Había dejado la vivienda de los
Mayfair en San Francisco. Nuevamente estaban allí, por orden de
Julien, debido a los negocios de Michael Curry y sus deseos de
extender el poder de la familia por cada rincón de Estados Unidos.
Rowan se encontraba completamente desesperada buscando las caricias
de ambos, atenciones y amor, que nosotros le brindábamos con cierto
temor a ser encontrados por la sutil inteligencia de su ancestro.
Hazel se quedó con ellos. Tuve tiempo suficiente para mecer a mi
hija, besar su frente y jurarle que ella sería siempre una
Lioncourt. El trazo genético estaba en su sangre, en su ADN, y por
lo tanto su alma me pertenecía a mí y no a un maldito engendro que
había decidido volver con el deseo de aplastarme, sentirse poderoso
otra vez y manejar el mundo a su viejo estilo.
Entré en el convento que me
pertenecía, el cual estaba siendo restaurado, y finalmente me tumbé
en la capilla observando el fresco con sus colores vivos, sus
llamativos ángeles y la gloria de Dios en cada rincón de éste. Las
vidrieras de los santos habían sido colocadas nuevamente, vidrio a
vidrio, dándoles su antiguo esplendor. Las velas de cera de abeja de
gran calidad estaban dispuestas en sus soportes, iluminando
suavemente la habitación, para que viese al viejo cristo colocado ya
en su lugar con los brazos extendidos y sus labios a punto de
exclamar su último aliento. Aquellos ojos de vidrio, tan vivos y
brutales, parecían desconsolados y la sangre, la cual salpicaba sus
muñecas y pies así como su costilla, era casi real. El cabello, que
caía lánguidamente sobre sus hombros, era de pelo natural y había
sido cepillado con mimo horas antes. Todo estaba dispuesto como si se
fuese a realizar una misa.
Quedaban partes de aquel lugar por
restaurar, como algunos confesionarios que estaban mal barnizados y
ciertos pasillos que aún no se habían pintado. Sin embargo, tras
varios años todo había cobrado su antigua imagen. El jardín no
tenía malas hierbas, pero debía tener mejores cuidados. No obstante
fue un trabajo de colosos.
Allí, rodeado de aquella magia
religiosa, sentí a mi madre. No era una sensación banal, sino
cierta. Pude oler en el aire su fragancia fresca de bosque y mujer.
Podía notar prácticamente sus dorados cabellos contra mi rostro y
sus manos acariciando mis mejillas. Sí, podía hacerlo. Ella estaba
allí, caminando hacia mí, para guardar mi cuerpo como en aquella
ocasión. Sin embargo, no quería ser protagonista de una imagen
similar a la Piedad de Miguel Ángel, yo sólo quería descansar esa
noche y olvidar por completo mis malos momentos.
—Aquí, otra vez, como si no hubiese
sido suficiente ya el conocer tan bien las losas de éste
sitio—escuché su voz y pude ver, por el rabillo de mi ojo, como
avanzaba entre la hilera de bancos.
—Madre—dije girando mi rostro hacia
ella— ¿por qué estás aquí?
—Intenté localizar a ese demonio.
Necesito que deje en paz a lo único que aprecio—comentó tomando
asiento a mi lado, colocando su mano derecha sobre mi rostro mientras
yo, como si fuera un estúpido enamorado, me embelesaba con el tacto
de sus dedos hasta sentir ciertos deseos que intenté ocultar—. Te
dije que llegarías a ser importante para alguien más que para tu
madre, te has convertido en un vampiro legendario y todos te llaman
Príncipe. Me haces sentir orgullosa, pero no somos compatibles. Aún
así, a pesar de todo, voy a luchar a tu lado para que en tu camino a
la gloria no existan obstáculos—susurró, con un tono de voz
suave, inclinándose para verme a los ojos, aunque los míos estaban
prácticamente cerrados—. Monsieur, tú eres la única cosa que me
importa además de mi libertad.
Guardé un respetuoso silencio. Sabía
que ella había nacido entre algodones y que su mayor preocupación
era coser cerca de la ventana del palazzo donde tuvo su juventud,
disfrutó de una niñez agradable y tuvo una educación esmerada.
Finalmente fue conducida a un convento, para que las monjas cuidaran
de ella hasta que fuese recogida por su esposo. Se casó con él en
Francia, en Auvernia, donde quedó encerrada entre fríos muros,
olvidando por completo aquellos años de gozo y sus mejillas se
convirtieron en manchas cenicientas. Su cabello perdió el dorado, se
tiño de ciertas canas y un color más oscuro. Ella se lamentaba
mientras me sujetaba contra sí. Recuerdo que a los seis años la vi
aferrada a los barrotes, como si fuera un ave en una jaula, deseando
caer al vacío y dejar roto su pequeño cuerpo. Mi madre, la mujer
que me dio la vida, se pudría allí y estuvo a punto de morir. Sin
embargo, siglos más tarde, estábamos juntos en una capilla tan
elegante y sobria, como si fuera un duelo de sensaciones.
—¿Me amas?—pregunté abriendo los
ojos. Ella apartó sus manos para dejarlas sobre sus muslos.
Llevaba unos jeans descuidados, unas
botas algo rotas y una camisa blanca de hombre. Tenía a su vez el
pelo recogido en una trenza, aunque no del todo bien hecha, y un
sombrero que cubría suavemente su expresión consternada.
—Oui, monsieur—susurró quitándose
el sombrero para dejarlo entre sus manos, tan pequeñas como finas—.
Siempre he te amado, desde el momento en el cual la partera te puso
en mis brazos y al fin pude ver en ti los rasgos que siempre había
deseado. Me desesperaba que todos se parecieran a tu padre, que
tuviesen ese aspecto tosco y poco sensible, pero tú eras distinto.
Creí morir de felicidad cuando encontré en tus escasos cabellos el
dorado que había olvidado, en tus ojos azules el portón al cielo y
esos labios pequeños, los cuales abrías desesperado, un canto de
ave. Te amé. ¿Cómo no amarte? Eras mi hijo. Al fin tenía un hijo
al que amar.
—¿Y mis hermanos?—dije con
pesadumbre.
—Los quería, pues eran mis hijos,
pero ellos jamás me consolaron. Algunos murieron mientras los
acunaba, otros justo después de ver la luz de la vida y los que
crecieron hasta ser hombres eran igual que tu padre—quedó en
silencio observando las velas consumiéndose. La voz se le había
quebrado, quizás por la emoción de recordar tantos malos momentos.
Me incorporé para abrazarla
estrechándola contra mí. Permití que su rostro quedara contra mi
camisa mal abrochada, tan blanca como la suya y su propia piel,
mientras desenredaba su cabello para acariciarlo como había hecho
tiempo atrás. Podía calmar su dolor cepillando cada hebra, dejando
que mis dedos fueran el peine, de modo que se olvidara de cada trozo
de su alma que aún temblaba por los malos ratos que le había tocado
vivir.
—Odiaba a tu padre, detestaba sus
manos sobre mi cuerpo y me asqueaba la sensación de tener que abrir
mis piernas para un bruto desconsiderado—dijo en un murmullo.
—Te amo, madre—dije dejando un par
de besos en su frente.
Ella me tomó del rostro con sus manos,
dejando suaves caricias en mis mejillas, mientras perdía sus ojos
grises en los míos. Me perdí en su mirada y finalmente me incliné
para besar sus labios. Eran carnosos y trémulos, casi como los de
una niña, y parecía ansiosa por compartir conmigo un par de minutos
en silencio, con tan sólo el murmullo de nuestras caricias, frente a
Dios y lejos del diablo.
Su boca se abrió dándome libertad,
también a mi lengua, por ello comencé un duelo extraño con ella.
Mi aliento frío se perdía con el suyo, su cuerpo caía lentamente
sobre las baldosas y el mío la cubría. Mis dedos acabaron
acariciando su cuello, tan largo como el de un cisne. Finalmente, con
cuidado, abrí los botones de su camisa dejando al descubierto sus
senos, pues no llevaba prenda alguna bajo ésta.
Eran unos pechos blandos y medianos,
algo blandos y de pezón rosado. La aureola era pequeña, pero el
pezón era grueso y parecía invitarme a que lo besara. Me incliné
sobre ella, deslicé mi lengua por el hueco entre sus senos y besé
el pliegue bajo éstos, para finalmente rodear sus pezones con mis
labios y comenzar a succionarlos. Ella arqueó su espalda bajando sus
hombros hacia las losas y alzando su torso hacia mí, también llevó
sus manos a mi nuca aplastando mi rostro contra ella y abrió sus
piernas.
Con cierta presteza coloqué mis manos
en su abdomen, dejando suaves círculos, y desabroché su cinturón
dejándolo a un lado. Mis dedos se vieron torpes por la emoción,
pero finalmente lo logré. Quité el botón metálico del jean, hice
bajar la cremallera y metí mi mano entre sus prendas. Ella gimió al
notar como mi dedo corazón se hundía en su sexo. El calor se
agolpaba en sus mejillas sonrosándolas, del mismo modo que yo
comenzaba a sentir cierto fuego incontrolable.
—Lestat, usa tu lengua—dijo con sus
piernas algo temblorosas—. Monsieur, j'ai besoin de votre
langue—murmuró completamente excitada debido a como presionaba
sobre sus pezones, viajando de uno a otro, mientras estimulaba su
clítoris.
Me aparté de sus pechos, abrí del
todo su camisa y se la arranqué prácticamente. El sonido de la tela
rasgándose rebotó por toda la estancia, del mismo modo que lo
hacían sus jadeos y gemidos. Clavé mis ojos en los suyos y noté
como la calentaba, del mismo modo que a mí me derretía la sola idea
que ella me quisiera nuevamente entre sus piernas. No era la primera
vez, pero hacía tanto que ya ni lo recordaba.
Bajé mi boca por su vientre,
deslizando mi lengua por cada trozo de éste, mientras bajaba sus
pantalones y me deshacía de sus sucias botas. Sin miramientos le
arranqué la ropa interior y abrí sus piernas, para comenzar a lamer
su sexo. Mi lengua entró entre sus labios inferiores, acarició si
clítoris y comenzó a penetrarla mientras mis manos la agarraban de
la cintura. Ella acabó tomándome del cabello, abriendo algo mejor
sus piernas para darme mayor acceso y por supuesto empezó a gemir,
dejando que su cuerpo se contoneara bajo mi dominio.
Si bien, ella siempre fue apasionada y
finalmente me apartó, arrojó al suelo y se subió sobre mí rozando
su sexo sobre mi entrepierna. Ya estaba completamente fuera de sí,
mi miembro sufría bajo la tela, y aquel roce me electrocutó. La
aparté quitándome la ropa, dejando que los botones de mi camisa
rebotaran disparados hacia varias direcciones, me quité los
pantalones y le ofrecí mi miembro dejándola de rodillas. Sus uñas
se clavaron en mis muslos justo antes de comenzar a lamer.
Ambos, bajo aquellas luces diáfanas,
parecíamos dos ángeles que habíamos decidido dar la espalda a la
fe e introducirnos en el pecado. No había temor, ni siquiera
conocíamos el significado cierto de la bondad. Siempre nos bañamos
en el pecado de la carne y el desenfreno, la sangre nos había
transformado en monstruos que estarían condenados para siempre a las
brasas más ardientes. Éramos dos demonios frente a un altar con
plegarias cargadas de orgasmos.
Sus labios apretaban mi glande y su
lengua jugueteaba con el meatro, mis testículos comenzaban a
hincharse y mi miembro tomaba forma. Ella deslizó su diestra por mi
vientre, acariciando cada músculo marcado, hasta llegar a mi costado
y clavar nuevamente sus uñas dejando que éstas, con sus puntas
filosas, me hicieran terribles surcos en mi piel. Su mano izquierda
acariciaba y apretaba mis testículos, su mandíbula se abrió un
poco más, hasta casi desencajarse, para dar paso a todo mi sexo a su
interior. Tenía los ojos fijos en mí, para ver mi reacción. Yo
tenía el rostro convulso entre la lujuria y la desesperación,
inclinando mi cabeza hacia atrás y mis brazos estirados hacia sus
hombros. Me apoyaba en ella con fuerza, pero acabé tomándola de la
cabeza con ambas manos por culpa de su mano izquierda. Su izquierda
fue a mis nalgas, agarró uno de mis glúteos y tiró de mi cuerpo
hacia ella.
Era una lucha de iguales. Sobre todo,
cuando decidí apartarla y ella se incorporó para besarme. Ambos
caminábamos por la sala acariciándonos, mordiéndonos y murmurando
palabras inconexas. Finalmente, la apoyé contra la mesa de la
eucaristía, la dejé de espaldas a mí y penetré su vagina. El
sentir nuevamente aquel sexo caliente y húmedo, tan estrecho, me
hizo delirar. Sentía que me ahogaba en aquel lugar. Era como si
hubiese alcanzado nuevamente el cielo y tocado las nubes con mis
manos, sintiendo el frescor del paraíso, para luego caer a unos
indecentes infiernos donde lamentarse no era precisamente mi mayor
ocupación.
—¡Lestat!—gritó dejando que sus
pechos rozaran el blanco mantel y sus manos se aferraran al borde de
la mesa.
Su espalda estaba arqueada, sus caderas
alzadas y su cuerpo junto con el mío llevaban un ritmo poco natural.
Ambos nos mecíamos sintiendo latigazos eléctricos en nuestro
vientre, un cosquilleo nada usual, mientras el ruido del golpe de
ambos se convertía en un aplauso enfervorecido al Jesucristo de la
cruz. El sagrado corazón de Jesús pintado en la cúpula nos
observaba, junto a su séquito de ángeles y la paloma, el demonio de
uno de los grabados parecía sonreír blasfemo y sediento de
nosotros. Por nuestra parte, como si no nos importara, gemíamos
incitándonos a descontrolarnos.
Mis manos se colocaron en su cintura
presionando los huesos de su cadera, clavando mis uñas en su carne y
rasgando su piel marmórea. Incliné mi rostro hacia su espalda, la
cual estaba perlada de sudor y con sus cabellos pegados a ésta, para
besarla. Acabé saliendo de ella, girándola y recostándola en la
mesa. Abrí sus piernas y las coloqué a ambos lados de mi cadera,
puse mis manos por encima de su cabeza y atraje la mesa hacia mí, ya
que las apoyé justo en el borde contrario, mientras la penetraba. Mi
madre me tomó del rostro, abarcándolo como cuando era un niño, y
soltó un terrible gemido llegando al éxtasis. Por mi parte seguí
penetrándola al notar como apretaba con sus músculos vaginales,
sintiéndola tensa y excitada. Después de algo más de un minuto
pentrándola, aún con desesperados gemidos por parte de ambos,
eyaculé con los ojos clavados en los suyos.
—Je t'aime—susurré ahogado—. No
te vayas—murmuré apoyando mi frente entre sus senos, mientras ella
acariciaba mis hombros.
Después de varios minutos, intentando
recobrar el aliento y la cordura, ella decidió apartarse de mí y
recoger la ropa. Por mucho que le rogué, casi implorándole de
rodillas, decidió irse. Se marchó de mi lado dejándome allí
desnudo, tal y como ella me había traído al mundo, completamente
sofocado. Aún la amaba de forma perversa. Sí, aún lo hacía.
Lestat de Lioncourt
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Espero que os agrade algo que no tenía lugar desde hace 14 meses. Aquel fic lo hice solo, sin su consentimiento pero este ha sido entre ambos.
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