Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 20 de abril de 2015

Memorias




—Supongo que tengo que aceptar todos los golpes que recibo—dije parando mis pasos a pocos metros de él. Él tenía una revista en sus mano, observaba minuciosamente las fotografías a color de las diferentes noticias artísticas de Francia. La pequeña tienda era acogedora, pero estaba a punto de cerrar. También sentía que se cerraba él a mí, a cal y canto, como si no quisiera entender mis palabras susurradas con desesperación y quebranto—. Es un misterio como mi temperamento sigue vivo junto a mi sonrisa—di un paso al frente y él me miró directamente a los ojos, dejando la revista en su lugar—.Te busco allí donde voy. Observo tu lento y elegante caminar, comprendo cada uno de tus simples movimientos y acepto esas miradas lejanas de reproche, tristeza y cínico placer. Jamás podría apostar por todos tus pensamientos, pero sé que te entiendo mejor de lo que crees. Me odias por todos esos planes desafortunados que hice contigo, por mi estilo de vida y por el carisma que no uso en tu contra—abrí mi chaqueta y acomodé mis brazos en mi pelvis. Miré un segundo hacia abajo, agachando la cabeza como si estuviese vencido, y al alzarla sus ojos parecían tener un brillo distinto. Creo que era el reflejo de los míos—. Ves en mí a un miserable que sólo sabe hacer promesas sin cumplirlas jamás. El fuego que arde en tu alma es tan fuerte como las simples palabras de reproche que me has lanzado sin pronunciarla.

—¿Y aquí es donde debo reír como colegiala y lanzarme a tus brazos?—preguntó sarcásticamente. Sus labios parecían más carnosos que nunca. Eran apropiados para besarlos y callar así sus hirientes palabras—. Dime. Quizás estoy equivocado—se giró por completo hacia mí, acomodando un mechón de sus largos cabellos ondulados, y guardó sus manos en los bolsillos de su americana—. ¿A qué has venido?

—Hoy he venido ante ti porque quiero aceptar que te necesito—afirmé con rotundidad—. En mi memoria siempre estás con una leve sonrisa amarga, extendiendo tus brazos mientras me aceptas a tu lado—. En ese momento, suspiró hastiado, pero me dejó continuar—. Nunca podremos huir uno del otro. Sé que has cruzado un océano para estar cerca, y ser así una estaca en mi perturbado corazón. Y yo, como es costumbre, he salido a tu encuentro completamente desesperado—acabé muy cerca de él, tras una zancada, tomándolo por los brazos. Pude apretar ligeramente mis dedos sobre esos brazos algo delgados, envueltos en aquella americana hecha a medida tan elegante, y le miré a los ojos directamente sin importar que me aplastara con sus esmeraldas—. ¿Alguien reza por nuestro amor para que lo conservemos? ¿Lo haces tú o lo hago yo por inconsciencia?

—¿A qué dios? ¿A uno ciego?—murmuró relajando sus brazos, para acomodarlos entorno a mi cuello. Sus largos y fríos dedos acariciaron mi cuello, y un par de mis mechones, mientras apoyaba sus muñecas sobre mis hombros cubiertos por mi adorada chaqueta roja. Yo decidí tomarlo por la cintura de inmediato—. ¿Vas a mirarme mucho tiempo como si fuese el culpable de todo y tú un corderito? Un cordero de Dios, por supuesto.

—Creí que quien amaba echarle la culpa al otro eras tú—dije con una ligera sonrisa canalla. Él arrugó la nariz y estuvo a punto de soltarse, pero de inmediato lo besé pegándolo contra la estantería.

Hay culpables. No hay inocentes. Todos somos lobos. Todos somos corderos. Sólo hay que aceptar los sentimientos y el destino. Nada más.

Aquel beso fue intenso. Sus manos rodearon mis marcado mentón, apretando dulcemente mis facciones, mientras sus piernas se abrían provocadoras. Mi rodilla derecha acabó rozando su entrepierna y el soltó mis labios para mirarme sin tapujos. Recordaba perfectamente nuestra primera noche. Mis atractivas mentiras y verdades, las sombras del puerto y el deseo contenido. No tenía que decir nada. Estábamos allí bajo la atenta mirada de la joven de la tienda, con París colándose de fondo por la puerta acristalada de la entrada y la suave llovizna que comenzaba a caer. Creo que volví a enamorarme una vez más. Como siempre lo hago. Cada vez que lo tengo cerca caigo de nuevo en su extraña dualidad y sus elaboradas mentiras, tan similares a las mías. Un par de monstruos hermosos en medio de la capital del amor.

—Te amo—dijo abrazándome con fuerza. Dejó atrás ese siniestro muro de indiferencia y extraña fortaleza—. Lo he dicho otra vez, como un maldito idiota, y sin importarme nada. ¿Estás feliz?

—No—respondí provocando que frunciera su ceño—. Yo también te amo—susurré apretándolo contra mí—. Ahora sí. Estoy feliz por mi osadía—me aparté de él, para tirar de su mano y hacerlo caminar bajo la lluvia—. ¡Al carajo todo! ¡Volvamos a ser esos dos caballeros de otras épocas!

—¿Pero tiene que ser bajo la lluvia?—preguntó dejando que la lluvia empapara su rostro.

—¿Por qué no? ¿Temes enfermarte? Oh, vamos... —dije entre carcajadas—. ¡Ya deberías conocerme!

—¿A qué te refieres?—susurró confuso, apretando su paso para aferrarse a mi brazo derecho. Sus dedos se entrecruzaron con los míos y su cabeza se apoyó en mi hombro.

—Hago mil locuras a diario, pero no me arrepiento de ninguna. No. No me gusta—comenté mirando al frente. El paisaje urbano era hermoso, podía decirse que una delicia, y él jugaba nervioso con mis dedos. Siempre mostraba una imagen seductora, elegante y firme. Podía parecer un cordero, un ángel de Dios o un brutal asesino. Tenía su carácter. Conocía todas sus facetas. Esa, sin duda alguna, era la más ilusa. Louis siempre desnudaba su alma sin percatarse, pues conmigo no podía ponerse una máscara. Conocía bien el significado de cada una de sus miradas y sus actos—. Quizás crearte fue la mayor de todas, pues muchos siempre te han catalogado del más débil de todas mis creaciones. Tal vez por eso siempre he intentado protegerte incluso de mí mismo. Pero tú no eres débil. Juegas muy bien tu papel. Eres un asesino astuto. Ahora posees una fuerza maravillosa, Louis—me detuve en mitad de la calle, le tomé del rostro de nuevo y volví a besarlo compartiendo unas gotas de mi sangre. Sus mejillas se ruborizaron y sus ojos se llenaron de un brillo aún más especial que el de minutos atrás—. Para mí eres el más peligroso, pues matas indiscriminadamente como las criaturas más perfectas de nuestro supuesto creador. Eres como una pantera, un león, un lobo o cualquier animal que mata por instinto. Eres un animal de instinto aunque quieras aparentar ser un caballero—dije acariciando sus pómulos con mis pulgares—. Muy similar a mí.

—Instinto—musitó.

—Instinto, cher—repetí.

De inmediato me abrazó salvaje, como un animal herido se lanza a su captor, para besarme con una pasión inconcebible. Me abrió la chaqueta y coló sus manos bajo mi arrugada camisa negra. Palmó mi vientre y el borde de mi pantalón, deslizó sus dedos por mis costados y palpó mis pectorales, mientras su lengua se desenvolvía con furia en mi boca. Paró bruscamente el beso con un mordisco en mi labio inferior, un pequeño sorbo de mi sangre se escapó a su boca, y luego me miró.

—Louis... —balbuceé.

—Llévame a tu maldito refugio y sigamos la discusión allí—chistó bajando sus manos, no sin antes provocarme al arañar mi piel—. Supongo que es lo más sensato. Y, aunque sea un animal de instinto, mi instinto me obliga a ser sensato. No como tú, mon coeur—dijo girándose suavemente mientras caminaba unos pasos frente a mí.

Yo caminaba, es cierto, pero no podía dejar de pensar en sus caricias y su boca compartiendo conmigo tantos secretos.

Al pasar por una calle, sin tránsito alguno de vehículos o personas, ambos alzamos el vuelo, como si fuéramos dos aves migratorias, hacia el castillo. No tardamos más de unos minutos. Al llegar allí lo conduje a mi habitación. En una pequeña nevera, situada a pocos metros de la cama, había un pequeño frasco y una jeringa. No dudé en administrarnos las hormonas como una vez hizo Fareed conmigo. De inmediato nuestras ropas se perdieron y él acabó recostado en la cama, entre los mullidos almohadones y las sábanas revueltas, mientras abría sus piernas incitándome a penetrarlo tan fuerte que el cabezal chocó contra la pared de piedra.

El primer gemido erizó mi piel. Sus manos se aferraron a mis hombros, clavando sus uñas, mientras abría fiero su boca mostrando sus colmillos. Tenía los ojos ligeramente cerrados, pero los míos no perdían detalle. Cada movimiento de mi pelvis era más rítmico, pero también más violento. Sus muslos me contenían con el calor que nunca poseyeron. Su miembro se encontraba duro, envuelto en su suave vello rizado y negro, y se rozaba contra mi vientre. Mis gemidos llegaron a ser tan altos como los suyos y él no dudó en buscar mis labios.

Recordé que la última vez que estuve en una situación similar, en aquel castillo, fue a escondidas con Nicolas. Él no hacía ruido y sólo me empujaba a dejarme llevar. De pie, en un rincón oscuro, de espaldas a mí y con las manos aferradas al muro le hice el amor más brusco que conocía. Louis decidió buscar la comodidad, pero también la perversión de dejar huella en mi cama. Ya no sería igual dormir allí. No podría ver mi lecho desvinculado a ese acto.

Su respiración se agitaba, nuestros corazones bombeaban con fuerza, y cuando quise percatarme él eyaculaba manchando mi vientre. Tuvo unos ligeros espasmos que me provocaron de manera deliciosa. Acabé dentro de él, mientras sus muslos me apretaban entorno a la cadera. Al salir noté como sus piernas temblaban. En realidad, él temblaba de pies a cabeza. Un par de lágrimas mancharon sus mejillas, las mismas que yo lamí notando la sal y la sangre en cada gota.

—Gracias por crear conmigo estas salvajes memorias—susurré cerca de su oído.


Él no contestó nada. Tan sólo me abrazó.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 2 de noviembre de 2014

El cazador y la presa

Enamorarse de la libertad y el poder que oculta el Don Oscuro es imposible. La noche se abre ante ti como un jardín lleno de flores salvajes y misteriosas. La fragancia de la vida se desliza entre tus dedos, acariciá tus sentidos y te impacta provocando que ames todo lo que ves. Incluso puedes enamorarte perdidamente de algo simple, sin importancia, pues antes no viste sus maravillosos detalles. La complejidad del mundo sólo se puede saborear cuando la sangre acaricia tu garganta, colorea tus mejillas y te da una fuerza única.

Era la tercera noche que salíamos a cazar juntos. Me había sentido solo y desdichado desde que Magnus me convirtió y se arrojó a las llamas. Desconozco si habló finalmente con Lucifer, pero sí comprendí lo doloroso que es saberse perdido en un mundo de gemas de brillos seductores. Mi madre había comprendido al fin que era libre, eterna y poderosa. Podía hacer todo aquello que jamás pensó. Decidió ser un hombre para el resto de seres que la contemplaban. Quería la libertad que los varones poseíamos. Así que tomó alguna de mis prendas, las adaptó a su figura y huyó.

Me había dado esquinazo en una de las calles más céntricas de París. Sus pasos se perdieron cerca de una taberna. Supuse que había encontrado encantador beber sin ser vista, imitar la vida y reír a carcajadas codeándose de la calaña más vulgar. Era un antro pequeño, con pequeñas ventanas enrejadas que dejaban ver escasamente el ambiente del interior. Dentro se escuchaba un gran estruendo de carcajadas, brindis, peleas y el típico murmullo de aquellos que desean arriesgarse a desvelar secretos. Deseaba aguardarla fuera, esperando que saliese satisfecha de alguna pequeña escaramuza, cuando la vi acompañada de un joven.

Era un muchacho esbelto, de ojos ambarinos y piel lechosa. Sus labios eran carnosos y rosados. Tenía una nariz perfecta para su rostro ligeramente aniñado. Su profunda mirada, su voz ligeramente dulce y su caro atuendo me hablaban de un joven rico, quizás un burgués, que había venido a París a estudiar o quizás a deshacerse de sus responsabilidades. Estaba agarrado a ella pasando su brazo derecho por la cintura, pegándola bien a él como haría un amante, y eso me provocó cierta ira. Si bien, cuando realmente estallé, fue cuando él se inclinó para besar hondamente sus labios. La arrinconó contra la deteriorada fachada de la taberna, acarició su mentón y dejó que su lengua se enredase en la suya.

Mi madre se aferraba a él tirando de su chaqueta, abriendo ligeramente sus piernas, para ofrecerle cierta invitación a proseguir con ese ritual de pasión y alcohol. Él parecía desinhibido, perdido y ligeramente satisfecho. La mano diestra de mi madre estaba en su pecho, pero pronto la deslizó hasta su bragueta. Cuando sus delicados y finos dedos presionaron su sexo, el cual seguía envuelto en sus pantalones, mientras lo miraba de una forma que me hacía arder por la ira.

Me acerqué a ambos rápidamente. Aparté al joven tomándolo del cuello y, en un abrir y cerrar de ojos, lo maté frente a ella. Después, como si fuera un despojo, lo eché a un callejón cercano. Ella ni siquiera se inmutó, pues tan sólo se llevó uno de sus cortos mechones tras una de sus orejas y echó a caminar. La seguí deseando echarme a gritar, pero preferí agarrarla del brazo empujándola hacia una estrecha calle cercana. Allí, en un portal minúsculo, la acorralé mirándola terriblemente confundido.

—¿Se puede saber qué hacías?—pregunté.

—Tú dijiste que era libre de hacer lo que quisiera—respondió serena—. Tomé tus palabras y decidí ser libre.

—No eres libre porque me perteneces—dije en un acceso de ira. Mi boca se llenó de improperios que no salieron, muriéndose en la punta de mi lengua, mientras esperaba que me pidiera disculpas por su actitud.

—¿Estás esperando a que lo lamente? Yo no soy de nadie, Lestat. Además, te recuerdo que soy tu madre. Eres tú quien me pertenece—expresó con elocuencia y un ligero toque cínico en el timbre de su voz—. Aunque ya no me considero así. Me he liberado de esa carga. Si deseo conocer a hombres jóvenes, sentirlos entre mis piernas y disfrutar de todo lo que me de este nuevo mundo, lo haré—sus ojos eran dos cielos grisáceos a punto de entrar en tormenta. Estaba molestándose, pero su rostro parecía aún sereno. Si bien, acabó arrugando la nariz y yo únicamente tomé medidas. La agarré de los hombros pegándola contra el portón y la miré envuelto en furia.

—Eres mía. Yo te hice y me perteneces. Eres ahora mi compañera, mi amante, mi hija y por supuesto parte de mí—dije esperando que me escuchara, pero eso era haber pedido un milagro.

—Hablas igual que tu padre. Sólo queda que te quedes ciego, monsieur—susurró empujándome, pero no logró moverme.

En ese momento se sintió realmente acorralada. Vi su expresión de sorpresa en sus ojos, labios y mejillas. Se había sonrojado ligeramente al sentirme cerca suya de forma tan terca.

—Te lo advertí, madre—susurré apartando mis manos de sus hombros, para luego pasar mis uñas filosas por su chaqueta.

Era una hermosa chaqueta de terciopelo negro con unos botones dorados encantadores. Me había costado una gran suma de dinero, pero había merecido la pena. Si bien, no me importó romperla. Del mismo modo que rasgué la camisa de chorreras, le arranqué el pañuelo de su cuello y le destrocé las vendas que ocultaban sus senos. Eran unos senos medianos, pero aún ligeramente turgentes. Ser madre no había desmerecido el tacto suave de su piel, ni sus delicados y gruesos pezones rosados, así como el aroma que rezumaba su canalillo.

De inmediato quiso abofetearme, pero lo único que logró es que agarrara su muñeca y la doblegara. Hice que se girara sobre sí misma. Sus cabellos se agitaron y brillaron bajo la tenue luz del farolillo de aquella entrada. Mi mano derecha bajó por su vientre y la zurda seguía oprimiendo su muñeca.

—¿Qué demonios crees que haces?—siseó.

—Demostrarte que eres mía—dije aproximándome a su oído derecho.

Las uñas de mi diestra erizaron el vello de su nuca al acariciar su vientre, acercándome peligrosamente al borde de su pantalón, pues sabía que no me detendría y que en esos momentos era mi presa. Había caído en manos del Matalobos. No era el muchachito que ella había educado bajo sus faldas y con todo el egoísmo del mundo. No. Yo era un hombre, un cazador, y ella mi víctima favorita.

Sin remordimientos introduje mi mano dentro del pantalón y acaricié su clítoris. No pude contener una honda carcajada al notar que se humedecía. Aquel rubor no era más que una excitación ligeramente común. Estaba mostrándome ante ella como un hombre que sabía cuales eran sus deseos, que se sentía dueño de ella y se lo aclaraba con una dulce violencia que no la dañaba en absoluto. Sólo le decía la verdad. Susurraba su nombre cerca de su cuello mientras apartaba el cabello y le decía que era mía. Mi dedo índice y corazón acariciaban con destreza aquel músculo que se hinchaba y endurecía. Su sexo se humedecía y sus piernas se abrían. Ella podía notar mi erección pegada a sus redondas y prietas nalgas.

—Ahora sabrás quien es tu hijo, madre—susurré sacando la mano para llevársela a su boca. Ella no dudó en lamer los dedos mientras movía sutilmente sus caderas.

Bajé sus pantalones del mismo modo que bajé los míos. Mi miembro se sintió cómodo al no estar presionado por aquella ajustada tela. Llevé el glande a su orificio, acariciándolo, para luego deslizarlo deliciosamente por todas sus partes. Podía notar sus fluidos empaparlo. Cada vez estaba más húmeda. Sus jadeos comenzaron a ser un dulce cántico. Si bien, no iba a darle lo que ella deseaba tan rápidamente.

Tomé el pañuelo del suelo y até sus manos, aunque ella podía deshacerse de las ataduras. Quería hacerle entender que no podía tocar ni agarrar. Sus brazos quedaron a su espalda y su cuerpo se tensó del mismo modo que sus pezones se endurecieron. Al girarla de nuevo hacia mí, dejando su rostro frente al mío, la tomé de la nuca besándola con mayor pasión que aquel joven. Ella respondió urgida. Quería mi lengua hundiéndose entre sus labios como una gloriosa espada. Después, sin más rodeos, la arrodillé frente a mí y penetré su boca. Mis movimientos eran bruscos y notaba como el glande chocaba la campanilla de su garganta. Ella podía sentir mis testículos golpeando su barbilla, del mismo modo que yo percibía su frío aliento acariciando los mechones rubios que coronaban mi sexo.

Me miraba absorta, como si no estuviese allí mismo. Parecía una fierecilla que está a punto de ser completamente domesticada. Sobre todo, cuando logré apartarla de nuevo y colocarla otra vez con el rostro contra la puerta. Sus pechos rozaron las vetas de la madera y mi sexo se hundió en ella. Mis estocadas no eran suaves, sino salvajes y rápidas. Ella gemía de placer rogando que no me detuviera. Gritaba mi nombre una y otra vez. Yo le decía que la amaba. Mis manos estaban sobre sus caderas, pero acabé rodeándola con mis brazos por debajo de sus axilas. Sus muñecas no dejaron de estar libres en ningún momento.

Su cabello se pegaba a la frente mientras crecía. El sudor sanguinolento perlaba su espalda y empapaba lo poco que quedaba de sus prendas. Sus nalgas golpeaban mi pelvis, mis testículos chocaban contra ella y mi miembro se sentía rodeado gracias los músculos de su sexo. Empecé a gemir y gruñir resoplando. Ella tenía en todo momento los ojos cerrados, la boca abierta y una expresión de abandono total a la lujuria.

Mis brazos quedaron bajo sus pechos, los cuales temblaban como flanes, mientras sus caderas parecían romperse junto a las mías. Estábamos en medio de un éxtasis religioso. Éxtasis que se rompió cuando ella me bañó con sus fluidos alentándome a ofrecerle los míos. Cuando finalmente acabamos, llegando así al final de esa locura, ella se liberó las muñecas y se aferró al llamador en forma de león de la puerta. Un león que nos había observado con sus ojos metálicos y con aquel aro entre sus fauces.

—Desde que te creé eres mía—dije jadeoso.

Ella no dijo nada. Sólo me miró con los ojos entrecerrados y se aferró mejor a la pieza de metal que colgaba de la puerta.


Creo que aquella noche comprendí que amaba de una forma retorcida a mi madre. Y que ella, al fin liberada del todo, se percató que le ocurría lo mismo. Me convertí en Edipo.


Lestat de Lioncourt   

miércoles, 1 de octubre de 2014

Encadenado al infierno de tus manos

Julien viene con unas viejas memorias. No sé dónde se podían haber encontrado, pues pensaba que su hija las había destrozado todas. Pero ya se sabe, los Mayfair son una fuente de misterios inagotable. 

Lestat de Lioncourt 


Podía estar mirando el reloj durante toda la noche y las manecillas parecían no moverse. Era como si el tiempo hubiese decidido pararse en una hora en concreto. La música surgía como el zumbido de un enjambre de abejas, retumbando las gruesas paredes cubiertas de elegante papel pintado, mientras intentaba batirme en duelo con la pluma que acababa de adquirir hacía tan sólo unas semanas. Los cientos de folios en blancos, amontonados uno tras otro, me llamaban poderosamente la atención. Quería escribir sobre mi vida, pero también sobre la vida de aquellos que había conocido. Tenía setenta años. Ya no era un niño. Recordaba bien los amaneceres de otras épocas, en la plantación, donde todo parecía ser más misterioso a la vez que simple. El zumbido de los mosquitos en las noches, junto al cantar de los grillos y cigarras, era ensordecedor. Los animales parecían inquietos a veces, pero en ocasiones la quietud llegaba. El aroma del café surgiendo por doquier, pegándose gustosamente a cada trozo de la casa, en medio de la madrugada cuando el gallo aún no cantaba y los trabajos comenzaban, era algo que no podía olvidar y no quería desperdiciar el momento.

Vino a mí la imagen de un día concreto mientras miraba el reloj. Mi padre hacía tiempo que había muerto. Mi hermana aún era demasiado joven como para preocuparse por los jóvenes que la visitarían para embaucarla, aunque ella quería ser religiosa por empeño propio. La casa estaba en silencio. La noche aún aguardaba fuera. Era principios de otoño. Aún no llegaba la fecha que todos aguardaban para rendir tributo a los difuntos, así que puedo asegurar que podría ser principios de octubre. No podía dormir. Aunque había sido un día duro de trabajo y había malgastado mi escaso tiempo libre, pues siempre encontraba unos minutos de los cuales disfrutar, con numerosos libros, que resultaron ser poco gratificantes debido a su contenido, no podía dormir. Necesitaba una obra clásica en mis manos o caminar. Decidí que me despejaría por los alrededores de la plantación, posiblemente observaría por las ventanas a los esclavos y después me sentaría bajo alguno de los árboles para meditar sobre el rumbo que llevaba mi vida. Una vida postergada a los caprichos de un ser grotesco. Mi madre estaba cada vez más loca, aunque desconocía si alguna vez tuvo juicio alguno.

—¿Dónde vas?—escuché su voz y vi nítidamente su imagen en el porche.

—No te interesa lo que haga o no haga—respondí guardando mis manos en los bolsillos.

—Que risa—susurró cerca de mi nuca, aunque lo veía frente a mí.

—No puedo dormir—dije mirándolo con mis vivos ojos azules, mientras él tomaba una pose elegante.

Juro que si hubiese sido de carne y hueso muchas mujeres se habrían vuelto locas. Sus ropas eran viejas, pero poco después supo usar prendas más actuales y un peinado mucho más sofisticado. Dejó de ser el monstruo de otro mundo para asemejarse más a un amante inquieto, celoso e incluso vanidoso. Si bien, eso es dirigirme rápidamente al final de mi historia con él. En aquellos momentos aún nos estábamos conociendo. Más de sesenta años a su lado pueden darme la razón. Tenía tres años cuando me rozó el cabello con sus dedos y habló íntimamente conmigo. En aquellos momentos sólo contaba con dieciséis años y un arrojo incalculable. Ya había matado al estúpido de mi primo, el cual dilapidaba todo lo que poseíamos, y muchos me veían como un pobre muchacho atormentado. Sí, me dolía haber hecho lo que hice, pero no me arrepiento. Habría destruido a la familia, yo sólo la dividí.

—Puedo ayudarte—dio un par de pasos hacia mí, dejando la barandilla de la escalinata del porche. Sus pisadas no sonaban, pero podía ver claramente como se aproximaban.

—Aquí no—rogué dando un paso hacia atrás, lo cual sólo hizo empeorar mi situación.

Quedé pegado a la pared frontal de la casa, cerca de la puerta, mientras él se acercaba con esa sonrisa seductora. Pronto noté sus manos sobre mi cuerpo acariciando la suave tela de mi camisa de algodón blanco. Los botones fueron desabrochándose, quitando uno tras otro, dejando mi torso delgado y desnudo a su disposición. Hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a lamer mis pezones. Podía sentir las caricias, aunque nadie pudiese verlo. Mi pulso se aceleró. El sonido del pantano a lo lejos me inquietaba, el zumbido de los mosquitos traladraba mi cerebro y pronto solté un sutil gemido. Mis manos buscaban donde sujetarse, pues él no era del todo material. Aquel atrevido fantasma lo estaba haciendo de nuevo.

—Te amo—escuché claramente de sus labios, los mismos que aún sostenían mi pezón derecho.

—Sí, sí...—mi mente quedaba aturdida. Sólo quería sentirlo como cada noche. Ningún hombre me ha complacido como él. Nadie ha logrado hacerme gemir de ese modo. Ese demonio sabía como tocarme.

—Eres hermoso, Julien—mi respiración iba en aumento y casi no podía escucharlo, pero algunas frases llegaban a mi mente seduciéndome por completo.

Rápidamente bajé mis pantalones. Me quité la correa a duras penas, desabroché cada botón de mi bragueta y los arrojé hasta mis tobillos. Después, casi sin pensar, me deshice de ellos. Pero no sólo de ellos, también de las sucias botas que me había colocado para dar aquel estúpido paseo. Sus largos dedos se metieron bajo la ropa interior, acariciando primeramente mis caderas, para después deslizar mis calzoncillos hacia abajo. La prenda quedó pisoteada por mis propios pies y las fantasmales punteras de sus botas.

Acabé en el suelo convulsionando por el placer. Gemía como una prostituta barata de los clandestinos burdeles que comenzaban a aflorar por doquier en la ciudad. Mis piernas se abrían y mis caderas se movían nerviosas. Quería atrapar y arañar su torso, deslizar mis manos por sus hombros y hundirme en su boca. Allí, tirado en el suelo de madera ligeramente hinchada por la humedad, me retorcía mientras él embestía con una sonrisa aviesa. Disfrutaba escuchándome gemir. Era su música favorita. Mi hermana no podía verlo, pero yo sí. Yo gozaba de su compañía, a la vez que lo temía. Ese monstruo se apoderaba de mí. Cuando acabó quedé aún caliente, tirado alrededor de mis prendas y con las mejillas sonrojadas.

Él no tenía energía suficiente para permanecer mucho tiempo. Sólo me hacía gozar y se marchaba. Debido a mi juventud necesitaba más, cosa que no podía obtener de un fantasma manipulador. De ese demonio.

Aquella noche tuve suerte. Un joven esclavo merodeaba por la casa, posiblemente buscando algo de fresco lejos de las caballerizas donde descansaba. Miré su rostro moreno, sus ojos oscuros y sus dientes que parecían destacar en medio de la espesa oscuridad. No dudé en invitarlo con la mirada, mostrándome tentador incluso para un hombre, y él accedió como si estuviese bajo un hechizo.

Se acercó a mí bajándose el pantalón y yo abrí mejor mis piernas. Cuando sentí su peso sobre el mío noté cierto alivio. Mis dedos juguetearon por su cuello y rostro. Sus facciones eran muy distintas a las de mi amante fantasmagórico, pero no me importaba. Él solucionaría aquel pequeño problema. Ya había eyaculado, tenía parte de mi semen manchando mi vientre y torso, pero quería más.

—Hazlo, por favor—dije echando mis manos a su cuello, para abandonar ambas sobre sus anchos hombros. No debía ser mucho mayor que yo, pero su cuerpo estaba fortalecido por el duro trabajo del campo—. Te recompensaré bien—murmuré buscando sus labios carnosos, los cuales accedieron a darme un beso mientras me penetraba con brío.

Era tosco. No tan placentero como esas caricias íntimas y espectrales, pero disfrutaba del sabor de sus besos y como enterraba su miembro dentro de mis doloridas nalgas. Mis piernas se abrían y alzaban, mis caderas se movían aún más pareciendo la cola de una serpiente y él jadeaba disfrutando del espectáculo. Era el dueño de todo. Mi abuela había muerto, mi madre era incapaz de llevar la plantación y yo era quien ejercía el poder. Sin embargo, era él quien me dominaba en esos momentos.

—Amo—dijo en un jadeo mientras me tocaba con sus manos ásperas.

—Dime Julien, no amo. Ahora amo no, Julien—mis labios temblaban y mi voz era quebradiza.

La sensación de placer era mayor que el estímulo de dolor, pues su miembro era ancho y su forma de hacerme el amor era salvaje. Las tablas crujían bajo el peso de ambos. Sus manos dejaron de acariciarme para apoyarse a ambos lados de mi cuerpo, un cuerpo que no podía dejar de moverse ni un segundo.

No era la primera vez que recurría a un hombre de carne y hueso después de mis juegos con Lasher. Él provocaba que lo hiciera. Las mujeres no me interesaban en aquel momento. Creo que no me interesaron hasta mucho después, cuando comprendí que debía usarlas para poder tener la descendencia apropiada.

Aquel esclavo quedó clavado en mi interior, llegando al límite, mientras me miraba congestionado por el placer. Mi espalda se arqueó, mis hombros se clavaron en el piso y mis uñas se enterraron en sus hombros. La fuerte sensación de aquel chorro cálido, y espeso, manchando mi interior provocó que yo llegara casi al mismo tiempo. Sin embargo, no dejé de mover mis caderas.

—Dame otro... —dije cuando noté que se apartaba. Quería otro beso de sus labios, necesitaba hundirme en esa sensación tan abrumadora—. Otro beso—balbuceé buscando su boca y él me la ofreció sin oponer resistencia.

Cuando salió de mí me abalancé sobre él, lamiendo su cuello saboreando su sudor, para luego hundir mi rostro en su entrepierna. Lamí su esperma, algo que no me podría dar jamás mi amante, y al incorporarme le miré completamente perdido en la satisfacción.

—Te recompensaré bien—repetí acariciando sus pómulos.

Él se incorporó subiéndose los pantalones para desaparecer. Sabía que había hecho eso porque yo era el amo, por lo tanto poseía poder sobre él, y porque no podía desaprovechar la oportunidad.

Al día siguiente tuvo algo más de comida que los otros, me encargué que incluso le hicieran llegar un vaso de vino después del trabajo. Pocos días después, tras ese incidente, lo busqué en su tienda y lo hice salir para que me ofreciera de nuevo sus servicios. Si no era él sería otro. No podía ocultar mi despertar sexual y la necesidad de contacto con alguien que no fuese un par de mujeres perdidas en sus desenfrenadas locuras.


Si bien, si debo ser justo. Como he dicho antes, jamás nadie me ha hecho vibrar como Lasher. Cuando aparece en mi alcoba, esté acompañado o no, siempre tengo tiempo para sus caricias. Jamás he dejado de disfrutar de él, ni siquiera cuando mi mujer permaneció a mi lado antes de marcharse. Soy un egoísta. Lo deseo todo. Y él aún me desea a mí. Estoy perdido en el infierno y el demonio me tiende su mano.  

jueves, 7 de agosto de 2014

Tu esclavo

Este escrito muestra la verdad, la verdad de Armand hacia Marius. Yo no quiero decir nada sobre lo que me parece... 

Lestat de Lioncourt 


Cada beso que me das es como una inyección letal de un poderoso narcótico. Caigo en tus juegos, me dejo llevar por tus frías caricias y permito que te burles de cada uno de mis actos. He aprendido a ser libre, pero cuando apareces mis alas caen igual que mi ropa. Tus labios recorren mis mejillas, tus dedos se hunden en mi pelo acariciándolo como si fuera un animal abandonado y me miras con esos poderosos ojos azules tan fríos. No sé que soy. Tal vez un raro objeto en tu poderosa colección de amantes, una de esas joyas indómitas que has logrado amoldar a tus caprichos. Me he convertido en tu esclavo más allá de las monedas de oro que ofreciste por mi vida, pues también has esclavizado mi alma y has logrado que no sea capaz de olvidarte.

Poso desnudo e inconsciente de la maldad que ronda a mi alrededor. Permito que puedas ver más allá de mi lechosa piel, mi carne y huesos. Te ofrezco mi alma sin un sólo milímetro que la cubra. Puede que un día comprendas mi sacrificio final. Caminaría cada rincón de los infiernos por ti, por un amor cruel y déspota que nunca me ha concedido. Eres un tirano de sensual voz que me llama, como si fuera un niño perdido, para que me arrodille frente a ti y te mire con el amor que tú no ofreces. ¿Por qué me dejaste perdido e inconsciente? ¿Tan mal me porté contigo? ¿Tan insufrible fue nuestro camino juntos? Tú me hiciste y luego me abandonaste. Me convertiste en tu Prometeo, y después desechaste el proyecto porque caminaba a la deriva mientras buscaba tus manos.

Aún te puedo sentir entre mis piernas, con tus manos sobre mi pecho desnudo y tus ojos puestos en mis carnosos labios. Ese tacto suave y frío, tan frío como esa mirada tuya de Dios por encima del bien y del mal, que se convertía en arañazos profundos. Recuerdo los cortes, el camino hacia el éxtasis y tu miembro introduciéndose en mí mientras jadeaba sutilmente. Parece que fue hace siglos, pero sólo hace unas horas que he sido poseído una vez más por ti. Eres el más cruel de los demonios, pues me infectas con el pecado primigenio pero no me llevas a tus infiernos.


Necesito sentir tus labios acariciando mi vientre, subiendo por mis costados y lamiendo mi cuello. Me urge creer cada mentira que has depositado en mí, esas que logran que abra mis piernas y te rodeé con ansiedad. Eres una droga tan adictiva, Maestro, y yo no puedo negarme en ningún momento. Tu forma masculina de atarme a ti, sin remedio, me hace sentirme vulnerable y sin escapatoria. Por favor, hazme tuyo una vez más atándome a tu cama. Acepto tu tortura. No despegues tu látigo de mi espalda y arráncame con fuerza cada signo de libertad. Hoy quiero ser tu esclavo, sin escapatoria. Oblígame a ser un Santo y a rezar por ti como si fueras Dios mismo. Después vendrá el llanto cubriendo cada capa de placer, me sentiré tan sólo y enfermo como la noche anterior y juraré no amarte más. Pero sé que regresarás, lo harás porque te fascina doblegar mi escaso espíritu de lucha. Ven, rompe mi corazón pues lo estoy esperando.  

domingo, 13 de abril de 2014

Bloody Kisses

Nicolas y Armand tuvieron un encuentro ¿quieres saber más? Sigue leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Dicen que la soledad es terrible, pero conozco algo más terrible que la soledad en sí. El silencio que queda tras una discusión que se inicia como una pequeña chispa y termina convirtiéndose en un gran incendio, el cual se propaga por toda la vivienda y consume la frágil estructura de nuestras almas. Conozco bien esa sensación. Aprendí a sobrellevarla durante algunos meses, pero la inmortalidad me hizo caer en una espiral terrible de dolor, amargura y sentimientos opuestos.

Si regresé a la vida, tras una muerte horrible e innecesaria, fue para tener la oportunidad de solucionar ese vacío. Creí que la ira transformada en venganza sería la oportuna, pero no fue así. Me dejé llevar durante algunos meses hacia el precipicio de la inseguridad que da el sabor de la venganza, pero a cada paso que daba me dejaba vencer y perdía parte de mi talento frente a un viejo amigo. El violín parecía detestarme, pues la rabia que contenía se diluía en cada palabra amarga. Si aprendí a tocar el violín no fue sólo por odio, sino para expresar cada matiz de mi persona. Cuando el odio te ciega te convierte en un trasto inútil y convierte lo que amas en algo podrido.

Cuando contemplé el hundimiento de Lestat hace unos meses supe que parte de esos sentimientos, los que estaban enterrados tras miles de palabras de odio, surgieron con fuerza y deseé que él fuera mío nuevamente. Me obsesioné con ser todo lo que él esperaba de mí, arrancándome cualquier duda con una sonrisa y esclavizándome a sus caricias. Él gozó de mi cuerpo y mis sentimientos, pero yo sólo tuve indiferencia tras cada caricia.

Aquella noche él despertó a mi lado, con su cuerpo perlado en sudor debido a las altas temperaturas primaverales, y ni siquiera me miró unos segundos. Estaba dispuesto a irse a los peculiares locales de moda, esos donde se pierde el alma y poco a poco la vida. Las mujeres de vida alegre, los jóvenes con deseos de imitar a los viejos bohemios, músicos trasnochadores y demás fauna nocturna que camina casi somnolienta por las calles buscando algo de diversión para matar su aburrimiento cotidiano.

—¿Dónde vas?—pregunté aún en la cama mientras observaba como él salía del baño recién acicalado, dispuesto para tomar su mejor traje y marcharse rápidamente de la habitación que compartíamos—Lestat... te estoy hablando...

—Y yo te estoy ignorando—respondió con una sonrisa tan cruel como díscola. Deseé partir su cara de porcelana estrellándolo contra el suelo. Sin embargo sentía miedo de tocarlo, romperlo y no poder soportarlo.

—Pensé que te quedarías—dije apartando la sábana para mostrar mi cuerpo desnudo—, porque anoche lo pasamos muy bien.

—Anoche fue anoche; hoy es hoy—argumentó tomando el traje blanco que tanto le gustaba, pues Rowan lo había comprado y elegido para él.

—Otra vez con ese traje que te regaló esa maldita bruja—estaba molesto y la sensatez no es parte de mis virtudes.

—No vuelvas a llamarla bruja en ese tono—sus ojos eran dos bolas violetas llenas de rencor.

Recordaba sus ojos grises con ciertos tonos azulados, tan hermosos como llamativos, que me provocaban una nostalgia inmensa cuando no los tenía posados sobre mí. En Auvernia sentí celos, pero los calmaba al saber que era al único que tocaba de aquel modo. Fui el primer hombre en su cama y supuse que sería el último. Sus besos eran apasionados y sus manos ásperas por las armas que solía usar para cazar. Tenía un cuerpo atlético que cualquier imbécil desearía, pero sobre todo una apariencia sensual que las mujeres sabían apreciar. Y yo fui para él una mujer más, pues nunca me consideró un hombre por mis ademanes y mis momentos de furia que comparaba con las actitudes de una mujer molesta.

Esos ojos con los que me miró no eran sus ojos. El poder del Don Oscuro los modificaba a su antojo debido a la luz, también a sus sentimientos, y él en esos momentos se llenó de odio. Sentí miedo porque me apartara de su vida y rápidamente quise pedir disculpas, aunque fue en vano.

—Amor mío—susurré deslizándome de la cama para ir hacia él—. ¿Por qué tan enojado? Piensa que ella se fue, pero yo he regresado. Todo irá bien si me dejas cuidar de ti—acaricié su pómulo izquierdo con el dorso de mi mano diestra y sonreí lo más sosegado posible—. Vuelve a la cama mon amour.

—No me interesa—respondió apretando los dientes para apartarme con un fuerte empujón.

Sentí como mi cuerpo se despegaba del sueño para aterrizar en el suelo, cerca de la cama, mientras escuchaba sus pasos rápidos por la estancia colocándose a velocidad vampírica cada prenda. Quise llorar, pero me contuve las ganas.

—Lestat, por favor. No debes destruirte por alguien que no te merece—dije incorporándome.

—Ella no se fue porque lo deseara. No me preguntes como lo sé, pero lo sé. No es casual que Memnoch desapareciera y ella también—se giró hacia mí y me quedé atónito por su belleza. Quise besarlo hasta perder la conciencia y obligarle a destrozarme entre las sábanas, pero él parecía estar convencido de una rápida salida por los bajos fondos—. Nicolas, no te amo. La poca chispa que existía entre nosotros la incendiaste tú al morir—aquello me ahogó en miedos y dolor, pero sobre todo fue su forma franca de explicarme la situación—. Pero me alegro que estés vivo, sigas con la belleza que tenías y con esa pasión en la cama. Disfruto de ti, de tu cuerpo, de esas caricias endemoniadas que sabes hacer con tu lengua y de tu magistral toque de encanto.

—Sólo para sexo—las lágrimas surgieron solas y me sentí desplomado. Deseé atormentarlo, hundirlo, y hacerle sentir humillado por el abandono de esa mujer. No obstante él tenía razón, pues Memnoch se fue y todo cambió. Parecía que él perseguía algo más y cuando lo obtuvo desapareció de la faz de la tierra—. Pero puedes volver a...

—¿A quererte?—preguntó frunciendo el ceño—. No.

—¡Por qué! ¡Por qué eres tan tajante!—grité histérico levantándome para arrojarle algunas almohadas que él esquivó.

—¡Mi corazón está condenado! ¡Mi alma está condenada! ¡Mi amor ya fue entregado! ¡Ya tuve todo lo que quería! ¡Tuve la familia que deseaba! ¡Encontré el amor puro que tanto rogaba! Y he visto el cielo y el infierno, Nicolas. He visto las maravillas y las bajas pasiones. Conozco la cueva de los ladrones de sueños y también el paraíso de los melancólicos. He entrado en euforia y he caído como marioneta en un viejo teatro con los tablones apolillados. Nicolas, he visto el mundo. Conozco lo que puedo y no puedo dar. No puedo darte amor, así que desengáñate—aquellas palabras eran tan duras como ciertas. Me fulminaba con sus ojos y sus ademanes. Quería morirme allí mismo de nuevo, sin necesidad de fuego o cualquier acto violento. Hubiese dado lo que fuera para volver a ser un fantasma y evaporarme, olvidarme de todo lo sucedido y finalmente desaparecer.

—¿Y si no quiero?—pregunté roto y desanimado, pero con una leve esperanza. Él podía haber visto miles de cosas, sin embargo no había conocido mi empeño. Al menos no conocía mi rebeldía y fortaleza.

—Sufrirás en vano—dijo tras un suspiro largo y profundo—. Te deseo Nicolas—aquello provocó que sonriera amargamente—. Deseo ese cuerpo bien formado, tus encantadoras nalgas dispuestas a ofrecerme el placer de los infiernos, pero no te amo.

—Soy una puta para ti—murmuré.

—Sí—se aproximó y se inclinó para besar mis labios.

Fui tan estúpido que respondí deseando que cambiase de opinión en ese mismo momento. Mis labios envolvieron los suyos y su lengua me hizo vibrar. Quería que me hiciera el amor con mentiras, frases llenas de pasión y entrega vacías, y por supuesto su toque de erotismo banal que era su sello personal. Sin embargo se apartó, acomodó el pañuelo de la chaqueta y me dejó allí con el corazón roto, deseos incesantes de él y miles de reproches.

Podía destruirlo por mis nuevos poderes, pero tan sólo me comportaba como un chiquillo que rogaba un poco de atención. Me odiaba porque había regresado para matarle, pero en ese momento estaba muriendo por él. Quise ir tras sus pasos, rogarle nuevamente y convencerle de la única forma que sabía. Deseaba sentir su piel contra la mía, el sabor de sus labios y su instinto animal. No me importaba en absoluto que siempre me relegara a un lado de la cama, pues satisfacía mis bajos instintos y me hacía temblar con cada roce. Aunque hubiese sido mejor haberme centrado en matarlo cuando tuve la oportunidad.

Decidí aguardar su regreso en aquella cama revuelta, la cual aún olía a él y a mí unidos en un desesperado intento de olvidar nuestros propios demonios, sintiendo que quizás no volvería hasta pasados varios días. Si bien, pese a todo, me quedé allí recostado escuchando el silencio de la mansión. Meses atrás desbordaba vida, el champán corría, los invitados aparecían a cualquier hora y los demás inmortales parecían festejar que Lestat había alcanzado plenamente la felicidad. Pero ya no era así, el amor no estaba en el aire y la felicidad se había evaporado. Muchos de los compañeros inmortales se habían refugiado en la lectura, su propio esparcimiento personal o habían comprado casas cercanas donde disfrutaban de su intimidad.

Sin embargo tras varias horas decidí colocarme su batín de seda azul pavo real, el cual me quedaba algo grande debido a la estatura que poseía Lestat en comparación con la mía. Bajé las escaleras y me busqué en la cocina algo para calmar mi nerviosismo. Quería encontrar restos de champán en la nevera, alguna botella que no hubiese sido dispuesta y se conservara en cámara. Aunque no era correcto enfriar la botella durante muchos días, ni tenerla en en un refrigerador, pues lo ideal era su champanera. Si bien, eran algunos camareros era inútiles y tenía la esperanza que Lestat no tuviese buen ojo eligiendo su servicio.

Allí sentí por primera vez su presencia. La puerta trasera se abrió, justo la que usaba el servicio, y él apareció con su cabello rojo alborotado, una sudadera celeste y unos tejanos negros deslavados. Tenía unas deportivas algo extrañas pues estaban pintadas a su gusto, con una decoración renacentista al haber usado un cuadro de Botticelli para ello. Su aspecto era el de un muchacho común y corriente, pero el poder que emanaba demostraba su fuerza y también el odio que sintió al encontrarme allí y con una de las prendas favoritas de Lestat.

—¿Qué haces aquí?—preguntó con cierta sorpresa.

—Vivo aquí, pues me instalé hace unos días. No quería dejarlo solo, sobre todo después de regresar de ésta forma tan idílica— no quería decirle la verdad. Como siempre al enemigo no había que darle demasiada información y la que se le diera debía ser falsa.

—Ah, que bien—dijo apretando suavemente sus manos, síntoma que le había molestado mi comentario. Frunció suavemente el ceño y después sonrió enmarcando las cejas—. Y dime ¿ya encontró tu amorcito el anillo de rubí que perdí cuando nos enredamos juntos? Verás, fue una noche tan apasionante y desinhibida que perdí uno de mis anillos favoritos.

Me contuve para no golpearlo, pues sabía bien que era imposible que ambos hubiesen compartido cama. Sin embargo sus ojos no mentían en absoluto y aquello me rompió por la mitad. Podía soportar que estuviese con cientos de amantes, hundiera su rostro en los escotes más prominentes y perfumados, besase a cualquier chiquillo desvergonzado a cambio de un poco de diversión o simplemente se dejara seducir por su presa. Pero aquello, esa traición tan cruel, me dolió profundamente.

—¿Qué?—susurré apoyándome en la encimera del mueble que estaba a mis espaldas.

—Sí, quiero mi anillo de regreso—comentó encogiéndose de hombros—. Fue una noche perfecta, eso sin duda, pero no quiero perder un anillo que me gusta.

—¡Mientes!—grité furioso agarrando lo primero que tenía a mano, lo cual fue una sartén, que acabé lanzando a su cabeza.

—¡Qué haces!—dijo esquivándola—¡Maldito enajenado!

—¡Me cortaste las manos! ¡Y ahora me quitas a Lestat! ¡Eres un malnacido!—me sentía tan dolido que ni siquiera recordaba el diálogo, casi discurso, de Lestat.

—¡Él no te ama!—gritó tras una larga risotada.

—¡A ti tampoco!—aquello hizo que su rostro se enseriara. Sus finos rasgos juveniles quedaron duros, sus mejillas se hundieron y su mentón se contrajo en una mueca que gritaba llanto— ¡Eres sólo una puta que nadie ama! ¡Se abre de piernas y todos gozan! ¡Eres sólo la puta de muchos y la zorra de otros tantos! ¡Sólo eso! ¡Naciste para arrodillarte pero no para orar, sino para felar los miembros erectos de cualquier hombre que te dice amar! ¡Además de puta eres ciega! ¡Ciega y arrastrada!

—¡Cómo te atreves!—sus ojos eran una marea de lágrimas sanguinolentas, sus manos temblaban y golpeaban suavemente sus muslos, y sus hombros se encogían. Había hecho daño y en esos momentos sentí un placer inusitado. Verlo así, tan compungido, era sin duda delicioso.

—Me atrevo porque es la verdad. Recuerdo bien como te abriste para mí pensando que me serías útil—le miraba altivo sin demostrar en ningún momento mi dolor.

—Te... te odio...—balbuceó entre lágrimas.

—Lestat te odia a ti—respondí con una ancha sonrisa—. Y si te hizo suyo, cosa que dudo, seguramente no le complaciste en absoluto.

—¡Mientes!—se acercó a mí empujándome contra el mueble mientras yo reía a carcajadas, aunque por dentro quería romperme en mil pedazos.

—¡Puta!—dije entre risas.

—¡A ti tampoco te ama!—respondió aún con sus manos sobre mi cuerpo.

—¡Mentira!—dije tomándolo de las muñecas para apartarlo de mí, pero sus manos seguían contra mi pecho aplastándome contra la encimera y el mueble superior donde se guardaban algunos enseres. Debido al forcejeo se abrió y algunos platos comenzaron a caer precipitándose al suelo.

El ruido de los platos avisó al servicio y aparecieron allí, rodeándonos, con sus ojos atónitos ante la pelea. Armand era un monstruo hermoso, pero un monstruo, y yo de igual modo debía parecer completamente terrible.

—¡Sabes que sí! ¡Él sólo ama a Rowan!—gritó soltándome para salir de la cocina en dirección al interior de la casa.

—¡Ven aquí zorra!—dije apartando a varios muchachos, los cuales quisieron obstaculizarme el paso.

Posiblemente todos temían que destrozáramos la vivienda de su jefe, el cual se hallaba lejos posiblemente restregándose contra cualquier cabaretera. La realidad no estaba muy alejada de ésta afirmación, pues se encontraba en los brazos de alguien y era de Mona Mayfair y Tarquin Blackwood. Él estaba disfrutando de ambos mientras nosotros dos nos peleábamos por alguien que no mostraba interés alguno en nuestros sentimientos.

Él subía por las escaleras y yo lo perseguía. Noté como entraba en el cuarto de Lestat y al ver la cama se echó a llorar de forma terrible. Sin saber motivo alguno me acerqué a él, lo tomé entre mis brazos y dejé que su rostro se hundiera en mi pecho. Mis manos acariciaron sus cabellos rizados y lo observé con compasión. Ambos añorábamos el sentimiento de confort y amor que él nos ofrecía, pero era sólo un espejismo.

Su cuerpo era pequeño, menudo y sensual. Jamás había reparado en la belleza extraña que poseía, más allá de sus facciones dulces y aniñadas, pero en aquel instante recordé que había un alma temblorosa que buscaba la compasión, del mismo modo que yo lo hacía, pero con una envoltura delicada que yo jamás tendría. Tomé su rostro entre mis manos y observé su expresión atónita, la cual se agravó cuando mis labios rozaron los suyos. Pude sentir como sus manos se aferraban a la tela suave del batín, sus ojos se cerraban y sus labios aceptaban los míos sin impedimento.

Mis dedos acariciaron sus facciones hasta sus orejas, desde ellas fui hasta su cuello y toqué el borde de su prenda. Sin bacilar demasiado le quité la sudadera arrojándola al suelo, para después hacer lo mismo con la camiseta blanca que llevaba bajo ésta. Su cuerpo delicado, frágil incluso a simple vista, era níveo y poseía alguna peca debido a su condición de pelirrojo. Sus ojos cafés me recorrían con cierto pudor y sus mejillas se tornaron rosadas.

—Deja que te ofrezca algo que Lestat no sabe darte—dije desabrochando su pantalón mientras él guiaba sus manos hacia mi rostro.

Sus dedos eran suaves, fríos y poseían unas uñas que brillaban bajo la tenue luz de la habitación. Éstas no me arañaban, ni se clavaban en mi carne, sino que dejaban sutiles caricias excitantes que me provocaban un hormigueo delicioso en la nuca hasta la cruz de mi espalda. Sus manos acabaron en mis cabellos, acariciando y enredándose en ellos, justo antes de bajarle los pantalones junto a la ropa interior. Sus labios y los míos se unieron una vez más. Nuestras bocas se desafiaban con lenguas desesperadas y él se aferraba a mí con fuerza inusitada.

El batín cayó al suelo justo antes de ayudarlo a tumbarse en la cama. Aquel pequeño espectáculo, el tenerlo sometido a mis caricias, me excitó de sobremanera. Comprendí entonces porque muchos codiciaban su cuerpo, ansiaban poseerlo, y rogaban porque él los hiciese suyo antes de ser asesinados por sus manos o colmillos.

Hundí mi rostro en su cuello, besando la zona bajo el lóbulo, mientras olía la fragancia a frutas y especies que llevaba impregnado en sus cabellos. Sus piernas se enredaban con las mías de forma bastante inquieta, quedando las suyas abiertas y las mías dentro de éstas. Percibía sus muslos algo más cálidos que su vientre o rodillas, lo cual era extremadamente agradable, mientras tanto besaba su mentón y buscaba un camino sutil por su torso hasta sus pezones.

El sexo sucio de Lestat, el cual me escandalizaba y complacía, quedaría a un lado. Ofrecería a Armand algo que no solía tener, del mismo modo que él me ofrecería algo que yo nunca poseía. Mis manos llenaban su torso de caricias y también lo hacía mi boca. Era un experto con mi lengua y dientes, pues Lestat siempre suspiraba cuando le hacía algún juego con ellos. Sin embargo Armand era mucho más sensible; él parecía deshacerse en cada roce y jadeaba bajo rogando que lo hiciera de una vez.

Al entrar en su cuerpo, estrecho y cálido, sentí un latigazo de emociones que me hizo llorar. Mis lágrimas al fin surgieron después de minutos conteniéndolas. Mi mano derecha acarició su sexo, comenzando a mover la mano suavemente, para poder excitarlo hasta la eyaculación; pero mi mano izquierda se apoyó en el almohadón que sostenía su cabeza.

—Nicolas...—balbuceó apretándome dulcemente entre sus piernas. Sus muslos eran redondos, suaves y sin vello. Él a penas poseía algún síntoma visible de masculinidad aparente, salvo por la espesa mata de cabello pelirrojo que coronaba su sexo.

—Tranquilo mi ángel, tranquilo...—dije comenzando a moverme lentamente en su interior.

—Nicolas... quiero ser tuyo—dijo con lágrimas en los ojos mientras buscaba mi boca.

—Disfruta y olvida—murmuré besando su pecho notando sus manos encanjándose en mis costados. Sus uñas se hundían en mi piel, mucho más cálida y tierna que la suya, mientras su sudor sanguinolento le hacía brillar como si tuviera rubíes diminutos engarzados en su figura de mármol. Yo también sudaba sintiendo como sus músculos interiores atrapaban mi miembro, mientras mis testículos golpeaban con toda la fuerza de mi pasión—. Así—dije entre jadeos al ver sus labios entreabiertos, sus ojos vueltos y su cuerpo temblar. Los gemidos que él me regalaban eran tan eróticos que me hacían dudar si podía ser tan sólo una fantasía.

Mi mano diestra apretaba con fuerza su miembro, pellizcando su glande, notando que había pre-semen en mis dedos. Él estaba gozando en los brazos de su peor enemigo, mientras que yo lo hacía en el interior de mi verdugo. Era la primera vez que estaba con un hombre de ese modo. Él me estaba mostrando un lado de la cama que realmente encajaba conmigo. Su cuerpo estaba hecho para mi tamaño y su tamaño estaba hecho para mi cuerpo.

—No puedo más... no... —gimió dejándose ir entre mis dedos, apretando sus glúteos y provocando que prácticamente yo también llegara; sin embargo no me corrí. Yo podía soportar un poco más aquel tormento, pero él parecía no haber podido contenerse más en absoluto.

Los dedos de sus pies se cerraron, los talones se apoyaron en el colchón y su espalda se encorvó elevando su pecho y hundiendo sus hombros hacia el colchón. Su figura se tensó como la cuerda de un arco, pero después se relajó permitiendo que aún le penetrara con violencia extrema y él gimiera como sensualidad. Llevé mi mano húmeda por su semen a su boca, hundiendo los dedos en ésta y tocando su lengua, y él la cerró succionando y lamiendo con desesperación sus propios fluidos.

Salí de él girándolo en el colchón, hundiéndole el pecho contra las sábanas, mientras elevaba sus nalgas y entraba de nuevo para eyacular mordiendo sus hombros. Después de terminar besé su espalda, acariciando sus costados y sus muslos.


Supongo que debí huir después de aquello, pero decidí quedarme besando su rostro sonrojado y húmedo. Sus pequeños colmillos rozaron mi cuello y le permití beber mi sangre. Disfrutamos aquella noche de la soledad de la cama de Lestat, el silencio de su presencia y su nulo afecto. Ambos nos fundimos en un consuelo casi eterno.  

viernes, 11 de abril de 2014

Fuerte Pasión

Bonjour

Nuevas memorias de Louis y David. Espero que les guste lo que leen. Es posible que más tarde tengan otras.

Lestat de Lioncourt 


La tensión que ambos mantenían se había disipado noches atrás. Los actos violentos de su viejo amigo habían terminado en una jauría de besos, abrazos y gemidos que desconcertaría a cualquiera. Las verdes esmeraldas, las cuales brillaban sin pasión alguna, ahora eran amenazadoras y terribles al estar llenas de una energía que rezumaba vida. Realmente había cambiado. La ira se había transformado en libido y éste en amor desenfrenado. Sus corazones pertenecían el uno al otro.

El despacho del viejo director de la Talamasca, una organización jerarquizada y meticulosa, tenía un aire británico, recto y extremadamente pulcro. La ventana se encontraba abierta y el aroma del jazmín penetraba en la habitación, envolviendo cualquier rincón con el perfume de la primavera, mientras la agradable brisa le recordaba que no se hallaba en Londres sino en New Orleans. La fiera que había logrado domesticar, como si fuera nuevamente aquel cazador de aspecto decidido y aventurero, le observaba en silencio con un libro entre sus manos.

—¿Tienes mucho trabajo todavía?—preguntó con el tomo entre sus manos, como si fuera una reliquia, mientras su ceño se fruncía suavemente y sus labios se torcían en un mohín suave—. Llevas casi una semana con las narices ahí metidas.

—Precisaré de algunas más—explicó amontonando otra carmeta tras introducir en el ordenador los últimos datos—. Son casos que aún no he logrado solucionar.

—David... tienes toda la eternidad—replicó tras un suspiro mientras movía suavemente su cabeza.

Aquellos encantadores cabellos negros, ondulados y largos, caían sobre sus hombros hasta la cruz de su espalda. Su camisa blanca contrastaba con su chaqueta marrón y sus jeans desgastados. Tenía el look de un joven bohemio trasnochador que pasaba las noches en cafés, clubs nocturnos y en los boulevard abarrotados de música, ruido y conversaciones banales. David, sin embargo, tenía un aspecto pulcro, con el cabello bien peinado y un traje que podría llevar cualquier burócrata con buen gusto.

Sin medir las consecuencias Louis le arrojó el libro a la cabeza, se aproximó a él con paso decidido e hizo que su silla se girara colocándose sobre sus piernas. Comenzó a besarlo de forma fiera, hiriendo sus labios y provocando que la sangre de David le ayudara aún más a impulsarse en esa necesidad natural y básica.

Sus manos desabrochaban sus botones con cierta ansiedad. Algunos, debido al nerviosismo y deseo, terminaron desprendiéndose y cayendo al suelo tintineando mientras rodaban. Louis parecía completamente decidido a provocar el lado apasionado de David. El despacho comenzó a estar terriblemente revuelto, algunos archivos terminaron en el suelo mezclándose con otros, las viejas fotografías se desprendieron de los documentos y el ordenador estuvo a punto de estrellarse a pocos centímetros de ellos.

—David, hazlo ya—dijo subiéndose en la mesa mientras tiraba de la corbata mal puesta de su amante—. David—mordió su mentón y buscó el cuello de su camisa para hundir su nariz allí, oliendo su colonia al fin mientras se excitaba, dejando que él le desnudara con rapidez—. Hazme tuyo.

La espalda de Louis cayó en la mesa y las manos rápidas de David hicieron que el pantalón se deslizaba por sus piernas. El sonido de la correa sonaba, así como los botones metálicos del pantalón, mientras caían en un rincón de la habitación junto a sus zapatos. Ambos se miraron hundiéndose uno en el otro mientras el calor aumentaba en el interior de ambos.

—Apaga mi fuego—murmuró abrazándolo mientras se escuchaba la cremallera del pantalón de David, ya que aún estaba prácticamente vestido.

Cuando logró entrar en aquel interior estrecho, rugoso y cálido un gemido ahogado, como si fuera un rugido, rasguñó su garganta y provocó que Louis gritara colocando sus manos sobre su pelo. Las embestidas no estaban medidas, pero eran rítmicas. En cuestión de segundos ambos gemían, se susurraban palabras sucias y buscaban sus labios como si fueran a calmar esa sofocante sed que les quebraba de pies a cabeza.

—Louis...

—Así, gime mi nombre mon cour—susurró entre jadeos entrecortados.

Los ojos de Louis brillaban en la suave penumbra, la lámpara que iluminaba los documentos había caído y sólo quedaba la luz que penetraba por la ventana. David tenía una mirada intensa como el café, muy oscura y caliente, que le encendía como si fuera una antorcha. Sus manos acariciaban el torso de David intentando colarse entre los botones de su camisa.

—Dime que me amas... dímelo... —dijo Louis temblando prácticamente al borde del orgasmo.

—Te amo—respondió sincero hundiéndose por completo en su interior para derramarse.

Louis quedó sin aliento ni posibilidad alguna de gritar en ese momento, pues su mente se desconectó, mientras eyaculaba del mismo modo que su amante. Se habían compenetrado y llegado prácticamente al mismo tiempo; usualmente algo así no se daba en una relación y menos en algo tan espontáneo. Las mejillas de Louis estaban encendidas y le daba un toque celestial ese pequeño rubor. David se apartó deshaciéndose la corbata para luego rehacer el nudo.

—No seas estúpido... no voy a estar satisfecho sólo con un encuentro en ésta noche.

David se echó a reír al escuchar a su amante, pero unos pasos precipitados provocaron que ambos giraran su rostro hacia la puerta. Allí asomó la rubia cabellera de Lestat, sus ojos rodaron por la figura de ambos y sus labios quedaron abiertos por el asombro. Sin embargo no dijo nada en contra, ni los maldijo y tampoco se sintió a un lado, desterrado de un momento que solía ser suyo, pues él ya no amaba a Louis aunque sí tenía sentimientos encontrados hacia él.

—Te robo a tu amante—comentó entrando en la habitación para tirar de David, el cual intentaba cubrirse ante la mirada de su viejo amigo—. Te lo devolveré en unas horas.


Salieron de allí, aunque Louis no se sintió feliz con la idea. Los libros comenzaron a volar, e incluso el ordenador personal, mientras gritaba maldiciendo a Lestat, sus estúpidas ocurrencias y le deseaba prácticamente la muerte.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt