Louis la recuerda, yo también. No podemos olvidarla. Nunca.
Lestat de Lioncourt
Huí de ti, de mí y de todos los
recuerdos. Creí que marchándome lejos, en una ciudad absolutamente
distinta, podría descansar. Pero mi mente era recurrente. Te
recordaba a ti, a mí y a todo lo que habíamos vivido. Podía sentir
tus pequeñas manos sobre mi rostro, tus dedos enredándose en mis
largos mechones ondulados y tu aliento rozando mi cuello. Eres el
fantasma que vela por mi insomnio. No puedo librarme de tus palabras
cargadas de rencor y odio. Siempre quise decirme a mí mismo que
tendría la fortaleza necesaria para saber la verdad, pero fue
devastadora.
Ahora sé que siente Lestat. Sé que
sintió siempre.
Creí en tus hermosos ojos azules,
aunque sabía que me mentían. Pero tú eras mi amada niña, mi
pequeña, mi dulce huerfanita que siempre me recitaba con cariño
cada poema y me ofrecía su mejor sonrisa. Recuerdo los primeros años
en los cuales nosotros formamos una familia. Tú, él y yo. Una
hermosa familia. Sé que Lestat no era el único que ambicionaba
amor. Yo estaba desesperado porque quería que alguien viese en mí
algo más que un monstruo. Mi familia me veía como tal mucho antes
de ser un vampiro. Desde la muerte de mi hermano no había feliz, sin
embargo cuando te abrazaba y olía tus cabellos me sentía a salvo.
Eras mi pequeña, a la cual cuidar. Eras mi forma de mostrar al mundo
que algo bueno podía brotar de mi alma. Te convertí en un trozo de
mí, pero tú te transformaste en veneno.
No he podido librarme de ti ni un
segundo. Creo que tampoco quiero. Si te vas de mi lado, pequeña mía,
me volvería loco. No sabría que hacer. Tu recuerdo me sostiene. Sin
embargo, intenté hacerlo. Huí lejos de New Orleans. Me adentré en
una nueva jungla de asfalto, almas vacías y grises edificios. Miré
al mundo con la desesperanza tatuada en mi corazón y me convertí en
un cosmopolita. Si bien, nada tenía sentido.
He regresado a la casa que compartimos.
He vuelto a mirar las viejas tabla del suelo, la decoración de las
molduras, las hermosas lámparas colgando con elegancia y luz
eléctrica, el sofá hermoso que solía usar para leer en los últimos
años y los miles de documentos esparcidos en el bureau de Lestat.
Me he puesto a llorar, dejando que las lágrimas me ahogaran,
mientras él me rodeaba jurándome que el pasado ya no podría
hacerme más daño. Pues, según él, ya sólo puedo hacerme daño yo
al recordarlo. Pero si no te recuerdo no soy yo. Si no vuelvo la
vista atrás siento que me falta algo. Nos falta algo a ambos. Nos
faltas tú, a pesar de tu odio.
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