Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 20 de octubre de 2015

Te alcancé bajo la lluvia

No estaba solo, pero hacía horas que Amel no parloteaba. Extrañaba su voz seduciéndome para hablar de cualquier tema. Quería que hiciera girar el mundo mientras me hablaba de tiempos que ya habían muerto. Deseaba más de nuestras conversaciones, pero siempre se apagaban cuando más lo disfrutaba. Él me hablaba de las primeras noches de mis días, así como las suyas. Conversar eternamente con él estaba siendo delicioso.

Con él recordaba los hermosos días en los cuales brincaba en mitad del teatro, abriendo mis brazos y disfrutando de la vida como si fuese a morir al día siguiente. Los aplausos, los murmullos y los vitoreos. Extrañaba esos deliciosos momentos en los cuales yo era el rey de mundo, aunque fuese de uno pequeño y miserable. Apenas tenía nada que llevarme a la boca, pero él me recordaba vital del mismo modo que lo recordaba Magnus. Él me ayudaba a recordar incluso los extraños encantos de Nicolas, su cuerpo retorciéndose mientras los gemidos del violín se alzaba hasta el techo.

Noches atrás habíamos hablado de mi madre. Ella había aparecido en la puerta del castillo, montada en un caballo sin montura. Sus cabellos estaban sueltos y revueltos, sus pechos turgentes se podían vislumbrar bajo su fina camisa de algodón blanco, y sus pantalones estaban manchados. Las botas de montura, las cuales parecían haber tenido un uso excesivo, no eran de su talla. Parecía una chiquilla perdida entrando en la boca del lobo. Había decidido quedarse por los alrededores, pero se negaba a entrar en mi fortaleza. Eran demasiado fuertes los recuerdos como para asumirlos.

—Búscala—dijo de improvisto Amel—. Búscala, te está esperando. Desea verte—murmuró parándose en cada palabra con un encanto distinto, pero igual de seductor que siempre—. Hazlo, pues lo deseas.

—Sí, lo deseo—estaba de pie en la capilla de mi castillo. Observaba las hermosas vidrieras mientras se iluminaban con los numerosos relámpagos.

Fuera la lluvia era torrencial. El castillo parecía derruirse piedra a piedra. La humedad era terrible. Mis ojos se cerraron un instante olfateando la tierra mojada y disfrutando del momento como cuando era niño. Entonces, como si Amel me poseyera aunque era mi instinto, salí corriendo por las escaleras hasta el pasillo principal, huí hasta mi habitación y perforé mi piel con las inyecciones de Seth. No tomé sólo una, sino varias. Guardé algunas en mi levita roja, con esos hermosos botones dorados, para salir a su encuentro lanzándome desde la ventana.

Caí en mitad de mi jardín, entre las hermosas rosas cargadas de espinas, elegantes hortensias, vivos claveles y diversas amapolas que había logrado plantar aunque eran flores que nacían en libertad. El aroma era delicioso y aumentado por las lluvias, que las salpicaba y expandía su aroma con las sutiles ráfagas de aire. Mis cabellos rápidamente se empaparon, como mi ropa, y mis botas quedaron cubiertas de lodo. No dudé en echar a correr precipitadamente hasta el interior del bosque.

Entre castaños, robles y cedros se encontraba ella. Estaba allí de pie con los brazos abiertos, disfrutando de la lluvia. Giraba suavemente sobre sí misma, dejando que sus cabellos se lavaran con cada gota, y su rostro parecía encendido. Había bebido sangre hacía menos de una hora. Su cuerpo se dibujaba fácilmente bajo sus ropas empapadas. Tenía los pezones rozados duros y levantaba ligeramente una arruga en su camisa. Cantaba bajo, pero al descubrirme paró. En ese momento, tan especial, me miró ligeramente preocupada al saberse presa fácil.

Corrí hacia ella, como cuando era un niño y quería su protección. Sentía frío, pero ella me calentaba. Hacía que ardiera de una forma extraña. No era sólo el delicioso veneno de testosterona que cabalgaba por mis venas, sino la belleza libre y poderosa que poseía. Quiso apartarse, pero quedó acorralada contra el grueso tronco de un roble retorcido. Y, aunque deseó impedirlo, clavé en ella un par de agujas.

—¿Recuerdas cuando querías ser agasajada por aquel grupo de borrachos de la taberna?—pregunté cerca de sus labios—. Hoy lo haré yo, haré que gimas como tanto deseabas.

Sus ojos parecían llenos de deseo y necesidad, lo cual pude comprobar al notar su mano derecha sobre mi bragueta. Percibí sus dedos apretar mi miembro endurecido. Sus labios se abrieron mientras su cabeza se echaba hacia atrás, contra el tronco, mientras mis manos abrían a la fuerza, rompiendo cada botón, su camisa. Sus pechos temblaron contra mi chaqueta y mis dedos pellizcaron ambos pezones. Pude notar el cierre bajarse, su mano introducirse entre mi ropa interior y como ésta sacó mi pene.

En segundos estaba arrodillada lamiendo mi glande con una mirada seductora. Sus labios apretaban ligeramente la punta, acariciaban el meatro con la punta de la lengua y me acariciaba perversa los testículos. La lluvia seguía cayendo con fuerza, aunque los relámpagos ya no se daban. Sus caricias eran dulce locura. Comenzó a devorarme engullendo todo mi porte, para luego dejar suaves besos sobre la base de éste. La lengua dibujaba sinuosos caminos. Mis manos desabrochaban mi pantalón y lo tiraba hasta mis tobillos, para luego arrancarme la chaqueta y camisa. Cuando estuve desnudo, mientras ella seguía enredada con aquel juego de lujuria, placer y seducción, decidí agarrarla de su alborotado pelo húmedo y la ayudé a engullir todo mi sexo.

Si bien, me cansé de ese momento tan especial. Me obligué a mí mismo a disfrutar de otro modo y hacerla gozar como ningún hombre sabía hacerlo. La levanté de entre la hojarasca, la desnudé rompiendo el resto de su ropa, y la coloqué de espaldas a mí. No dudé en abrir sus piernas y penetrarla. Su vagina era cálida y húmeda, podía notar lo estrecha que se encontraba, y lo deliciosa que podía llegar a ser. Dejé de pensar que era mi madre, pues para mí era mi compañera. Ella me amaba como nadie podía amarme y yo la amaba, codiciaba y necesitaba como nadie lo haría.

Cada estocada era fuerte y terrible. Mis manos acariciaban sus costados, apretaban sus pechos y mordía su nuca. Sus piernas temblaron y las mías cada vez eran más firmes. El agua no dejaba de caer mezclándose con nuestro sudor sanguinolento. Podía escuchar los lobos aullar a lo lejos, así como escuchar los pasos de animales pequeños a nuestro alrededor. Las aves nocturnas parecían refugiarse en árboles cercanos, como si nosotros no importáramos, mientras sus gemidos eran cada vez más fuertes. Nos habíamos rendido a la lujuria.

Su cintura, tan pequeña, era deliciosa. No dudé en aferrarme a sus caderas ligeramente anchas, mientras sus manos se clavaban en el tronco del árbol. Mi cuerpo cubría parte de su figura, mi torso golpeaba su espalda y podía hundir mi rostro en su cuello besándola lentamente. Confieso que nunca había disfrutado tanto del sexo como aquella noche.

Cuando acabé, dentro de ella y con un delicioso rugido, ella ya lo había hecho. Decidió apartarse con las piernas temblorosas, me miró con deseo y rabia a la vez. Me subí a duras penas los pantalones mientras reía satisfecho. Quería marcharse, pero yo era un cazador adicto a ella. Acabé por acapararla y llevarla al castillo entre mis brazos. La mañana iba a alcanzarnos, pero el cielo seguía oscuro y terrible. Los rayos volvieron, el murmullo grotesco del trueno agitaba el silencio insólito de la noche, y la lluvia no cesaba.

Aquella mañana se durmió temblando entre mis brazos, en mi lecho, mientras disfrutaba de lo prohibido. Había logrado el castillo de mi padre, su título y su mujer. Era el Príncipe de los Vampiros y el Edipo más terrible.


Lestat de Lioncourt 


jueves, 30 de abril de 2015

Ese amor

Nadie deseaba el peso de la responsabilidad que caía sobre mis hombros. Un peso que me estaba hundiendo, pero que al fin me daba una oportunidad de comprender realmente la verdad, esa que una vez ansié y me hizo recorrer toda Europa, parte de África y buscar a Marius. La mayoría de los inmortales más poderosos estaban reunidos en mi castillo. Ellos solían aparecer cuando les necesitaba, el programa de radio de Benjamín seguía la programación habitual y podía escuchar los duetos de Sybelle y Antoine con nitidez. Mi madre, que siempre repudió aquel lugar, se hallaba en la misma habitación en la cual discutimos inicialmente aquella noche, esas horas previas al desenlace y el dolor que aún sentía.

Caminaba de un lado a otro. Llevaba un par de mis botas viejas, algo manchadas de lodo, y su habitual vestimenta de exploradora en mitad de la jungla. La ropa no moldeaba su figura, pero realzaba su belleza salvaje. Sus profundos ojos grises se movían rápidos por los diversos volúmenes de la estantería. En cambio yo estaba allí, con unos ajustados pantalones de cuero y una camisa de chorreras con puños de encaje. Era el ejemplo perfecto de un vampiro a la antigua, rememorando sus años de juventud y disfrutando de la escasa soledad que tenía en aquella maravillosa noche. Sólo estaba ella, yo y mis libros. En el poblado, algo alejado del castillo, estaban algunos obreros que aún permanecían cerca para terminar la obra que llevaban a cabo desde hacía años.

—A solas—dijo deteniendo sus pasos. Se giró hacia mí enfocando sus ojos en los míos, hundiéndolos como si fuera una espada, mientras esbozaba una sonrisa amarga—. Sigo detestando éste lugar.

Aún no le había preguntado si existía uno similar para ella. El lugar de sus raíces. Un sitio al que llamar hogar o refugio. No lo hice. No quería molestarla. Ella estaba allí de pie frente a mí compartiendo unos preciados minutos de su tiempo. Durante muchos años la necesité, pero no era fácil encontrarla. Ahora estábamos todos más cerca y ella parecía estar preocupada porque conmigo llevaba ese espíritu, una especie de demonio, que se movía libremente por mi sangre al igual que por la suya.

Me incorporé saliendo del escritorio, para quedar a su lado y tomarla de los brazos. Mis ojos recorrían sus pómulos marcados, su maravillosa boca carnosa en forma de corazón y las clavículas que se veían en su escaso escote. Tenía un cuello largo y al llevar el cabello recogido, aunque con algunos mechones salvajes, le otorgaba una longitud mayor. Ella, como si me pudiese leer la mente, se deshizo el recogido y rió como una jovencita.

Besé sus mejillas. Cada roce de mis labios sobre su piel, fresca y limpia, me provocaba emociones encontradas. Sentía que era necesario y a la vez me horrorizaba hacerlo. Ella era salvaje. Podía verla como uno de esos lobos que podían arrojarse contra mí, morderme con furia y dejarme allí sin más. Sin embargo, necesitaba ese contacto y llegaba a creer que ella también lo deseaba.

Colocó sus manos sobre mis hombros, acariciando sutilmente mi musculatura algo menos desarrollada que la de mi hijo, para luego colocar ambas en mi rostro palpando mis mejillas, mi prominente mentón y mi nariz algo corta. Me miraba como si fuera un Adonis. Creo que admiraba mi belleza y la fuerza que me había otorgado Amel. Ahora era realmente un monstruo. Ella sabía que podía dañarla, pero no lo hacía porque la amaba.

—Hazme tuya—dijo con un ligero rubor en sus mejillas, pero con una mirada desafiante. En sus ojos podía leer el deseo y la necesidad.

—Gabrielle...—murmuré intentando apartarme, aunque no me lo permitió. Sólo pude liberarme unos segundos de sus manos, las cuales bajaron de inmediato hasta mi bragueta introduciendo la derecha dentro de mis ropas. La izquierda quedó en mi cadera, apretando sus dedos contra los huesos de mi pelvis—. ¿Qué haces?

—Hace mucho que no soy tu madre—susurró acariciando mi miembro—. Quiero saber que se siente. Necesito recordar la extraordinaria sensación de dominar una bestia entre mis muslos. Y tú, Lestat, eres el único que podría tener ese privilegio—cerré los ojos escuchando su voz. Era sensual y profunda. Arrastraba una carga erótica deliciosa.

—No... Louis... puede venir Louis... o cualquier otro... David... no... —balbuceé nervioso—. Además, no hay hormonas. No tengo dosis—intentaba imponer algo de cordura al momento, pero era imposible.

Noté entonces su lengua rozando mis labios, abriéndolos y hundiéndose hasta tocar mis dientes. Abrí mi boca como si fuese a quejarme, pero en realidad la abrí para besarla con el mismo deseo que ella me regalaba. Entonces percibí como apartaba su mano de mi cadera y la metía en su chaqueta, para sacar de ella una inyección que clavó en mi brazo izquierdo.

—Yo sí tengo—dijo con una ligera sonrisa.

Se apartó y se despojó de su chaqueta. Sus pezones sonrosados estaban duros y apetecibles. Comprobé que estaba excitada y que, muy posiblemente, ella ya había tomado su dosis. Sus senos no parecían los de una mujer que había parido siete veces. Me sentí terriblemente atraído. Cuando se deshizo de las botas, arrojándolas a un lado de la habitación, me lancé sobre ella quitando su pantalón a jalones.

Mi lengua lamió su cuello, clavículas y senos. Abrió sus piernas y me tomó la diestra, con su zurda, para llevarla hasta su vagina. Estaba húmeda. Realmente ya se había inyectado esa dosis. Jadeé cerrando los ojos mientras hundía mis dedos. El ligero movimiento de éstos dentro de ella la hizo gemir. Estaba húmeda y caliente.

—¿Me harás tuya?—preguntó bajando mi pantalón, para sacar mi miembro endurecido.

De inmediato aparté la mano, lamí mis dedos y la penetré. La abracé con deseo y besé sus labios. Su lengua se enredaba con la mía, sus muslos me apretaban y yo arremetía salvaje. Mis jadeos eran terribles y los suyos eróticos. El lívido recorría mis venas ardiendo. Sudaba. Ella también sudaba. Amel empezó a reír complacido susurrando que era mi madre, que estaba penetrando el mismo orificio por el cual había nacido. Extrañamente me sentí ansioso y excitado.

En algún momento me empujó al suelo, se subió sobre mí y comenzó a cabalgar como si fuese uno de sus fabulosos caballos. Aún la recordaba como una gran amazona trotando por los campos que tanto detestaba. Sus movimientos eran firmes y sus muslos se contraían. Tenía los pechos al descubierto y su movimiento era hipnótico. Ella me tomó de las muñecas y colocó mis manos sobre sus pechos. Comencé a masajearlos, pellizcarlos y desearlos aún más que los de cualquier mujer.

Entonces llegué llenándola. Ella gimió mi nombre con un te amo ronco. En ese mismo instante la puerta se abrió. Era mi hijo Viktor. Él se quedó allí de pie boquiabierto mostrando sus pequeños colmillos, con sus hermosos ojos azules sobre el cuerpo desnudo de su abuela y luego me miró a mí. Sin decir nada salió corriendo obligando a Rose que fuese con él al jardín.

Percibí entonces el olor de mi esperma, sus fluidos y el sudor. Era el aroma del sexo. Un sexo placentero que me embriagaba, pero la preocupación estaba ahí. Quería apartarla, pero a la vez deseaba quedarme allí notando como todavía esa adrenalina nos embriagaba peor que la sangre de un borracho.

—¡Hijo!—grité, pero ya era tarde.

—Déjalo. Terminará comprendiendo—susurró inclinándose sobre mí—. Es tu hijo, un pedazo tuyo, y comprenderá tus necesidades—dijo apoyando su frente contra la mía—. Te amo.

—Lo sé—respondí acariciando su cuerpo suavemente con la punta de mis dedos—. Yo también te amo.

—Ahora comprendo a todas esas desgraciadas—comentó jugando con mis cabellos, echándolos hacia atrás, mientras me miraba con esa divina sonrisa que iluminaba su rostro.

—¿Quienes?—dije frunciendo el ceño.

—Las pueblerinas—rió bajo inclinándose de nuevo. Me besó una vez más, para luego ofrecerme sus pechos.

Mordí uno de sus pezones, para luego beber algunos tragos de sangre. Aquello fue tan erótico como el sexo. Ella tuvo unos ligeros espasmos y se movió inquieta sobre mi pelvis. Después del trago se apartó y comenzó a vestirse. Yo me quedé allí con los brazos en cruz y una sonrisa terrible en mis labios.

—Deberías ir a los jardines—susurró.


—Sí...

Lestat de Lioncourt

jueves, 19 de febrero de 2015

Ruinas

—¿Por qué?—preguntó.

Había venido a verme de nuevo. Estaba cada vez más furiosa. Sus ojos parecían dos esferas de lavaba grisácea. Su mentón estaba apretado y su rostro, que solía estar sereno, parecía una máscara de odio visceral. Tenía el cuerpo en tensión. Su delicada cintura no se apreciaba con esa chaqueta negra, de corte tan masculino, y algo sucia. Llevaba una camisa, con los primeros botones abiertos, dejando ver su cuello de cisne. El cabello estaba suelto, enredado y cubierto de hojas. Juraría que estuvo caminando durante algunas horas, quizás conteniéndose de algún modo, mientras dejaba que sus botas se llenaran de fango como el final de las perneras de sus tejanos.

—¿Por qué no?—lancé una sonrisa solapada con mi natural encanto. Ella me miró aún más furiosa, pero yo me divertía al ver su reacción tan intensa.

—¡Sólo malgastas tu dinero, tiempo y opciones! ¿No lo ves? ¡Este castillo debería haberse quedado en ruinas!—exclamó agitando sus brazos.

Supuse que tenía algo de razón. Había malgastado una fortuna en volver a reconstruir cada piedra. El pendón que estaba colgado sobre la chimenea, la cual estaba encendida, parecía un símbolo arcaico de aquello que fuimos. Los muebles eran muy similares, aunque estos eran algo más cómodos y de materiales más caros. Los viñedos iban a ser plantados, cosa que siempre deseé, y pensé que ella tomaría como el símbolo de una victoria. Pero no, ella no veía una victoria sobre el tiempo y nuestra familia. Mi madre veía horror, miseria y terror.

—Madre, este es mi verdadero hogar—expliqué.

—No hay un verdadero hogar, monsieur—susurró, acercándose a mí, con aquel temible aspecto—. Tú y yo no pertenecemos a un lugar en concreto, sino al mundo. Este sitio está maldito. ¡Maldito!—me golpeó con sus manos cerradas en dos poderoso puños.

—Sí, lo sabes—dije frunciendo el ceño—. Aquí nos derrotaron, pero hemos vuelto victoriosos. ¡Debes verlo como una victoria!

—¿Una victoria? ¡Has reconstruido mi cárcel!—gritó golpeándome con más fuerza, lo cual hizo que retrocediera unos pasos.

—Observa el salón, madre, esto no es nada. Arriba todo está como lo dejaste... —susurré con una ligera sonrisa.

—¡Muérete!—dijo, justo después me escupió y salió corriendo.

Temía que tomase alguna de las antorchas y prendiese fuego a todo. También tenía cierto miedo a su reacción en contra de la decoración. Ella, que siempre se había mostrado firme y serena, reaccionaba enfurecida perdiendo su cabeza. Echó a correr hacia la escalera y, con grandes zancadas, subió a las habitaciones.

Estoy seguro que quería ver por sí misma si había tenido el valor de hacerlo. Sí, el valor de reconstruir todo hasta el más mínimo detalle. Era un museo de recuerdos conservados en un tiempo y momento que no pudimos disfrutar. Era mi forma de vencer al odio, rencor y dolor. Su rostro, antes de marcharse, era el claro ejemplo de una mujer traicionada. Esa maldita idea mía, la de volver al castillo en la colina de Auvernia, había sido un desastre. Pensé que ella había superado los años de encierro, frío, dolor, miseria y desesperación. Sin embargo, seguía atada a esos sentimientos tan humanos. Supuse que no quedaba nada de la mujer que fue, pero ella jamás dejó de ser la marquesa encerrada en aquellos aposentos tan básicos y burdos.

Entré en la que fue su alcoba y la de mi padre. Allí donde las fulanas hacían de señora y ella hacía de fulana fiel, como un perro faldero, que debe asentir al deseo de su dueño. Mi padre jamás la amó, aunque sí la codició, pero ella tan sólo sentía lástima y asco. Lástima porque era un pobre tullido, pero el asco era superior a otros sentimientos fuese cuales fuesen.

Me mantuve en el marco de la puerta, apoyado en el quicio, mientras ella maldecía mi obra. Me llamaba ingrato. Gemía de desesperación y juraba que echaría abajo todas las piedras. Cuando notó que había ido tras ella, como si fuese su sombra, me miró aún más furiosa echándome mil maldiciones.

—Te odio a ti, a tus malditos bastardos y a todos los muertos que, como este castillo, jamás debieron existir. Tú y tu hipocresía. Dices amarme, pero me muestras este lugar esperando que te de mi visto bueno—hizo una breve pausa debido al quiebre de su voz—. ¡Maldito seas! ¡Maldito! ¡No debí concebirte!

—Madre...—iba a romper a llorar, pero a la vez deseaba callarla. Quería ejercer mi dominio sobre ella.

Ella guardó silencio, aunque no la ira. Esos ojos grises hablaban de dolor, pasión y necesidad. Su mentón temblaba completamente desencajado. Mientras la miraba decidía si aproximarme o no, cosa que acabé haciendo para contenerla entre mis brazos. Sin embargo, me empujó contra uno de los muros y sonrió satisfecha.

La cama, con dosel, era exacta. Tenía los cojines de borlas doradas y el bordado tenía las iniciales del matrimonio. El colchón era moderno, aunque parecía el de paja mullida. Tenía un juego de sábanas granate y mantas de piel de lobo, distribuida por toda la cama. Ella se aferró a una de las columnas del dosel, acariciando así el dibujo tallado. Eran flores, violetas y rosas en su mayoría, que subían hacia el techo, terminando en una flor de lis. En las paredes el pendón nuevamente en un fondo granate, con letras bordadas en rojo y un león que rugía de pie girado hacia el lado derecho. Su tocador, con un juego de cepillos, estaba cerca del balcón y un armario, modesto aunque extremadamente hermoso, guardaba perchas que aún no tenían dueño.

Ella lo miró todo, odiándolo una vez más, mientras deseaba prender fuego a toda la habitación comenzando por las cortinas. Sin embargo, mi atención estaba puesta en ella. Tenía los pómulos encendidos por la furia, su pequeña y gruesa boca me gritaba muda cierto odio y su figura parecía masculina, salvo por las ligeras formas de sus senos.

—Es mi dinero, mi castillo y mi tiempo—dije bloqueando la salida, pues ella aún no poseía el don de los aires.

—Un hijo no hace sufrir a una madre—replicó.

—¿Te hago sufrir?—pregunté colocando mis manos sobre mi torso. Esperaba que no fuese así. Me dolía el hecho de pensar que la dañaba. Ella para mí siempre fue fuerte, pero al parecer algo en ella se quebraba y se convertía en un ser vulnerable.

—Te odio—susurró con tono áspero.

Me acerqué a ella, dando pequeños pasos, mientras contenía la emoción. Quería llorar, pero deseaba librarla de ese espectáculo. Mi chaqueta azul marina, entallada, y mi camisa de chorreras, con elegantes encajes de rosas, me daban un aire de otra época. Nuestra época. Así como aquellas botas lustrosas y esos pantalones ajustados. Parecía el marqués que nunca fui, y no el vampiro rebelde y extraño que siempre he sido. Un monstruo cruel que no le importó el sufrimiento de su madre hasta ese momento. Pero, que pese a mi maldad, sentía remordimientos por las lágrimas que ella no permitía que fluyeran.

La tomé del rostro y ella me apartó de un empellón. Parecía una gata salvaje. Su garras, que eran aquellas delicadas y hermosas manos, estaban bien afiladas. Sabía que si me acercaba de nuevo no me llevaría una bienvenida tan acogedora, sino un bofetón más sonoro y posiblemente un aque más terrible.

—Te desprecio. Desprecio este lugar, a ti y a todo. Debiste morir en la cuna con aquellas fiebres. ¡Debiste morir!—gritó desgarrándose la garganta, provocando que estallaran varios cristales y el maravilloso espejo del tocador. Su reflejo dejó de contemplarla y sólo mis ojos, tan parecidos a los suyos, le hacían réplica.

—Mientes—dije conteniendo una risa nerviosa.

—No—dijo firmemente.

—Reconstruí este lugar por los dos. Somos los supervivientes a un atajo de inútiles. ¿Cuántas veces lloramos aquí? Tantas como reímos. Las confidencias, madre. Esas hermosas confidencias...—ella se aproximó a mí, en lo que creí un acercamiento en nuestras posturas, pero me abofeteó—. ¡Madre!

—Ojalá te hubieses muerto o quedado ciego por la sífilis de todas esas rameras que tanto codiciaban tu entrepierna—colocó su mano derecha sobre mi bragueta y apretó ligeramente—. Esto que llevas aquí es tu condena. ¡Pues con la cabeza ni piensas!—terminó empujándome para salir de la habitación y huir. Quería marcharse lejos del castillo, de los recuerdos y de mí.

Pero la tomé del brazo derecho, con mi diestra, y la tiré a la cama subiéndome sobre ella. La puerta se cerró gracias a mi mente y me coloqué sobre su figura, mucho más menuda que la mía. Sus cabellos dorados cayeron desplegados como rayos de sol. Aquella cama, que representaba su podrido y corrupto matrimonio, nos sostenía a ambos.

—Si temes por tu bien, Lestat, apártate—dijo con rabia, colocando sus manos sobre mis hombros.

De inmediato sentí deseos de abrir su chaqueta, hacer saltar cada botón de su camisa de blanco algodón, y morder sus senos. Sabía que sus pezones rosados y gruesos estarían erectos, por la discusión, y los imaginaba tentándome bajo la tela. Ella notó mis deseos y forcejeó sin lograr que me apartara. Sólo consiguió que me excitara y jadeara mientras hundía mi rostro en su cuello. Ella no echó hacia un lado su cabeza, sino que golpeó con fuerza mi pecho. No logró nada.

Con destreza animal arranqué su chaqueta y camisa, dejando sus pechos sin protección alguna. Ella jamás usaba sujetadores, por cómodos que pudiesen ser, pues no era siquiera femenina para esos asuntos íntimos. Su piel parecía más suave, más cálida y, en definitiva, más tentadora. Me abofeteó cuando me incliné para lamer su pezón izquierdo, después enterró sus uñas en mis mejillas y chilló como un chacal. Sin perder el tiempo la tomé de las muñecas con la zurda, mientras la diestra se deshacía de su cinturón y bajaba sus pantalones hasta las rodillas.

—¡Suéltame!—gritó en repetidas ocasiones.

El vello rubio, ligeramente espeso, y rizado coronaba aquel lugar tibio, húmedo y mío. Era mío. Yo la había convertido en mi hija, mi compañera, mi amante y por lo tanto debía aceptar mis caricias y aquel trato. Ella tenía que ver lo que había logrado con ella, y sin ella, para que al fin liberara ese odio que germinaba en su pecho. Hundí mis dedos entre los húmedos labios de su sexo, hundiendo dos de inmediato, para mover ambos con destreza. Ella no gimió. Sus ojos seguían fieros y su mandíbula se apretaba.

Mi lengua se paseaba bajo el cálido pliegue de sus senos. Sabía que se había alimentado abundantemente esa noche. Ella era cálida, pero yo parecía de mármol. La sangre del mortal, o mortales, le daban un aspecto dulcificado a sus rasgos duros. Mi respiración fría, y leve, dejaban caricias en sus costados, igual que mis cabellos rubios y rizados, tan similares a los suyos.

¿Cuántas veces la había hecho mía? Ya no lo recordaba. Pero jamás dejó de ser mía para pertenecer a otro. Al menos así lo creía. Ella nunca me hablaba de sus sentimientos y aventuras. Era como una caja de Pandora que no se abre, ni desea abrirse, porque sabe que su misterio la hace ser deseable y exótica.

No me aparté demasiado, pero logré quitarle las botas y sacarle el pantalón. Su cuerpo quedó desnudo bajo el mío, que aún tenía las ataduras de mis prendas. Yo comenzaba a sudar debido a la excitación. Ella hizo un amago de marcharse, pero al colocarla de nuevo en la cama, abriendo sus piernas, y hundiendo mi cabeza entre estas, se mantuvo en silencio. Breves segundos después, un ligero jadeo rompió su silencio. Mi lengua se hundía entre los húmedos labios vaginales, acariciando su sensible clítoris y buscando el orificio de entrada. Me aparté de inmediato, bajé la cremallera de mi bragueta y saqué mi miembro. Ella giró el rostro, como si aquello no le importase, y cuando entré, con fuerza y sin contemplaciones, ella gimió como una gata en celo, igual que una vulgar puta, comprendiendo porque la deseaba tanto.

Estrecha, húmeda, cálida y mía. Su interior era suave y confortable, sus vellos dorados se mezclaban con la coronación de mi sexo. Ambos nos miramos fijamente a los ojos dedicándonos palabras de amor, rabia y deseo. Al fin la besé, pero ella me devoró. Sus brazos me rodearon por encima de los hombros y me atrajo. Ella me regalaba su cuerpo al fin, pero esa sumisión era tan sólo una máscara.

De inmediato me mordió el cuello, en el lado derecho, enterrando sus colmillos para drenar parte de mi sangre. Gemí bajo mientras me impulsaba. Cada estocada era más salvaje y pronto me sentí mareado, alejándome de aquella apetecible boca y sus agradables muslos que me presionaban. La giré en la cama, tirándola hasta el borde, para luego con la mano izquierda, como si fuese una garra, atrapar sus muñecas. Volví a entrar en su interior arrebatando su aliento.

—Más... más... más... ¡Quiero ser tuya!—gritó abriendo sus piernas mientras el pendón, que colgaba en uno de los extremos de la habitación, parecía saludarla como una burla cruel.

—Siempre has sido mía—dije inclinándome sobre la cruz de su espalda.

Su piel estaba cubierta de pequeñas gotas de sudor, que parecían pepitas de granada, al igual que la mía. Mis testículos golpeaban continuamente, con un ritmo fuerte, su interior mientras mi miembro se abría paso en su vagina. Cada milímetro de mi sexo lo sentía. Las venas, la piel, la humedad de aquel cartílago endurecido que vibraba gracias a ella.

Bajé mi mano derecha entre sus piernas, acariciando su clítoris, mientras la izquierda se hundía entre su mata de rizos. Enredé mis dedos y tiré de ellos, levantando su rostro, sin dejar de penetrarla. El ritmo aumentaba cada vez más, sus ojos se cerraban y sus labios se mordisqueaban deleitándose.

—Debimos... ir a ese lugar... a la taberna... pero quien te hubiese follado sería yo. Te hubiese envenenado con mi simiente, madre, hasta que ebria, de placer, hubieses muerto al yacer con el único hombre que te domina—jadeaba hablando en francés.

Ella movía sus caderas como puta insatisfecha. Se aferró a las sábanas, tirando de ellas hacia su cuerpo, mientras sus piernas se abrían buscando que yo llegase al límite. Pero no fue así, pues la incorporé dejándola de rodillas, y hundí mi miembro entre sus labios. Estuve tentado a eyacular, pero no lo hice. Restregué el glande por sus labios, sus mejillas y pómulos, para luego tirarla a la cama, abriendo sus piernas de nuevo. Sus tobillos quedaron sobre mis hombros, mientras sentía que era esclavo de las ataduras que eran mis ropas, y resoplé comenzando a moverme. Tras varias hondas estocadas me derramé, con profundo gozo, mientras la miraba encendido por el placer.

—Disfruta de tu alcoba, madre—susurré saliendo de ella, para luego humedecer mis dedos en su vagina y ofrecerle el viscoso resultado de nuestro acto. Ella había llegado al límite casi al mismo tiempo, sintiéndose atrapada y satisfecha.

Me hundí de nuevo entre sus muslos, mordí el derecho y bebí sangre directamente de una de las venas principales de su pierna. Después, con cierta gracia, me subí la cremallera y caminé hacia la salida.

—La próxima, madre, no seré tan benévolo—sentencié al cerrar la puerta.




Lestat de Lioncourt

domingo, 2 de noviembre de 2014

El cazador y la presa

Enamorarse de la libertad y el poder que oculta el Don Oscuro es imposible. La noche se abre ante ti como un jardín lleno de flores salvajes y misteriosas. La fragancia de la vida se desliza entre tus dedos, acariciá tus sentidos y te impacta provocando que ames todo lo que ves. Incluso puedes enamorarte perdidamente de algo simple, sin importancia, pues antes no viste sus maravillosos detalles. La complejidad del mundo sólo se puede saborear cuando la sangre acaricia tu garganta, colorea tus mejillas y te da una fuerza única.

Era la tercera noche que salíamos a cazar juntos. Me había sentido solo y desdichado desde que Magnus me convirtió y se arrojó a las llamas. Desconozco si habló finalmente con Lucifer, pero sí comprendí lo doloroso que es saberse perdido en un mundo de gemas de brillos seductores. Mi madre había comprendido al fin que era libre, eterna y poderosa. Podía hacer todo aquello que jamás pensó. Decidió ser un hombre para el resto de seres que la contemplaban. Quería la libertad que los varones poseíamos. Así que tomó alguna de mis prendas, las adaptó a su figura y huyó.

Me había dado esquinazo en una de las calles más céntricas de París. Sus pasos se perdieron cerca de una taberna. Supuse que había encontrado encantador beber sin ser vista, imitar la vida y reír a carcajadas codeándose de la calaña más vulgar. Era un antro pequeño, con pequeñas ventanas enrejadas que dejaban ver escasamente el ambiente del interior. Dentro se escuchaba un gran estruendo de carcajadas, brindis, peleas y el típico murmullo de aquellos que desean arriesgarse a desvelar secretos. Deseaba aguardarla fuera, esperando que saliese satisfecha de alguna pequeña escaramuza, cuando la vi acompañada de un joven.

Era un muchacho esbelto, de ojos ambarinos y piel lechosa. Sus labios eran carnosos y rosados. Tenía una nariz perfecta para su rostro ligeramente aniñado. Su profunda mirada, su voz ligeramente dulce y su caro atuendo me hablaban de un joven rico, quizás un burgués, que había venido a París a estudiar o quizás a deshacerse de sus responsabilidades. Estaba agarrado a ella pasando su brazo derecho por la cintura, pegándola bien a él como haría un amante, y eso me provocó cierta ira. Si bien, cuando realmente estallé, fue cuando él se inclinó para besar hondamente sus labios. La arrinconó contra la deteriorada fachada de la taberna, acarició su mentón y dejó que su lengua se enredase en la suya.

Mi madre se aferraba a él tirando de su chaqueta, abriendo ligeramente sus piernas, para ofrecerle cierta invitación a proseguir con ese ritual de pasión y alcohol. Él parecía desinhibido, perdido y ligeramente satisfecho. La mano diestra de mi madre estaba en su pecho, pero pronto la deslizó hasta su bragueta. Cuando sus delicados y finos dedos presionaron su sexo, el cual seguía envuelto en sus pantalones, mientras lo miraba de una forma que me hacía arder por la ira.

Me acerqué a ambos rápidamente. Aparté al joven tomándolo del cuello y, en un abrir y cerrar de ojos, lo maté frente a ella. Después, como si fuera un despojo, lo eché a un callejón cercano. Ella ni siquiera se inmutó, pues tan sólo se llevó uno de sus cortos mechones tras una de sus orejas y echó a caminar. La seguí deseando echarme a gritar, pero preferí agarrarla del brazo empujándola hacia una estrecha calle cercana. Allí, en un portal minúsculo, la acorralé mirándola terriblemente confundido.

—¿Se puede saber qué hacías?—pregunté.

—Tú dijiste que era libre de hacer lo que quisiera—respondió serena—. Tomé tus palabras y decidí ser libre.

—No eres libre porque me perteneces—dije en un acceso de ira. Mi boca se llenó de improperios que no salieron, muriéndose en la punta de mi lengua, mientras esperaba que me pidiera disculpas por su actitud.

—¿Estás esperando a que lo lamente? Yo no soy de nadie, Lestat. Además, te recuerdo que soy tu madre. Eres tú quien me pertenece—expresó con elocuencia y un ligero toque cínico en el timbre de su voz—. Aunque ya no me considero así. Me he liberado de esa carga. Si deseo conocer a hombres jóvenes, sentirlos entre mis piernas y disfrutar de todo lo que me de este nuevo mundo, lo haré—sus ojos eran dos cielos grisáceos a punto de entrar en tormenta. Estaba molestándose, pero su rostro parecía aún sereno. Si bien, acabó arrugando la nariz y yo únicamente tomé medidas. La agarré de los hombros pegándola contra el portón y la miré envuelto en furia.

—Eres mía. Yo te hice y me perteneces. Eres ahora mi compañera, mi amante, mi hija y por supuesto parte de mí—dije esperando que me escuchara, pero eso era haber pedido un milagro.

—Hablas igual que tu padre. Sólo queda que te quedes ciego, monsieur—susurró empujándome, pero no logró moverme.

En ese momento se sintió realmente acorralada. Vi su expresión de sorpresa en sus ojos, labios y mejillas. Se había sonrojado ligeramente al sentirme cerca suya de forma tan terca.

—Te lo advertí, madre—susurré apartando mis manos de sus hombros, para luego pasar mis uñas filosas por su chaqueta.

Era una hermosa chaqueta de terciopelo negro con unos botones dorados encantadores. Me había costado una gran suma de dinero, pero había merecido la pena. Si bien, no me importó romperla. Del mismo modo que rasgué la camisa de chorreras, le arranqué el pañuelo de su cuello y le destrocé las vendas que ocultaban sus senos. Eran unos senos medianos, pero aún ligeramente turgentes. Ser madre no había desmerecido el tacto suave de su piel, ni sus delicados y gruesos pezones rosados, así como el aroma que rezumaba su canalillo.

De inmediato quiso abofetearme, pero lo único que logró es que agarrara su muñeca y la doblegara. Hice que se girara sobre sí misma. Sus cabellos se agitaron y brillaron bajo la tenue luz del farolillo de aquella entrada. Mi mano derecha bajó por su vientre y la zurda seguía oprimiendo su muñeca.

—¿Qué demonios crees que haces?—siseó.

—Demostrarte que eres mía—dije aproximándome a su oído derecho.

Las uñas de mi diestra erizaron el vello de su nuca al acariciar su vientre, acercándome peligrosamente al borde de su pantalón, pues sabía que no me detendría y que en esos momentos era mi presa. Había caído en manos del Matalobos. No era el muchachito que ella había educado bajo sus faldas y con todo el egoísmo del mundo. No. Yo era un hombre, un cazador, y ella mi víctima favorita.

Sin remordimientos introduje mi mano dentro del pantalón y acaricié su clítoris. No pude contener una honda carcajada al notar que se humedecía. Aquel rubor no era más que una excitación ligeramente común. Estaba mostrándome ante ella como un hombre que sabía cuales eran sus deseos, que se sentía dueño de ella y se lo aclaraba con una dulce violencia que no la dañaba en absoluto. Sólo le decía la verdad. Susurraba su nombre cerca de su cuello mientras apartaba el cabello y le decía que era mía. Mi dedo índice y corazón acariciaban con destreza aquel músculo que se hinchaba y endurecía. Su sexo se humedecía y sus piernas se abrían. Ella podía notar mi erección pegada a sus redondas y prietas nalgas.

—Ahora sabrás quien es tu hijo, madre—susurré sacando la mano para llevársela a su boca. Ella no dudó en lamer los dedos mientras movía sutilmente sus caderas.

Bajé sus pantalones del mismo modo que bajé los míos. Mi miembro se sintió cómodo al no estar presionado por aquella ajustada tela. Llevé el glande a su orificio, acariciándolo, para luego deslizarlo deliciosamente por todas sus partes. Podía notar sus fluidos empaparlo. Cada vez estaba más húmeda. Sus jadeos comenzaron a ser un dulce cántico. Si bien, no iba a darle lo que ella deseaba tan rápidamente.

Tomé el pañuelo del suelo y até sus manos, aunque ella podía deshacerse de las ataduras. Quería hacerle entender que no podía tocar ni agarrar. Sus brazos quedaron a su espalda y su cuerpo se tensó del mismo modo que sus pezones se endurecieron. Al girarla de nuevo hacia mí, dejando su rostro frente al mío, la tomé de la nuca besándola con mayor pasión que aquel joven. Ella respondió urgida. Quería mi lengua hundiéndose entre sus labios como una gloriosa espada. Después, sin más rodeos, la arrodillé frente a mí y penetré su boca. Mis movimientos eran bruscos y notaba como el glande chocaba la campanilla de su garganta. Ella podía sentir mis testículos golpeando su barbilla, del mismo modo que yo percibía su frío aliento acariciando los mechones rubios que coronaban mi sexo.

Me miraba absorta, como si no estuviese allí mismo. Parecía una fierecilla que está a punto de ser completamente domesticada. Sobre todo, cuando logré apartarla de nuevo y colocarla otra vez con el rostro contra la puerta. Sus pechos rozaron las vetas de la madera y mi sexo se hundió en ella. Mis estocadas no eran suaves, sino salvajes y rápidas. Ella gemía de placer rogando que no me detuviera. Gritaba mi nombre una y otra vez. Yo le decía que la amaba. Mis manos estaban sobre sus caderas, pero acabé rodeándola con mis brazos por debajo de sus axilas. Sus muñecas no dejaron de estar libres en ningún momento.

Su cabello se pegaba a la frente mientras crecía. El sudor sanguinolento perlaba su espalda y empapaba lo poco que quedaba de sus prendas. Sus nalgas golpeaban mi pelvis, mis testículos chocaban contra ella y mi miembro se sentía rodeado gracias los músculos de su sexo. Empecé a gemir y gruñir resoplando. Ella tenía en todo momento los ojos cerrados, la boca abierta y una expresión de abandono total a la lujuria.

Mis brazos quedaron bajo sus pechos, los cuales temblaban como flanes, mientras sus caderas parecían romperse junto a las mías. Estábamos en medio de un éxtasis religioso. Éxtasis que se rompió cuando ella me bañó con sus fluidos alentándome a ofrecerle los míos. Cuando finalmente acabamos, llegando así al final de esa locura, ella se liberó las muñecas y se aferró al llamador en forma de león de la puerta. Un león que nos había observado con sus ojos metálicos y con aquel aro entre sus fauces.

—Desde que te creé eres mía—dije jadeoso.

Ella no dijo nada. Sólo me miró con los ojos entrecerrados y se aferró mejor a la pieza de metal que colgaba de la puerta.


Creo que aquella noche comprendí que amaba de una forma retorcida a mi madre. Y que ella, al fin liberada del todo, se percató que le ocurría lo mismo. Me convertí en Edipo.


Lestat de Lioncourt   

sábado, 21 de junio de 2014

Amor desesperado

Había dejado la vivienda de los Mayfair en San Francisco. Nuevamente estaban allí, por orden de Julien, debido a los negocios de Michael Curry y sus deseos de extender el poder de la familia por cada rincón de Estados Unidos. Rowan se encontraba completamente desesperada buscando las caricias de ambos, atenciones y amor, que nosotros le brindábamos con cierto temor a ser encontrados por la sutil inteligencia de su ancestro. Hazel se quedó con ellos. Tuve tiempo suficiente para mecer a mi hija, besar su frente y jurarle que ella sería siempre una Lioncourt. El trazo genético estaba en su sangre, en su ADN, y por lo tanto su alma me pertenecía a mí y no a un maldito engendro que había decidido volver con el deseo de aplastarme, sentirse poderoso otra vez y manejar el mundo a su viejo estilo.

Entré en el convento que me pertenecía, el cual estaba siendo restaurado, y finalmente me tumbé en la capilla observando el fresco con sus colores vivos, sus llamativos ángeles y la gloria de Dios en cada rincón de éste. Las vidrieras de los santos habían sido colocadas nuevamente, vidrio a vidrio, dándoles su antiguo esplendor. Las velas de cera de abeja de gran calidad estaban dispuestas en sus soportes, iluminando suavemente la habitación, para que viese al viejo cristo colocado ya en su lugar con los brazos extendidos y sus labios a punto de exclamar su último aliento. Aquellos ojos de vidrio, tan vivos y brutales, parecían desconsolados y la sangre, la cual salpicaba sus muñecas y pies así como su costilla, era casi real. El cabello, que caía lánguidamente sobre sus hombros, era de pelo natural y había sido cepillado con mimo horas antes. Todo estaba dispuesto como si se fuese a realizar una misa.

Quedaban partes de aquel lugar por restaurar, como algunos confesionarios que estaban mal barnizados y ciertos pasillos que aún no se habían pintado. Sin embargo, tras varios años todo había cobrado su antigua imagen. El jardín no tenía malas hierbas, pero debía tener mejores cuidados. No obstante fue un trabajo de colosos.

Allí, rodeado de aquella magia religiosa, sentí a mi madre. No era una sensación banal, sino cierta. Pude oler en el aire su fragancia fresca de bosque y mujer. Podía notar prácticamente sus dorados cabellos contra mi rostro y sus manos acariciando mis mejillas. Sí, podía hacerlo. Ella estaba allí, caminando hacia mí, para guardar mi cuerpo como en aquella ocasión. Sin embargo, no quería ser protagonista de una imagen similar a la Piedad de Miguel Ángel, yo sólo quería descansar esa noche y olvidar por completo mis malos momentos.

—Aquí, otra vez, como si no hubiese sido suficiente ya el conocer tan bien las losas de éste sitio—escuché su voz y pude ver, por el rabillo de mi ojo, como avanzaba entre la hilera de bancos.

—Madre—dije girando mi rostro hacia ella— ¿por qué estás aquí?

—Intenté localizar a ese demonio. Necesito que deje en paz a lo único que aprecio—comentó tomando asiento a mi lado, colocando su mano derecha sobre mi rostro mientras yo, como si fuera un estúpido enamorado, me embelesaba con el tacto de sus dedos hasta sentir ciertos deseos que intenté ocultar—. Te dije que llegarías a ser importante para alguien más que para tu madre, te has convertido en un vampiro legendario y todos te llaman Príncipe. Me haces sentir orgullosa, pero no somos compatibles. Aún así, a pesar de todo, voy a luchar a tu lado para que en tu camino a la gloria no existan obstáculos—susurró, con un tono de voz suave, inclinándose para verme a los ojos, aunque los míos estaban prácticamente cerrados—. Monsieur, tú eres la única cosa que me importa además de mi libertad.

Guardé un respetuoso silencio. Sabía que ella había nacido entre algodones y que su mayor preocupación era coser cerca de la ventana del palazzo donde tuvo su juventud, disfrutó de una niñez agradable y tuvo una educación esmerada. Finalmente fue conducida a un convento, para que las monjas cuidaran de ella hasta que fuese recogida por su esposo. Se casó con él en Francia, en Auvernia, donde quedó encerrada entre fríos muros, olvidando por completo aquellos años de gozo y sus mejillas se convirtieron en manchas cenicientas. Su cabello perdió el dorado, se tiño de ciertas canas y un color más oscuro. Ella se lamentaba mientras me sujetaba contra sí. Recuerdo que a los seis años la vi aferrada a los barrotes, como si fuera un ave en una jaula, deseando caer al vacío y dejar roto su pequeño cuerpo. Mi madre, la mujer que me dio la vida, se pudría allí y estuvo a punto de morir. Sin embargo, siglos más tarde, estábamos juntos en una capilla tan elegante y sobria, como si fuera un duelo de sensaciones.

—¿Me amas?—pregunté abriendo los ojos. Ella apartó sus manos para dejarlas sobre sus muslos.

Llevaba unos jeans descuidados, unas botas algo rotas y una camisa blanca de hombre. Tenía a su vez el pelo recogido en una trenza, aunque no del todo bien hecha, y un sombrero que cubría suavemente su expresión consternada.

—Oui, monsieur—susurró quitándose el sombrero para dejarlo entre sus manos, tan pequeñas como finas—. Siempre he te amado, desde el momento en el cual la partera te puso en mis brazos y al fin pude ver en ti los rasgos que siempre había deseado. Me desesperaba que todos se parecieran a tu padre, que tuviesen ese aspecto tosco y poco sensible, pero tú eras distinto. Creí morir de felicidad cuando encontré en tus escasos cabellos el dorado que había olvidado, en tus ojos azules el portón al cielo y esos labios pequeños, los cuales abrías desesperado, un canto de ave. Te amé. ¿Cómo no amarte? Eras mi hijo. Al fin tenía un hijo al que amar.

—¿Y mis hermanos?—dije con pesadumbre.

—Los quería, pues eran mis hijos, pero ellos jamás me consolaron. Algunos murieron mientras los acunaba, otros justo después de ver la luz de la vida y los que crecieron hasta ser hombres eran igual que tu padre—quedó en silencio observando las velas consumiéndose. La voz se le había quebrado, quizás por la emoción de recordar tantos malos momentos.

Me incorporé para abrazarla estrechándola contra mí. Permití que su rostro quedara contra mi camisa mal abrochada, tan blanca como la suya y su propia piel, mientras desenredaba su cabello para acariciarlo como había hecho tiempo atrás. Podía calmar su dolor cepillando cada hebra, dejando que mis dedos fueran el peine, de modo que se olvidara de cada trozo de su alma que aún temblaba por los malos ratos que le había tocado vivir.

—Odiaba a tu padre, detestaba sus manos sobre mi cuerpo y me asqueaba la sensación de tener que abrir mis piernas para un bruto desconsiderado—dijo en un murmullo.

—Te amo, madre—dije dejando un par de besos en su frente.

Ella me tomó del rostro con sus manos, dejando suaves caricias en mis mejillas, mientras perdía sus ojos grises en los míos. Me perdí en su mirada y finalmente me incliné para besar sus labios. Eran carnosos y trémulos, casi como los de una niña, y parecía ansiosa por compartir conmigo un par de minutos en silencio, con tan sólo el murmullo de nuestras caricias, frente a Dios y lejos del diablo.

Su boca se abrió dándome libertad, también a mi lengua, por ello comencé un duelo extraño con ella. Mi aliento frío se perdía con el suyo, su cuerpo caía lentamente sobre las baldosas y el mío la cubría. Mis dedos acabaron acariciando su cuello, tan largo como el de un cisne. Finalmente, con cuidado, abrí los botones de su camisa dejando al descubierto sus senos, pues no llevaba prenda alguna bajo ésta.

Eran unos pechos blandos y medianos, algo blandos y de pezón rosado. La aureola era pequeña, pero el pezón era grueso y parecía invitarme a que lo besara. Me incliné sobre ella, deslicé mi lengua por el hueco entre sus senos y besé el pliegue bajo éstos, para finalmente rodear sus pezones con mis labios y comenzar a succionarlos. Ella arqueó su espalda bajando sus hombros hacia las losas y alzando su torso hacia mí, también llevó sus manos a mi nuca aplastando mi rostro contra ella y abrió sus piernas.

Con cierta presteza coloqué mis manos en su abdomen, dejando suaves círculos, y desabroché su cinturón dejándolo a un lado. Mis dedos se vieron torpes por la emoción, pero finalmente lo logré. Quité el botón metálico del jean, hice bajar la cremallera y metí mi mano entre sus prendas. Ella gimió al notar como mi dedo corazón se hundía en su sexo. El calor se agolpaba en sus mejillas sonrosándolas, del mismo modo que yo comenzaba a sentir cierto fuego incontrolable.

—Lestat, usa tu lengua—dijo con sus piernas algo temblorosas—. Monsieur, j'ai besoin de votre langue—murmuró completamente excitada debido a como presionaba sobre sus pezones, viajando de uno a otro, mientras estimulaba su clítoris.

Me aparté de sus pechos, abrí del todo su camisa y se la arranqué prácticamente. El sonido de la tela rasgándose rebotó por toda la estancia, del mismo modo que lo hacían sus jadeos y gemidos. Clavé mis ojos en los suyos y noté como la calentaba, del mismo modo que a mí me derretía la sola idea que ella me quisiera nuevamente entre sus piernas. No era la primera vez, pero hacía tanto que ya ni lo recordaba.

Bajé mi boca por su vientre, deslizando mi lengua por cada trozo de éste, mientras bajaba sus pantalones y me deshacía de sus sucias botas. Sin miramientos le arranqué la ropa interior y abrí sus piernas, para comenzar a lamer su sexo. Mi lengua entró entre sus labios inferiores, acarició si clítoris y comenzó a penetrarla mientras mis manos la agarraban de la cintura. Ella acabó tomándome del cabello, abriendo algo mejor sus piernas para darme mayor acceso y por supuesto empezó a gemir, dejando que su cuerpo se contoneara bajo mi dominio.

Si bien, ella siempre fue apasionada y finalmente me apartó, arrojó al suelo y se subió sobre mí rozando su sexo sobre mi entrepierna. Ya estaba completamente fuera de sí, mi miembro sufría bajo la tela, y aquel roce me electrocutó. La aparté quitándome la ropa, dejando que los botones de mi camisa rebotaran disparados hacia varias direcciones, me quité los pantalones y le ofrecí mi miembro dejándola de rodillas. Sus uñas se clavaron en mis muslos justo antes de comenzar a lamer.

Ambos, bajo aquellas luces diáfanas, parecíamos dos ángeles que habíamos decidido dar la espalda a la fe e introducirnos en el pecado. No había temor, ni siquiera conocíamos el significado cierto de la bondad. Siempre nos bañamos en el pecado de la carne y el desenfreno, la sangre nos había transformado en monstruos que estarían condenados para siempre a las brasas más ardientes. Éramos dos demonios frente a un altar con plegarias cargadas de orgasmos.

Sus labios apretaban mi glande y su lengua jugueteaba con el meatro, mis testículos comenzaban a hincharse y mi miembro tomaba forma. Ella deslizó su diestra por mi vientre, acariciando cada músculo marcado, hasta llegar a mi costado y clavar nuevamente sus uñas dejando que éstas, con sus puntas filosas, me hicieran terribles surcos en mi piel. Su mano izquierda acariciaba y apretaba mis testículos, su mandíbula se abrió un poco más, hasta casi desencajarse, para dar paso a todo mi sexo a su interior. Tenía los ojos fijos en mí, para ver mi reacción. Yo tenía el rostro convulso entre la lujuria y la desesperación, inclinando mi cabeza hacia atrás y mis brazos estirados hacia sus hombros. Me apoyaba en ella con fuerza, pero acabé tomándola de la cabeza con ambas manos por culpa de su mano izquierda. Su izquierda fue a mis nalgas, agarró uno de mis glúteos y tiró de mi cuerpo hacia ella.

Era una lucha de iguales. Sobre todo, cuando decidí apartarla y ella se incorporó para besarme. Ambos caminábamos por la sala acariciándonos, mordiéndonos y murmurando palabras inconexas. Finalmente, la apoyé contra la mesa de la eucaristía, la dejé de espaldas a mí y penetré su vagina. El sentir nuevamente aquel sexo caliente y húmedo, tan estrecho, me hizo delirar. Sentía que me ahogaba en aquel lugar. Era como si hubiese alcanzado nuevamente el cielo y tocado las nubes con mis manos, sintiendo el frescor del paraíso, para luego caer a unos indecentes infiernos donde lamentarse no era precisamente mi mayor ocupación.

—¡Lestat!—gritó dejando que sus pechos rozaran el blanco mantel y sus manos se aferraran al borde de la mesa.

Su espalda estaba arqueada, sus caderas alzadas y su cuerpo junto con el mío llevaban un ritmo poco natural. Ambos nos mecíamos sintiendo latigazos eléctricos en nuestro vientre, un cosquilleo nada usual, mientras el ruido del golpe de ambos se convertía en un aplauso enfervorecido al Jesucristo de la cruz. El sagrado corazón de Jesús pintado en la cúpula nos observaba, junto a su séquito de ángeles y la paloma, el demonio de uno de los grabados parecía sonreír blasfemo y sediento de nosotros. Por nuestra parte, como si no nos importara, gemíamos incitándonos a descontrolarnos.

Mis manos se colocaron en su cintura presionando los huesos de su cadera, clavando mis uñas en su carne y rasgando su piel marmórea. Incliné mi rostro hacia su espalda, la cual estaba perlada de sudor y con sus cabellos pegados a ésta, para besarla. Acabé saliendo de ella, girándola y recostándola en la mesa. Abrí sus piernas y las coloqué a ambos lados de mi cadera, puse mis manos por encima de su cabeza y atraje la mesa hacia mí, ya que las apoyé justo en el borde contrario, mientras la penetraba. Mi madre me tomó del rostro, abarcándolo como cuando era un niño, y soltó un terrible gemido llegando al éxtasis. Por mi parte seguí penetrándola al notar como apretaba con sus músculos vaginales, sintiéndola tensa y excitada. Después de algo más de un minuto pentrándola, aún con desesperados gemidos por parte de ambos, eyaculé con los ojos clavados en los suyos.

—Je t'aime—susurré ahogado—. No te vayas—murmuré apoyando mi frente entre sus senos, mientras ella acariciaba mis hombros.

Después de varios minutos, intentando recobrar el aliento y la cordura, ella decidió apartarse de mí y recoger la ropa. Por mucho que le rogué, casi implorándole de rodillas, decidió irse. Se marchó de mi lado dejándome allí desnudo, tal y como ella me había traído al mundo, completamente sofocado. Aún la amaba de forma perversa. Sí, aún lo hacía.  

Lestat de Lioncourt


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Espero que os agrade algo que no tenía lugar desde hace 14 meses. Aquel fic lo hice solo, sin su consentimiento pero este ha sido entre ambos. 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt