El siguiente fragmento permanece en mi memoria, pero surge a veces como una llamarada.
Lestat de Lioncourt
—El veneno en corre por mis venas es
tan tóxico que se convierte en notas hirientes, esas que puedes
encontrar en las viejas partituras entre libros polvorientos. He
regresado a éste mundo con el firme propósito de conquistarlo con
mi enloquecedora venganza. Mírame, he estado en el infierno y he
paseado entre sus ascuas imperecedera—una pequeña risa macabra
sacudió el ambiente, sus ojos oscuros tenían un toque dorado, casi
infernal, que le otorgaba a la mirada cierta fuerza. Estaba vivo y
vacío de amor hacia los demás, salvo hacia su violín y sus
retorcidas musas—. Nadie puede pararme, nadie.
—Nicolas...—balbuceó—. Ya
basta—dijo incorporándose para enfrentarlo—. ¡Basta!
—Basta gritaba mi corazón. Basta
decía. Sin embargo, ¿te detuviste? No, tú nunca te detienes. Me
enloqueciste, me distes unas alas y una luz que no me pertenecían, y
cuando te cansaste de mí... Oh, pobre títere en tus manos... me
dejaste abandonado como si jamás me hubieses conocido—sus palabras
tenían fuerza. Las palabras siempre tienen fuerza y ritmo, sobre
todo cuando nacen del corazón y exhalan los sentimientos más
profundos que posee el alma—. ¡Te amaba!
—Nicolas, te imploro que si aún me
amas...—comentó extendiendo las manos hacia el frente, intentando
tenderlas y tocar los brazos inertes de Nicolas. Era una figura
impresionante en mitad de aquel gigantesco decorado, y encajaba a la
perfección.
—¿Si aún te amo?—preguntó
alzando una de sus magníficas cejas negras—. Eres tan divertido...
¡Tan divertido!
—¡Nicolas!—gritó precipitándose
hacia el foso, para luego subir al escenario escalando como un animal
en busca de su presa.
—No te acerques—dijo pateándole
para arrojarlo al foso, donde aún estaban las sillas de los
restantes músicos.
—¡Nicolas!—dijo de nuevo desde el
suelo.
Su viejo amante había enloquecido.
Sobre todo cuando comenzó a recitar frenéticamente tantas palabras,
con aquellos ojos endiablados y esos labios tan fieros. Sus palabras
tomaban sentido cuando morían en sus oídos, pero no quería
creerlas.
—Y la sangre me hará gritar en la
oscuridad cada noche, por los siglos de los siglos. Era una criatura
que ya se encontraba en un páramo oscuro, vigilado por los ojos de
un gigantesco cuervo, que ahora alza sus alas triunfante sobre la
vida y sobre la muerte. Seré joven para siempre, pero con los ojos
de un anciano y la sed de una alimaña. Me enterrarás en un ataúd
llenos de clavos donde morirán cada uno de mis sueños, pues tú
eres un engreído que se creyó Dios y me otorgó algo que jamás
quisiste darme. El beso de la vida, el sello de la muerte. Mírame.
La codicia inunda mis venas del mismo modo que el dolor recorre las
tuyas. Quiero matarlos a todos, tomarlos en mis brazos y darles el
último adiós. ¡Sólo el fuego podrá pararme! Pero ya he visto los
infiernos. Has abierto el portal hacia las llamas más ardientes. Tú
eres la llave de Satanás—su cuerpo se flexionaba y las cabriolas
en el aire eran terribles. Pronto se colocó en el punto más alto
del teatro, en uno de los palcos, con un par de brincos elegantes y
rápidos. Sus pies quedaron sobre la barandilla y sus brazos se
alzaron en señal de logro. El violín rápidamente tocó su barbilla
y hombro, sus ojos se cerraron y comenzó a tocar completamente
poseído.
—El demonio del violín—murmuró.
—No, el violinista del diablo.
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