Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 16 de julio de 2014

Marcando territorio. Duelo desesperado.

El siguiente relato es bastante doloroso. Advertimos que Daniel jamás ha hablado en primera persona, pero ahora lo ha hecho. Ha deseado contar un suceso terrible de las últimas horas.

Lestat de Lioncourt 


La Isla de la Noche era un refugio perfecto para mí. Había ido allí en multitud de ocasiones, sintiendo el aire agitado de la playa envolviendo aquellas gigantescas y brillantes construcciones, pero ninguna era igual que la anterior. Mis pasos siempre fueron solitarios, aunque a veces él me acompañaba a cierta distancia con cierta consternación, o simplemente una curiosidad demasiado aguda. Sin embargo, aquella noche no había nadie a mi alrededor. Estaba acompañado únicamente por una gigantesca luna llena. A penas se podían apreciar las estrellas, como tampoco las numerosas tiendas debido a la avalancha de turistas humanos. Estaba solo.

En uno de los numerosos teatros se representaba la obra musical “Moulin Rouge”. Durante algunos años fui como aquel muchacho, buscando una gran historia y la experiencia cuasi religiosa de una gran oportunidad. Sin embargo, me convertí en fugitivo de mí mismo y el terror a morir me enloqueció. Había visto los filosos colmillos de un vampiro, los sentí clavándose en mi cuello y dejando que la sangre brotara. La vida se deslizaba entre mis dedos y veía como el calendario iba perdiendo días. Miedo. Sentía miedo. Un miedo perverso que me agitaba. Y lo peor de todo, o la mayor desgracia de todas, fue conocerlo a él.

Juro que cuando lo vi supe perfectamente que era Armand. Louis había descrito perfectamente sus ojos oscuros, aunque no los restantes rasgos. Sólo con aquella mirada, su presencia sobrecogedora y la forma en la cual se desenvolvía, supe que no podía ser otro. Era el dueño de New Orleans por aquellas fechas, estaba en su territorio. Lestat no estaba allí, pero sí él. Debí marcharme, correr como si no hubiese mañana nueva en mi vida y olvidarme de todo, pero no lo hice. Quería saber, comprender y ser. Mal hecho. Me condené a mí mismo.

No puedo alejar de mí todas y cada una de las palabras que llegan a mí, como si fuera un gran ordenador, y tampoco llego a poder apartar esos sueños, los cuales son cada vez más terribles. Quiero gritar a cada paso que doy, pero cuando estoy frente a mis encantadoras casitas todo se difumina. Si me concentro bien en un trabajo tan rutinario, aunque artístico, puedo quedarme vacío.

Mi paseo se vio interrumpido cuando capté su presencia. Había estado en una de sus nuevas residencias, junto con Armand y los otros compañeros nuevos que tenía. Sin embargo, ni él ni yo nos soportábamos. Esa presencia era él, Marius Romanus, colocado frente a mí estratégicamente. No huí, pues no pensaba que fuese peligroso.

—Te imaginaba encorvado frente a una maqueta—explicó—. No aquí, en el bulevar donde los teatros y los casinos maravillan a todos—comentó encogiéndose de hombros con las manos en los bolsillos de aquella chaqueta negra, una americana hecha a medida, que ocultaba una camisa roja muy llamativa—. Y dime, Daniel, ¿dónde está mi pupilo?—preguntó mirándome con ojos inquisidores y crueles.

—No lo sé—mi voz sonaba algo ronca, pues tenía sed. Si había salido de mi guarida era porque quería encontrar algo de alimento—. Aquí no está.

—Siempre viene aquí, ¿verdad? A buscarte. Puedo oler su colonia envolviéndote. ¿Te abrazó hoy? ¿O fue ayer?—dijo acortando distancias mientras yo permanecía allí parado, como si fuera parte del mobiliario urbano.

—No lo recuerdo—susurré algo turbado. Las voces me rogaban que los ayudara, también había risas y murmullos muy inquietantes. Quería alejarme. Necesitaba beber. Mi camisa blanca, completamente arrugada, llevaba su colonia y no lo había apreciado siquiera. Hacía días que la usaba, sin importarme siquiera por las dos pequeñas gotas de sangre del cuello—. Búsquelo.

—¿Ya te vas?—preguntó tomándome del brazo derecho con una fuerza y una presión alarmantes—. ¿Dónde está mi querubín?

—Nadie es de nadie. Yo no soy de él. Él no es tuyo. Buenas noches—dije forcejeando para marcharme, pues no quería quedarme allí.

Sin embargo, no pude soltarme. La frustración aumentaba. Mis viejas gafas, las cuales usaba a modo de recuerdo, cayeron entre nuestros pies y él la pisó dejándolas destrozadas. Su mano se vio fortalecida por otra, igual de firme. Pronto tenía sus dos manos agarrándome por los brazos, justo por encima del codo. Algunos mortales repararon en nosotros, pero no dieron importancia a la pelea.

—Déjame—apreté los dientes y le miré furioso—. Déjame.

—No, dime dónde está—contestó agitándome—. ¡Dime!

—No lo sé—por supuesto que no lo sabía, pero tenía la mente cerrada para él y para todos. No quería que viesen mi terrible secreto. No. No quería que nadie comprendiese que estaba perdido. ¿Y si me lanzaban al fuego? Antes hacían eso con los vampiros que enloquecían—. ¡Suelta!

—No—dijo jalando de mí como si no pesara nada.

Nos movimos rápidamente entre la multitud, perdiéndonos de vista de todos. Éramos como una ráfaga de aire. Cuando pude tomar consciencia de todo estaba en una habitación de aquel fastuoso hotel de lujo. Esa habitación por supuesto era la mía. Entonces, y sólo entonces, me soltó y yo corrí a pegarme a una de las paredes mientras lo miraba furioso. Si se acercaba demasiado le arrojaría todos y cada uno de los libros, le aplastaría el cuadro de Renoir en la cabeza y huiría.

—¿Qué temes?—tenía un aspecto amenazador, a pesar que parecía un elegante hombre de negocios. Sus cabellos estaban magníficamente peinados hacia atrás, dándole un aspecto aseado, y en una de sus manos había un anillo de oro con un rubí impresionante. No comprendía que hacía allí, así vestido como uno más, buscando a Armand. Yo no sabía dónde estaba. Él venía, me visitaba, me hablaba durante horas y yo sólo prestaba atención a mis creaciones—. Daniel, Daniel, Daniel... ¿me temes? ¿Por qué?

—Se escuchan muchas cosas sobre ti y no me agradan—acaricié tembloroso el papel pintado de la habitación. Quería que se fuera—. Armand no está.

—Volverá y quiero que le des un recado—explicó.

—Ah...

Me llevé la mano derecha a mi flequillo, pues estaba revuelto sobre mis ojos, y cuando presté atención a sus movimientos me di cuenta que era como un magnífico león. Él caminaba en aquella sábana como si fuera su hogar, recorriendo cada trozo del magnífico suelo de mármol como si fuera un triunfo, y cuando pude mover los labios tenía los suyos contra los míos. Me había tomado del rostro, agarrándolo firmemente, mientras su lengua se colaba dentro de mi boca. Podía notar su cuerpo aplastándome contra el muro y mis manos contra su pecho.

—No, no...—era lo único que supe decir cuando apartó sus labios de los míos. Aquella boca se había llevado parte de mi consciencia, sobre todo cuando se coló tras mi oreja derecha, justo cerca del lóbulo, para besarme como si fuera mi amante—. ¡No!—grité empujándolo, pero él me abofeteó y me besó de nuevo con mayor apetito. Pero no fue un beso común. En ese beso había sangre y yo estaba sediento.

—Eso es, eso es... —escuché decir dejando mi boca mientras notaba como mi cuerpo tiritaba—. Cede o será peor.

Me quedé extasiado por el sabor de esa sangre tan espesa. Jamás había probado una sangre tan espesa salvo la de Armand, pero era distinto. Podía sentir sus manos abriéndose paso por mi camisa, rompiendo la fina tela de algodón, para luego quitarme los tejanos y dejarme completamente desnudo. Los zapatos quedaron en un rincón, junto a mi ropa interior y mis calcetines, mientras que las prendas, como la camiseta o el pantalón, estaban bajo nuestros pies completamente destrozadas.

—Más...

—Te daré más, mucho más—murmuró con una terrible diversión. En medio de aquella confusión, pues mis sentidos quedaron aturdidos como si me hubiesen drogado, escuché claramente sus carcajadas. Sabía que no tenía como escapar.

Su boca fue directa a mi pezón izquierdo. Sentí sus dientes rozando aquella zona tan erógena, para luego notar como lo perforaba. Solté un leve grito de placer y noté como mis piernas se abrían, permitiendo que sus manos se colaran entre mis muslos para que los acariciara. Me sentía completamente perdido y excitado. Él era como una araña y yo un inofensivo insecto. Había caído en su trampa, me había dejado vencer rápidamente, con un poco de su veneno. Su lengua era rápida y deliciosa, me preguntaba como se sentiría por todo mi cuerpo que comenzaba a caldearse. No era consciente de mi necesidad de sexo, sino de la sed que arañaba mi garganta como un vampiro araña su ataúd. Mis dedos presionaban sus hombros, pues había colocado al fin mis manos sobre él. Tenía un tacto más áspero, grueso y duro. Sus músculos eran como mármol cincelado. Notaba sus cabello rubios, de un dorado más intenso que el mío, rozándome el pecho que comenzaba a perlarse de sudor. Era un hombre corpulento comparado conmigo, mucho más delgado y con una fuerza insignificante.

—Más...

No deseaba más de sus caricias, sino de su sangre. Quería sangre. Aún paladeaba el sabor de ese beso. Mis labios temblaban como los de un yonki que necesita su chute diario de drogas. Los suyos iban de un pezón a otro, rodeándolo y succionándolo, para luego dar paso a sus dientes. Pero algo cambió. Con un movimiento brusco me tiró a la cama.

Caí de espaldas a él, con el torso completamente pegado a la cama revuelta. Cama que olía a él, al muchacho de cabellos de fuego. El mismo ser que parecía un ángel y en realidad era un demonio turbado, desesperado por experimentar conmigo el dolor y la miseria, y que había perseguido, del mismo modo que él me persiguió, durante años. Ese olor era el perfume de magnolias que a veces usaba, aunque creo que es su loción corporal, y aquello me hizo recordar la última noche en la que estuvo conmigo. Había terminado recostado a mi lado, hablándome de mil cosas sin importancia para mí, hasta que lo eché cansado y furioso. En ese momento deseé que estuviese allí para calmar a Marius.

Sin aviso, como si no importara si aún era consciente de mí o de todo lo que ocurría, me penetró bajándose tan sólo la cremallera. Sentía la hebilla de metal, tan fría, rozando mis redondeadas nalgas. Mi cerebro quiso desconectarse, pero las imágenes y las voces se intensificaron. Sus blancas y frías manos se colocaron en mi cadera, pero rápidamente fue una a mi cuello, levantándome, mientras que la zurda, la otra mano, se quedaba enredada en mis cabellos rubios.

—Así aprenderás a no tocar lo que es mío. Él es mío—dijo furioso con un tono muy amenazador.

—No... —tenía miedo y él no estaba. Me dijo que siempre estaría, pero me había abandonado como aquella vez—. ¡Armand! ¡Armand! ¡Armand!—grité cual plegaria, aunque nadie me escucharía. Busqué entre la multitud, tanto de fuera como de dentro de la isla, esperando que alguien, a su lado, captara el mensaje.

Me aferré a las ropas de la cama, tan blancas como las plumas de las alas de los ángeles que tanto amaba mi creador. Rápidamente mis lágrimas salpicaron el colchón mientras mis caderas se movían. El placer intenso y sus movimientos impíos. Mordió salvajemente mi cuello, ambos hombros y mi brazo derecho. La mano de mis cabellos, que parecía arrancarme el cuero cabelludo, se unió a la otra rodeando mi garganta, presionándola como si quisiera partirme en dos.

El sonido de sus testículos contra mí era intenso, sus palabras sucias comenzaron a calentarme y aún así no podía impedir derramar lágrimas de sufrimiento. Aquello era una violación en toda regla. Me estaba maltratando porque Armand venía a buscarme, él era su querubín y mi demonio de la guarda. El mismo ser que había dejado abandonado a su pupilo, incluso lo condenó a vivir solo, estaba allí dispuesto a marcar su territorio a costa mía.

Después de varios minutos, se apartó de mí. Caí desplomado al colchón, pero fui girado. Mis ojos violetas se fijaron en los suyos. Su boca estaba manchada de sangre, aunque eso era de esperarse después de morderme con esa rabia incontenible. Se inclinó abriendo mis piernas, permitiendo que éstas rodearan sus caderas, y me besó ofreciéndome la sangre suficiente para dejar de pedir auxilio.

El delirio de aquellas gotas, tan espesas y deliciosas, me hizo gemir y concentrarme en mover las caderas de forma descontrolada. No había dolor, ni miedo o molestia. Sólo existía el placer. Un placer amargo, pero un placer al fin y al cabo. Mis gemidos se mezclaban con sus jadeos, su frente se pegó a la mía y ambos nos miramos furiosos, aunque excitados. La punta de mi lengua rozó su nariz y lo miré con lascivia. Quería que sufriera, pero no le daría el placer de verme llorar implorando perdón.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer?—pregunté sacando la camisa de dentro del pantalón, para meter mi mano derecha por la espalda y la izquierda por el pecho. Ambas manos, con sus respectivas uñas, empezaron a dejar caricias y arañazos—. Más, quiero más. Si me follas, hazlo bien.

Marius me miró incrédulo. La tortura había acabado para mí.

Rápidamente cambié posiciones y él quedó en la cama, conmigo encima de su vientre cabalgándolo. Abrí su chaqueta, rompí los botones de su camisa y enterré mis uñas en su torso. Me movía como un salvaje. Eché la cabeza hacia atrás, jadeando, mientras le mostraba mi cuello algo manchado de sangre que, por supuesto, le llamaría la atención y desearía morder de nuevo. Sus manos, de dedos gruesos y ásperos, no tardaron en agarrarme por la cintura. Estaba fascinado por el cambio de los acontecimientos, pero no molesto o irritado como hubiese estado otro.

Me vine apretando su miembro dentro de mi interior, dejando que sintiera la presión absoluta, pero no se corrió. No. No lo hizo. Me levanté de su vientre, deslizándome por encima de su figura como una serpiente, y comencé a lamer la punta de su miembro, el cual acabé succionando con deseo. Tras varias succiones terminó corriéndose y yo, como era normal, mordí el glande provocándole un terrible dolor. Rápidamente, sin darle tiempo a reaccionar, corrí refugiándome en una cámara secreta, donde Armand ocultaba alguno de sus experimentos, y que poseía acero reforzado para que nadie pudiese entrar. Estaba a salvo.

Marius gritó furioso, comenzó a destrozar mis hermosas construcciones, y después de un rato se marchó. Esperé varios minutos para cerciorarme que no regresaría, después entré en la habitación y me arrojé al colchón quedando en silencio con las numerosas voces, todas ellas diferentes, y con la asquerosa sensación de haber dormido con el enemigo.

—¿Dónde estás? ¿Dónde?—musité antes de sentirme entumido por el amanecer cercano.

Escuché entonces el ascensor. Los pasos apresurados de Armand por el pasillo, como se abría la puerta de un golpe y ruido de bolsas cayendo en el suelo. Mis ojos ya se habían cerrado y mi mente volaba lentamente. Quise maldecirlo, pero no pude. Deseé golpearlo, aunque ya era tarde.


—¿Daniel? ¡Daniel!—oí su voz, pero ya era demasiado tarde. El silencio me acogía al fin, los sueños vendrían a por mí. No serían sueños dulces, aunque tenía cerca su aroma a magnolias—. Daniel... Dani...  

miércoles, 24 de agosto de 2011

La isla de la noche

Repito lo dicho anteriormente, estos personajes pertenecen a Anne Rice y yo sólo he creado estas líneas para satisfacer mi imaginación, tal vez también la de alguno de los presentes.





.La isla de la noche.

Miami siempre había sido un estercolero de ratas. Los mayores imbéciles que jamás había visto en mi vida se concentraban en Miami y en las Vegas. Eran dos ciudades tóxicas, de esas que dejan huella y no para bien. Los peores criminales, sobre todo los que se centraban en estafas y blanqueo de dinero, daban a parar a estas dos iluminadas ciudades.

Hacía días que me había marchado del lado de Louis, rumbo a las Vegas. Allí estuve disfrutando del concierto de luz y sonido que provocaban las tragaperras. Seduje a tantas mujeres como hombres, estuve entre sus piernas y me entregué fácilmente a la lujuria.

No me importaba de las alcantarillas de donde salían aquellos estúpidos, ni siquiera si eran cabareteras o multimillonarios prácticamente imberbes. Los moteles y los hoteles de lujo daban buena cuenta de ello, sobre todo de los gemidos que provocaba en mis acompañantes. Lástima que no terminaban siguiéndome el ritmo por completo, morían en mis labios mientras los rodeaba en un último abrazo.

Había gozado como un niño en un parque de atracciones. No había duda de ello, sobre todo por mi sonrisa y por el brillo de mis ojos. Estaba más que satisfecho por haber dejado mi huella en aquella ciudad a ritmo de Elvis y ruleta de la fortuna. Lo único que me importaba en ese instante era saciar mi ego, no las lágrimas de pudiera echar Louis por mis nuevos juegos de cama.

Si embargo, nada más pisar las costas de Miami y recorrer una vez más la sedosa arena, aún caliente por los rayos del sol, noté cierta melancolía que me hizo sentir culpable. Esa culpabilidad se incrementó cuando Louis apareció a mi encuentro. Remordimientos que que carcomían cada trozo de mi alma como si fueran polillas, me había vuelto tan estúpido o más que antes.

Vestía una camisa blanca de algodón, mal acomodada, sus jeans estaban desgastados y rotos, sus pies descalzos sobre la arena y sus cabellos revueltos por la suave brisa. Esa imagen hubiera sido deliciosa a no ser por las lágrimas que parecían no querer brotar de sus ojos, corrí hacia él pero él no hacía mi. Sabía que podía encontrarlo allí justo antes de marcharse a leer a una cabaña cercana, últimamente merodeaba Miami en busca quizás de demonios como nosotros o tal vez sabía que era mi lugar favorito para condenar aún más mi alma.

-Louis, que bueno que te encuentro.-dije al quedar frente a frente con el sonido de las olas de fondo, la arena bajo nuestros pies y la brisa como único testigo de aquel encuentro.-Te eché de menos mon cher.-susurré tomándolo de los brazos para sonreír como un canalla, la sonrisa que a todos brindaba sin importar realmente si mi alma se retorcía en dolor.

-Mientes.-susurró antes de apartar mis manos de él como si le quemaran.-¡Mientes!-gritó dejando al fin que sus lágrimas se hicieran con sus mejillas.-¡Ya no creo tus mentiras Lestat! ¡Por mí puedes ahorrártelas!

-Louis, Louis...-intentaba calmarlo, pero sabía que no lo lograría fácilmente.-Te he estado buscando.

-¿En cuántas camas Lestat?-preguntó con rabia.-¿Me has buscado entre las piernas de putas y de jovencitos que se abren a ti como si nada? Eres un maldito encantador de serpientes, pero a mí no me vas a encandilar con tus mentiras de egocéntrico sin remedio. ¡Por mí te puedes volver a las Vegas y tirarte incluso a los cupieres!-su ira explotó como una bomba de relojería antes que marchara cero el temporizador.-¡Por mí te puedes ir y no volver jamás!

Comenzó a temblar y a balbucear sin poder evitarlo, su labio inferior temblaba y sus manos se apretaban con tanta fuerza que comenzó a sangrar. Agachó el rostro ocultando sus ojos embarrados en lágrimas sanguinolentas, mientras yo seguía en la misma pose estoica como si no me importara lo más mínimo, si bien era una pose y no la realidad. Sus reclamos eran de esperarse, y los entendía, pero él debía entender que yo no podía controlar mis impulsos, mucho menos cuando eran tan apetecibles y la carne débil.

-Louis...-murmuré intentando rozar sus mejillas con mis dedos, pero apartó mis manos con un golpe de las suyas.-Louis, te prometo que...

-¿La luna? ¿Las estrellas? ¿Qué me vas a prometer? No soy una quinceañera estúpida que vive su primer amor ciega y sorda. Podré amarte con toda la intensidad de mi alma, y maldigo que así sea, pero no soy capaz de creer ni una sola de tus palabras y menos cuando apestas a furcia barata.-logró decir con la voz tomada por el dolor que le causaba.-¡No soy estúpido Lestat! ¡No me tomes por lo que no soy!

-¿Qué puedo hacer para que me creas?-pregunté calmado.

-¡Nada! ¡No puedes hacer nada! ¡Eres Lestat de Lioncourt! ¡Está en tus genes ser infiel!-exclamó empujándome, cosa que provocó que diera unos cuantos pasos hacia atrás y manchara mi camisa con la sangre que aún estaba en las palmas de sus manos. Mi camisa azul de lino italiano quedó con aquellas motas rojas y pasionales como su furia.

-Louis, mon cher, deja los dramas para los culebrones y las novelas románticas que escondes bajo la cama.-eso hizo que alzara el rostro y me mirara aún más furioso.-Yo te amo, deberías saberlo.

-¡No paras de repetirlo! ¡Pero jamás lo demuestras! ¡Nunca demuestras ese amor que dices tenerme! ¡Jamás lo haces! ¡Te importo muy poco! ¡Una colilla usada tirada en medio de la calle te importa más que yo! ¡No soy estúpido! ¡Te estoy diciendo Lestat que no soy estúpido! ¡He visto la gran vida que te has dado!-dijo antes de abofetearme con tal fuerza que me cayó de espaldas.-Fui a buscarte, deseaba saber de ti. Estaba preocupado por tu seguridad.-sollozó esta vez abrazándose, cayendo de rodillas frente a mí.-Te encontré con la cabeza entre las piernas de una jovencita de no más de veinte años, apestando a humo de cigarrillo y a colonia barata. Estabas borracho por la sangre de un vagamundo que habías dejado seco calles atrás.-me sorprendí, no noté su presencia porque estaba distraído, como bien decía, entre las piernas de una despampanante rubia que había encontrado en un bar.-¿Por qué no respondes ahora? ¡¿Por qué?!

-Porque es cierto.-respondí incorporándome.

Mientras yo sacudía la arena de mis ropas él proseguía con su llanto, sólo era un murmullo pero podía sentir mezclado en el aire salado el aroma de sus lágrimas. No es ni mucho menos que no me importara, simplemente no sabía parar aquel sofoco.

-¿Por qué no me has mentido ahora?-balbuceó retorciéndose por la desesperación de ese instante.

-¿Qué sentido tendría? Según tú no eres idiota, no debo tratarte como tal.-le recordaba sus palabras, las cuales me repitió en un par de ocasiones.

-Aún así.-murmuró casi sin aliento.

-Nunca te voy a entender Louis, jamás.-respondí mirándole fijamente, contemplando a Louis envuelto en yagas dolorosas e invisibles. Mi amado Louis, mi adorado mártir, seguía fustigándose en silencio hasta que estallaba en terribles llantos.

-Ese es el problema, jamás vas a comprender y mucho menos a entender cuánto te amo.-volvía a empezar con su discurso, con ese que tan bien me sabía.

-Tú me amas y yo no, tú eres mártir y yo el demonio, tú eres el cielo y yo el infierno...-fui diciendo aquello mientras me alejaba, no soportaba verlo de aquel modo y tampoco quería aplacarlo de la única forma que conocía. Me estaba cansando de la rutina de sus llantos y mis mentiras.

-¡No te vayas!-exclamó incorporándose para tambalearse y caer sobre mi espalda.-No te vayas, no te vayas.-balbuceó estrechándome entre sus brazos.-Lestat, no te vayas sin mi. No quiero que me dejes atrás, no deseo eso.

-¿No era lo que querías? Parecías proclamarlo hace tan sólo un segundo, tanto rechazo y tanta ira. Así como tantas lágrimas derramadas y tanto drama de folletín barato. Ves muchas telenovelas, deberías apagar un rato el televisor y centrarte más en otra clase de libros lejos de los sonetos de amor.-aquello fue cruel, detestable por mi parte, y juro que me arrepentí en ese preciso instante.

-Tengo miedo, por eso dije todo lo que has escuchado. Temo que un día te canses realmente de mí, que te marches con una de esas mujeres u hombres.-susurró estrechándome más mientras yo acariciaba sus brazos, podía notar como humedecía mi cuello con sus lágrimas.-Temo el día que no regreses a mí, como siempre haces, y termines creándote un nuevo compañero.

-He creado muchos.-respondí como si fuera de piedra.-¿Qué te hace pensar que no lo tengo ya?

-Porque estás aquí, por eso Lestat.-respondió temblando.-Al menos quiero creer esa mentira, a veces soy feliz con tus mentiras.

-Entonces, deja de quejarte de una vez porque sólo vas a provocar que me marche de nuevo.-susurré antes de comerme mi orgullo, ya que notaba que realmente le estaba dañando más de la cuenta.-Ni uno de mis amantes me ha dado lo que tú, no me provocan esa excitación y siempre pienso que el cuerpo que yace a mi lado eres tú. Pero tus celos, tus llantos y delirios hacen que me marche de tu lado en busca de aventuras en otros colchones. La carne es débil, la mente aún más cuando se siente presionada a responder a todas tus preguntas. Debería bastarte con saber mis sentimientos sin esperar a que los diga continuamente, no soy ese tipo de hombres.

-¿Es una nueva mentira? Si es así, prefiero pensar que es cierto.-sollozó una vez más, notando su abrazo cada vez más débil. Parecía que sus fuerzas se iban gastando y terminaba cayendo al borde del precipicio que había entre ambos.

Las olas comenzaron a bañar nuestros pies, así como estos se hundían en la arena, la suave brisa nocturna proveniente del mar revolvían más nuestros cabellos y el silencio se hizo intenso. Apreté sus muñecas entre mis manos, acariciando su suave y fría piel. Besé sus muñecas y sus manos, lamiendo a la vez la sangre ya seca de estas.

-Suéltame Louis, te prometo que no me iré.-murmuré sin mover ni un músculo.-Suéltame, prometo quedarme contigo, al menos esta noche.

Sus brazos se apartaron de mí, eso permitió que me girara y pudiera verlo. Su rostro estaba embarrado en lágrimas y su pose parecía la de un derrotado en mil batallas. Dejé mis manos sobre sus mejillas acariciándolas, esta vez lo permitió así como dejó que mis dedo palparan sus lágrimas apartándolas.

Él terminó apartando mis manos de su rostro, para hacerse hueco en mi pecho. Mis brazos por inercia lo rodearon, como si poseyera un resorte en estos y fuera lo único que sabían hacer. Temblaba aún sin poder dejar de llorar, esta vez parecía que la tormenta no arreciaba sino que incrementaba su quejumbrosa lluvia. Acaricié sus cabellos hundiendo mis dedos en ellos, sintiéndolos sedosos y alborotados.

-Lestat, házmelo.-murmuró apretando la tela de mi camisa entre sus dedos, jalando de ella y retorciéndola.-Házmelo ahora, aquí mismo.

-¿Estás seguro?-dije jugando con sus cabellos entre mis dedos.

-Quiero que me lo hagas a mí, no a esas furcias que se regalan y caen a tus brazos con sólo una mirada tuya.-sus palabras me dolieron, aún sentía la culpa de aquellos actos y a la vez no me importaba volverlos a cometer.

-Si es lo que deseas, cumpliré tu capricho.-murmuré deslizando mis manos hasta su espalda, recorriéndola mientras mis labios buscaban los suyos.

Inicié esas caricias porque él me lo había pedido, sus ruegos siempre eran órdenes para mí. Había algo en él, en su tono de voz y en sus gestos, que nunca he visto en otro u otra. Él me doblegaba y por ello corría lejos de su presencia. Era capaz de hacer lo que él quería y yo necesitaba autonomía, libertad. Por ello me iba, por ello y por el miedo atroz que me provocaba amarlo de esa forma.

Sus labios eran deliciosos manjares que me saciaban el hambre, un hambre atroz que ni la sangre lograba erradicar. Sus manos acariciaban mi rostro y después mi nuca, jugaba con los mechones más cortos de mi cabello. Las mías desabrochaban su camisa y la arrojaba a un lado, así como sus pantalones y su ropa interior. Me movía rápido sobre su cuerpo, un cuerpo que conocía bastante y que era incapaz de describir con detalle sin terminar deseándolo.

Lo arrojé a la arena, empujándolo con deseo. Esa ternura de sus caricias y de sus besos contrastaban con las ansias y la lujuria que me ataba a él. La marea iba subiendo a la vez que la intensidad de nuestros juegos, de nuestras lenguas y de las caricias de nuestros dedos. A pesar de lo incómodo que era la arena fina donde nos revolcábamos terminé estimulándolo lentamente, sin prisas a pesar de toda la pasión que desbordaba mi mirada y la suya.

Jadeaba mi nombre abrazándose a mí, pegándome a su cuerpo y abriendo sus piernas. Nadie como él, puedo jurarlo, conseguía verse tan pecaminoso y a la vez tan angelical. Él no comprendía como podía ir con otros, yo menos pues podía tenerlo a él. Pero uno no piensa, sólo se deja llevar y en ese momento me estaba dejando llevar con todas las de la ley, pues no esperé demasiado para entrar en él y hacerlo mío.

Nada más sentirme en su interior gimió intensamente, sus piernas me rodearon como sus brazos, y sus labios buscaron los míos. Podía notar los arañazos que comenzó a dejar en mi espalda, enterrando con fuerza y desesperación sus uñas en mi piel.

-Tan frío por fuera y tan caliente por dentro, mon cher.-dije en su oído sin dejar de penetrar hasta lo más profundo, arrancándole olas de placer desenfrenado.

Louis era pura carne trémula, tiritaba con cada beso y movimiento de mi pelvis. Él también se movía, de forma contraria a la mía sin dejar de pedir más. Sus gemidos eran como la marea, cada vez aumentaba más y me embriagaban hasta ahogarme en su maldito lívido. Acabamos destrozándonos entre besos y mordiscos, las caricias eran arañazos y nuestros movimientos los de dos dementes.

-Je t'aime mon cour... Je t'aime mon amour... Je t'adore Louis.-susurré en su oído mientras salía de su interior y me apartaba arrojándome a la arena, completamente empapada por el mar.

-Je t'aime... tojours.-balbuceó acomodándose sobre mi pecho, acariciándome satisfecho porque era con él y no con otro amante.

No podía jurarle ser fiel, pero sí podía jurar que le amaba y que no podía dejar de desear su compañía. Porque él, sólo él, hacía que mi alma vibrara y se estremeciera con sólo un roce de sus labios.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt