Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 16 de julio de 2014

Marcando territorio. Duelo desesperado.

El siguiente relato es bastante doloroso. Advertimos que Daniel jamás ha hablado en primera persona, pero ahora lo ha hecho. Ha deseado contar un suceso terrible de las últimas horas.

Lestat de Lioncourt 


La Isla de la Noche era un refugio perfecto para mí. Había ido allí en multitud de ocasiones, sintiendo el aire agitado de la playa envolviendo aquellas gigantescas y brillantes construcciones, pero ninguna era igual que la anterior. Mis pasos siempre fueron solitarios, aunque a veces él me acompañaba a cierta distancia con cierta consternación, o simplemente una curiosidad demasiado aguda. Sin embargo, aquella noche no había nadie a mi alrededor. Estaba acompañado únicamente por una gigantesca luna llena. A penas se podían apreciar las estrellas, como tampoco las numerosas tiendas debido a la avalancha de turistas humanos. Estaba solo.

En uno de los numerosos teatros se representaba la obra musical “Moulin Rouge”. Durante algunos años fui como aquel muchacho, buscando una gran historia y la experiencia cuasi religiosa de una gran oportunidad. Sin embargo, me convertí en fugitivo de mí mismo y el terror a morir me enloqueció. Había visto los filosos colmillos de un vampiro, los sentí clavándose en mi cuello y dejando que la sangre brotara. La vida se deslizaba entre mis dedos y veía como el calendario iba perdiendo días. Miedo. Sentía miedo. Un miedo perverso que me agitaba. Y lo peor de todo, o la mayor desgracia de todas, fue conocerlo a él.

Juro que cuando lo vi supe perfectamente que era Armand. Louis había descrito perfectamente sus ojos oscuros, aunque no los restantes rasgos. Sólo con aquella mirada, su presencia sobrecogedora y la forma en la cual se desenvolvía, supe que no podía ser otro. Era el dueño de New Orleans por aquellas fechas, estaba en su territorio. Lestat no estaba allí, pero sí él. Debí marcharme, correr como si no hubiese mañana nueva en mi vida y olvidarme de todo, pero no lo hice. Quería saber, comprender y ser. Mal hecho. Me condené a mí mismo.

No puedo alejar de mí todas y cada una de las palabras que llegan a mí, como si fuera un gran ordenador, y tampoco llego a poder apartar esos sueños, los cuales son cada vez más terribles. Quiero gritar a cada paso que doy, pero cuando estoy frente a mis encantadoras casitas todo se difumina. Si me concentro bien en un trabajo tan rutinario, aunque artístico, puedo quedarme vacío.

Mi paseo se vio interrumpido cuando capté su presencia. Había estado en una de sus nuevas residencias, junto con Armand y los otros compañeros nuevos que tenía. Sin embargo, ni él ni yo nos soportábamos. Esa presencia era él, Marius Romanus, colocado frente a mí estratégicamente. No huí, pues no pensaba que fuese peligroso.

—Te imaginaba encorvado frente a una maqueta—explicó—. No aquí, en el bulevar donde los teatros y los casinos maravillan a todos—comentó encogiéndose de hombros con las manos en los bolsillos de aquella chaqueta negra, una americana hecha a medida, que ocultaba una camisa roja muy llamativa—. Y dime, Daniel, ¿dónde está mi pupilo?—preguntó mirándome con ojos inquisidores y crueles.

—No lo sé—mi voz sonaba algo ronca, pues tenía sed. Si había salido de mi guarida era porque quería encontrar algo de alimento—. Aquí no está.

—Siempre viene aquí, ¿verdad? A buscarte. Puedo oler su colonia envolviéndote. ¿Te abrazó hoy? ¿O fue ayer?—dijo acortando distancias mientras yo permanecía allí parado, como si fuera parte del mobiliario urbano.

—No lo recuerdo—susurré algo turbado. Las voces me rogaban que los ayudara, también había risas y murmullos muy inquietantes. Quería alejarme. Necesitaba beber. Mi camisa blanca, completamente arrugada, llevaba su colonia y no lo había apreciado siquiera. Hacía días que la usaba, sin importarme siquiera por las dos pequeñas gotas de sangre del cuello—. Búsquelo.

—¿Ya te vas?—preguntó tomándome del brazo derecho con una fuerza y una presión alarmantes—. ¿Dónde está mi querubín?

—Nadie es de nadie. Yo no soy de él. Él no es tuyo. Buenas noches—dije forcejeando para marcharme, pues no quería quedarme allí.

Sin embargo, no pude soltarme. La frustración aumentaba. Mis viejas gafas, las cuales usaba a modo de recuerdo, cayeron entre nuestros pies y él la pisó dejándolas destrozadas. Su mano se vio fortalecida por otra, igual de firme. Pronto tenía sus dos manos agarrándome por los brazos, justo por encima del codo. Algunos mortales repararon en nosotros, pero no dieron importancia a la pelea.

—Déjame—apreté los dientes y le miré furioso—. Déjame.

—No, dime dónde está—contestó agitándome—. ¡Dime!

—No lo sé—por supuesto que no lo sabía, pero tenía la mente cerrada para él y para todos. No quería que viesen mi terrible secreto. No. No quería que nadie comprendiese que estaba perdido. ¿Y si me lanzaban al fuego? Antes hacían eso con los vampiros que enloquecían—. ¡Suelta!

—No—dijo jalando de mí como si no pesara nada.

Nos movimos rápidamente entre la multitud, perdiéndonos de vista de todos. Éramos como una ráfaga de aire. Cuando pude tomar consciencia de todo estaba en una habitación de aquel fastuoso hotel de lujo. Esa habitación por supuesto era la mía. Entonces, y sólo entonces, me soltó y yo corrí a pegarme a una de las paredes mientras lo miraba furioso. Si se acercaba demasiado le arrojaría todos y cada uno de los libros, le aplastaría el cuadro de Renoir en la cabeza y huiría.

—¿Qué temes?—tenía un aspecto amenazador, a pesar que parecía un elegante hombre de negocios. Sus cabellos estaban magníficamente peinados hacia atrás, dándole un aspecto aseado, y en una de sus manos había un anillo de oro con un rubí impresionante. No comprendía que hacía allí, así vestido como uno más, buscando a Armand. Yo no sabía dónde estaba. Él venía, me visitaba, me hablaba durante horas y yo sólo prestaba atención a mis creaciones—. Daniel, Daniel, Daniel... ¿me temes? ¿Por qué?

—Se escuchan muchas cosas sobre ti y no me agradan—acaricié tembloroso el papel pintado de la habitación. Quería que se fuera—. Armand no está.

—Volverá y quiero que le des un recado—explicó.

—Ah...

Me llevé la mano derecha a mi flequillo, pues estaba revuelto sobre mis ojos, y cuando presté atención a sus movimientos me di cuenta que era como un magnífico león. Él caminaba en aquella sábana como si fuera su hogar, recorriendo cada trozo del magnífico suelo de mármol como si fuera un triunfo, y cuando pude mover los labios tenía los suyos contra los míos. Me había tomado del rostro, agarrándolo firmemente, mientras su lengua se colaba dentro de mi boca. Podía notar su cuerpo aplastándome contra el muro y mis manos contra su pecho.

—No, no...—era lo único que supe decir cuando apartó sus labios de los míos. Aquella boca se había llevado parte de mi consciencia, sobre todo cuando se coló tras mi oreja derecha, justo cerca del lóbulo, para besarme como si fuera mi amante—. ¡No!—grité empujándolo, pero él me abofeteó y me besó de nuevo con mayor apetito. Pero no fue un beso común. En ese beso había sangre y yo estaba sediento.

—Eso es, eso es... —escuché decir dejando mi boca mientras notaba como mi cuerpo tiritaba—. Cede o será peor.

Me quedé extasiado por el sabor de esa sangre tan espesa. Jamás había probado una sangre tan espesa salvo la de Armand, pero era distinto. Podía sentir sus manos abriéndose paso por mi camisa, rompiendo la fina tela de algodón, para luego quitarme los tejanos y dejarme completamente desnudo. Los zapatos quedaron en un rincón, junto a mi ropa interior y mis calcetines, mientras que las prendas, como la camiseta o el pantalón, estaban bajo nuestros pies completamente destrozadas.

—Más...

—Te daré más, mucho más—murmuró con una terrible diversión. En medio de aquella confusión, pues mis sentidos quedaron aturdidos como si me hubiesen drogado, escuché claramente sus carcajadas. Sabía que no tenía como escapar.

Su boca fue directa a mi pezón izquierdo. Sentí sus dientes rozando aquella zona tan erógena, para luego notar como lo perforaba. Solté un leve grito de placer y noté como mis piernas se abrían, permitiendo que sus manos se colaran entre mis muslos para que los acariciara. Me sentía completamente perdido y excitado. Él era como una araña y yo un inofensivo insecto. Había caído en su trampa, me había dejado vencer rápidamente, con un poco de su veneno. Su lengua era rápida y deliciosa, me preguntaba como se sentiría por todo mi cuerpo que comenzaba a caldearse. No era consciente de mi necesidad de sexo, sino de la sed que arañaba mi garganta como un vampiro araña su ataúd. Mis dedos presionaban sus hombros, pues había colocado al fin mis manos sobre él. Tenía un tacto más áspero, grueso y duro. Sus músculos eran como mármol cincelado. Notaba sus cabello rubios, de un dorado más intenso que el mío, rozándome el pecho que comenzaba a perlarse de sudor. Era un hombre corpulento comparado conmigo, mucho más delgado y con una fuerza insignificante.

—Más...

No deseaba más de sus caricias, sino de su sangre. Quería sangre. Aún paladeaba el sabor de ese beso. Mis labios temblaban como los de un yonki que necesita su chute diario de drogas. Los suyos iban de un pezón a otro, rodeándolo y succionándolo, para luego dar paso a sus dientes. Pero algo cambió. Con un movimiento brusco me tiró a la cama.

Caí de espaldas a él, con el torso completamente pegado a la cama revuelta. Cama que olía a él, al muchacho de cabellos de fuego. El mismo ser que parecía un ángel y en realidad era un demonio turbado, desesperado por experimentar conmigo el dolor y la miseria, y que había perseguido, del mismo modo que él me persiguió, durante años. Ese olor era el perfume de magnolias que a veces usaba, aunque creo que es su loción corporal, y aquello me hizo recordar la última noche en la que estuvo conmigo. Había terminado recostado a mi lado, hablándome de mil cosas sin importancia para mí, hasta que lo eché cansado y furioso. En ese momento deseé que estuviese allí para calmar a Marius.

Sin aviso, como si no importara si aún era consciente de mí o de todo lo que ocurría, me penetró bajándose tan sólo la cremallera. Sentía la hebilla de metal, tan fría, rozando mis redondeadas nalgas. Mi cerebro quiso desconectarse, pero las imágenes y las voces se intensificaron. Sus blancas y frías manos se colocaron en mi cadera, pero rápidamente fue una a mi cuello, levantándome, mientras que la zurda, la otra mano, se quedaba enredada en mis cabellos rubios.

—Así aprenderás a no tocar lo que es mío. Él es mío—dijo furioso con un tono muy amenazador.

—No... —tenía miedo y él no estaba. Me dijo que siempre estaría, pero me había abandonado como aquella vez—. ¡Armand! ¡Armand! ¡Armand!—grité cual plegaria, aunque nadie me escucharía. Busqué entre la multitud, tanto de fuera como de dentro de la isla, esperando que alguien, a su lado, captara el mensaje.

Me aferré a las ropas de la cama, tan blancas como las plumas de las alas de los ángeles que tanto amaba mi creador. Rápidamente mis lágrimas salpicaron el colchón mientras mis caderas se movían. El placer intenso y sus movimientos impíos. Mordió salvajemente mi cuello, ambos hombros y mi brazo derecho. La mano de mis cabellos, que parecía arrancarme el cuero cabelludo, se unió a la otra rodeando mi garganta, presionándola como si quisiera partirme en dos.

El sonido de sus testículos contra mí era intenso, sus palabras sucias comenzaron a calentarme y aún así no podía impedir derramar lágrimas de sufrimiento. Aquello era una violación en toda regla. Me estaba maltratando porque Armand venía a buscarme, él era su querubín y mi demonio de la guarda. El mismo ser que había dejado abandonado a su pupilo, incluso lo condenó a vivir solo, estaba allí dispuesto a marcar su territorio a costa mía.

Después de varios minutos, se apartó de mí. Caí desplomado al colchón, pero fui girado. Mis ojos violetas se fijaron en los suyos. Su boca estaba manchada de sangre, aunque eso era de esperarse después de morderme con esa rabia incontenible. Se inclinó abriendo mis piernas, permitiendo que éstas rodearan sus caderas, y me besó ofreciéndome la sangre suficiente para dejar de pedir auxilio.

El delirio de aquellas gotas, tan espesas y deliciosas, me hizo gemir y concentrarme en mover las caderas de forma descontrolada. No había dolor, ni miedo o molestia. Sólo existía el placer. Un placer amargo, pero un placer al fin y al cabo. Mis gemidos se mezclaban con sus jadeos, su frente se pegó a la mía y ambos nos miramos furiosos, aunque excitados. La punta de mi lengua rozó su nariz y lo miré con lascivia. Quería que sufriera, pero no le daría el placer de verme llorar implorando perdón.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer?—pregunté sacando la camisa de dentro del pantalón, para meter mi mano derecha por la espalda y la izquierda por el pecho. Ambas manos, con sus respectivas uñas, empezaron a dejar caricias y arañazos—. Más, quiero más. Si me follas, hazlo bien.

Marius me miró incrédulo. La tortura había acabado para mí.

Rápidamente cambié posiciones y él quedó en la cama, conmigo encima de su vientre cabalgándolo. Abrí su chaqueta, rompí los botones de su camisa y enterré mis uñas en su torso. Me movía como un salvaje. Eché la cabeza hacia atrás, jadeando, mientras le mostraba mi cuello algo manchado de sangre que, por supuesto, le llamaría la atención y desearía morder de nuevo. Sus manos, de dedos gruesos y ásperos, no tardaron en agarrarme por la cintura. Estaba fascinado por el cambio de los acontecimientos, pero no molesto o irritado como hubiese estado otro.

Me vine apretando su miembro dentro de mi interior, dejando que sintiera la presión absoluta, pero no se corrió. No. No lo hizo. Me levanté de su vientre, deslizándome por encima de su figura como una serpiente, y comencé a lamer la punta de su miembro, el cual acabé succionando con deseo. Tras varias succiones terminó corriéndose y yo, como era normal, mordí el glande provocándole un terrible dolor. Rápidamente, sin darle tiempo a reaccionar, corrí refugiándome en una cámara secreta, donde Armand ocultaba alguno de sus experimentos, y que poseía acero reforzado para que nadie pudiese entrar. Estaba a salvo.

Marius gritó furioso, comenzó a destrozar mis hermosas construcciones, y después de un rato se marchó. Esperé varios minutos para cerciorarme que no regresaría, después entré en la habitación y me arrojé al colchón quedando en silencio con las numerosas voces, todas ellas diferentes, y con la asquerosa sensación de haber dormido con el enemigo.

—¿Dónde estás? ¿Dónde?—musité antes de sentirme entumido por el amanecer cercano.

Escuché entonces el ascensor. Los pasos apresurados de Armand por el pasillo, como se abría la puerta de un golpe y ruido de bolsas cayendo en el suelo. Mis ojos ya se habían cerrado y mi mente volaba lentamente. Quise maldecirlo, pero no pude. Deseé golpearlo, aunque ya era tarde.


—¿Daniel? ¡Daniel!—oí su voz, pero ya era demasiado tarde. El silencio me acogía al fin, los sueños vendrían a por mí. No serían sueños dulces, aunque tenía cerca su aroma a magnolias—. Daniel... Dani...  

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Lestat de Lioncourt