a pedazos de tela, mis sandalias salieron despedidas y mi cuerpo fue a parar a la alfombra.

Quería echarme a reír como un maldito loco. Estaba perdiendo el juicio en aquel lago de odio, miseria y frialdad. Era como si hubiese caído a aguas heladas y mi cuerpo se entumeciera. Mis delgados brazos quedaron a ambos lados de mi cuerpo, pero él los elevó hacia mi cabeza, después me giró para que le diera la espalda y sin pronunciar palabra alguna, pues ya había dicho todo lo que deseaba decirme, me penetró.

—Te crees un santo, un mártir, y no eres más que un imbécil con demasiados pájaros en la cabeza—me había rodeado con sus brazos, anchos y fuertes, mientras movía sus caderas con una cadencia rápida, sofocante y dolorosa—. No eres un ángel, sino un monstruo que no merece ser amado.

En otras ocasiones, sus caricias y su aliento frío eran símbolo de amor, pero en esos momentos sentía los infiernos danzar a nuestro alrededor. Desconocía cual era mi cruel pegado para dejar de ser amado, añorado y respetado.

—Deseo morir...—creo que llegué a balbucear.

—Ojalá lo hagas, pues ya no tienes hueco en éste mundo—musitó.

Sus manos fueron a mis caderas, apretándolas hasta aplastarlas, mientras mi torso acariciaban las diversas líneas. Las flores abiertas, con su fragancia de sudor y lágrimas, se veían coquetas y atractivas. Recordé la túnica púrpura, el dolor en mi cráneo por ser cepillado con fuerza y sin respeto, y a los hombres con sus bolsas cargadas de monedas. Miraba todo con tristeza, observaba el suelo salpicado por la sangre de Benjamín y por la mía. Su miembro me laceraba. Sentía toda su longitud abriéndose camino, con cierta dificultad, mientras mis labios murmuraban en silencio el Padre Nuestro. Mis manos seguían temblorosas por el dolor, aunque mis muñecas comenzaban a curarse.

Me usaba como si fuera una marioneta sin sentimientos. Mis rodillas se deslizaban por el mármol frío de aquella sala. Tenía el rostro cubierto de pelo, ya que no había cortado mis ondulados cabellos pelirrojos, y el sudor comenzaba a deslizarse. Odiaba que mi cuerpo reaccionara, pero yo no lo hacía. No disfrutaba de aquel momento sádico. La máscara estaba cayendo, la imagen poderosa y amable que quería recordar se desvanecía. Había intentado olvidar su cruel forma de demostrar su apatía, su desprecio y su ira. Cuando acabó, llenándome con su esperma, me dejó tirado en el suelo y para mirarme desde su privilegiada posición. Giré mi rostro hacia él, con resignación, odio y dolor. Marius se llevó las manos a su perfecta cabellera dorada, acarició sus sienes para, con cierta angustia en sus ojos, deslizar sus dedos gruesos, y brutales, por sus mejillas.

—Querubín...—balbuceó tomándome del suelo del mismo modo que se recoge a un muerto de guerra. Su mirada no me enterneció. El desconsuelo que podía leer en sus labios eran para mí pura comedia.

Mis cabellos cayeron de mi cara, quedando mecidos en el aire. Algunos mechones estaban húmedos y permanecieron pegados a mi cuello. Mis ojos parecían no tener vida más allá del dolor, el cual me atravesaba. Tenía el cuerpo lleno de magulladuras que pronto se cicatrizarían, pero mi alma estaba desquebrajada. Había logrado matarme otra vez. Decidió que debía recostarme en la cama, para poder tocarme como si fuera un valioso objeto cuando minutos atrás me había dicho que era un despojo. Me colocó con cuidado en la cama, apartó los pocos mechones que quedaban, y besó con ternura mis pómulos, labios, nariz, torso y muñecas. Era la forma secreta de pedir disculpas. Sin embargo, yo sólo esperaba retomar fuerzas para irme de allí. Ni siquiera se había fijado que él había eyaculado, pero yo ni siquiera había logrado ofrecerle un solo gemido.

—No quise ser tan cruel, pero sabes que es cierto. No eres el indicado para ofrecerle una educación esmerada a Benjamín—quiso excusarse, pero de inmediato me incorporé de la cama.

Había recuperado mis fuerzas, aunque no mi entereza. Tenía que marcharme de allí antes que me convenciera con lisonjas, palabras de amor y juramentos que ni siquiera él creía. No había ropa que recoger salvo la camisa, la cual usé para tapar mis vergüenzas.

—¿Dónde vas?—preguntó.

—Lejos del monstruo que ahora eres. Me has demostrado al fin quién eres, Marius, y no deseo tenerte en mi vida—me giré suavemente hacia él—. Con razón Pandora siempre asegura que eres un desgraciado. La soledad te consumirá pronto y espero que sea rápido, pues ni siquiera puedo desearte una muerte agónica.


Sentí su furia, pero me desvanecí moviéndome con astucia y rapidez. Pronto me encontré en mi vehículo pidiendo que me llevaran a casa, pues Sybelle me esperaba junto con Benjamín. Me reuniría con ellos y decidiríamos marcharnos unas semanas de New Orleans. Sentía náuseas y dolor de tan sólo saber que compartíamos la misma ciudad. Él no me amaba, estaba seguro de ello. Deseé decirle que poco a poco, sin sentimiento de culpa alguno, había despreciado todo el amor y esperanzas que deposité en él. Así como que se había convertido en una sombra desdibujada en mi pasado, en el reflejo exacto de lo que más detesto. Mi amor ya no era para él, no merecía estar en manos tan miserables. El coche circulaba por la ciudad dejando que el reflejo de los grandes carteles de neón, las farolas y todo el deslumbrante mundo de aquella fabulosa ciudad quedara atrás, en una noche trágica. Me abracé a mí mismo y me eché a llorar de nuevo. Era un ángel lamentándose el no haber encontrado el paraíso, sino los infiernos. 

sábado, 5 de julio de 2014

A solas con chuchú

En estas breves memorias se muestra a un Daniel aún más desconcertante y un Benji que sólo desea que Armand deje de culparse. 

Lestat de Lioncourt 


Se envolvía de silencio, como una de las únicas prendas que llegaba a tener. Sus ojos se hallaban fijos en un punto indeterminado. La débil montura de sus gafas estaba algo doblada, su fino jersey gris tenía dos leves salpicaduras de sangre y otras tantas de barro. La ciudad estaba casi desierta, salvo por la vida que podía escucharse e cada rincón de los diversos antros que allí recogían las almas más puras, y las retorcían, para enviarlas al infierno del pecado más salvaje y opulento. Tan sólo alguna limusina pasaba por las calles aledañas, así como algún taxi cargado de ocupantes y con la radio conectada. Él había estado hasta hacía unos minutos caminando por la Gran Avenida París, con los pies desnudos y un aspecto deplorable.

—Daniel, ¿qué ha ocurrido?—preguntó una voz familiar, aunque él no contestó—. Daniel, ¿qué sucede?—las frías y ligeramente tostadas manos de Armand no hicieron que reaccionarán.

—Déjalo, está loco—dijo una segunda voz, era la de Benji. Aquel dulce ladronzuelo estaba en la puerta, mirando hacia el interior de la sala, con una camiseta gigantesca que le valía prácticamente como camisón y unos pantalones cortos que a penas se veían por el borde de aquella prenda.

—No está loco—le reprochó.

—Tan loco como tú, ese es el problema. Sois tal para cual—sonrió de forma infantil y dio una vuelta entera antes de soltar una profunda carcajada. A Benji le hacía gracia el estado de Daniel, incluso le suscitaba cierta curiosidad. Amaba a Armand, lo adoraba hasta el extremo de hacer cualquier cosa por él, pero no iba a callarse su opinión en ese momento—. Básicamente no quieres ver que está loco—añadió arrugando su pequeña nariz, para luego clavar sus enormes ojos de aceituna negra en él—. Me gustaría escucharlo hablar más seguido y saber las historias que él narraba en los periódicos. Sí, sría divertido. Pero no lo hará.

—Oh, Benji...—murmuró preocupado mientras acariciaba el rostro de Daniel—. Ha salido sin nosotros. Diosa be dónde o con quién ha estado.

—Eso lo sabe él y posiblemente las oscuras aguas que rodean la isla—expresó—. La otra persona no acabó bailando en uno de tus locales, sino a varios metros de profundidad en el muelle.

—Tal vez sólo cazó un animal, no creo que tenga tanta capacidad para matar y desenvolverse solo—musitó abrazando a Daniel como si fuera un muñeco. El rostro del joven periodista, el cual había sido algo más que un mero participante de aquella gran historia que hizo saltar a la fama a Lestat, quedó pegado a la chaqueta de terciopelo azul de Armand.

—Quiero pintar mis casitas—dijo con voz ronca—. Largo.

—¿Ves? Todo bien, sigue igual de loco—comentó encogiéndose de hombros—. Ven, ven...—dijo con una pequeña risilla mientras se acercaba a su Dybbuk—. Iremos con Sybelle, ella tocará el piano y bailaremos. Sí, es mejor que te olvides de cómo se encuentra él. Está bien, sólo quiere pintar sus casitas y olvidarse de todo lo que hay a su alrededor. Yo creo que sólo le molestamos si nos quedamos. Además, estaremos a dos habitaciones de él, tienes cámaras vigilándolo y dos vampiros jóvenes custodiando su habitación. ¿Qué puede pasarle? Como mucho se pegará los dedos con pegamento instantáneo.

—Tienes razón...—musitó tras un largo suspiro—. Pero...

—Pero nada, Dybbuk... vamos...

segundos más tarde Daniel quedó solo, como deseaba. Sus ojos violetas recorrieron la habitación antes de tomar el tren, perfectamente decorado hasta el más mínimo detalle, y se echó a reír colocándolo en las vías para verlo recorrer cada trozo de la habitación donde había construido diversas ciudades del mundo.



sábado, 8 de marzo de 2014

Mi experimento, mi amor y mi orgullo

Bonjour

¿Cómo están? ¡Nosotros muy bien! Armand ha decidido hacer un regalo a todos quienes lo han apoyado. Ya saben lo que ha ocurrido recientemente ¿verdad? Pues este monstruito quiere regalaros un texto.

Lestat de Lioncourt


Los mortales de hoy en día desconocen como era la vida sin Internet, salvo sus padres o abuelos que poco a poco van olvidando. La vida no era tan fácil y la información a veces no llegaba de forma precisa, rápida y barata. Nos convertimos en pioneros en épocas pasadas de inventos revolucionarios y actualmente estos son desechados como algo inútil, carente de valor o simplemente una antigualla que debería estar en un museo y no siendo usado.

Benji jamás conoció un mundo como el que yo tuve que vivir. Él aprendió a navegar por la red de redes desde temprana edad. He visto como el mundo de Internet se abría ante mí con gran expectación. El hermoso fenómeno de la comunicación era rápido y muy sencillo. A pesar de haber desconocido como usar un teléfono, pues Daniel tuvo que marcar por mí en las primeras ocasiones frente al auricular, actualmente me desenvuelvo con gran práctica con la numerosa tecnología. La misma tecnología que en meses queda obsoleta y provoca escalofríos para aquellos amantes de lo último.

Sin embargo hace unas noches decidimos probar un experimento sencillo, divertido y económico. Era una fiesta en la cual Lestat estaba causando sensación frente a sus invitados. Todos los mortales se hallaban vestidos de gala. Los más jóvenes no tomaban alcohol y por lo tanto tenían refrescos de todo tipo. Entre los numerosos refrigerios de indistintas marcas, y por lo tanto sabores, estaban los refrescos de cola.

—Tu amigo se enfadará, Dybbuk—dijo riendo bajo mientras me tomaba de la mano derecha con las suyas—. Te quiero—susurró tirando de mi brazo para que me inclinara, cosa que hice. De inmediato sentí sus cálidos y húmedos labios sobre los míos en un breve roce.

Esos besos suaves, las caricias en mi rostro o sus abrazos curaban cualquier herida que yo pudiese sostener aún en mi alma. Cualquier cadena que me atara los brazos y las piernas, los cuales eran frecuentes, quedaban evaporadas gracias al poder de su risa.

—Si lo hacemos bien no se enterará—respondí sacando los dos paquetes de caramelos del bolsillo de mi chaqueta.

Ambos nos habíamos vestido de forma similar. Llevábamos chaquetas de cuero negro, camisetas de color celeste y unos tejanos. Las zapatillas de Benji eran color café, pero las mías eran azul marino. Teníamos un aspecto juvenil, casi infantil, y por ello parecíamos dos niños perdidos en una fiesta de adultos, a pesar que había jóvenes mortales.

Ambos abrimos los paquetes de papel de los caramelos y nos movimos a toda velocidad abriendo los refrescos de cola, destacándolos e introduciendo los caramelos. En segundos las botellas empezaron a salpicar como si fueran volcanes o fuentes. Todos corrían de un lado a otro mientras nosotros, desde el inicio de la escalera que daba acceso a la segunda planta, nos reíamos mirando hacia abajo.

—Nadie sabrá que fuimos nosotros—dije echándome a reír.

—Yo sí—escuché la voz de Marius justo a mis espaldas, lo cual hizo que me girara y lo encarara con cierta molestia.

—Ve y díselo a tu alumno estrella—respondí tomando de la mano a Benji para subir hacia la segunda planta.

—¿Estás molesto por lo que ocurrió en Venecia?—interrogó con un tono de voz algo cruel aunque con toque de preocupación.

—Te recuerdo que echaba al fuego a las viejas glorias que empezaban a estorbar en mi secta, Marius.

Él quedó de pie mirándome sin saber como reaccionar, pero Benji me miraba con los ojos a punto del llanto. Había ocultado el daño que Marius había hecho en mí, eso lo había defraudado y a la vez llenado de tristeza.

—Vamos amor mío, vamos—susurré estrechándolo contra mí—. Vamos mi amor... olvidemos este incidente.

Aquella noche al regresar a mi mansión, donde me refugiaba del mundo o quizás refugiaba al mundo de mí, decidí que Benji dormiría conmigo. Él se desnudó para sentir mi cuerpo contra el suyo, libre de ataduras, y permitió que acariciara su nuca con mis largos cabellos. Consolé la tristeza con besos tiernos y palabras en las cuales le juraba que jamás le ocultaría nada.

Sybelle nos acompañó tiempo después susurrando breves frases que nos hizo entrar en el paraíso de los sueños, pues ocasionalmente ella era la llave mágica que calmaba nuestras voraces almas y alejaba las pesadillas más terribles. Posiblemente, al otro lado de la ciudad o en cualquier pueblo perdido de la mano de Dios, Daniel construiría sus hermosas casas en miniatura o simplemente descansaba. Mi mundo se reducía a Sybelle y Benji, el pasado no debía regresar pues cuando lo hacía, porque ocasionalmente sucedía, sentía que mi corazón se rompía.


Amor... eso era lo que tenía ahora. Un amor que nadie me quitaría. Amor y respeto.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt