Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 16 de julio de 2014

Siéntelo

Petronia y Arion siempre discuten, pero el origen ésta vez es Jerome. ¿Quieren saber qué ocurre? Atrévanse a sentir lo que ellos notan en sus almas, en el fondo de sus corazones, dejando atrás todo.

Lestat de Lioncourt


Observaba la pieza como si fuese única, aunque no lo era. Sin embargo, un diamante es un diamante. Aquella perfección en la talla le había costado horas de pulir y cortar. Era perfecto, aunque su tamaño no era mayor a medio centímetro. Sería la pieza clave, y fundamental, de un broche de camafeo. Petronia estaba tras él, en completo silencio. Él sabía que estaba ahí, pero no iba a ser el primero en hablar después de semanas sin saber qué había sido de ella.

—¿No me vas a decir nada?—preguntó con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyada en la mesa a las espaldas de Arion y con el ceño ligeramente fruncido. Llevaba un espectacular traje de caballero, hecho a medida, y una camisa blanca que no tenía cerrada sus primeros botones.

—Bienvenida a casa—respondió secamente.

—¿No me vas a decir nada más? Manfred ha sido más agradable que tú—dijo arrugando la nariz—. Esperaba que...

—Un día me cansaré de ésta situación—comentó dejando el diamante en la mesa, sobre un pequeño trapo, para girarse y mirarla directamente a los ojos—. Has estado en el Santuario, tal y como suponía, y posiblemente en compañía del hijo de Quinn. ¿Me equivoco? Piensas crear a otro Blackwood. Está el viejo achacoso, el joven llorica de la brillante armadura y el muchacho que soñaba con ser arquitecto. Sin embargo, para tener toda la colección, necesitas al futuro abogado de la familia... un joven mulato.

—Estás celoso—soltó una enorme carcajada y se apoyó mejor en la mesa mirándolo fijamente, sin perder detalle a sus facciones.

—No. Si quieres un nuevo compañero no soy quien para impedirlo—contestó encogiéndose de hombros—. Haz lo que quieras—aquella respuesta, tan fría y concisa, la alertó—. Si me permites seguiré con mi camafeo, pues alguien tiene que hacer los distintos pedidos que han entrado en la web como mediante la tienda de Nápoles y Grecia.

Arion se giró hacia la mesa, con cuidado tomó el broche que había realizado. Era un broche algo mayor a lo acostumbrado, tenía un cuervo que sobresalía de un mármol negro espectacular. Había tallado aquello durante días, era para una mujer que hacía pedidos muy importantes para un diseñador de París. Él amaba los complementos de su tienda, sobre todo aquellos que homenejaban a la naturaleza. El diamante era el ojo del cuervo, tan brillante y perfecto que parecía haberle dado vida.

—¡Por qué!—gritó furiosa—. ¡Por qué no te molesta! ¡Por qué! ¡Por qué no dices nada más! ¡Por qué!—decía llevándose las manos a las sienes—. ¡Arion!

—Porque ya me acostumbré a no ser importante para ti—dijo colocando con cuidado en la caja broche, cerrándola y guardándola en el cajón primero de su pequeña mesa.

—Maestro, ¿hay alguien? ¿Es eso?—preguntó con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas, las cuales corrían libres por sus mejillas de mármol y alcanzaban la comisura de sus labios. Ella lo miró angustiada, decepcionada y dolida. Sin embargo, los ojos impávidos de Arion la desconcertaron aún más.

—Maestro...

—Tú tienes a tus criaturas. Inclusive diste la vida eterna a ese profesor de historia y literatura—comentó con una sonrisa amarga—. Hace tiempo que dejamos de ser dos para convertirnos en una multitud.

—¡Y qué!—acercándose a él para tomarlo del rostro—. ¡Y qué!

—Yo te hice por amor, no por capricho. Desde hace tiempo sólo creas por capricho—Petronia le clavó las uñas en sus pómulos, pero él ni siquiera se inmutó. La observaba del mismo modo mientras su voz sonaba más firme y masculina, como si aquello sólo reafirmara lo que sentía—. No hay necesidad para sentir celos cuando ya no te aman.

—Yo te amo—dijo con la voz quebrada.

—Si puedes besar otros labios que no son los míos, imaginar un futuro al lado de otro y caminar por la tierra sin mi protección... Si puedes... entonces tú y yo hemos acabado en el olvido, en las arenas del tiempo, allí donde las cenizas se alzan mientras el volcán quiere volcar su ira de nuevo—susurró antes de apartarse de ella liberándose de sus manos—. Ten buena vida, mi hermosa niña.

—¡No! ¡Ya basta!—gritó golpeando su pecho—. Te necesito.

—No, no me necesitas—respondió levantándose.

—Sí, te necesito... —murmuró tomándolo del brazo—. ¿Quién te dijo que lo besé? Quien te lo dijo miente...

