Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 10 de mayo de 2014

Sentimientos en New Orleans

Cuando camino por las viejas calles donde caminamos albergando la felicidad, codiciando la sangre de todos aquellos que nos devolvían nuestras diabólicas sonrisas, siento cierto orgullo y dolor. No me arrepiento de cada día que he vivido, pero sí de las consecuencias de algunos de mis actos. Recuerdo la mirada de Louis cargada de desesperanza, su ceño fruncido y la patética forma de caminar arrastrando su corazón destrozado. Iba camino de la destrucción, del mismo modo que Nicolas cayó precipitadamente a la locura y depravación antes de decidir tan siniestro final.

—¿Por qué lo has hecho? ¡Dime! ¡Maldito demonio! ¡Nos has condenado!—aquel grito de furia por su parte me estremeció. Era la primera vez que veía tanta rabia concentrada en él, mucho más que cuando maté a ese inútil de la plantación cercana. Estaba intentando acabar con el prestigio de plantación Du Lac, provocando que él entrara en la ruina económica, y por lo tanto yo no podía permitirlo. Ah, pero él era demasiado idiota como para ver eso. En esos momentos su furia estaba dirigida a mí, nuestra maldición y contra sí mismo.

—¿Qué querías que hiciera? ¿Dejarla morir? ¿Podrías vivir con ese cargo de conciencia? Dime Louis. Mi filósofo, mártir y decrépito vampiro cazador de roedores—susurré pegando contra mí a la pequeña.

El pequeño cuerpo de Claudia era aún tierno, pues la fuerza de las tinieblas aún no se había cobrado su calor y ternura. Los ojos de la niña pasaban de un lado a otro. Tenía el cabello revuelto aún, algo sucio, y la ropa era un desastre. Admito que pensé en bañarla, cepillar yo mismo sus cabellos y vestirla como si fuera una muñequita.

—¡En el nombre del amor de Dios! ¡Estás loco!—dijo llevándose las manos al pecho intentando no llorar.

—Lo he hecho en el nombre del amor—guardó entonces silencio y me miró extrañado—. ¿A caso crees que no la amas? Ya la amas y la amaste nada más verla. Ambos la amamos. Ella también nos amará y será nuestra hija.

Me equivoqué. Admito que me equivoqué. Ella nos amó, pero pronto convirtió su amor en odio. Ser una niña eterna le trajo cierta frustración y finalmente una impotencia impropia de una niña. Era una mujer, una apasionada e inteligente como mi madre, tan parecida a mí a la hora de cometer sus pecados, como diferente y frívola. La amé con toda mi alma, puedo jurarlo, y Louis también.

Ahora camino sin rumbo fijo por las mismas calles, con un elegante traje de sastre y un crisantemo en su honor. Mi amor por ella seguía intacto, sin rencores, pero no podía decir lo mismo de Louis. Él y yo éramos incompatibles, aunque siempre lo fuimos, y ahora más que nunca. Mi único amor intenso era por Rowan y ella no estaba. Deseo llorar mi destino, pero soy demasiado fuerte para precipitarme por el mismo vacío. Prefiero pensar que allá donde esté, haga lo que haga, estoy en sus pensamientos y que algún día podré estrecharla contra mí.

—Algún día caminaré de nuevo con la felicidad que antes lo he hecho... Ella volverá, lo hará.


Sus labios eran rojos, su aspecto era libre,
sus rizos eran tan amarillos como el oro,
su piel era tan blanca como la lepra.
Ella era la pesadilla, la-muerte-en-vida

que espesa la sangre del hombre con el frío. 


Lestat de Lioncourt

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt