Cuando camino por las viejas calles
donde caminamos albergando la felicidad, codiciando la sangre de
todos aquellos que nos devolvían nuestras diabólicas sonrisas,
siento cierto orgullo y dolor. No me arrepiento de cada día que he
vivido, pero sí de las consecuencias de algunos de mis actos.
Recuerdo la mirada de Louis cargada de desesperanza, su ceño
fruncido y la patética forma de caminar arrastrando su corazón
destrozado. Iba camino de la destrucción, del mismo modo que Nicolas
cayó precipitadamente a la locura y depravación antes de decidir
tan siniestro final.
—¿Por qué lo has hecho? ¡Dime!
¡Maldito demonio! ¡Nos has condenado!—aquel grito de furia por su
parte me estremeció. Era la primera vez que veía tanta rabia
concentrada en él, mucho más que cuando maté a ese inútil de la
plantación cercana. Estaba intentando acabar con el prestigio de
plantación Du Lac, provocando que él entrara en la ruina económica,
y por lo tanto yo no podía permitirlo. Ah, pero él era demasiado
idiota como para ver eso. En esos momentos su furia estaba dirigida a
mí, nuestra maldición y contra sí mismo.
—¿Qué querías que hiciera?
¿Dejarla morir? ¿Podrías vivir con ese cargo de conciencia? Dime
Louis. Mi filósofo, mártir y decrépito vampiro cazador de
roedores—susurré pegando contra mí a la pequeña.
El pequeño cuerpo de Claudia era aún
tierno, pues la fuerza de las tinieblas aún no se había cobrado su
calor y ternura. Los ojos de la niña pasaban de un lado a otro.
Tenía el cabello revuelto aún, algo sucio, y la ropa era un
desastre. Admito que pensé en bañarla, cepillar yo mismo sus
cabellos y vestirla como si fuera una muñequita.
—¡En el nombre del amor de Dios!
¡Estás loco!—dijo llevándose las manos al pecho intentando no
llorar.
—Lo he hecho en el nombre del
amor—guardó entonces silencio y me miró extrañado—. ¿A caso
crees que no la amas? Ya la amas y la amaste nada más verla. Ambos
la amamos. Ella también nos amará y será nuestra hija.
Me equivoqué. Admito que me equivoqué.
Ella nos amó, pero pronto convirtió su amor en odio. Ser una niña
eterna le trajo cierta frustración y finalmente una impotencia
impropia de una niña. Era una mujer, una apasionada e inteligente
como mi madre, tan parecida a mí a la hora de cometer sus pecados,
como diferente y frívola. La amé con toda mi alma, puedo jurarlo, y
Louis también.
Ahora camino sin rumbo fijo por las
mismas calles, con un elegante traje de sastre y un crisantemo en su
honor. Mi amor por ella seguía intacto, sin rencores, pero no podía
decir lo mismo de Louis. Él y yo éramos incompatibles, aunque
siempre lo fuimos, y ahora más que nunca. Mi único amor intenso era
por Rowan y ella no estaba. Deseo llorar mi destino, pero soy
demasiado fuerte para precipitarme por el mismo vacío. Prefiero
pensar que allá donde esté, haga lo que haga, estoy en sus
pensamientos y que algún día podré estrecharla contra mí.
—Algún día caminaré de nuevo con
la felicidad que antes lo he hecho... Ella volverá, lo hará.
Sus labios eran rojos,
su aspecto era libre,
sus rizos eran tan
amarillos como el oro,
su piel era tan blanca
como la lepra.
Ella era la pesadilla,
la-muerte-en-vida
que espesa la sangre
del hombre con el frío.
Lestat de Lioncourt
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