El siguiente texto es una reflexión dolorosa de Ashlar, el Taltos que fue rey y santo.
Lestat de Lioncourt
EL LAMENTO DE SAN ASHLAR
Puedo cerrar los ojos y pedir un deseo,
tan desesperado como único. Sólo quiero que vuelvan a amar como
ayer, por aquella gente gigantesca tan igual a mí. ¡Necesito el
calor de otra piel para soportar la mía en éste frío amanecer! La
nieve lo cubre todo y mis brazos caen a ambos lados, como si fueran
trozos de las velas de un barco hundido. Por favor, búscame y ámame.
Necesito que me ames ésta noche como tantas otras. ¡Por qué! ¿Qué
pecado cometí? ¿Algún día me lo perdonarás?
Cabello rojo como el fuego, labios
condenados llenos de maldiciones para mí, ellos eran espejos rotos
en el suelo y el agua brotando del manantial brotando, como brotaban
las amapolas de sangre en sus pechos desnudos. Tú me miraste
furiosa, clamaste mi nombre y las llamas consumieron tu hermosa piel.
Morías y yo no pude hacer nada, sólo calzarme el apodo de santo y
llorar amargamente tu recuerdo.
Fuimos tantas veces felices en aquel
círculo de piedras, danzamos al compás de tu voz y tus manos
tocaron las estrellas. ¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué
permití que murieras aquel día? El olor a carne quemada aún me
persigue, las cenizas alzándose en la madrugada y las ruinas de mi
ayer pisoteadas por una fe extranjera. ¡Ah! ¡Mi hermosa diosa de
gran estatura! Criatura talla con el cincel de mil colores, vestida
como princesa y atada como si fueras una miserable. De tus pechos
bebí la leche más cálida y nuestros hijos crecieron fuertes para
morir a mi lado, bajo mis pies, sin siquiera poder comprender qué
ocurría.
Todo fue culpa mía. Me merezco el
veneno que rozó mis labios y la soledad a la cual fui arrojado.
¡Pude amar de nuevo! Y era tan parecida a ti. ¿Regresaste en otro
cuerpo? ¡Dímelo! Te recuerdo tan hermosa, tan viva como las llamas
que te consumieron, y tan desafiante. Aquellos ojos tan verdes,
conteniendo el frescor de la brizna nueva que una vez sembramos, me
perseguirán por siempre.
En ésta tumba de hielo, junto a mi
nueva reina, medito con mi alma atormentada. Lloro por todo lo
ocurrido. ¿Alguna vez tu alma llegó a encontrar la paz? ¿Eras tú
ilusión o realidad? ¿Alguna vez estuve vivo? ¿Pude amar tanto y
convertir todo ese amor en odio, ceguera y celos? ¡Ah! ¡Mi pobre
Janet! ¡Mi desafortunada niña Morrigan! Os fallé como fallé al
creer que Dios nos amaría, el Dios de los humanos, pues él nos
odiaba del mismo modo que nos despreciaba su gente.
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