David me ha dicho que tiene tres partes, la tercera será publicada el jueves. ¡Santo Dios! Yo ya quiero saber que demonios ocurre.
Lestat de Lioncourt
Habían pasado tantos años que las
pistas ya no eran nada más que ecos del pasado. Hubiese dado parte
de su alma, de su historia, por haber tenido los medios que hoy en
día existen en el campo de la investigación sobrenatural y vulgar,
como los simples desaparecidos. Las numerosas redes sociales, los
aparatos de rastreo, medios de información más eficientes,
microchips que hacen prácticamente cualquier cosa para mejorar tus
bases de datos y un sinfín de mejoras que jamás hubiese sospechado
conocer. Los grandes medios que se poseían para investigar eran
simplemente la intuición, un buen informante y horas buscando
pruebas en miles de lugares. Talamasca no vio correcto destinar
medios y esfuerzos a una desaparición. No era algo que tuvieran que
conocer. Su trabajo era informar sobre casos sobrenaturlaes,
desempeñar algún trabajo con ellos y nada más.
David Talbot tenía ante sí una caja
llena de misterios que fue colocando en una pizarra. Colocó una
línea temporal y creó una historia. Había enormes huecos cerrados
en falso. Habían confiado demasiado en el joven y nunca indagado en
la historia del espectro, pues era violento y tan sólo destinaron
recursos en librarse de él.
Después, con cierta desilusión, abrió
el portátil para buscar el nombre en la red. Cada portal, cada nuevo
sitio que investigaba, era para nada. Sin embargo, encontró una
historia sobre un joven desaparecido. Era un hombre de unos setenta
años, hablaba de su hermano que desapareció en las mismas fechas y
que podía ser su hombre.
Por supuesto, tomó los datos y llamó
por teléfono. Era tarde. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono
sonaba al otro lado. Posiblemente aquel sujeto descansaba
plácidamente en su dormitorio, entre sus frescas y cómodas sábanas,
mientras la noche se iba y un vampiro insistía en saber su historia.
Finalmente, tras varios intentos, el teléfono se levantó y una voz
somnolienta habló a David con cierta molestia.
—¿Qué demonios es?—preguntó—.
Son las cuatro de la mañana y la gente duerme. ¿Se ha muerto
alguien? Porque si no hay ningún muerto no me interesa. Puede
contármelo por la mañana.
—Es sobre su hermano. Conocí a un
muchacho con su descripción, estudiaba y trabajaba duro. Cierto día
tuvo la desagradable sorpresa y experiencia de toparse con un ente,
el cual le persiguió un tiempo—explicó rápidamente para que
tomara interés su llamada, no le colgara y adoptara otra actitud.
—Mi hermano era Richard Anderson.
—Lo sé, pero hay varios Anderson y
pensé que podría ser otro. Necesito que me confirme ésta
historia—David se desesperaba. El hombre parecía confuso ahora. Su
voz había tomado un tono extraño, como si le costase recordar.
—Recuerdo una chica de cabellos
negros, muy largos. Solía llevarme al parque. Yo era un niño, pero
pronto sería un adolescente. Él estaba enamorado de ella, incluso
salió un tiempo con la joven, y cierto día desapareció. Él
parecía perdido, con los ojos hundidos y no paraba de lamentarse. Su
carácter cambió. Pocas semanas después vi a mi hermano muy
asustado y me preguntó si creía en fantasmas. No sé si le he
podido ayudar—susurró aturdido y al borde de las lágrimas—. He
vivido con esa carga toda mi vida. Nunca me han creído mis padres.
Yo les dije que se lo llevó esa cosa...
—Nos reuniremos en la dirección que
usted ha dejado. En ese punto de reunión en el parque Greenwich Park
frente a las puertas del Observatorio Real—comentó el vampiro
mientras anotaba para sí, en una pequeña libreta, el lugar y la
hora— Diez de la noche. No puede ser otra hora. Mi horario es
nocturno. Soy investigador.
—Comprendo—dijo—. ¿Qué le lleva
a buscar datos?
—Ya le dije que conocí a su hermano.
Las horas parecían eternas para David.
Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso
mostrar su rostro. Cuando menos viese de él ese anciano era mucho
mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre.
Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues
aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron
ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en
la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho
mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.
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