Tengo grabado a fuego en mi mente como
te miraban. Siempre te han observado con deseo. Jamás he visto en un
hombre despreciarte por tu belleza, pero sí por la fuerza que
poseías. A pesar de estar quebrada de dolores, yerma por el paso del
tiempo y el frío calando tus huesos, te portabas como una dama
ejemplar que pisaba los cuellos de los arrogantes que te intentaban
conquistar con zalamerías y remiendos al ser la marquesa, una mujer
digna y prudente a la hora de hablar. Pero desconocían todos ellos
el fuego desatado de tu interior, la ira que guardabas y regabas con
lágrimas por la humillación de verte encerrada como un ave sin
trino. Yo sí lo veía. Comprendía tu deseo de liberar tus muñecas
de los invisibles grilletes, de soltar tu cabello y dejar que el
viento te llevara como una semilla transportada en el aire.
Te he visto caer de rodillas sin
siquiera doblar tu espalda. Porque no vi tu cuerpo, sino tu alma. La
he visto debilitarse por segundos, para poco después alzarse con
furia. Cuando miraba el pendón con el escudo familiar, con ese león
de impresionante melena y aquellas garras terribles, miraba a padre y
luego a ti. Hacía aquel simple gesto porque tú me contaste un día
como son realmente los clanes entre esos magníficos felinos. Ellos
portan la melena y la pose, pero ellas son las que despedazan para
que sus crías se mantengan. Y tú me mantenías. Mantenías mis
escasas esperanzas y las alimentabas con tus palabras llenas de
bondad.
Creo que nunca te he compensado lo
suficiente por todos esos años. Ni siquiera deseo aceptar del todo
el no tenerte como antes. Sigo buscándote, necesitándote,
manteniendo la esperanza de cabalgar a tu lado como si fuéramos uno
y finalmente perdernos entre los bosques nevados. Sin embargo, mi
compañía te oprime el pecho y te convierte en esclava de mis
caprichos. Vives mejor sin mí, aunque yo no sé vivir sin ti. Sólo
deseo que te mantengas firme como siempre lo has hecho y algún día,
sin siquiera un atisbo de peligro, nos volvamos a ver, aunque sea a
lo lejos, como el viejo ritual del vals donde el caballero saluda a
la dama.
Lestat de Lioncourt