Una gota, tan sólo una gota, cayó de
sus labios hacia la camisa de blanca de algodón. Sus ojos eran los
de un animal herido que deseaba huir rápidamente de las calles.
Sentía como mil ojos lo observaban aunque sólo estaba él, el
desconocido que yacía cerca de sus botas, y la locura que siempre le
había acompañado. Su propia voz le gritaba que estaba loco, pero él
sabía que la locura no era el mayor de sus problemas.
Corría sin cesar, como si miles de
perros enloquecidos corrieran tras él. Sus pisadas cada vez eran
menos estables, el agua de la lluvia hacía imposible correr sin
sentir que te caías de bruces. Un charco, otro, y otro más. El
sonido del agua salpicando por todas partes, y aquella única gota en
su camisa le preocupaba más que la lluvia que se avecinaba.
“¿Quién era él? ¿Qué quería en
esta vida? ¿Cuál eran sus metas? ¿Esa niña de su mente aún
seguiría siendo así de hermosa? ¿Por qué lo amé mientras lo
mataba? ¡Ese amor! ¿Por qué sentí amor? ¿Por qué tuvo que
toparse con ese hombre mi sed? ¿Por qué? ¡No puedo más! ¡Había
jurado no romper las reglas del maestro! ¡Pero ah! ¡Ahí estaba el
crimen! ¡Criminal! ¡Criminal! ¡Eres un maldito criminal! ¡No
sabes seguir las reglas! ¡Mereces que te expongan al sol hasta que
este haga que prendas como una antorcha! ¡Muere miserable! ¡Idiota!
¡Maldito idiota! ¡Criminal!”
Entre reproches cayó al suelo y su
cabello rojizo cayó como lienzo sobre su rostro. La lluvia empezó a
caer como si descargara toda la rabia contra él. Sus lágrimas
sanguinolentas surgieron manchando sus mejillas jugando con la
tonalidad de su melena. Su camisa se pegaba a su torso y su espalda,
sus pantalones negros ajustados de cuero estaban empapándose del
mismo modo que sus calzoncillos, y sus botas estaban cubiertas de
barro.
-Levanta.
Escuchó la voz fría y firme de su
maestro, después sus manos sobre sus hombros asiéndolo para que se
alzara. Apretó sus hombros entre sus dedos, lo miró desafiante y
escupió las palabras más crueles que se pueden decir a un hijo.
-Eres despreciable, un inútil.
¿Quieres que nos maten a todos? ¡Eso pretendes!
El muchacho no tenía más de dieciséis
años cuando fue creado tan sólo hacía unas noches. Su maestro le
había hablado de las reglas durante horas, incluso fue a cazar con
él las primeras noches, pero esta era la prueba final. Los ojos
pardos del joven se llenaban de lágrimas más gruesas que le
impedían ver.
Yo estaba allí y no hice nada por
impedir que lo abofeteara, sin embargo mi presencia alertó a su
maestro. Era un hombre robusto de ojos verdes, tenía el cabello
negro y espeso, con una mandíbula firme y unos labios algo gruesos.
Su aspecto era el de un hombre de aproximadamente cuarenta años, con
buenas ropas, y limpio. Todo él olía a una colonia masculina y
sutil.
-¿Qué clase de imbécil crea a un
niño como mascota y luego no sabe educarlo?-pregunté clavando mis
ojos violetas en él.-¿Qué clase de imbécil trata así a un
chiquillo que no sabe ni ponerse en pie solo? ¡Ah! Espera.-reí
encogiéndome de hombros para luego relajarme, aunque no así mis
ojos severos.-Usted, usted es tan imbécil que ha creado a un niño y
pretende que sea el mejor vampiro de la historia. Lo lamento, ese
puesto es mío.-di un par de pasos hacia ellos y alejé al muchacho
agarrándolo por la cintura.-Si no le importa me lo llevo.-me alcé
por los aires ante sus ojos atónitos.
Aquel miserable no tenía el don de
volar, ni siquiera era bueno leyendo las intenciones en otro de los
suyos. ¿Dónde llevaba al muchacho pelirrojo? Me recordó a cierto
idiota que inevitablemente aprecio y lo dejé en la puerta del
Maestro, él sabría que hacer. Veía en él un chico asustado como
un ratón pero listo, alguien que sería sin duda un buen discípulo.
Un discípulo mucho mejor que yo.

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