Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 17 de julio de 2014

Cuando sonríes

Este relato son unas nuevas memorias que les traemos. Pronto, más tarde posiblemente, tendrán otras breves e intensas. 

Lestat de Lioncourt 



Se había vuelto completamente loco debido al aroma. No había duda. Frente a su pequeña y coqueta tienda, a la cual entraban cientos de mujeres y hombres, había llegado ella. Ese aroma la delataba. Era una hembra Taltos. Su sólo recuerdo despertó en él una tristeza insólita, pero también esperanza y deseo. Provocó que una oleada refrescante y salvaje, la cual lo agitó, le despertara del todo.

Su mirada al fin cobraba la chispa de la vida, una llamarada cargada de amor y compasión, que poco a poco se envolvió de cierta furia. Bajo aquel elegante traje gris hecho a medida había un alma que se retorcía, un Taltos macho que buscaba concentrarse para seguir el rastro y confirmar sus sospechas. Habían despertado a Morrigan, su Morrigan, y no habían tenido la decencia siquiera de informarle. Quería volver a tenerla entre sus brazos, besar su largo cuello y enterrar los recuerdos de aquel oscuro pasado. Ella debía regresar a su lado.

Entró tembloroso en la tienda sin reparar en las numerosas niñas que insistentemente pedían replicas de su muñeca estrella, una pelirroja de mirada seductora y cierta inocencia. Aquella muñeca era Morrigan, la Morrigan que él recordaba. Su pecho dolía, sus manos temblaban y su boca se secaba. A penas recordaba como andar y respirar sin caer en una vorágine de recuerdos, sensaciones y deseos.

Al entrar en su pequeño despacho, decorado de forma simple y acogedora, acarició el teléfono intentando recordar el número de First Street, el cual le había ofrecido Julien por si deseaba ponerse en contacto con Michael y Rowan. Sin embargo, jamás le confesó que tenía pensado rescatar a su amada del Tártaro. Ellos eran los Titanes que habían enterrado en un abismo de hielo y pétalos de flores, como si fueran dos amantes perfectos que se conservarían unidos para la eternidad.

Sin embargo, lo único que hizo fue tomar el teléfono entre sus manos y arrojarlo contra el suelo. Corrió hacia la salida, como un niño asustado, y pidió un taxi.

—¡Lléveme a First Sreet! ¡Ahora mismo! Yo le diré en qué casa parar, por favor—dijo aferrado al asiento del piloto—. Por favor, por favor...

—Sí, comprendo—respondió con una risotada—. Tranquilo, llegaremos rápido aunque no creo que vaya a apagar un incendio.

—No, voy a rescatar mi vida—musitó con nerviosismo.

La radio emitía una de las famosas canciones de Louis Amstrong, en la cual había creído tiempo atrás. Sin embargo, el mundo no le parecía tan hermoso ni perfecto. Tampoco había cielos azules de nubes blancas como el algodón, ni valles cargados de flores en plena primavera, pues había conocido la maldad humana en todo su esplendor. No obstante se relajó en el asiento trasero mientras, debido a la emoción, comenzó a llorar observando las diversas construcciones de New Orleans.

Era todo tan distinto a la primera vez. Como si fuese un sueño en mitad de sus últimos dulces momentos de vida, en los cuales desconocía por completo que moriría asesinado a mano de uno de sus hijos. Pensó en Oberon, Mirvelle y Lorkyn. Pensó en ellos tres. Vivos, dispuestos a luchar, y que no podía ver porque no se lo permitían aún. Sus hijos. Su descendencia. La descendencia de San Ashlar, Ashlar el maldito.

—¡Es esa!—exclamó—. Para el taxi—dijo llevándose la mano a la cartera para soltar un buen fajo de billetes, los cuales cubrían demasiado bien aquel viaje relámpago.

Bajo con las piernas temblorosas, pero lo que sí tenía temblorosa era el alma. Corrió hacia la cancela y la rebasó. No esperó a ser atendido. Como un furtivo, igual que aquella vez, se aproximó a la ventana y vio allí dentro, de pie y con un libro en la mano, a Michael Curry. Sus miradas se cruzaron llenas de dolor, comprensión y miedo. Michael tenía miedo, igual que él lo tenía de Michael.

La puerta se abrió, salió el brujo y se quedó en silencio esperando que Ashlar hablara.

—Sé que está viva, como yo estoy vivo—dijo—. Antes era sólo un rumor. Me habían dicho que era posible, pero que no se sabía cuándo o cómo se podría. Me dijiste que no me dejarías verla, no aún. Pero... ahora sé que no es un sueño. Sé que es real. Mi Morrigan ha ido a buscarme y yo no estaba en mi tienda. ¡Exijo que me des a mi hembra!

—No me puedes exigir que te entregue a mi hija—comentó con tranquilidad, aunque en su voz había un quiebro de emoción—. Menos ahora, hay algo que puede...

—¿Qué? Seguro que habéis devuelto a la vida a Lasher—aquellas palabras consternaron a Michael—. Tú no, pero sí alguien con mayor ambición. Alguien que nos está sacando de la tumba y nos coloca en el mundo como si pudiéramos volver sin recordar, sin desear o soñar. Yo he soñado con ella cada día. Michael, no hay día que me arrepienta de no haberla protegido.

—Me sucede lo mismo—explicó—. Y sí, ha sido la codicia y ambición de Julien—comentó mirándolo a los ojos con cierta melancolía.

Aquel hombre parecía haber recuperado la juventud. Ashlar se percató que incluso sus músculos estaban más definidos. La ropa que llevaba era cómoda, como si hubiese estado reforzando la vivienda o restaurando partes de ella. Una camiseta de algodón blanca, sin mangas, y unos tejanos deslavados. Había sudado y aún tenía la frente con algunas gotitas deslizándose hacia sus sienes.

—Quiero protegerla de él—dijo—Entrégamela, por favor.

—No puedo, mi deber como padre...

—¡Yo soy su pareja!—gritó nervioso, como jamás lo había hecho frente a él. Había alzado la voz. Era ese aroma que lo volvía loco. Estaba nervioso y le sobraba ropa. Se ahogaba en aquella húmeda ciudad cargada de recuerdos. Aún podía sentir el cuero de la limusina, el aroma de la leche y los pechos suaves de Morrigan entre sus manos. Podía recordar como saltaron, el crujido de la ropa y la dulce voz de aquella gigantesca pelirroja. Su pelirroja—. Sé que murió en aquella isla, después de ser torturada. Encontró la paz con una bala certera. Sin embargo, está más segura conmigo que contigo.

—No está aquí—explicó—. Ya no. Sin embargo, puedo reuniros a todos en el Hospital Mayfair. Allí estará Oberon, Miravelle y Lorkyn. Creo que un reencuentro familiar será lo apropiado—comentó derrumbado. Ashlar tenía razón.

—Amas a Rowan, harías todo por ella. Yo amo a Morrigan y a mis hijos, haría todo por ellos—dijo algo más calmado. Llevó su gigantesca mano derecha a su cabeza, echando hacia atrás los largos mechones que caían sobre su frente. Él también tenía el cabello negro, sin recuerdo de aquellas viejas canas. Aquel cuerpo era distinto al original, sus mismos genes pero tan mágicamente joven como el de un recién nacido. Su piel era suave, fresca y hermosa como la de un bebé.

—Lo sé... —susurró apoyándose en el marco de la puerta—. Pasa, tengo algo que es tuyo. Te lo daré y aclararemos cuándo podrás verla... posiblemente mañana.


Entró dentro con los ojos llenos de lágrimas que al fin se liberaron. Recordó por un momento “When you are smiling” que popularizó Amstrong, como la canción que había escuchado en aquel achacoso taxi. Una hermosa fotografía de Morrigan, en el jardín, presidía una mesa cargada de cuadros de diversos actos de la familia. Se aproximó a ella en silencio y se juró volver a ver esa sonrisa, del mismo modo que estaba seguro que volvería a sentir los cuerpos de sus hijos estrechados contra el suyo.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt