Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 21 de junio de 2014

Amor desesperado

Había dejado la vivienda de los Mayfair en San Francisco. Nuevamente estaban allí, por orden de Julien, debido a los negocios de Michael Curry y sus deseos de extender el poder de la familia por cada rincón de Estados Unidos. Rowan se encontraba completamente desesperada buscando las caricias de ambos, atenciones y amor, que nosotros le brindábamos con cierto temor a ser encontrados por la sutil inteligencia de su ancestro. Hazel se quedó con ellos. Tuve tiempo suficiente para mecer a mi hija, besar su frente y jurarle que ella sería siempre una Lioncourt. El trazo genético estaba en su sangre, en su ADN, y por lo tanto su alma me pertenecía a mí y no a un maldito engendro que había decidido volver con el deseo de aplastarme, sentirse poderoso otra vez y manejar el mundo a su viejo estilo.

Entré en el convento que me pertenecía, el cual estaba siendo restaurado, y finalmente me tumbé en la capilla observando el fresco con sus colores vivos, sus llamativos ángeles y la gloria de Dios en cada rincón de éste. Las vidrieras de los santos habían sido colocadas nuevamente, vidrio a vidrio, dándoles su antiguo esplendor. Las velas de cera de abeja de gran calidad estaban dispuestas en sus soportes, iluminando suavemente la habitación, para que viese al viejo cristo colocado ya en su lugar con los brazos extendidos y sus labios a punto de exclamar su último aliento. Aquellos ojos de vidrio, tan vivos y brutales, parecían desconsolados y la sangre, la cual salpicaba sus muñecas y pies así como su costilla, era casi real. El cabello, que caía lánguidamente sobre sus hombros, era de pelo natural y había sido cepillado con mimo horas antes. Todo estaba dispuesto como si se fuese a realizar una misa.

Quedaban partes de aquel lugar por restaurar, como algunos confesionarios que estaban mal barnizados y ciertos pasillos que aún no se habían pintado. Sin embargo, tras varios años todo había cobrado su antigua imagen. El jardín no tenía malas hierbas, pero debía tener mejores cuidados. No obstante fue un trabajo de colosos.

Allí, rodeado de aquella magia religiosa, sentí a mi madre. No era una sensación banal, sino cierta. Pude oler en el aire su fragancia fresca de bosque y mujer. Podía notar prácticamente sus dorados cabellos contra mi rostro y sus manos acariciando mis mejillas. Sí, podía hacerlo. Ella estaba allí, caminando hacia mí, para guardar mi cuerpo como en aquella ocasión. Sin embargo, no quería ser protagonista de una imagen similar a la Piedad de Miguel Ángel, yo sólo quería descansar esa noche y olvidar por completo mis malos momentos.

—Aquí, otra vez, como si no hubiese sido suficiente ya el conocer tan bien las losas de éste sitio—escuché su voz y pude ver, por el rabillo de mi ojo, como avanzaba entre la hilera de bancos.

—Madre—dije girando mi rostro hacia ella— ¿por qué estás aquí?

—Intenté localizar a ese demonio. Necesito que deje en paz a lo único que aprecio—comentó tomando asiento a mi lado, colocando su mano derecha sobre mi rostro mientras yo, como si fuera un estúpido enamorado, me embelesaba con el tacto de sus dedos hasta sentir ciertos deseos que intenté ocultar—. Te dije que llegarías a ser importante para alguien más que para tu madre, te has convertido en un vampiro legendario y todos te llaman Príncipe. Me haces sentir orgullosa, pero no somos compatibles. Aún así, a pesar de todo, voy a luchar a tu lado para que en tu camino a la gloria no existan obstáculos—susurró, con un tono de voz suave, inclinándose para verme a los ojos, aunque los míos estaban prácticamente cerrados—. Monsieur, tú eres la única cosa que me importa además de mi libertad.

Guardé un respetuoso silencio. Sabía que ella había nacido entre algodones y que su mayor preocupación era coser cerca de la ventana del palazzo donde tuvo su juventud, disfrutó de una niñez agradable y tuvo una educación esmerada. Finalmente fue conducida a un convento, para que las monjas cuidaran de ella hasta que fuese recogida por su esposo. Se casó con él en Francia, en Auvernia, donde quedó encerrada entre fríos muros, olvidando por completo aquellos años de gozo y sus mejillas se convirtieron en manchas cenicientas. Su cabello perdió el dorado, se tiño de ciertas canas y un color más oscuro. Ella se lamentaba mientras me sujetaba contra sí. Recuerdo que a los seis años la vi aferrada a los barrotes, como si fuera un ave en una jaula, deseando caer al vacío y dejar roto su pequeño cuerpo. Mi madre, la mujer que me dio la vida, se pudría allí y estuvo a punto de morir. Sin embargo, siglos más tarde, estábamos juntos en una capilla tan elegante y sobria, como si fuera un duelo de sensaciones.

—¿Me amas?—pregunté abriendo los ojos. Ella apartó sus manos para dejarlas sobre sus muslos.

Llevaba unos jeans descuidados, unas botas algo rotas y una camisa blanca de hombre. Tenía a su vez el pelo recogido en una trenza, aunque no del todo bien hecha, y un sombrero que cubría suavemente su expresión consternada.

—Oui, monsieur—susurró quitándose el sombrero para dejarlo entre sus manos, tan pequeñas como finas—. Siempre he te amado, desde el momento en el cual la partera te puso en mis brazos y al fin pude ver en ti los rasgos que siempre había deseado. Me desesperaba que todos se parecieran a tu padre, que tuviesen ese aspecto tosco y poco sensible, pero tú eras distinto. Creí morir de felicidad cuando encontré en tus escasos cabellos el dorado que había olvidado, en tus ojos azules el portón al cielo y esos labios pequeños, los cuales abrías desesperado, un canto de ave. Te amé. ¿Cómo no amarte? Eras mi hijo. Al fin tenía un hijo al que amar.

—¿Y mis hermanos?—dije con pesadumbre.

—Los quería, pues eran mis hijos, pero ellos jamás me consolaron. Algunos murieron mientras los acunaba, otros justo después de ver la luz de la vida y los que crecieron hasta ser hombres eran igual que tu padre—quedó en silencio observando las velas consumiéndose. La voz se le había quebrado, quizás por la emoción de recordar tantos malos momentos.

Me incorporé para abrazarla estrechándola contra mí. Permití que su rostro quedara contra mi camisa mal abrochada, tan blanca como la suya y su propia piel, mientras desenredaba su cabello para acariciarlo como había hecho tiempo atrás. Podía calmar su dolor cepillando cada hebra, dejando que mis dedos fueran el peine, de modo que se olvidara de cada trozo de su alma que aún temblaba por los malos ratos que le había tocado vivir.

—Odiaba a tu padre, detestaba sus manos sobre mi cuerpo y me asqueaba la sensación de tener que abrir mis piernas para un bruto desconsiderado—dijo en un murmullo.

—Te amo, madre—dije dejando un par de besos en su frente.

Ella me tomó del rostro con sus manos, dejando suaves caricias en mis mejillas, mientras perdía sus ojos grises en los míos. Me perdí en su mirada y finalmente me incliné para besar sus labios. Eran carnosos y trémulos, casi como los de una niña, y parecía ansiosa por compartir conmigo un par de minutos en silencio, con tan sólo el murmullo de nuestras caricias, frente a Dios y lejos del diablo.

Su boca se abrió dándome libertad, también a mi lengua, por ello comencé un duelo extraño con ella. Mi aliento frío se perdía con el suyo, su cuerpo caía lentamente sobre las baldosas y el mío la cubría. Mis dedos acabaron acariciando su cuello, tan largo como el de un cisne. Finalmente, con cuidado, abrí los botones de su camisa dejando al descubierto sus senos, pues no llevaba prenda alguna bajo ésta.

Eran unos pechos blandos y medianos, algo blandos y de pezón rosado. La aureola era pequeña, pero el pezón era grueso y parecía invitarme a que lo besara. Me incliné sobre ella, deslicé mi lengua por el hueco entre sus senos y besé el pliegue bajo éstos, para finalmente rodear sus pezones con mis labios y comenzar a succionarlos. Ella arqueó su espalda bajando sus hombros hacia las losas y alzando su torso hacia mí, también llevó sus manos a mi nuca aplastando mi rostro contra ella y abrió sus piernas.

Con cierta presteza coloqué mis manos en su abdomen, dejando suaves círculos, y desabroché su cinturón dejándolo a un lado. Mis dedos se vieron torpes por la emoción, pero finalmente lo logré. Quité el botón metálico del jean, hice bajar la cremallera y metí mi mano entre sus prendas. Ella gimió al notar como mi dedo corazón se hundía en su sexo. El calor se agolpaba en sus mejillas sonrosándolas, del mismo modo que yo comenzaba a sentir cierto fuego incontrolable.

—Lestat, usa tu lengua—dijo con sus piernas algo temblorosas—. Monsieur, j'ai besoin de votre langue—murmuró completamente excitada debido a como presionaba sobre sus pezones, viajando de uno a otro, mientras estimulaba su clítoris.

Me aparté de sus pechos, abrí del todo su camisa y se la arranqué prácticamente. El sonido de la tela rasgándose rebotó por toda la estancia, del mismo modo que lo hacían sus jadeos y gemidos. Clavé mis ojos en los suyos y noté como la calentaba, del mismo modo que a mí me derretía la sola idea que ella me quisiera nuevamente entre sus piernas. No era la primera vez, pero hacía tanto que ya ni lo recordaba.

Bajé mi boca por su vientre, deslizando mi lengua por cada trozo de éste, mientras bajaba sus pantalones y me deshacía de sus sucias botas. Sin miramientos le arranqué la ropa interior y abrí sus piernas, para comenzar a lamer su sexo. Mi lengua entró entre sus labios inferiores, acarició si clítoris y comenzó a penetrarla mientras mis manos la agarraban de la cintura. Ella acabó tomándome del cabello, abriendo algo mejor sus piernas para darme mayor acceso y por supuesto empezó a gemir, dejando que su cuerpo se contoneara bajo mi dominio.

Si bien, ella siempre fue apasionada y finalmente me apartó, arrojó al suelo y se subió sobre mí rozando su sexo sobre mi entrepierna. Ya estaba completamente fuera de sí, mi miembro sufría bajo la tela, y aquel roce me electrocutó. La aparté quitándome la ropa, dejando que los botones de mi camisa rebotaran disparados hacia varias direcciones, me quité los pantalones y le ofrecí mi miembro dejándola de rodillas. Sus uñas se clavaron en mis muslos justo antes de comenzar a lamer.

Ambos, bajo aquellas luces diáfanas, parecíamos dos ángeles que habíamos decidido dar la espalda a la fe e introducirnos en el pecado. No había temor, ni siquiera conocíamos el significado cierto de la bondad. Siempre nos bañamos en el pecado de la carne y el desenfreno, la sangre nos había transformado en monstruos que estarían condenados para siempre a las brasas más ardientes. Éramos dos demonios frente a un altar con plegarias cargadas de orgasmos.

Sus labios apretaban mi glande y su lengua jugueteaba con el meatro, mis testículos comenzaban a hincharse y mi miembro tomaba forma. Ella deslizó su diestra por mi vientre, acariciando cada músculo marcado, hasta llegar a mi costado y clavar nuevamente sus uñas dejando que éstas, con sus puntas filosas, me hicieran terribles surcos en mi piel. Su mano izquierda acariciaba y apretaba mis testículos, su mandíbula se abrió un poco más, hasta casi desencajarse, para dar paso a todo mi sexo a su interior. Tenía los ojos fijos en mí, para ver mi reacción. Yo tenía el rostro convulso entre la lujuria y la desesperación, inclinando mi cabeza hacia atrás y mis brazos estirados hacia sus hombros. Me apoyaba en ella con fuerza, pero acabé tomándola de la cabeza con ambas manos por culpa de su mano izquierda. Su izquierda fue a mis nalgas, agarró uno de mis glúteos y tiró de mi cuerpo hacia ella.

Era una lucha de iguales. Sobre todo, cuando decidí apartarla y ella se incorporó para besarme. Ambos caminábamos por la sala acariciándonos, mordiéndonos y murmurando palabras inconexas. Finalmente, la apoyé contra la mesa de la eucaristía, la dejé de espaldas a mí y penetré su vagina. El sentir nuevamente aquel sexo caliente y húmedo, tan estrecho, me hizo delirar. Sentía que me ahogaba en aquel lugar. Era como si hubiese alcanzado nuevamente el cielo y tocado las nubes con mis manos, sintiendo el frescor del paraíso, para luego caer a unos indecentes infiernos donde lamentarse no era precisamente mi mayor ocupación.

—¡Lestat!—gritó dejando que sus pechos rozaran el blanco mantel y sus manos se aferraran al borde de la mesa.

Su espalda estaba arqueada, sus caderas alzadas y su cuerpo junto con el mío llevaban un ritmo poco natural. Ambos nos mecíamos sintiendo latigazos eléctricos en nuestro vientre, un cosquilleo nada usual, mientras el ruido del golpe de ambos se convertía en un aplauso enfervorecido al Jesucristo de la cruz. El sagrado corazón de Jesús pintado en la cúpula nos observaba, junto a su séquito de ángeles y la paloma, el demonio de uno de los grabados parecía sonreír blasfemo y sediento de nosotros. Por nuestra parte, como si no nos importara, gemíamos incitándonos a descontrolarnos.

Mis manos se colocaron en su cintura presionando los huesos de su cadera, clavando mis uñas en su carne y rasgando su piel marmórea. Incliné mi rostro hacia su espalda, la cual estaba perlada de sudor y con sus cabellos pegados a ésta, para besarla. Acabé saliendo de ella, girándola y recostándola en la mesa. Abrí sus piernas y las coloqué a ambos lados de mi cadera, puse mis manos por encima de su cabeza y atraje la mesa hacia mí, ya que las apoyé justo en el borde contrario, mientras la penetraba. Mi madre me tomó del rostro, abarcándolo como cuando era un niño, y soltó un terrible gemido llegando al éxtasis. Por mi parte seguí penetrándola al notar como apretaba con sus músculos vaginales, sintiéndola tensa y excitada. Después de algo más de un minuto pentrándola, aún con desesperados gemidos por parte de ambos, eyaculé con los ojos clavados en los suyos.

—Je t'aime—susurré ahogado—. No te vayas—murmuré apoyando mi frente entre sus senos, mientras ella acariciaba mis hombros.

Después de varios minutos, intentando recobrar el aliento y la cordura, ella decidió apartarse de mí y recoger la ropa. Por mucho que le rogué, casi implorándole de rodillas, decidió irse. Se marchó de mi lado dejándome allí desnudo, tal y como ella me había traído al mundo, completamente sofocado. Aún la amaba de forma perversa. Sí, aún lo hacía.  

Lestat de Lioncourt


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Espero que os agrade algo que no tenía lugar desde hace 14 meses. Aquel fic lo hice solo, sin su consentimiento pero este ha sido entre ambos. 

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt