Hace mucho tiempo Quinn me contó una historia. Mi hermanito quiso dejar claro que fue algo que descubrió poco a poco, explicó sus emociones, y sin embargo hay cosas que se guarda para sí. Aquí deja unos breves pensamientos.
Lestat de Lioncourt
Si hubiese pensado por un instante
cuánto iba a cambiar mi vida, o al menos imaginar como sería con
todo patas arriba, me hubiese quedado en mi habitación sin hacerme
el héroe. Realmente debí quedarme encerrado allí, ajeno a todo y
pensando que la vida era simple, aunque maravillosa, y que pronto
tendría un futuro mejor con un nuevo tutor. Debí apreciar, sin duda
alguna, los placeres que se postraban ante mí. Sin embargo, no lo
hice.
Mis abuelos habían muerto
recientemente y los sucesos paranormales comenzaban a ser cada vez
más agobiantes. Tía Queen hacía oídos sordos a todo, pero a veces
me trataba como si fuera un joven atormentado. Ella no quería
admitir que podía ver a Goblin, e incluso sentirlo cerca, pero esa
es otra vieja historia. Por aquellos días, en los cuales expuse
tontamente mi vida, decidí investigar que había más allá del
pantano. Pues sabía por historias, aunque no estaba seguro de su
veracidad, que además da caimanes y mosquitos tenía que existir un
viejo refugio que construyó Manfred. Manfred era mi antepasado, aún
colgaba el cuadro de su mujer y el suyo propio en el salón, y se le
tenía como un Loco que pagó cara cada imprudencia.
Lo que encontré en ese pantano lo he
contado a quien creo es el héroe de tantos, Lestat, y a personas
cercanas a la organización de Talamasca. Sin embargo, si debo ser
sincero, aún hoy siento que no lo he dicho todo. Me he guardado
gestos y sensaciones que aún me impresionan. Creo que no he hablado
correctamente de la profundidad de sus ojos, el cinismo y frialdad de
su risa, y de lo cálidas que se vieron una vez sus lágrimas. Los
tesoros encontrados no fueron nada para aquello que realmente acabé
viendo y sintiendo. Descubrí una puerta a la eternidad, la cual no
estaba cerrada sino encajada, y que acabé traspasando.
Encontré a Petronia.
Cuando tuve los primeros encuentros con
aquel ser creí que se trataba de un hombre, el cual sacaba tajada de
tierras que creía mías. Manfred había construido aquel lugar, así
que me pertenecía. La pequeña vivienda de dos plantas, con sus
horrores incluidos, y aquel monumento funerario hecho de oro. Sin
embargo, descubrí súbitamente que sólo jugaba y que era una mujer.
Una hembra fuerte entre vampiros, un ser eterno con los ojos tan
profundos que eran insondables, y una sonrisa fría pintada en sus
labios. Sí, descubrí un monstruo. Pero ese monstruo también me
mostró el dolor y un mundo completamente desconocido. No puedo
reclamar nada. Ella se convirtió en mi madre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario