Una carta de Nicolas, con sello del día de mi cumpleaños. Llega tarde, pero la acepto. Aún así, es terrible... terrible...
Lestat de Lioncourt
Atado a ti. Por siempre atado a tu
recuerdo, a tus mentiras y falsas sonrisas. Siempre te creí capaz de
todo, pero no de la más alta traición. Quise retenerte puro, lejos
de París, y finalmente fuiste engullido por su magia y provocación.
Nada quedó del chico que lloraba por la muerte de las condenadas a
la hoguera, ni siquiera un ápice de ese muchacho que sobrevivió
milagrosamente al ataque de los lobos. Nada. Sólo una máscara de
bufón y un rostro lleno de carisma. Te convertiste en algo que nunca
fuiste. El monstruo era yo, no tú.
Deseaste que mi vida fuese fácil.
Compraste mi dolor. Vendiste mi silencio a cambio de un tutor para
retenerme encerrado en una prisión de oro. El mármol de aquel
apartamento, las hermosas cortinas de terciopelo, las sábanas de
satén color granate o el elegante escritorio me turbaban. Prefería
la miseria, el frío y el hambre que pasábamos en la taberna. Quería
escuchar tu voz, no la de aquel hombre que me dirigía como si fuera
una marioneta. Nunca te percataste de mis sentimientos. Fue brutal el
golpe final de verte convertido en un demonio, un grotesco ser
deforme que se balanceaba frente a mí. ¡Terrible! Pero peor aún
fue saber que me engañabas, ocultándome de todo como si fuera un
débil. ¿Por qué?
¿Qué esperabas que hiciera? ¿Querías
que me arrojara a tus pies cuando me abrieras los brazos? No eras el
ángel que esperaba. No. Ya no eras el hombre por el que rezaba y
lloraba. Te convertiste en un ser descarado, violento, insaciable y
fascinante. Sí, fascinante. Lleno de oscuridad y luz propia. Te
deseé, pero no por amor. Ya no era sólo amor. Quería que me
condenaras. Necesitaba sentir el infierno. Ansiaba sentir en mi
cuello el aguijonazo de tus dientes, igual que si fueras una abeja en
un panal de miel. Sin embargo, la locura ya era evidente. La tortura
ya estaba marcando mi cuerpo y moldeando mi mente. Él lo hizo. Sabes
que esos cabellos de fuego hondeando al aire, esos ojos castaños tan
seductores, y ese cuerpo de ángel caído contra el pavimento del
cementerio me hicieron enloquecer. Tú y él. Los dos. Me condenaron
ambos. ¿Cómo soportarlo? No quería ser marioneta en éste
espectáculo. Yo no era merecedor de ser una marioneta. No. El telón
se alzaría, pero yo sería actor y músico.
Pero desconocía en aquellos instantes,
tan sublimes, que el silencio me obligaría a enmudecer. Pude ver en
ti todo lo que ocultabas. Escuché de tu mudo palpitar la verdad más
cruel. Me vi atado de pies y manos. Caí de bruces a la realidad.
Quise morir allí mismo y a la vez ansiaba la vida que discurría por
cada vena, cada hombre y mujer, que se paseaba frente a mí. Todos
eran frutos prohibidos y yo un sediento esclavo de ese nuevo vino.
¿Sabes qué es lo peor de todo? Que
nunca pude odiarte.
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