El siguiente texto son pensamientos que me ha cedido Marius.
Lestat de Lioncourt
Sus ojos oscuros se difuminan en el
recuerdo, con sus hermosas pestañas pobladas y esa chispa de dolor
clavada en sus pupilas. He perdido la cuenta de cuántas veces he
soñado con su rostro, el cual he abarcado en alguna ocasión con las
manos llenas de pintura, pero no he olvidado en ningún momento que
llevo conmigo una condena terrible. Sus cabellos largos, ondulados y
de puro fuego me recuerdan que mi obsesión con él no se basa sólo
en su belleza, sino en la fragancia que dejaba permanentemente entre
las colchas de mi cama. Esa piel tan suave, como si fuese seda fina,
se deslizaba contra mi cuerpo con la calidez de un volcán. Sus
labios carnosos, con una mueca de pasión lasciva, solía
conquistarme con una sonrisa pícara y un leve suspiro.
Extraño demasiado aquella época, en
la cual fui inmensamente feliz y codicioso. Engañé con mis andares
elegantes, mis modales comedidos y mi opulencia. Me gané el respeto
por mis obras y discípulos obedientes. Soñé demasiado. Me
embriagué con una copa de vino que ni siquiera rozó mis labios,
pero no me importa si fue de provecho o no. Sólo extraño ser el
maestro de las pinturas, el genio que engrandecía la chispa
apasionada de sus alumnos y los hacía derrochar genialidades sobre
muros y lienzos. Pero, sobre todo, extraño a Armand con sus calzas
celestes, sus chalecos de terciopelo con bordados dorados y ese
hermoso rostro de ángel bizantino.
Del mismo añoro el momento en el cual
vestía togas elegantes, decoraba con laurel mis dorados cabellos y
me llamaban erudito. Sin embargo, fue una época más sombría salvo
por la luz de Pandora. Sí, la belleza de Pandora iluminó mis
terribles noches primarias. Sin embargo, donde encontré mayor luz
fue en Venecia y en sus ojos tristes.
¿Fui yo quien le dio vida o él me
insufló alguna esperanza? Quizás...
Había olvidado como se amaba y él me
demostró que se podía amar más allá del sacrificio propio,
hundiéndose en mi perversidad y caprichos, pero finalmente dejé que
se fuera. Pensé que lejos de mí tendría la oportunidad de ser
distinto, aunque me equivoqué. Ese error lo cometí antes. Fui un
estúpido. Sin embargo, pedir perdón, tras tantos siglos, sería aún
más estúpido por mi parte. Prefiero que el tiempo, como mi pintura,
tape el lienzo de mis pecados.
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