—Mis ojos—aquella afirmación la dejó helada—. Fui a buscarte porque necesitaba tu ayuda para realizar unos broches, pero entonces me di cuenta que tú no me necesitabas a mí para ser feliz.

Sus manos soltaron aquel brazo que siempre fue su apoyo. Su voz enmudeció y las lágrimas se hicieron más caudalosas. Petronia por completo temblaba. Él simplemente besó su frente como despedida y se alejó de ella. Sin embargo, no dio más de tres pasos cuando la tenía pegada a su espalda, rodeándolo con sus fuertes y finos brazos, mientras sollozaba.

—¿Y si yo no quiero que te vayas?—preguntó—. ¿Qué ocurriría?

—Nada—respondió.

—No lo amo, era un juego... sólo un juego...

—Y yo me he cansado de jugar—dijo apartándola de él—. Ve con Jerome, te espera.

—¡No!—gritó furiosa girándolo para besarlo.

Arion dejó que le besara los labios, inclusive la rodeó con ternura. No obstante, el vínculo parecía roto. Cuando la notó calmada logró deshacerse de ella y salir de la habitación. Petronia comenzó a chillar su nombre, cayendo al suelo y golpeándolo con tal furia que destrozó las baldosas. Manfred apareció intentando calmarla, pero Arion permaneció en silencio apoyado en la barandilla de la escalera. Jerome estaba allí, en el hall, con su semblante sereno sin saber cómo actuar. Cuando sus ojos jóvenes e inquietos miraron la oscura figura, mucho más robusto que él y con una expresión llena de dolor aunque calmada, agachó la cabeza y se abrazó sintiendo que había hecho mal.

—Muchacho, será mejor que vayas a calmarla—comentó.

—No es a mí a quien necesita—expresó.

—No soy yo quien desea ir—contestó antes de sentir como Manfred salía volando de la habitación, buscando refugio para tanto golpe, mientras ella salía de allí temblorosa, llorosa y algo desafiante.

—Será nuestro, le darás su sangre y olvidarás tus estupideces—balbuceó apoyada en el marco de la puerta.

—No, no lo haré—respondió—. Petronia, se acabó.

—¡No! ¡Tú me amas! ¡Tú me quieres! No puedes tener...

—¿A otra?—aquello heló a Petronia. Esa pregunta de labios de Arion la petrificó.

—Sí...

—¿Cómo te sientes al respecto?—preguntó tan sereno que la asustó aún más, pues no discutía con ella ni la buscaba. Era como un trozo de hielo con el que daba golpes reiteradamente.

—Hundida, dolida, humillada, derrotada, furiosa, desconsolada, triste y agotada—murmuró.

Él se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella apoyó su cabeza en su pecho y él besó su frente. Manfred corrió hacia el equipo de sonido e hizo que sonara una ligera melodía. Sonaba tan dulce como el momento amargo tras la derrota, cuando sabes que no hay nada más que una despedida terrible. Jerome comenzó a subir por las escaleras y quedó al lado del viejo Loco. Ella lloraba desconsolada hasta que él la besó del mismo modo que siempre lo había hecho, cuando apartó sus labios de ella la miró con ternura.

—Si me amas como dices me quedaré, pero sólo si veo en ti un cambio de actitud—susurró.

—Maestro, nosotros no cambiamos—dijo temblorosa.

—Sí que lo hacemos—la tomó del rostro secando sus lágrimas—. Lo hacemos continuamente, más rápido que el mundo. Sin embargo, no lo notamos porque nuestro amor por los recuerdos es demasiado grande.

—Quédate conmigo... aunque sea por los recuerdos...

—Me quedo porque te amo demasiado como para permitirme el lujo de perderte. Porque en tus ojos veo amor y desesperación. Sólo buscas llamar mi atención con tus actos, sean estúpidos o inteligentes. Buscas en mí la aprobación de un padre, la furia de un amante y el consuelo de un amigo—ella sonrió con aquellas palabras y se abrazó a él. Arion simplemente siguió bailando con ella.

—Te acostumbrarás, siempre son así—dijo Manfred con una ligera sonrisa—. Es como vivir el hundimiento del Titanic continuamente, pero con un final maravilloso—el joven lo miró algo sorprendido y él se echó a reír—. ¿Te gusta el ajedrez? A tu padre no le gustaba demasiado.

—Disfruto de él cuando puedo—respondió con una ligera sonrisa.

—Ven, vamos. Dejemos a solas a éstos dos idiotas enamorados y hablemos de tu padre—dijo echando las manos tras la espalda, caminando algo encorvado como lo haría un anciano—. Vamos hijo, vamos.


Arion y Petronia quedaron allí, abrazados moviéndose suavemente. Ella seguía sollozando a ratos, pero él no dejaba de acariciarla. Deseaba que comprendiera lo doloroso que era no tenerla a su lado, pensar que la perdía. O más bien, lo necesitaba.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt