Este relato son unas nuevas memorias que les traemos. Pronto, más tarde posiblemente, tendrán otras breves e intensas.
Lestat de Lioncourt
Se había vuelto completamente loco
debido al aroma. No había duda. Frente a su pequeña y coqueta
tienda, a la cual entraban cientos de mujeres y hombres, había
llegado ella. Ese aroma la delataba. Era una hembra Taltos. Su sólo
recuerdo despertó en él una tristeza insólita, pero también
esperanza y deseo. Provocó que una oleada refrescante y salvaje, la
cual lo agitó, le despertara del todo.
Su mirada al fin cobraba la chispa de
la vida, una llamarada cargada de amor y compasión, que poco a poco
se envolvió de cierta furia. Bajo aquel elegante traje gris hecho a
medida había un alma que se retorcía, un Taltos macho que buscaba
concentrarse para seguir el rastro y confirmar sus sospechas. Habían
despertado a Morrigan, su Morrigan, y no habían tenido la decencia
siquiera de informarle. Quería volver a tenerla entre sus brazos,
besar su largo cuello y enterrar los recuerdos de aquel oscuro
pasado. Ella debía regresar a su lado.
Entró tembloroso en la tienda sin
reparar en las numerosas niñas que insistentemente pedían replicas
de su muñeca estrella, una pelirroja de mirada seductora y cierta
inocencia. Aquella muñeca era Morrigan, la Morrigan que él
recordaba. Su pecho dolía, sus manos temblaban y su boca se secaba.
A penas recordaba como andar y respirar sin caer en una vorágine de
recuerdos, sensaciones y deseos.
Al entrar en su pequeño despacho,
decorado de forma simple y acogedora, acarició el teléfono
intentando recordar el número de First Street, el cual le había
ofrecido Julien por si deseaba ponerse en contacto con Michael y
Rowan. Sin embargo, jamás le confesó que tenía pensado rescatar a
su amada del Tártaro. Ellos eran los Titanes que habían enterrado
en un abismo de hielo y pétalos de flores, como si fueran dos
amantes perfectos que se conservarían unidos para la eternidad.
Sin embargo, lo único que hizo fue
tomar el teléfono entre sus manos y arrojarlo contra el suelo.
Corrió hacia la salida, como un niño asustado, y pidió un taxi.
—¡Lléveme a First Sreet! ¡Ahora
mismo! Yo le diré en qué casa parar, por favor—dijo aferrado al
asiento del piloto—. Por favor, por favor...
—Sí, comprendo—respondió con una
risotada—. Tranquilo, llegaremos rápido aunque no creo que vaya a
apagar un incendio.
—No, voy a rescatar mi vida—musitó
con nerviosismo.
La radio emitía una de las famosas
canciones de Louis Amstrong, en la cual había creído tiempo atrás.
Sin embargo, el mundo no le parecía tan hermoso ni perfecto. Tampoco
había cielos azules de nubes blancas como el algodón, ni valles
cargados de flores en plena primavera, pues había conocido la maldad
humana en todo su esplendor. No obstante se relajó en el asiento
trasero mientras, debido a la emoción, comenzó a llorar observando
las diversas construcciones de New Orleans.
Era todo tan distinto a la primera vez.
Como si fuese un sueño en mitad de sus últimos dulces momentos de
vida, en los cuales desconocía por completo que moriría asesinado a
mano de uno de sus hijos. Pensó en Oberon, Mirvelle y Lorkyn. Pensó
en ellos tres. Vivos, dispuestos a luchar, y que no podía ver porque
no se lo permitían aún. Sus hijos. Su descendencia. La descendencia
de San Ashlar, Ashlar el maldito.
—¡Es esa!—exclamó—. Para el
taxi—dijo llevándose la mano a la cartera para soltar un buen fajo
de billetes, los cuales cubrían demasiado bien aquel viaje
relámpago.
Bajo con las piernas temblorosas, pero
lo que sí tenía temblorosa era el alma. Corrió hacia la cancela y
la rebasó. No esperó a ser atendido. Como un furtivo, igual que
aquella vez, se aproximó a la ventana y vio allí dentro, de pie y
con un libro en la mano, a Michael Curry. Sus miradas se cruzaron
llenas de dolor, comprensión y miedo. Michael tenía miedo, igual
que él lo tenía de Michael.
La puerta se abrió, salió el brujo y
se quedó en silencio esperando que Ashlar hablara.
—Sé que está viva, como yo estoy
vivo—dijo—. Antes era sólo un rumor. Me habían dicho que era
posible, pero que no se sabía cuándo o cómo se podría. Me dijiste
que no me dejarías verla, no aún. Pero... ahora sé que no es un
sueño. Sé que es real. Mi Morrigan ha ido a buscarme y yo no estaba
en mi tienda. ¡Exijo que me des a mi hembra!
—No me puedes exigir que te entregue
a mi hija—comentó con tranquilidad, aunque en su voz había un
quiebro de emoción—. Menos ahora, hay algo que puede...
—¿Qué? Seguro que habéis devuelto
a la vida a Lasher—aquellas palabras consternaron a Michael—. Tú
no, pero sí alguien con mayor ambición. Alguien que nos está
sacando de la tumba y nos coloca en el mundo como si pudiéramos
volver sin recordar, sin desear o soñar. Yo he soñado con ella cada
día. Michael, no hay día que me arrepienta de no haberla protegido.
—Me sucede lo mismo—explicó—. Y
sí, ha sido la codicia y ambición de Julien—comentó mirándolo a
los ojos con cierta melancolía.
Aquel hombre parecía haber recuperado
la juventud. Ashlar se percató que incluso sus músculos estaban más
definidos. La ropa que llevaba era cómoda, como si hubiese estado
reforzando la vivienda o restaurando partes de ella. Una camiseta de
algodón blanca, sin mangas, y unos tejanos deslavados. Había sudado
y aún tenía la frente con algunas gotitas deslizándose hacia sus
sienes.
—Quiero protegerla de
él—dijo—Entrégamela, por favor.
—No puedo, mi deber como padre...
—¡Yo soy su pareja!—gritó
nervioso, como jamás lo había hecho frente a él. Había alzado la
voz. Era ese aroma que lo volvía loco. Estaba nervioso y le sobraba
ropa. Se ahogaba en aquella húmeda ciudad cargada de recuerdos. Aún
podía sentir el cuero de la limusina, el aroma de la leche y los
pechos suaves de Morrigan entre sus manos. Podía recordar como
saltaron, el crujido de la ropa y la dulce voz de aquella gigantesca
pelirroja. Su pelirroja—. Sé que murió en aquella isla, después
de ser torturada. Encontró la paz con una bala certera. Sin embargo,
está más segura conmigo que contigo.
—No está aquí—explicó—. Ya no.
Sin embargo, puedo reuniros a todos en el Hospital Mayfair. Allí
estará Oberon, Miravelle y Lorkyn. Creo que un reencuentro familiar
será lo apropiado—comentó derrumbado. Ashlar tenía razón.
—Amas a Rowan, harías todo por ella.
Yo amo a Morrigan y a mis hijos, haría todo por ellos—dijo algo
más calmado. Llevó su gigantesca mano derecha a su cabeza, echando
hacia atrás los largos mechones que caían sobre su frente. Él
también tenía el cabello negro, sin recuerdo de aquellas viejas
canas. Aquel cuerpo era distinto al original, sus mismos genes pero
tan mágicamente joven como el de un recién nacido. Su piel era
suave, fresca y hermosa como la de un bebé.
—Lo sé... —susurró apoyándose en
el marco de la puerta—. Pasa, tengo algo que es tuyo. Te lo daré y
aclararemos cuándo podrás verla... posiblemente mañana.
Entró dentro con los ojos llenos de
lágrimas que al fin se liberaron. Recordó por un momento “When
you are smiling” que popularizó Amstrong, como la canción que
había escuchado en aquel achacoso taxi. Una hermosa fotografía de
Morrigan, en el jardín, presidía una mesa cargada de cuadros de
diversos actos de la familia. Se aproximó a ella en silencio y se
juró volver a ver esa sonrisa, del mismo modo que estaba seguro que
volvería a sentir los cuerpos de sus hijos estrechados contra el
suyo.
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