Paul fue el motivo por el cual Louis se llenó de dolor y ese dolor me pareció atractivo en él. SI no hubiese muerto Paul posiblemente él y yo no nos habríamos conocido.
Lestat de Lioncourt
Con las manos juntas, tus ojos azules
clavados en el altar y tu cabello dorado, como el trigo o centeno de
otras tierras, parecías un ángel. Recuerdo que durante días no te
movías de esa posición. Me preocupabas. Tu obsesión se volvió
insoportable. Madre lloraba por ti día y noche. Ella quería para ti
grandes proyectos, pero tú sólo tenías la obsesión de vestir tu
sotana y lucirte como un santo. No descansabas y sentía que
empezabas a perder el juicio. Creí que sería bueno para ti
construir ese maldito oratorio, pero fue tu tumba y mi perdición.
Tenías dieciséis años y toda una
vida por delante. Eras mucho más maduro y educado. Tenías un físico
perfecto, mucho más masculino que el mío a tus años, y te veía
con los ojos de un padre. Yo te cuidaba en nombre de nuestro padre,
el cual había fallecido años atrás. Era el culpable de tu
educación y tenía el derecho a protegerte.
Aún recuerdo como conversabas con tus
supuestos ángeles. Llamaba aporreando tu puerta y no abrías. Mucho
antes de tu muerte comenzó para mí el luto y el dolor en mi
corazón. Te perdía, Paul. ¿Cuántas noches lloré por ti? ¿Cuántas
mañanas amanecí borracho tirado en tu puerta? La preocupación me
hizo caer por un precipicio terrible. Llegué a los infiernos antes
de verte caer por las escaleras, salir disparado por la vidriera y
terminar en el suelo como una marioneta con las cuales nos
divertíamos de pequeños.
Quise ahogar mis sentimientos con el
alcohol. Quería olvidar todo, inclusive las lágrimas, con cada
partida de cartas, prostituta barata y botella de vino. Aprendí que
nada de eso merecía la pena. Las mujeres jamás me saciaron, y tan
sólo tenía la excusa perfecta para llorar pegado a sus escotes y
abrazarlas por la cintura. El vino era cada vez más agrio. Las
cartas eran una excusa para quedar en banca rota y poder ser
asesinado. Deseaba la muerte, pero era demasiado cobarde para
suicidarme. Madre sufría, pues se enterró en el luto, mientras que
nuestra hermana creía que podía tocar el clavicordio intentando
alejar tu fantasma.
Para ti la religión fue un refugio,
pero para mí siempre fue una incógnita. Después vino él. Tenía
esa pasión febril en sus ojos, muy similares a los tuyos, y ese
cabello rubio que caía sobre sus hombros. En un primer momento creí
que me mataría, pero no fue tan amable. Él no me mató. Decidió
concederme una oportunidad y la aproveché. Éste mundo para mí es
un purgatorio y sigo caminando con las penas en mi pecho, la malicia
en mi mente y una pose cínica, además de terrible, frente al hombre
que amo. Porque aún me siento hombre, igual que él, pues nuestros
pecados no son tan diferentes a los pecados de los mortales.
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