He amado a una mujer desde que tuve
conciencia de mí mismo. Siempre caminé tras su sombra. De pequeño
insistía que me contara todas esas historias que tan bien conocía.
Deseaba saber más sobre la mujer que me sostenía, limpiaba mis
heridas y me miraba con cierta preocupación. Sabía comprender muy
bien sus gestos, cada mirada o suspiro. Simplemente la adoraba. Ella
es mi madre. La mujer que me dio el ejemplo que nadie más me ha
dado: Hay que ser fuerte pese a todo, pues únicamente tu fortaleza
podrá acabar con tus propios demonios. No hay que rendirse jamás.
La recuerdo sentada cerca del alfeizar
de la ventana, como aquellos elegantes trajes que solía usar pese al
hundimiento de nuestra familia. Eran ropas antiguas, pero ella sabía
como usarlas para verse siempre distinguida. Su cabello lo trenzaba
con cuidado mientras me hablaba. A veces, como muestra de afecto, me
dedicaba a cepillar cada mechón con cuidado. No cesaba de
preguntarle por los mundos que había visto y las cosas que había
escuchado. Me fascinaba tener su amistad, no sólo su amor como
madre. Creo que éramos más unos niños perdidos en un mundo húmedo,
frío y áspero que una madre y su pequeño.
Mis dedos trenzaban rápidamente sus
mechones, ella recitaba los poemas más hermosos que jamás eh
escuchado. Ponía atención a todos sus consejos y sabía, que en el
fondo, sólo intentaba retenerme. Pues, cuando creciera, me alejaría
de su lado para encontrarme en brazos de otra mujer, una que no sería
ella. Podía ver su preocupación cuando salía a cabalgar, así como
sus terribles silencios cuando hablaba de las mujeres que conocía.
Sin embargo, reía. La veía reír a carcajadas por cada una de mis
ocurrencias. Yo también reía con las suyas. Éramos dos almas
libres encerrados en gruesos muros.
Una vez se declaró egoísta. El mundo
ahí fuera me esperaba, pero ya no a ella. Ella moriría en breve. Me
había convertido en la única pertenencia que le hacía sentirse
libre dentro de la jaula. Deseaba retenerme. Sin embargo, París me
esperaba encandilándome con un futuro brillante, o quizás tan sólo
un futuro más libre y feliz. Quería verme feliz. Su mayor miedo era
no saber que era feliz antes de morir. Por eso me abrió la jaula y
me impulsó hacia los cielos de aquella maravillosa ciudad. Hizo
aquello por amor, evitando su egoísmo.
Supongo que por eso ahora me deja
libre. No permite que me acerque demasiado a ella. Viene, me observa,
habla conmigo un par de frases sueltas para tranquilizarme y se
marcha. Creo que soy aún lo único que provoca que tenga un vínculo
con el mundo. Un mundo civilizado. Ella es una mujer amante de la
naturaleza y de la soledad que le ofrece. Creo que prefiere correr
entre las selvas, bosques y estepas heladas antes que quedarse
cómodamente sentada ante mí, con aquella femenina pose y esos ojos
tristes que tan bien conozco. No veo tristeza ahora en ella. Tampoco
veo a un ser sexuado. Sólo veo un ángel fiero que puede arrancar el
corazón a cualquiera si se acerca demasiado.
Tal vez tenga un amor secreto, más
allá de mis brazos, pero soy el único que le preocupa. Al menos,
eso es lo que me ha demostrado. Para ser sinceros y claros, le
importa una mierda las relaciones con mortales o inmortales. Ella
disfruta de sus conocimientos, retándose a sí misma cada día,
mientras se maravilla de todo lo salvaje. No hay más. Podría
decirse que es como uno de esos lobos a los que me enfrenté, tan
salvaje y noble a la vez. Sé que ella jamás me hará daño y
siempre se preocupará por mí, por saber de mí, pero no puedo
retenerla.
No necesito que me diga que me ama. Ya
me demuestra su amor incondicional. Sigue apareciendo, sigue
mostrándose firme en cada palabra que me da arrancada de su corazón,
y ese es el mayor tesoro y legado que puede ofrecerme. Ella ya no me
debe nada. Yo sigo debiéndole demasiadas cosas.
Lestat de Lioncourt
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