Petronia y Arion siempre discuten, pero el origen ésta vez es Jerome. ¿Quieren saber qué ocurre? Atrévanse a sentir lo que ellos notan en sus almas, en el fondo de sus corazones, dejando atrás todo.
Lestat de Lioncourt
Observaba la pieza como si fuese única,
aunque no lo era. Sin embargo, un diamante es un diamante. Aquella
perfección en la talla le había costado horas de pulir y cortar.
Era perfecto, aunque su tamaño no era mayor a medio centímetro.
Sería la pieza clave, y fundamental, de un broche de camafeo.
Petronia estaba tras él, en completo silencio. Él sabía que estaba
ahí, pero no iba a ser el primero en hablar después de semanas sin
saber qué había sido de ella.
—¿No me vas a decir nada?—preguntó
con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyada en la mesa a las
espaldas de Arion y con el ceño ligeramente fruncido. Llevaba un
espectacular traje de caballero, hecho a medida, y una camisa blanca
que no tenía cerrada sus primeros botones.
—Bienvenida a casa—respondió
secamente.
—¿No me vas a decir nada más?
Manfred ha sido más agradable que tú—dijo arrugando la nariz—.
Esperaba que...
—Un día me cansaré de ésta
situación—comentó dejando el diamante en la mesa, sobre un
pequeño trapo, para girarse y mirarla directamente a los ojos—.
Has estado en el Santuario, tal y como suponía, y posiblemente en
compañía del hijo de Quinn. ¿Me equivoco? Piensas crear a otro
Blackwood. Está el viejo achacoso, el joven llorica de la brillante
armadura y el muchacho que soñaba con ser arquitecto. Sin embargo,
para tener toda la colección, necesitas al futuro abogado de la
familia... un joven mulato.
—Estás celoso—soltó una enorme
carcajada y se apoyó mejor en la mesa mirándolo fijamente, sin
perder detalle a sus facciones.
—No. Si quieres un nuevo compañero
no soy quien para impedirlo—contestó encogiéndose de hombros—.
Haz lo que quieras—aquella respuesta, tan fría y concisa, la
alertó—. Si me permites seguiré con mi camafeo, pues alguien
tiene que hacer los distintos pedidos que han entrado en la web como
mediante la tienda de Nápoles y Grecia.
Arion se giró hacia la mesa, con
cuidado tomó el broche que había realizado. Era un broche algo
mayor a lo acostumbrado, tenía un cuervo que sobresalía de un
mármol negro espectacular. Había tallado aquello durante días, era
para una mujer que hacía pedidos muy importantes para un diseñador
de París. Él amaba los complementos de su tienda, sobre todo
aquellos que homenejaban a la naturaleza. El diamante era el ojo del
cuervo, tan brillante y perfecto que parecía haberle dado vida.
—¡Por qué!—gritó furiosa—.
¡Por qué no te molesta! ¡Por qué! ¡Por qué no dices nada más!
¡Por qué!—decía llevándose las manos a las sienes—. ¡Arion!
—Porque ya me acostumbré a no ser
importante para ti—dijo colocando con cuidado en la caja broche,
cerrándola y guardándola en el cajón primero de su pequeña mesa.
—Maestro, ¿hay alguien? ¿Es
eso?—preguntó con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas, las
cuales corrían libres por sus mejillas de mármol y alcanzaban la
comisura de sus labios. Ella lo miró angustiada, decepcionada y
dolida. Sin embargo, los ojos impávidos de Arion la desconcertaron
aún más.
—Maestro...
—Tú tienes a tus criaturas.
Inclusive diste la vida eterna a ese profesor de historia y
literatura—comentó con una sonrisa amarga—. Hace tiempo que
dejamos de ser dos para convertirnos en una multitud.
—¡Y qué!—acercándose a él para
tomarlo del rostro—. ¡Y qué!
—Yo te hice por amor, no por
capricho. Desde hace tiempo sólo creas por capricho—Petronia le
clavó las uñas en sus pómulos, pero él ni siquiera se inmutó. La
observaba del mismo modo mientras su voz sonaba más firme y
masculina, como si aquello sólo reafirmara lo que sentía—. No hay
necesidad para sentir celos cuando ya no te aman.
—Yo te amo—dijo con la voz
quebrada.
—Si puedes besar otros labios que no
son los míos, imaginar un futuro al lado de otro y caminar por la
tierra sin mi protección... Si puedes... entonces tú y yo hemos
acabado en el olvido, en las arenas del tiempo, allí donde las
cenizas se alzan mientras el volcán quiere volcar su ira de
nuevo—susurró antes de apartarse de ella liberándose de sus
manos—. Ten buena vida, mi hermosa niña.
—¡No! ¡Ya basta!—gritó golpeando
su pecho—. Te necesito.
—No, no me necesitas—respondió
levantándose.
—Sí, te necesito... —murmuró
tomándolo del brazo—. ¿Quién te dijo que lo besé? Quien te lo
dijo miente...
—Mis ojos—aquella afirmación la
dejó helada—. Fui a buscarte porque necesitaba tu ayuda para
realizar unos broches, pero entonces me di cuenta que tú no me
necesitabas a mí para ser feliz.
Sus manos soltaron aquel brazo que
siempre fue su apoyo. Su voz enmudeció y las lágrimas se hicieron
más caudalosas. Petronia por completo temblaba. Él simplemente besó
su frente como despedida y se alejó de ella. Sin embargo, no dio más
de tres pasos cuando la tenía pegada a su espalda, rodeándolo con
sus fuertes y finos brazos, mientras sollozaba.
—¿Y si yo no quiero que te
vayas?—preguntó—. ¿Qué ocurriría?
—Nada—respondió.
—No lo amo, era un juego... sólo un
juego...
—Y yo me he cansado de jugar—dijo
apartándola de él—. Ve con Jerome, te espera.
—¡No!—gritó furiosa girándolo
para besarlo.
Arion dejó que le besara los labios,
inclusive la rodeó con ternura. No obstante, el vínculo parecía
roto. Cuando la notó calmada logró deshacerse de ella y salir de la
habitación. Petronia comenzó a chillar su nombre, cayendo al suelo
y golpeándolo con tal furia que destrozó las baldosas. Manfred
apareció intentando calmarla, pero Arion permaneció en silencio
apoyado en la barandilla de la escalera. Jerome estaba allí, en el
hall, con su semblante sereno sin saber cómo actuar. Cuando sus ojos
jóvenes e inquietos miraron la oscura figura, mucho más robusto que
él y con una expresión llena de dolor aunque calmada, agachó la
cabeza y se abrazó sintiendo que había hecho mal.
—Muchacho, será mejor que vayas a
calmarla—comentó.
—No es a mí a quien
necesita—expresó.
—No soy yo quien desea ir—contestó
antes de sentir como Manfred salía volando de la habitación,
buscando refugio para tanto golpe, mientras ella salía de allí
temblorosa, llorosa y algo desafiante.
—Será nuestro, le darás su sangre y
olvidarás tus estupideces—balbuceó apoyada en el marco de la
puerta.
—No, no lo haré—respondió—.
Petronia, se acabó.
—¡No! ¡Tú me amas! ¡Tú me
quieres! No puedes tener...
—¿A otra?—aquello heló a
Petronia. Esa pregunta de labios de Arion la petrificó.
—Sí...
—¿Cómo te sientes al
respecto?—preguntó tan sereno que la asustó aún más, pues no
discutía con ella ni la buscaba. Era como un trozo de hielo con el
que daba golpes reiteradamente.
—Hundida, dolida, humillada,
derrotada, furiosa, desconsolada, triste y agotada—murmuró.
Él se acercó a ella y la rodeó con
sus brazos. Ella apoyó su cabeza en su pecho y él besó su frente.
Manfred corrió hacia el equipo de sonido e hizo que sonara una
ligera melodía. Sonaba tan dulce como el momento amargo tras la
derrota, cuando sabes que no hay nada más que una despedida
terrible. Jerome comenzó a subir por las escaleras y quedó al lado
del viejo Loco. Ella lloraba desconsolada hasta que él la besó del
mismo modo que siempre lo había hecho, cuando apartó sus labios de
ella la miró con ternura.
—Si me amas como dices me quedaré,
pero sólo si veo en ti un cambio de actitud—susurró.
—Maestro, nosotros no cambiamos—dijo
temblorosa.
—Sí que lo hacemos—la tomó del
rostro secando sus lágrimas—. Lo hacemos continuamente, más
rápido que el mundo. Sin embargo, no lo notamos porque nuestro amor
por los recuerdos es demasiado grande.
—Quédate conmigo... aunque sea por
los recuerdos...
—Me quedo porque te amo demasiado
como para permitirme el lujo de perderte. Porque en tus ojos veo amor
y desesperación. Sólo buscas llamar mi atención con tus actos,
sean estúpidos o inteligentes. Buscas en mí la aprobación de un
padre, la furia de un amante y el consuelo de un amigo—ella sonrió
con aquellas palabras y se abrazó a él. Arion simplemente siguió
bailando con ella.
—Te acostumbrarás, siempre son
así—dijo Manfred con una ligera sonrisa—. Es como vivir el
hundimiento del Titanic continuamente, pero con un final
maravilloso—el joven lo miró algo sorprendido y él se echó a
reír—. ¿Te gusta el ajedrez? A tu padre no le gustaba demasiado.
—Disfruto de él cuando
puedo—respondió con una ligera sonrisa.
—Ven, vamos. Dejemos a solas a éstos
dos idiotas enamorados y hablemos de tu padre—dijo echando las
manos tras la espalda, caminando algo encorvado como lo haría un
anciano—. Vamos hijo, vamos.
Arion y Petronia quedaron allí,
abrazados moviéndose suavemente. Ella seguía sollozando a ratos,
pero él no dejaba de acariciarla. Deseaba que comprendiera lo
doloroso que era no tenerla a su lado, pensar que la perdía. O más
bien, lo necesitaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario