El siguiente relato es bastante doloroso. Advertimos que Daniel jamás ha hablado en primera persona, pero ahora lo ha hecho. Ha deseado contar un suceso terrible de las últimas horas.
Lestat de Lioncourt
La Isla de la Noche era un refugio
perfecto para mí. Había ido allí en multitud de ocasiones,
sintiendo el aire agitado de la playa envolviendo aquellas
gigantescas y brillantes construcciones, pero ninguna era igual que
la anterior. Mis pasos siempre fueron solitarios, aunque a veces él
me acompañaba a cierta distancia con cierta consternación, o
simplemente una curiosidad demasiado aguda. Sin embargo, aquella
noche no había nadie a mi alrededor. Estaba acompañado únicamente
por una gigantesca luna llena. A penas se podían apreciar las
estrellas, como tampoco las numerosas tiendas debido a la avalancha
de turistas humanos. Estaba solo.
En uno de los numerosos teatros se
representaba la obra musical “Moulin Rouge”. Durante algunos años
fui como aquel muchacho, buscando una gran historia y la experiencia
cuasi religiosa de una gran oportunidad. Sin embargo, me convertí en
fugitivo de mí mismo y el terror a morir me enloqueció. Había
visto los filosos colmillos de un vampiro, los sentí clavándose en
mi cuello y dejando que la sangre brotara. La vida se deslizaba entre
mis dedos y veía como el calendario iba perdiendo días. Miedo.
Sentía miedo. Un miedo perverso que me agitaba. Y lo peor de todo, o
la mayor desgracia de todas, fue conocerlo a él.
Juro que cuando lo vi supe
perfectamente que era Armand. Louis había descrito perfectamente sus
ojos oscuros, aunque no los restantes rasgos. Sólo con aquella
mirada, su presencia sobrecogedora y la forma en la cual se
desenvolvía, supe que no podía ser otro. Era el dueño de New
Orleans por aquellas fechas, estaba en su territorio. Lestat no
estaba allí, pero sí él. Debí marcharme, correr como si no
hubiese mañana nueva en mi vida y olvidarme de todo, pero no lo
hice. Quería saber, comprender y ser. Mal hecho. Me condené a mí
mismo.
No puedo alejar de mí todas y cada una
de las palabras que llegan a mí, como si fuera un gran ordenador, y
tampoco llego a poder apartar esos sueños, los cuales son cada vez
más terribles. Quiero gritar a cada paso que doy, pero cuando estoy
frente a mis encantadoras casitas todo se difumina. Si me concentro
bien en un trabajo tan rutinario, aunque artístico, puedo quedarme
vacío.
Mi paseo se vio interrumpido cuando
capté su presencia. Había estado en una de sus nuevas residencias,
junto con Armand y los otros compañeros nuevos que tenía. Sin
embargo, ni él ni yo nos soportábamos. Esa presencia era él,
Marius Romanus, colocado frente a mí estratégicamente. No huí,
pues no pensaba que fuese peligroso.
—Te imaginaba encorvado frente a una
maqueta—explicó—. No aquí, en el bulevar donde los teatros y
los casinos maravillan a todos—comentó encogiéndose de hombros
con las manos en los bolsillos de aquella chaqueta negra, una
americana hecha a medida, que ocultaba una camisa roja muy
llamativa—. Y dime, Daniel, ¿dónde está mi pupilo?—preguntó
mirándome con ojos inquisidores y crueles.
—No lo sé—mi voz sonaba algo
ronca, pues tenía sed. Si había salido de mi guarida era porque
quería encontrar algo de alimento—. Aquí no está.
—Siempre viene aquí, ¿verdad? A
buscarte. Puedo oler su colonia envolviéndote. ¿Te abrazó hoy? ¿O
fue ayer?—dijo acortando distancias mientras yo permanecía allí
parado, como si fuera parte del mobiliario urbano.
—No lo recuerdo—susurré algo
turbado. Las voces me rogaban que los ayudara, también había risas
y murmullos muy inquietantes. Quería alejarme. Necesitaba beber. Mi
camisa blanca, completamente arrugada, llevaba su colonia y no lo
había apreciado siquiera. Hacía días que la usaba, sin importarme
siquiera por las dos pequeñas gotas de sangre del cuello—.
Búsquelo.
—¿Ya te vas?—preguntó tomándome
del brazo derecho con una fuerza y una presión alarmantes—. ¿Dónde
está mi querubín?
—Nadie es de nadie. Yo no soy de él.
Él no es tuyo. Buenas noches—dije forcejeando para marcharme, pues
no quería quedarme allí.
Sin embargo, no pude soltarme. La
frustración aumentaba. Mis viejas gafas, las cuales usaba a modo de
recuerdo, cayeron entre nuestros pies y él la pisó dejándolas
destrozadas. Su mano se vio fortalecida por otra, igual de firme.
Pronto tenía sus dos manos agarrándome por los brazos, justo por
encima del codo. Algunos mortales repararon en nosotros, pero no
dieron importancia a la pelea.
—Déjame—apreté los dientes y le
miré furioso—. Déjame.
—No, dime dónde está—contestó
agitándome—. ¡Dime!
—No lo sé—por supuesto que no lo
sabía, pero tenía la mente cerrada para él y para todos. No quería
que viesen mi terrible secreto. No. No quería que nadie comprendiese
que estaba perdido. ¿Y si me lanzaban al fuego? Antes hacían eso
con los vampiros que enloquecían—. ¡Suelta!
—No—dijo jalando de mí como si no
pesara nada.
Nos movimos rápidamente entre la
multitud, perdiéndonos de vista de todos. Éramos como una ráfaga
de aire. Cuando pude tomar consciencia de todo estaba en una
habitación de aquel fastuoso hotel de lujo. Esa habitación por
supuesto era la mía. Entonces, y sólo entonces, me soltó y yo
corrí a pegarme a una de las paredes mientras lo miraba furioso. Si
se acercaba demasiado le arrojaría todos y cada uno de los libros,
le aplastaría el cuadro de Renoir en la cabeza y huiría.
—¿Qué temes?—tenía un aspecto
amenazador, a pesar que parecía un elegante hombre de negocios. Sus
cabellos estaban magníficamente peinados hacia atrás, dándole un
aspecto aseado, y en una de sus manos había un anillo de oro con un
rubí impresionante. No comprendía que hacía allí, así vestido
como uno más, buscando a Armand. Yo no sabía dónde estaba. Él
venía, me visitaba, me hablaba durante horas y yo sólo prestaba
atención a mis creaciones—. Daniel, Daniel, Daniel... ¿me temes?
¿Por qué?
—Se escuchan muchas cosas sobre ti y
no me agradan—acaricié tembloroso el papel pintado de la
habitación. Quería que se fuera—. Armand no está.
—Volverá y quiero que le des un
recado—explicó.
—Ah...
Me llevé la mano derecha a mi
flequillo, pues estaba revuelto sobre mis ojos, y cuando presté
atención a sus movimientos me di cuenta que era como un magnífico
león. Él caminaba en aquella sábana como si fuera su hogar,
recorriendo cada trozo del magnífico suelo de mármol como si fuera
un triunfo, y cuando pude mover los labios tenía los suyos contra
los míos. Me había tomado del rostro, agarrándolo firmemente,
mientras su lengua se colaba dentro de mi boca. Podía notar su
cuerpo aplastándome contra el muro y mis manos contra su pecho.
—No, no...—era lo único que supe
decir cuando apartó sus labios de los míos. Aquella boca se había
llevado parte de mi consciencia, sobre todo cuando se coló tras mi
oreja derecha, justo cerca del lóbulo, para besarme como si fuera mi
amante—. ¡No!—grité empujándolo, pero él me abofeteó y me
besó de nuevo con mayor apetito. Pero no fue un beso común. En ese
beso había sangre y yo estaba sediento.
—Eso es, eso es... —escuché decir
dejando mi boca mientras notaba como mi cuerpo tiritaba—. Cede o
será peor.
Me quedé extasiado por el sabor de esa
sangre tan espesa. Jamás había probado una sangre tan espesa salvo
la de Armand, pero era distinto. Podía sentir sus manos abriéndose
paso por mi camisa, rompiendo la fina tela de algodón, para luego
quitarme los tejanos y dejarme completamente desnudo. Los zapatos
quedaron en un rincón, junto a mi ropa interior y mis calcetines,
mientras que las prendas, como la camiseta o el pantalón, estaban
bajo nuestros pies completamente destrozadas.
—Más...
—Te daré más, mucho más—murmuró
con una terrible diversión. En medio de aquella confusión, pues mis
sentidos quedaron aturdidos como si me hubiesen drogado, escuché
claramente sus carcajadas. Sabía que no tenía como escapar.
Su boca fue directa a mi pezón
izquierdo. Sentí sus dientes rozando aquella zona tan erógena, para
luego notar como lo perforaba. Solté un leve grito de placer y noté
como mis piernas se abrían, permitiendo que sus manos se colaran
entre mis muslos para que los acariciara. Me sentía completamente
perdido y excitado. Él era como una araña y yo un inofensivo
insecto. Había caído en su trampa, me había dejado vencer
rápidamente, con un poco de su veneno. Su lengua era rápida y
deliciosa, me preguntaba como se sentiría por todo mi cuerpo que
comenzaba a caldearse. No era consciente de mi necesidad de sexo,
sino de la sed que arañaba mi garganta como un vampiro araña su
ataúd. Mis dedos presionaban sus hombros, pues había colocado al
fin mis manos sobre él. Tenía un tacto más áspero, grueso y duro.
Sus músculos eran como mármol cincelado. Notaba sus cabello rubios,
de un dorado más intenso que el mío, rozándome el pecho que
comenzaba a perlarse de sudor. Era un hombre corpulento comparado
conmigo, mucho más delgado y con una fuerza insignificante.
—Más...
No deseaba más de sus caricias, sino
de su sangre. Quería sangre. Aún paladeaba el sabor de ese beso.
Mis labios temblaban como los de un yonki que necesita su chute
diario de drogas. Los suyos iban de un pezón a otro, rodeándolo y
succionándolo, para luego dar paso a sus dientes. Pero algo cambió.
Con un movimiento brusco me tiró a la cama.
Caí de espaldas a él, con el torso
completamente pegado a la cama revuelta. Cama que olía a él, al
muchacho de cabellos de fuego. El mismo ser que parecía un ángel y
en realidad era un demonio turbado, desesperado por experimentar
conmigo el dolor y la miseria, y que había perseguido, del mismo
modo que él me persiguió, durante años. Ese olor era el perfume de
magnolias que a veces usaba, aunque creo que es su loción corporal,
y aquello me hizo recordar la última noche en la que estuvo conmigo.
Había terminado recostado a mi lado, hablándome de mil cosas sin
importancia para mí, hasta que lo eché cansado y furioso. En ese
momento deseé que estuviese allí para calmar a Marius.
Sin aviso, como si no importara si aún
era consciente de mí o de todo lo que ocurría, me penetró
bajándose tan sólo la cremallera. Sentía la hebilla de metal, tan
fría, rozando mis redondeadas nalgas. Mi cerebro quiso
desconectarse, pero las imágenes y las voces se intensificaron. Sus
blancas y frías manos se colocaron en mi cadera, pero rápidamente
fue una a mi cuello, levantándome, mientras que la zurda, la otra
mano, se quedaba enredada en mis cabellos rubios.
—Así aprenderás a no tocar lo que
es mío. Él es mío—dijo furioso con un tono muy amenazador.
—No... —tenía miedo y él no
estaba. Me dijo que siempre estaría, pero me había abandonado como
aquella vez—. ¡Armand! ¡Armand! ¡Armand!—grité cual plegaria,
aunque nadie me escucharía. Busqué entre la multitud, tanto de
fuera como de dentro de la isla, esperando que alguien, a su lado,
captara el mensaje.
Me aferré a las ropas de la cama, tan
blancas como las plumas de las alas de los ángeles que tanto amaba
mi creador. Rápidamente mis lágrimas salpicaron el colchón
mientras mis caderas se movían. El placer intenso y sus movimientos
impíos. Mordió salvajemente mi cuello, ambos hombros y mi brazo
derecho. La mano de mis cabellos, que parecía arrancarme el cuero
cabelludo, se unió a la otra rodeando mi garganta, presionándola
como si quisiera partirme en dos.
El sonido de sus testículos contra mí
era intenso, sus palabras sucias comenzaron a calentarme y aún así
no podía impedir derramar lágrimas de sufrimiento. Aquello era una
violación en toda regla. Me estaba maltratando porque Armand venía
a buscarme, él era su querubín y mi demonio de la guarda. El mismo
ser que había dejado abandonado a su pupilo, incluso lo condenó a
vivir solo, estaba allí dispuesto a marcar su territorio a costa
mía.
Después de varios minutos, se apartó
de mí. Caí desplomado al colchón, pero fui girado. Mis ojos
violetas se fijaron en los suyos. Su boca estaba manchada de sangre,
aunque eso era de esperarse después de morderme con esa rabia
incontenible. Se inclinó abriendo mis piernas, permitiendo que éstas
rodearan sus caderas, y me besó ofreciéndome la sangre suficiente
para dejar de pedir auxilio.
El delirio de aquellas gotas, tan
espesas y deliciosas, me hizo gemir y concentrarme en mover las
caderas de forma descontrolada. No había dolor, ni miedo o molestia.
Sólo existía el placer. Un placer amargo, pero un placer al fin y
al cabo. Mis gemidos se mezclaban con sus jadeos, su frente se pegó
a la mía y ambos nos miramos furiosos, aunque excitados. La punta de
mi lengua rozó su nariz y lo miré con lascivia. Quería que
sufriera, pero no le daría el placer de verme llorar implorando
perdón.
—¿Eso es todo lo que sabes
hacer?—pregunté sacando la camisa de dentro del pantalón, para
meter mi mano derecha por la espalda y la izquierda por el pecho.
Ambas manos, con sus respectivas uñas, empezaron a dejar caricias y
arañazos—. Más, quiero más. Si me follas, hazlo bien.
Marius me miró incrédulo. La tortura
había acabado para mí.
Rápidamente cambié posiciones y él
quedó en la cama, conmigo encima de su vientre cabalgándolo. Abrí
su chaqueta, rompí los botones de su camisa y enterré mis uñas en
su torso. Me movía como un salvaje. Eché la cabeza hacia atrás,
jadeando, mientras le mostraba mi cuello algo manchado de sangre que,
por supuesto, le llamaría la atención y desearía morder de nuevo.
Sus manos, de dedos gruesos y ásperos, no tardaron en agarrarme por
la cintura. Estaba fascinado por el cambio de los acontecimientos,
pero no molesto o irritado como hubiese estado otro.
Me vine apretando su miembro dentro de
mi interior, dejando que sintiera la presión absoluta, pero no se
corrió. No. No lo hizo. Me levanté de su vientre, deslizándome por
encima de su figura como una serpiente, y comencé a lamer la punta
de su miembro, el cual acabé succionando con deseo. Tras varias
succiones terminó corriéndose y yo, como era normal, mordí el
glande provocándole un terrible dolor. Rápidamente, sin darle
tiempo a reaccionar, corrí refugiándome en una cámara secreta,
donde Armand ocultaba alguno de sus experimentos, y que poseía acero
reforzado para que nadie pudiese entrar. Estaba a salvo.
Marius gritó furioso, comenzó a
destrozar mis hermosas construcciones, y después de un rato se
marchó. Esperé varios minutos para cerciorarme que no regresaría,
después entré en la habitación y me arrojé al colchón quedando
en silencio con las numerosas voces, todas ellas diferentes, y con la
asquerosa sensación de haber dormido con el enemigo.
—¿Dónde estás? ¿Dónde?—musité
antes de sentirme entumido por el amanecer cercano.
Escuché entonces el ascensor. Los
pasos apresurados de Armand por el pasillo, como se abría la puerta
de un golpe y ruido de bolsas cayendo en el suelo. Mis ojos ya se
habían cerrado y mi mente volaba lentamente. Quise maldecirlo, pero
no pude. Deseé golpearlo, aunque ya era tarde.
—¿Daniel? ¡Daniel!—oí su voz,
pero ya era demasiado tarde. El silencio me acogía al fin, los
sueños vendrían a por mí. No serían sueños dulces, aunque tenía
cerca su aroma a magnolias—. Daniel... Dani...