Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 4 de agosto de 2017

Miedo, coraje y amor.

Ah, Louis... 

Lestat de Lioncourt 

De nuevo he tomado la osadía de regresar a mis viejas costumbres. Me he acomodado en uno de los sillones favoritos de este inmenso castillo. La reunión acaba de finalizar. Existe otra crisis, un nuevo misterio que parece asombrar y preocupar a todos por igual, y Lestat se ha mostrado comprensivo, compasivo, dialogante y atento a cualquier opinión o información. Apenas reconozco al hombre que tengo a mi lado, aunque siempre pensé que sería un líder mucho más sensato que otros. La experiencia lo ha ido esculpiendo sin dejar ese aire intrépido, tenaz y atractivo. Ya no es tan impulsivo, pero sigue creyendo en el amor y en la esperanza. Creo que esos dos sentimientos, sin lugar a dudas, es lo que mueve su alma.

Durante algunos minutos he guardado silencio observando el fresco que ha realizado Marius. Ante nosotros teníamos una de las imágenes que recordaban a la guerra de Troya. ¿Acaso no podíamos estar viviendo una? Un hermoso príncipe con un enemigo en su interior, aunque todos sabemos que está ahí. Sin embargo, creo que Amel no es un enemigo. Asumo que durante un tiempo lo creí, pero ahora lo veo como algo que está en mí, en él y en todos. Tenemos que amarnos tal como somos y a él hay que quererlo; sin embargo, yo no puedo defender su inocencia con tanta vehemencia como lo hace Lestat.

Soy parte de la corte de un príncipe inquieto y temerario que quiere proteger a todos, salvarlos de sí mismos, porque para él todos somos parte indispensable. Incluso ha perdonado en parte a Rhosh. Es cierto que no lo tolera, ni lo quiere rondando cerca de nosotros, pero no lo matará ni le intentará causar daño alguno. Pero ese vampiro ambiciona venganza, poder y violencia. Pude sentirlo en su mirada cuando se marchó después de la última discusión, de una reunión similar a esta. Pude hacerlo.

Deseo volver a ver a Rose. Quiero abrazarla y sentir como su cuerpo se pega al mío como si fuese una niña. No deja de ser una niña jugando a ser mujer, pues es demasiado joven. No veo a una criatura indefensa, sin criterio y sin motivos para superarse; pero sí veo a alguien sin demasiados conocimientos con respecto al dolor, el odio, la indignación o el sufrimiento. Tal vez sintió la incomprensión de su verdadera familia, el rechazo de esta y el posterior odio de la institución donde quedó encerrada por un delito que ni siquiera había cometido. Pero no ha vivido épocas enteras de horror, desesperación y absoluta pena. Viktor, también quiero ver a ese muchacho, y decirle cuan orgulloso estoy de él. Es mucho más sensato que su padre con su edad, pero también es un niño. Ambos son muy jóvenes y sobreviene otra crisis.


Tengo miedo, pero a la vez mantengo la esperanza porque estoy al lado del ser al que amo. Confío en Lestat. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

Motivos

Mil veces me he preguntado los intrincados motivos por los cuales requiero tenerlo a mi lado. He meditado profundamente durante más de diez años de soledad negligente. Él entretanto se hallaba en Nueva York absorbiendo conocimiento, vivencias y asumiendo sus nuevos poderes. Siempre pensé que me odiaba por haberlo hecho menos humano aún de lo que ya era. Supuse que me atacaría en cualquier momento con sus reproches como castigo, pues él es buen conocedor de cuanto me duele discutir y encajar las letales sentencias de sus ojos verdes. Asumo mis culpas, mis pecados, mis desavenencias con sus pensamientos y también mi irrespetuosa forma de ser. Del mismo modo que asumí que gran parte de la culpa de la muerte de Claudia fue mía, pues no supe educarla y cargué sobre sus hombros un peso demasiado grande. Temía tanto que le pasase algo a él también, que me odiase de una forma terrible y que no fuese capaz de asumir todo eso que me marché. Huí. Me esfumé como quien dice porque no comprendía la mezcolanza de sentimientos que oprimía mi pecho.

Nunca lo he odiado o despreciado. Siempre he esperado que viniese a mí, pues del mismo modo aguardaba a que se fuera. Sé que hay miedo en su corazón con respecto a todo lo que vivimos y no vivimos, con lo que vimos y no vimos, y también con este nuevo presente que se abre lleno de posibilidades. Soy un ser nuevo, él también lo es. El mundo está cambiando y nosotros cambiamos con el mundo continuamente, pero a la vez seguimos siendo los mismos. Yo soy el cabrón, el canalla, el imbécil, el obstinado, aquel que nunca sigue las reglas y se apasiona por todo. Él es el sensato, el juez, el que intenta ser ecuánime pero termina dejándose llevar por las necesidades más humanas y el mayor castigo para mi alma, así como el único bálsamo para mis heridas.

Comprender a Louis no es fácil desde fuera, pero yo he podido verlo desde dentro. Tantos años a su lado, así como lo añoré tantos años, me han hecho que lo comprenda poco a poco desvelando cada misterio; y aún así otros nuevos surgen como surge la semilla tras ser cuidada por el granjero.

Se podría decir que quiero estar a su lado cuando llegue el amanecer, aferrado a su cuerpo casi inmóvil, y despertar por las noches arrullado por el latido de su corazón. Ansío volver a compartir lecho bajo mi hermoso ataúd, en mi refugio en mi viejo castigo reconstruido piedra a piedra, porque no puedo imaginarme la vida sin él. Jamás lo he podido hacer y tampoco quiero o me lo permito. El sentimiento de dolor es tan agudo que mi corazón se detiene, mis pulmones dejan de funcionar y entro en pánico.

Durante estos años he tenido que escuchar más de una vez los vanos intentos de Memnoch de atraerme, de sugestionarme, de influirme y por supuesto de hundirme en su reino perverso, falso, doloroso y cruel. También tengo que soportar las conversaciones de Amel y sus visiones, pero a él lo amo aunque temo que tenga celos de Louis. Sin embargo, siento que él ama a Louis de algún modo. Yo creo que nos ama a todos y nos detesta a la vez.

En estos momentos lo tengo a mi lado, recostado sobre mis piernas mientras escribo estas anotaciones, leyendo un libro de Dickens y sonriendo como un niño mientras recuerda cada párrafo mil veces leído. Él nunca ha leído mis pensamientos acumulados en cada uno de mis diarios, del mismo modo que yo no lo hago con el suyo; pero asumo que ha leído todas mis aventuras aunque ha sido partícipe de la gran mayoría. Sé que él sabe que lo amo, que lo adoro, que está por encima de todos e incluso siento que a veces su seguridad está por encima de la mía.

Amo como huele, pues esa fragancia se la he regalado yo. Adoro como está vestido ya que él sabe que la ropa más clásica es la que mejor le sienta, además ha elegido un traje que yo mismo le he comprado. Pero tiene los pies desnudos y puedo observar como mueve sus dedos mientras lee debido al entusiasmo, al nerviosismo, al deseo y a mil motivos más. Es un hombre de agallas porque me soporta, porque me ama y porque ha aprendido a pervivir en un mundo que ya no es el nuestro sino el de todos.


En definitiva, ya sé porqué lo necesito. Lo necesito porque lo amo y porque él siempre está ahí, sea físicamente o no. Él inunda mis sentimientos y mis sentidos, así como mis emociones y mis recuerdos.  

Lestat de Lioncourt 

jueves, 27 de julio de 2017

El juego de la ardiente pasión +18

—No debiste—dije entrando en la biblioteca, su zona favorita de aquella vieja vivienda, y él rápidamente bajó el libro y lo cerró echándolo a un lado del diván donde se había sentado.

Louis había regresado a mi lado hacía tan sólo unos días, pues ijo que me extrañaba y necesitaba estar a mi lado. Es cierto que ambos lo necesitamos, pero en ocasiones la convivencia es catastrófica y discutimos por necedades. Tal vez es por nuestra forma de ver y sentir el mundo que nos rodea. Aunque seamos sinceros, ahora el mundo ha cambiado y nuestras visiones coinciden algo más. Esa ya no es una barrera para la comunicación. Sin embargo, seguimos haciéndolo como si deseáramos recuperar la pasión después de un acto tan lamentable.

—¿Qué no debí?

Tenía un aspecto bastante atractivo. Quizá era la luz, tal vez la ropa clásica que había decidido usar esa noche o el hecho de haberse alimentado hacía tan sólo unas horas. Louis siempre me ha parecido muy hermoso y me ha tenido a sus pies. Sus ojos cargados de un verde lacónico me recuerda lo bueno, lo malo y lo terrible del ser humano. Cada una de las lágrimas que vierte, así como la indiferencia con la que a veces me observa o su paciencia exacerbada escuchando mis impertinencias logran cautivarme. Somos dos polos opuestos que deciden atraerse, igual que el fuego y la paja o la sed y el agua. Si bien, después de tantos días alejados entre enormes horas de silencio, las cuales parecían mares profundos que nos ahogaban y aislaban el uno del otro, me parecía más atractivo porque su belleza indómita parecía marcar sus pómulos, juguetear con sus carnosos labios y anclarse en sus pobladas y largas pestañas.

Sus largos dedos blanquecinos comenzaron a jugar con uno de los largos mechones ondulados de su cabeza oscura. Parecía algo inquieto como si esperara que explotara para hacerlo él también causando más estragos que sus viejos incendios. Sin embargo, lo dejó por la paz y se irguió aguardando mi respuesta.

—Decirle a Rose que habíamos discutido. ¿Acaso tenías que preocupar a todo el mundo?

Ante mi respuesta sólo frunció el ceño y torció el gesto, para luego luego suspirar. Estaba oprimiéndolo quizá y no me estaba percatando. Muchas veces opinaba y decía las cosas sin pensarlas demasiado bien. Él podía hablar de los temas que quisiera, por peliagudos que fueran, pero a veces sentía la necesidad de callarlo.

—Lestat, por favor—murmuró en un tono algo meloso—. ¿Acaso tienes que buscar una excusa para venir a conversar conmigo, mon coeur?—preguntó acercándose a mí para echar sus brazos sobre mis hombros y recargarse contra mi cuerpo.

Tenía una cintura llamativa, pues poseía algo de cadera; era posible que no fuese tan acentuada como la de Armand, pero ahí estaba. Sus glúteos firmes remataban la jugada junto con unas piernas bien formadas. Pero su cuerpo vestía siempre ropa poco entallada que no mostraba demasiado su figura.

—Quiero hacer las paces contigo y tú conmigo, ¿pero por qué tenemos que hacerlo siempre en medio de una discusión? Sobre todo ahora que podemos usar otros medios—alzó su rostro y besó mi mandíbula, para luego ocultarlo bajo esta mordisqueando mi cuello sin perforarlo.

“Los otros medios” eran provenientes de la ciencia. La perfecta e ingeniosa creación de Seth, el médico hindú Fareed, había logrado una proeza hacía unos años con unos inyectables de testosterona y otras de mezclas de estrógenos, progesterona y testosterona para las mujeres. Ahora se tomaban en dosis medidas a lo largo de los días para lograr avivar el deseo hacia el sexo, el cual se veía vinculado sólo a los besos de sangre y poco más. La función eréctil continuaba en nosotros, pues incluso nuestros miembros se hallaban ligeramente duros y dispuestos a todo.

—He decidido cumplir una de tus fantasías—dijo respirando en mi cuello hasta marcharse hacia una de mis orejas, en concreto la derecha, para mordisquear mi lóbulo y lamer parte de esta. Rió bajo algo perverso cuando sus manos acariciaron mi nuca y bajaron lentamente hacia mis hombros, después hacia mi torso y por último a mis caderas—. Quiero pedirte disculpas por haber empezado una discusión tan banal la otra noche y deseo hacerlo de tal modo que no puedas mirar a otro, u a otra, sin pensar en mí y en lo mucho que me necesitas. Deseo ser tu único pensamiento y te sientas enfermo.

—Louis...—balbuceé entre excitado, embelesado por ese tono de voz que usaba conmigo, y preocupado porque él normalmente no era así.

—Ve a la habitación y espérame allí—añadió mientras colaba su diestra entre mis piernas, para rozar con sus dedos mi bragueta—. Ve—insistió.

Por un momento me lo pensé. Podía ser posible que fuese su venganza y no apareciese, dejándome algo urgido, pero eran más las ganas de averiguar su premio que de saber si era un castigo. Así que me aparté y me marché raudo hasta la habitación que compartíamos al otro extremo del castillo.

Una vez allí me deshice las prendas que llevaba, desde la camisa que me había regalado Marius hasta los zapatos y calcetines. Daba por hecho que el premio era sexual, pues para mí no había dudas. Así que me eché en la cama acomodándome entre los múltiples almohadones esperando que él apareciese.

Tardó algo más de diez minutos, pero al llegar lo hizo con su habitual bata de seda verde botella y con el cabello suelto echado hacia atrás. Cerró la puerta tras de sí y me miró con las mejillas algo sonrojadas. Después me hizo un gesto para detenerme, pues me incorporé casi de inmediato, pero al parecer había algo más.

—Louis, ¿qué pretendes?—pregunté.

Él sólo me miró y se giró para tomar una caja que había en el suelo cerca de la cómoda, en la cual no había reparado, y sacó unos hermosos tacones de aguja. Suspiró largamente y se deshizo de sus cómodas zapatillas. Entonces me fijé en sus pies abriendo enormemente los ojos por la sorpresa, pues llevaba medias. Una vez se colocó los zapatos desanudó nervioso el cinturón de la bata y la dejó caer.

—No sé porqué hago caso a Armand...—balbuceó con la cabeza gacha debido a la vergüenza que sentía y coloreaba sus mejillas.

Por alguna extraña razón había decidido realizar una de mis estúpidas fantasías, la cual le conté hacía tiempo y creí que había olvidado. Había sido síntoma de discusión pues para él era rebajarse, pero ahora entendía que era algo divertido y le podía sentar demasiado bien.

Llevaba medias y un liguero negro con un bonito encaje de rosas que iba a juego con unas minúsculas braguitas que poseían “truco” para ocultar su miembro y un hermoso corsé masculino, el cual había sido modificado para añadirle algunos moños de color verde oliva similares a los lazos que unían las medias del liguero así como el tono de los zapatos.

Caminó dificultoso hacia mí, pero logró erguirse y hacerlo con cierta naturalidad. No me reí ante su torpeza, sino que me incorporé saliendo de la cama para tomarlo por la cintura y besarlo lentamente. Él puso sus manos sobre mis hombros clavándome un poco sus afiladas uñas. Sus ojos estaban cerrados como los de una quinceañera en su primer beso verdaderamente romántico. Era demasiado hermoso, demasiado perfecto y demasiado encantador porque estaba haciendo algo muy importante para mí. Realmente era un premio y no un castigo.

Con cuidado me llevó hacia uno de los costados de la cama y me sentó allí. No sé si lo hizo porque le resultaba complicado hacerlo con los zapatos o porque quería postergar el momento. Después se acercó a la mesilla de noche y se pintó los labios con un carmín intenso gracias a un gloss, el cual realzó aún más sus labios carnosos demasiado eróticos. Luego me miró como un cordero a punto de ser llevado al matadero.

—Debes permitirme seducirte hasta que te pida que seas brusco. Deja que te de placer y te provoque hasta que surja la fiera que hay en ti—decía acariciando mi rostro, delineando mis rasgos, para luego ofrecerme un corto beso en los labios que me manchó con su labial.

Me quedé mirándolo mientras abría las piernas y le dejaba ver mi miembro erguido, aunque no por completo, palpitando y deseando que fuese él quien lograse la erección completa. Él suspiró tras una respiración agitada y acabó de rodillas con un movimiento bastante sensual, el cual nunca le había visto e imaginaba que había aprendido tal vez mirando pornografía. En ese momento, y también ahora, preferí no saber como lo había hecho.

Con la diestra tomó el miembro por la base y con la zurda, tras arañar un poco mi vientre y mis muslos, agarró los testículos para acariciarlos lentamente. Por supuesto, aún no estaban llenos de la carga seminal, sino que todavía tenían que hincharse de forma más notoria para poder ofrecerle mi simiente. Luego besó el glande aún encapuchado, lo lamió por el meato y decidió comenzar a jugar con la piel que lo recubría tirando suavemente de esta con los dientes. Al final introdujo la lengua entre el prepucio y el inicio de mi hombría, para luego deslizarla hasta y comenzar con succiones suaves. Todo eso lo hizo sin dejar de mirarme. Por mi parte jadeé aferrado a las sábanas entretanto me preguntaba como era posible que se mostrase tan decidido.

—Louis...—dije antes de soltar un gemido porque tuvo la habilidad de llevarse por completo el miembro a su boca, atravesando su garganta y dejando que sus labios marcaran la base y parte de los testículos. La mano que sujetaba el miembro pasó a acariciar mis muslos arañándome y a bajar hasta las ingles y pasarse tras los testículos para juguetear, con ligeros roces, en mi entrada.

Entonces apretó la bolsa escrotal y me miró con los ojos llenos de lágrimas por lo que estaba haciendo, pues sentía arcadas, pero no se detuvo. Permaneció algunos segundos con mi masculinidad para luego retirarla lentamente hasta sacarla por completo. El pequeño hilillo de saliva que se formó entre este y su boca se rompió, aunque él decidió pasarse la lengua por sus labios, de comisura a comisura, para después escupir y comenzar a masturbar enérgico, hasta que detuvo el ritmo y apretó el glande; la mano de los testículos bajó hacia donde estuvo la otra y hundió un dedo que acertó de pleno con mi próstata. Yo por mi parte gemía, jadeaba y gruñía como un perro salvaje.

Cuando decidió que era suficiente se levantó y comenzó a moverse en un baile erótico; al principio era torpe, pero fue ganando confianza y logró que me quedara encandilado aún más con el movimiento de su trasero al girarse. Sobre todo cuando se dio un par de azotes con la mano bien abierta y los apretó con fuerza. La braguita que llevaba era un tanga que por detrás apenas dejaba algo a la imaginación.

—Lestat... ¿hago el ridículo?—preguntó deteniéndose.

Mi respuesta fue más que obvia porque estiré mi brazo derecho, lo arrojé a la cama y lo coloqué de espaldas a mí. Mi boca fue directa a su nuca, mordiéndolo como lo hacen algunos animales durante la cópula, e inmediatamente después lamí la cruz de esta y besé sus omóplatos. Estaba muy caliente y él tendría que pagar las consecuencias de sus lascivos actos.

Los mordiscos no quedaron en su cuello, sino que fui hasta sus glúteos y enterré mis dientes hasta perforarlos. Unas marcas que no cerré con unas gotitas de mi sangre, sino que dejé abiertas para que se fueran cerrando con el paso de los minutos. Después retiré el hilo del tanga y observé su entrada. Mi miembro dolía porque pedía estar encerrado entre sus carnes, pero yo quería escuchar más que gemidos y jadeos bajos. Decidido a ello, me puse manos a la obra e introduje mi lengua en su entrada, así como succioné esta, mientras él se revolvía aferrándose a las sábanas hasta deshacer por completo la cama.

Penetraba con mi lengua y masajeaba su trasero, pero al final mi derecha se coló entre el colchón y su figura para enterrarme dentro de su ropa interior. Saqué su miembro del pequeño compartimento que tenía la prenda para ocultar su sexo y comencé a masturbarlo; estaba húmedo y duro, una muestra más que aquellas perversiones también le encantaban.

Al apartar mi boca decidí poner mis manos sobre sus caderas y tirar de él hacia el borde de la cama, dejé su torso puesto contra el colchón, eché hacia el lado derecho su cabello retirándolo de la cara, pegué ese lado a las sábanas y levanté sus caderas. Por último, con la ayuda de la mano derecha, metí mi hombría de una sola vez y fue una estocada certera; era como si una espada hubiese entrado en el corazón de su víctima, o como la lanza que mató a Cristo. Él chilló y yo gruñí como una bestia. Después lo agarré de las muñecas y tiré de sus brazos hacia atrás para empezar a penetrarlo fuerte, tan fuerte y rápido como pude, así como profundo. Mis testículos sonaban una y otra vez, mientras los dos nos desgañitábamos repitiendo nuestros nombres junto a palabras lascivas.

Cuando eyaculé él se contrajo por completo, pues había estado dando en su próstata una y otra vez y el chorro caliente de mi esperma logró desatar todo. Por mi parte había sentido un latigazo de placer desde los testículos subiendo por todo mi cuerpo con un placentero hormigueo, el cual llegó hasta mi nuca y miembros superiores. Los dedos de mis manos se engarrotaron más contra sus muñecas, las cuales estaban maltrechas por el agarre y las violentas arremetidas, y los de mis pies se abrieron mientras mis piernas se tensaban junto con mi vientre. Por la suya pude ver como los dedos de sus manos y pies se cerraron, su entrada apretó con delirio mi miembro deseando que no saliese y poder exprimir hasta la última gota, entretanto su espalda se arqueaba y sus piernas temblaban.


De esto hace unos días y aún se avergüenza cuando le susurro cosas sucias. Me ha prometido que no le diga a Armand que finalmente siguió alguno de sus consejos. Hoy le he pedido que vuelva a hacerlo, pero sólo ha huido encerrándose en la capilla. Tal vez tenga que ir allí y hacer que rece por sus pecados de una forma poco convencional.  

jueves, 29 de junio de 2017

Celos

—¿Has pensado alguna vez lo que deseas realmente? Más allá de tus estúpidos impulsos—comentó inesperadamente dejando el libro a un lado.

Nos hallábamos en una de las bibliotecas de Armand. Concretamente mi favorita. Amaba ese edificio en una de las avenidas más importantes de Nueva York. Podía tener a pocos pasos los teatros más fastuosos, los locales nocturnos más exclusivos y también una vida urbana intensa. Sí, intensa. Tan intensa como la mirada de Louis en esos momentos. Era como contemplar un gato agazapado esperando saltar sobre su víctima.

—Sí—respondí.

—Oh, perfecto—contestó aguardando alguna respuesta más allá de algo tan simple como un “sí”.

—¿Quieres saber lo que deseo?—pregunté con una sonrisa socarrona.

—Me tienes expectante, mon coeur—respondió incorporándose para acercarse a mí.

Estaba al otro extremo de la sala, apoyado en una de las tantas baldas de las enormes estanterías. Me encontraba allí buscando un libro de Dickens. Se me había antojado leer algo de ese autor, lo que fuese en realidad, pero él me detuvo con esa pregunta que para mí lo significaba todo.

—A ti—dije provocando que se detuviese.

—No empieces.

Rápidamente frunció el ceño. Tenía una de esas miradas contrariadas. Parecía no creerme para nada. Realmente quería una respuesta distinta. Esperaba poder hurgar dentro de mi alma para saber qué aventura tenía planteada o a punto de emprender la chispa en mis estúpidas decisiones.

—Louis, no empiezo—chisté.

—Es cierto, nunca terminas—dijo echando hacia atrás sus largos cabellos negros. Odiaba que se los cortara y él lo sabía. Había dejado esa melena larga, ondulada y oscura rozando sus omóplatos.

—¡Por favor! ¡Sólo quiero decirte algo que suene romántico y para nada clásico!—dijo algo furioso.

Tal vez creía que sacaba esas frases idílicas de los libros que leía. ¡Y lo admito! A veces lo hacía. Cualquier hombre enamorado, devorador de libros, toma alguna para ofrecerla, como hermoso tributo, a quien ama. Debería sentirse halagado porque le dedicase unas frases inmortales, tan célebres como intensas, y no cualquier estúpida palabrería barata robada de uno de esos shows televisivos que a veces resultaban aburridos, hirientes para el estúpido y tan vacíos como la sociedad que estaba generando.

—¿Has pensado alguna vez que me gustan las cosas clásicas y simples?—preguntó contrariándose.

¿Qué había más clásico que una frase romántica sacada de alguno de los libros que tanto amaba? ¿Qué había más simple que un “a ti”? Nunca estaba contento. Honestamente me cansaba. Buscaba pelear por pelear, como si eso fuese todo.

—¿Por eso hueles a alcanfor?—dije furioso.

De inmediato agarró uno de los libros de la mesa, sin siquiera pensar que era uno de los suyos o de la colección de nuestro buen amigo, y me lo lanzó. Afortunadamente lo agarré con mis manos evitando que se estampara contra mi cara o contra el suelo. No le pasó nada.

—Está bien. ¡No ha sido mi mejor respuesta!

—¿Y cuándo lo son?—interrogó.

—¡Louis! ¡Te amo!—exclamé desesperado al borde del llanto.

—Llevo mucho tiempo escuchando esas palabras, pero jamás las he visto materializadas.

—Demonios...—mascullé.

No podía ser. Otra vez discutiendo por todo y nada. De nuevo estaba molesto porque no le había ofrecido a tiempo una palabra amable y un arrebato de pasión. Yo sólo quería contemplarlo como a un dios y adorarlo como tal.

—Me iré—anunció.

—¿Adónde irás? ¡Está lloviendo a cántaros!—dije acercándome a él, dejando el libro en la mesa y agarrándolo por los brazos. Tenía las manos justo encima de sus codos y él parecía renuente. Quería apartarme, pero tampoco deseaba golpearme. Ya se le había pasado parte de la furia.

—A darme una ducha relajante... —susurró.

—¿Eso ha sido un comentario mordaz?—pregunté.

—No tanto como tus dientes contra la puta esa que gemía entre tus brazos hace unas horas.

Abrí grande los ojos y me quedé paralizado. Ella sólo había sido una cena rápida, pero él lo había tomado de nuevo como una aproximación al sexo contrario. Me dio un empellón y se fue. No lo volví a ver en toda la noche. Debí ir tras él, pero me parecía absurdo. Sí, era absurdo. Tan absurdo como sus puñeteros celos.


Lestat de Lioncourt 


martes, 21 de febrero de 2017

Amor, amor

Ha pasado dos años desde que comprendimos que el mundo era distinto a lo que conocíamos, que nuestro Jardín Salvaje era más exótico, y aún nos falta mucho por hacer para integrarnos unos con otros. Todavía nos cuesta entender las circunstancias en las que nos vemos envueltos, el dolor que aún marca cada milímetro de nuestra piel nos lo impide. Hay que dejar atrás el peso muerto de las desgracias y enfocarnos en el virtuosismo de la unión. Esta enseñanza tenemos que compartirla y hacerlo con el único sentimiento válido en este mundo: el amor.

Recuerdo que he cometido muchos errores, muchos pasos en falso, muchas decepciones, he recorrido valles de espinas y barro creyendo que eran amapolas, he caído en depresiones tan profundas que prácticamente era alimento de brea y aquí estoy. Quise ser tantas cosas, me empeñé en tantas aventuras, y aunque algunas fracasaron, y otras sólo eran ilusiones en mitad de un desierto, valió la pena. Me arriesgué. Buscaba la felicidad y la libertad. Si no se es libre no se puede ser feliz. Hay que entenderse a uno mismo y comprender que cualquier circunstancia es buena para salir a flote con una sonrisa atrevida.

En ocasiones echo la vista atrás por pura nostalgia. Y veo a mi madre sentada en el alfeizar de la ventana de su fría y húmeda habitación, con un libro de poemas entre sus delgadas manos y los ojos perdidos en la lontananza del valle. También escucho de fondo el crepitar de la hoguera de la chimenea, la cual se aviva de vez en vez. La nieve cayendo. El sentimiento de desasosiego por la inminente muerte, el pasar rápido de los días, el sonido a lo lejos del disparo de mi escopeta y el ladrido de mis perros de caza trayéndome la cena del día siguiente. Incluso puedo respirar el perfume sudoroso de los senos de las mujeres con las cuales me encontré una y otra vez, en pajares y esquinas inmundas, para luego perderme en la belleza bucólica de la triste mirada de un músico desgarrado. Aún escucho su violín mientras de sus labios sale un murmullo de palabras de amor que no supe entender, cuidar y avivar. Todo está ahí. Parece que nada se ha movido de su lugar. Puedo estirar los dedos y tocarlo, pero entonces despierto. Han pasado siglos, no soy humano y tengo un destino que me encanta. He salido favorecido de cada arriesgado plan. Soy un líder.


Sin embargo, ¿queréis sinceridad? Aquello de lo que estoy más orgulloso es de estar en estos momentos con él entre mis brazos. Louis descansa agotado tras horas usando su privilegiado Don de la Nube. Los cielos ya no son un misterio para él. Él me ama, yo le amo. Pero también amamos profundamente a los que nos acompañan. Somos una pequeña parte de una enorme familia. Somos flores salvajes en un salvaje jardín.


Lestat de Lioncourt

martes, 14 de febrero de 2017

Placeres y verdades

Supongo que todos tenemos nuestros límites de errores frente a quienes amamos. Las personas se cansan rápido de soportar problemas ajenos, golpes al ego o promesas rotas. Por mi parte, nunca ha existido límite con Louis y creo firmemente que tampoco existe límite en sus sentimientos. Nos hemos perdonado demasiadas cosas, algunas que son imposibles de siquiera imaginar. No sé como puede amarme teniendo en cuenta que fui, soy y seré su verdugo. Até su cuerpo, así como su alma, a esta tierra baldía llena de infectos sentimientos.

Siempre que estoy lejos de él percibo mejor su belleza, la emotividad de sus gestos, el tono suave, casi aterciopelado, de su voz y las maneras extrañas que tiene de demostrar que me ama. Por eso tal vez creo que magnifico el cúmulo de sensaciones, emociones y milagros que él proyecta sobre mí. Sin embargo, quedo boquiabierto cuando logro sostenerlo entre mis brazos. Jamás me he considerado un alma mutilada, esperando su alma gemela, pero cuando él está a mi lado me siento dichoso y especial. Entonces sé que no he magnificado nada, sino que me he quitado la venda y he visto la auténtica verdad que yace en nuestra relación.

Hace unas noches apareció en mi castillo. Habíamos discutido semanas atrás y él se había marchado. Tomó unos cuantos enseres, los guardó en un pequeño maletín de cuero, y se fue. Dejó atrás algunos libros, diversos objetos que le recordaban a su vida mortal y un par de chaquetas. A eso se redujo la discusión que ambos habíamos tenido por Claudia. Siempre era Claudia. Él decía que creía firmemente que aquel fantasma, que le atacó y doblegó, era nuestra hija. Por otro lado, yo seguía pensando que podía ser cualquiera usurpando su nombre, su aspecto y sus sentimientos. Si bien, regresó, tal y como he dicho.

Apareció una noche pluviosa y poco agradable. La tormenta había comenzado sobre las cinco y media de la tarde, pero se había extendido hasta bien entrada la madrugada. Los campos ya no podían absorber tanta lluvia y se mostraba anegado, asemejándose a un lago enorme. Estaba preocupado por la vid que ya estaba empezando a prepararse para dar frutos en unos meses, pero más me perturbó escuchar su corazón, sus pasos hacia la puerta y observar si figura empapada frente a mí.

Hacía frío, un frío terrible, pero sólo tenía una camisa de chorreras y unos simples jeans. Ni siquiera tenía zapatos. Estaba calado hasta los huesos. Los vampiros podemos sentir las inclemencias del tiempo tan o más intensas que un humano convencional. Por eso me lancé hacia él tomándolo entre mis manos, llevándolo raudo hasta la chimenea que estaba a un costado de mi sillón favorito y lo dejé allí sentado aguardando que dijese algo.

—¿Qué haces aquí?—pregunté apartando un mechón de su cabello que cubría su rostro.

—Amel me dijo que me echabas de menos...—murmuró—. ¿Es cierto?—cerró los puños y agachó la mirada—. Dímelo.

—Claro que es cierto. Siempre te echo de menos cuando no estás a mi lado, e incluso a veces lo hago estando a tan sólo unos pasos de ti. Te hundes en los libros de esta biblioteca o en el dolor, en ese dolor que aún se clava profundamente en tu corazón, y yo padezco esa sensación horrible de no poder aproximarme a ti, enterrarme en tu alma y lograr salvar así al hombre que siempre he amado—confesé asiéndolo de los brazos por encima de ambos codos.

Rompió a llorar.

Me acerqué un poco más, lo rodeé con mis brazos, deslizándolos por aquellas prendas húmedas y, hundí rápidamente mi rostro en su cuello como si fuese a moderlo. Pude apreciar que su alma se abría a mí, pues su llanto se volvió aún más amargo. Entonces decidí comenzar a desnudarlo, pues noté que estaba helado y parecía no entrar en calor. Además, creí estúpidamente que acariciando su piel, deslizando mis dedos por su torso y vientre, podría hacerle olvidar nuestra la distancia de estos días.

Al tenerlo frente a mí, desnudo como su madre lo trajo a este insano mundo, provocó que me quedara paralizado y traspuesto por la belleza exquisita que poseía. Pude escuchar entonces a Amel reír bajo, de forma encantadora, mientras susurraba que había hecho traer con Louis algo que nos serviría para ser aún más dichosos. Exigió que mirara en sus pantalones, los cuales había tirado al suelo muy cerca del crepitar de las llamas de la chimena.

Raudo tomé la prenda y busqué. Él se sonrojó y miró hacia otro lado bastante nervioso. Pues saqué un pequeño paquete del bolsillo derecho de este. Era un estuche donde se hallaban dos pipetas de de la nueva y potente fórmula de testosterona, la cual nos permitiría tener sexo como humanos comunes y corrientes. Tomé una y se la entregué provocando que se viese más nervioso, torpe y hermoso que nunca. Por mi parte abrí la mía, la bebí y aguardé que él hiciese lo mismo.

Me sentí fascinado y excitado de inmediato. Cuando me disponía a besarlo él lo hizo. Se lanzó a mis brazos y logró que ambos cayésemos frente al fuego. Sus glúteos se colocaron sobre mis caderas, mi espalda quedó completamente pegada al suelo y mis manos se posicionaron en su cintura. Louis tenía unos glúteos redondos, alzados, y suaves que se veían acentuados gracias a sus caderas algo anchas y su cintura ligeramente femenina. Sus muslos parecían cincelados por Miguel Ángel y su vientre absolutamente plano. Tenía el cuerpo de un hombre algo más joven de la edad en la cual paré su envejecimiento. Por mi parte, aunque era más delgado y menos musculado que mi hijo, tenía un aspecto más feroz cuando me desnudaba.

Mi miembro se vio agasajado por el roce de aquel cuerpo de adonis. Louis comenzó a desnudarme sin dejar de moverse como una serpiente gracias a las notas de un faquir. Mis labios se abrieron deslizando la lengua por mis dientes, apreciando mis crecidos colmillos, para luego palpar la comisura diestra de mi boca. Él se inclinó hundiendo su rostro en mi torso, besando cada pedazo de este, para acabar mordiendo uno de mis pezones. Sus manos acariciaban mis costados, pero acabaron siendo garras que arañaban encajándose en mis costillas y caderas. Aquello me revolucionó.

Hice un gesto drástico y lo tiré al suelo, mientras me incorporaba y retrocedía un paso para apreciar mejor su imagen. Él jadeó y yo reí tomando mi virilidad por la base, acariciando ligeramente mis testículos, para incitarlo. Louis gateó como un niño pequeño hacia mí, pero con los ojos lima de un gato peligroso. Entonces apretó suavemente mi glande entre sus labios y comenzó a juguetear con su lengua en el meato. Eché la cabeza hacia atrás, permitiendo que mi rubia y ensortijada cabellera rozara el aire. Su boca entonces se convirtió en una especie de conducto cálido, estrecho y húmedo que finalmente engulló con apetito mi miembro. Mis manos se pusieron entorno a su cabeza y comencé a mover mis caderas con brío. Las suyas acariciaban su torso desnudo, jugaban con sus caderas y comenzaban a pellizcar su glande. Sabía que estaba conteniéndose para que yo pudiese convertirme en una fiera. La misma fiera que acabó apartándolo, tirándolo contra el suelo, alzando su cadera y penetrándolo de una vez.

Un grito de dolor se unió a un trueno y un relámpago, los cuales no tuvieron más que segundos de diferencia. La habitación se iluminó por completo y la luz se fue. Sólo quedaba la chimenea que parecía cada vez más avivada. El sonido de mis testículos contra su trasero era cada vez más atroz, igual que el ritmo que llevaba mis caderas. Él abría mejor sus piernas, pegaba su torso al suelo y su rostro estaba girado hacia la derecha. Tenía el cabello algo enmarañado, pero eso no le restaba belleza a sus facciones.

—Te amo—jadeó aferrándose a la alfombra que teníamos bajo nosotros.

Mi glande golpeaba su próstata. Conocía bien ese lugar confortable y estrecho para mi miembro. No era la primera vez que le ofrecía semejante muestra de amor y libido. Entonces, cuando ambos subimos al cielo, él alzó su cabeza y yo tiré de su cabello. Pude sentir a Amel regocijarse mientras mi simiente llenaba sus entrañas y Louis gemía como una puta cualquiera mi nombre.

—Has hecho bien, has hecho bien—murmuró—. Él desea ser tu puta más que el amante sereno que crees que es. Quiere ser el único al que trates de esa forma. Acéptalo, es el regalo más preciado que puedes hacerte.

—Calla...—susurré agotado mientras salía de su estrechez, para ver entonces el espectáculo de mi semen corriendo por sus piernas y goteando junto a los restos del suyo.

Me senté en el suelo, con las piernas ligeramente abiertas y flexionadas, intentando recuperar la cordura. Sin embargo, Louis se giró y buscó hueco entre mis brazos, para pegarse a mi torso y rodearme con los suyos.

—Te amo, Louis—susurré llevando mis manos a su rostro, apartando cualquier mechón que me impidiese ver su mirada cansada y su sonrisa bucólica—. Te amo. Me casaré contigo si eso te hace feliz.

—Dirás que renovarás conmigo los votos frente a todos, en la capilla de tu castillo y convirtiéndome en tu esposo... porque yo me siento tuyo y tú eres mío. Nuestras almas son una—murmuró cerrando los ojos mientras apreciaba en él una calma única.


Tenía razón. Era sólo renovar los votos sagrados que nos dimos aquel día en Nueva Orleans.   



Lestat de Lioncourt 

lunes, 25 de enero de 2016

Codicia de amor

Ahora lo sabe. Sabe que lo amo. No tengo porqué ocultarlo...

Lestat de Lioncourt


—¿Alguna vez serás sincero conmigo?—preguntó mientras las velas iluminaban dulcemente su rostro. La noche había caído hacía horas. Me había paseado a galope del caballo algún tiempo, regresando a su lado y dejando que el respaldo de aquella confortable silla me diese cierto confort. Pero él arruinó todo con esas palabras.

—¿En qué aspecto?—dije jugueteando con un racimo de uvas.

—Sólo sé que has venido de Francia...—musitó.

—Claro, como las cigüeñas—respondí entre risotadas. Alcé las manos cerca de mi rostro y comencé a dar palmadas contra la mesa. Me reía de él, de su inocencia fingida y de su inocencia real. Era inocente de todo pecado, pues no le concedería jamás el secreto mejor guardado de mi alma. Yo le amaba y no quería que lo supiera, pues era un síntoma de debilidad.

—No te burles de mí, ¿por qué lo haces siempre?—susurró frunciendo el ceño.

Sus ojos eran torvos. Había cinismo en ellos. Podía fácilmente atacarme y destruirme, pero prefería hacerse el manirroto mientras soñaba con días de gloria que no existieron. Tan burgués, tan criollo. Su mirada siempre ha poseído un color verde muy llamativo, el de la esperanza y, por ende, el color que Dios debió darle a su propia voz. Si existe o existió algún Dios, pues aún me burlo de su existencia y divago demasiado sobre ello. En fin, no es el caso. La cuestión aquí, como en ese momento, es que posee siempre una belleza inmaculada envuelta de una maldad que no es fácil de ver. Tiene malicia provocadora y eso me encanta. Desea ser bueno, pero nunca podrá llegar a ser siquiera santo de en mis labios y bajo mi cuerpo.

—Intento quitarle hierro al asunto—dije apoyando mis codos en los brazos del asiento.

—¡Cuál asunto!—gritó exasperado.

—Te centras en lo que sé y no sé; pues puede que no sepa nada, y no en lo que siento—susurré sosegado.

—¿Y qué sientes? Codicia—sentenció con crueldad—. Codicias mi dinero, los lujos, la cubertería cara que te plantan frente a ti con ésta copiosa comida que ni probamos, así como codicias las telas caras de tus prendas llamativas y el contemplarte al espejo como si fueras Dios mismo. Eres el Diablo.

—Sí, poseo codicia—respondí sin poder negar que codiciaba algo, al igual que un cuervo un pequeño tesoro que brilla en la casa de cualquier pobre infeliz—. Sin embargo, codicio algo que tú no me quieres dar.

—¡Te he dado todo!—gritó.

—No—mi cabeza se negó suavemente y me levanté de la mesa.


No me daba su amor. No quería dármelo. Sin embargo, a su lado yo era feliz. Pese a esa tortura me sentía feliz.  

jueves, 14 de enero de 2016

Los dos, siempre los dos.

—¿Debería admitirlo?—preguntó rompiendo el silencio.

Había estado allí de pie, junto a la ventana, contemplando el campo. La vid había sido recogida hacía meses, pero aún podía verse los troncos de los árboles esperando florecer de nuevo. La nieve caía amontonándose en el camino, pero también sobre las copas de los lejanos árboles y las montañas que parecían más diminutas que hace algunos siglos. En esa ocasión las estrellas no iluminaban el cielo nocturno, tan oscuro como magnífico, sino que las nubes cubrían todo dándole un aspecto temible.

—¿Qué deberías admitir?—dije sentado en mi butaca predilecta. Era de respaldo alto, mullido y con orejas. Estaba forrado con una tela gruesa en color burdeos, pero tenía un estampado bordado de flor de lis. Las patas de aquella maravilla, cómoda y elegante, eran de león. A mi lado estaba el fuego, consumiendo la leña, y arriba de éste, sobre la chimenea, un reluciente escudo familiar con dos leones furiosos y rosas a sus pies.

Estaba en mi castillo. El castillo que había pertenecido a mi familia. El lugar donde había sido infeliz, pero a la vez inocente y soñador. Estaba allí con él, guarecido de todo y nada. Asumía mi papel de maldito entre los malditos, pero también como bendito entre los proscritos.

—Que me siento feliz de estar aquí—susurró.

Llevaba una camisa blanca de algodón, abotonada hasta el último botón, y un chaleco verde cacería muy elegante. El chaleco estaba confeccionado con tela de pana, pero sus pantalones eran de vestir y bastante sencillos. Vestía como siempre había vestido: con una elegancia y una clase que pocos podían tener. Eso sí que era criollo.

—No hacía falta que lo admitieras, pues lo sabía bien—respondí cruzando mis piernas.

Llevaba botas altas, de montar, y unos pantalones adecuados para ello. Había salido allí fuera, con la ventisca y la nieve cayendo cubriendo cada grieta de mis tierras, con un grueso abrigo y mi caballo. Decidí salir como aquel día, pero regresé ileso. Tuve que hacerlo. Necesitaba sentir el aire húmedo y frío calando mis pulmones. No enfermaría, pero sí sentiría el aire cuarteando mi cara y mi cabello humedeciéndose mientras se movía salvaje. Y, en ese instante, había regresado para tomar calor al lado del fuego.


Se apartó de la ventana y caminó digno hacia mí, pero acabó sentándose sobre mis piernas tomándome del rostro. Sus rodillas quedaron a ambos lados de mis caderas y sus glúteos sobre las mías. Tenía las manos muy cálidas, o tal vez mi rostro aún estaba ligeramente congelado. Sus labios se posaron sobre los míos y noté como su sangre, cálida y viscosa, se colaba en mi boca. Yo me hice también un corte en mi lengua, con mis colmillos, y cedí parte de la mía. Aquel beso se volvió apasionado, pero finalmente tan sólo quedamos abrazados, el uno contra el otro, cerca de la chimenea mientras la nieve seguía cayendo.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 10 de enero de 2016

Relaciones

Daniel ha decidido dar su opinión sobre mi relación con Louis. Si yo diera la suya con Armand sería: Chico larguirucho y borracho busca no volverse loco a manos de un psicópata.

Lestat de Lioncourt

Desde hace varias décadas conozco a Louis. Pude escuchar su tono de voz bajo, muy suave y sutil, contándome aquella historia que era terriblemente conmovedora, atractiva y llena de acción. Podía sentir la pasión en cada palabra, la conmoción de su alma en su discurso y la tristeza en su mirada. Era palpable que sufría, pero ¿sufría por todo lo que contaba o por aquello que él creía haber vivido?

Quizás se sugestionó a sí mismo diciéndose mil veces que debía creer sólo en su verdad, sin escuchar la verdad que poseía Lestat. Llamó a las puertas de mi alma e introdujo un discurso cargado de amor, pero también de rechazo y decepción. Habló de redención, de perdón, de explicación y aceptación de pecados. Él también pecó. Pecó tanto como Lestat.

Todavía puedo verlo frente a mí, de espaldas, en aquel balcón. Contemplo su figura elegante y soberbia, cargada de un aroma a muerte muy peculiar. Olía a un perfume masculino muy caro, el cual quedó opacado por el humo de mis cigarrillos. Aún puedo recordar, con perfectos detalles, como él me convenció rápidamente de ser un vampiro. Su profesión era la de un condenado a una vida impía, terrible, asesina y maravillosa sin que él lo supiera, sin que él lo hubiese comprendido desde un primer momento, y yo lo supe.

Como he dicho creo que él se mentía. Quería creer que Lestat era un villano. Sin embargo, era el antihéroe que todo el mundo busca o persigue. Tal vez los métodos, o las intenciones, de Lestat no es buscar el bien de todos, sino su propia felicidad, la codicia por un poco de afecto o halagos, pero logra, en definitiva, llegar a realizar actos imposibles. Actos que nos han conmocionado, cambiado y confundido.

Ahora sabemos más de los poderes vampíricos que hace dos cientos años. El mundo de los vampiros ha quedado expuesto, pero también ha conseguido que muchos de nosotros evolucionemos. A decir verdad, soy demasiado joven para ver esos cambios. Sin embargo, como bien saben, me muevo en un mundo de vampiros antiguos y milenarios. Puedo ver con claridad el cambio de actitud en muchos de mis compañeros, las historias que cuentan unos y otros y que nadie, salvo los más cercanos, conocemos.

Los vampiros aprenden más rápido gracias a Lestat. Ahora no hay vampiros que se sientan condenados, pues todos saben que realmente nunca han muerto o se han convertido en muerte. Ellos, nosotros, somos una nueva especie. Claro, que Louis no sabía nada de ésto cuando comenzamos a dialogar.

Hay puntos en su historia que todavía no me cuadra. Para muchos la muerte de su hermano no debió provocar tal desesperación, pero quizás es porque no comprenden que él fue quien construyó la capilla, quien impulsó esa fe, quien no detuvo a tiempo a su pequeño hermano y que, tras una fuerte discusión, lo vio tropezar y caer por las escaleras atravesando una cristalera para, finalmente entre agonía y horror, morir.

Escuchando las cintas hace unas noches, las cuales conservo con sumo cariño, he apreciado que él no era el favorito de su madre. Louis heredaría, pero quien llevaría el apellido a un estatus mayor, a ser conservado, era su madre. Quizás porque tenía veintiocho años y no había logrado casarse. Era mayor, por así decirlo, y no había logrado caer seducido ni se veía obligado a contraer matrimonio. Tal vez porque los gustos de Louis no eran hacia las mujeres, por mucho que intentara cortejar a su vecina de plantación. No. Louis cayó rendido ante Lestat porque le recordaba a su hermano, en aspecto, pero poseía una fuerza que ambos jamás tuvieron.

Poco a poco me descubrió una rabia sobrehumana hacia su creador, su maestro, su amante y compañero por toda la eternidad. El vínculo con Lestat era fuerte, aunque hubiesen pasado décadas divididos. Louis jamás dejó de amar a Lestat y perdonó todos sus fallos, como se perdona a un niño decir una pequeña mentira. Sin embargo, no fue eso lo que me transmitió la primera vez. Quizás pude ver tan sólo lástima, dolor y tragedia. Aunque con el paso de los años he logrado apreciar los matices. Tal vez, el haber escuchado la historia por voz de Lestat, en aquella biografía firmada y escrita por él palabra por palabra, ayudó. Quién sabe.


En definitiva, la pareja de moda entre los nuestros, para todo aquel lector o conocedor de nosotros los vampiros, será Lestat y Louis. Se odian, se aman, se necesitan y se rechazan. Lestat siempre hace algo imprudente para que Louis acuda a él, para que sea su conciencia, pero finalmente él no se redime y no cambia sus pasos. Los mismos pasos que acaban llevándolo a una catástrofe mayor que la anterior, pero que le hace más fuerte. Lestat aprende rápido, se sobrepone, y busca los brazos de Louis como trofeo. Él, como no, lo espera. Siempre se esperan. No olvidemos que Lestat ha salvado en varias ocasiones a Louis, y Louis, como no, ha salvado el ánimo de Lestat dándole compañía tras un fracaso o una victoria amarga. Son una pareja singular, pero apreciada. Realmente los envidio. Es difícil encontrar a alguien que sepa soportar todos tus fracasos, victorias y silencios.  

domingo, 20 de septiembre de 2015

No debiste

—No debiste hacerlo—decía de brazos cruzados, caminando tras mi destacada figura. Era algo más bajito, menos corpulento, con una cintura ligeramente marcada y tenía en esos momentos el aspecto de un perro arrepentido. Parecía uno de esos muchachos elegantes, pero perdidos en mitad de una ciudad extraña. Cualquiera hubiese visto en Louis al primo perfecto para robarle la cartera, el reloj y cualquier objeto valioso.

Llevaba tan sólo una simple camisa blanca, pero en él parecía distinta. Su chaleco verde oscuro era muy similar al tono de sus ojos, aunque éstos relampagueaban cuando pasaba bajo una alumbrada farola de imitación a las antiguas de gas. Tenía la boca carnosa y apretada. Refunfuñaba sin decir mucho, tan sólo mascullaba miles de ofensas que no se atrevía a lanzarme directamente.

—¿Quién lo dice? ¿Tú?—pregunté sin girarme mientras seguía con mis manos metidas en mi chaqueta de cuero.

Yo parecía uno de esos muchachos rebeldes, llenos de pájaros en la cabeza y mucho rock, aunque alguno diría que era simple ruido sin sentido. Al contrario que Louis, con su aspecto pulcro, yo tenía el cabello alborotado y algo encrespado. Mis tejanos estaban sucios en el borde de las costuras inferiores, pero esas botas brillaban en plena oscuridad. Las tachuelas, el cuero y los diversos complementos me hacían uno de esos afamados greñudos. Mi hora había acabado. El estrellato terminó demasiado rápido y como si mi estrella fuese de neón se apagó, dejándome a oscuras de nuevo. No muchos recordarían mi concierto, y aquellos que lo hicieran estarían demasiado asustados para comentar cualquier cosa.

—Tu amigo Marius, tu maestro de hace tanto tiempo, te rogó que no lo hicieras—dijo arrugando la nariz.

Marius... el mismo que me dijo que cumpliese unas normas que ni él supo mantener. Era irónico. Me pedía ser sensato un hombre con tanta ira acumulada, tanto resentimiento, tanta verdad dicha y no dicha. No iba a ser lo que él no pudo ser. Era como esos padres que quieren que sus hijos estudien la carrera de sus sueños, vivan la vida que ellos quisieron vivir y a través de ellos, como si fuese un milagro, ver lo que no pudieron lograr. Lo amaba, incluso lo admiraba con cierto fervor, pero yo no iba a ser su calcomanía. No.

—También me comparó con Alejandro Magno—comenté echándome a reír mientras negaba violentamente con la cabeza. ¡Ah! Esas sutiles ocurrencias de mi viejo y admirado maestro. El viejo Marius, el milenario, que en parte aplaudía mis locuras aunque no lo admitiera—. Marius dice muchas cosas, pero no todas tienen que ser necesariamente ciertas.

—Lestat...—chistó apretando el paso, para rebasarme y colgarse de mi brazo derecho.

—Dime, Louis—dije inclinándome hacia él.

—¿Te parece correcto entrar a éstas horas de la noche en una organización como esa a impacientar a sus miembros?—preguntó.

—¿Miembros? Sólo hice mi carta de presentación a su honorable director—respondí con una sonrisa canalla.

—Como sea, Lestat—musitó—. No creo que fuese oportuno y menos con la situación que hemos vivido.

Intentaba ser mi Pepito Grillo. ¡Pero ya era tarde! Pinocho había crecido y la Bella Durmiente despertó. El mundo ya conocía el caos y el caos tenía mi nombre, mi rostro y mi voz. ¿Qué iba a pasar? Sólo llamaría aún más la atención de esos hombres, nada más. Ya lo había hecho con aquel bombazo en clave de estruendoso, maravilloso y genuino rock. Tenían mi libro, el suyo, mis discos y posiblemente testigos. ¿Qué iba a empeorar yo? Nada.

—Que yo sepa, Louis, fui yo quien estuvo junto a Akasha estos días—le recordé—. Fue terrible ver a cientos morir, pero ellos querían matarme al fin de cuentas. Debo estar agradecido a la pobre reina que me salvara, aunque vi cosas terribles a su lado.

—¡Por eso mismo! Esto puede acabar mal, Lestat—aseguró.

—Pamplinas—dije apartándome de él.

Me molestaba que me agarrara tan fuerte, como si quisiera transmitirme sus inseguridades. Él podría llorar, patalear e incluso rogar a la Virgen María. ¡No iba a cambiar! Nadie pudo meterme en cintura, ni siquiera mi madre, como para que él lo intentara. Yo era incorregible y lo seguiría siendo. Aún a día de hoy lo soy. No hay dios que me cambie.

—¡No son pamplinas! Sabes bien que...—balbuceaba intentando encontrar las palabras idóneas para manipularme, provocando que le diese la razón y se contentase. No iba a ser sencillo. No siempre lo era. Más bien jamás era sencillo que yo me doblegara, y por eso mismo se frustraba y comenzaban las eternas peleas.

—¿Qué?—pregunté mirándolo a los ojos.

Allí estábamos, en mitad de Londres, clavándonos una daga peor que una estaca en el corazón. Nos observábamos. Él quería decir lo que sentía y lo hizo. ¡Santo Dios si lo hizo!

—Me preocupas...—susurró.

—A buenas horas te preocupo, Louis—dije encogiéndome de hombros.

—¡Siempre me has preocupado porque siempre me has importado!—gritó agarrándome de las solapas de la chaqueta.

—¡Milagro! ¡Al fin lo reconoces! Vamos, ésto hay que celebrarlo—contesté tomándolo de los hombros, cosa que provocó cierto destello de ira en sus ojos.

—Te burlas de mis sentimientos—dijo.

—No—le aseguré.

—¡Lo haces!

—Simplemente sé mejor que tú lo que sientes, o no sientes, porque te conozco íntimamente—empecé a decir agarrándolo por la cintura, pegándolo bien fuerte a mí, para luego elevarme por el cielo nocturno—. No necesito leer tu mente revuelta y llena de filosofía barata. Es innecesario. Sólo tengo que ver esos ojos esmeralda llenos de lágrimas que no quieren salir, las cuales no son tan fingidas como tu estirada forma de caminar y tus elegantes modales de caballero. Eres un monstruo, pero un monstruo atractivo que me quiere—acabé diciendo con una fabulosa sonrisa de las mías, de esas que te dicen que estoy confabulando en tu contra o más bien en contra suya.

Realmente lo conozco bien. Sé lo que siente y deja de sentir. Reconozco cuando sufre y cuando finge. Él nunca ha fingido su preocupación por mí, pero es un cobarde que queda a un lado porque no sabe actuar. Realmente le doy miedo. Provoco pavor en su vida ordenada. Soy el desastre en persona y él ama el autocontrol del cual carece. ¿Acaso hemos olvidado sus quemas y sus pataletas? Yo no, os lo puedo asegurar.

—¡Cállate!—gritó aferrándose fuertemente a mí, subiendo sus brazos a mi cuello y estrechándome con miedo. Tenía miedo a las alturas. Estaba sonrojado y hermoso. Juro que pocas veces lo he visto tan lleno de vida.

—Sonrojado incluso luces más adorable—susurré apoyando mi frente sobre la suya.

—Olvídame... —dijo cerrando los ojos.

—Ese es el problema, Louis. Jamás he podido olvidarte—dije, justo antes de robarle un beso para que así se callara de una buena vez.


No dijo nada más al respecto de Talamasca, David Talbot y mis malditas locuras. Se dedicó a disfrutar de mi compañía y de nuestro estrecho abrazo.


Lestat de Lioncourt  

lunes, 3 de agosto de 2015

No tenemos remedio

Louis es a veces terrible, pero yo también. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt 


—Te vas...—fue lo único que logré decir tras un largo silencio.

Estaba allí de pie en mitad de la biblioteca. Pose una pose digna de un dios. Sus largos cabellos rubios caían sobre sus hombros, rozaban sus mejillas y le daban el aspecto de un imponente león. Parecía un ser salvaje, aunque todos sabíamos que era un refinado sibarita que escogía con cuidado todo, inclusive sus víctimas. Vestía su mejor levita, la roja entallada, y unos pantalones de vestir negros, muy elegantes, que caían con gracia sobre sus lustrosas botas. Parecía realmente un príncipe, pero no dije nada sobre ello.

Durante varios días habíamos discutido incansablemente. Él parecía agotado. Yo estaba al borde de un ataque de nervios. Deseaba decirle tantas cosas que era imposible organizar mis palabras, mi mente, mis necesidades y sentidos. Quedé de pie, como he dicho, en mitad de la biblioteca permitiendo que el libro cayera a mis pies. Comencé a llorar de inmediato, sin poder evitarlo, mientras todo mi cuerpo se agitaba.

—Louis...—hubo un cambio drástico en su pose seria, casi pensativa, a una intranquila e incluso desesperada.

Se aproximó a mí y me tomó entre sus brazos. No le importó que manchara el cuello de su camisa blanca. Posé mis labios sobre su cuello, cerca de su bocado de adán, mientras me aferraba a él. Detestaba saber que huía de mí, que se marchaba de mi lado, y temía que fuese la última vez que nos viésemos. No quería separarme de él, pero había cometido muchos fallos. Mis equivocaciones le habían hecho daño.

—Sólo necesito unos días lejos de aquí, además vives bajo mi techo—dijo acariciando mis cabellos negros, enredando sus largos dedos en mis ondulas, mientras prácticamente reía bajo. Era un maldito demonio. Adoraba tenerme así—. Discúlpame si me río, pero me marchaba porque David necesita mi ayuda en un asunto. No me iba por nuestras discusiones—murmuró tranquilizándome—. Te amo. Olvidemos lo que ha ocurrido.


En ese instante me desperté sobre saltado. Me hallaba en la biblioteca. Él estaba allí. Me había quedado dormido llorando. Estaba inclinado sobre mí, arrodillado cerca del diván donde me había recostado, y antes que pudiese algo, por simple que fuese, me besó. Ese beso me despertó a una realidad mucho más amable que mis terribles pesadillas.  

jueves, 2 de julio de 2015

Llámalo amor

Muchas veces has cuestionado mis sentimientos como si no me importaras. Me has mirado con una rabia ciega digna del peor enemigo. Has escupido veneno por tus carnosos y encantadores labios. Sentí el dolor y la malicia en cada una de tus palabras, igual que una daga atravesando mi corazón y decapitando cada sentimiento bondadoso que he tenido hacia ti. Debería odiarte, despreciarte, y enterrarte finalmente, con todos los honores y horrores, en el olvido. Sin embargo, me sigues esperando y deseando que me arrodille frente a ti, admita mis pecados y acepte la condena de tus ojos tristes.

Sé que no he sido el mejor de los amantes. Juro por éste prometedor futuro, ese que aún es desconocido, excitante y aterrador, que estoy arrepentido de haber dado la callada por respuesta. Mis silencios se convirtieron en el eco de tus lamentables pasos, en fallos condenables y en pecado abrasador que envenenaba cada partícula de tu alma. Te convertiste en rabia y fuego, en lágrimas y condena, mientras creías que no hallarías jamás la paz. Y, sin embargo, yo hallaba la paz en el hogar de tu cuerpo, en esos brazos mucho más delgados que los míos y en ese rostro, que a veces parece de porcelana fina, empapado en lágrimas.

Me preguntas por el amor y si siento algo similar por ti. Algo que sea puro y condenable en el infierno, que pueda alzarse en los cielos y brillar con cada incontable estrella. Para ser sinceros te amo demasiado. Eres la prueba irrefutable que hay amores incomprensibles, incontenibles, inconcebibles y defectuosos. Sí, estamos defectuosos porque no sabemos mantenernos el uno con el otro, no nos saciamos y nos condenamos a despreciarnos durante algunas noches. ¡Pero, ah! Luego viene el arrepentimiento amargo y terrible, ese que te deja sin descansar durante las mañanas y te hace caminar despacio, arrastrando las suelas de las botas, nada más caer el sol.

No sé imaginar un mundo sin ti. Te has convertido en el bombeo continuo de mi corazón. Jamás sabría expresar con exactitud aquello que alimenta mi vida, pues soy incapaz de olvidarme de ti ni un solo segundo. Ambiciono cada minuto, codicio cada segundo y añoro los momentos que no pasamos juntos. He imaginado miles de sonrisas diáfanas, caricias intensas, besos inquietos y el cortejo de un digno caballero al hombre que ama. Pero soy incapaz de confesarme abiertamente usando todas estas palabras, pues pueden sonar a simple estratagema. Soy un cobarde quizás, pero frente a tus ojos no sé decir más que te amo. Un simple te amo. Un te amo que usan demasiado los poetas y escritores más variopintos, también los jóvenes que sin saber su valor o significado real lo ofrecen como quien regala unos céntimos de limosna a un pobre.

El amor, Louis, no se puede explicar. El amor se debe sentir. Y yo lo siento con todo mi ser. Tú y yo lo sentimos cada noche, aunque estemos separados. Cuando estamos juntos noto que el mundo deja de tener el mismo sentido, comienza a ser una paradoja y los fuegos artificiales estallan en mi cabeza. Hay algo que me impulsa a besarte, tocar tus mejillas como si fueras una obra de arte y destrozar tu camisa para deslizar mi húmeda lengua por tus rosados pezones. Muchas veces te he dejado desnudo, como la Venus salida de las aguas, permitiendo que me excitara como ahora mismo lo estoy haciendo de tan sólo recordarlo. Si quieres saber que es el amor y la pasión sólo tienes que mirarme a los ojos, buscar mi boca y dejar que te pegue a la pared, desnude tu cuerpo y te haga mío una vez más. Mi sangre será tu sangre, tu sangre será mi sangre, y nos convertiremos en una amalgama de caricias tórridas, palabras impronunciables y exceso. Deseas saber si me comprometo a permanecer a tu lado, siendo algo más que el príncipe que todos contemplan y señalan como si fuese un Dios griego, cuando sólo tienes que desnudarte recostándote en la blanca espuma de mis sábanas de seda.


Quiero ser tu demonio y que tú te conviertas en mi ángel. Deseo que seas la sangre que haga bombear mi corazón. Necesito el veneno de tus ojos verdes cargados desesperanza, necedad y locura. Tus manos me quemarán como nunca lo han hecho y yo te marcaré como jamás lo he intentado. Por favor, ven a mí.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 28 de junio de 2015

Deseos y milagros

La silenciosa capilla del castillo parecía más acogedora que noches atrás. Las pequeñas velas cercanas al altar, las cuales llevaba días sin encender, iluminaban la simple, pero hermosa, imagen de Jesús crucificado. Su rostro era de paz absoluta, las pequeñas gotas de sangre estaban magistralmente pintadas sobre la talla y las manos, ensangrentadas y torturadas, parecían desear desenclavarse para tomar mi rostro. Me sobrecogía aquella imagen aún hoy día, cuando ya no sentía miedo por Dios o el Diablo. No había veneración en mi alma, pero sí esperanza. Deseaba creer en la bondad de su discurso y en la bondad que había visto en muchos mortales, espíritus, compañeros de viaje y diversos seres que había encontrado en mi precipitado camino por la inmortalidad.

Él estaba allí. Vestía su hermosa levita de terciopelo negro y estaba reclinado hacia delante. Sus codos se apoyaban en el respaldo del banco que se hallaba frente a él, su espalda estaba encogida como sus hombros, y sus cabellos caían ligeramente sobre su frente. Tenía el pelo largo y ondulado, tan negro como el azabache, y resaltaba su piel blanca, como el mármol más exquisito.

Me aproximé a él y pude contemplar su soberbia vestimenta. Llevaba unos pantalones de vestir oscuros, una camisa blanca y una corbata verde como sus encantadoras esmeraldas. Decidí tomar asiento a su lado acomodando el encaje de mi camisa de chorreras, cruzando mis piernas enfundadas en un cómodo pantalón de cuero y dejé que mis botas, algo robustas, rozaran ligeramente la banca en la cual se apoyaba.

—¿Orando?—pregunté—. ¿Qué milagro estás pidiendo?

—Si tuviese que pedir un milagro, Lestat, posiblemente pediría sensatez para ti...—dijo con una sonrisa socarrona.

—Preferiría que pidieras otro—susurré apoyando mi cabeza en su hombro. Mis rubios cabellos rozaron su chaqueta, mezclándose con los suyos, mientras aspiraba la paz de aquel lugar. Olía a cera, a Louis y también a mi hogar. Estaba en Auvernia donde todo había comenzado, pero donde todo estaba volviendo a iniciarse nuevamente con una fuerza extraordinaria.

—¿Cuál?—interrogó incorporándose.

—Un beso mío—dije muy próximo a su mejilla—. Uno de esos besos llenos de sensualidad que tanto rubor te provocan.

—Oh, sí... —respondió girándose hacia mí—. Sólo que ese milagro sería muy complaciente para ti, pero ¿y para mí?—me tomó del rostro y me miró a los ojos. Me perdí en aquel bosque verde lleno de esperanza y sentimientos encontrados. Podía leer su rabia por los años de silencio, por derrotas y pérdidas, pero también un amor insondable y una pasión exacerbada.

—No seas cínico—respondí antes de robarle un beso, pero de inmediato me apartó—. Louis...

—Lo siento, Lestat. Si te doy todo lo que deseas siempre, ¿qué tendré para conseguir mis caprichos?—dijo acomodándose la chaqueta.

Me quedé allí observando como se marchaba hacia los jardines. Me quedé apoyado en el banco mirando a Jesús clavado en la cruz, las velas iluminándolo todo y las sombras sinuosas que se creaban en el fresco que Marius había pintado para mí. Los ángeles me miraban con sus hermosos rostros tan similares a los de Armand o Benjamín.


—Ah... bastardo... —chisté.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 20 de abril de 2015

Memorias




—Supongo que tengo que aceptar todos los golpes que recibo—dije parando mis pasos a pocos metros de él. Él tenía una revista en sus mano, observaba minuciosamente las fotografías a color de las diferentes noticias artísticas de Francia. La pequeña tienda era acogedora, pero estaba a punto de cerrar. También sentía que se cerraba él a mí, a cal y canto, como si no quisiera entender mis palabras susurradas con desesperación y quebranto—. Es un misterio como mi temperamento sigue vivo junto a mi sonrisa—di un paso al frente y él me miró directamente a los ojos, dejando la revista en su lugar—.Te busco allí donde voy. Observo tu lento y elegante caminar, comprendo cada uno de tus simples movimientos y acepto esas miradas lejanas de reproche, tristeza y cínico placer. Jamás podría apostar por todos tus pensamientos, pero sé que te entiendo mejor de lo que crees. Me odias por todos esos planes desafortunados que hice contigo, por mi estilo de vida y por el carisma que no uso en tu contra—abrí mi chaqueta y acomodé mis brazos en mi pelvis. Miré un segundo hacia abajo, agachando la cabeza como si estuviese vencido, y al alzarla sus ojos parecían tener un brillo distinto. Creo que era el reflejo de los míos—. Ves en mí a un miserable que sólo sabe hacer promesas sin cumplirlas jamás. El fuego que arde en tu alma es tan fuerte como las simples palabras de reproche que me has lanzado sin pronunciarla.

—¿Y aquí es donde debo reír como colegiala y lanzarme a tus brazos?—preguntó sarcásticamente. Sus labios parecían más carnosos que nunca. Eran apropiados para besarlos y callar así sus hirientes palabras—. Dime. Quizás estoy equivocado—se giró por completo hacia mí, acomodando un mechón de sus largos cabellos ondulados, y guardó sus manos en los bolsillos de su americana—. ¿A qué has venido?

—Hoy he venido ante ti porque quiero aceptar que te necesito—afirmé con rotundidad—. En mi memoria siempre estás con una leve sonrisa amarga, extendiendo tus brazos mientras me aceptas a tu lado—. En ese momento, suspiró hastiado, pero me dejó continuar—. Nunca podremos huir uno del otro. Sé que has cruzado un océano para estar cerca, y ser así una estaca en mi perturbado corazón. Y yo, como es costumbre, he salido a tu encuentro completamente desesperado—acabé muy cerca de él, tras una zancada, tomándolo por los brazos. Pude apretar ligeramente mis dedos sobre esos brazos algo delgados, envueltos en aquella americana hecha a medida tan elegante, y le miré a los ojos directamente sin importar que me aplastara con sus esmeraldas—. ¿Alguien reza por nuestro amor para que lo conservemos? ¿Lo haces tú o lo hago yo por inconsciencia?

—¿A qué dios? ¿A uno ciego?—murmuró relajando sus brazos, para acomodarlos entorno a mi cuello. Sus largos y fríos dedos acariciaron mi cuello, y un par de mis mechones, mientras apoyaba sus muñecas sobre mis hombros cubiertos por mi adorada chaqueta roja. Yo decidí tomarlo por la cintura de inmediato—. ¿Vas a mirarme mucho tiempo como si fuese el culpable de todo y tú un corderito? Un cordero de Dios, por supuesto.

—Creí que quien amaba echarle la culpa al otro eras tú—dije con una ligera sonrisa canalla. Él arrugó la nariz y estuvo a punto de soltarse, pero de inmediato lo besé pegándolo contra la estantería.

Hay culpables. No hay inocentes. Todos somos lobos. Todos somos corderos. Sólo hay que aceptar los sentimientos y el destino. Nada más.

Aquel beso fue intenso. Sus manos rodearon mis marcado mentón, apretando dulcemente mis facciones, mientras sus piernas se abrían provocadoras. Mi rodilla derecha acabó rozando su entrepierna y el soltó mis labios para mirarme sin tapujos. Recordaba perfectamente nuestra primera noche. Mis atractivas mentiras y verdades, las sombras del puerto y el deseo contenido. No tenía que decir nada. Estábamos allí bajo la atenta mirada de la joven de la tienda, con París colándose de fondo por la puerta acristalada de la entrada y la suave llovizna que comenzaba a caer. Creo que volví a enamorarme una vez más. Como siempre lo hago. Cada vez que lo tengo cerca caigo de nuevo en su extraña dualidad y sus elaboradas mentiras, tan similares a las mías. Un par de monstruos hermosos en medio de la capital del amor.

—Te amo—dijo abrazándome con fuerza. Dejó atrás ese siniestro muro de indiferencia y extraña fortaleza—. Lo he dicho otra vez, como un maldito idiota, y sin importarme nada. ¿Estás feliz?

—No—respondí provocando que frunciera su ceño—. Yo también te amo—susurré apretándolo contra mí—. Ahora sí. Estoy feliz por mi osadía—me aparté de él, para tirar de su mano y hacerlo caminar bajo la lluvia—. ¡Al carajo todo! ¡Volvamos a ser esos dos caballeros de otras épocas!

—¿Pero tiene que ser bajo la lluvia?—preguntó dejando que la lluvia empapara su rostro.

—¿Por qué no? ¿Temes enfermarte? Oh, vamos... —dije entre carcajadas—. ¡Ya deberías conocerme!

—¿A qué te refieres?—susurró confuso, apretando su paso para aferrarse a mi brazo derecho. Sus dedos se entrecruzaron con los míos y su cabeza se apoyó en mi hombro.

—Hago mil locuras a diario, pero no me arrepiento de ninguna. No. No me gusta—comenté mirando al frente. El paisaje urbano era hermoso, podía decirse que una delicia, y él jugaba nervioso con mis dedos. Siempre mostraba una imagen seductora, elegante y firme. Podía parecer un cordero, un ángel de Dios o un brutal asesino. Tenía su carácter. Conocía todas sus facetas. Esa, sin duda alguna, era la más ilusa. Louis siempre desnudaba su alma sin percatarse, pues conmigo no podía ponerse una máscara. Conocía bien el significado de cada una de sus miradas y sus actos—. Quizás crearte fue la mayor de todas, pues muchos siempre te han catalogado del más débil de todas mis creaciones. Tal vez por eso siempre he intentado protegerte incluso de mí mismo. Pero tú no eres débil. Juegas muy bien tu papel. Eres un asesino astuto. Ahora posees una fuerza maravillosa, Louis—me detuve en mitad de la calle, le tomé del rostro de nuevo y volví a besarlo compartiendo unas gotas de mi sangre. Sus mejillas se ruborizaron y sus ojos se llenaron de un brillo aún más especial que el de minutos atrás—. Para mí eres el más peligroso, pues matas indiscriminadamente como las criaturas más perfectas de nuestro supuesto creador. Eres como una pantera, un león, un lobo o cualquier animal que mata por instinto. Eres un animal de instinto aunque quieras aparentar ser un caballero—dije acariciando sus pómulos con mis pulgares—. Muy similar a mí.

—Instinto—musitó.

—Instinto, cher—repetí.

De inmediato me abrazó salvaje, como un animal herido se lanza a su captor, para besarme con una pasión inconcebible. Me abrió la chaqueta y coló sus manos bajo mi arrugada camisa negra. Palmó mi vientre y el borde de mi pantalón, deslizó sus dedos por mis costados y palpó mis pectorales, mientras su lengua se desenvolvía con furia en mi boca. Paró bruscamente el beso con un mordisco en mi labio inferior, un pequeño sorbo de mi sangre se escapó a su boca, y luego me miró.

—Louis... —balbuceé.

—Llévame a tu maldito refugio y sigamos la discusión allí—chistó bajando sus manos, no sin antes provocarme al arañar mi piel—. Supongo que es lo más sensato. Y, aunque sea un animal de instinto, mi instinto me obliga a ser sensato. No como tú, mon coeur—dijo girándose suavemente mientras caminaba unos pasos frente a mí.

Yo caminaba, es cierto, pero no podía dejar de pensar en sus caricias y su boca compartiendo conmigo tantos secretos.

Al pasar por una calle, sin tránsito alguno de vehículos o personas, ambos alzamos el vuelo, como si fuéramos dos aves migratorias, hacia el castillo. No tardamos más de unos minutos. Al llegar allí lo conduje a mi habitación. En una pequeña nevera, situada a pocos metros de la cama, había un pequeño frasco y una jeringa. No dudé en administrarnos las hormonas como una vez hizo Fareed conmigo. De inmediato nuestras ropas se perdieron y él acabó recostado en la cama, entre los mullidos almohadones y las sábanas revueltas, mientras abría sus piernas incitándome a penetrarlo tan fuerte que el cabezal chocó contra la pared de piedra.

El primer gemido erizó mi piel. Sus manos se aferraron a mis hombros, clavando sus uñas, mientras abría fiero su boca mostrando sus colmillos. Tenía los ojos ligeramente cerrados, pero los míos no perdían detalle. Cada movimiento de mi pelvis era más rítmico, pero también más violento. Sus muslos me contenían con el calor que nunca poseyeron. Su miembro se encontraba duro, envuelto en su suave vello rizado y negro, y se rozaba contra mi vientre. Mis gemidos llegaron a ser tan altos como los suyos y él no dudó en buscar mis labios.

Recordé que la última vez que estuve en una situación similar, en aquel castillo, fue a escondidas con Nicolas. Él no hacía ruido y sólo me empujaba a dejarme llevar. De pie, en un rincón oscuro, de espaldas a mí y con las manos aferradas al muro le hice el amor más brusco que conocía. Louis decidió buscar la comodidad, pero también la perversión de dejar huella en mi cama. Ya no sería igual dormir allí. No podría ver mi lecho desvinculado a ese acto.

Su respiración se agitaba, nuestros corazones bombeaban con fuerza, y cuando quise percatarme él eyaculaba manchando mi vientre. Tuvo unos ligeros espasmos que me provocaron de manera deliciosa. Acabé dentro de él, mientras sus muslos me apretaban entorno a la cadera. Al salir noté como sus piernas temblaban. En realidad, él temblaba de pies a cabeza. Un par de lágrimas mancharon sus mejillas, las mismas que yo lamí notando la sal y la sangre en cada gota.

—Gracias por crear conmigo estas salvajes memorias—susurré cerca de su oído.


Él no contestó nada. Tan sólo me abrazó.

Lestat de Lioncourt   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt